¡Y hemos llegado al anteúltimo capítulo de "A momento frozen in time"!

Si. El próximo será definitivamente el último. Lo más seguro es que decida hacer un epílogo, o quizá una serie de pequeños drabbles contando que pasó luego. Pero esta historia llega a su fin. Quisiera decir que es un sentimiento de alegría profunda, pero es una mezcla que no se determinar. Este fic, por más bobo que sea, me acompañó muchos años. ¡Espero que sea de su agrado el giro final!

Queridos Kenji y Karen, ¡Ojalá esto cese su odio! Jajajaja

Quiero dedicarle esto a mi amiga del alma, Stacy Adler. Que siempre me alienta y golpea cuando la sombra de la depresión quiere ganarme. ¡Te adoro, amiga! Gracias por siempre meter tus manos mágicas cuando meto la pata escribiendo.

Y como el que avisa no traiciona, ¡capítulo no apto para menores XD!


I cannot be without you

Matter of fact

I'm on your back

Walking after you – Foo Fighters

CAPÍTULO 40: Despierto.

Yohei Mito tenía muchas cosas en su mente mientras caminaba solo por el enorme campus de la universidad de Tokyo. La más prominente de ellas, era lo realmente enorme que era su espacio libre.

Un parque en diferentes sombras de verde parecía extenderse frente a él, repleto de bancos y mesas de metal y cemento que servían de apoyo a los estudiantes que decidían tomar sus lecciones de estudio fuera del establecimiento para aprovechar el hermoso día de sol que los aguardaba.

Notar tantos rostros sonrientes lo hacían pensar varias veces si había tomado la decisión correcta al no presentar un examen de admisión cuando la preparatoria terminó, pero luego su mente volvía a pensar derecha cuando también, veía el terror de los exámenes cercanos en el lenguaje corporal de los chicos leyendo bajo un árbol.

Hacía meses que el mejor amigo de Hanamichi Sakuragi había encontrado empleo a tiempo completo como asistente en un consultorio de mecánica dental, muy cerca de su casa y de Shohoku.

Según el doctor Kiriyama, fue amor a primera vista cuando lo vio. O mejor dicho, su recepcionista y dos pacientes en espera tuvieron un flechazo directo al ver su sonrisa de "por favor, deme el puesto de asistente" que usó como carta de presentación.

Yohei no tenía ninguna experiencia en el campo, pero sí muchísimas ganas de aprender y la capacidad de incorporar conocimientos a una velocidad asombrosa. Y ahora, era la mano derecha de su jefe y nuevo protector. Y claramente que el objeto de afecto de todas las pacientes, no importaba la edad.

No solía tener los martes libres, pero la hija menor de su jefe contraía matrimonio, y el consultorio se cerraba por ello. "¡Día de finta!", pensó. Y qué mejor forma de utilizarlo, que visitar a su mejor amigo en la universidad como sorpresa. Ya era sorpresa suficiente que hubiera entrado a una universidad.

"Estoy en el equipo con el pesado de Fukuda", le había dicho por teléfono. Su ataque de risa provocó que el pelirrojo le cortara el teléfono con un sonoro insulto que alcanzó a escuchar previo al estruendo. Así que ahí estaba. Iba a ser como ver a Hanamichi luchando con un Rukawa más reaccionario. Sin lugar a dudas.

Fue caminando por el campus, preguntando cortésmente la dirección en la que se encontraba el enorme gimnasio de baloncesto, que la vio.

Jeans rotos y una camisa a cuadros. Le era tan raro verla en algo que no fuese el uniforme de Shohoku que le costó reconocerla. Pero la mochila al hombro y la pose de espera fue lo que la delató. Y lo supo, también.

No solo era la falta de ropaje común lo que había camuflado a Kazuki entre las personas en el campus esa mañana. Es que si no hubiera estado tan atento, hubiera pasado desapercibida, porque no la habría reconocido. El cabello negro y sedoso llegaba hasta casi la mitad de su espalda. El rostro que siempre veía riendo a su lado se había vuelto anguloso y bajo sus ojos parecían comenzar a crecer unas bolsas aún más blancas que su piel.

Kazuki siempre había sido delgada, eso no era una novedad. Hanamichi solía levantarla como si fuera el peso de una almohada, y tenía su risa grabada en la memoria cuando la hacía dar vueltas como una niña en brazos de su padre. Pero esto era demasiado. Porque aún con la ropa puesta, podía notar que su cuerpo había perdido contextura.

Quizá fue su mirada penetrante la que alertó a la joven que estaba siendo observada, porque su cabeza giró directamente hacia él, sorprendiéndose automáticamente. Y como por arte de magia, una sonrisa apareció en sus labios, levantando la blanca mano en su dirección.

El estómago de Yohei dolió con brutalidad al reconocer esa sonrisa. No era Kazuki. Esa carcasa seguía sin ser Kazuki.

-¡Yohei!-Lo saludó con una sonrisa que trataba por todos los medios, ser sincera.- Que sorpresa. ¡Ha pasado tiempo!

-Hola, Kazu.- Fingir nunca había sido algo sencillo para él. Fingir frente a ella, no tanto. Después de todo, pasaron tres años sin que notara cuanto la amaba en realidad. Pero fingir que no estaba viendo lo destrozada que seguía estando, era lo realmente complicado en este momento.- Si, bastante tiempo. Desde mayo, en el cumpleaños de Noma.-

-¡Cierto! Supongo que vernos después de la preparatoria será un reto después de todo, ¿verdad? Extraño mucho tenerlos todos dos días.-

Se movió un mechón de cabello negro tras la oreja, haciendo evidente lo realmente largo que lo llevaba. También como sus pómulos estaban más visibles que hacía meses. Yohei tragó fuerte.

-Bueno, no estás sola.- Un corto pero incómodo silencio se dio entre ambos antes de que Yohei decidiera volver a hablar. Tenía que contenerse. Pero realmente se le hacía muy difícil.- ¿Has cuidado a Hanamichi?

-Ese idiota no se deja cuidar por nadie, ni siquiera su propia novia.- Respondió con el ceño fruncido. Yohei estalló por dentro. Creería cada una de sus expresiones si no la conociera tanto.- ¿Cómo vas en el trabajo?

-Está bien. Nada de qué preocuparse.- Tomó aire. Tenía que.- ¿Qué hay de tí?- Tenía que. Tenía que.- ¿Estás tratándote esa anemia?

Y finalmente, lo soltó. Claro que iba a hacerlo. No era de piedra, por más que se dijera a si mismo que podía soportar una avalancha con una sonrisa.

El rostro de Kazuki quedó congelado en una mueca de extrañeza, con los ojos claros muy abiertos.

-¿E-eh?

Sí, fue duro. Lo sabía perfectamente, y no se arrepentía de haberle tirado esa bomba en la cara, porque esa sonrisa fue algo que no toleró.

Más de seis meses atrás, Yohei se había prometido a sí mismo que no volvería a interferir en ella. ¡Claro que la vio romperse durante semanas estando aún en Shohoku! Desde luego que se volvía loco sabiendo que estaba ocultando todo ese dolor tras la maldita sonrisa que segundos antes le estaba mostrando. Por eso sintió que algo estalló dentro suyo, porque aún la tenía.

Seis meses desde terminaron la preparatoria, un año de su separación con Sendoh, y seguía así. ¿Hasta cuando, Kazuki? ¿Hasta cuando…?

-¿Hasta cuando vas a seguir diciéndote a ti misma que estás bien? ¡Esto llegó demasiado lejos!

-Me parece que estás pasándote, Yohei…

-¡No me des por mi lado! Kazuki, estás mal. Ya ni siquiera se trata de tener el ánimo bajo. ¿Te has hecho análisis de sangre en todo este tiempo?

-¿Análisis de…?- Kazuki sabía a la perfección que había algo en sus palabras. Algo que le impedía negar con la cabeza y soltar el mayor insulto de su repertorio para defenderse, y es que Yohei tenía razón. Y quizá, ya estuviera algo cansada de su propia fachada.- No.

-Estás pálida y muy delgada. ¿De verdad tan poco te miras? ¿Tan poco te quieres?

-¿Desde cuando das discursos motivacionales?

-Kazuki…

-Estoy bien, Yohei. Han sido meses con mucho trabajo, y quizá no he tenido tiempo de comer. ¿Estás buscando a Hanamichi? Ven, te llevo al gimnasio.

Yohei recordaba pocas cosas de esa mañana, mientras Kazuki volteaba medio cuerpo para comenzar a caminar hacia el gimnasio donde sabía, Hanamichi estaría practicando.

Recordaba las voces ahogadas de los estudiantes recorriendo el patio del campus, entre risas y gritos. El sol reflejado en el largo cabello negro, ahora llegando poco más arriba de su cintura. La piel pálida de sus brazos y la mochila colgando de su hombro.

Recordaba haber suspirado con fuerza para tragar todo lo que realmente quería decir y gritarle. Todo aquello que había estado conteniendo desde el último año de preparatoria, cuando el declive en su salud comenzó, pero no había llegado a este estado lamentable. Recordaba haber pestañeado, y que de pronto ella ya no estuviese en el campo visual.

Recordó también el sonido que hizo el cuerpo de Kazuki al chocar contra el suelo, como si se tratara de una muñeca de trapo rota. Un sonido seco y horrible, como un golpe a la pared con un hueso.

.

.

El olor a alcohol etílico había sido algo que con los últimos años, el muchacho de cabello negro llegó a asociar a cosas horribles. Las dos internaciones de Hanamichi por las lesiones en su espalda. Las veces que cayó en el hospital por heridas menores pero durmió ahí por control. La apendicitis de su hermana mayor, casi tan sorpresiva como peligrosa por el tiempo que tardó en darse cuenta de que no eran gases. Ahora, tenía otro motivo.

-Su pulso está estable.- La enfermera del campus hablaba con un tono tan pausado y tranquilo que le recordó en buena medida a Mika, antes que todo terminara abruptamente.- El corte en su frente no requirió puntos.

-¿Y sus estudios…?

-Lo que sospechamos cuando la trajiste. Anemia por falta de hierro y vitamina B12. Nada que control y una buena dieta no solucionen. No tienes que poner esa cara.

Yohei no quiso saber qué tipo de cara había puesto para que la enfermera lo mirara como si tratara de calmar a un niño perdido. Asintió lentamente, sentado en el asiento del acompañante junto a la cama blanca donde el cuerpo de Kazuki estaba conectado por el brazo a una solución salina para hidratarla.

Oyó a la enfermera salir a paso seguro de la enfermería, quedando solos en la habitación iluminada por el potente sol de mediodía.

Realmente la universidad de Tokio debía tener un presupuesto sobresaliente para poder afrontar los gastos de una enfermería tan grande y completa dentro de los límites facultativos. De solo compararla con la pobre sala de auxilios que tenían en Shohoku, logró sonreír. Estaba definitivamente en otro mundo.

Hanamichi no había respondido a su mensaje. "Kazuki se desmayó. Estamos en la enfermería.", le había puesto. No hubo vuelta. "Todo está en orden, así que no empieces a gritar al otro lado del campus", continuó. Quizá el primer mensaje fue un poco sorpresivo, y lo último que necesitaban era su lado de elefante bramando entrarndo a los alaridos por la puerta.

Dejó el celular en la mesa junto a la cama. Bueno, no era justamente como pensaba pasar su día libre. Pero no sería algo que olvidaría en mucho tiempo, pensó.

El rostro dormido de Kazuki le recordó a algo tan pacífico como el mar calmado durante las mañanas que iba a pie al colegio. Cuando en verano, las olas parecían mermar y la superficie no demostraba los remolinos en las profundidades. Era curioso, porque eso era Kazuki. En eso se había convertido en esos meses, en ese año desde que Sendoh se fue.

En una carcasa de buena energía tan falsa que costaba verla. Que dolía verla. Ella, la reina tsundere del reino "Miénteme y eres hombre muerto", ahora vivía en una fachada para superar el día a día.

¿Que si odio alguna vez a Sendoh? Claro que si. Apenas se fue. El día que Hanamichi le explicó que el muchacho se había marchado a Estados Unidos dejándola atrás, no sintió nada más que un odio tan profundo como lacerante.

Es decir, había dejado a Kazuki atrás. Él la tenía, y la dejó. Tuvo la oportunidad de estar con ella y decidió irse de todos modos. Eso solo se castigaba con odio.

Luego, aprendió la otra mitad. La única mitad de la historia, realmente. Y es que Hanamichi le dijo que quien cortó la relación fue ella.

¿Que si pensó en intentar estar con ella? Si, lo hizo. Dos segundos, y luego se abofeteó a si mismo. No había llegado hasta ese punto en su recuperación para tirarlo todo a la mierda. Porque era obvio que ella seguía amándolo.

Y así lo entendió. Al menos creyó hacerlo, juntando las piezas sueltas del rompecabezas que veía de lejos. Kazuki y Sendoh se amaban, y aún así se separaron. ¿Que mierda de lógica era esa?

Tantos meses analizandola, para terminar entendiéndola ahora, frente a su cuerpo dormido y su rostro pacífico.

Yohei estiró una mano blanca hacia sus mejillas pálidas, desprovistas de todo color. ¿Donde habían quedado esos mofletes de bebé que siempre tuvo? Los que se inflaban como globo cuando se enfadaba con ellos. Suspiró.

Estaba fría, y hubiera pensado lo peor de no ser por el movimiento ascendente de su pecho al respirar. Yohei cerró los ojos, tratando de concentrar sus pensamientos en un solo punto. Sus sentimientos en un solo punto. En la punta de su lengua. En el comienzo de su garganta. En la bola de fuego que era su estómago.

-Yo realmente te hubiera hecho bien, Kazuki…- Musitó calmo.

Si, calmo. Totalmente en paz. Porque lo que había en su propio pecho era preocupación, si. Pero la misma que podría tener por Hanamichi. Por alguien a quien adoras y quieres ver bien. Alguien que te duele su dolor. Pero no era esa otra preocupación. La que destrozaba sus entrañas y arrancaba su carne, separándola de sus huesos.

Necesitó expulsar esa frase, para que su propia alma entendiera que había superado a Kazuki. Que al fin, la veía como un par y no como el amor de su vida no correspondido.

Era tan hermosamente irónico que quiso patearse. Porque el peor momento de su amiga, era el comienzo de su verdadera paz. Era tan irónico que dolía.

.

.

Haruko Akagi era una chica bastante sencilla. O así le gustaba a ella pensar de si misma. Es decir, una muchacha japonesa de clase media alta, cursando en la escuela técnica y conseguir pronto un empleo que le permitiera sostenerse con conocimiento avalado.

Una chica que podía decir, estaba orgullosa y feliz de estar en una relación preciosa con su novio de preparatoria. Una relación que realmente no había avanzado desde la preparatoria… Pero, hey, era una relación sana después de todo.

Hanamichi era un chico hermoso por donde lo mirara, pensaba siempre. Era honesto, algo bruto en su forma de expresarse con otros, pero a ella la trataba con la delicadeza de una pluma. No lo había visto muchas veces, pero cuando se quitaba la camiseta, era algo tan descomunal que hacía que sus pequeñas manos blancas sudaran de repente sin poder contenerse demasiado.

Su vida era hermosa. Estaba enfilado a algo centrado y una carrera que a corto plazo daría frutos. Por eso, lo que más quería, era poder compartir sus ratos libres con el chico que adoraba. Con ese pelirrojo al que hacía poco tiempo le había vuelto a teñir el cabello entre risas, como un ritual entre ellos. Ese muchacho chistoso al que cada vez veía menos por tener horarios opuestos y mucho que estudiar.

¡Pero hoy lo vería! ¡Hoy iba a verlo! Hoy iban a encontrarse para pasar la tarde juntos y luego ir a su casa. Hanamichi le había dicho que su tía había vuelto a Hokkaido por unas semanas para atender su pequeña granja, y que estaba viviendo solo. Por eso tenía menos tiempo libre aún. Y dado el rubor en sus mejillas y como las suyas propias también tomaron color, el pensamiento compartido era exactamente el mismo.

Quizá hoy, después de mucho tiempo, demasiado tiempo, pudieran avanzar. Quizás.

Y entonces, ese mensaje llegó.

Hana-chan: "Haruko-chan, lo siento mucho. Kazu se cayó en la universidad. Tiene anemia y una contusión. Me quedaré a cuidarla. ¡Te llamo más tarde! Lo siento tanto, Haruko-chan…"

Haruko no pudo sino contener una respiración muy profunda. De esas que llenan tus pulmones y expanden las costillas. Esas que sirven para contener algo más que aire dentro del cuerpo.

La relación entre Hanamichi y Kazuki siempre fue algo que la asombró, desde el primer momento en que vio cómo se llevaban, hace ya dos largos años.

Esa forma de tratarse, de hablarse, de golpearse y reír juntos fue un enigma maravilloso para su cerebro, tratando de analizar cómo era que algo así fuera normal para ellos.

¿Que si sentía celos? Si, al principio. Mucho antes de que fueran pareja, en esos meses donde no sabía cómo avanzar con Sakuragi en lo absoluto. Pero cuando notó que el sentimiento que los unía era una hermandad de hierro y oro, no pudo sino sonreír y convencerse de que todo estaba bien.

Verán, cada vez que Sendoh, Kazuki, Sakuragi y Haruko salían juntos, había dos tipos de miradas en ellos.

Sendoh los miraba con tanta sorpresa como admiración en sus ojos azules como la noche. Las risas que arrancaban de él con cada insulto y tacleo eran tan sinceras como sonoras. De esas que dejan una estela por donde pasaron. Y es que el muchacho amaba esa relación con tanta pasión como intriga le causaba. Y era capaz de oírlos discutir por horas. Aceptaba a Hanamichi como un amigo y buscaba siempre tener un contacto mayor con él. Akira Sendoh sabía perfectamente que compartía podio con el pelirrojo en ser la persona más importante para la chica de ojos ámbar, y estaba feliz con eso. Significaba que era especial.

Haruko adoraba a Kazuki, de verdad que si. Era su amiga, su compañera de equipo. Confiaba en ella y estaba segura de que en otra vida podían haber sido hermana mayor y menor respectivamente. Por momentos era como si Ayako nunca se hubiera ido.

Pero en cuanto su relación con Sakuragi, siempre hubo algo que muy profundamente, la hacía rechinar los dientes con tanta delicadeza que no parecía estar ahí. Una voz detrás de su cabeza, tan liviana como penetrante e insistente. Una que no la dejaba realmente tranquila.

Ciertamente la relación de esos dos era cercana, única y divertida. Pero a ella sí había algo que le importaba tanto como para molestarle. El no ser primera para él.

"Su mejor amiga está mal de salud, Haruko-chan", le había escrito Fujii hace unos instantes cuando le envió un mensaje contándole todo.

Frunció los labios hasta el punto que se convirtieron en una línea recta y algo comprimida. Claro que era su mejor amiga. Siempre había entendido que era su mejor amiga. "Pero tu eres su novia", susurró esa voz. Sacudió la cabeza con tanta fuerza que soltó las pequeñas hebillas con pequeños diamantes de imitación que sujetaban su cabello castaño.

Claro que entendía lo que pasaba, y siempre había aceptado esa amistad. Pero, ¿y ella? ¿Que pasaba con ella? ¿Cuando ella sería prioridad en su vida?

"¡Hana-chan te adora! ¡Siempre lo hizo!", gritó una voz.

"Pero en la práctica, corre hacia su verdadera prioridad", dijo otra.

Sus dedos marcaron de memoria el número de Matsui. Ni siquiera debió buscar en su agenda. El aparato monocromático sonó tres veces antes de que la voz de su amiga se oyera tras la bocina.

-¿Haruko?- La voz de su amiga interrogó su nombre al otro lado de la línea, sonando ligeramente distorsionada. Supuso que estaría ingresando a clases a esa hora, y esperaba no molestarla- Estoy entrando a clases, ¿estás bi…?

-¿Hanamichi realmente me quiere?- De pronto, su decoro desapareció. Nada más realmente importaba.

-¿¡Eh!? ¿Qué bicho te picó?

-Íbamos a vernos hoy, pero me canceló y ahora…

-Deja de gritar y habla por sílabas, o no voy a poder entender nada de lo que digas.

Matsui se llevó una mano entre medio de las cejas. Sabía que este día llegaría. Solo esperaba que fuera antes de que las cosas se pusieran realmente mal.

-L-lo siento.- Haruko trató de calmar los latidos de su pecho con varias respiraciones antes de volver a hablar. Su voz mucho más pausada y grave.- Hana-chan y yo íbamos a vernos hoy. Pensábamos a ir a su casa, solos. Pero Kazu-chan tuvo un accidente, y va a cuidarla esta noche.

La voz de Matsui dejó de oírse, dando paso a un par de exhalaciones pesadas al otro lado de la línea.

-¿Si?

-¿Es normal?

-No.- Fue un disparo justo al corazón, haciendo que Haruko se encogiera de pronto.

-¿A-acaso me engaña…?

-¡¿Qué?! ¡Claro que no, tonta! Ese chico jamás te engañaría. No sabe lo que es eso.

-¿Por qué entonces no es normal?

-Porque tú eres su novia, Haruko. Pero nunca te hiciste valer con él. Y parece que él jamás se dio cuenta tampoco.

Haruko tragó fuerte. Su mente estaba hecha un lío.

.

.

"¿Hasta cuando?", sonaba en su mente. Ahora que estaba recostada en su cama, habiendo cenado a la rastra gracias a Hanamichi y desayunado con el mismo ímpetu, podía pensar.

El parche de gasa blanca sobre su frente cubría la herida que se había hecho al caer. Dolía cuando ponía una expresión de sorpresa o cuando la tocaba demasiado. Todo lo demás, era tolerable. Anemia, ¿eh?... Era una suerte que su madre no estuviera en casa esas semanas, o sería una reprimenda de campeonato. Hanamichi no le había dicho nada, y como fue él quien la sacó del campus luego de que Yohei la llevara a la enfermería, nadie se comunicó con Shizuoka. Las maravillas de ser un adulto responsable, era que tu madre no se enteraba de nada que no debiera, pensó.

"¿Hasta cuándo vas a seguir así?", fue la frase de Hanamichi cuando se sentó en su cama, luego de darle un tazón de sopa caliente. Caliente en verano, pero con amor. Y disgusto, porque lo que había en su rostro lo demostraba. ¿O no lo hacía?

Hanamichi no estaba furioso. Conocía el rostro de Hanamichi estando realmente enfadado, y ese no era el caso. Hacía mucho tiempo que el pelirrojo había dejado ese estado de enfado permanente con ella, el que tuvo durante todo su último año de preparatoria.

Rayos, su último año en preparatoria… Al menos esa segunda mitad que se sintió como un infierno en cámara lenta. Giró sobre el colchón, ovillándose y sintiendo la herida doler por el impacto brusco en su almohada.

¿Tanto había herido a Hanamichi? ¿A Yohei? ¿A los chicos? Trató de esforzarse como manager, de verdad. Asistía todos los días como requería su puesto y dio lo mejor de si. Necesitaba dar lo mejor de sí para no pensar en absolutamente nada. Porque al segundo que su mente quedaba sin actividad, él aparecía. Y eso no podía permitírselo, ¿verdad?

Hanamichi había transformado su rostro para con ella en un ceño fruncido constante, aún cuando trataba de entenderla dentro de su mente sencilla y su enorme amor. Pero estaba harto y sabía que si fuera posible, le rompería la cara. Yohei había sido el amigo que esperaba de él, siempre respetuoso y manteniendo su distancia para que no se sintiera incómoda.

¿Tan imbécil había sido con ellos…?

-Debería llamar a Yohei para decirle que estoy bien.- Kazuki habló bajo, casi queriendo esbozar una sonrisa timida.- Y disculparme con él…

-Yohei sabe que eres una imbécil.- La voz de Sakuragi se oyó casi como siempre, con ese tinte aguardentoso que lo caracterizaba. Casi burlón. Casi. Porque la chica de ojos ámbar conocía perfectamente cada uno de los matices y cadencias en él.

-Hanamichi...

-¿Hasta cuándo vas a seguir así?- Dijo con la mirada quieta en ella. Esa mirada llena de tristeza y cansancio. Casi que la hacía extrañar sus ojos de odio.- ¿Qué más quieres que te diga? ¿Cuánto más preocupado quieres que esté?

Hanamichi expresaba todos sus sentimientos. Absolutamente todos, sin dudarlo. Menos esos. Menos los verdaderamente profundos, como la preocupación que demostraba en esas palabras y en sus ojos café.

Porque ese era Hanamichi para con ella ahora. No el chico histriónico y malhumorado que se sacaba de quicio con una palabra cruzada, sino el que la miraba sintiendo que se iba a romper. En eso se había convertido. ¿No era irónico?

A quien consideraba su hermano, se encontraba en un estado de hastío permanente con ella, por ella. Odiaba que le hablara de esa forma cuidadosa, sin insultos, sin tacles, sin meterle los nudillos en la coronilla hasta dejarle un chichón. Kazuki no era la misma, y en consecuencia, Hanamichi tampoco, pues eran dos ying. Cualquier estado anímico de uno repercutía directamente en el otro.

-Por favor…- Le rogó Kazuki luego de tomarse la sopa, sintiéndose horriblemente culpable.- Por favor, abrázame.

Y Hanamichi lo hizo, sin abandonar el denso silencio que iba siendo parte de su relación con cada día que pasaba. El pelirrojo la abrazó tan fuerte que se sintió tratar de unir todos los pedazos rotos que representaba Kazuki. Se juró, mientras sentía el calor de su mejor amigo en su cuerpo, que iba a salir adelante por él. Si no lo hacía por ella, sería por él.

Se lo volvió a jurar mientras volvía a girar la cintura sobre el colchón, preparándose para levantarse. Tenía que salir de la cama o todo habría sido en vano. Todo ese sufrimiento. El abrazo de su amigo y su posterior beso en la frente. Su "tienes que salir, gata idiota", todo. Tenía que…

La puerta sonó varias veces, continuo y fuertemente. Como una llamada monótona y persistente. Pestañeó varias veces. ¿Eh…? No esperaba a nadie. A esa hora no debería haber nadie en la casa, porque tanto su madre estaba trabajando y ella estaba faltando a clases. Volvió a sonar, casi con más fuerza. Definitivamente, algo pasaba.

Alisó su camiseta sobre los jeans que llevaba puestos, bajando las escaleras con los pies descalzos, ignorando el suelo frío a pesar de la estación del año donde se encontraban.

Quizá fue el dolor en sus sienes lo que la envió de un solo movimiento a abrir la puerta sin siquiera espiar por la mirilla de vidrio.

Un suspiro. Eso fue todo lo que le tomó quedar en blanco. Oír millones de vidrios romperse a su alrededor y caer al suelo, justo donde sus pies desnudos parecían temblar sobre nubes heladas.

Ante ella, casi brillando como un espejismo salido de un sueño o su peor pesadilla, estaba la alta figura de Akira Sendoh.

Doce horas de viaje. Doce horas donde su cerebro jamás se desconectó de los quince mil caballos de revoluciones a los que se había sometido desde que destrozó el teléfono en su habitación, en Los Ángeles.

No había dormido en horas. Realmente, no había dormido bien en meses… Pero al menos podía defenderse cerrando los ojos por cansancio. ¿Ahora? Las bolsas grises bajo sus ojos azules parecían reírse en su cara de que tan patéticamente cansado se veía. ¿Este es Akira Sendoh?, si. Este es Akira Sendoh.

Ahora, de pie frente a la puerta que por última vez pareció burlarse de él hacía un año, era él. Esta vez, estaba abierta. Esta vez, podía verla.

El rostro delicado estaba más pálido de lo que recordaba. El cabello de corte asimétrico pasaba sus hombros hasta llegar a la espalda y parecía haber crecido uno o dos centímetros. Dios. Dios, era un alivio verla.

Quería estar furioso. Lo estaba, de hecho. Una parte suya estaba tan enfadada que su abdomen parecía lleno de ácido subiendo por su esternón. Quería romper cada uno de los cimientos de la vivienda, pero estaba petrificado. Porque ira no era la única emoción que ahora sobresalía de su pecho. Confusión, cansancio, odio, enfado, hastío, hartazgo. Cada sentimiento entre sus costillas parecían abrirlas con una fuerza monstruosa y juraba, iba a vomitar.

Quería gritar. Quería sacar de su pecho de una vez por todas todo el dolor que mantuvo acallado como amortiguando una explosión dentro de su cuerpo, pero no podía hacerlo. Y supo perfectamente por qué.

El rostro pálido que lo miraba con terror delante suyo era tan frágil como el cuello y los hombros pequeños que lo sostenían. Pudo jurar que cada parte de su cuerpo parecía gritarle que lo que él sufrió en el interior de su pecho y mente, ella lo había exteriorizado.

"No, no, no… No estás aquí. Dime que no estás aquí", pensó Kazuki con los ojos abiertos hasta un punto imposible. Y era tal su delgadez que se veían incluso más grandes, lo que provocó una imagen temerosa que a Sendoh le destruyó la ira inicial que guardaba para liberar apenas la encontrara.

Ambos se observaron por unos instantes, luego Kazuki retrocedió rápido y se dirigió a la puerta para cerrarla; necesitaba escapar de él, y de lo que fuera que quisiera decirle. No había nada nuevo que añadir, ¿por qué estaba ahí?

Estaba a punto de conseguir su objetivo cuando una enorme mano se interpuso frenando con facilidad su débil impulso.

-Un momento.

La muchacha dirigió a duras penas el sonido de su voz, que terminó por abrir todos los cofres en que guardaba su dolor, así este escapó en forma de explosión silenciosa por todo su cuerpo.

-Vete… - Dijo en tono quebradizo, usando todas sus fuerzas para empujar la puerta y conseguir echarle pestillo.

-Ni se te ocurra, Kazuki.- El pronunciar su nombre fue un nuevo ramalazo de dolor para ambos.- No viajé tantas horas para que te escondas de nuevo detrás de la puerta. Vamos a conversar.

-¡No hay nada de qué conversar!

-Eso fue lo que tú decidiste el año pasado. - Replicó entre dientes. Mierda, estaba furioso.- Estoy harto de no tener voz ni voto en todo lo que me concierne. Injusto, ¿verdad?

Lo que le parecía realmente injusto a Kazuki era que regresara solo para hacerle reclamos. Intentó pelear un poco más, pero Akira terminó de abrir la puerta con un solo empujón, que fue bastante suave dentro de todo pues no pretendía que se lastimara. Kazuki retrocedió a trompicones, aunque plantó ambos pies en tierra y volvió a mirarlo como si fuera el causante de todos sus males.

Akira se revolvió el cabello que le caía sobre los ojos con evidente frustración.

-No puede ser…- susurró mirándola. Tenía que ser mentira.- ¿Qué has hecho contigo, Kazuki? ¿Te has mirado a un espejo?

No era su intención sonar grosero. No se lo dijo tratando de ofenderla, ¡pero mierda! ¿Qué había hecho? Le dolía ver que el rostro casi de bebé enojado que siempre llevaba se veía ahora totalmente aterrado y con los bordes tan definidos. Era ver su sufrimiento a flor de piel. El espejo de su alma en el cuerpo físico.

Y claro que Kazuki no lo tomó bien.

-¿Qué te importa? ¡No es asunto tuyo! - Devolvió el golpe por reflejo. Como un gato asustado estirando el lomo y sacando las garras al verse acorralado.

-Quiero que me digas si ha valido la pena esta separación, porque viéndote está claro que no.

-¿Si ha valido…?- ¿A qué se refería? ¿Qué punto buscaba probar? Se mordió el labio inferior con tanta fuerza que podría haberlo hecho sangrar.- Tú me mentiste. -Kazuki volvió a la carga como un animal acorralado-. Lo jodiste todo con esa maldita carta de la UCLA. ¡Ibas a quedarte en Japón en vez de viajar a cumplir tu sueño, como si fueras un mediocre cualquiera! ¿Qué reacción querías que tuviera, Akira? ¿Esperabas una felicitación con pastel y velas?

"Ah, ¿sí? Muy bien…"

-Y tú fuiste egoísta, porque tomaste una decisión con respecto a nosotros incluso antes de hablar conmigo. Tienes una cabeza más dura que esta puerta - Reclamó dándole un golpe a la madera con la palma abierta; Kazuki volvió a retroceder-, nunca quisiste escuchar mis razones. Nunca pretendiste resolver el problema conmigo. Se te metió en la cabeza que yo tenía que irme, y pobre de mí si tenía algún plan para mi futuro, porque hiciste lo que se te dio la gana. No éramos una pareja, éramos tú y yo, cada uno por su lado. Sí, me equivoqué al no contarte lo de la carta, Kazuki, pero tú la jodiste tanto como yo con esa terquedad. Deberíamos haber encontrado un equilibrio entre los dos… ¡eso es lo que me tiene harto!

Sabía que esta discusión no estaba llegando a ningún lado. Tenía perfectamente en claro que la desesperación ahondando en su pecho era tan similar a la que tuvo el día que rompieron que lo aterró. El rostro pálido frente a él le estaba gritando que no había ninguna hendija por donde pudiera colarse la más mínima gota de cordura, no con palabras. ¿Eso era? ¿Esto era todo? ¿Había volado un océano de distancia para llegar y terminar marchándose tras veinte minutos de guerra verbal porque la chica frente a el era tan terca que lo sacaba de sus casillas?

No. No podía.

Su cabello pareció a punto de arrancarse desde el cuero cabelludo cuando tiró de él con sus largos dedos al pasarlo entre medio de las hebras casi con desesperación. El mismo gesto que sabía, había tenido esa noche. Era tan similar en cada aspecto que el pecho se le rompía en mil pedazos. Era como si el tiempo hubiera destrozado todo en lugar de calmarlo.

Quería arrancarse los cabellos de raíz, si eso podía resetear su cerebro y darle fuerzas para tirar abajo el muro de ladrillos, cemento y hierro que Kazuki había erguido cruzando sus brazos delgados a la altura del pecho y esquivando la mirada.

No. No podía.

"Vete. Vete. Vete. Vete", mantreaba su propia mente una y otra vez, casi con miedo voltear su rostro a verlo. ¿Qué mierda haces aquí? ¿Por qué volviste? ¡¿Por qué?!

No había servido de nada. Si volvía a Japón, significaba que ese año de mierda no había servido de nada. Que todo lo que pasó y el esfuerzo por vivir sin él, no habría servido de nada.

Había intentado hacer las paces consigo misma, convenciendo a esa parte imbécil de su cerebro de que la situación no se iba a dar de otra forma que no fuera separarse. Que él estaba cumpliendo su sueño y que ella eventualmente volvería a la normalidad.

No era así, y lo sabía. Pero su cerebro tenía que callarse.

Sendoh sabía que Kazuki era un muro humano. Era como un espejo donde iban a rebotar cada una de sus palabras, en ocho tonos más arriba y con mucha más agresión. Y dolió como nunca. Sacudió la cabeza, quitando todo lo que pudiera llegar a impedir hacer lo que sabía, era la única forma de sacarla de ese estado de odio perpetuo. Porque si había algo que Akira tuvo por sentado desde el minuto cero que se subió a ese avión, era que no iba a regresar sin que esto se solucionara. No iba a dejarla por su necedad nuevamente, cuando sabía que su rompimiento fue por imbecilidad y no por falta de amor. Mierda, amor por ella era lo que sobraba en ese momento. Aunque estuviera manchado de odio, resentimiento y unas terribles de tirar abajo las paredes a puños limpios. Seguía siendo amor. ¿Qué más pruebas necesitaba esa niña?

Y fue con el pecho respirando agitadamente, conteniendo el aliento un segundo eterno, que se adelantó tres pasos cerrando el lapso entre ellos. Tomó su rostro con fuerza entre sus enormes manos, y la besó como estaba seguro, esperó hacerlo durante todo ese tiempo. Porque seguía siendo amor.

Kazuki solo podía remitirse a sensaciones pasadas para poder asumir lo que estaba recorriendo su sistema nervioso al choque sorpresivo de sus labios.

La primera vez que el balón entró por la canasta, tras días de entrenamiento. La lluvia fría chocando con su piel en una noche de invierno. Cortarse un dedo con un vidrio suelto. El sol de la mañana calentando su cuerpo. El dolor punzante de su herida en el brazo en días húmedos.

Pues bien, la mezcla de sensaciones que se agolpaban en su pecho la obligaron a gemir en disgusto, empujando a Akira por el pecho con la poca fuerza que sus brazos poseían. El recordar por qué sus brazos estaban débiles no ayudó a calmar su ira, hirviendo en sus entrañas. Sus ojos cerrados con fuerza conteniendo las lágrimas con orgullo.

-¡¿QUE MIERDA ESTÁS HACIEN-?!- Quiso gritar girando la cara y liberando su boca unos segundos. Dios, eso había dolido.

"No". Se dijo Akira, y no emitió sonido alguno. Sabía que estaba forzándola. Era de su total entendimiento que lo que hacía estaba mal. Podía sentir como serpenteaba contra su pecho buscando salirse de él. "No me importa", pensó. "No me importa". Y sus labios abrieron los suyos nuevamente.

Crueldad. Esto no tenía otra definición más que crueldad. "Cruel" era que Akira estuviera ahí. Que se hubiera enterado de todo y ahora ella tuviera que contener las lágrimas. Que sus manos sujetaran la chaqueta negra que llevaba puesta, en lugar de resistirse a su abrazo. Que lengua ingresara en su boca, pese a toda resistencia, y no le importara nada más que ese sabor a miel en su interior. Eso no había cambiado. Eso también era cruel.

Todo. Todo lo era. Era un recordatorio de que hacía un año no sentía sus enormes manos acariciando su espalda, y por eso ahora parecía sentir sus uñas como queriendo desgarrarle la carne a través de su camiseta. Akira parecía estar gritándole con su cuerpo, logrando que le flaquearan las piernas.

Y el equilibrio dejó de tener importancia cuando ya sus pies abandonaron el suelo, porque supo que la había levantado entre sus brazos como si tuviera el peso de una almohada. Sintió el mareo con los ojos cerrados y paró en el preciso instante en que chocó la madera del suelo con los omóplatos.

Juraba que su pecho quería dejar de doler, pero no lo hacía. Era como un yunque sobre sus costillas, y una olla a presión donde latía su corazón. Sintió a Akira moverse hasta ponerse de rodillas y acomodarla bajo su pecho, como si se tratara de una figura de porcelana a la que no quería romper. Sus movimientos parecían haberse calmado por un instante, sin soltar sus labios.

Las manos aún seguían enredadas en su cabello cuando acunaron sus mejillas frías. Juraba que lo sintió temblar al abandonar sus labios y bajar por la delicada mandíbula hasta llegar a su cuello.

La mente de Akira disparó como un recuerdo la primera marca que dejó en ella, con la inocencia de la oscuridad de una habitación. Y ahora besaba una y otra vez el mismo punto para recordarse a sí mismo como sabía su piel. Cómo se oían los gemidos de Kazuki contra su oído. Pronto, sus manos soltaron la pequeña espalda para filtrarse bajo su camiseta, y acariciaron su abdomen con una dulzura que logró estremecerla.

Akira estaba percibiendo con absoluta claridad la vacilación en la perfecta boca de Kazuki, tanto en cómo le temblaban las manos aferradas a su chaqueta. Era una mezcla de impotencia y dolor. Rencor y la réplica de lo que él mismo sentía: amor. Un amor tan grande que, al separarse, los mantuvo en constante hibernación, sus corazones congelados a la espera de reactivarse con la cercanía del otro.

Y aquí, ahora, Akira revivía palpando la piel de Kazuki con las yemas de sus dedos, con la superficie caliente de su lengua. Incluso con su estómago pegado al suyo apretándola, sufriendo por la delgadez que habían transformado las dulces curvas de su cuerpo en peligrosos ángulos delatores de todo el padecimiento que soportó durante su ausencia. Separado de Kazuki, cada día en Los Ángeles fue un jodido infierno. Pero sus heridas iban solo por dentro.

Kazuki movió la cara hacia un lado para recuperar el aliento, pero su mente seguía hecha un lío. Solo pudo convencerse a si misma de que estaba cometiendo un error al involucrarse nuevamente con el muchacho que le rompió el corazón…

"Tú se lo rompiste también", habló su cerebro. La respiración se le aceleró aún más cuando comprendió que aquellas lágrimas traidoras que tanto intentó mantener alejadas de sus mejillas, ahora caían libremente por su rostro. Sendoh volvió a cogerle el rostro por la barbilla para impedir que continuara esquivando sus ojos.

-Sshh… -siseó muy bajo.

Odiaba eso. Odiaba cuando la acallaba de ese modo. Intentó liberarse de nuevo, pero sabía que era una batalla perdida. Perdida por la ventaja evidente en la fuerza de Akira, y porque ella misma peleaba solo amparada por su patente orgullo. Su frustración creció hasta que se lanzó a besarlo, castigando con sus dientes los labios del hombre que amaba Con sus uñas arañó todo lo que tuvo al alcance, y cuando mezcla de tristeza y furia llegó en una nueva oleada barriendo con su sentido común, sus manos se empuñaron antes de rebotar contra el fuerte torso de quien intentaba contenerla.

"Me estás volviendo loco", pensó Akira, que no había reparado en el hecho de que su entrepierna le molestaba cada vez más. Pero continuó besándola, por completo entregado a las sensaciones que embriagaban su sentido común.

Notó que volvía a rendirse, que esa boca lamía la suya cada vez más profundo, que la ansiedad ganaba terreno por sobre otras emociones, y su mente desconectó por completo; era su cuerpo el que mandaba, eran sus manos las que se desesperaban arrancándole la ropa.

Kazuki obedeció sin palabras levantando sus brazos y dejarse quitar la prenda, antes de volver a aferrarse a su enorme cuerpo. Akira parecía no querer abandonar sus labios nuevamente, como si bebiera de ellos hasta saciarse, y ya no oponía resistencia a ello. Sus respiraciones parecían entretejerse como un manto de seda mientras su enorme cuerpo bajaba hasta presionarla contra el suelo frío en comparación con su pecho, y sus piernas volvieron a ajustarse a sus caderas como si se sostuvieran de ellas. Y entonces, lo sintió detenerse.

Kazuki siempre fue delgada. Pero no así. No era la imagen que se había grabado a fuego en sus retinas cuando hicieron el amor por primera ía visto su rostro y como la ropa parecía quedarle enorme. Pero ahí estaba ahora. La piel blanca resplandeciendo a la luz del atardecer dejaba ver sus clavículas marcadas subir y bajar en cada respiración. Sus costillas marcadas a sus costados, y los huesos de sus caderas parecían sobresalir al mantener las piernas abiertas recibiendolo.

¿Esto había ocasionado su ausencia en ella? ¿Lo que a él lo había matado en vida, había hecho igual con ella?

Vio su rostro pálido desviarse hacia un costado, esquivando su vista como reconociendo sus pensamientos por el solo hecho de haberse detenido. Y su mirada clara, aguada por las lágrimas contenidas, perforó su pecho como una lanza de hierro. Presionó su cuerpo delgado contra el pecho besando una y otra vez su hombro desnudo, asegurándole todo lo que necesitaba con las caricias de sus manos en la espalda, deshaciéndose del abrojo del sujetador con celeridad.

Kazuki respiró profundo cuando lo sintió hacer, y por primera vez en todo un año de dolor y amargura sintió que había llegado a casa. Por eso sus propias manos se aferraron a su espalda formada por debajo de la camiseta, llenando sus sentidos con el tacto suave y cálido que extrañaba día a día.

Los labios de Sendoh sobre su pecho desnudo se cerraron con una delicadeza que sabía, le estaba costando mantener. Sentía que su enorme espalda temblaba, y que la presión en su entrepierna aumentaba con cada uno de sus gemidos producidos por las caricias de su lengua, como cristalizando de saliva su pecho uno por uno.

Quería hacer más. Quería hacer más que quedarse bajo su cuerpo semidesnudo sintiéndolo hacer de ella lo que necesitaba pero no podía. Sus brazos buscaban fuerza para abrazarlo lo más posible y besar su cuello con dulzura, justo detrás de la oreja donde sabía que tenía cosquillas.

Deslizó el jean fuera de sus piernas sujetando sus muslos por detrás, sintiendo la piel afiebrada contra sus dedos. La sintió tirar de su propio cinto tratando por todos los medios de ser ella quien pudiera dejarlo en igualdad de condiciones. Pero no ahora. No podía permitirle igualdad de condiciones cuando solamente él sabía cuánto la había extrañado en un año. Todo un año de ni siquiera oír su voz tras una bocina telefónica, y ahora recibiendo los delicados gemidos de placer que él mismo le estaba otorgando.

Gemidos que incrementaron su volumen hasta el inicio del llanto cuando su mano recorrió con una fuerza hirviente sus muslo interno hasta introducirse en ella.

Sabía que Kazuki estaba viendo las estrellas en ese momento. La oía, la olía. Sabía perfectamente que el movimiento rítmico de sus manos y sus largos dedos entrando en ella de uno en uno estaban abriendo sus paredes de tal forma que solo podía expresarlo así.

Pero él también las estaba viendo. Porque la punzada eléctrica a su propia entrepierna dolió tanto que contuvo su propio grito, y se obligó a concentrar su atención en el rostro arrebolado de la mujer que gemía en llanto bajo su cuerpo mientras su piel se perlaba en sudor.

La succión en sus dedos solo logró hacerle gruñir en antelación sin poder ya contenerse, cuando torció los dos que tenía dentro y barriendo sus paredes solo pudo sentir que tan mojada estaba. No más. No cuando había tocado un punto que la hizo gritar aún más y sus lágrimas seguían saliendo y el movimiento de sus caderas le imploraba que lo necesitaba a él más que a sus manos.

Por eso sus interiores terminaron por quitarse del medio y su voz sonó casi gutural contra los labios de Kazuki cuando entró en ella de un solo movimiento.

Dicen que los sentimientos y sensaciones del ser humano solo pueden definirse por comparación a experiencias pasadas. Así es como alguien puede saber si algo es bueno o malo. Así es como una persona puede decirse a sí misma que una situación es querida o no.

Pues bien. Nada en la vida se podía comparar a la sensación de la totalidad de Sendoh entrando en ella, abriendo sus paredes aún más allá donde sus dedos habían llegado y haciéndole olvidar hasta su nombre cuando su voz ronca perforó su cerebro tragando el grito de éxtasis que le provocó ese solo movimiento, ahora replicándose una y otra vez mientras sus caderas parecían bailar entre sus muslos.

Una entrega como aquella, tan repleta de sentimientos, explícita, llena del fuego que marca de por vida, del que destruye, y del que renueva para florecer otra vez, únicamente podía darse bajo el hechizo del amor mezclado con dolor. El vaivén sexual de su miembro poseído no solo hacía mella en Kazuki, también en él, porque le hacía preguntarse cómo fue que vivió un año separado del ardor en sus carnes más suaves.

Era adictivo sentirla rodeando su ancho tronco, exprimiéndolo en cada estoque, como si quisiera devorarle lo más profundo. Era adictivo concentrarse en su respiración, en sus gemidos, en las uñas que volvían a rasguñar la superficie de su piel tostada. Kazuki lloraba de dolor y de placer. Eso también era adictivo, ser el causante de emociones tan dispares.

Se inclinó hacia su pecho para llevarse a la boca uno de sus pezones. Lo succionó con delicadeza al inicio, luego imprimió algo más de fuerza, probando tolerancia desde diferentes ángulos, decidido a volverla loca de placer, tal como ella lo volvía loco también.

Cambió los cuidados de su boca al otro pezón, mientras que su mano retorcía suavemente el que aún se encontraba húmedo por su saliva. Esta combinación arrancó un nuevo abanico de sensuales quejidos en la preciosa jovencita, que ya no sabía si lloraba más de tristeza que de placer, o viceversa. Desconocía el placer que sentía Akira brindando placer, enloqueciéndola, trazando círculos sobre la carne tan sensible entre sus piernas.

Akira creyó recordar cada una de las sensaciones vividas cuando la tuvo por primera vez. Y de verdad creyó que nada se compararía al apoyar sus frentes juntas y poco a poco estar en ella hasta que el dolor se hubiese ido. Creyó que su rostro arrebolado sería lo más hermoso que podría ver.

Pero nada podría jamás superar a la presión de sus paredes alrededor de su miembro en ese momento, sintiendo sin ningún tipo de barrera el interior de la mujer que amaba y que mimicaba sus gemidos con cada vez más intensidad mientras trataba por todos los medios de ralentizar las estocadas de sus caderas para no terminar antes que ella. Pero sus uñas clavándose en su espalda no ayudaban. Sus lágrimas no ayudaban. Su voz saliendo cruda desde el borde de la garganta rogándole más sin decirlo no ayudaba.

Nada de lo que ocurría ayudaba a su sanidad mental y mientras sentía el calor de su cuerpo golpearlo a la cara y sus piernas aferradas a su cadera y su interior moverse cada vez más apegado a él no pudo ya pensar en nada.

Nada más que la sensación de estar siendo calcinado desde la boca del estómago y de querer escarbar más y más en ella hasta romperla y armarla con sus brazos como la estaba aprisionando ahora para que su cuerpo no resbalara bajo el suyo.

Una y otra vez lo sentía entrar y salir de su cuerpo rogándole sin palabras que no volviera a irse. Cada encuentro de su carne era un grito de euforia como si cada segundo fuera de ella durara una eternidad. Y la realidad la golpeó como una roca enorme y pesada lacerándola con sus puntas.

Ella había separado sus cuerpos por un año. Ella había enviado al hombre que amaba lejos. Él le había mentido. Pero ella había ensordecido y cegado a sus súplicas y aún ante la confesión de amor tras una puerta que se sintió kilométrica, había quedado muda.

Ella se había sometido al infierno mismo. Y también ella lo había sometido a otro.

Y sus lágrimas cayeron sin parar mientras el placer y el dolor golpeaban su pecho queriendo abrirlo como él estaba rompiendo sus entrañas, haciéndola arañar su espalda en un grito que lastimó su garganta cuando supo que lo que había alcanzado era un orgasmo.

Y la última gota de cordura en su mente lo llamó como un grito para despertarlo del trance en el que sus caderas, el calor y sus propios gemidos lo estaban manteniendo. Y con la última embestida contra ella se retiró de su interior justo antes de correrse, sintiendo como temblaba desde su abdomen. Su voz se ahogaba contra el pecho desnudo de Kazuki, sosteniendola como aferrándose a la vida. La voz de Akira sonó cortada entre respiraciones que no lograban calmarse.

-Te lo dije…-Murmuró. Sentía su corazón latir con violencia.- Te amo, Kazuki…-

Por fin podía decirle algo así sin estar separados por una puerta. Al fin expresaba sus sentimientos en palabras en un momento adecuado. O más adecuado.

Esperó un insulto como respuesta. Un golpe en su hombro. Esperó algo. Nada llegó. Nada excepto la tibia sensación de gotas de agua cayendo en su frente, rodando por la fina quijada, obligándolo a levantar la vista asustado. Sabía que los ojos de Kazuki habían llorado todo el tiempo. ¿Por qué seguía haciéndolo ahora? ¿Por qué su rostro estaba distorsionado como ausente y sus ojos no dejaban de escurrir agua salada? Quiso hablar. Pero solo logró incorporarse sobre ella para no aplastar su cuerpo bajo su peso y envolver su rostro entre sus enormes manos, sin poder hablar.

La mirada de Akira lo decían todo. Mientras embestía su cuerpo como si quisiera partir en pedazos su existencia, cada fibra de la piel de Akira parecía querer gritarle "te amo". Eso sentía en cada movimiento, en cada caricia, en cada agarre apasionado. Tanto que sus palabras no eran necesarias para aseverar sus sentimientos.

Por eso sus lágrimas ya no tenían en claro de por qué estaban brotando. Nunca se había sentido tan amada y odiada en un solo momento. Jamás había sentido a alguien desgarrándose, mientras desgarraba su interior al mismo tiempo para gritarle su amor de esa forma.

Y ella lo había alejado. Ella había impedido que esto ocurriera antes. Ella había hecho que los dos se perdieran del otro. Ella había roto su corazón que se armaba en ese momento. Ella había sido la que separó al hombre que amaba de la persona que quería y lo sometió al mismo sufrimiento que ella había vivido durante un maldito año. Un jodido año.

-N-no-Tragó fuerte. Su voz por encima de un susurro contra el rostro de Akira mirandola fijo en terror.- No quise cortarte. No quería cortarte. No quise alejarte. No quise. No quise. Akira, no quise cortarte…-

Dos veces había visto a Kazuki llorar. Una vez, estando inconsciente. La segunda, por las heridas que Hanamichi se provocó a sí mismo.

Dos veces había llorado Kazuki estando conciente. Por su hermano Hanamichi. Y la noche que Sendoh se fue. Y en ninguna de esas veces, Kazuki fue frágil. Lo era ahora. Y Sendoh entendió que la Kazuki frente a sus ojos temblando como una hoja en otoño era la más pequeña y el último eslabón bajo la coraza de adamantium que era su cuerpo y su alma y su carácter. Y que nadie la había hecho porque nadie la había desnudado así jamás.

-No vuelvas a irte. No permitas que vuelva a separarnos. No me dejes de nuevo…

Sus enormes manos la sujetaron, susurrando contra su oído el sonido de las olas para calmarla. La levantó en brazos para llevarla hasta su alcoba, recostándola entre las sábanas que ahora se sentían heladas.

Siguió abrazándola fuerte contra su cuerpo desnudo, sintiéndola temblar con la estabilidad de una hoja en otoño, empapando su pecho con sus lágrimas. Pronto, el cansancio la venció, aún aferrada a su piel como si temiera que desapareciera de su lado.

Pronto, el cansancio lo venció a él. Doce horas sin dormir eran demasiado para su pobre cuerpo, dejándolo descansar profundamente por primera vez en todos esos meses de infierno.

.

.

Moiichi Taoka se había cansado de llamar a la universidad para dar con el paradero de Sendoh. Su inglés era bastante bueno gracias a sus estudios pasados, y aun así todo lo que pudo sacar en limpio de boca de las autoridades era lo obvio. Que Sendoh no estaba ahí.

Muchacho tonto… ¿Dónde estaba? ¿Que tenía pensado? ¿Por qué se fue? ¿Dónde fue? Y su mente no dejaba de insultarlo cada vez con más fuerza. Pero esa era solo una parte de si mismo. La otra sabía que no tenía derecho alguno a enfadarse. La misma parte era la que estaba temblando desde que ese ruido sordo, que sabía era un golpe, cortó la comunicación.

Primero había metido la pata hasta el fondo hablando con la novia de Sendoh, y ahora esto. ¿Que acaso no podía dejar de tirarse tierra?

El hombre había salido de la cama temprano esa mañana con toda la intención de seguir tratando de comunicarse a Estados Unidos, saliera lo que saliera esa larga distancia. Tenía que reparar los errores que él estaba seguro, había cometido.

Y fue sentándose en el sillón de su sala de estar que escuchó el timbre. Una. Dos veces. Era insistente para ser sábado por la mañana.

Se quejó de su cintura al levantarse del cojín gastado y se dirigió a la puerta a paso seguro.

La puerta se abrió lentamente, y el espejismo de carne y hueso tras ella lo hizo tragar su aliento hasta casi atragantarse con él.

-S-Sen… ¿Sendoh?

La voz de Taoka, siempre segura y de alto volumen, parecía quebrarse como una hoja seca bajo una fuerte pisada. Sendoh ladeó la cabeza. Hacía mucho no veía ese rostro lleno de arrugas que tanto lo persiguió en años anteriores.

-Ha pasado el tiempo, entrenador Taoka.

El ex entrenador pensó seriamente en que había conjurado su presencia. Que eso no era real. Que estaba soñando producto de la culpa. Pero el aire bloqueado por su altísimo cuerpo y esa mirada cristalina lo hicieron caer en la realidad. Que él era real.

-¿Q-qué?...- Comenzó a decir. Tragó saliva. Continuó.- ¿Qué está...que estás haciendo aquí…?

-Lamento la sorpresa.- La enorme mano blanca rascó su nuca acompañando la sonrisa de siempre. Una ventana al pasado. A un tiempo más ameno.. ¿Puedo pasar?

Taoka retiró su cuerpo del paso como si se tratara de un solo bloque de cemento, pesado y uniforme. Cuando Akira pasó por su lado como una enorme torre, no pudo sino encogerse casi con temor.

Sendoh miró hacia ambos lados mientras se quitaba las zapatillas antes de salir del pequeño recibidor. Era extraño estar ahí. En sus años de estudiante, realmente jamás pensó que visitaría la casa de su entranador de equipo. Y es que no tenían esa relación tan cercana apenas ingresó a Ryonan. Fue llegando al final de su tercer año que realmente el hombre se había abierto con todos, especialmente con Uozumi y él.

Por eso no había sido sorpresa que su relación se afianzara en el año en que fue elegido capitán, y todo lo que siguió. Debía agradecerle a sus cartas que esos meses fueron llevaderos al hablar con alguien, aunque fuera simplemente por palabras en un papel. Y sin embargo, habían sido tan necesarias que la última se trató de un vómito absoluto de sentimientos y vísceras.

-S-Sendoh… N-no comprendo…

Lo último que supo del muchacho había sido hacía dos días. Cuando la comunicación telefónica se cortó prematuramente por un golpe brutal que no supo identificar. Trató por todos los medios de volver a comunicarse, pero no sabía su celular en el extranjero y el teléfono no volvió a conectarse.

-Oh, si. Lamento nuestra última conversación. Creo que no me despedí antes de cortar…- Antes de tirar el teléfono a la pared y agrietarla, tampoco.

-Sendoh…- Las imágenes que el muchacho reflejaba en su mirada y sus cartas pasaron por delante de sus ojos como una película en tercera persona. Él había ocasionado su dolor.- Perdóname.

-Ya me pidió perdón, entrenador. Varias veces.- Los ojos azules de Sendoh se fijaron en los suyos. Hasta sentado era mucho más alto que él.- ¿Por qué sigue haciéndolo?

La sala de estar se iluminó por la claridad que entró por la ventana, enorme y de cortinas pálidas. La escena, en su totalidad, era surrealista.

-No puedo pedirte que lo aceptes. No puedo obligarte a perdonarme, porque lo que hice no tiene nombr…

-Entrenador… Usted no hizo nada. Es decir... - Tomó aire muy profundamente, como si estuviera a punto de sumergirse en las profundidades de un océano en penumbras. Sin embargo, su sonrisa era sincera.- Lo que hizo, lo hizo en buena fe. Y lo tengo muy en claro. Se que trató de que tuviera una buena educación y que me concentrara en mi futuro.

-Pero muchacho, tu relación…

-Kazuki decidió cortarme, y esa fue exclusivamente su decisión. No lo hizo por sus palabras.

-Aun así, lo que hice estuvo mal.

-Si.- Dijo. Taoka tragó muy fuerte.- Pero sé que no fue en mala intención. Y le agradezco, de nuevo, que se ocupara tanto de mí. Sus cartas me hicieron reaccionar. Al final. A partir de ahora, tomaré mis propias decisiones.

Taoka asintió como si él fuera el niño regañado con amor. Sintió tanto orgullo que su pecho dolió. ¿Ese era Akira Sendoh? ¿Ese muchacho…?

-Y pensar que eras un muchacho tan idiota…- Murmuró con lágrimas en los ojos, amenazando con rodar por las mejillas arrugadas. La risa de Sendoh rompió el aire como una campanada clara al comienzo de un nuevo día.

-Bueno, todos crecemos en algún momento.

No pudo evitar seguir su risa. Era contagiosa, y ahora podía permitirse compartir su extraño humor. Nada los unía más que la camaradería y la relación tan cercana que pudieron construir, aún a la distancia. Y sin embargo, volvió a ponerse serio. Taoka recordó algo, y que no podía dejarlo pasar. No cuando lo tenía a centímetros suyo.

-Lo que dijiste en la última, Sendoh… ¿De verdad no quieres seguir jugando?

Sendoh tomó aire muy profundamente. Los Ángeles era una gran ciudad. La UCLA una estupenda universidad. El equipo de baloncesto era muy bueno y sabía que podía adaptarse a él. El problema no era el lugar. El problema era él y lo que dejó atrás. La forma en que dejó todo atrás. No era...

-No es eso, entrenador.- Comenzó a decir, calmo.- Creo que mi cabeza estaba demasiado hundida. Quiero pensar que ahora será diferente. Aunque no se si la universidad siga manteniendo mi beca, porque el desempeño que tuve fue bastante malo…- Llevó una mano por detrás de su cabeza, rascando los cabellos cortos.- No quiero abandonar la UCLA, pero…

-¡Claro que no lo harás!- Gritó Taoka, como si el espíritu de su antiguo yo lo hubiera poseído. Sendoh se tiró hacia atrás. Justo como en los viejos tiempos.- Llamaré formalmente. Iré a Estados Unidos si es necesario. Hablaré con el profesor Anzai, él tiene contactos. Haré hasta lo imposible por lograr que vuelvas a estudiar tranquilo.

De ninguna forma un alumno suyo iba a sufrir así. No mientras pudiera evitarlo. No mientras Moiichi Taoka estuviera vivo. Y menos él. Menos Sendoh. Su alumno Akira Sendoh.

-E-entrenador…- Musitó. Una sonrisa cálida y sincera en sus labios.- Gracias. De verdad.

Se sonrieron mirándose a los ojos. Era lo más cercano a una escena familiar que ambos habían tenido en mucho tiempo.

Y entonces, Taoka lo recordó. Retorció las manos casi con timidez antes de preguntar.

-Sendoh. No quiero meterme donde no me concierne. No de nuevo. Pero…

-Hablé con ella.-Respondió, sabiendo claramente lo que pensaba preguntar. La sonrisa permanecía. La mirada de determinación también.- Estaremos bien...

.

.

Pensó que había sido un sueño. Uno de los tantos que había tenido a lo largo de ese año transcurrido entre brumas y neblinas, de esos que se desaparecen lentamente cuanto más conciencia vas tomando al abrir los ojos.

Cuando Kazuki Mizage abrió los ojos esa mañana, lo hizo con los párpados pesados de quien llora hasta quedarse dormido. Con la garganta ardiendo y el cuerpo vapuleado. Como si hubiera recibido tantos golpes como estrellas tiene el firmamento.

Y entonces, fue cuando las piezas del rompecabezas que eran sus recuerdos comenzaron a caer una sobre la otra, ajustándose como un tetris imaginario donde iba ganando cada segundo que pasaba. Había abierto la puerta. Akira estaba ahí. Hubo gritos. Hubo golpes a su pecho. Hubo besos. Hubo tanta rudeza como amor.

El cuerpo se le tensó de repente en el mismo instante que sus ojos se abrieron de par en par, como si estuviera sintiendo aún las manos de Akira recorriendo su cuerpo. Y es que algo así ocurría en el preciso momento en que el impulso de adrenalina en sus venas la obligó a sentarse de golpe, porque el pesado brazo de Sendoh cubría su cintura como manteniéndola a su alcance.

Pestañeó varias veces tratando de ordenar el hervidero de pensamientos que atacaban su mente como un millar de pájaros furiosos. El rostro pálido de Akira mostraba una expresión tan pacífica que la hizo creer que estaba aún dormida. Porque no había forma en la vida que esa imagen fuera real, ¿verdad? Las cosas no son así de buenas. La vida no es así de amable.

Cayó en cuenta de que estaba totalmente desnuda cuando su mano chocó contra su propio pecho desnudo al intentar tocarse la mejilla, queriendo saber si era o no un estadío de sueño. Si iba a recordar esto una vez que despertara. Se equivocó. Era tan real como el muchacho respirando acompasadamente. Tan real como sus ojos azules encontrando la luz. Como su propia respiración contenida simulando ser un quejido de sorpresa. Un sollozo sin ver la luz.

-Ey…- Lo escuchó decir. La mirada llena de preocupación hizo que una parte de su mente se preguntara por qué la estaba viendo como si estuviera herida. No tenía parte visible en su cuerpo que demostrara cuanto realmente estaba sangrando.- Kazu, ¿estás bien…?

La mano de Akira sobre su mejilla fue el recordatorio más dolorosamente amoroso de que no estaba soñando. Y lo suficientemente poderoso como para que sus lágrimas se soltaran, cayendo por las mejillas blancas como un torrente sin freno.

-Estás aquí…

-¿Dónde esperabas que estuviera?- Era una respuesta que él tendría. Esto era real. Tan real como sus ojos serios. Estaba ahí y la situación aún se cortaba con un cuchillo filoso.

-Akira, ¿que…? ¿Por qué…?- "¿Por qué hicimos esto?", quiso preguntarle. Por qué te acostaste conmigo. Vas a volver a irte y nos separaremos nuevamente. ¿Por qué nos hicimos esto?

La verdad es que Akira tenía muy en claro por qué había hecho esto. No podía exteriorizarselo a una chica que presentaba tanta confusión en su rostro, pero lo tenía totalmente asumido. Akira quería que volvieran a estar juntos.

Desde el momento en que Taoka le había dicho la verdad por teléfono, una parte de su mente se volvió loca de rabia. La otra, la racional, la pensante, la fría, supo que iba a volver a Japón a plantearle las cosas. A decirle que no deberían haberse separado jamás y que ellos era posible. Y que él iba a por ello.

Lo vio incorporarse, notando por primera vez que su pecho se había marcado más que la última vez que pudo contemplarlo desnudo. El cabello caído sobre la frente y los ojos azules totalmente serios fijos en los suyos lo hacían ver tan irreal que dolía saber, era totalmente palpable.

-Tengo que ir a hablar con el entrenador Taoka.- Le explicó como si fuera una niña.- Cuando vuelva, quiero que conversemos.

-¿V-volver…?- Diablos. Parte de su mente estaba queriendo patearse a si misma por solo emitir sonidos que espejaran las palabras de Akira. ¿Que tan idiota estaba pareciendo?- ¿Volver aquí…?

La sonrisa de Akira se hizo presente por primera vez en todo ese tiempo. Como si hubiera roto el cascarón desde adentro a picotazos. Era una sonrisa real, tanto que el muchacho sentía telarañas hipotéticas en la parte de sus neuronas que accionaban esa parte de él. Su mano enorme jamás dejó de acariciar con ternura la mejilla de Kazuki.

-Tengo que volver. Después de todo, mi equipaje y pasaporte quedan aquí. ¿Puedo confiarte con ellos?

Podría llevarlos con él. Pero dejarlos en su casa era una forma de decirle "Oye, voy a volver. ¿Ahora me crees?" Nunca creyó que Kazuki necesitara de esas pruebas físicas, pero el terror en su rostro pálido lo hacían pensar distinto.

Trató de que su cara pareciera lo más estóica posible. Por todos los medios intentó que sus labios no se contrajeran al notar la expresión de confusión en ella. ¿Cuando se había asustado tanto? ¿En que momento "su" Kazuki se había debilitado tanto?

-Akira, yo…

-¿Puedo confiar en que si me voy a arreglar las cosas con Taoka, estarás aquí para hablar?- Los ojos azules parecían querer darle fuerza. Tragó muy fuerte. Suspiró. Respondió.

-Si...

.

.

Kazuki dejó que el agua tibia recorriera su delgado cuerpo con ambos brazos cayendo al costado de sus caderas, como marioneta sin hilos ni maestro. El rostro caído hacia el costado, apoyado con timidez contra la losa blanca de la ducha. La mirada ámbar perdida en las cortinas claras.

Las imágenes de la noche anterior se repetían una y otra vez en su mente, como una cinta en reproducción infinita. Cada sensación más real minuto a minuto. Cada vez, su pecho más y más presionado, como si una mano invisible se hubiera enterrado entre sus costillas y le arrancaran la vida con las uñas.

¿Por qué? ¿Por qué mierda había vuelto? ¿Para qué? ¿Que quería? Akira tiene una vida al otro lado del mundo y volvió a Japón. ¿Por qué?

"Por tí, grandísima imbécil", oyó responder a su propio cerebro. Siempre que su cerebro se enfadaba con ella, tenía un motivo real. Pero Kazuki era demasiado orgullosa como para darse cuenta de que esta vez, la parte de su mente en la que más se valía estaba tan equivocada como un niño caprichoso.

Cerró el grifo y se envolvió en una toalla azul para salir del baño. Vio de reojo la que había utilizado Akira para ducharse horas antes, previo a salir de la casa. Entró a su habitación, poniéndose la ropa interior con celeridad, sin dejar de ver al rincón donde el muchacho había dejado su bolso. De verdad pensaba volver.

¿Para qué? ¿Qué más quería decirle? Llevó una mano blanca hasta su abdomen, como si recordara la sensación. El cabello húmedo le hacía cosquillas en los hombros. Mordió su labio inferior como conteniendo un grito. Mierda… Habían complicado todo hasta el hartazgo haciendo el amor. Y algo la golpeó fuerte en la cara, como una manopla de hierro. Dios. No habían usado… Rayos. Rayosrayosrayosrayos

No. Cálmate. Llevó una mano a su frente. Siempre confió en él. Él nunca cometería un error así. Ni siquiera en esa situación. Rayos…

Kazuki se sentó en el colchón de su cama aún desarmada. Suspiró tirando la cabeza hacia atrás, con el cabello haciéndole cosquillas en la cintura descubierta.

"¿Qué pretendes con todo esto, Akira?"

Eso era lo que más la descolocaba. Conocía al muchacho tanto como a ella misma. Akira nunca haría algo como eso sin un sentimiento profundo de por medio. En eso, al menos, eran tan iguales en hormonas femeninas que asustaba.

Cayó de espaldas sobre la cama, los brazos cubriéndose los ojos. La respiración agitada. Los labios presionados.

Serían cerca de las cuatro de la tarde cuando Akira Sendoh volvió a tocar la puerta. Era extraño haber estado todo un día sin fijador de cabello. Dos en realidad, si contaba que había subido a ese avión con tanta furia que olvidó hasta traerlo en su bolso. Gracias que había traído ropa, en realidad… Ropa para una semana, aproximadamente. Eso era realmente tener esperanzas, o ser muy ingenuo.

Akira sabía, mientras esperaba al otro lado de la puerta de madera y hierro, que había viajado con solo un objetivo en mente. Y no pensaba tener un no como respuesta. Si, eso era horrible de pensar y en la práctica sonaba mejor. "No es no", le habría dicho ella, con el rostro encendido en furia. Pero no así. No cuando claramente separarse fue algo que ella decidió por ambos, estando aún en contra de lo que quería. Porque no era tan idiota como para no darse cuenta de que Kazuki nunca quiso separarse. Siempre lo supo y su emocional tsundere de manual lo había dicho abrazada a él la noche anterior. Sonrió levemente. Hacia tanto que no se permitía llamarla así en sus pensamientos, que hasta dolió.

Cuando la puerta se abrió, Sendoh tuvo que pestañear varias veces hasta comprender que el rostro de Kazuki había vuelto a la normalidad. Respiró varias veces recordando a la chica temerosa que había dejado en su habitación por la mañana, la misma que temía realmente que no volviera. Ahora, tenía a la Kazuki que conocía frente a sí. Esa misma de carácter fuerte, voz firme y el porte de alguien que no teme. Por un momento, suspiró aliviado. Verla en ese estado no había sido sencillo, temiendo que no se tratara de una fase.

-¿Puedo pasar?- Le preguntó con una media sonrisa. Conocía a esa Kazuki. Y debía tratarla con cuidado.

Asintió, corriendose a un lado para permitirle pasar. Sendoh aspiró profundo el aroma a lavanda que desprendía su cabello aún húmedo. Había olvidado que ese aroma lo hacía sentir en casa. Pero el silencio de la chica de ojos ámbar le daba a entender que no debía relajarse. No aún.

-¿Pudiste hablar con el entrenador Taoka…?- Eso era lo gracioso de Kazuki. Su lenguaje corporal hablaba por ella. Los brazos cruzados sobre el pecho, con los pies descalzos que la hacían simular ser una pequeña hada en comparación a su gran envergadura.

La última luz de la tarde parecía darle un contraste a contraluz a los iris claros. La cabeza bordeada por un halo en tonos naranjas. Como un juez esperando impartir sentencia. Sendoh se revolvió internamente, porque debía permanecer totalmente estoico de su piel al exterior. No iba a ganarle. No esta vez.

-Sí.- Contestó volteando medio cuerpo. La observó cerrar la puerta, respaldándose en ella.- Él me llamó hace dos días, y me dijo lo que había pasado entre ustedes.- Kazuki levantó una ceja, como si recordara el hecho pero no sus consecuencias.- Se sintió sumamente culpable.

-¿Culpable? ¿De qué?- Por un instante, por un diminuto segundo, esa sagacidad se reflejó en los iris oro. Había esperanzas.- El hombre se preocupó por ti.

-Si, lo hizo.- Contestó, ahora con sus brazos cruzados sobre el amplio pecho.- Y tu actuaste de la forma menos indicada con la información que te dio.

Akira la vio pestañear muchas veces, tensando el delgado cuerpo como si la hubiera pinchado de golpe. Justo en el blanco, pensó. La muchacha negó con la cabeza repetidas veces antes de contestarle, con el tono claramente enfadado.

-Actué por la falta de información que tu tuviste conmigo. ¿Recuerdas?

Akira tomó aire muy profundo. ¿Así iba a ser? ¿De verdad? ¿Habían hecho el amor hacia horas y no sirvió de nada para su situación? Pasó los dedos por entre el negro cabello oliendo a su champú. Los ojos azules fijos en los suyos.

-Bien. Avancemos, ¿si? Nos equivocamos ambos. ¡Ambos!- Repitió cuando la vio intentar meter un bocado.- Así que ahora vamos a solucionar esto.

-¿Que quieres solucionar? Vas a volver a Estados Unidos a continuar tus estudios en la UCLA. ¿Verdad?

-Verdad.

Kazuki tragó con disimulo. Claro que esperaba esa respuesta. Como su contestación fuese "Quiero volver a Japón contigo" lo hubiera sacado a patadas. Akira era un prodigio. Un maldito genio. El jugador más talentoso que hubiera visto y un tesoro para cualquier equipo de grandes ligas. Merecía estar en la tierra del basquetbol. Y sin embargo, eso dolió. Muy profundamente, dolió.

-Esa es una buena respuesta.- Dijo con una media sonrisa. Sincera y triste al mismo tiempo. Tanto que Sendoh creyó ver un ápice de ternura en sus ojos, como solía verlo antes de que esta mierda pasara. Y entonces, volvió a hablar.- Entonces, ¿que hay para hablar? Vuelve y se el mejor, Akira.

El muchacho quedó quieto mirándola con toda la paciencia que sus átomos combinados pudieran tener. Suspiró varias veces hasta que calmó su propio interior. Sus ojos eran serios.

-Voy a volver a Estados Unidos…- Dijo. Kazuki notó como se acercaba a ella. No tuvo espacio para retroceder.- Y nosotros vamos a volver a estar juntos.

¿Eh? ¿Qué? ¿Que mier…?

-¿Qué…?

Akira lo supo en el momento en que esa expresión de terror e incertidumbre se apoderó del rostro pálido. Kazuki jamás consideró la idea de una relación a larga distancia. Fue como si en su cabeza no se hubiera dibujado ni siquiera una aproximación a ello. Tuvo que tomar aire nuevamente, ahora prácticamente a centímetros de distancia. Olía a lavanda como siempre.

-Tu decidiste por mi hace un año, Kazuki…- Comenzó.- Ahora no vas a volver a hacerlo.

-¡N-no puedes…!

-Puedo.- Sentenció.- Podemos. Vamos a hacerlo.

Kazuki sintió como si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago, la hubieran acariciado por disculpas, y golpeado de nuevo. Apretó los labios sin saber cómo defenderse. No, no había forma de que funcionara. Nunca.

-¿Y qué harás cuando no resulte y terminemos más resentidos que antes?- Le preguntó con amargura. Akira escuchó esperanza, por eso respondió firme.

-No va a ocurrir, y lo sabes.

-¿Acaso puedes estar seguro?

-No.- Dijo, serio.- Claro que no. Pero lo intentaremos, y lo vamos a lograr. Nos mantuviste alejados durante un año, y fue tanto una mierda para mi como para ti. No voy a pasar más tiempo sin que estemos juntos. Voy a estudiar en América, y tú lo harás aquí. Terminaremos lo que tengamos que hacer, y cuando te recibas, vendrás conmigo.

Cada una de las vetas feministas de su cuerpo se tensaron como si fuera un gato a punto de saltar sobre él y matarlo a arañazos puros. Como si una furia invisible quisiera reaccionar ante su forma de hablar. Ante el autoritarismo con el que sentía, se dirigía a ella.

La Kazuki de hace un año hubiera puesto el grito en el cielo con la mitad de sus palabras. Con un cuarto de su discurso.

¿Esta?, estaba por hacer lo mismo.

-¡No puedes ser tan autorit…!

Estaba por hacer lo mismo, cuando Sendoh tomó su mano, incrustando algo en su dedo anular. Casi como en cámara lenta. Como en una película. Como en un sueño donde la presión del anillo debía despertarla. No lo hacía. No estaba despertando. Esto era totalmente real.

Su corazón latía tan fuerte que era imposible contenerlo. Su dolor era tan grande que la ahogaba. Su confusión parecía explotarle la cabeza mientras veía sin entender la cinta plateada en su anular. Lo mismo ocurrió cuando lo miró, desconcertada y con la boca entreabierta. Él nunca había parecido tan seguro en su vida.

Nunca sus manos se sintieron tan firmes sobre su rostro, manteniendo sus miradas unidas por un hilo invisible.

-No te estoy proponiendo casamiento, así que deja de pensar en eso.- Maldita sea y su manía de leer, aún, su mente.- Pero si necesitas algo físico para creer que estaremos juntos pase lo que pase, entonces te doy esto. No voy a dejar que nos separemos de nuevo. Ya descubrí que soy un zombie apenas funcional sin ti. No estoy dispuesto a serlo nuevamente. Te amo. No vas a alejarme otra vez.

Sendoh recordó haber visto el anillo en una vidriera cercana a la casa de Taoka. De vista, al pasar, casi con el rabillo del ojo. Por algún motivo, sabía que esto iba a pasar. Sabía que iba a decir que no. Sabía que iba a tener que pelear con uñas y dientes. Ya no los tenía. Así que esto fue todo lo que pudo elaborar. Si no funcionaba, haría otra cosa. Pero no volvería a estar separado de la mujer que amaba nuevamente. Su sueño y ella iban de la mano. Él era él. Pero era mejor a su lado. Y no se iba a perder de eso, nunca más.

El cerebro de Kazuki había dejado de funcionar cuando la plata helada entró en contacto con su dedo. Cuando los ojos azules como la noche clara se posaron en los suyos. Cuando sus manos quemaron su rostro al sujetarla.

Su mente trató de elaborar cada una de las respuestas más ingeniosas que pudiera dar. Trató de activar sus piernas para correr. Trató de pensar en gritar. Y entonces, su cerebro por fin reaccionó junto a su pecho, mandando al carajo a su orgullo.

Lo amaba. Cada parte de ella lo amaba. Su vida había sido una mierda sin él, por la forma en la que rompieron. Porque nunca quiso alejarlo. Seguía queriendo que se fuera y cumpliera cada uno de sus sueños, porque lo amaba. Él le estaba diciendo que se iría y los cumpliría. Y que ella estaba en la ecuación. Kazuki, ¿qué mierda estás esperando?

El cuerpo de la chica de ojos ámbar impactó de lleno contra el suyo, haciéndolo perder el equilibrio y aterrizando de bruces en el suelo de madera.

Sendoh recibió a Kazuki entre sus brazos con una sonrisa imposible de duplicar. La expresión de alguien que volvió a vivir.

-Lo que hace un año de distancia… -Comentó riendo.

-Cállate, Akira.- Y redobló la fuerza del agarre.

"Cállate, Akira". ¡Cuánto había echado de menos esa frase!

En medio de toda esa felicidad, que le llenaba el corazón como si una represa se rebalsara, la besó. Por primera vez en tanto tiempo, la beso sin miedo a ser rechazado. Sin otro sentimiento que lo moviera más que el amor que sentía por ella.

Claro que tendrían que mejorar. Desde luego que tendrían que sanar heridas, lamiéndose mutuamente hasta que el dolor para. Pero el primer paso era este, y sabía que iban a poder continuar. El beso fue suave, delicado, mutando hacia algo mucho más oscuro y lleno de promesas conforme sus lenguas se batían en un duelo tan sensual que debía estar prohibido.

La respiración de Kazuki adquirió celeridad. Cuando se dio cuenta de que las cosas estaban a punto de irse de las manos, separó la cara bruscamente. Los ojos de Akira la miraron levantando una ceja. Fue como si le arrancaran un dulce de los labios. El rostro totalmente azorado de su novia (rayos, que bien se sentía eso…) esquivaba el suyo, como si tuviera pena de hacer esto.

-N-no.- Acezó, y se notaba que le costaba un montón tomar esa decisión.

Sendoh recuperó la compostura una vez que supo leerla. Tendría que adaptar sus sentidos nuevamente ahora que estaban despiertos. Un año sin ella había logrado que su habilidad de leerla se oxidara.

-¿No? ¿Segura?- Su cadera se movió un poco, como incitándola a rendirse. El movimiento de lado a lado en su cabeza pareció cortar el aire.

-¡No podemos repetir lo de ayer!

Confiaba en que Akira habría descargado su cuerpo fuera, y tenía muy en claro que viviría con el alma en la mano hasta finales de mes. Claro que no quería tentar a la suerte nuevamente. Tenía los poros llenos de él, pero su cerebro aún funcionaba como para que el sentido común le pateara el trasero.

Akira sonrió de costado. Claro que se daba cuenta.

"Ah. Es tan inocente…"

-Claro que podemos.- Y sujetó la sujetó bien con una mano enrollada en torno a su cintura, mientras que la otra rebuscaba en el bolsillo trasero de sus pantalones. La tira de pequeños paquetes plateados brillaron mientras su dueño los sostenía justo frente al descompuesto rostro femenino.- ¿Continuamos?

Kazuki sintió que todos los colores del universo se le metían en la cara. ¿En qué momento ese desgraciado había comprado…? ¿Lo tenía todo planeado? Realmente no iba a aceptar un no por respuesta. Había vuelto con la idea fija de que estarían juntos de ahora en más. ¡¿Por qué su rostro estaba tan sonriente y el suyo tan rojo?! No sabía cómo reaccionar a todos esos condones. Ningún ser vivo sabría cómo.

-N-no lo vamos a hacer tantas veces…- Escupió a duras penas, atragantándose con su propia saliva.

Sendoh hizo refulgir una sonrisa relajada y burlona.

-Eso no te lo crees ni tú.