Justo antes del amanecer, en el momento en que la noche es más oscura, las tropas del desierto marcharon hacia la Ciudadela de Hyrule. A la cabeza, como ya era habitual, se encontraban los tres portadores de la Trifuerza; sus respectivos fragmentos brillaban por la cercanía de los demás. Confiaban en que la imagen de la reliquia dejada por las Diosas fuera un aliciente para que los habitantes de la ciudadela no se opusieran demasiado, ya que había funcionado con los pequeños pueblos del sur. Zelda no estaba del todo segura al respecto, no sabía hasta que punto Leoni había sido capaz de influenciar a los habitantes de la capital del reino, pero el recuerdo de su última visita a la ciudadela, cuando su hermano la acusó de traición a su sangre. La princesa aún notaba el miedo que la había recorrido cuando la intentaron apresar y las dos gerudos que habían viajado con ella acabaron encontrando la muerte al intentar defenderla. Ahogó un suspiro mientras aferraba con fuerza las riendas de su caballo y alzaba la cabeza para ocultar sus dudas y miedos, realizando sin que ella misma fuera consciente el mismo gesto que hizo cuando se marchó del castillo hacia el desierto tras su boda.

La ciudadela parecía muerta, apenas se veían luces brillando en las ventanas de su interior y el castillo, en el centro mismo de ella, daba la impresión de ser un enorme monstruo dormido, esperando a que su incauta presa se acercara lo suficiente para lanzarse sobre ella y devorarla de un bocado.

Zelda detuvo a su montura en las suaves lomas que precedían a la llanura que rodeaba a la Ciudadela de Hyrule, haciendo que las tropas la imitaran. Los tres portadores clavaron la vista en el objetivo, el centro del reino, el final de la guerra entre los dos hermanos. La joven conocía bien la historia del reino y sabía que, mucho tiempo atrás, la familia real había protegido la ciudadela con multitud de hechizos para evitar que el Rey Demonio se hiciera con el control de la misma en una de sus múltiples reencarnaciones. Irónicamente, era ahora un miembro de la familia real quien confiaba en que esos hechizos quedaran anulados por su presencia y Ganondorf y sus huestes pudieran entrar en la ciudadela. Había comprobado que, a la hora de sacar la Espada Maestra de su pedestal, ninguno que no fuera el portador del Valor podía entrar a las profundidades del bosque.

—Nunca creí que el destino me pusiera en la situación de llegar a las puertas del corazón de mi reino como si fuera una invasora —murmuró.

Ganondorf la observó de soslayo, como si no quisiera dejar de vigilar la ciudadela ni un segundo. Había aprendido con el paso de los siglos a recelar de las posibles defensas mágicas que los hylianos podrían haber empleado para evitar las invasiones que antes o después acababa intentando. Incluso en una vuelta del ciclo en la que Zelda y él no eran enemigos volvía a estar situado en la misma casilla que en las anteriores: dispuesto a atacar el corazón del reino y tomar el trono aunque fuera por la fuerza.

—Un cambio siempre requiere un precio —respondió finalmente, haciendo que Zelda lo observase con un gesto que parecía apenado —Decidimos romper la maldición que Demise lanzó sobre nuestros destinos a pesar de que siempre parecía cumplirse.

Zelda suspiró, observando la silueta del castillo. Llegar a aquel punto era algo que había intentado evitar por todos los medios, pero el destino había tenido otros planes distintos a los suyos. Lo único que podía desear ahora era que la contienda directa contra Leoni durara lo menos posible.


Desde lo más alto del castillo de Hyrule, en el mismo sitio desde el que Leoni había esperado la llegada de las tropas de su hermana, el Invocante que él mismo, inconscientemente había dejado que tomara posesión de su cuerpo, contemplaba el horizonte, sabiendo que en cualquier momento aparecerían las tropas de su rival.

Al ser como tal le daban igual los motivos que su "huésped" tuviera en contra de Zelda: la había conocido hacía muchos años, cuando la princesa, en una vida anterior, le había atacado cuando él servía bajo las órdenes del Rey Demonio. Había sido ella la que dio la orden de encerrarle en el Templo de las Sombras, por lo que tampoco tenía mucha simpatía hacia la princesa. Fuera como fuese, lo único que pretendía era conseguir no tener que volver a su encierro, y si de paso podía quedarse con el reino, pues mejor…

Meneó la cabeza para despejarse, aquel pensamiento le había surgido de repente. A él le daba igual lo que pasara con Hyrule, ¿o no? ¿Tal vez los pensamientos de su huésped le estaba afectando de la misma manera que él cuando intentaba controlarlo? Leoni había aceptado como suyos los pensamientos que le iba inoculando pero debía de admitir que al final se le había comenzado a resistir. Quizás el hyliano era más fuerte de lo que había pensado en un principio.

Trató de serenarse, si quería probar a usar sus poderes con ese cuerpo tenía que estar lo más relajado posible, o de lo contrario, podría fracasar estrepitosamente. No era lo mismo invocar desde un cuerpo humano que desde una forma incorpórea, ya que muchas veces la carne humana no soportaba la tensión de la sobrecarga de energía…

Se concentró en el cuerpo de Leoni, tentando sus límites, volcando todas sus energías en comprobar hasta dónde podía llevarlo. Parecía estar pillándole el punto a aquel cuerpo cuando un sonido a su espalda hizo que se volviera, encontrándose con unos brillantes ojos rojos que lo observaban con frialdad, al mismo tiempo que, a sus espaldas, las tropas del desierto comenzaban su avance.


La Ciudadela de Hyrule llevaba esperando el ataque final desde que la guerra había comenzado y las noticias que iban llegando desde el frente no eran las más halagüeñas para el ejército de Leoni. Los hylianos habían escuchado que, al parecer, los portadores de la Trifuerza estaban aliados esta vez y eso hacía que muchos de ellos, al igual que habían pasado con los habitantes de las aldeas de las regiones por las que las tropas del desierto iban pasando, se rindieran ante una señal tan evidente. Otros lo habían hecho cuando se enteraron del intento de envenenamiento a los Dragmire y como finalmente habían encontrado a los culpables pero habían decidido esperar para darles un juicio cuando la guerra terminase. Si los rumores eran ciertos había sido la propia Zelda quien había intervenido por ellos.

Que se dudara de la princesa de Hyrule podría ser considerado extraño, pero en la ciudadela, donde el control de Leoni era más férreo, las acusaciones que había lanzado contra ella habían calado hondo, sobre todo después de que corriera la noticia de que Saviha, la princesa de Holodrum, había fallecido por un veneno propio del desierto.

Quedaban fieles a Zelda, pero todos sabían que cualquier muestra de apoyo a la princesa sería severamente castigada por Leoni. Ese fue también el principal motivo por el que, conforme las tropas del desierto se iban acercando a la ciudadela, los habitantes de la misma se fueran ofreciendo como voluntarios para luchar junto al ejército. Ninguna mujer pudo optar a defender la ciudadela, por supuesto, ya que las leyes hylianas no contemplaban que las mujeres tomasen las armas, pues era algo que se veía casi antinatural. Lo único que pudieron hacer fue cerrar y asegurar las puertas y ventanas, confiando en que la contienda también perdonara las vidas de los que allí habitaban, como se decía de las regiones del sur y del oeste.

Los hombres que sí fueron admitidos, por su parte, solo obtuvieron una lanza o una espada y se los mandó a ocupar un puesto que no deberían abandonar bajo ningún concepto. Leoni había sido muy claro al respecto, decretando que cualquier persona que desertara sería acusada de traición.

Los hombres de la ciudadela no estaban acostumbrados a una vida en la que tuvieran que mover grandes pesos o trabajar en el campo como los habitantes de las aldeas del sur, ellos eran en su mayoría artesanos o comerciantes; ese era el motivo por el que muchos temblaban con las armas en las manos, sin sentirse preparados para lo que se les iba a exigir. La fama de guerreras de las gerudo era conocida.

Cuando el ejército de los Dragmire llegó a las praderas colindantes de la ciudadela, los centinelas dieron el aviso y, tanto soldados como ciudadanos salieron a las murallas. Muchos sintieron deseos de vomitar del puro miedo mientras veían como las tropas del desierto comenzaban a cabalgar hacia la ciudadela, embistiendo con todas sus fuerzas contra los soldados que vigilaban las rejas que cortaban el paso al interior de la misma. Aquellos que estaban en lo alto de los muros sintieron cierto alivio ante la idea de no tener que enfrentarse a las gerudo y a las hordas de demonios que las acompañaban, pero pronto se dieron cuenta de que su alivio fue en vano, pues algunas de las mujeres no se lanzaron de cabeza a la lucha, sino que saltaron desde sus monturas hacia las paredes de la muralla y comenzaron a escalarla.

Puede que las gerudo hubieran dejado de robar hacía tiempo, pero no habían olvidado las técnicas que tan útiles les habían sido cuando no eran más que unas ladronas.


Los sheikah habían aprendido, con el paso de los años, a distinguir con suma perfección el hedor de las almas corrompidas. Habían sido los guardianes del Templo de las Sombras y aquellos que iban a servir a la familia real debían superar un entrenamiento riguroso en el que una de sus partes era entrar en el interior del templo y enfrentarse a las almas que vagaban en su interior. Conocer su esencia les serviría para, si se daba la ocasión, alertar a los miembros de la familia real de una posible amenaza. E Impa no había pasado por alto la presencia cada vez más fuerte que iba corrompiendo a Leoni. Intentó convencerle de alejarse del ente, pero fue inútil, por lo que había tomado la decisión de esperar a que le poseyera por completo para enfrentarse a él directamente. Esperó hasta notar en el aire la clásica vibración producida por ese tipo de seres y llegó a lo alto del castillo justo a tiempo de ver como los ojos de Leoni se volvían completamente rojizos y brillantes, señal de que el "parásito" ya le tenía por completo bajo su control.

La sheikah no perdió tiempo. Sacó del interior de sus ropas un trozo de pergamino con una escritura en el idioma de su tribu y, con rapidez, corrió hacia la criatura que parecía estar probando sus límites. Era una acción arriesgada, ya que su objetivo bien podría darse cuenta de su presencia, mas era la primera opción siempre que se presentaba una situación como aquella.

Impa no se equivocó al pensar que era en cierto modo un error. Cuando se aproximaba lo suficiente como para poder lanzarle el pergamino, la criatura se volvió y clavó sus ojos perdidos en ella. La sheikah logró esquivar por los pelos una descarga de magia oscura en su dirección, mientras volvía a prepararse. Aunque ya no era tan fuerte y hábil como en su juventud no olvidaba que había prometido cuidar a los miembros de la familia real hyliana, y eso incumbía también a Leoni.

—Criatura de la inmundicia —dijo con voz firme, sin apartar la vista de él —El sello que pesaba sobre ti nunca debería haberse roto. ¡Vuelve a la oscuridad de la que jamás has de salir!

El Invocante se limitó a soltar una carcajada ante la anciana sheikah. Una mujer tan mayor no era rival para él. Ni siquiera entró a sus provocaciones, tampoco se paró a pensar en si el cuerpo que lo cobijaba resistiría, simplemente lanzó un nuevo ataque hacia ella.

Sin embargo, Impa no había dejado que la edad pudiera con ella. Confiando en que las diosas estuvieran de su lado, esquivó el nuevo ataque y lanzó el pergamino al mismo tiempo, cayendo luego sobre uno de sus pies. El dolor la atravesó como un rayo pero la adrenalina que corría por su cuerpo no permitió que se dejara superar por el malestar. Alzó la vista y una sonrisa de alivio surcó su rostro cuando vio el pergamino posarse sobre el pecho de Leoni.

El extraño brillo de los ojos se apagó y, a los pocos segundos, una sombra del azul de los iris del joven se asomó a los mismos. Impa no bajó la guardia, preparada para seguir luchando de ser necesario, aunque cada vez el tobillo le dolía más. ¿Habría bastado con el encantamiento o tendría que seguir controlando al ente?

Leoni, por su parte, había conseguido recuperar parcialmente el control de su cuerpo. Cada movimiento era una lucha contra otra voluntad, pero poco a poco comenzaba a afianzar su control. ¿Qué había pasado? ¿Acaso aquel ser que trajo consigo se había apoderado de él? No, no podía ser, él no era tan débil… pero de nuevo un pensamiento ajeno irrumpió en su mente.

Maldita perra sheikah, ya casi era mío.

¿Suyo? No, el jamás iba a permitir que un ente ajeno se apoderara de él. Pensaba usarlo para ganar aquella guerra y deshacerse de su hermana, nada más.

¿Nada más? Me he alimentado de ti lo suficiente como para tenerte bajo mi control siempre que quiera. No eres más que un humano atado por sus limitaciones…

¡No! Él era miembro de la familia real hyliana, descendiente de la diosa Hylia, la sangre de la antigua deidad corría por sus venas. No, él podía controlar a aquella cosa, doblegarla y por fin someter tanto a Hyrule como a las tribus del desierto y luego incluso a Holodrum a su control, de modo que se negaba a ser el pelele de un ente.

Ya lo has sido, has estado bajo mi control.

Pues ahora él sería quien lo doblegase. Ahora él movería las cuerdas. ¡Era de la sangre de la diosa y le ordenaba someterse!

No voy a someterme a alguien como tú.

Él tampoco se sometería, pero necesitaba sus poderes para asegurarse la guerra.

Necesito tu cuerpo para salir de las sombras.

Siempre podrían llegar a un acuerdo mejor que el que realizaron en el interior del templo.

Hasta tener otra opción mejor…

¡Hecho!

¡Hecho!

Leoni sintió una sacudida interior que pareció extenderse más allá de su capacidad para soportar el dolor. Sin embargo pasó tan repentinamente como vino, quedando parte de esa sensación en las puntas de sus dedos, que parecían vibrar de energía.

Ganaría.

Ganaría.


Zelda había dejado de pensar en lo que hacía, se limitaba a luchar sin fijarse en las personas que se enfrentaban a ella. A pesar de que se había preparado mental y físicamente para ello no podía evitar sentir que moría un poco cada vez que caía un soldado ante su florete. Sin embargo en su mente el plan a seguir estaba bien claro: conseguir abrir la muralla y permitir que las tropas penetraran en la ciudad.

Arriba de las murallas, las mujeres estaban intentando entrar en los entresijos de las mismas para conseguir abrir la puerta, ellos tenían que luchar abajo, para ir abriendo camino a las demás. Zelda ni siquiera pensaba, actuaba maquinalmente, dejando que todo lo aprendido en sus entrenamientos en el desierto saliera a la luz. No preguntaba, no se detenía a sentir compasión, luchaba con todas sus fuerzas. Ya tendría tiempo si sobrevivía de llorar por todas las víctimas cuya sangre habrían bañado su hoja.

No supo cuanto tiempo había pasado desde la primera carga, solo fue consciente del ruido de las cadenas que alzaban el rastrillo y bajaban el puente para permitir el acceso a la ciudadela. Los tres portadores picaron espuelas, queriendo entrar en la misma cuanto antes e ir directamente a por Leoni. En teoría la peor parte le iba a tocar a quienes lucharían en las calles mientras ellos se apresuraban. Dependían de la velocidad más que nunca.

Sin embargo la sensación de "alivio" que había sentido al traspasar las murallas de la ciudad desapareció cuando un repentino rayo rojizo brotó desde lo alto del castillo, envolviéndolo en un aura extraña.

Leoni no se lo iba a poner tan fácil como pensaba.


Antes que nada, me gustaría disculparme por tardar tanto. Octubre y noviembre no han sido meses fáciles para mi, tuve que ponerme al máximo con el TFM siguiendo un calendario de entregas muy estricto que encima tuve que saltarme más de una vez por problemas familiares y el fallecimiento de alguien de la familia. Entre una cosa y otra, cuando finalmente terminaba de hacer el trabajo o tenía un hueco para descansar no me encontraba con ánimos de ponerme a escribir, ya que estaba tan saturada que las ideas no me salían. Más de una vez intenté traer cap, pero no me sentía contenta con lo que escribía y acababa borrándolo. De hecho llevo dos semanas luchando contra el bloqueo hasta que por fin he sido capaz de seguir.

Lo he dicho muchas veces y lo repito de nuevo, no voy a abandonar esto, no ya que estoy tan cerca del final. El TFM ya está más que defendido y aprobado, de modo que es una cosa menos que llevar para adelante. Sí es cierto que estoy un poco agobiada con chino ya que por acabar el trabajo no le he dedicado tiempo y ahora me toca ponerme al día, pero si hace dos años pude recuperar todo un curso en un mes ahora soy perfectamente capaz de recuperar dos meses en dos semanas.

¿Cuándo volveré a subir? No lo sé, las fechas que vienen son convulsas (en el buen sentido) y quiero descansar un poco, que creo que me lo he ganado y ponerme por fin con el cosplay de Nabooru, que también lo tengo abandonado. Pero como siempre repito, subir voy a subir.