N. de la A.: ¡Sean todos bienvenidos a un nuevo capítulo!
Un poco tarde (bueno... BASTANTE TARDE jajajajaaj), estoy de acuerdo xD pero lo prometido es deuda. Sábado 4 de enero, es mi aniversario de matrimonio. Lo recordé... ¿anteayer? XD soy un asco con mi memoria, lo admito. Así que no he tenido el tiempo que pensaba.
Y otra cosa: estoy pasando por una situación familiar que, si bien no es grave, requiere toda mi atención. Por ello, no sé si pueda cumplir con un capítulo semanal como mantuve por... ¿ocho meses, más o menos? Lamentablemente ya no puedo asegurarlo, pero lo que sí puedo prometer es que Melodía de Invierno tendrá su desarrollo y final, y no entrará en hiatus como mi fic de Resident Evil XD ajajajajajaja.
Lamento que sea así, pero es una situación que escapa a mi control, y no puedo ya asegurad que suba un capi semanal, pero sí que el fic no quedará tirado en el olvido. ¡Nope!
Gracias a la invaluable ayuda de mi queridísima Saturnine Evenflow, la trama (que tenía varias fisuras) ya se encuentra bien establecida y pude resolver aquellos puntos bajos. ¡Muchas gracias, amiga! Te adoro.
Y, por supuesto, gracias infinitas a mis lectores, que han esperado con paciencia esta continuación. ¡Son lo más!
Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Takehiko Inoue. ¡Gracias por dibujar y escribir una historia tan hermosa!
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Que pueden derretir tu corazón.
Una cafetería frecuentada mayormente por estudiantes de preparatoria fue el lugar neutro elegido por el nervioso Narita para concretar la cordial invitación de Yohei a conversar. Tenía muy claro que dos caminos se extendían ante él: o aceptaba, o volvía a casa con alguna parte de su cuerpo rota, lo supo con tan solo dar un ligero vistazo a la oscuridad que se extendía por esa peligrosa mirada. Y también estaba consciente de que ni siquiera hubo una amenaza explícita de por medio. Aquello no era necesario, tan solo su primitivo instinto de supervivencia era suficiente advertencia de no andarse con jueguitos en compañía del amenazador Mito. Su fama seguía siendo importante, aunque ya iba en decadencia, y Narita no era alguien que tuviera a bien jugarse el pellejo por ninguna persona, sino que prefería siempre arrancar a un lugar seguro. No le molestaba tener fama de cobarde, pues así consiguió huir de varias palizas.
Posiblemente tuviera buena fortuna una vez más, aunque todo dependía de qué tan bien llevara la conversación.
Yohei no abrió la boca en un buen rato, y solo lo hizo cuando los dos cafés que pagó estuvieron tibios.
—Voy a partir preguntándote por qué fuiste a Shohoku en marzo —murmuró revolviendo su bebestible, como si recién se acordara de su existencia—. Dijiste que era para preguntarle a Fujii una dirección, pero no me lo creo.
Narita tragó saliva.
—No era mentira, realmente mis padres viajaron a Nagoya.
—Ah… ¿Estás seguro? —insistió tras una pausa corta, clavándole la mirada con tanta intención que Narita volvió a tragar saliva—, los mentirosos se van al infierno. O a casa con una pierna fracturada, como mínimo.
Su sonrisa resultaba incluso más amenazadora cuando la utilizaba en conjunto con ese tono amable que al otro muchacho le daba escalofríos. Bueno, ya estaba ahí… ¿qué ganaba ocultando la otra verdad que Yohei buscaba?
—Tengo un hermano menor que va a la secundaria Yonchu. —Quizás fuese mejor partir por ese lado.
Yohei torció el gesto. Era el nombre de la secundaria a la que habían asistido Fujii y sus amigas. Y Narita, por supuesto, aunque su novia le explicó en una oportunidad que no compartieron salón, pero sí se conocían de la primaria.
—Debes saber que el apellido «Koizumi» tiene muy mala fama en esa escuela —prosiguió Narita tras dar un sorbo a su café próximo a enfriarse—, porque el hermano de Fujii-chan y su grupo frecuentaban mucho los alrededores. Verás… mi hermano menor me comentó que unos tipos aparecieron en la entrada de Yonchu mencionando repetidamente ese apellido. Realmente llamé a Fujii-chan el día anterior a buscarla en Shohoku, y fui porque no me contestó, también es cierto. Y mis padres sí viajaron a Nagoya, aunque no se alojaron en el hotel de su familia porque no quedaban habitaciones disponibles.
Yohei asintió con lentitud. De pronto, el aroma del café ya no le parecía tan apetitoso como hasta hace un rato.
Admitir en su fuero interno que estaba preocupado no había sido cosa fácil para él. Reconocérselo a Hanamichi fue incluso más duro, pues verbalizar los problemas solía tener el efecto de materializarlos, de hacerlos reales, mientras que cubiertos por la imaginación podían parecer lejanos y desdibujados. Pero desde que le confesó a su mejor amigo todo lo que venía pensando hace meses la desconfianza se arraigó en su pecho y echó raíces en él, arrinconándolo cada vez más a buscar una solución. Y esa solución, para alguien como Yohei, venía de la mano con el conocimiento.
—La venta —espetó de improviso.
Narita estuvo a punto de dejar caer la taza, aunque tuvo suerte porque casi no derramó líquido.
—¿Qué? —Había escuchado sin problemas, pero no se lo creía.
—La venta —reiteró impaciente, pasándose una mano por el pelo—. Dime todo lo que sepas, Narita.
—Tienes que estar bromeando —respondió con una sonrisa torcida—, ¿qué pasó con eso de «no voy a presionar a Fujii hasta que decida contarme por sí misma»?
Malditos fueran Narita y su jodida manía de cuestionarlo todo…
—Estoy yendo en contra de mi propio criterio al hacer esto, pero ella es más importante que cualquier cosa —musitó llevándose el pulgar a la boca para morderlo, una forma poco efectiva de contener sus ansias de caerle a golpes—. No estaría hablando contigo si no creyera que Fujii podría… correr algo de peligro… tal vez —finalizó a duras penas.
Ambos clavaron la vista en el otro con desconfianza al inicio, luego reconociendo que tenían algunos criterios símiles en cuanto al eventual peligro que podía significar la presencia de ese grupo en la secundaria Yonchu. Por eso, aunque más por el temor de recibir daño físico, Narita decidió que era momento de escarbar en sus recuerdos para ofrecérselos a su estresado acompañante.
«Yudzuru Narita provenía de una familia acomodada, con un padre arquitecto y una madre que se dedicó por completo a la crianza de él y sus dos hermanos menores hasta que cumplió doce años, momento en el que regresó a trabajar como maestra de primaria en una escuelita cerca de su hogar. Yudzuru conoció a Fujii en la primaria a la que asistieron juntos pues en ese momento vivían cerca, sin embargo, la familia Narita se trasladó a un hogar más grande cuando nació el último hijo, por lo que debió cambiar de escuela.
Se reencontraron en la secundaria, aunque en cursos diferentes, y por eso mantenía una relación cordial con las mejores amigas de Fujii.
Haruko Akagi era amable con todo el mundo y apenas si reparaba en la presencia de Narita. Matsui Isoda, por el contrario, se caracterizaba por ser muy desconfiada e intuitiva acerca de las intenciones que podía portar un extraño, y esa era la causa de que ambos se trataran con cierta distancia, como quien agarra una sartén en la cual el aceite hierve y debe alejarla de su cuerpo para evitar quemarse.
Narita sabía que Fujii no era suspicaz como Matsui. Ella aceptaba a las personas tal cual eran, si bien tenía una desagradable tendencia a juzgarlas y clasificarlas según su criterio, pero en silencio. No decía lo que realmente pensaba a menos que estuviera acorralada o demasiado relajada, dos situaciones que no solían darse.
Yudzuru miraba a Fujii caminar por los pasillos del establecimiento con aires ligeramente robóticos, como si sus pasos fuesen dirigidos a través de un control remoto, y fue por ese tiempo, cursando primer año de secundaria, en que supo la razón: su hermano, Ginta Koizumi.
A Narita le gustaba apostar en peleas clandestinas, y eso se notaba, pues tenía buenos contactos gracias a su dinero. Por ello ya estaba en conocimiento acerca de la existencia de Ginta, aunque jamás se le ocurrió relacionarlo con Fujii, ya que el apellido Koizumi era bastante común en Japón. Y la manera en que se enteró fue pura casualidad: mientras disfrutaba de un combate entre un muchacho universitario y otro de preparatoria, escuchó cómo otros espectadores le preguntaban a Ginta por su hermana.
—Deberíamos dar un paseo por la secundaria Yonchu, a ver qué tanto ha crecido Fujii-chan —dijo uno en tono mordaz.
El gruñido que acompañó el comentario hizo que Narita se estremeciera. ¿Estaban hablando de su amiga? ¿Era posible?
¿Cuántas "Fujii Koizumi" podían encontrarse en su escuela?
Puede que Yudzuru fuese bastante cobarde y oportunista, pero no tenía un pelo de tonto, y por eso buscó a Fujii en el primer receso del día siguiente para ratificar lo que ya era más que una simple sospecha.
—Sí, es mi hermano —confirmó la niña mirando hacia el suelo.
—No puedo creerlo… —Claro que ahora podía encontrar ciertas similitudes entre el rostro de Ginta y el de ella—. ¿Por eso siempre pareces cansada? ¿Estás teniendo problemas en tu casa gracias a él?
—Perdona, Narita-kun, pero preferiría no hablar del asunto.
Y así era, Fujii jamás tocaba el tema de su hermano, tanto que Narita se sintió obligado a indagar con Matsui y Haruko de qué iban las cosas.
—Me extraña que estés tan interesado, ¿Fujii-chan te gusta? —fue el ácido comentario de la primera.
—Claro que no. —Y estaba seguro de que ni siquiera hablaba en serio, sino que solo se lo dijo para molestarlo. Pues bien, le había resultado.
Con Haruko, las cosas fueron más fáciles.
—Matsui-chan y yo estamos preocupadas por Fujii-chan —explicó susurrándole al oído para que nadie más captara sus palabras—. Había un rumor en el que se decía que estaba siguiendo malos pasos, aunque nosotras jamás lo creímos. —Se apartó un poco para colocarse el cabello detrás de la oreja, un gesto nervioso que Narita tenía identificado a esas alturas—. No sé… pienso que esos chismes pueden ser incluso más dañinos que la realidad. Si tú dices que ella está así de afectada porque su hermano se encuentra metido en una pandilla, te creo. Y te ruego que no digas nada, por favor… sería terrible crear más rumores, o añadirle leña a los que corren en este momento —finalizó dolida.
Narita asintió, y cumplió su palabra. El que meses más tarde —concretamente tras volver de las vacaciones de invierno— los cotilleos hubieran tomado un cariz lacerante del tipo "¿Supiste que el hermano mayor de Fujii está aplicando para entrar a los Yakuza?", no había sido culpa de él. Ginta Koizumi y su grupo se dejaban ver cada vez con mayor frecuencia en las afueras de Yonchu pues les encantaba acabar con la tranquilidad de los estudiantes de secundaria intimidándolos, gritándoles cosas, desafiando a los chicos a pelear y acosando verbalmente a las chicas. Sin embargo, como no cruzaban la barrera física, la policía no podía hacer nada más que ahuyentarlos con la promesa de hacerles pasar un mal rato en la comisaría si no dejaban de rondar los alrededores. Eso servía… por un par de semanas a lo sumo.
Así transcurrió el primer año de secundaria y comenzó el segundo. Narita se dio cuenta de que Fujii estaba cada vez más pálida y ojerosa, lo que coincidía con el aumento de sus apuestas en las peleas clandestinas que tenían como estrella a Ginta Koizumi.
A fines de abril del año 1988, Fujii se ausentó un par de días en la escuela. Cuando Yudzuru les preguntó a las chicas si sabían qué le ocurrió, Matsui tomó la palabra.
—Fujii está bien, Narita-kun. Solo… tuvo un inconveniente.
—Matsui, deberíamos decirle —intervino Haruko.
—¿Decirme qué?
Las amigas se miraron por un instante, y en sus ojos se veía evidente contrariedad.
—Que estuvo en el hospital».
Yohei sacudió la cabeza cuando Narita llegó a esa parte del relato.
—Espera un segundo —lo interrumpió—. Ella me contó sobre eso. Dijo que fue una noche porque no estaba realmente herida. ¿Tú fuiste a verla?
—No, me enteré cuando ya había vuelto a su casa. —Levantó la vista de la taza, que ya casi no tenía líquido, y vio que su interlocutor parecía concentrado—. ¿En qué piensas?
—Trato de unir tu relato con el de Fujii. —Aquel horrible relato que aún le impedía respirar bien cuando lo recordaba, fruto de la conversación que sostuvieron la mañana siguiente a esa noche en que la cuidó producto de la fiebre.
«La primavera hacía de las suyas con el clima, pues cuando se pensaba el sol iba a dar un poco de calor al ambiente lleno de polen y flores, el clima de Atsugi sorprendía con una de esas lluvias inesperadas y los planes de la gente se iban al traste. Se suponía que el verano estaba cada vez más cerca, sin embargo, Fujii sentía que su cuerpo se encontraba permanentemente en invierno desde hacía mucho tiempo atrás. No era infeliz propiamente tal, pero sin duda el anhelo inquieto de su corazón por ver a Ginta finalmente encontrar su camino lejos de las peleas que le caracterizaban era mucho más fuerte que su instinto de supervivencia, y así quedó demostrado la tarde en que le siguió por las calles de la ciudad como un perrito temeroso de recibir una paliza, pero que, al mismo tiempo, no es capaz de darle la espalda a su amo. Le daba terror perderlo definitivamente. Era su hermano, sangre de su sangre, incluso cuando el muchacho apenas la miraba.
Fue esa tarde en que Fujii comprobó qué tan perdido estaba Ginta en su propio mundo. Escondida detrás de una pared, respirando agitada sin que el aire consiguiera llenar sus pulmones, la chica asomó un poco la cara y vio a su hermano junto a sus amigos compartiendo cervezas y algo que no pudo identificar.
"Pero si todavía no tiene edad legal para beber alcohol", fue lo primero que pensó. Su impecable moral y sentido común nada tenían que hacer allí, solo que aún no se daba cuenta de lo que realmente estaba ocurriendo a su alrededor porque para ello le faltaba mucha experiencia, y mucha malicia.
—¡Oye, Koizumi! ¡Ven a ver lo que encontramos!
Fujii dio un fuerte respingo al escuchar aquellos gritos, y más cuando percibió la respiración de alguien muy cerca de su posición. Se apartó del muro temblando, con su largo cabello cubriéndole hasta la cintura y gran parte del rostro, única aparente protección que la separaba del pánico en ese instante.
—¿No es tu hermana? —preguntó el que se encontraba más próximo a la muchacha.
—Está bastante bien. Me gustan las niñitas —dijo otro lamiéndose los labios.
Ginta reaccionó escupiendo en su dirección.
—¿Con qué cara te enfadas, bastardo? ¿Crees que no sabemos lo que le dijiste a Tooru la otra noche cuando le dimos duro a las putas? —reclamó el que recibió el salivazo.
—Estábamos ebrios, pero no tanto —apuntó un tercero—. Te escuchamos perfectamente.
—Silencio —advirtió Ginta, sacando una navaja automática del bolsillo.
—¡Hermano! —gimió la niña.
—Cállate, Fujii.
—Qué tanto drama haces, Koizumi. —Tooru, uno de los líderes de la pandilla principal, y que tenía por costumbre vigilar al grupo de Ginta, despegó la espalda de la muralla en que se apoyaba para sujetarlo pasando casualmente su brazo por encima de los hombros del enfadado muchacho—. Deja a la niña aquí para que nos divirtamos. No necesitas ver nada, y dudo que a los jefazos les importe recibirla…
—No dije lo que crees, Tooru —replicó amenazante. Abrió la navaja de un rápido movimiento. Las manos le sudaban.
—Pues no soy el único que te escuchó fuerte y claro…
A partir de ahí, todo fue un caos. Tooru golpeó la mano de Ginta para hacerle tirar la navaja, y al conseguirlo, se le echó encima a golpes y patadas que lo mantuvieron en el suelo por varios segundos. Cuando Ginta consiguió levantarse pasó a llevar a uno de sus amigos, que reaccionó golpeando a otro, transformando el estrecho callejón en el lugar de una batalla campal. Nadie se acordó de la pequeña Fujii, que luchaba por escapar de la contienda sin rasguños hasta que le llegó un puñetazo en la costilla izquierda y una patada cerca del muslo; fue en ese minuto que Ginta la arrastró cogiéndola de un brazo y se la llevó.
—Maldita sea… —se quejó el joven cuando llevaban algunas calles recorridas de manera penosa.
Fujii se cubrió la boca con ambas manos al ver que estaba sangrando profusamente desde el cuero cabelludo, y también por su dolor propio, porque al inspirar brusco resintió aún más el golpe recibido en la zona media de su cuerpo.
Sin embargo, Fujii corrió con suerte esa tarde, puesto que una anciana estaba cerca en el preciso instante que Ginta se desmayó aparatosamente. Fue ella quien ayudó a llamar a una ambulancia y los acompañó en la admisión. Fujii quería irse a casa, no obstante, la enfermera la convenció de que era preciso asegurarse de que no tenía alguna costilla fracturada antes de dejarla ir».
—Esto es una mierda —se quejó Yohei en voz baja.
Como no pronunció ni media palabra mientras recordaba, Narita no llegó a enterarse de esa historia. Y, por la expresión mortecina que mantenía tatuada en el rostro, creyó conveniente no hacer preguntas.
—Pero todavía me falta la venta —agregó tras una pausa muy espesa.
—Ese fue el peor rumor de todos. Cobró mucha más fuerza luego de que Fujii-chan volviera a clases. Casi nadie se dio cuenta de que se había ausentado… ¿estás seguro de querer escucharlo?
Yohei no necesitó verbalizar su respuesta, bastó con el quejido estrangulado que emergió de su garganta para que Narita reanudara el relato de lo que había presenciado durante aquellos primeros meses de segundo año de secundaria.
«Yudzuru Narita contaba con peleadores fijos por los cuales siempre apostaba. Y solía ganar, pues tenía buen ojo al analizar qué tan peligrosa podía ser una persona.
Las reglas en las peleas clandestinas eran muy claras: si contabas con un buen fajo de dinero, tenías entrada asegurada sin importar tu edad. Estaba permitido fraternizar con todo el mundo, siempre y cuando no se hicieran comentarios sobre lo que ocurría fuera de esas cuatro paredes (una regla que muchos incumplían); si de casualidad la policía se presentaba en el lugar, debías correr como si el diablo te persiguiera, y si llegaban a cogerte, más te valía mantener la boca cerrada si querías conservar tu cerebro dentro del cráneo al día siguiente.
Narita estaba pasando por la típica fase rebelde que atraviesan muchos adolescentes deseosos de llamar la atención de sus padres, por eso cogía todo el dinero que quería de su casa y se largaba con malas compañías, aunque su instinto de preservación era tan fuerte que nunca llegó a estar en peligro real. Pero podía olerlo. Sabía dónde estaban los focos de amenaza. Debido a esto, consiguió escuchar claramente a varios miembros de la pandilla comentar acerca de cómo Ginta Koizumi, en deplorable estado de ebriedad y siendo presionado por uno de los mandamases a pagar las drogas que le habían fiado, decir algo como "Te sirve mi hermana menor, ¿verdad? Llévatela y estamos a mano".
Yudzuru tragó en seco. No era el único estudiante de Yonchu que apostaba, eso explicaría por qué se había esparcido un rumor tan asqueroso por la secundaria. Pero… ¿lo sabía Fujii? ¿Estaba al tanto de lo que probablemente había hecho su hermano?
Sin embargo, esa vez no se dirigió a ella directamente para preguntarle sino a sus amigas. Y la respuesta fue categórica: Fujii no atendía a esos rumores ni un poco. Claro que eso no le daba ninguna tranquilidad, pero ¿qué más podía hacer? Solo le quedaba observar, como hace un voyerista escondido tras una ventana presenciando algo que no debería ver».
Yohei no consiguió contener una breve ronda de insultos que se le escapó sin remedio. En ese instante ratificó que debía estar preocupado, que no exageraba ni se encontraba paranoico, al menos en su propia opinión.
Había cabos sueltos, y él pensaba encargarse de atarlos de una vez y para siempre.
—Lo que hablamos hoy se queda entre nosotros, Narita —masculló de sopetón—. Ni una palabra a Fujii.
El muchacho compuso una sonrisa amarga.
—Entonces, llevas claro que a ella no le va a gustar lo que hiciste.
Sí, lo tenía clarísimo.
—Hay cosas más importantes por ahora —respondió yéndose un poco por la tangente—. Se lo diré en su momento, y lo haré yo. No quiero que intervengas.
—Como digas.
—Pero sí hay algo que te voy a pedir…
Narita se preparó, porque el tono de Yohei no era precisamente de petición. Estaba preparando una orden, no le cabía duda. Y esta llegó menos de un segundo después:
—Necesito que eches a correr un rumor en la secundaria Yonchu. Quiero que avises que Fujii está en Shohoku.
—¿Cómo? ¿Perdiste la cabeza? —No había otra explicación.
—Quiero que vayan a donde yo esté —matizó golpeando la mesa con un dedo, dando especial énfasis a las dos últimas palabras—, y tiene que ser un lugar concurrido. No me cabe duda de que volverán a Yonchu, y cuando lo hagan, quiero que reciban esa información… porque voy a esperarlos, así sea un maldito siglo.
Ambos se observaron en silencio, respirando pesadamente.
—No me importa qué método utilices, pero asegúrate de que el rumor sea fuerte —añadió apretando la mandíbula.
—Si crees que voy a arriesgarme a meterme en el camino de esos…
Pero Yohei lo interrumpió al crispar la mano sobre la madera, con un aura cada vez más densa y oscura.
—Deberías estar más preocupado por lo que yo puedo hacerte, Narita. Haz lo que te digo, y ahórrate una larga visita al hospital.
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Día domingo de primavera, ambiente propicio para que los habitantes de Japón aprovecharan el tiempo junto a sus seres queridos en casa, visitando lugares de entretención, plazas, o también deliciosos restaurantes.
Yohei le había prometido a Fujii llevarla al acuario, y ese fue el día en que decidió llevar a cabo su plan aprovechando que necesitaba pensar, algo que no podía hacer si iban al parque pues necesitaba que tuviera los ojos en otra parte y no en su rostro. Todavía no era capaz de controlar sus expresiones luego de la conversación que sostuvo con Narita, y la conclusión a la que llegó luego de unir todas las piezas.
Bueno, casi todas. Le faltaba una todavía, una muy importante, que esperaba obtener a la brevedad posible. Y esa pieza solo podía conseguirla con los amigos del difunto hermano de Fujii, lo cual hacía la situación mucho peor para él: ¿en verdad la había vendido? ¿Solo era un rumor? Necesitaba comprobarlo con urgencia. Pero había más, puesto que no estaba nada feliz consigo mismo por haberse comportado como un matón frente a Narita. No quería parecerse en nada a Ginta Koizumi o a sus amigos, sin embargo, fue uno más de ellos desde el instante en que imitó a cualquier miembro de la mafia japonesa amenazando la integridad física del muchacho tan solo para conseguir su objetivo de mantenerlo asustado y lograr que hiciera lo que él deseaba. Iba a decirle que siempre estuvo blufeando cuando todo se solucionara… porque ese era su objetivo: arreglarle el mundo a Fujii y que vivieran en paz de una vez por todas.
Su ánimo continuaba taciturno cuando llegaron al enorme portón de metal que rodeaba la propiedad de la familia Koizumi. Sin embargo, recompuso su expresión para darle a su novia una despedida que no provocara sospechas, pero su intención se fue al traste al comprobar que no era capaz de engañarla solo con un rostro aparentemente sereno.
—Yohei-kun… has estado un poco distraído hoy. ¿Estás preocupado por algo? —preguntó Fujii de pronto.
«Sí, por ti», respondió en su fuero interno, aunque no era algo que fuese a revelar…
—Solo estoy un poco cansado —replicó con una media sonrisa.
—¿Quieres entrar un momento a dormir? Puedo despertarte en un par de horas.
—No es necesario.
Fujii apretó los labios, pues la inquietud seguía viva en ella. Su ademán estaba lleno de timidez cuando dio un paso hacia Yohei, y teniéndolo más cerca, alzó una mano para acariciarle el rostro lentamente con las yemas de los dedos.
Yohei cerró los ojos. Adoraba cuando ella lo tocaba así, pero en ese momento su tacto le quemaba. Se sentía muy incómodo, como si a través de la piel pudiera enterarse de lo que hizo al hablar con Narita a sus espaldas, algo que lo atormentaba un poco por la incertidumbre de que, posiblemente, había cometido un error. Pero si lo era o no, ya estaba hecho. Ya no podía arrepentirse.
Y no se arrepentía. Ella se iba a enfadar, pero no por eso era un error. Protegerla no podía ser un error.
—Fujii… —se le escapó en forma de susurro.
Ella detuvo de inmediato el recorrido de sus dedos, que en ese momento paseaban por la espesura de sus cejas.
—¿Si?
Yohei abrió los ojos y los dejó clavados en los de ella; obsidianas versus chocolate.
—Que descanses —dijo finalmente.
Alzó un brazo con el que rodeó los pequeños hombros femeninos y la atrajo hacia él para despedirse dándole un beso en la frente.
Fujii jadeó. Solo la había besado de una forma tan intensa y oscura en dos ocasiones anteriores: la primera vez que le contó la historia de su hermano, poco antes de empezar a salir juntos, y la mañana siguiente a su fiebre antes de volver a casa, cuando le explicó más detalles acerca de esos años que deseaba olvidar.
Mientras Yohei se alejaba, Fujii no evitó preguntarse por qué la besaba así, siendo que llevaban semanas sin tocar ese tema.
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¡Feliz año a todos! Espero que hayan disfrutado mucho. Les mando mis mejores vibras para que estén llenos de éxitos ^_^
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Allí estaré subiendo las ilustraciones que el maravilloso Salvamakoto (autor de la portada) haga para este fic, ya que el pairing Fuhei (XD) prácticamente no existe en internet. También incluiré imágenes HanaMi (bautizado por Saturnine Evenflow, la presidenta oficial del ship y del fanclub de Nanami XD).
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
