N. de la A.: ¡Sean todos bienvenidos a un nuevo capítulo!
Queridos lectores, no han sido semanas fáciles. Al asunto personal que me aquejaba se sumó el repentino fallecimiento de mi Rem; mi perrito de quince años, catorce de los cuales estuvimos juntos, y sobra decir que mi marido y yo estuvimos devastados. He llorado tanto que podrían hacerse varios kilos de sal con mis lágrimas XD igual que en "Como agua para chocolate". Pero en fin, son épocas. El estrés ha hecho mella en mí de forma física y psicológica; por un tiempo (breve, no obstante) perdí el ánimo de escribir. Lo recuperé eventualmente... solo para que mi bebé viejito se fuera. Quienes aman a sus mascotas como miembros de su familia pueden dimensionar la tristeza que se siente, aun cuando no se demuestre en el exterior.
En fin, pasando a terrenos más alegres, quiero contarles que mi adorada amiga personal, Saturnine Evenflow, ha comenzado la publicación de una nueva historia tras terminar el maravilloso fic "A moment frozen in time".
A diferencia de su obra anterior, "Ride" es una historia protagonizada por Hisashi Mitsui y Chiharu Nijiyama, una OC que les robará el corazón igual que Kazuki :') pero el fic no es solo de ellos ya que habrán otras parejas sorpresa. Como plus, Stacy Adler es la beta reader, así que no duden cuando les digo que la historia es una delicia. Conozco la trama al revés y al derecho, he llorado y reído con ella, y sé que ustedes también sabrán apreciarla. ¡Estoy orgullosa de ti, amiga! ¡Sigue así!
Quiero agradecer infinito a mis lectores, que me han dejado mensajitos por ahí preguntando cómo estoy. Bueno, por lo explicado anteriormente no he estado tan bien como otras veces, pero seguimos dando la pelea. Stacy no se rinde jamás. ¡Gracias a todos!
Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Takehiko Inoue. ¡Gracias por dibujar y escribir una historia tan hermosa!
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Necesito gritar: ¡te amo!
El mes de mayo arribó de manera tan apresurada, que su avance pareció el de dos piernas tropezándose y tratando de recobrar el equilibrio de manera penosa.
Bueno, penosa era la definición más acertada para Yohei, al menos en opinión de Hanamichi, quien se acercaba más y más a la histeria con cada día que pasaba y su mejor amigo parecía un lunático apostado en la entrada de Shohoku todas las tardes. Incluso había renunciado a su trabajo para dedicarse en cuerpo y alma a la labor de guardián. El asunto se le había ido de las manos hace bastante tiempo, y no se veía para cuándo las cosas mejorarían, especialmente cuando el pelirrojo le escuchó decir «los voy a encarar, ya verás» con un cigarrillo humeante en la boca. Había que ver cuánto estaba fumando; con todo el estrés, su cuota de cigarrillos diarios aumentó a casi el doble.
Noma, Takamiya y Ookusu no estaban al tanto del por qué Yohei actuaba de esa manera y no hicieron preguntas, ni siquiera cuando este les pidió —aunque más se oyó como una orden— que cuidaran sutilmente a Fujii en sus trayectos del colegio al trabajo y la casa. Nada más para asegurarse de que otros no la estaban vigilando.
—Tienes que hablar con alguien de esto, Yohei —estalló un día Hanamichi, harto de verlo tan neurótico—. Ya no sé cómo decirte que somos dos críos de preparatoria batallando contra mafiosos adultos, ¡hay que ir con la policía de una vez!
—La policía no puede hacer nada porque no hay pruebas. —Las tres últimas palabras salieron de su boca lentas, envenenadas de hiel.
—Entonces habla con tu viejo, o con los padres de Fujii-chan.
—Como si eso arreglara algo…
Hanamichi se revolvió los cabellos con ambas manos, visiblemente desesperado. Era imposible hacer entrar en razón a Yohei cuando se ponía tan flexible como podía serlo una pared del más duro concreto. Sin embargo, había algo más que se sumaba a sus pesares y lo tenía bastante sacado de quicio: las clasificatorias al Campeonato Nacional de verano estaban por comenzar, y él aun no recibía el alta médica para competir. Ni siquiera podía entrenar, si bien Mitsui se encargaba de ejercitar su mente haciéndole presenciar entrenamientos del equipo, y videos de partidos disputados por sus rivales. Pero nada de eso se comparaba a la adrenalina de encontrarse cara a cara contra un enemigo y vencerlo exhibiendo sus habilidades de genio.
Deseaba apoyarse en Yohei, pero este no se encontraba en condiciones de darle consejos a nadie, por lo que Hanamichi optó por mantenerse a su lado cada vez más furioso, aunque en silencio.
Claro que como no hay mal que dure cien años, así llegó la tarde en que los miembros de la pandilla que rondaba Yonchu con cuestionables intenciones, aparecieron en Shohoku sin ocultar su curiosidad. Alguien les hizo llegar el rumor de que la hermana del difunto compañero Koizumi se encontraba estudiando en esa preparatoria, por lo que en cuanto lo supieron, se encaminaron hacia allá con una sonrisa petulante en sus rostros llenos de cicatrices, algunas ideas perturbadoras en la cabeza, y ganas de liarse a puñetazos si les salía un rival en el camino… o simplemente alguien que no les gustara de vista.
Tuvieron suerte (si es que podía decirse de esa forma), porque apostado en la entrada del establecimiento, un muchacho de sonrisa desafiante y manos en los bolsillos los miraba como si hubiese estado esperándolos por siglos. Ellos no sabían cuánta verdad había en eso…
—¡Mira esa cara de niñito bueno! —exclamó uno de la pandilla, que tenía el cabello corto y decolorado hasta conseguir un tono blanquecino nada atractivo—. ¿Qué quieres? ¿Se te perdió el chupetín?
Los demás rieron casi a gritos con esa frase provocadora, no obstante, pronto se detuvieron desconcertados cuando aquel arrogante muchacho también rio, como si el comentario no le afectase lo más mínimo.
—Estuvo buena —explicó frotándose la barbilla. Eso era muy conveniente; mientras más bajaran la guardia en su presencia, mejor para sus planes.
—El niño tiene huevos, aunque no creo que le duren mucho —señaló otro miembro, que se distinguía fácilmente por las expansiones en sus orejas.
—Preguntémosle si conoce a una chica de apellido Koizumi.
—La conozco. —Los cinco miembros de la pandilla fijaron su atención en él—. Sé a quién están buscando. Es la hermana de Ginta Koizumi.
—¿Cómo lo sabes?
—Tengo contactos —declaró fanfarroneando.
El más alto del grupo, que llevaba ambos brazos tatuados y descubiertos, dio un paso adelante. Intimidaba incluso sin haber dicho una sola palabra en ese corto rato, pues sus ojos y, sobre todo, el rictus de su boca, indicaba que era muy peligroso. Alguien que había visto mucho más de lo que debía, aun antes de dedicar su vida a delinquir.
—Koizumi dejó un legado importante en nuestra… organización. —También su voz sonaba a peligro, tanto que la resolución de Yohei flaqueó por un brevísimo instante—. No le temía a nada, y estoy seguro de que se encuentra en el infierno haciendo de las suyas.
—Tienes razón, el infierno es muy apropiado para ese tipo.
El de los tatuajes chispeó una sonrisa torcida.
—¿Cómo te llamas? —Yohei respondió dándole su nombre completo—. Así que Mito… Yo soy Rafu Hisakawa. Conocí a Koizumi, creo que le habrías caído bien.
Como respuesta al bizarro halago, Yohei escupió hacia un costado.
—¿Por qué buscan a su hermana? —Ya no podía contener las ganas de saber qué los había llevado a averiguar su paradero luego de tres años.
—Tenemos curiosidad de ver cuánto ha crecido —dijo Hisakawa.
Yohei contuvo una náusea al ver el brillo enfermo que captó en la mirada de otro miembro de la pandilla, apostado un poco más atrás. Sintió que le hervía la cabeza, y supo que estaba mucho más furioso de lo que le convenía en ese momento.
—Dicen que Koizumi la vendió —murmuró tratando de esconder su ira.
—Ese rumor pegó muy fuerte —respondió el tatuado—, ¿por qué preguntas?
—Curiosidad.
—Hmmm… —Arqueó una ceja, con la vista clavada en los oscuros ojos de Yohei—. Así que estás enamorado de ella, ¿es tu novia? —aventuró con una mirada lasciva que daba asco—. ¿Nos estabas esperando por eso?
—Solo quería conocerlos. —No pensaba darles más información.
—Te responderé porque me hace gracia tu actitud: Koizumi sí la ofreció en venta, pero tan ebrio y tocado que nadie se lo tomó en serio. El rumor lo esparció un miembro que también está criando gladiolos… porque le encantaba tocarle las narices a Koizumi —finalizó con algunas risitas.
—¡No me jodas! —rugió el muchacho, irguiéndose como un oso a punto de atacar—. Ebrio o no, ¡nada justifica lo que dijo! ¡Era su hermana! —El estómago se le contrajo de rabia.
Hisakawa encogió ambos hombros con total indiferencia, luego dio un paso hacia delante, pero su dirección fue cortada inmediatamente por Yohei, que se le puso al frente con el desafío vibrando en toda su postura amenazante.
—Cuidado —le advirtió Hisakawa, aunque realmente parecía estarse divirtiendo—, no te conviene meterte con nosotros. Claro que, si tienes muchas ganas de morir como un mártir para impresionar a la niñita, pues… —Ni siquiera se molestó en terminar la frase, que sazonó con desagradables carcajadas.
Los demás inmediatamente corearon sus risas. Yohei se limitó a observarlos ocultando el asco que le provocaban. Se quitó el saco y lo dejó en el suelo junto al bolso, pasó ambas manos por el cabello para ordenarlo, aunque sabía que no tenía sentido pues pronto terminaría revuelto, estiró un poco el cuello hacia los lados, e inspiró hondo.
Uno de los pandilleros que no había intervenido hasta el minuto se adelantó con ambas manos en los bolsillos, imitando la postura que Yohei había adoptado. Inclinó la cabeza hasta tener su oído al alcance, y murmuró:
—Apártate o te matamos. O mejor aún: acompáñanos y observa cómo nos turnamos para servirnos a tu novia…
Claro que ese individuo jamás calculó qué tan fuerte y rápido podía ser Yohei, pues al instante de terminar la idea, se vio retrocediendo a trompicones con ambas manos sujetándose la cara. Un río de líquido vital emanó a través de las fosas nasales, y Yohei casi se estremeció de gusto rememorando el maravilloso «crack» que hizo su tabique cuando se lo rompió con la cabeza.
No solía dar cabezazos, el maestro en eso era Hanamichi, pero estaba tan ciego de furia que actuó por puro instinto. El cráneo era lo bastante duro como para fracturar una nariz gravemente, y sabía que ese tipo de rotura posibilitaba que el herido quedara con consecuencias respiratorias y estéticas de por vida.
—¡Hijo de puta! —chilló el delincuente; la cara se le había hinchado al instante, apenas podía abrir los ojos, y de su nariz brotaba cada vez más sangre.
Yohei no sonrió, sino que se limitó a ponerse en guardia, porque sabía que la verdadera batalla estaba por comenzar. Su rostro tenía una expresión realmente amenazadora, y si sus oponentes no hubiesen sido maleantes profesionales, tal vez se hubiesen amedrentado un poco.
La pelea no duró mucho. Gracias a su entrenamiento en kendo, Yohei resistió mucho daño sin quejarse pues eran cinco contrincantes a los que golpeó, pateó, y en quienes liberó la parte más oscura de su personalidad, esa que se despertó gracias a la posibilidad de que Fujii estuviera en peligro. Aguantó los puñetazos estoicamente, y cuando una pequeña cortapluma se le clavó en el hombro solo pensó en los puntos que iba a requerir para cicatrizar adecuadamente.
Toleró quedarse sin aliento cuando le pisotearon las costillas, no se quejó cuando se rompió los nudillos con la mandíbula de uno, al que se la fracturó de paso, y se negó a dejar de repartir golpes incluso cuando la sirena que anunciaba la presencia de la policía en el lugar empañó el sonido de su propio jadeo.
Lo que no sabía Yohei era que Hanamichi había presenciado la última parte de la contienda a distancia y obligó a un alumno que pasaba por ahí a que llamara a una ambulancia y a la policía de inmediato. Estaba preocupado por su mejor amigo y se disponía a ayudarlo en la pelea cuando casi le dio un infarto al ver a Fujii corriendo hacia él como desesperada, alertada por unas compañeras de salón que le avisaron el rumor de que su novio estaba desafiando a unos tipos con pinta de delincuentes.
—¡No vayas ahí! —gritó Hanamichi, cogiéndola de un brazo al vuelo.
Fujii dio un poco de pelea, mas pronto claudicó, porque estaba demasiado aterrada de ver a Yohei cubierto de sangre, con la cara magullada, la ropa sucia, rajada, y el temor de que terminara igual que su hermano fue suficiente para mantenerla en un silencio helado. Lo único que evitó que se desmayara fue la forma en que se aferró a la conciencia, con dientes y uñas.
Hanamichi se dio cuenta de que no podía dejarla sola y allí se quedó, hasta que la policía se hizo cargo de la situación con mucha rapidez. A Yohei lo mandaron en ambulancia de inmediato al hospital, pues comprobaron que se trataba de un alumno de diecisiete años, menor de edad, al que interrogarían después en compañía de sus padres. Pero los demás involucrados eran todos adultos, y con diversos cargos penales pendientes, por lo que se los llevaron al hospital militar más cercano para ser curados y luego procesados judicialmente.
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Fujii pasó toda la noche en el hospital acompañando a Yohei, y cuando este fue dado de alta temprano en la mañana, no se despegó de él y también lo siguió a su casa, en donde el muchacho se instaló en el sofá de tres cuerpos de la casa para seguir recuperándose de la paliza recibida. Ryusei había conversado con Fujii por teléfono, y por eso reservó sus palabras para cuando llegara de trabajar.
Lo primero en lo que Yohei reparó fue que su novia seguía sin abrir la boca, incluso encontrándose lejos del hospital, motivo por el cual él pensaba que estaba muda.
«Seguro que tiene muchos malos recuerdos», caviló en algún momento de la noche antes de quedarse dormido. Pero ya lejos de esos pasillos asépticos, de doctores garabateando recetas y enfermeras atentas a cualquier cambio en sus pacientes, Fujii continuó con una expresión mortecina que a esas alturas parecía tatuada en su delicado rostro, suave y blanco. Ahí recién, Yohei comenzó a preocuparse. ¿Estaría molesta? Ni idea. ¿Asustada? Sin duda, nadie quiere ver a la persona que ama en un hospital. Pero lo que no esperó fue que Fujii, luego de vigilar que ingiriera los antiinflamatorios para no estar muy adolorido, y los antibióticos para evitar que la herida del hombro —a la cual pusieron tres puntos— se le infectara, cogiera una silla del comedor para tomar asiento frente a él.
—Tenemos que hablar —susurró en tono herido, si bien firme.
Y fue esa firmeza el primer indicador para Yohei de que las cosas estaban mucho más complicadas de lo que sospechó en un inicio.
—¿Ahora? —Si podía ganar un poco de tiempo para prever varios escenarios, tenía más probabilidades de éxito en la conversación.
Fujii asintió. Tenía que ser ahora, no tuvo necesidad de expresarlo en voz alta. Yohei lo comprendió con su acostumbrada facilidad a la hora de captar palabras no dichas.
Ambos se observaron el uno al otro por alrededor de un minuto, con el chico tanteando terreno a través de sus ojos oscuros como el mar nocturno. E identificó tempestad en los de su novia; igual que el cielo antes despejado, luego repleto de nubes cargadas con lluvia y relámpagos… así se había vuelto su mirada: espesa, peligrosa.
Si debía ser completamente sincero, no tenía ningún deseo de discutir con Fujii en ese momento porque lo intuía, lo veía venir, no iba a ser una conversación tranquila. Todavía le dolía la cabeza, respirar era complicado dependiendo del ángulo en que se encontrara, y sentía la boca muy seca y amarga por culpa de los medicamentos. Sin embargo, debió resignarse a que las cosas no iban a ser como él quería apenas Fujii comenzó a decir en ese instante:
—Reconocí a uno de los amigos de mi hermano entre los tipos que te atacaron.
¿Cómo? ¿Estuvo cerca de ellos? Yohei tragó en seco. Aquello no lo vio venir por ningún lado, claro que como estuvo inconsciente por un rato… Maldita sea, la cabeza le iba a estallar. Tanto que se esforzó por evitar que Fujii estuviera cerca de esos jodidos hijos de puta…
—Sakuragi-kun me impidió acercarme hasta que el coche patrulla se los llevó a todos —continuó la niña retorciendo los dedos de pura ansiedad; Yohei agradeció mentalmente la prudencia de Hanamichi—. Pero… entre verte en el suelo, con la ropa llena de sangre, y darme cuenta de que estuviste peleando con cinco maleantes, entre ellos un amigo de mi hermano… no sé, estuve tan... ¡no sé! —hablaba cada vez a mayor velocidad—, sentí mucho pánico, creí que ibas a morirte, lo juro… y ahora que estoy mirándote a los ojos, me doy cuenta de que no pareces sorprendido. Oh, dios…
—¿Qué? —Segundo cambio de ritmo. Era muy difícil seguirle el paso cuando le hablaba así, y la migraña que retumbaba su cerebro no le ayudaba en absoluto a mantener sus ideas en claro.
—Llevas tiempo actuando muy extraño. Llegué a pensar que querías terminar conmigo, ¿por qué otra razón te comportarías tan distante? Ni siquiera celebramos tu cumpleaños adecuadamente. —Fujii se mordió la boca para dominar el temblor de su voz, y no hizo ademán de secarse la lágrima que resbaló por su mejilla—. Pensé que mi mayor miedo se había cumplido: que mi hermano mayor lograra separarme de la persona que amo incluso desde su tumba. No, déjame hablar —exigió alzando una mano, pues Yohei empezó a protestar con su elección de palabras—, esto es lo que siento, y necesito que escuches todo.
Transcurrió otro minuto largo, eterno, pues Fujii necesitaba dominarse antes de continuar. Sentía como si tuviera una daga apuntándole al corazón, próxima a clavarse en él y desangrarla en cualquier momento si llegaba a tener razón en sus sospechas…
Yohei no la perdía de vista manteniendo la mandíbula dura, apretada; se veía contrariado, como si estuviera ahogándose en su propia saliva. Necesitado de hablar con urgencia. Pero no sorprendido. No extrañado. Fujii suspiró dolorosamente con gesto trágico. La daga avanzaba cada vez más hacia su pecho.
—Yohei-kun, no estás sorprendido de que uno de esos maleantes fuera amigo de mi hermano. El mundo es un pañuelo, pero aun así… Es demasiada casualidad. Demasiada. —El joven bajó la vista hacia su regazo—. A menos que no sea casualidad. No… no lo es, ¿verdad? —adivinó, al tiempo que su voz adquiría el matiz metálico del acero más afilado—. Tú lo sabías.
—Sí.
—¿Cómo lo supiste? —Fujii mantuvo el tono cortante, pero teñido de esperanza. A lo mejor todo era un malentendido—. ¿Te lo dijo mientras peleaban? —Era una posibilidad remota y absurda, pero quería creer en él, porque la alternativa era insoportablemente dolorosa.
No obstante, Yohei decidió que aquel era momento de hablar con la verdad. Ya estaba cansado de mentirle, confesaría todo sin arrepentirse, sin mirar atrás, desde el principio. Fujii tendría que comprender que actuó así para protegerla, no por un arranque estúpido de testosterona.
Lo único que se jamás le iba a contar, porque sería demasiado para ella, era la verdad acerca de la jodida venta. Ese secreto pensaba llevárselo a la tumba. Pero de ahí en más iba a ser un libro abierto para ella.
—Yo los guie hacia Shohoku —profirió, la voz plana, ajena, desprovista de cualquier emoción—. El mes pasado, un día antes de ir al acuario contigo, me junté con Narita y le pedí que me explicara por qué te fue a buscar en marzo. Dijo que unos pandilleros rondaban la secundaria Yonchu mencionando el apellido Koizumi; por lo visto, querían cerciorarse de cuánto había crecido la hermanita de su antiguo compañero.
—Hablaste con Narita-kun… —repitió Fujii con el rostro pálido, húmedo de sudor frío—. No me contaste nada…
«No, no puede ser. No puede ser», repetía en su interior una y otra vez, como si pudiera reescribir la historia solo con sus ruegos.
—Estaba preocupado por ti —se justificó el joven.
—¡Pero no me dijiste nada! —estalló—. ¡Te pregunté si te pasaba algo y no dijiste nada!
Aquella fue la primera vez en su vida que Yohei la escuchó gritar. Y supo que su chillido era agudo, desesperado, y se le encajaba al medio del cuerpo como si buscara desangrarlo. Dolía igual que algo tangible. Le exprimía las entrañas, jugaba con su apoteósica jaqueca, y lo hacía sentir como la peor basura del mundo.
Había llegado a creer que nunca la vería enfadada. Que nunca perdería los estribos, menos con él, su propio novio. Entonces, por alguna razón que no se llegó a explicar sino hasta mucho tiempo después, recordó una cena en compañía de su padre varias semanas atrás, en donde por milagro Hanamichi no se encontraba en casa.
«—Estás muy callado, Yohei. ¿Peleaste con Fujii-chan?
Lo que le faltaba: que su viejo estuviera tratando de indagar por qué tenía una cara de tres metros… Y por ningún motivo iba a contarle la razón, así que prefirió limitarse a responder la pregunta:
—No. Nosotros nunca discutimos.
Ryusei hizo una mueca extraña que llamó la atención del muchacho, quien dejó los palillos a un lado del plato para no perderse detalle de sus palabras.
—Cuando estás empezando una relación, al principio todo son flores, corazones y arcoíris —mencionó casi burlón—. Nadie revela su verdadero carácter hasta mucho tiempo después. Así que no te extrañes si Fujii-chan no te dice lo que piensa en verdad, pero si eso se extiende por mucho tiempo, yo me preguntaría por qué actúa así.
»Me he dado cuenta de que es el tipo de chica que rehúye cualquier conflicto —prosiguió recordando las ocasiones en que habló con ella o la vio interactuando junto a Yohei—. No creo que esa forma de actuar sea un problema si les ayuda a evitar discusiones sencillas o sin sentido. Lo que sí me preocuparía, de ser tú, es que vaya acumulando disgustos hasta explotar y algo simple se convierta en el apocalipsis.
Yohei asintió, rebuscando en sus memorias la única vez en que atravesaron una desavenencia: durante el cumpleaños de Fujii, por culpa de Narita. En aquella ocasión ella se enfadó, pero parecía casi una broma, pues enseguida se arreglaron y todo siguió igual que siempre.
Ryusei llevaba todo ese tiempo observándolo sin decir palabra, esperando que él respondiera para continuar entregándole su "sabiduría", no obstante, como Yohei no tenía ganas de ahondar en la conversación, ni de pensar más en el asunto, creyó que una buena forma de cortarle la inspiración a su progenitor era mofándose de su tendencia a ser infiel.
—Supongo que por eso nunca avanzas con las mujeres con que sales: porque prefieres quedarte con las flores, los corazones y los arcoíris antes de enfrentarte a dificultades —indicó sonriendo.
Funcionó: el mayor profirió un bufido corto, tras el cual continuaron comiendo en silencio».
A diferencia del intuitivo Ryusei, Yohei sabía muy bien por qué Fujii era tan reservada; años de crianza en donde estuvo permanentemente oprimida, sin atreverse a exponer sus sentimientos o miedos, tenían ese único resultado. Pero aquello no anulaba que su mirada de chocolate expusiera breves chispazos de elocuencia, así adivinó que reprobaba su amor por el Pachinko con tan solo ver su rostro y la forma en que curvaba la comisura de los labios en una mueca disconforme cuando gastaba demasiado dinero allí; tenía una reacción similar en cuanto detectaba que había estado fumando, un vicio que Yohei todavía no lograba abandonar, y ni qué decir las ocasiones en que ella le curó una que otra herida luego de pelear junto a su Ejército en contra de algún grupo de incautos. Fujii se limitaba a aplicarle antiséptico, ponerle banditas o puntos quirúrgicos según fuera el caso, silenciosamente disgustada con él por no cuidar de su integridad física. Pero jamás abrió la boca para exhibir su descontento por respeto, timidez, o lo que fuera, ni tampoco Yohei expresó que, a veces, le incomodaba que fuese muy crítica con las demás personas, sobre todo porque no comentaba nada a los involucrados, o que su forma de actuar era demasiado correcta, conciliadora, haciéndole sentir que no era sincera en ocasiones. Tampoco le gustaba que siguiera admirando a su padre, un tipo que le parecía repulsivo aún sin conocerlo en persona, o planeando dejar flores en la tumba de su hermano. Pero Yohei estaba enamorado, y seguía pensando en Fujii como la chica más maravillosa del planeta. Al diablo con sus defectos, él tampoco era ningún santo. Y es que podía asegurarlo, desde el primer momento en que empezó a relacionarse con ella, incluso antes de comprender que le gustaba, se daba cuenta de que había algo dentro de ella, como una especie de fuego que nadie más podía ver. Pero él sabía que existía, y estaba esperando que estallara en cualquier minuto.
¿Podría haber vaticinado que sería allí, en esas circunstancias, con él recuperándose de una paliza? De ninguna manera.
Bueno… solo debía hacer frente a las consecuencias.
—No dije nada porque no quería preocuparte innecesariamente —murmuró observando fijamente la expresión descompuesta en Fujii—; podía ser que me estuviera preocupando sin razón. Necesitaba comprobarlo.
La niña sacudió el rostro y se pasó una mano rápidamente por la mejilla para eliminar el rastro húmedo. Cruzó los brazos por encima del pecho mientras se levantaba de la silla y caminaba alrededor del sofá, tensa como la cuerda de un violín. De pronto, se dio la vuelta con una exclamación ahogada.
—Eso no explica por qué te preocupaste —gimió—, me sigues ocultando cosas. ¡Me estás mintiendo!
—Cálmate, Fujii. —Su frase no tuvo ningún efecto en ella, pues continuó hablando al borde de la histeria, atropellando sus palabras unas sobre otras.
—¿Qué importaba que esos delincuentes quisieran verme? ¿O molestarme? No me habrían hecho daño porque siempre estoy con alguien, ¿crees que no me di cuenta de eso también? Estabas vigilándome por medio de tus amigos. No te atrevas a negarlo, Yohei-kun —sollozó cambiando la posición de sus brazos a una en la que se abrazaba a sí misma, como si temiera romperse en pedazos.
—No lo niego —repuso él tragando saliva.
—¡Eso está mal! ¡Está mal! —repitió cuando lo vio negando con la cabeza.
—Sí, se ve muy mal, pero lo hice por ti, para protegerte, ¿no lo entiendes?
—¡Dime de qué me proteges tanto!
Yohei se mordió la boca con rabia, porque no quería admitirlo. No quería decírselo.
Jamás pensó que Fujii pudiera desesperarlo alguna vez como en ese momento, en que solo deseaba levantarse y encerrarse en una habitación vacía para no tener que escucharla gritar de esa forma. Comprendía que eran sus acciones las que habían provocado esto, pero ¿por qué demonios no aceptaba lo que pasó y ya? ¿Qué necesidad tenía de averiguarlo todo? ¿Para qué?
—¡Dímelo! —insistió, porque Yohei seguía callado.
Y en ese momento, él estalló a su vez:
—¡Le pregunté a Narita sobre la venta! Maldita sea… —finalizó cubriéndose la cara con el interior del codo, dejando caer la espalda en el sofá.
Cada vez que Fujii escuchaba esa fatídica frase, «la venta», sentía que el estómago, el esófago, incluso sus cuerdas vocales, ardían con el fuego de la bilis que le subía casi hasta su boca. De seguir así iba a tener úlceras antes de cumplir los veinte años, o le iban a brotar en ese mismo momento, porque retrocedió como si la hubiesen abofeteado en pleno rostro. Y lo habría preferido mil veces, pues era más fácil recuperarse de un golpe físico que de uno emocional. Si alguien aprendió esa lección en carne propia, fue precisamente ella.
Fujii se tomó un minuto para dominar el temblor de su barbilla, que se transformó por unos segundos en una verdadera convulsión, para luego deshacer la contención de sus brazos y dejar las manos empuñadas a ambos lados de su cuerpo.
—¿Hiciste qué? —Le había escuchado perfectamente, pero quería equivocarse. Rogaba que Yohei desmintiera su afirmación anterior.
Él reacomodó la postura, descubriendo su rostro.
—La venta. —Otra oleada de bilis abatió el interior de la muchacha—. Narita. Lo obligué a contarme todo lo que sabía. Lo amenacé hasta con mandarlo al hospital si no abría la boca; obviamente estaba blufeando, pero ese imbécil solo funciona en base al miedo. —Entonces, Yohei cambió de estrategia y comenzó a desplegar su defensa, como si se tratara de un juicio—. Te esperé, respeté por mucho tiempo que no quisieras decirme lo que ocurrió, y prometo por lo más sagrado que nunca habría hecho esto de no creer que podrías estar en peligro. No pude controlarme. Tenía que protegerte, esa es mi prioridad.
Sin embargo, Fujii había dejado de escucharle. Sus palabras se perdieron en una espesa bruma auditiva, y lo único que repetía en su cabeza, como un bucle del mismísimo infierno, era «lo obligué a contarme todo lo que sabía». Tenía la piel blanca y delicada por naturaleza; Yohei, que siguió construyendo su alegato atropelladamente, se detuvo de golpe al notar que ahora parecía enferma de lo pálida que estaba. Incluso identificó pequeñas gotas de sudor al inicio de su frente, y él sabía por experiencia que Fujii tenía tendencia a sudar profusamente cuando estaba nerviosa o muerta de miedo. Pero ya no había razón para sentirse así, puesto que él se encargó de cuidarla. ¿Qué le rondaba la cabeza? ¿Estaría demasiado enfadada? Ya había previsto que no le gustara para nada lo que hizo, pero no le parecía algo irreparable, sobre todo considerando los atenuantes que le llevaron a actuar con tal vehemencia.
Fue entonces cuando Fujii perdió los amarres que contenían su lengua casi al completo, por primera vez en su vida.
—Tú… me has traicionado —escupió entre dientes dificultosamente. Antes de que Yohei pudiese replicar, continuó hablando en tono quebradizo—. Hablaste con Narita-kun sin decirme nada… ocultándolo por semanas…
—¡No me dejaste opción! ¡Nunca me contaste de la venta! —alegó, remontándose unos pasos atrás en su defensa.
—¡Por mí, no te lo habría dicho jamás! —chilló—. ¡No se lo habría dicho a nadie! Pregunta a Matsui o Haruko si alguna vez les conté alguna cosa. O mejor: pregúntale a Narita-kun, intimídalo otra vez, ya que se te da tan bien.
Yohei aguantó el golpe de esa frase sin chistar, ocultando que le había dolido muy a fondo.
—No confías en mí…
—Eres la única persona a quien le conté sobre mi hermano por voluntad propia, sin ninguna presión. Así tanto confiaba en ti, Yohei-kun —replicó bañada en lágrimas—. Insistes en que quieres protegerme, pero ¿cómo vas a hacerlo si te mueres? ¿Y si esos delincuentes te hubiesen matado? ¿No pensaste en tus padres, en tu hermana…? ¿Qué tratabas de probar? ¡Inconsciente! ¡Tonto!
Fujii volvió a frotarse el rostro con las manos y le dio la espalda a su estresado novio porque no toleraba su escrutinio, como tampoco conseguía liberar más palabras del nudo que le atenazaba la garganta.
Él, por su lado, no paraba de pensar. La cabeza se le reventaba por el retumbe que hacían los acelerados latidos de su corazón; la vista cansada, borrosa, el cuerpo pesado, la boca seca… nada estaba saliendo como había planeado. La voz de Fujii solía ser la más melodiosa para él, pero en ese momento no quería oírla, solo anhelaba paz y silencio. Entonces, el orgullo patente de su carácter hizo acto de presencia para reacomodar sus pensamientos en otra dirección: ¿por qué ella reaccionaba con ese nivel de neurosis? No había cometido un crimen. Quizás sus métodos fuesen cuestionables, pero en ningún caso merecía ser enjuiciado de tal manera.
Así fue como ciego de orgullo y rabia, clavó la vista en su novia y dijo con marcado sarcasmo:
—Al fin despertaste, Fujii. Has dicho lo que piensas sin tapujos, bienvenida al mundo real.
—No te burles de mí —sollozó.
—En vez de desgastarte gritándome, ¿por qué no me dejas descansar? No podemos retroceder el tiempo, y lo cierto es que no me arrepiento de nada. Actuaría de igual manera con tal de protegerte, y si no sabes apreciar eso… ya es problema tuyo, no mío —escupió de mal modo.
Fujii retrocedió dos pasos. Yohei nunca había sido grosero con ella, pero siempre hay una primera vez para todo. Y lo que más le hería a la muchacha fue comprobar que no estaba admitiendo error alguno, sino que se las arregló para invertir la situación y hacerla ver a ella casi como la antagonista de la película. ¿Haberse enfrentado con cinco tipos le había alterado la cabeza?
—¡Tonto! —volvió a decir, más ofuscada y llorosa con cada minuto que pasaba—. ¡Ni siquiera eres capaz de ver lo que hiciste! No quiero un caballero de armadura brillante, ¡quiero un novio! ¡Y a ti no te importaron nada mis sentimientos! Has repetido una y otra vez que lo hiciste todo por mí, pero ¡hablarme con la verdad habría bastado! ¡Decirme la verdad era más que suficiente!
Él la miró arqueando una ceja, porque detectaba algo en sus palabras que no estaba emergiendo a la superficie. Como si su mensaje tuviese doble interpretación.
—Di lo que tienes en mente —la desafió—. No podemos cambiar lo que ya pasó. Yo no puedo cambiarte a ti, y tú no puedes cambiarme a mí. Así son las cosas, Fujii. Resígnate o toma cartas en el asunto —masculló casi sin abrir la boca, con el orgullo tomando las riendas de la situación y hablando por él.
Fujii volvió a acercarse a Yohei, aunque se mantuvo de todas formas bastante alejada de su perímetro. Le daba miedo quedar dentro del perímetro de esa reacción virulenta, notando al segundo después que por primera vez desde que habían empezado a salir, tenía ganas de rehuirlo. Aquel era un indicador muy fuerte para ella. Eso, y que Yohei no se hubiera disculpado en ningún momento.
Inspiró profundamente sin hacer caso a las lágrimas que seguían corriendo por sus mejillas, y dijo:
—No puedo seguir así contigo.
Yohei se inclinó un poco hacia delante en el sofá.
—¿Qué quieres decir?
—No podemos seguir así. Me traicionaste… y lo sigues negando —acotó señalándolo con una mano, pues él ya estaba rebatiendo su afirmación rotundamente con la cabeza—. Esto no tiene vuelta.
La niña lo quedó mirando con infinito dolor en su semblante; pasó alrededor de un minuto sin que ninguno abriera la boca, perdidos en sus propios padecimientos casi insoportables.
—Adiós, Yohei-kun —dijo Fujii finalmente, encaminando sus pasos hacia la salida de la casa.
Yohei clavó la vista en la dirección que había tomado Fujii. Aunque no lo dijera de forma explícita, la palabra «quiebre» flotaba nítida en el aire. Porque ese era un quiebre, ¿verdad? Una simple pelea no podía sentirse como el vértigo de mirar el fondo de un abismo, sin tener un punto seguro al cual afirmarte. Sin embargo, el muchacho se dejó caer, y aunque el respaldo del sofá detuvo el desplome de su espalda, no había consuelo en él.
Volvió a cubrirse la cara con el interior del codo, demasiado orgulloso incluso para mostrarle al perímetro vacío que estaba sufriendo en carne viva el dolor de una ruptura.
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Allí estaré subiendo las ilustraciones que el maravilloso Salvamakoto (autor de la portada) haga para este fic, ya que el pairing Fuhei (XD) prácticamente no existe en internet. También incluiré imágenes HanaMi (bautizado por Saturnine Evenflow, la presidenta oficial del ship y del fanclub de Nanami XD).
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
