Tras el incidente en el Gran Salón Hermione abandonó el lugar en solitario. Sin demora se dirigió a las escaleras cambiantes para regresar de nuevo a la tranquilidad de su dormitorio. Mientras recorría los pasillos aun desiertos del castillo no dejaba de pensar en los motivos de sus cuestionables actos. Las palabras de Harry y Draco habían hecho que se sintiese terriblemente incomoda con su forma de proceder. ¿Realmente quería perjudicar a Ron? ¿No le importaban las consecuencias que podían acarrear sus acciones? ¿Hasta dónde sería capaz de llegar por salvarse a sí misma?
Llevaba meses sufriendo por ser el centro atención en Hogwarts. Su intachable reputación quedó manchada tras herir a Draco en el duelo y los posteriores acontecimientos sólo contribuyeron a alimentar su negra leyenda. Gran parte del alumnado había llegado a temerla o evitarla. Atrás quedaron los días en los que era un ejemplo a seguir, cuando tanto profesores como estudiantes la admiraban y elogiaban. Ahora parecía que todas sus hazañas quedaron en el olvido, todo por lo que había luchado durante esos 5 años se estaba desmoronando ante sus ojos sin que ella pudiese evitarlo. La gota que colmó el vaso fue el comentario de Harry durante el desayuno cuando señaló la complicidad que parecía existir entre Severus y ella, expuesta ante todos durante el baile de la noche anterior. No podía permitir que las habladurías se centrasen en una posible relación con el profesor Snape. Nadie podía saber hasta dónde llegaba el vínculo que comenzaba a tener con ese hombre. Por eso provocó a Ron para que se enfrentase a Cormac, pues sabía que una buena riña haría las delicias de los alumnos más chismosos olvidando así lo acontecido durante la fiesta de primavera.
Tras atravesar el cuadro de Lady Shalott se sintió a salvo de nuevo. La paz que se respiraba en ese lugar era difícilmente comparable a cualquier otra que hubiese experimentado. El silencio sepulcral del angosto pasadizo le hacía imaginar que mientras caminaba por él se dirigía hacia otra realidad completamente distinta a la suya, como si los velos de distintas épocas o lugares se tornasen más finos en esa sombría torre.
Con ímpetu empujó el viejo portón accediendo así a su habitación, ese lugar era su refugio lejos de todo y de todos pero por desgracia no de sus se acercaba a la cama su gato pareció percibir su frustración así que saltó del lecho antes de que ella se dejase caer en él derrotada. Cerró los ojos con fuerza mientras trataba de contener el llanto que poco a poco se abría paso. Estiró el brazo para agarrar su almohada, con ella se cubrió el rostro y gritó tratando de liberar la rabia que comenzaba a dominarla. Sus gritos quedaron amortiguados por las plumas del almohadón mientras la tela se mojaba con sus amargas lágrimas.
El día trascurrió con normalidad en la escuela de Hogwarts, al no ser una jornada lectiva los estudiantes dedicaron su tiempo libre a diversas ocupaciones. Los más aplicados comenzaron a preparar sus futuros EXTASIS o TIMOS pues en unos meses tendrían lugar las evaluaciones finales del curso. Otros disfrutaban de actividades al aire libre pues con la llegada de la primavera las temperaturas habían aumentado considerablemente, permitiendo así que los jóvenes dispusieran de los exteriores del imponente castillo.
La hora de la comida llegó y con ella de nuevo todos los alumnos eran llamados al Gran Comedor, pero entre todos los jóvenes una ausencia se hizo notar especialmente para el profesor Snape. La señorita Granger no apareció y aunque se sintió intranquilo por ese hecho decidió no darle demasiada importancia. Después de lo ocurrido durante el desayuno era razonable que se ausentase. Por lo que había observado Severus intuía que la muchacha estaba implicada en el estallido de cólera del menor de los Weasley, y aunque no conocía hasta que punto era responsable dedujo que sus amigos la culpaban de ello. Ante sus ojos habían quedado expuestos cada gesto de los jóvenes Gryffindor, las miradas furtivas hacia ella, la incomodidad de Hermione mientras conversaba con ellos... Entonces especuló que de seguro habían estado hablando de lo sucedido la noche anterior. El miedo le paralizó al asumir que otros alumnos también podían estar haciendo lo mismo. Ese maldito baile podía traerle problemas pues su cuestionable comportamiento le ponía en una situación comprometida con su alumna. ¿En qué momento había dejado que sus bajas pasiones le dominasen de esa forma? Pero alcanzaba a concebir que no era sólo deseo lo que Hermione despertaba en él. Entre ellos estaba naciendo una conexión especial aunque se resistiese a admitirlo.
Al finalizar el almuerzo Severus se retiró a su dormitorio donde empleó su tarde de nuevo al estudio de antiguas maldiciones. Había aceptado hacía algunas semanas que su investigación estaba siendo infructuosa y por ese hecho decidió consultar discretamente a otros magos en busca de mayor conocimiento. Ya tenía en su poder algunas cartas de expertos en el tema pero ninguno le daba respuestas satisfactorias a sus numerosas dudas. Esa misma mañana llegó la última de ellas, la de su viejo amigo Karkarov, el cual había sido el más difícil de localizar pues se encontraba en paradero desconocido desde el regreso de Lord Voldemort. Tras abrir el sello lacrado comenzó a leer la información que contenía la extensa misiva esperanzado por la idea de que en ella se encontrara la clave para descubrir la extraña maldición que sufría la señorita Granger.
Hermione escuchó las campanadas que anunciaban el comienzo del servicio de cenas en Hogwarts. Continuaba tendida en su camastro rodeada por sus libros de texto. Durante ese día se había dedicado a estudiar algunas de sus materias tratando de ponerse al día, llevaba meses posponiendo las sesiones de estudio debido a lo difícil que le resultaba concentrarse de un tiempo a esta parte. Por un instante sintió deseos de asistir a dicha comida pues desde la mañana no había probado bocado. Pero todavía notaba el nudo que se había alojado en la boca de su estomago, el cual le hacía pensar que le sería imposible mantener cualquier alimento en su interior. Suspiró tras desechar la idea de salir al exterior, y se incorporó con pesadez. Había pasado todo el día recluida en la torre sin más compañía que la de su felino. Se levantó de la cama y caminó hasta su escritorio donde reposaba su querido cuaderno. Lo miró fugazmente mientras se prohibía a sí misma practicar magia durante esa noche a pesar de lo mucho que lo deseaba, estaba demasiado débil y como le advirtió Severus podía resultar peligroso. Aunque habían transcurrido horas la conciencia seguía atormentándola, sospechaba que seguiría así durante la noche así que sólo esperaba que sus remordimientos le dejasen finalmente conciliar el sueño. En ese momento recordó que aun disponía de varios frascos con la poción que la enfermera Pomfrey preparaba especialmente para ella con la finalidad de aliviar su insomnio y crisis de ansiedad. Ella fingía tomarla pero llevaba semanas desechándola por recomendación de Snape. Ambos se habían dado cuenta de que sin ellas los poderes de Hermione aumentaban considerablemente. Por primera vez pensó en claudicar y beber un trago del verdoso brebaje pero la voz de ese hombre resonó en su cabeza antes de que pudiese tan sólo asir la botella entre sus manos.
"Mediocre" — Esa simple palabra en los labios del oscuro mago sonaba como el mayor de los insultos.
Era curioso que ni en la intimidad de su dormitorio fuese capaz de decepcionarle. No tenía por qué enterarse, solamente tomaría un sorbo, pero la idea de defraudarle le molestaba más que sus propias aflicciones.
— Estúpido Snape — Farfulló mientras se dirigía al baño privado de su dormitorio.
Al entrar en el mismo comenzó a quitarse la ropa dejándola esparcida por el suelo, si no podía usar magia para conseguir su ansiado descanso lo haría al estilo muggle.
"Un buen baño caliente hará que me relaje" — Se dijo a sí misma abriendo la llave del agua de la pequeña bañera.
Mientras ésta se llenaba se sentó en el borde de la misma mojando sus dedos con el chorro que fluía.
"Tal vez esta agua limpie mis pecados" — Pensó antes de introducirse completamente en ella.
— Potter — Escuchar la voz de Snape a sus espaldas asustó a Harry.
El chico ni siquiera se había percatado de la presencia del mago mientras caminaba por el pasillo que le llevaba a las escaleras cambiantes.
— Profesor Snape — Respondió tratando de aparentar tranquilidad.
— ¿Ha visto a la señorita Granger? — Preguntó Severus sin ambages.
— No desde esta mañana — Confesó Harry con un matiz de preocupación en su voz.
Severus asintió mientras mantenía su serio semblante.
— Tranquilícese, seguramente su amiga esté descansando — Comentó suavizando su tono de voz — Ya sabe que su estado de salud es delicado.
— No solamente me preocupa su salud... — Dijo el muchacho en un arrebato de sinceridad con ese hombre.
Snape alzó una de sus cejas mostrando sorpresa tras escuchar eso. Sabía que se refería al cambio en el comportamiento de Hermione, un cambio paulatino que había sucedido ante los ojos de todos durante ese año. Atrás había quedado la correcta señorita Granger, a día de hoy esa chica comedida había dado paso a una mujer valiente y poderosa. Era curioso que precisamente ese cambio de actitud hubiese provocado su interés por ella, cuando por primera vez antes de Navidad fue capaz de plantarle cara. La antigua Hermione siempre le había parecido aburrida, obsesionada por ser la mejor alumna pero incapaz de enfrentarse a él por muy injusto que fuese con ella. Le avergonzaba reconocer que había disfrutado mortificándola durante años, tanto a ella como a otros alumnos demasiado pusilánimes para defenderse como él consideraba que debían hacer. Era su forma de resarcirse por los años en los que sufrió el hostigamiento de sus compañeros en Hogwarts. Ahora tenía poder y confianza en sí mismo, aunque no siempre lo usase de un modo correcto.
— Será mejor que se retire a su dormitorio — Aconsejó el hombre volviendo a su fría fachada — Usted también debe descansar.
Sin decir más se dio la vuelta marchándose del lugar ante la atenta mirada de Harry.
La muchacha comenzó a enjabonar su larga melena con diferentes ungüentos con propiedades mágicas adquiridos por ella misma en el callejón Diagon antes de comenzar ese curso escolar.
- Loción alisadora - Leyó en la etiqueta mientras destapaba el pequeño frasco - Unas gotas son suficientes para domar el pelo más rebelde.
Hermione se aplicó una buena cantidad por todo su cabello. Desde que había descubierto ese producto mágico su vida era mucho más fácil, sobre todo el lidiar con su pelo por las mañanas.
Seguidamente se aplicó un spray que prometía una mayor luminosidad en el cabello. Las malas lenguas contaban que era el mismo que el señor Malfoy había usado durante años para cuidar su impresionante cabellera dorada.
Tras terminar su rutina capilar se recostó en la bañera dejando que la tibieza del líquido elemento relajase sus músculos. Aunque por muy agradable que fuese la sensación sus pensamientos no dejaban de importunarla. Los reproches y las malas caras de sus amigos habían quedado grabados en su memoria. Quería acallar ese ruido desagradable en el que se había convertido su conciencia, así que sin pensarlo dos veces introdujo la cabeza bajo el agua. Aguantó la respiración mientras notaba como ese molesto zumbido por fin cesaba, sus latidos comenzaron a ralentizarse permitiéndole necesitar menos oxígeno. Sin darse cuenta su consciencia fue apagándose, quedando atrapada en un dulce sueño.
Al finalizar la escueta conversación con Potter Snape se dirigió hasta el retrato de Lady Shalott dispuesto a averiguar el estado en el que se encontraba Granger. Tras repetir la sencilla contraseña escuchada la noche anterior de los labios de la muchacha el cuadro le dio acceso al pasadizo que conducía a sus aposentos. Suponía que la joven había preferido pasar el día recluida en esa torre con el fin de evitar el contacto con otros. Aunque le parecía un comportamiento un tanto infantil no podía reprochárselo, él mismo durante su adolescencia también había pasado largas jornadas en soledad encerrado en su antiguo dormitorio Slytherin. Era capaz de comprender lo abrumadoras que podían llegar a ser las interacciones sociales a esas edades y cuanto afectaban las experiencias negativas a tan corta edad. Había sopesado la idea de dejar que ese domingo finalizase sin conocer la razón de la ausencia de Hermione pero sabía que sería incapaz de alcanzar el sueño hasta descubrir si ella se encontraba a salvo. Al llegar al pesado portón de madera dudó si lo más conveniente en ese momento era marcharse ya que aun estaba a tiempo. Tal vez sus temores eran infundados y ser descubierto allí por Hermione sólo lograría que la joven se alejase de nuevo de él. Era posible que la muchacha no estuviese eludiendo a sus amigos sino que intentase rehuirle. Darse cuenta de ese hecho le hizo replantearse si de verdad ir hasta allí había sido una buena idea. Retrocedió un par de pasos clavando su mirada en la vieja madera que tenía ante sí.
"Tener el agua tan cerca y no poderla beber"— La frase vino a él como un recuerdo. No era más que una estrofa de una vieja canción que cantaba su madre cuando era tan sólo un niño. Por fin comprendía el verdadero significado de ese sencillo verso.
Con pesar apoyó la palma de su mano en la puerta mientras reunía las fuerzas para marcharse de allí y no perturbar la paz que probablemente Granger necesitaba. Pero fue en ese momento cuando lo supo, algo no iba bien allí dentro.
Sobresaltado por la extraña sensación que acababa de invadirle cerró el puño y comenzó a golpear el portón con ímpetu.
— ¡Hermione! — El gritó salió de su garganta con desesperación.
El presentimiento era cada vez mayor así que enseguida se puso a aporrear la puerta con ambas manos mientras gritaba el nombre de la joven. Dejó pasar unos segundos antes de sacar su varita y abrir la puerta con un sencillo hechizo. Al entrar en el dormitorio la buscó con la mirada sin éxito, entonces escuchó el agua correr en el baño. Sus peores pensamientos se hicieron realidad al entrar en dicha estancia y hallarla completamente sumergida en el agua.
Horrorizado volvió a gritar su nombre y rápidamente metió sus brazos en el agua para sacar a la muchacha. Mientras la sostenía en su regazo observó que sus labios tenían un tono azulado y su cuerpo un tono cianótico, señal de que debía llevar varios minutos sin respirar. En ese momento sintió autentico terror, no podía perderla, no a ella. Todavía se aferraba a su varita así que con ésta tocó el cuello de la joven.
— Anapneo — Conjuró esperando que no fuese demasiado tarde y el hechizo diese resultado.
Hermione abrió los ojos e inspiró con ansia despertándose así de su profundo letargo. Severus la acercó a su pecho para tratar de calmarla pues en sus ojos se leía una mezcla de confusión y terror, como si no supiera donde se hallaba ni que había sucedido. Ambos yacían sentados en el suelo completamente empapados mientras la joven respiraba de manera agitada intentando tomar todo el aire posible.
— Tranquila, estás bien — Susurró el mago más para sí mismo que para la joven, tratando de calmar el latir apresurado de su propio corazón.
Mientras la abrazaba con fuerza Hermione también se sujetó a su cuello.
— No quería — Murmuró con la voz rota mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
— Lo sé, sé que no querías quitarte la vida — Respondió Severus acariciando su cabello con cariño tratando de reconfortarla.
— No, ella no quería — Prosiguió — No quería hacer daño a nadie.
Severus se separó un poco para mirarla a los ojos. ¿De qué estaba hablando?
Tras ver su expresión de desconcierto Hermione le confesó por primera vez algo que no había contado a nadie.
— La mujer de mis sueños, ella es tan poderosa como yo.
