13 de mayo
Veo cómo abandoné este diario y lo lamento. Escribir sobre todo aquello me dejó tan exhausta que tuve que dejarlo y luego comenzaron a suceder cosas que me distrajeron. Hice algún viaje con Suiza y, lo más impactante: una tarde descubrí que había manchado el sofá de sangre. Así es: me había venido mi primera menstruación. A Suiza casi le dio un patatús. Menos mal que el señor Austria fue mucho más tranquilo al respecto, porque, de ser por mi hermano, me habría puesto histérica. Al final Suiza tuvo el detalle de llamar a amigas que, claro está, sabían del asunto mucho, mucho más que él. Vinieron a casa y tomamos pastas juntas. Me mimaron muchísimo. La señorita Bélgica me felicitó por haberme convertido en una mujer. La señorita Bielorrusia me advirtió que lo que me ocurría me vendría una vez al mes, que no servía para nada y que encima dolía, así que tendría que acostumbrarme. Pero ella y todas las demás me dieron consejos muy útiles y resolvieron todas mis dudas. Dicen que es un signo de que estoy creciendo.
Todo lo ocurrido hizo que buena parte de la atención se centrara en mí. Cuando volví a casa había cámaras de todas partes del mundo retransmitiendo cómo mis príncipes me abrazaban entre lágrimas. Mi pueblo celebró mi regreso con una fiesta nacional. No podía decepcionarlos. Aquella vida que había conservado debía servir de algo. Empecé por convertirme en la voz de las micronaciones, que se habían quedado solas y tocadas después de los ataques que sufrieron y la desaparición de su líder, Sealand. Siempre que pude hablé en su favor, procuré darles un altavoz. También me impliqué más en los asuntos de Estado. Quería situar a Liechtenstein en el mapa, hacerme notar. No quiero ser el satélite de Suiza eternamente. Ya ha arriesgado mucho por mí. Creo que la mejor forma de pagarle sus atenciones es siendo lo más independiente y adulta que pueda.
Me siento más adulta. Hice lo que pude por escapar de aquel infierno. Y tengo mis propios secretos.
No he oído ni un solo comentario acerca de la existencia de Tero, la Nación Única. En la casa solo se encontraron tres cadáveres, todos humanos. Esa es la versión oficial.
Pero ya no quiero darles más pensamiento a esas personas. He dejado todos mis recuerdos en estas páginas y así me libero de ello.
Ese año me invitaron a la gala de Eurovisión a pesar de que, por diferentes razones, no pude participar. Acepté, por supuesto.
Nos reunimos en Milán. Tuve la oportunidad de hacer algo de turismo antes y después de la gala, y ha resultado ser una ciudad muy interesante. Así tuve la oportunidad de conocer a Letonia, que tampoco había visto Milán antes. Hablamos un poco de todo. Me dijo que era muy valiente, y que seguro que era muy fuerte, al haber sobrevivido a mi cautiverio. Si Suiza no hubiera estado presente, como un perro guardián, quizás podríamos haber hablado de más cosas, Letonia no se habría sentido tan intimidado. Pero ni Suiza pudo evitar que nos viéramos en el estadio donde se celebró la gala. Él no llegó a clasificarse para la final, así que, como yo, era libre de charlar con la gente y explorar. Nos sentamos juntos. Y Suiza a su lado. ¡Qué vamos a hacer! Él también había caído en semifinales, pero parecía importarle más las compañías que me buscaba que el espectáculo.
Desde aquel asiento pude ver a las demás naciones. Australia apareció repartiendo abrazos rompe-espaldas entre los presentes. Se habló mucho sobre la compañía de Inglaterra: tres jóvenes, una chica y dos chicos, que Inglaterra presentó como los jóvenes Vaughan, no relacionados de ninguna manera con el cantante ni su equipo, que miraban entusiasmados a todas partes, hacían fotos a todo y a todos y no dejaban de hacer bromas. Bromas en las que participaba Inglaterra.
La aparición de Rusia tensó un poco el ambiente. En cuanto se acercó, los países nórdicos se dispersaron. Por un segundo creí que Finlandia le iba a tirar encima la lata de refresco que estaba tomando. No sé por qué hicieron eso. Nunca los vi comportarse de esa forma. A Rusia no pareció afectarle. Solo yo me fijé en que allí encontró a alguien que le hizo sentir bien al instante. Era su hermana Ucrania. Los vi acercarse el uno al otro, intercambiar unas palabras. Después, ella le dio besos en la cara como si fuera un niño y él, oh, me han contado cosas horribles sobre Rusia, pero no pensarían que es tan malo si hubieran visto su cara cuando ella le prodigó todas aquellas atenciones. Su hermana pequeña Bielorrusia se acercó a ellos y Ucrania la incluyó en el abrazo. Solo verlos me hizo sonreír.
Un señor se sentó a mi lado, uno que llevaba en sus brazos un osito blanco que me dejó acariciar. «No muerde», me aseguró. Al parecer, era el invitado de honor de aquella noche, pero nadie pareció acordarse de él en toda la noche. Ni siquiera yo soy capaz de recordar cómo se llamaba. Pero se lo pasó muy bien. Lo oí vitorear entusiasmado.
El desfile de banderas fue impresionante, con una pantalla gigante en el techo que reflejaba la bandera del país que anunciaban. Cada nación recorría la pasarela camino de la zona de los participantes junto a su cantante o cantantes.
Nadie salvo los países anglófonos cantó en inglés. Todos interpretaron en su lengua materna. Una vieja reivindicación de los espectadores que en esos momentos parecía más necesaria que nunca.
Comenzó Bielorrusia con una canción interpretada por una mujer que además de tocar el violín bailaba. Le siguió Grecia con una inspirada en un ritmo de su tierra, con toques de dubstep. Luego Finlandia hizo vibrar el estadio entero con un grupo heavy metal de mujeres. Después vino Rumanía, con un hombre que parecía ir vestido con un traje de bailarín de ballet con una capa de rey. Portugal llevó a una pareja que cantó una canción increíblemente romántica, tanto que creí que se iban a besar en directo. Los representantes de Turquía me gustaron, porque además de música tradicional tenían a bailarines que hicieron piruetas por todo el escenario.
Hubo comentarios sobre algunas de las actuaciones.
Por la letra de la canción, como la que cantó el representante barbudo de Alemania:
«Y si pudiera volver a nacer / Empezar de cero / Lo cambiaría todo»
O en la que al parecer Lituania se implicó, cantada por una muchacha de diecisiete años:
«Creemos que estamos solos / Pero todos estamos conectados / Por el gran hilo de la vida»
Por lo alegres que eran, como la entrada de España, llamada "Ven y baila", interpretada por una señora de setenta años, que nos tuvo a todos en pie para aplaudir, bailar y dar palmas. En realidad, ese año pasó a la historia por ser el único en que no hubo ni una sola balada, ni una sola canción triste.
Hubo momentos tristes, eso sí. Fue inevitable. Rusia presentó una canción llamada "Peter Pan", que, aunque no era lo que suele considerarse una canción triste, hizo que Letonia a mi lado se tuviera que secar unas lágrimas que le caían por las mejillas. Las cámaras enfocaron a Inglaterra. Aunque él aguantó el tipo muy bien, me pareció que el cuello de su camisa lo apretaba mucho. Cuando terminaron las actuaciones y llegó el descanso antes de que comenzara el recuento de votos, hubo actuaciones de varios artistas ganadores de Eurovisión y revisiones de canciones ganadoras de Italia. Un hombre interpretó una canción sobre amar para siempre, la canción con la que Italia del Norte le iba a pedir a su novia que se casara con él. Vi cómo algunas naciones no podían reprimir las lágrimas: Hungría, Ucrania, Francia, incluso Italia del Sur. Su hermano, en cambio, cantaba a coro con la mirada en el techo del estadio con una sonrisita. Pero en general fue una gala muy, muy animada. Nunca había bailado tanto en mi vida. Llegué incluso a perder una horquilla de tanto moverme.
Luego llegó el momento de la verdad, el voto. Se palpaban los nervios. Afloraron viejas rencillas. Se oyó la voz chillona de Prusia diciendo a Francia y España que el que quedara el último pagaba unas cervezas.
El voto de los jurados profesionales dio la victoria a Reino Unido, seguido de Islandia y Mónaco. Pero, como viene siendo costumbre, el televoto cambió las cosas. Por arte de magia, Reino Unido pasó a ser el tercero, Turquía se convirtió en el segundo y el ganador resultó ser Lituania.
Al principio no se lo creía. Miró a todos lados como preguntándose por qué salía su nombre el primero de la lista. Su cantante y compañeros llamaban su atención, y él los miró con los ojos muy abiertos, preguntando una y otra vez «¿qué?, ¿en serio?». Incluso Polonia se levantó de su sitio para darle golpecitos en el hombro para que se enterara. Reaccionó por fin, dándole un abrazo muy fuerte a la ganadora y saliendo al escenario con ella para recoger el premio. «¡Gracias, Europa!». Dejó que su cantante dijera las palabras de agradecimiento, porque estaba sin habla. Nunca antes había ganado, estaba demasiado contento.
La fiesta no acabó ahí. Después de la gala era obligatorio que el ganador se fuera de fiesta. Por supuesto, las demás naciones los acompañaban. Nos reunimos en la villa de Italia, donde nos quedamos hasta las tantas, charlando, riendo, bailando. Hubo bastante alcohol (por cierto, fue Francia quien tuvo que pagar las cervezas prometidas), incluso alguien sacó un juego de Twister y Prusia, Hungría, Ester Kostrová (la cantante representante de Eslovaquia), Italia del Norte, España, los tres chicos que venían con Inglaterra y Dinamarca se pusieron a jugar. Cuando se hizo tarde y llegó la hora de irse al hotel a dormir (algunos estaban tan perjudicados que tuvieron que quedarse en casa de Italia) yo aún seguía riendo mientras me metía en la cama.
Ya estoy de vuelta a casa. Aquí es donde mejor se está. He echado tanto de menos estas praderas, mi casita, al personal de mi casa, a Hans, Marie, Alois, Maximilian, Constantin y Tatjana. Mi gente, que me tira besos cuando me ve pasar. Estar con mi hermano, simplemente sentados sobre la hierba comiendo sándwiches. Estoy en casa. Es maravilloso. Nunca antes me había sentido tan emocionada por estar aquí. Viva un día más para disfrutar y tratar de hacer algún bien a mi gente.
Definitivamente, los tiempos oscuros son los que nos ayudan a valorar lo que tenemos, tanto la gente como nuestro estilo de vida.
FIN
