–No podía dejarte allí... –susurró ella–. No podía...
El primer impulso de Adrián fue envolverla entre sus brazos y hundir el rostro en su cabello, emocionado. Pero de pronto recordó que ya no era Cat Noir y que, en teoría, él y Marinette solo eran amigos. Se quedó rígido un momento, sin comprender lo que estaba pasando. Hasta que lo entendió.
–Has leído el diario, ¿verdad?
–Sí –susurró ella, aún con la cara enterrada en su hombro.
Adrián no sabía cómo sentirse. Aquel diario no estaba pensado para que lo leyese Marinette. Además, le había dicho explícitamente que era para Ladybug, y el hecho de que ella hubiese sucumbido a la curiosidad le decepcionaba un poco, porque había esperado otra cosa de ella.
Por otro lado, si Marinette había leído el cuaderno... significa que lo sabía todo, que ya no había nada que tuviese que ocultarle. Conocía por fin el rostro tras la máscara de Cat Noir, y tampoco importaba mucho que lo hubiese descubierto, porque él ya no volvería a ser Cat Noir. La incógnita que se le planteaba ahora era cómo habría asimilado Marinette toda aquella información.
Y no solo eso. Adrián evocó todo lo que había escrito acerca de sus sentimientos hacia ella... y también hacia Ladybug... y enrojeció sin poder evitarlo.
–Ese cuaderno, en realidad... lo escribí para Ladybug –empezó–. No es que me moleste que lo hayas leído, pero... –Carraspeó–. En fin, hay algunas cosas... que quizá te hubiese contado de otra manera. O a lo mejor no te las habría contado. No tan pronto, quiero decir.
Empezaba a ponerse nervioso, y Marinette lo notó. Se separó de él para mirarlo a los ojos.
–No te preocupes por eso. Es verdad que lo he leído todo en una tarde, han sido muchas cosas de golpe, y aún no me he hecho a la idea... –Sonrió con timidez y se sonrojó un poco, como si lo viese por primera vez–. Pero tenía que sacarte de allí –añadió, con un brillo de decisión en la mirada.
–Con el prodigio del caballo –asintió Adrián, sonriendo–. Ha sido una gran idea. ¿Fue tuya o de Ladybug?
Miró a su alrededor, esperando encontrar a la superheroína, antes de recordar que ella no estaba allí.
Marinette vaciló.
–Yo también tengo que contarte muchas cosas –dijo–. Porque tú... has volcado todos tus pensamientos en ese diario, y en cambio yo sigo guardando demasiados secretos.
–Pero no te sientas obligada a compartirlos conmigo –protestó él–. No tienes por qué...
–Lo necesito –cortó ella, y Adrián percibió claramente la profunda angustia y desesperación que latía en su voz–. Ya no puedo soportarlo más.
Kaalki se interpuso velozmente entre ambos.
–Permíteme recordarte, Guardiana, que las normas...
–Conozco las normas, Kaalki –respondió ella, alzando la mirada con decisión–. Y estoy dispuesta a afrontar las consecuencias.
–¿Guardiana? –repitió Adrián, y contempló a Marinette, perplejo.
Kaalki suspiró con resignación.
–Todos los grandes héroes deben tomar decisiones difíciles –comentó.
Marinette sonrió.
–Es cierto. Gracias por tu ayuda, Kaalki. Por favor, dile a Plagg que Adrián está a salvo.
El kwami asintió y se desvaneció en el interior de su prodigio.
–Marinette... –empezó Adrián, pero ella lo detuvo con suavidad.
–Dame un momento, por favor. Enseguida te lo explicaré todo, te lo prometo.
El chico asintió, aunque el corazón le latía tan deprisa que apenas podía respirar.
Marinette encendió la luz y comprobó que la trampilla que conducía al piso de abajo estaba bien asegurada. Adrián descubrió que estaba cerrada con un candado que no había visto antes. Después, Marinette se dirigió al baúl que había en una esquina de su habitación, y lo abrió. Adrián estiró el cuello con curiosidad para ver lo que había dentro. Estaba tan lleno de regalos que parecía el trineo de Papá Noel, pero Marinette los apartó a un lado con impaciencia y manipuló algo en el fondo del baúl. Fascinado, Adrián la vio abrir un compartimento secreto. Llegó a vislumbrar su propio diario en el interior antes de que Marinette sacara un enorme huevo rojo que él solo había visto en otra ocasión.
–Marinette –murmuró, sin aliento–. ¿Eso es...?
Ella no respondió. Cerró de nuevo el baúl, depositó el huevo sobre la tapa y abrió uno de los compartimentos para guardar las gafas en el interior.
Adrián dio un par de pasos hasta situarse a su lado. Marinette se estremeció al notar su presencia y alzó la mirada hacia él.
–Lo siento –murmuró.
–¿Lo sientes? –repitió Adrián; aún tenía la sensación de estar viviendo un extraño sueño–. ¿Por qué?
–Por todo –respondió ella–. Por lo que he hecho, por lo que no he hecho... y por lo que voy a hacer.
Le dio bruscamente la espalda, pero él ya había visto lágrimas en sus ojos. Apretó los puños, porque no había nada que deseara más que abrazarla en aquellos momentos. Pero ella había vuelto a centrarse en la caja de los prodigios.
Abrió otro de los compartimentos, aunque Adrián no llegó a ver qué prodigio ocultaba. Cuando ella se volvió de nuevo hacia él, estaba poniéndose unos pendientes. Tikki se materializó a su lado y la miró, apenada. Adrián se quedó sin respiración.
–Oh, no, Ma... –Tikki eructó una nube de burbujas verdes–. ¿Qué estás haciendo?
–Lo siento, Tikki –respondió ella con la voz rota–. No soy lo bastante fuerte.
El kwami la miró con tristeza, pero no dijo nada. Marinette respiró hondo y se volvió hacia Adrián.
–Escribiste el diario para Ladybug, y por eso lo leí –confesó–. Porque yo soy Ladybug.
Nada más decirlo, sintió que se le quitaba un enorme peso de encima. Había sentido una horrible presión en el pecho desde el día en que se había despedido del maestro Fu, y ahora, por fin, tenía la sensación de que podía volver a respirar.
Adrián no dijo nada al principio. Solo se quedó mirándola, conmovido. Marinette tragó saliva, insegura de pronto.
–A-así que –añadió–, cuando me diste la caja y me dijiste q-que se la llevase a Ladybug, en realidad... no hacía falta, porque tú se ha habías dado ya, pe-pero claro, no podía decírtelo, y cuando leí el diario y comprendí... y comprendí...
Se le quebró la voz, porque tenía un nudo en la garganta. Sintió que se le humedecían los ojos y los cerró, aunque no pudo evitar que una lágrima resbalase por su mejilla.
Adrián la recogió con la punta de los dedos, y Marinette abrió de nuevo los ojos, sobresaltada, al sentir el contacto. El chico la contemplaba con tanta ternura que el corazón se le aceleró.
–Debería haberlo sabido –murmuró él–. Solo tú podías ser tan extraordinaria.
Marinette se quedó sin respiración. Adrián se inclinó para besarla, pero ella dio un paso atrás por instinto, y él se detuvo.
–Lo siento, lo siento –dijo ella al darse cuenta de lo que había hecho–. Es que es todo tan extraño... y ha pasado tan rápido...
Pero Adrián le sonrió con afecto.
–Lo entiendo. También a mí me cuesta asimilarlo... y hay muchas cosas que todavía no comprendo, y... –murmuró, frunciendo el ceño. Entonces alzó la cabeza, asaltado por una súbita idea, y sonrió de nuevo–. ¿Quieres... que vayamos a la burbuja?
El rostro de Marinette se iluminó con una amplia sonrisa.
–¡Sí! –exclamó–. Sí, me gustaría mucho.
Cruzaron una mirada repleta de súbita timidez y sonrieron, ruborizados. Entonces Marinette apagó la luz, tomó una manta y subió por la escalera hasta la cama. Adrián la siguió.
Se echaron sobre la cama, pero no se atrevieron a abrazarse, como solían hacer. Simplemente se cubrieron con la manta y se tendieron el uno junto al otro, de lado, para poder mirarse a los ojos.
A Marinette todavía se le hacía extraño que fuese Adrián quien estuviese allí a su lado y no Cat Noir. Y se le hacía aún más extraña la idea de que ambos fuesen la misma persona.
–¿Qué vamos a hacer ahora? –preguntó entonces Adrián, preocupado–. Mi padre pronto descubrirá que me he marchado, si es que no lo sabe ya. Dijo que iba a instalar cámaras en la habitación...
–Lo sé –asintió ella–, lo leí en el diario. Por eso pensé que usar el prodigio del caballo sería lo mejor. Aunque las cámaras me hayan grabado entrando en tu cuarto, ni tu padre ni Nathalie podrían reconocerme como Ladybug, y mucho menos como Marinette. No tienen manera de saber a dónde conducía el portal por el que te escapaste, así que por el momento estamos a salvo.
–Pero llegarán a la conclusión de que te ha enviado Ladybug, porque ya saben cómo funcionan los poderes de Kaalki. Así que les hemos confirmado que soy Cat Noir, y que sospechamos de ellos.
Marinette frunció el ceño.
–No teníamos otra opción –replicó–. No tenían más que akumatizar a otra persona y, en cuanto me hubiese presentado en la batalla sola, habrían comprendido que tenían razón con respecto a ti.
–Podrías haber elegido a otro Cat Noir.
–No voy a elegir a otro Cat Noir –respondió ella con firmeza–. No pienso seguir adelante sin ti.
Adrián sintió que se derretía entero.
–Marinette...
–No puedo. –Los ojos de ella se llenaron de lágrimas–. He tenido que hacer muchos sacrificios desde que soy Ladybug, y últimamente todo ha sido mucho más complicado, pero sabía que podía contar contigo. Si tú ya no estás...
Adrián alargó la mano para acariciarle la mejilla.
–Pero tendrás que hacerlo en algún momento –le dijo con dulzura–. Necesitas un compañero.
Marinette desvió la mirada y frunció los labios con obstinación. Adrián sintió que la quería todavía más.
–¿Y si hubieses usado el prodigio del zorro? –planteó–. Para crear la ilusión de que Ladybug y Cat Noir todavía patrullan París juntos. Quizá eso habría convencido a mi padre de que no soy yo, y me habría permitido espiarlo con más libertad...
Se interrumpió al ver la expresión desolada de Marinette.
–No se me ocurrió –confesó ella–, lo siento mucho. Solo pensé en sacarte de allí cuanto antes, y estaba tan asustada y confundida que no pude pensar en un plan mejor...
–No pasa nada –se apresuró a aclarar Adrián. Se atrevió a abrazarla por fin, y ella se relajó entre sus brazos con un suspiro de alivio–. No pasa nada, lo has hecho muy bien.
–No podía dejarte allí solo ni un segundo más –se justificó ella.
–Todo está bien, Marinette –murmuró él, acariciándole el pelo con cariño–. Muchas gracias por rescatarme. Es solo que... no me gusta la idea de dejarte sola, así que intento ser útil de alguna manera, aunque sea sugiriendo ideas absurdas.
–No son absurdas... –empezó Marinette, pero él no había terminado.
–Es que me siento responsable. Porque mi padre está causando todo esto, y yo no supe verlo, y tampoco pude impedirlo...
–No es culpa tuya –murmuró Marinette–. ¿Cómo ibas a imaginarlo?
–Bueno, si no recuerdo mal, tú sospechaste de él hace tiempo. No andabas tan desencaminada, al parecer. ¿Puedo preguntar... qué te hizo pensar que podría ser Lepidóptero?
Marinette suspiró.
–Claro. Después de todo, ya no tiene importancia. –Vaciló un momento antes de continuar–. Fue por el libro de los hechizos. Ya sabes, ese antiguo volumen con imágenes de superhéroes que llevaste un día al instituto. Resulta que era el grimorio que perdió el maestro Fu cuando huyó del templo. Lila te lo quitó en la biblioteca, y Tikki y yo lo recuperamos y se lo llevamos al maestro, y él dijo que la persona que lo tenía podría ser Lepidóptero. Así que te llamé para que fuéramos a investigarlo.
Adrián frunció el ceño, pensativo.
–Y por eso mi padre se akumatizó a sí mismo, porque había perdido el libro y no quería que sospechásemos de él.
–Probablemente. Yo ni siquiera sabía que podía hacer algo así. No debería haberlo descartado como sospechoso tan deprisa.
–Sobre todo teniendo en cuenta que tú también has llegado a poner en práctica planes supercomplicados para proteger tu identidad –comentó Adrián sonriendo–. ¿Qué pasó con Multimouse, por ejemplo? ¿Cómo hiciste para ser dos personas al mismo tiempo? Ah, espera, no me lo digas: usaste el prodigio del zorro, ¿verdad?
Marinette enrojeció.
–Sí, lo siento mucho. Cada vez me resultaba más difícil tener que mentirte, y ese día fue todavía más complicado, porque además había que rescatar a los kwamis... –Suspiró con cansancio. Pero entonces recordó algo y abrió mucho los ojos, sorprendida–. ¡Pero tú también has sido dos personas a la vez! El día que nos enfrentamos a Gorizilla...
–El chico del casco no era yo –se apresuró a aclarar él–, era Wayhem. No fue un plan tan complicado como los tuyos, pero funcionó, supongo.
Marinette dejó escapar una risita.
–Sí que funcionó. Aunque tengo que reconocer que de todas formas jamás se me habría ocurrido que tú pudieses ser Cat Noir.
Adrián se entristeció un poco.
–¿Por qué? ¿Tan... extraño te parece? Quiero decir... sé que en mi vida diaria no parezco un superhéroe precisamente, pero...
–¡No era eso lo que quería decir! –se apresuró a aclarar ella–. Es que... Adrián y Cat Noir se comportan de manera tan diferente... Y os conocía a los dos muy bien, o al menos eso pensaba, y aún así...
Pero, a pesar de sus confusas explicaciones, Adrián seguía preocupado. Porque Marinette era Ladybug, y Ladybug había dejado meridianamente claro que Cat Noir era solo un amigo para ella.
Y porque Cat Noir era Adrián, y Marinette había dicho en varias ocasiones que solo lo veía como a un amigo. Y, a pesar de que habían iniciado algo juntos... como Cat Noir y Marinette... tal vez ella hubiese cambiado de idea después de conocer su identidad, después de todo.
–¿Te... te parece mal? –preguntó de pronto–. Que Cat Noir sea yo, quiero decir. Sé que como Adrián no te gustaba de esa manera, así que...
Marinette se puso rígida entre sus brazos.
–¿Cómo...? ¿Qué quieres decir?
–Bueno –Adrián tragó saliva antes de continuar–. Te... te tanteé alguna vez al respecto... cuando lo del programa de Jagged Stone que se grabó en tu casa... y tiempo después, en el museo de cera, y dijiste... dijiste...
–Oh –murmuró Marinette. Enterró el rostro en el pecho de Adrián, pero él se dio cuenta de que tenía las mejillas ardiendo–. Verás, me resulta muy difícil hablar de todo esto... pero creo que debo contártelo, sobre todo después de lo que he leído en el diario. Oh, no, me siento tan estúpida...
Adrián sonrió.
–Puedes contármelo si quieres. Te prometo que no me reiré.
–No estoy tan segura –farfulló ella, sintiéndose muy avergonzada–. ¿Recuerdas... que te dije que estaba enamorada de otro? Te lo conté por primera vez la noche que luchamos contra Heladiador, y te lo recordé varias veces después. Y hace poco, como Marinette, te dije que había estado loca por un chico de mi clase, pero que él había empezado a salir con otra chica...
–...Y habías llegado a la conclusión de que no tenías nada que hacer –asintió Adrián–. Me acuerdo.
–Sé que te acuerdas –sonrió ella–, porque lo escribiste en el diario. De hecho escribiste todas nuestras conversaciones con mucho detalle.
Adrián se sonrojó.
–Sí, yo... lo siento. No quería que se me olvidara nada.
La mirada de Marinette se suavizó.
–El caso es –prosiguió– que ese chico que me volvía loca, el que me hizo rechazar a Cat Noir una y otra vez... el mismo que yo creía que no me correspondía... eras tú, Adrián.
El corazón de él se detuvo un breve instante.
–¿Cómo...? ¿Yo...? –tartamudeó–. Pero... pero... me dijiste.
–Sé lo que te dije. –Marinette enterró el rostro entre las manos, muy avergonzada–. Pero es que tenía tanto miedo... Sabía que llegaría el día en que tendría que confesarte lo que sentía, y sabía que me rechazarías y... no me veía capaz de soportarlo.
–¿Sabías que... te rechazaría? –repitió él, asombrado–. ¿Por qué...?
–Porque te gustaba Kagami –cortó ella, aún sin atreverse a mirarlo–. Tú mismo me lo dijiste, me pediste consejo sobre cómo acercarte a ella y...
–Oh –murmuró él, abriendo mucho los ojos–. Oh, no. No puede ser. ¿Cómo he podido ser tan estúpido?
–Y ahora que lo pienso –prosiguió ella–, aunque no hubiese sido por Kagami me habrías dado calabazas igualmente, ¿no? Porque estabas enamorado de Ladybug, así que...
–Si te hubieses atrevido a declararte, te habría roto el corazón –comprendió Adrián, desolado.
–Igual que te lo rompí yo tantas veces –concluyó ella– porque estaba perdidamente enamorada de Adrián Agreste, y por tanto no podía...
–No puede ser –exclamó Adrián de nuevo, perplejo.
Marinette asintió, avergonzada. Por entre sus dedos, que aún cubrían su rostro, se escaparon dos lágrimas indiscretas.
–Oh, no, Marinette –murmuró Adrián, y la abrazó con todas sus fuerzas.
Alzó la cabeza hasta Tikki, que estaba sentada en la estantería, escuchando en silencio.
–Tú lo sabías, ¿verdad?
–Claro que lo sabía –gruñó Marinette–. Y Plagg también.
–¡No podíamos deciros nada! –se defendió ella–. También era una situación muy difícil para nosotros. Por supuesto que nos habría encantado veros a los dos juntos y felices, pero por otro lado temíamos que acabarais descubriendo la identidad secreta del otro...
–¡Ah! –exclamó de pronto Adrián, comprendiendo–. ¿Por eso tenías miedo de que viniese a verte como Cat Noir? ¿Por si acababa descubriendo que eras Ladybug?
Marinette inspiró hondo.
–No es solo por eso –dijo en voz baja–. En realidad hay mucho más que debo contarte.
Tragó saliva. Adrián le acarició la mejilla con ternura.
–Adelante, te escucho –le dijo suavemente.
–¿Recuerdas... el día de San Atanasio? ¿Cuando volviste de tu torneo de esgrima y encontraste a Ladybug en tu habitación?
–Sí. Me trajiste un regalo de mi club de fans en Brasil, o algo así.
Ella tomó aire de nuevo.
–No era... no te lo habían enviado desde Brasil –confesó, y Adrián lo entendió.
–¡Ah! ¿Era un regalo de tu parte? La boina la habías hecho tú, ¿verdad? Debería haberlo sabido –comentó, sonriendo con cariño–. ¿Por qué no me lo dijiste?
–¡Te lo dije! –exclamó ella–. O, al menos, lo intenté... Quería dártela personalmente y decirte que era un regalo de mi parte... o sea, de Marinette... Incluso había pensado declararme ese día –explicó en voz muy bajita. Adrián abrió la boca para preguntar algo, pero lo pensó mejor y la cerró de nuevo–. Pero cuando fui a verte a tu casa no habías vuelto aún y no me dejaron entrar, así que decidí colarme por la ventana como Ladybug para dejarte el regalo en tu habitación.
–Ah, y fue entonces cuando te sorprendí allí y te inventaste esa historia sobre el club de fans.
–No fue así la primera vez.
–¿La primera... vez? –repitió él sin comprender.
Ella dudó un momento antes de continuar.
–La primera vez –explicó al fin–, entré en tu cuarto y dejé el regalo sobre tu cama. Firmado. Con mi nombre. Y me fui, pero entonces... me salió al encuentro Bunnyx desde uno de sus portales temporales. Me dijo que había pasado algo terrible en el futuro y que tenía que ayudarla a solucionarlo. Así que la acompañé hasta su madriguera y me condujo hasta el futuro.
–¿El... futuro? –repitió Adrián, fascinado–. ¿Y qué viste allí?
Marinette se aferró a él con más fuerza. El chico notó que temblaba, y le acarició la cabeza, tratando de calmarla.
–El fin del mundo –susurró ella en voz baja. Adrián inspiró hondo, impactado–. Todo París... estaba sumergido bajo el agua –prosiguió Marinette–. Ya no quedaba nadie en ninguna parte. La luna estaba partida en dos.
–¿La... luna? –repitió Adrián con incredulidad.
–Y el silencio –prosiguió Marinette, cada vez más angustiada–. Aquel horrible silencio por todas partes. Lo único que se oía... era tu voz... cantando.
–Mi... voz. –Adrián bajó la cabeza para mirarla, perplejo–. Marinette, ¿qué me estás contando?
–Todo lo que vi –respondió ella en un susurro–. Toda la verdad.
Adrián la contempló un momento. Después asintió en silencio, animándola a que continuara.
–Eras el único que quedaba. Y estabas akumatizado. Te hacías llamar Cat Blanc. Me dijiste... me dijiste que tú lo habías causado todo, toda aquella destrucción. Intentaste quitarme los pendientes para fusionarlos con tu anillo y poder arreglarlo todo. Estabas... desesperado. Roto por dentro.
Adrián se había quedado sin aliento. Le costaba imaginar lo que ella le relataba y, aun así, la simple idea de haber sido akumatizado... de haber causado el fin del mundo... le resultaba espeluznante. ¿Cómo debía de haber sido para Marinette, que lo había vivido?
–Continúa –la animó.
–Luchamos –rememoró ella–. Me perseguiste por las ruinas de París mientras yo intentaba averiguar dónde estaba tu akuma. Me... –tragó saliva antes de continuar–, me llamaste por mi nombre.
–¿Por tu... nombre?
–Sabías quién era yo, habías descubierto mi identidad secreta. Me dijiste que estábamos enamorados y éramos felices juntos... pero Lepidóptero lo había descubierto todo y por eso... y por eso...
No fue capaz de continuar.
–¿Te conté por qué razón fui akumatizado? –preguntó Adrián.
–No –respondió ella–. Solo que tuvo que ver con el hecho de que estuviésemos juntos, tú y yo. –Inspiró hondo antes de añadir–: "Fue nuestro amor lo que le hizo esto al mundo".
Adrián se quedó sin aliento.
–¿Eso... lo dije yo?
–Lo dijo Cat Blanc –corrigió ella.
Adrián tragó saliva.
–¿Qué pasó después?
–Conseguí quitarte el objeto akumatizado y volviste a ser Cat Noir, pero aún sabías mi nombre. Así que Bunnyx y yo comprendimos que lo habías descubierto antes de ser akumatizado. Y eso era algo que mi magia no podría arreglar. De modo que volví atrás en el tiempo, al momento en que había dejado el regalo sobre tu cama... y borré la dedicatoria que había escrito. Y después lo reparé todo con mi poder, y justo entonces... entraste tú en la habitación y me encontraste allí, y tuve que inventarme esa excusa absurda sobre el club de fans de Brasil...
–Entonces –cortó él, tratando de entenderlo–, me estás diciendo que piensas que todo eso... de Cat Blanc y el fin del mundo... empezó porque yo descubrí tu identidad, ¿no es así? Pero tú no sabías entonces que yo era Cat Noir.
–No, pero pensé... pensé que tú, o sea, Adrián, me habías visto salir por la ventana, y al ver el nombre en el regalo habías adivinado que era yo, y al saberlo tú de alguna manera se había corrido la voz y había llegado a oídos de Cat Noir... Pero en fin, al parecer resulta que la explicación era mucho más sencilla.
–Y al descubrir tu identidad –comprendió él–, supongo que no perdería tiempo en pedirte salir, y tú aceptarías porque... porque...
–Porque ya estaba enamorada de ti. De Adrián, quiero decir.
El chico tomó aire, aún sin terminar de asimilar toda aquella información.
–Todo se arregló –concluyó Marinette–, y ese futuro no llegó a suceder en realidad. Pero aprendí algo, y es que jamás debía volver a cometer el mismo error. No podía permitir que descubrieses mi identidad, bajo ninguna circunstancia, y tampoco podía... enamorarme de ti... –finalizó con la voz rota.
El corazón de Adrián se partió en mil pedazos. La envolvió entre sus brazos y la besó en las mejillas, que seguían húmedas.
–Marinette –susurró, conmovido–. Milady, mi princesa. ¿Todo este tiempo has tenido que soportar esta carga... sola?
–Sí –sollozó ella–. Tenía que mantenerme alejada de ti, pero no podía decirte por qué, y luego el maestro Fu... se fue, y me convertí en Guardiana, y quería confiar en ti y compartirlo todo contigo, pero no podía... no podía... Y entonces empezaste a visitarme como Marinette, y temí que hubieses descubierto mi identidad... pero no tuve valor para echarte de mi lado, no era lo bastante fuerte... Así que seguías viniendo, y yo vivía esperando que en cualquier momento volviese Bunnyx a decirme... a decirme... que lo había estropeado todo otra vez... que debía volver a luchar contra ti... Y quería protegerte de todo eso, quería mantenerte a salvo, pero te necesitaba a mi lado desesperadamente y no sabía qué hacer...
Marinette lloraba de nuevo, y Adrián no podía dejar de abrazarla, de acariciar su cabello, de besarla en la frente, en las mejillas...
–Lo siento, bichito –susurró–. Lo siento tanto... Si hubiese sabido...
–No podías saberlo –respondió ella–. No podía decírtelo. Pero tenía la esperanza de que si no lo contábamos a nadie... si no salía de la burbuja, tal vez... tal vez pudiésemos estar... juntos. –Se secó las lágrimas, respiró hondo un par de veces y prosiguió–: Y pasaban los días y Bunnyx no aparecía y el mundo no se acababa, así que supongo que me relajé un poco... Pero entonces me diste tu diario y descubrí quién eras, y quién era tu padre en realidad. –Sacudió la cabeza–. Tenía que sacarte de allí, ¿lo entiendes? No podía permitir... que volviese a akumatizarte.
Adrián tragó saliva.
–Es mi padre. ¿Crees que... llegaría a hacer algo así?
–Sé que lo haría. Lo he visto con mis propios ojos. Aunque hayamos borrado ese futuro alternativo... ahora sabemos que puede pasar.
Adrián inclinó la cabeza, pensativo.
–¿Y si... y si él no sabía que era su hijo cuando me akumatizó?
Marinette arrugó el ceño, pensativa.
–No lo sé –respondió–. Cat Blanc no me contó tantos detalles. Solo dijo que Lepidóptero lo había descubierto todo, y asumí que se refería a nuestra relación, pero Bunnyx dio a entender que tenía que ver con el hecho de que supiésemos nuestras identidades, así que imaginé... que él lo sabía también.
–Ya lo sabe –dijo Adrián, intranquilo–. O al menos debe de estar bastante seguro a estas alturas.
Marinette suspiró con cansancio, cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre su pecho. Él seguía abrazándola mientras reflexionaba sobre todo lo que ella le había contado.
–Pero ahora me has revelado tu identidad –dijo por fin, intranquilo–, y mi padre ha descubierto la mía. ¿Y si...?
–No va a volver a pasar –cortó Marinette–, porque tú ya no tienes tu anillo, así que no puedes convertirte en Cat Blanc. Por eso no te lo he devuelto, por eso sigue Plagg en la caja de los prodigios. Lo siento mucho, pero no me puedo arriesgar.
–Lo entiendo –la tranquilizó él, aunque la idea de no volver a ver a su kwami le resultaba dolorosa.
–Y también por eso te he sacado de esa casa en cuanto he podido –prosiguió ella–. Pensaba en ti ahí encerrado, solo, tras haber renunciado a tu prodigio, sabiendo que tu padre podía ser Lepidóptero... y no podía consentir que él lo aprovechara para akumatizarte.
Adrián la contempló con ternura.
–Mi valiente heroína, siempre al rescate –sonrió, acariciándole la mejilla.
Marinette suspiró, abatida.
–No me siento muy heroica ahora mismo, precisamente. Debería haber fingido que Épona era Marinette, y que ella y Ladybug eran dos personas diferentes, como tú creías. Pero no me sentía capaz de seguir mintiéndote ni un minuto más.
Adrián oyó que Tikki suspiraba, y alzó la cabeza para mirarla. El kwami parecía muy triste, y el chico recordó de pronto las palabras de Kaalki y Marinette acerca de las consecuencias.
–¿Qué va a pasar... ahora que me has revelado tu identidad? –Ella no respondió enseguida, y Adrián añadió–. En teoría, deberías devolver tu prodigio al Guardián, pero tú eres la Guardiana ahora, ¿no?
Marinette suspiró de nuevo.
–No es tan sencillo. Hay otra cosa que debo contarte.
A Adrián se le detuvo el corazón un breve instante.
–¿Otra... más?
–Sí, lo siento mucho –susurró Marinette, desolada–. No merecías todo esto... Todos los secretos, todas las mentiras... Y sé que a partir de mañana ya no tendrá importancia, pero quería... quería... que lo supieras todo... Y poder compartir todo esto contigo... al menos por una noche.
Adrián inspiró hondo, tratando de no dejarse llevar por el pánico.
–¿Qué es, Marinette? –le preguntó con suavidad–. ¿Qué es eso que tienes que contarme?
Ella se acurrucó a su lado bajo la manta. Cuando respondió, lo hizo en voz tan baja que él tuvo que inclinarse un poco para escucharla mejor.
–Tengo que hablarte de los Guardianes –dijo por fin Marinette.
NOTA: Calculo que las "Confesiones de Marinette, parte 2" (no cabían en un solo capítulo, pobrecilla) tardarán unos dos días más. También es posible que sea largo, aunque no tanto como este.
