Wow.
No se como expresar en palabras lo que significa para mí escribir este preámbulo al último capítulo de una historia que se originó hace trece años. Si. Posta. Hace trece años empecé a escribir esto, y aunque volví a editarla en 2018, tuvo un hiatus de un año más, y finalmente, acá está el final.
Quiero agradecerles a todos los que me dejaron mensajes a lo largo del tiempo, a todos los que escribieron por privado, a aquellos que leen en las sombras (¡dejen mensajes, che! ¡son gratis! jajajajajaja)
Gracias miles, querido Kenji Himura. Tus ánimos estos años fueron de esos que necesitaba para terminar la historia. ¡Cuantos capítulos vividos! jajajajaja
Gracias, GRACIAS queridísima Stacy Adler por siempre estar ahí para tirarme ideas y palos cuando me mandaba irremediablemente una cagada tamaño baño. Este final es para vos.
Sin más tardanza, acá está. ¡El último capítulo de A moment frozen in time!
Quizá, en unos meses, decida escribir una serie de drabbles con algunas pequeñas cosas que pasaron después. Pero siempre en tono cómico o para completar cabos sueltos. Sin embargo, en la línea temporal, esto termina aquí.
¡Muchas gracias por todo!
CAPÍTULO 41: Aquello que es inquebrantable.
When the world would wait for us
A thousand years in the crush
Of our eyes, fearless, in awe
All at once - The Airborne Toxic Event
Septiembre, 1996
-¿Tienes todo?
-Sip.
-¿Seguro que no olvidaste nada, Akira?
-Nop.
-¿Puedes dejar de responder así? ¿Que edad tienes?
-Diecinueve, pero aparentemente te convertiste en mi madre. Tengo que hacerle honor a tu preocupación genuina respondiendo como lo haría con ella.
Esquivó entre risas la mano blanca y delgada que se disparó como cohete hacia su frente, en pleno plan de golpearlo. Nuevamente, podía leerla como si nunca se hubieran separado. Como si ese año del infierno jamás hubiese existido.
Pero la realidad, es que ese averno de hecho, sí existió. Por ese motivo, durante las dos semanas que Sendoh permaneció en Japón, las charlas entre ambos fueron largas cargadas de una emoción pacífica que llegaron a controlar. Un corte tan brusco y forzado iba a dejar consecuencias serias en ambos si no lo hacían, y si iban a comenzar una nueva vida, en principio a distancia de un océano, debían hacerlo con el pie derecho y el corazón vacío de odio.
Esa fue la razón por la que pasaron horas sentados uno junto al otro, poniendo en claro sus mentes. Incluso luego de que Hanamichi se encontrara por primera vez en tanto tiempo cara a cara con Sendoh.
Eso había sido algo para recordar. Porque era obvio que el pelirrojo iría a visitar a su mejor amiga para asegurarse de que estuviera comiendo bien, y cuando quien abrió la puerta fue el muchacho de cabellos en punta ahora caídos sobre el rostro pálido, el golpe fue certero a su abdomen.
¿Si quiso golpearlo? Claro que sí. Habría concretado su intención si el ingreso a la universidad no lo hubiese calmado un poco, viéndolo crecer. ¿Que si no lo insultó? Bueno, sí. Hanamichi no había madurado tanto como para quedarse callado. Pero fuera de la furia del momento, estaba feliz de verlo.
Había una realidad con respecto a Akira Sendoh, según el ex jugador de Shohoku: de todos sus rivales, Sendoh fue el único totalmente honesto.
La rivalidad entre ambos siempre fue sincera, sin doble moral o malas intenciones. Sendoh nunca lo vio como alguien a quien tenerle temor o envidia, sino que lo impulsó hacia delante para poder medirse cara a cara en igualdad de condiciones. Por eso lo respetaba como a nadie, aunque no se lo diría aún bajo tortura. Nunca. Jamás. No.
"Vuelve a hacerle daño y te desdibujo la sonrisa, puercoespín asqueroso", le había dicho. Sendoh sonrió de costado con un tímido y seguro "Eso no ocurrirá nunca". Recordaba que lo insultó por no haberle traído regalos. "No tenía pensado venir hasta que la emergencia me obligó". Un paquete de chicles americanos que tenía en su chamarra sirvieron para calmar su fingida furia hasta su próxima vuelta.
-Cállate, Akira…- Murmuró desviando la vista totalmente ofuscada.
La enorme mano blanca del altísimo ex capitán se posó en su rostro, cálida como si de repente sus siempre frías mejillas hubieran encontrado el verano. Mierda, esta separación iba a ser muy dura…
-No será nada sencillo -comenzó a decir Akira con una media sonrisa en su rostro calmo. Ella lo miró como si de verdad se sorprendiera de que le leyera la mente, aún con tantas pruebas de su habilidad-, pero creo que si superamos esto, no nos debe asustar nada.
-Lo sé…- Kazuki sonó por encima de un susurro. Aún sosteniendo la palma del muchacho contra la tibia mejilla, levantó su otra mano enseñando la cinta plateada que bordeaba su dedo.- Tengo el Anillo Único, ¿recuerdas?
-Creí que ese anillo era algo maligno.
-Déjame ganar esta, ¿quieres?
"Ganaste todo", pensó mientras sus brazos se estiraban hasta bordear su delgado cuerpo. Sí, porque aún estaba muy delgada. Seamos sinceros, ¿cuanto podía recuperarse físicamente en una semana?
Akira había vivido con ella prácticamente todo ese tiempo, asegurándose de que comiera cuatro veces al día y en una cantidad saludable. Había visto el color en su rostro regresar y ahora ya no tenía esas ojeras pronunciadas que tanto lo habían preocupado. No era la persona más habilidosa culinariamente hablando, pero entre él y Sakuragi habían preparado tantas veces el almuerzo, cena y desayuno, que volvía a Norteamérica con todo un repertorio nuevo.
Sabía que la anemia no se iría de un mes a otro, y por eso la hizo prometer que se cuidaría. Incluso, se lo hizo prometer a su madre cuando hablaron por teléfono. Shizuoka seguía siendo la misma persona demente y absolutamente maravillosa que recordaba. Podía jurar que la veía mover el brazo bruscamente de gusto cuando se enteró que estaban juntos nuevamente. Algo muy diferente, pero igual de emotivo que su madre.
Ayaka Sendoh no era una persona sumamente demostrativa. Pero ver a su único hijo luego de todo un año sí logró arrancarle una sonrisa y provocado un abrazo. No ocurrió lo mismo con su padre. Claro que no. Masao Sendoh solo le hablaría a su hijo cuando tuviera un título en la mano y demostrara que irse del país sirvió para algo. Había dolido, desde luego. Pero no era como si no lo esperara.
Lo que tampoco esperaba fue la reacción de Kicchio Fukuda al visitar la universidad a los días de llegar. Estaba seguro, podía jurar, apostaba su vida, a que el muchacho le había sonreído. ¿Jugar un uno contra uno? Desde luego que lo hicieron. "Te alcanzaré pronto", fueron sus palabras. También estaba esperando eso.
Ayako fue un poco más predecible. "¡La próxima vez dime la historia completa!", le gritó. "Mejor aún, nunca más vuelvan a pelearse así", continuó. Y la siempre bella sonrisa en su hermoso rostro reflejó el sol de otoño.
Akira descubrió algo muy importante durante su breve vuelta a Japón. Descubrió qué tan querido realmente era. Porque aseguraba, ahora, tener amigos. Sabía que tenía amigos en Japón, esperando por sus noticias y sus cartas. Esperando por sus logros para festejar con él. Sendoh se sentía realmente querido.
Tanto como ese abrazo era cálido.
"Pasajeros del vuelo AF587 con destino a la ciudad de Los Ángeles, abordando por puerta A7...Pasajeros del vuelo AF587 con destino a la ciudad de Los Ángeles, abordando por puerta A7"
Esas frías palabras resonando en un altavoz fueron como ocho puñales clavados en su pecho, abriendole las costillas y obligando al alto muchacho a estrecharla más entre sus brazos.
"Tuviste dos semanas despertándote con ella, Akira. Deja de sentirte miserable". Tenía todo el derecho del universo a sentirse miserable si eso quería. Claro que pasó dos semanas pegado a ella sin querer sacar el rostro de su cuello o levantar la oreja de su pecho. Desde luego que aprovechó al máximo cada instante y aseguró todos los cabos de la relación que continuaban más fuertes que nunca con charlas y noches despiertos. Había empleado cada segundo en recuperar los segundos perdidos en ese año, y aún así sentía que le faltaba tiempo.
Sacudió la cabeza con lentitud, depositando un beso sentido sobre la coronilla oliendo a lavanda. Tenían todo el tiempo del mundo por delante. Por eso sonreía cuando Kazuki levantó la vista para enfocarlo.
-¿Vas a llorar?- Le preguntó levantando una ceja graciosamente. El rostro de Kazuki se volvió púrpura, dándose la nariz contra su amplio pecho, ocultando las lágrimas traicioneras que no iba a dejar salir por nada del mundo.
-¿No puedes ser un novio normal y evitarme estas cosas?
-Oye, seré un novio normal cuando tú dejes de ser tú.- Y sabía que eso nunca ocurriría.
Kazuki sonrió contra la tela negra de su camisa. Sendoh sintió sus labios curvarse hasta formar la expresión que más amaba en ella, porque era rara como un unicornio. Rayos, si se enteraba alguna vez que había comparado sus expresiones de risa con un unicornio...
"Pasajeros del vuelo AF587 con destino a la ciudad de Los Ángeles"
Mierda, ya la había oído. No era necesario seguir metiendo el cuchillo en la herida. Kazuki levantó cabeza para volver a cruzar sus miradas. Sonrieron.
Los labios de Akira sobre su frente siempre serían su sensación favorita en el mundo, y esa opinión siguió vigente por muchos años más. Era como una caricia suave y también reafirmante. Como diciéndole que estaba ahí. Que no se estaba yendo realmente y que confiara en él. Que confiara en ellos. Porque esa era la principal diferencia entre esa partida y la anterior, aquella que les rompió el corazón a ambos. Aquí eran dos. Eran una pareja, y seguirían siéndolo.
Esa fue la promesa que selló con sus labios cuando se unieron. Claro que no podían besarse como realmente querían (y lo hicieron durante dos semanas) en medio del Aeropuerto de Narita. Pero hasta la fecha, ambos juraron que fue uno de los más sentidos que pudieron recordar. Tanto como para rememorarlo.
Las lágrimas seguían contenidas cuando sus miradas se cruzaron, frente con frente, sonriendo.
-Cuídate, ¿de acuerdo?
-El que se va a una ciudad extraña eres tú, no yo.
-Solo come bien, y deja de hacer cosas que te afecten mientras no estoy.
-Y tú, no desperdicies el voto de confianza de Taoka y el profesor Anzai.
-Nunca.
El rostro sonriente de Akira fue lo último que vio cuando la besó una vez más, suave, como una caricia que le recordaba todo lo que habían puesto en claro durante ese tiempo.
Lo vio caminar hacia las enormes escaleras mecánicas que lo llevaba tres pisos más arriba, donde ella ya no podía acompañarlo.
La camisa negra se pegó a su pecho cuando la brisa de los enormes ventiladores del centro del aeropuerto le dieron de lleno, volteando a verla. Kazuki sonrió.
Iban a lograrlo. ¿Verdad?
.
.
Octubre, 1996
We were surprised by how hard
Left weary and scarred
From the nights spent feeling incomplete
Dicen que hay distintos tipos de tristeza. Está la propia: esa que te desgarra por dentro, porque conoces su origen y dónde ataca. De esa puedes defenderte, porque sabes de qué forma va a reaccionar tu cuerpo. Como cuando practicas un deporte de contacto y te enseñan a parar el golpe. Duele, pero puedes frenarlo, como tomando un calmante ante una jaqueca.
La otra, es la que sientes como si fuera propia. La que aqueja a alguien que amas, y traspasa tu pecho como una lanza empalándolos a ambos. Esa clase de tristeza es la que más duele. Porque no sabes dónde va a golpearte. Dónde va a clavar sus garras y sobre todo, no puedes detener la sangre de la herida en la persona que amas.
Algo así sintió Kazuki la noche que encontró a Hanamichi en el hospital, minutos más tarde de que su padre muriera.
Algo así sintió también cuando regresó a casa esa noche de septiembre y lo halló sentado en las escalinatas del pórtico de su casa, con la cabeza gacha y el cuerpo destruido desde dentro.
Shizuoka Mizage estaba en casa. Había ofrecido al muchacho entrar con un abrazo cuando reconoció en su rostro bronceado la imagen de un hombre que lo perdió todo. Asustada, trató de decirle que esperara a su hija dentro. No quiso. Era como si lo aterrara estar entre cuatro paredes. Y es que así era.
La desesperación y vacío en su pecho solo era comparable al peor momento de su vida. No en intensidad, sino en esa sensación tan profundamente espantosa que lo llevó a temblar sin control, sin saber qué hacer. Porque eso era: la incertidumbre y el no tener idea de cómo reaccionar a continuación.
Hanamichi no reaccionó a lo que ocurría hasta que fueron los brazos de Kazuki sobre sus hombros los que le dieron la pauta de que ella había llegado. Los ojos ámbar frente a los suyos abiertos en consternación y sus labios moviéndose, como si llamara su nombre. ¿Estaba todo tan silencioso que no había notado la falta absoluta de este? Guau. Nunca lo hubiera pensado. ¿Esto era tener el corazón realmente roto?
-¡Hanamichi! ¿Qué ocurre? Oye, ¡oye!- Los ojos rasgados de color café la veían sin ver, congelándole hasta la médula en pleno verano. La mochila en el suelo sin importarle nada más, arrodillada frente a él con el rostro pálido lleno de preocupación. Su voz, cada vez más fuerte, tratando de no quebrarse.- ¡Hanamichi!
-Terminamos.
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-H-Haruko-chan… No comprendo. No compr…
-Hanamichi…- ¿Hanamichi? ¿Por qué decía eso? ¿Por qué lo llamaba por su nombre completo cuando…? Él era Hana-chan. Su Hana-chan.- Yo… Yo necesito que entiendas que no te odio.
-¿E-eh…? ¿Por qué me aclaras eso?
-Y que también entiendas que no me hiciste nada malo. -Haruko tomó aire en ese momento, llenando sus pulmones para la frase que le quitaría todo el aliento apenas consiguiera echarla fuera de sus labios-. Es que… Esto no está funcionando… Nosotros no funcionamos.
El cerebro de Hanamichi estaba perdiendo sostén en el mundo real. Tanto que podía oír a sus neuronas escaparse a un lugar mejor. Un lugar donde Haruko Akagi no estuviera cortando su relación. Porque eso era lo que estaba haciendo, ¿verdad? No era otra cosa más que un quiebre, y por mucho que Hanamichi deseara equivocarse en sus conclusiones, la realidad le estaba abofeteando el rostro con saña desconocida.
Mirándola a través de sus párpados humedecidos por las lágrimas que no estaban saliendo, nunca le había parecido más hermosa que en ese momento. Tan triste y tan patético como se sentía escuchando su dulce voz pronunciar su sentencia de muerte.
-Haruko-chan…¡Puedo cambiar! -exclamó de pronto, al borde de la desesperación.
Haruko apretó los labios. No le gustaba verlo así, le dolía, pero no tenía más opción. Volvió a hablar con un tono de voz contenido, suave, como si fuera un niño pequeño al que intentara calmar cantándole una nana.
-No se trata de cambiar, Hanamichi…-Otra vez. Otra vez su nombre sonaba a hiel. Sabía a mierda.- Hemos estado juntos durante más de un año, y siento que nunca avanzamos más de dos casilleros.
¿Casilleros? ¿Acaso eran un juego de mesa?
-Entonces, ¿qué es lo que me pides? No lo entiendo. -Y no lo hacía. No comprendía nada-. Dices que no se trata de eso, pero no te gusta como he sido contigo… ¡así que debo cambiar! ¡Tengo que arreglarlo!
-¡No hay nada que arreglar! Y tampoco quiero que cambies. No es tu culpa, no puedo tirarte esto encima.
-Si no es mi culpa, ¿entonces de quién? ¿O te lastimé sin darme cuenta?
-No es eso… Siempre me trataste bien, Hanamichi. Me hiciste sentir como una princesa. Pero… -Haruko tragó en seco-. Pero nunca fui tu prioridad -finalizó dificultosamente.
¿Eh? ¿Qué? ¿Qué mier…?
-E-eso no es verd…
-No te estoy echando la culpa -le interrumpió con suavidad-. Entiéndeme: no es un reclamo. Soy yo quien pretendió algo sin decírtelo.
La habitación de Kazuki no le era realmente desconocida. Es decir, había pasado más tiempo allí y en la de Yohei que en su propia casa. Las mismas paredes en tonos pasteles repletas de fotografías, láminas de Pearl Jam y otras bandas de las que nunca recordaría el nombre correcto. La pila de cassettes y discos compactos que se mantenía en pie por gloria de la gravedad y esos almohadones que eran casi demasiado femeninos para la única habitante de ese espacio. Hasta cierto punto, ese cuarto fue una especie de refugio en sus momentos oscuros. Siempre con un vaso de jugo o una taza de té, era lo más cercano a un hogar desde que se convirtió en un extraño en su propia alcoba.
Aún así, en ese preciso instante, Hanamichi Sakuragi no sabía dónde realmente se encontraba. Apenas reconocía el sonido de su voz mientras narraba en modo ausente las palabras que provocaron su desgarro emocional. Esas frases que fracturaron su alma en millones de pedazos esparcidos por el suelo. Era como escuchar un relato de horror en tercera persona, porque eso no podía haberle pasado a él. No porque fuera un genio. No porque fuese el talentoso Hanamichi Sakuragi, ni mucho menos por ser considerado alguien invencible por cada dificultad que supo superar. No. Era porque su vida ya había sido lo suficientemente mierda como para que el destino le arrebatara a Haruko.
Verán... La historia de Hanamichi con sus rechazos amorosos quizá era famosa por esa extraña canción que decían, sonaba cuando un "no" era pronunciado en su dirección. Cuando ocurría, era costumbre, sus mejores amigos arrojaban confeti al aire y el sonar de las serpentinas y cornetas alegraban el ambiente en un espectáculo tan cómico como doloroso. Mucho más, porque siempre terminaba con un cabezaso bien dado a cada miembro de su Ejército.
Pero ahí terminaba. Unos días de depresión autoimpuesta, y luego estaba como nuevo. La primavera llegaba al corazón de invierno con la misma celeridad que el viento mueve una hoja.
Comprendió, entonces, que esas experiencias jamás fueron un corazón roto. Porque mierda, el corazón realmente se le había roto hacía unas horas, y sangraba aún por la herida invisible que no parecía querer sanar.
Los pasos de Shizuoka Mizage saliendo de la vivienda le dio la pauta de que tan tarde era, porque siempre trabajaba de noche. Por momentos, podía reaccionar a los estímulos externos como un pequeño ratón en un laberinto. Fue por esa distracción de la oscuridad de su alma, que Hanamichi notó a Kazuki frente a él. Tomada de sus piernas, los jeans rotos y una camiseta dos tallas más grande. El cabello recogido y los ojos rotos, fijos en él.
-¿Eso fue lo que te dijo?- La escuchó decir. ¿Que era exactamente lo que le había recitado? No recordaba bien. Era como si él también fuese espectador, porque no podía ser cierto.
-Creo.
Hanamichi hablaba bajo. Nada bueno podía salir de eso, y lo tenía muy en claro.
Ver a Hanamichi sentado en el pórtico de su casa fue una ventana al pasado lejano que logró ponerla en una alerta similar a la de los gatos cuando están por atacar.
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Ryota Miyagi era un muchacho ejemplar. De esos que cuando te los encuentras un par de años luego de terminar la preparatoria, notas que esa pizca de responsabilidad en sus ojos era real. Todo ese largo año luego de terminar su educación en Shohoku, se había dedicado a trabajar tiempo completo con el único objetivo de cumplir su propio sueño. Ese sueño era vivir con la chica que amaba.
¿Que si era algo sumamente simplista? Si, probablemente. Pero Ryota Miyagi nunca fue un muchacho complicado después de todo. Por eso fue que al terminar su período como capitán en Shohoku con otro campeonato Nacional, consideró que su lucha estaba completa.
¿Que si nunca quiso llegar lejos como el grandioso jugador que era? Desde luego, pero la vida lo golpeó en plena cara con su realidad. No había forma de que con su estatura llegara a las grandes ligas. Muggsy Bogues era un caso aparte en todo un mundo de jugadores extremadamente altos, y al menos en Japón, las probabilidades eran limitadas. No le interesaba realmente ser entrenador, aún cuando tuviera las capacidades para serlo (porque haberle enseñado a fintar a Hanamichi fue un reto y un logro enorme). Estaba en paz consigo mismo, sabiendo que muchos de sus amigos sí habían seguido ese camino, y ahí estaría para alentarlos (y claramente, joderlos si hacían las cosas mal).
Ryota Miyagi era el claro ejemplo de que los planes en la vida pueden no salir. Al menos no aquellos que uno hace siendo un adolescente lleno de sueños y metas que jura, hará realidad. A veces, esas metas no se cumplen. Pero sí lo hacían otras. O al menos eso se decía a si mismo cada vez que su hermosa novia pasaba por el pórtico del pequeño departamento que compartían, mudados desde hace pocos meses y aún con cajas por desembalar.
El rostro perfectamente contorneado en una sonrisa cansada y feliz era todo lo que necesitaba para sentirse seguro. Para sentirse completo.
Recordó una de las tantas charlas que tuvo con Mitsui y Kogure algunos meses atrás, en una especie de reunión de la nostalgia bebiendo café. La vida puede ser lo más parecido a un rompecabezas en la existencia misma. Para armarlo, se comienzan por las puntas: amigos, familia, trabajo, hobby. Cuando crecemos, algunos amigos se pierden, otros se ganan. Tenemos un hobby que nos resulta lucrativo y ahora es nuestro trabajo, por lo que necesitamos otro tipo de cable a tierra en ese lugar. Y así, la imagen se va armando, aún cuando no tenemos la tapa con esa fotografía de guía. El centro, siempre, es la felicidad. Aquello que nos hace respirar. En el caso de Ryota Miyagi, esa pieza era la misma que la del amor de su vida. Y se consideraba alguien sumamente afortunado.
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We were born without time
Nameless in the arms
Of a mother, a father, and God
Kazuki despidió a su madre esa mañana antes de que Shizuoka partiera a trabajar. Su rostro cansado le daba la pauta de que no había pegado un ojo en toda la noche. Hanamichi debía haber necesitado mucha contención.
Shizuoka Mizage solía considerarse una madre promedio: la típica madre japonesa, sostén de familia y con una hija lo suficientemente madura como para no prender fuego la casa cuando quedaba sola y no vender sus órganos por comida. Pero tenía perfectamente en claro que esa chica que había criado hasta ser una adulta parcialmente responsable de sus actos seguía siendo una adolescente en ese instante. Una adolescente haciéndose cargo de otro adolescente emocionalmente inestable. Esperaba de verdad, que esos dos no se mataran mientras ella no se encontrara en casa.
Kazuki abrió una lata de galletas secas y sirvió dos tazas de té antes de subir a su alcoba. Nenya siguió sus pasos como una pequeña pantera tricolor, custodiando a su mamá y esperado a que algo cayera al suelo desde la bandeja con alimentos que cargaba como una especie de robot sin gracia. Pateó la puerta con poca delicadeza en sus pies descalzos, y aún así fue imposible despertar a la enorme figura de cabello rojo dormido en su cama, hecho un ovillo emulando a un gato muerto de frío en pleno otoño.
-Oye…-Lo llamó con cuidado. Su propia voz era poco reconocible por la suavidad que había usado. Suspiró cuando notó que su sueño era tan profundo que ni siquiera registró el sonido.
Dejó las tazas sobre la pequeña mesa en el centro del cuarto, sentándose en el borde de la cama, cerca de su rostro. Llevó una mano blanca al cabello de su amigo. Necesitaba cortarlo nuevamente, porque esas puntas rebeldes serían imposibles de controlar de seguir así.
Hanamichi sintió las caricias como un llamado a la realidad, como si el tacto de la madre que apenas llegó a conocer se hubiera materializado en la carne de otra persona, cuidando de él como algo preciado. Algo que su propia novia había dejado tirado.
El rostro pálido de Kazuki se hizo visible al abrir los ojos, ajustándose a la luz de la mañana entrando por la ventana. ¿Cuando se quedó dormido? Solo recordaba haber llegado arrastrándose y luego de lo que creía, fueron horas de llanto y gritos y llanto, cayó rendido en el colchón de su mejor amiga. Oh, rayos…
-¿Te hice dormir en el suelo?- Preguntó. No hacía falta ser un genio para saber que no entraban ambos en la cama de una plaza. Su amiga se encogió de hombros.
-Después de todo, soy una gata. ¿Recuerdas?
Por primera vez en todo ese tiempo, lo que pareció una especie de sonrisa se dibujó en la piel bronceada.
-Eres un bicho raro.
-Sí, lo soy. ¿Pero por qué?
-Porque te conté todo lo que me pasó y no pareces sorprendida.
"¿Cómo esperabas que me sorprendiera? Ibas a cagarla", esperó escucharla decir. "Cierra la boca y bebe tu estúpido té", "No puedo sorprenderte siempre". Las frases sarcásticas e irónicas con las que podía atacarlo para seguirle el juego eran incontables. Pero nada salió de sus labios. Y fue como si algo golpeara en plena cara al pelirrojo. Como si una manopla de hierro incandescente le arrancara los dientes desde fuera con un impacto seco. Levantó la cabeza con lentitud, esperando por todos los dioses ver el rostro contenido en risa. Algo que le indicara que no era eso.
Kazuki tenía la cabeza desviada hacia el lado opuesto, los labios contraídos en una linea recta apretada y la mandíbula tan tensa que podría romper nueces con sus muelas.
Y entonces, cada palabra de Haruko se oyó en su mente, como un disco rayado, con una lentitud y volumen que le crispaban los nervios. El rostro de alguien que hace tiempo llegó una capacidad llena de sus sentimientos de frustración. El rostro cansado de alguien que drenó lo que tenía en su corazón. El rostro de alguien que esperaba otra cosa de él.
Hanamichi no era un chico brillante. Pero su inteligencia emocional era algo de lo que podía estar orgulloso, si supiera realmente lo que eso era. Hanamichi era empático, y actuaba en respuesta al corazón abierto de su interlocutor, fuera eso bueno o malo.
Siempre supo que adoraba a Haruko, aún cuando ella estaba totalmente obsesionada con Rukawa. Por eso se esforzó por llamar su atención: porque no era amor. Por eso creyó cada palabra que su nov… exnovia, le decía con el correr del tiempo. Incluso las contadas charlas donde ambos estaban serios y aun con rubor en sus mejillas. Había sido su honestidad y la sinceridad de sus sentimientos, aquello que la había conquistado.
Y casi dos años después, "no es tu culpa". Y su corazón se rompió. Y su pecho comenzó a doler, encendido en llamas heladas que compartían sus costillas como una jaula para un músculo que no estaba ya vivo.
Y el rostro pálido de Kazuki no se había sorprendido cuando lo relató. La chica más expresiva que conocía, no había dicho una palabra. Los ojos fijos en él, los labios quietos, sus manos sobre sus hombros, sin una palabra saliendo de su garganta. Él le contó cómo su corazón le fue arrancado del pecho con las manos desnudas, y ella no había...
-¿Lo sabías?
Para comprender lo que ocurrió en ese instante, esa mañana de septiembre de 1996, es necesario entender algunas cosas respecto a Kazuki y Hanamichi: se conocían como las palmas de sus manos.
Un año de no verse al entrar a la preparatoria no había logrado quitarles esa unión que los caracterizó, como un amor a primera vista reforzado por la amistad más sincera del universo.
Desde que tenían conciencia en su relación, habían tenido una regla muy firme por sobre todas: no me mientas. Si, Hanamichi la había roto con creces al ocultarle su falta de alta clínica, lo que llevó a una nueva lesión en su espalda. Pero Kazuki también había ocultado algo, a los ojos de Hanamichi, mucho peor.
Verán, hubo una razón en particular por la cual Kazuki apoyó siempre a su mejor amigo en la relación que llevó casi dos años con la hermana menor del ex capitán Akagi. Era su mejor amigo, y estaba enamorado. Eso bastaba para ayudarlo, ¿verdad? Claro que si. Kazuki siempre quiso verlo feliz por sobre todas las cosas en el mundo. Pero también hubo otro motivo por el cual la joven de ojos ámbar no se encariñó de más con Haruko. Una razón por la cual no abrió la boca cuando vió claramente que la situación estaba girando a un punto sin retorno. Cuando luego de su primer beso, las cosas parecieron estancarse en un lago sin oleaje, sin viento, sin vida.
Kazuki siempre supo que Haruko y Hanamichi no iban a durar. Desde el primer momento en que los vio juntos adelantados meses en su noviazgo, algo llamó su atención, y fue su amigo. Hanamichi Sakuragi, en un principio, había ingresado a un club para impresionar a esa chica tierna y despistada. Cada uno de sus pasos, los dio por ella. Cada uno de sus partidos, fueron para llamarle la atención de alguna forma. Hasta que un día, dejó de ser así. Un día, algo más ocupó el primer lugar en el podio de su pecho, y fue el deporte por el cual se desvivía a partir de ese instante. Yohei y los chicos le habían contado esa escena en el partido contra el Sannoh. Aquella donde puso sus manos sobre los hombros de Haruko y declaró su amor al baloncesto. Ese día, el deporte pasó a ser primero, y para Haruko, lo fue él. En ese momento, toda posibilidad de una relación duradera entre ellos se fue a la mierda.
Haruko no aceptaría estar en un segundo lugar, había pensado Kazuki mientras los veía ir tímidamente de la mano. Es decir, por eso fue que su obsesión con Rukawa terminó. Ella se enamoró de Hanamichi pensando que el muchacho sería diferente, y que tendría un primer lugar para ella. No era así. Y Kazuki lo supo, siempre. Y nunca lo dijo. Por eso tragó saliva cuando esas palabras brotaron de sus labios, como una sentencia de muerte que esperaba hacía tiempo.
-Hanamichi…- La oyó murmurar. Su pecho dolió ante la mención de su propio nombre en la cadencia de su voz, confirmándolo todo. El odio en su pecho se encendió como una antorcha de kerosene.
-¿Sabías que esta mierda iba a pasar?
Nuevamente, había un código entre ellos. El tono de sus voces era vital para ellos, para identificar sus estados anímicos. Dos muchachos por decantación ruidosos, hablando bajo. Eso helaría la sangre de cualquiera.
-No es eso, Hanamichi.- Musitó tratando de componer el temblor en su mandíbula, como si le hubiera declarado la independencia y pensara por sí misma.- Claro que no sabía que esto iba a pas…
Y ocurrió. Sakuragi hizo las cuentas mentales. Ató los cabos del hilo de pensamiento de su amiga, y su pecho estalló en mil pedazos. Sentía que la traición era imposible entre ellos, pero ahí estaba. Y Kazuki lo había apuñalado impiadosamente.
-¿¡Te diste cuenta de que todo se estaba yendo a la mierda y jamás me lo dijiste!?
Y ahora, de verdad, todo se había ido a la mierda. ¿Cómo explicarle que eso era exactamente lo que había pasado? Podría haberlo calmado. Haber puesto sus manos hacia abajo en el gesto que Akira utilizaba para calmar sus ánimos como si fuese un gato enfurecido. Podría haberle dicho la verdad de un solo tirón: "Tienes razón, perdóname. Pero no podía meterme en tu vida de esa forma". Pero algo más salió de sus labios, con el pecho doliéndole de rabia.
-¡Cálmate ya!-Gritó. Sí, gritó.- ¡No pude saberlo nunca, no seas imbécil!
Mentira. Siempre lo supo. ¿Pero cómo decirle al chico más enamorado del mundo que su relación tenía fecha de caducidad? ¿Por qué herirlo de esa forma? "Porque eventualmente iban a llegar a esto…"
-¿Haruko te dijo algo y te lo tragaste? ¿¡Como mierda pudiste traicionarme así!?
-¡Cierra la boca de una vez! ¡Jamás te haría eso, Hanamichi! ¡Nunca! ¡No sabía lo que Haruko iba a hacer!
Mentira. No sabía que iba a hacer ahora. Ahora que por fin podían volver a la normalidad de sus vidas y él estaba realmente tranquilo. Ahora que su mejor amigo podía concentrarse en su propia existencia y no cuidar su culo deprimido. Justo ahora, Haruko había estallado. Nunca pensó que pudiera sentirse tan una mierda como en ese instante, dándose cuenta de que se convirtió en otro factor para que la castaña estallara finalmente.
-¡¿Como mierda te diste cuenta entonces?!- Gritó con furia, herido, traicionado. Como si le hubieran amputado una pierna mientras dormía, porque eso era. Perder algo valioso a manos de alguien más valioso aún.
-¡Porque sabía cómo era tu relación, Hanamichi!-Le escupió en plena cara. Hanamichi tragó tan duro que su nuez de Adán pareció temblar con alevosía. Kazuki trató de contener las palabras, pero su orgullo era más fuerte, como siempre que ellos dos discutían. Dos yings. Dos yangs. La misma cara de la misma moneda.- En dos años, ninguno de los dos avanzó. No me mal entiendas, por favor. Tengo muy en claro que la quieres...
-¡La amo!- Claro que la amaba. ¿Como había durado dos años si no…?
-No, Hanamichi…-Y su voz era baja, calma, gélida. Sus ojos estaban cargados de lágrimas. ¿Por qué mierda quería llorar ahora?- Nunca avanzaron. Y no fue tu culpa el no poner a Haruko primero. Es que nunca fue la prioridad en tu vida.
Las palabras de la pelinegra resonaron en su cabeza como campanadas oxidadas, lastimando sus tímpanos. Vacías y dolorosas, como puñaladas en su carne a cada letra pronunciada. No encontraba lógica en su razonamiento, porque para él, había sido una traición. La única persona que creyó, jamás lo lastimaría, lo había hecho.
-¿Y jamás se te ocurrió decírmelo?- No servía de nada que lo preguntara. En su mente se estaba respondiendo solo. Por eso ella estaba callando, con el rostro desfigurado en una mueca que no supo identificar por primera vez desde que la conocía. -Pudiste darme la cabeza contra la maldita pared y solo te quedaste viendo.
Kazuki recibió cada palabra como un puñal en el corazón, tratando de poner por delante los sentimientos heridos de Hanamichi. Está herido, se susurró. No empeores las cosas, se dijo.
-¿Te estás escuchando? ¡Es tu relación! ¡No puedo meterme!- Fue lo que salió de su boca, ignorando las advertencias de la parte racional que aún funcionaba en su cerebro.
Y las lágrimas de Hanamichi corrieron por sus mejillas, cómo contenidas durante todo ese tiempo. Era peor que su ruptura. Era peor que todo. Era una puñalada por la espalda y las manos de Kazuki estaban rojas. Como su vista en ese instante.
-¡Si sabías que todo iba a terminar así me hubieras parado! ¡Me hubieras ahorrado esto!- Vociferó cortando el aire con la enorme mano. El brazo batiendo el espacio entre ellos, separándolos con crueldad.
Kazuki trató de pestañear, pero su fuerza no aparecía. Y su boca seguía escupiendo palabras que no quería decir realmente.
-¡¿Tienes idea de lo ridículo que te oyes ahora?!
-¡No se te ocurra decirme eso, gata de mierda! ¡Me traicionaste!
Y ahora, su puño encontró la pared tras él. No sintió el dolor sino hasta horas más tarde. Nadie notó la grieta en la pared hasta que todo esto pasó.
Kazuki dio un paso por delante, tratando de llegar al muchacho enfurecido, encorvado como un gato lastimado.
-¡Hanamichi, detente!- Dijo tratando de tomar su mano. Iba a lastimarse si volvía a golpear la pared. Su piel ardió cuando el otro brazo la golpeó con el manotazo desesperado de un hombre muerto por dentro.
-¡No me toques!
-¡Cálmate, maldita sea!
-¡Te cuidé todo este tiempo! ¡¿Dejé de lado a mi propia novia y así me pagas?!
-¡¿Que la dejaste de lado?! ¡No dejaste de lado a nadie, idiota! ¡Te estoy diciendo que no fue tu cul…!
-¡Vete a la mierda!
Hanamichi estaba seguro de que la voz de Kazuki lo llamaba por su nombre. Que sus pasos trataron de seguirlo escaleras abajo. Estaba seguro que la gente lo observaba con el terror de años anteriores, cuando parecía una bestia de pie en plena calle. Y todo le importaba una mierda, porque nada veía delante de sí.
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Hisashi Mitsui y Kiminobu Kogure sabían en lo que se estaban metiendo. Es decir, el ex vice capitán de Shohoku había llegado a cortar su relación por la presión social que sentía y sobre todo, una experiencia del pasado que había logrado dejarlo con un recuerdo tan doloroso que se grabó en su piel con fuego. Aún así, ya había pasado más de un año de esa llamada telefónica que, Mitsui negaba, había recibido estando absolutamente borracho. Y desde ese día, las cosas no habían podido estar mejor.
Estables y seguros de sí mismos, ambos habían decidido aclarar las cosas con sus progenitores. Aún cuando los padres de Kiminobu eran totalmente solidarios y atentos con su hijo, la presentación oficial de Mitsui ante ellos fue algo que los sorprendió. El ex as tripleador no era el perfil que ellos imaginaban para alguien tan tierno como era el castaño, pero a pesar de reír por lo bajo por los movimientos de cartón que presentó durante toda la cena, se dieron cuenta perfectamente de la clase de muchacho que era. ¿Que si no conocían su historia? Claro que si. Kogure solía ser muy dado con ellos y cada curiosidad ocurrida en clases era dicha en casa. Y Hisashi Mitsui no fue su excepción, por eso supieron de él prácticamente en tiempo real a los acontecimientos, como un relato de radio en un partido de soccer.
Mitsui recordó respirar aliviado cuando abandonó la casa de su pareja, sintiendo su mano firme y cálida en su hombro. "Eso no estuvo tan mal, ¿verdad? No había necesidad de estar nervioso", le había dicho. "Cállate…", fue su respuesta, conteniendo la risa.
¿Los padres de Mitsui…?, bueno. No siempre es posible que las cosas funcionen bien. Había algo muy particular en su progenitor, y era que estaba harto de decepcionarse. Si, así lo llamó cuando se lo contó, teniendo que contener toda su furia para no romperle la cara. Incluso viendo como su madre trataba por todos los medios de decirle que no llamara "marica" a su propio hijo.
Según Maro Mitsui, su hijo ya había cubierto su cuota de desilusiones por toda una vida. Evidentemente, llevaba la cuenta, pensó. Podía tolerar que se hubiera convertido en un pandillero durante dos años, casi tirando a la basura su futuro. Pero ser una niña era imperdonable.
Había dolido, y mucho. Pero el abrazo de su madre cuando se mudó al dormitorio para estudiantes de la Universidad Shintai (a la que ingresó por medio de una beca ofrecida en su último año de preparatoria) fue realmente lo único que necesitó para pasar página. No podía contar con su padre, pero Shizue Mitsui estaba ahí para él, pasara lo que pasara.
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Muchos dicen que el tiempo es un estado relativo. Siempre transcurre a una velocidad constante, sólo percibido diferente por aquellos que transitan el día a día con una capa anímica determinada. En este momento, Kazuki Mizage parecía haberse detenido en una bruma oscura, con el ceño fruncido, como si fuera una de esas pesadillas donde sabes que estás durmiendo y no puedes despertar.
Dos semanas habían pasado desde que Hanamichi había dado un portazo tan brutal a su puerta que creyó, la había arrancado de cuajo. Dos semanas desde que los cristales de su corazón se habían agrietado hasta romperse en el suelo.
Pensó que no había sido real. Es decir, sabía lo que era un corazón roto. Todavía estaba recuperándose de la última vez que sus emociones la destrozaron y aunque hablaban con Akira casi todos los días, la distancia era sensible. Pero esto era diferente. Era tan visceral que no era real. Era como si algo hubiera enterrado un puño entre sus costillas y arrancado su corazón junto con sus pulmones, porque hasta eso era doloroso de hacer. Era haber perdido una parte de ella. Quizá la mejor parte. La más sincera, la más pura. A Hanamichi.
-No sé qué hacer, Yohei -anunció al pelinegro cuando lo llamó por teléfono para ponerlo al corriente de lo que acababa de ocurrir, y eso fue apenas consiguió reaccionar. Su voz sonó como la de un robot sin vida, reflejando la rotura que tenía en su interior-. Es un idiota, no pude retener...
-Lo tengo -la interrumpió Yohei en tono amable.
Kazuki pestañeó varias veces antes de comprender sus palabras. Antes de recordar que pasara lo que pasara, Yohei siempre cubría sus espaldas.
-Lo tengo, Kazu -repitió.
Y ella pudo percibir la seguridad que desprendía cada letra en esa frase. Después de todo ese era Yohei, ¿verdad? Siempre, desde el comienzo de su relación hacía años. Desde aquel primer año cursado en Wakou, cuando eran un grupo de inadaptados sociales y el único ser pensante era el muchacho de cabello negro y sonrisa pícara.
Ella siempre había entendido a Hanamichi, había sido su igual. Eran iguales en cada sentido de la existencia y eso los hacía cercanos como ningún otro. Pero Yohei era el guardián de todos. El que siempre tenía la palabra justa, el hermano mayor molesto, el padre adoptivo de un grupo de idiotas. El único que realmente tenía la capacidad de entenderlos y ayudarlos, y eso necesitaba Hanamichi. No requería de una hermana que peleara y gritara como su igual. Necesitaba la mano firme del muchacho que guió sus pasos durante años, sin dejarlo solo jamás. Kazuki había sonreído con tristeza, sabiendo que en ese momento, dependía de alguien más. Odiaba depender de otros. Pero Yohei siempre había sostenido las espaldas de todos. Podía confiar en él, como en nadie.
"Te lo encargo, Yohei…"
And all those evenings swearing at the sky
Wishing for more time
All the promises we broke when we tried
Just wastin' all our time
Yohei cortó el teléfono tras despedirse, sonriendo como si ella pudiera verlo. Suspiró con fuerza, moviendo la cabeza de lado a lado como intentando destrabar el cuello totalmente tieso por la charla que tuvo segundos atrás. Sabía que esto iba a ocurrir, desde luego. Al igual que Kazuki, Yohei siempre vio la relación con Hanamichi como algo pasajero. Apoyó a su mejor amigo como el gran hermano mayor que era, siempre cuidándolo de todo, pero a prudente distancia. Cuando todo comenzó a andar sobre rieles, parte de él se relajó. Sin embargo, con el correr del tiempo todo se volvió tan claro como el agua, y desde luego que no podría intervenir.
Quizá por esos pensamientos fue que no se asombró cuando la puerta de su casa sonó tres veces con golpes lo suficientemente fuertes como para dejar en claro quién era el dueño de esos puños. Suspiró con fuerza antes de abrir la puerta, preparando su rostro con una sonrisa que, no tenía la menor duda, lo iba a sacar de quicio. Que se jodiera, era la única que tenía para atender los reclamos de alguien que no tiene razón.
-Te estaba esperando, Hanamichi -fue su amable saludo.
-Tú… -El rostro bronceado parecía haber salido de un relato de terror. Los ojos cansados por la falta de sueño y rojos por el llanto acumulado. Las venas en su frente y el cabello rojo que siempre le había parecido una señal de alto-, hijo de…
-No quiero que molestes a los vecinos -le frenó en seco antes de que se pusiera a gritar-, mis padres tendrán problemas. Pasa de una vez y arreglemos esto. -Hizo un gesto con la mano para que entrara, a modo de respaldo para sus palabras.
El enorme cuerpo avanzó dos pasos al interior de la vivienda, quizá porque su única parte racional recordó su cariño por los padres de su mejor amigo. Y una vez dentro, todo aquello que lo conectaba con la realidad desapareció en un suspiro. Porque la totalidad de sus pensamientos estaban en llamas y cargados de una furia tóxica contra aquellos en quienes creía y confiaba. Y lo habían traicionado.
-¿¡Tu también lo sabías!? -gritó con furia, girando completamente el enorme cuerpo para enfrentar al muchacho al que superaba por mucho en estatura, aún cuando Yohei hubiera crecido unos cuantos centímetros desde la preparatoria-. Igual que esa gata de mierda, ¡me mentiste!
Hanamichi no era la persona más amable al referirse a Kazuki hablando a otro, pero su "gata de mierda" nunca había sonado como un insulto real… hasta ese preciso momento, en que emergió de sus labios cargado de saña y dolor. Pero hacía falta mucho más que unos cuantos gritos y la amenaza de una hecatombe para que Yohei perdiera la calma.
-Hanamichi, baja la voz. -Era una advertencia, pero tan sutil que el aludido sintió su furia cortada por medio segundo. Luego, la rabia golpeó sus entrañas con furia. No quería condescendencia de nadie, y menos de él, incluso cuando su tono fue calmo pero sumamente firme. Así que volvió a la carga como el animal lastimado que era en ese momento.
-¡Me mintieron… los dos! -exclamó apuntándolo con un dedo-. ¡Hijos de puta! ¡Creí que eran mis amigos!
Yohei ladeó la cabeza, pues le escuchó claramente, aunque no le oyó. Hanamichi seguía totalmente consumido en sus ideas y, aparentemente, no era capaz de mover las piernas del lugar en que se encalló para acusarlo.
-Por supuesto que somos amigos -afirmó en voz baja, respondiendo con moderación a la pregunta implícita en la última frase de Hanamichi-. Nada ha cambiado, ¿a qué viene ese comentario?
El pelirrojo bufó desconcertado, y Yohei suspiró profundamente, armándose de paciencia. Era una dinámica habitual entre ellos las veces que discutían sin cabezazos de por medio: Hanamichi bramaba igual que un elefante cuando tenía algún problema, momento en el que Yohei dejaba a un lado lo que fuera que estuviera haciendo y se dedicaba al 100% a escucharlo. Eran tan amigos como hermanos, más Hanamichi estaba tan fuera de sí en ese momento, tan ciego, consumido por las llagas del odio, que no le fue posible recordar las sólidas bases que componían su amistad.
Apretó los puños, rechinó los dientes, con una vena latiendo justo en su sien, por el dolor de sentirse burlado con la actitud de Yohei.
-¡No te rías de mí, imbécil! -chilló.
-¿Terminaste? -inquirió curvando una ceja-. ¿Me dejas hablar, o seguirás comportándote como idiota?
¿Comportarse como idiota? ¿Sentirse traicionado era comportarse como idiota? ¿Saber que tus mejores amigos en el mundo te ocultaron algo tan importante como lo que pensaban de tu relación era comportarse como idiota?
Él confió en ellos. Confiaba en ellos. Eran los dos a quienes podía abrirle el pecho y saber que cada palabra salida de sus bocas sería cierta. Era dejarse caer en los brazos de quienes nunca lo soltarían. Esos lo habían dejado estrellarse contra un millón de vidrios cortados y ahora estaba sangrando en la mugre. Esos eran por quienes daría su vida de ser necesario.
Mutando de la ira apocalíptica hacia la agonía, Hanamichi profirió un gemido estrangulado que alertó a Yohei.
-¿Por qué? -murmuró. Dolor. Demasiado, como si se arrancara las costillas con las manos desnudas-. ¿Por qué hicieron esto?
Yohei volvió a llenar sus pulmones de manera dramática, aunque esta vez lo hizo por pura empatía. Trataba de ponerse en los zapatos de Hanamichi, como siempre que lo aconsejaba. Sabía perfectamente que su mejor amigo era un niño enorme, sin rastro de maldad en su ser y cuya mente era una regla de tres simple.
Cuando estaba así, Hanamichi no veía las cosas como realmente eran, incapaz de ver que no era cosa de Yohei ni de Kazuki interferir en sus relaciones. Que ese no era el trabajo de sus mejores amigos, sino acompañarlo ahora. No, lo único que sentía en ese momento era que lo habían abandonado a su suerte.
El joven de cabello azabache apoyó la espalda en el borde de una muralla y se llevó ambas manos a los bolsillos.
-No hicimos nada, Hanamichi -dijo con la cabeza gacha y los ojos cerrados-. Ni ella ni yo quisimos que te lastimaras.
-Entonces, ¿cómo explicas esto? -Seguía furioso.
-¿Qué quieres que te explique? -replicó cansino.
-Toda esta mierda. Lo que siento ahora por culpa de ustedes. ¡Qué buen trabajo hicieron traicionándome! -espetó con una sonrisa irónica. Yohei alzó la mirada, realmente se veía agotado.
-¿Piensas que dejarte vivir tu vida en paz es una traición?
-¡Maldita sea, tú lo sabías! ¡Lo sabías! ¡Y no pudiste abrir la boca ni una puta vez! ¡Mierda! -Sus piernas cobraron vida otra vez, moviéndolo de un lado a otro mientras vociferaba insultos.
-Hanamichi. -Pronunció su nombre como una ligera advertencia.
-¡No me hables de esa forma! Hijo de…
No llegó a completar la frase, porque Yohei subió dos tonos el volumen de su voz. Firme y recta, casi paternal. Los ojos como obsidianas mirándolo hacia arriba, como si de repente hubiera crecido un metro más. Hanamichi detuvo su desplazamiento nervioso y se sintió pequeño por unos instantes mientras el regaño de su amigo sonaba en las paredes huecas.
-Se te acabó la carta blanca de insultos -le escupió en la cara. Avanzó dos pasos hacia él, conteniendo las ganas de plantarle un dedo en el pecho y mover su enorme estructura, como querría patear su cráneo hasta que entendiera de una buena vez-. No eres un niño, Hanamichi. Sabes perfectamente que lo que pasó no fue tu culpa, y tampoco la nuestra. Estás frustrado y buscas con quién desquitarte, pero ni Kazuki ni yo somos sacos de boxeo.
Un silencio profundo recorrió la sala. Helado, petrificante. Como la calma antes de la tormenta. El momento vacío antes que el asesino salga de su escondite. Yohei se permitió cerrar los ojos para calmar sus ideas, bastante movidas en su cabeza. Todas las imágenes de su amistad con Hanamichi recorrieron su mente como un álbum fotográfico. Pensó que moriría pronto, porque dicen que tu vida pasa por delante de tus ojos cuando estás por fallecer. Era irónico ver que su vida entera, había sido junto al pelirrojo.
-No eres el único que sufre -añadió Yohei a regañadientes, porque un hombre no puede admitir ese tipo de cosas, pero no era momento de tonterías-. Si crees que Kazu y yo somos indiferentes a lo que sientes… solo me queda pensar que no nos conoces bien.
Hanamichi sacudió sus cabellos rojos, cada vez más largos.
-¿Qué hago, Yohei? -Tenía la voz quebrada.
-¿A qué te refieres?
-Es que… estoy perdido. No sé cómo seguir adelante.
Con la vista en el suelo y hablando casi a susurros, lo parecía.
-Si hay alguien que puede enfrentar la adversidad, ese eres tú. Es lo que hiciste hasta ahora, lo que has hecho siempre: plantarle cara a las dificultades y atravesarlas como caballo de carreras. Nadie puede detenerte. -El tono de Yohei ahora se escuchaba teñido de orgullo-. Pero no estás solo. No tienes que hacerlo solo.
-¿Y Kazu?- La voz de Sakuragi sonó como un hilo delgado, impropio de él.
¿Y Kazu?
Y Kazu. Esa era su mayor incógnita mientras lo veía tomar asiento en una de las sillas de madera que su madre había elegido dos años atrás para remodelar la casa. La enorme espalda hacia delante, curva y derrotada. Los ojos fijos en sus agujetas. La chaqueta con pequeños trozos de hojas adheridas a la tela. Yohei suspiró, con una media sonrisa en sus labios pálidos.
-Solo un hijo idiota a la vez, por favor...
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-¿Kazu?- Sendoh habló con ánimos, esperando oír la voz de su novia al otro extremo del mundo, con una sincera sonrisa adornando su rostro y los ojos azules acostumbrándose a la luz de la mañana.- ¿Cómo estás? Oh, rayos. Aguarda.- Kazuki pestañeó varias veces con la bocina pegada a su oído, atenta a los ruidos sordos al otro lado de la línea. ¿Akira había blasfemado en inglés?- ¡Listo! Casi tiro la maqueta que mi compañero de cuarto hizo para su clase. Me hubiera asesinado.
La joven de ojos ámbar trató de reír con sinceridad. Y eso era particularmente difícil cuando tu día era gris por la falta del único imbécil capaz de hacerte estallar en enfado y alegría. Como hacía una semana, mientras ignoraba sus mensajes y cortaba el teléfono al llamarlo.
Una semana desde que Hanamichi había salido despedido por su puerta, y ella no fue capaz de decírselo a Sendoh. ¿Por qué? Porque estaba lejos. No quería angustiarlo. Al principio creyó con sinceridad que pasarían dos días hasta que Sakuragi volviera a hablarle. Ahora...
-Menos mal que te diste cuenta.- Respondió componiendo su voz. Pero supo en ese instante que Akira no solo leía su mente, sino que interpretaba perfectamente las cadencias de su voz.
-¿Mh?- La voz de Kazuki le había sonado hueca. Triste. Baja en volumen. Ese no era el timbre con el que siempre se dirigía a él, ni siquiera con su ánimo esquivo típico de su carácter.- ¿Qué pasa?
-¿Eh?- ¿En serio? ¿Su capacidad de leer el pensamiento se extendía hasta Norteamérica?- ¿Q-qué pasa de qué?
Akira sonrió al otro lado de la línea. Recostó su enorme cuerpo sobre la cama hecha y sostuvo su cabeza bajo la mano libre. Aún a esa distancia era fácil de leer. Kazuki siempre sería un libro abierto para él.
-Podrías haber desplegado tu amplio abanico de chistes sobre sometidos, y no lo hiciste.-Habló tratando de sonar divertido. Sabía que se encontraba en un entremedio.- Sabes, parte de llevar una relación a distancia es la honestidad. ¿Quieres decirme qué te ocurre?
"Hace una semana estoy esperando que me digas lo que ocurre y quiero saberlo ahora", fue lo que escuchó la morena tragando fuerte. Sabía que una voz tras su mente le gritaba cada día que hablara con él. Que la comunicación es lo primero y más importante en una pareja, más aún en su situación. Y ahora tenía que ponerlo en práctica. Suspiró antes de responderle en voz baja, como contándole un secreto doloroso.
-Hanamichi y Haruko terminaron.
-Oh…- Murmuró quedo. Eso había sonado doloroso, y la imagen del pelirrojo fue todo lo que pudo ver. Pronto, unió los cabos.- No me esperaba eso. ¿Cómo está él?
-Odiandonos a todos.- Fue su respuesta.
Sendoh supo que su novia trataba de reír bajo esa capa de ironía. Desde luego que Kazuki había comentado hacía muchísimo tiempo lo que realmente pensaba de la relación de Sakuragi, y él respetó su pedido de guardar silencio. Por eso supo automáticamente que lo que ocurriría a continuación, cuando todo estallara, sería terrible. Se permitió guardarse esa información para si mismo. Ahora, tenía otro papel que cumplir. El ser su roca.
-Kazu, es normal que esté enfadado.
-No entiendes, de verdad nos odia a todos.- La oyó tragar tan fuerte que creyó que había sido una piedra pasando por su garganta.- Hanamichi…
No era fácil de asimilar que ella misma había roto esa regla que tanto le recriminó a él. Esa que decía claramente que mentirse estaba prohibido. Las asunciones del pelirrojo eran ridículas en concepto y ejecución, pero en su corazón hecho añicos eran válidas. Él amaba a Haruko, y ella había terminado su relación. Kazuki supo desde un primer momento que las cosas no terminarían funcionando, y jamás se lo advirtió. Si, era ridículo. Pero para Hanamichi era una verdad irrefutable. ¿Qué otra cosa podía hacer? Por eso, cuando terminó de decir la última palabra en la larga explicación que le dio a Sendoh por teléfono, el muchacho notó como su voz se iba haciendo cada vez más y más pequeña.
-Sabes que no es tu culpa, ¿no?
-Claro que lo se.- Kazuki sacudió la cabeza. Sonaba como si quisiera convencerse a si misma más que a él. Sendoh sonrió con ternura al otro lado de la línea, arqueando una ceja, como si pudiera verla frente a sus ojos. Nada más en la vida querría que tenerla frente a sus ojos.
-¿Entonces por qué estás llorando?
¿Llorando? ¿Que mierda? Ella no… Y sintió las lágrimas correr cálidas por sus mejillas, como caricias de una mano invisible que dolían como el mismísimo infierno. Porque estaban ocasionadas por algo que no podía controlar. Algo que nunca tuvo un igual en desesperación. Si tenía que ser sincera, el dolor de perder a Akira había destrozado su pecho hasta adormecerlo. Como una herida tapada con cloroformo. Seguía dejándola sin aire, matándola en cada respiración día a día, pero adormilada hasta hacerla un zombie funcional.
¿Esto?, esto era algo totalmente distinto. Claro que se habían peleado antes. Habían discutido como todo amigo lo hace. Incluso con la herida reincidente del pelirrojo, habían superado otra etapa en su relación. Pero esto era otra cosa. Porque el odio en el rostro de Hanamichi había sido tan real como para perforarle el pecho hasta hacerlo pedazos. Como un taladro de diamante contra el corazón que trató de endurecer, y no había servido.
Los sollozos que no supo contener llegaron a los oídos de Akira como golpes en las mejillas con manopla de hierro. Se sentían tan reales como verla llorar frente a sus ojos, y apretó los dientes muy fuerte al darse cuenta de que estaba literalmente al otro lado del océano. Quizá por primera vez desde que se fue, notó lo doloroso que era no tenerla a su lado para simplemente hacerle sentir su presencia en un abrazo.
Kazuki quebró su garganta aún con la bocina en su mano, tragando aire para recuperar la compostura que había perdido segundos antes, con las lágrimas tibias cayendo por sus mejillas y dejando un sendero húmedo sobre la piel. Sacudió la cabeza. Ella no era así, ¿cierto? Ni siquiera estando sin Akira se había quebrado de esa forma. Esto era algo que la superaba, algo que sentía como una garra en su pecho. Algo que ella no había manejado.
-L-lo siento, Akira. No quiero preocuparte.
-Es inevitable que lo haga, Kazu.- Susurró.- Pero se que estarán bien.
-¿Eh…? Akira, te dije que…
-Son ustedes.- La interrumpió casi con dulzura, como retándola y obligando a escucharlo.- Si hay algo que siempre me impresionó de ambos, era ver cómo se llevaban. Lo que tienen no es una amistad de años. Pasa a un nivel totalmente distinto. Es decir… No soy un experto en hacer amigos, pero ustedes son algo totalmente superior. Es como si funcionaran juntos. Por eso, llora lo que quieras, Kazuki. Pero ten por seguro que esto no ha terminado.
¿No se había dado cuenta de cuando sus lágrimas volvieron a brotar? ¿O acaso nunca habían parado? ¿No podía hablar? Su garganta dolía. Su pecho dolía. Sus piernas temblaban. Sus ojos estaban ardiendo.
Kazuki necesitaba eso. Necesitaba quebrarse. Llorar, gruñir, maldecir. Y aún cuando fuera a través de una línea telefónica, Sendoh estaba siendo su roca, sosteniendo el espíritu roto de su novia, como abrazando su cuerpo a la distancia.
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Noviembre, 1996
And then we long to be loved
In the rush, we become
Some things we thought we'd never be
We were surprised by our heart
Left weary and scarred
By the nights spent feeling incomplete
Para comprender lo que ocurrió ese martes 4 de noviembre de 1996, es necesario entender algunas cosas: Dos semanas habían pasado desde la pelea que rompió a Hanamichi y a Kazuki en mil pedazos. Ellos nunca habían estado peleados tanto tiempo. Tres días fue su récord, y sin pedir disculpas algunas, volvieron a hablarse cuando se convidaron mutuamente de una bolsa de galletas. Tres días y sintieron que los habían arrancado del pecho del otro. ¿Como creen entonces que en ese instante presente, se estaban sintiendo?
Kazuki demostraba que tan hecha mierda estaba de la única forma que sabía: arrojando balones a una canasta en la duela que solía visitar con Sendoh cuando estaban en preparatoria. El rostro serio, helado al aire frío del otoño convirtiéndose en invierno. Las manos agrietadas por el contacto rudo con la rugosidad del balón a la intemperie, recordando que llevaba dos horas en la cancha.
No quería recordar el motivo por el cual sus ojos estaban cargados, como si no hubiera dormido bien hacía días. Porque no lo había hecho. Largas charlas por teléfono con Akira no habían logrado realmente aplacar el dolor de su pecho ni decrementar la furia en sus entrañas.
"Gata de mierda" era un insulto que podía tolerar con la frente en alta. Era lo más parecido a un felino arisco y su carácter era tan jodido como el del pelirrojo. "Traidora" era algo que no podía tolerar. No cuando los dos estuvieron en el momento más bajo del otro, sosteniendo sus almas como quien retiene la cabeza y cabello de un borracho vomitando la vida en un retrete. Hanamichi siempre fue su transporte seguro a casa, esa mano salvadora que la retuvo a flote. Y ella fue la suya. Siempre ahí, en silencio o a los gritos puros. Sosteniéndose uno al otro en el lugar.
Por eso el balón rebotó con tanta fuerza que se regresó a sus manos con violencia, conteniendo un grito agudo raspando su garganta, haciendo que sus ojos se llenaran de lágrimas amargas. Al menos sus párpados estaban calientes mientras su trasero se congelaba.
Volteó el rostro cuando las cadenas de la puerta metálica sonaron, signo de que estaba siendo dejada a su suerte y cerrándose casi con prisa. El rechinar del óxido en la parte inferior sonó raspando contra el suelo congelado, y los pasos de Hanamichi sonaron arrastrados contra el pavimento, como si hubiera olvidado como caminar.
Las mejillas bronceadas petrificadas en disgusto, el ceño fruncido clavados en su delgada figura y el cabello cada vez más crecido.
Dos semanas. Dos semanas y ese imbécil se asimilaba a un desastre campal con la ropa arrugada y un abrigo que apenas podría mantenerlo caliente en un día de primavera.
Sakuragi detuvo sus pasos en la línea de tres, a una distancia casi calculada de ella, observando el cabello negro crecido en una coleta alta aunque permitía que los mechones le bailaran en la misma cara de susto y odio que tenía la última vez que la vio.
We grow old all at once
And it comes like a punch
In the gut, in the back, in the face
When it seems someone cried
And our parents have died
Then we hold onto each other in their place
Hanamichi no tuvo que contar hasta cinco para que algo lo sacara totalmente de lugar, probando sus reflejos de luchador y basquetbolista todos en uno. Porque el balón dirigido a su rostro con una fuerza que casi se asimiló a la suya lo obligó a levantar el largo brazo derecho y sacudirlo en un solo movimiento de katana para desviar su trayectoria. El grito ahogado de Kazuki ni siquiera le había servido de aviso previo.
Si, un grito que salió de sus entrañas, furiosa y con lágrimas corriendo por sus mejillas como navajas cortando en caliente. El rostro de Hanamichi le había provocado a su cuerpo los movimientos que contuvo durante dos semanas. Y lo único que lamentó fue que ese estúpido balón no le diera de lleno en la cara del grandísimo imbécil que ahora se acercaba a ella a pasos agigantados, como un titán yendo a la guerra.
La figura de Kazuki se le hizo pequeña e inmensa cuando recibió su cuerpo de lleno con ambos brazos, parando su avance y estirándolos con una fuerza que no creyó, pudiera poseer. Como si ese recipiente delgado y endeble que comenzaba a recuperarse y ganar peso de pronto hubiera tomado vida. Como si la furia en sus ojos ámbar fuera suficiente como para arrojarlo de un barranco con la misma fuerza que él quería tirarla al piso y partirle las hostias en su cara.
Levantó los puños blancos arrojándose contra su amplio pecho, golpeando justo en la unión de sus hombros con el pectoral, retumbando en su propia carne y volviendo a su lugar por la firmeza con la que la recibió. El empujón que le dió fue uno con tanta potencia que tuvo que clavar los talones con fuerza para no caer de bruces a la duela, volviendo con más potencia y chocando su hombro directamente en el abdomen del alto muchacho.
Frustración. Odio. Bronca. Maldiciones. Esas ganas de arrancarse mutuamente el cuero cabelludo con las manos desnudas y las lágrimas que caían de sus párpados.
Cada empujón de uno rebotaba en el otro. Las manos de Hanamichi no se estaban midiendo cuando tomaba sus pequeños hombros como cuando era niño y peleaba con Yohei. El rostro de Kazuki chocaba contra su pecho en un grito ahogado y gutural cada vez que se arrojaba como si quisiera moverlo del sitio.
Todo pasó ante sus ojos.
El primer insulto. La primera vez que se golpearon. El almuerzo que Kazuki le obsequió. La caminata bajo la lluvia donde Hanamichi la cubrió con su paraguas. Las heridas curadas. Las peleas evitadas. Los exámenes pasados. Los abrazos consoladores. Los paseos sobre su espalda. Los partidos de entrenamiento. Las charlas de madrugada. Las cenas en los puestos de ramen. Los ojos tranquilizadores de Kazuki. Las palabras de apoyo de Hanamichi. Los entredichos. Malentendidos. Corazones destrozados. Desesperación. Gritos. Risas. Risas. Llanto. Más llanto. Kazuki estuvo ahí desde el principio. Hanamichi estuvo ahí siempre.
Mientras el mundo cambiaba a su alrededor, Hanamichi siempre la tuvo como una constante a la que podía mirar para darse cuenta que estaba anclado a la realidad. Esa mano pequeña y blanca no lo soltaría jamás, pasara lo que pasara. Esa amistad bañada en dolor era más poderosa que todo lo que pudiera golpearlo en el pecho hasta matarlo.
Por eso el último tacle de Sakuragi fue arrojarla al suelo sosteniendola en sus brazos como una muñeca de trapo en llanto que se equiparaba al suyo. Porque era como si estuviera esperando que alguien los mirara desde arriba para pararlos. Como si esperara una señal que detuviera ese dolor y los hiciera completos de nuevo.
El llanto de Kazuki contra su hombro sonaba más agudo que el suyo, como un bebé acurrucado contra el tibio pecho, empapando la camiseta helada. Abrazando la espalda pequeña con las uñas encarnadas en la tela blanca que la cubría. Sintiendo los pequeños golpes de sus puños en los brazos como el reproche constante.
Todo había cambiado. Todo era una enorme marea que no se detenía. Kazuki era su constante.
I guess it'll be okay
.
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Octubre, 1997
1997 fue un buen año. Si, podía decirse que fue un buen año. Difícil, seguro. Pero bueno.
Hanamichi Sakuragi se había labrado un nombre en las filas del equipo de baloncesto de la universidad de Tokyo, llamando a sus 20 años la atención de contratadores de grandes ligas en el país nipón. El "Rey del Rebote Hanamichi Sakuragi" era una realidad, y todos conocían su nombre aunque fuera de pasada.
Su recuperación fue dura. Fue traer a un muerto a la vida lentamente, pero no iba a rendirse. Tampoco lo hicieron quienes lo adoraban y continuaban a su lado. Tiempo después de la ruptura, fue capaz de ver a Haruko a los ojos y no sentir dolor. Quizá su relación había sido tan suave y tranquila para poder tener en su memoria el recuerdo de un primer amor puro y tierno. A veces, para eso sirve.
Esa fue la lección que finalmente terminó aprendiendo muchos meses después, en la soledad de su habitación, en la profundidad de sus pensamientos. Desde un primer instante, Hanamichi pensó que el amor era un concepto totalmente romántico, dentro de los parámetros de su imaginación. Creyó que las canciones se oían en el viento y los cerezos florecían con cada sonrisa. La vida le enseñó otra cosa, algo real. Que el amor muta, se transforma, y pueden crearse muchos caminos a seguir. Él había seguido uno doloroso, pero tan necesario como respirar, porque ahora estaba nuevamente de pie y más fuerte que nunca.
1997 fue un buen año. Difícil, seguro. Pero bueno.
Akira Sendoh era la estrella oriental de la UCLA. El Genio de Japón. Uno de los mejores bases que hicieron su aparición en esa década. Un talento de cada diez años, incluso en la tierra del baloncesto.
Las llamadas de Anzai y Taoka a la sede universitaria lograron tenderle una oportunidad que no desperdició, y ahora era un valor irremplazable para toda la institución.
Sus compañeros, con el tiempo, pudieron ser llamados "amigos". Akira no dejaba de pensar que distinta hubiera sido su vida en Japón si se hubiese permitido a si mismo tener una mente más abierta y dejado entrar a quienes trataban de acercarse a él. Bueno, al menos ahora podía tener ese sentimiento reemplazado por un grupo muy cercano de colegas que compartían sus aficiones. Aunque que fueran tan ruidosos seguía siendo un problema.
Todos sabemos que tan difíciles son las relaciones a distancia. Lo complicado que es sufrir el no ver a quien amas y contentarte con una carta y llamadas de media noche, durmiendo con la sensación de su voz distorsionada en el oído. Una sensación de vacío y desesperación que podría haber desintegrado a la pareja más sólida.
Y ese no había sido su caso, porque Kazuki y Sendoh, durante todo ese año, se habían hecho tan fuertes como el hierro, sólidos como una obsidiana milenaria.
Durante todo ese año, la joven de ojos ámbar había podido viajar a norteamérica para visitar su dormitorio en la universidad. Conocer su vida fuera de Japón. Saber de sus nuevos amigos y disfrutar de estar juntos. Los abrazos guardados bajo la almohada salían a flote cuando quedaban solos, y la contención se dispersaba en besos en su cuello.
Akira también visitaba su tierra natal. Aunque la relación con su padre seguía tensa, Ayaka Sendoh había sido un soporte tan vital como también lo era su novia. Quizá debía irse a la otra punta del planeta para poder tener una relación ejemplar con ella. Quizá, esto realmente era lo que necesitaba. Y sabía perfectamente que era lo que realmente faltaba en él para tener completo cada parte del rompecabezas que era su vida. Y era la chica cuya puerta ahora estaba golpeando.
Sonrió al verla, como siempre que sus ojos se encontraban. Era tanto el tiempo que soportaba no tocando su rostro que le parecía físicamente imposible no abrazarla en ese segundo, aunque recibiera un golpe en el brazo de la reina tsundere que era su novia.
El cabello negro recogido en una cola alta, los mechones sobre su rostro y la misma mirada ambarina ahora en el rostro de bebé que siempre conoció. La sonrisa de oreja a oreja en su semblante le expresó todo sin palabras, luego de un momento de duda, porque quizá pensara que estaba soñando.
-¿Puedo pasar? ¿O prefieres abrazarme en el pórtico?
El cuerpo delgado se arrojó a su cuello en un abrazo tan fuerte que se sostuvo del marco para no ser llevado por el impulso. Quizá ya no fuera tan tsundere después de todo.
-Cállate, Akira.- Murmuró en su oído entre risas.
No. Seguía siendo la misma tsundere de siempre. Pero más adepta al contacto físico. Soltó el pesado bolso de su hombro y la rodeó con los largos brazos, respirando su cuello y cabello con ese aroma a lavanda que siempre lo traía a casa.
Habían pasado seis meses desde la última vez que estuvieron juntos, cuando ella viajó en verano a Los Ángeles. No le había dicho que su llegada sería hoy. Particularmente, ese día quería que fuera una sorpresa.
Bajó de sus hombros, haciéndolo pasar al interior de su casa. Akira rió al notar que nada había cambiado. Quizá algunas lámparas que Shizuoka se esforzaba por remodelar a mano y siempre terminaba rompiendo. Centró su atención en lo único que realmente le importaba en esa gran habitación, sintiendo a Nenya refregarse en sus piernas.
Kazuki estaba definitivamente más alta. No mucho, pero seguramente había rozado ya el metro setenta. Su cabello siguió creciendo desde el último corte, y aún con esa camiseta enorme que llevaba de entre casa, parecía mayor. Mierda, seis meses es mucho tiempo para no verla.
-¿Por qué no me dijiste que ibas a venir? Solo me tiraste por la cabeza una fecha estimada.
-¿Sorpresa?- Dijo levantando las manos para cubrir el golpe amistoso y recibir nuevamente su cuerpo contra el suyo. Rayos. Eso era lo que quería. Exactamente eso.
Sentir su piel siempre que quisiera. No preocuparse por la diferencia horaria. No estar mirando el calendario para volver a verse. No mirar el reloj casi con desesperación cuando la hora de partida de sus vuelos se acercaba. Quería estar a su lado desde que desperara hasta el final del día. Saber que harían sus actividades y podrían verse cuando lo desearan. Deseaba una vida normal, junto a ella. Y por eso estaba aquí.
Por eso las palabras "vuelve a Estados Unidos conmigo" salieron de su boca.
La reacción de Kazuki fue digna de retratarse en un cuadro, segundo a segundo. La mirada de incredulidad en sus ojos ámbar. Los labios entreabiertos y curvados hacia arriba en una mueca extraña comprobando que no estuviera blufeando. El meneo de su cabeza, tratando de recordar si estaba despierta. Y el sobresalto cuando tomó sus manos, acariciando el anillo que le había obsequiado hacía un año atrás.
Akira había sido aceptado en la segunda línea de Los Ángeles Lakers. Habiendo cursado dos años en la universidad de Estados Unidos, se presentó a los drafts de la NBA y se le habían arrojado encima para poder tenerlo en sus filas. Por su edad, debería empezar en el banco hasta poder hacerse un nombre. Pero eso significaba una paga importante, y la capacidad de mantenerse por sí mismo en una ciudad que lo requería. Eso significaba que ella podría vivir con él sin problemas.
-A-Akira, ¡esto es increíble! ¡Estás en la NBA!- Fue todo lo que pudo gritar, sujetando su cabeza riendo como si no hubiera mañana. Orgullosa y con el pecho lleno de algo tan cálido que iba a explotar.
-Lo es.-Murmuró.- Y quiero que vengas conmigo.
Kazuki sacudió la cabeza de lado a lado. ¿Que estaba pensan…?
-Akira, no he terminado de estud…
-Pide el cambio. Te quiero conmigo.
Claro que podía hacerlo. La universidad de Tokyo tenía hermandades con algunas buenas universidades en Los Ángeles. Se había asegurado de buscarlo antes de proponérselo. Akira Sendoh se había convertido en un hombre que pensaba en absolutamente todo. Aún así, la voz de su novia sonaba cada vez más fuerte y firme.
-No puedo dejar todo tan fácil, sabes bien qu…
-Te quiero conmigo.- No se iba a rendir. No ahora.
-¡Akira!
-Kazuki…- Sus manos soltaron las suyas, sujetando con extrema dulzura y firmeza las mejillas sonrojadas. La habitación quedó en silencio, jurando que el latido de su corazón era perfectamente audible en su pecho, con una cercanía que apenas podían distinguir un cuerpo de otro. Sonrió sin dejar de penetrarla con su mirada azulina, tan seguro como nunca lo estuvo.- Soportamos un año separados. Lo hicimos. Estamos juntos. Ahora, quiero que realmente, lo estemos.
Kazuki nunca fue una chica que demostrara demasiado sus sentimientos. A menos que fuera enfado, eso era lo primero que brotaba por sus poros. Pero durante mucho tiempo, se cubrió de una capa dura de cristal por la que nada pasaba, y nada salía. Cuando conoció a Hanamichi, una parte casi fraternal en ella surgió, y se desarrolló como persona más aún de lo que era. Una nueva faceta había nacido.
Cuando Kazuki Mizage conoció a Akira Sendoh, todo eso se multiplicó. La chica de ojos ámbar nunca volvió a ser la misma. Nunca lo sería. Porque había seguido cambiando aún estando lejos suyo. Y alguien que hubiera arrojado un manotazo al rostro de quien dijera algo como lo que acababa de escuchar, ahora estaba riendo, cubriéndose la cara con sus manos blancas, pensando en todo lo que ya no era. Y en todo lo que llegó a ser.
Asintió sin decir nada. Nada más había que aclarar. Por primera vez en su vida, no tenía palabras para retrucar su lógica. No quería retrucar su lógica.
Sostuvo la frente contra el pecho de Akira, suspirando como quitándose un peso enorme de encima. Las manos amplias se posaron sobre su espalda, acariciándola de arriba abajo. Lo sintió ahogar una risa ante la reacción que presentó como propia. Se sentía en casa.
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No fue mucho tiempo después, que Ayako volvió a meterse en la piel de una organizadora de eventos, demostrando que su título en Derecho también la habilitaba a organizar los más espectaculares reventones con alcohol legal de todo Atsugi.
Fue en esa fiesta, que el Ejército de Sakuragi volvió a reunirse completo, como no lo habían estado desde la preparatoria. Esa misma noche fue la que usaron para reencontrarse con esos adolescentes que nunca dejaron de ser, pese a los dos años que los separaban de sus versiones más imbéciles. Las risas eran constantes, los insultos también. Igual que los abrazos y saltos entre todos.
Mitsui, Kogure, Akagi y Miyagi parecían los únicos adultos de la reunión. Vigilando que esta vez, nadie tuviera por objetivo romper un jarrón de la casa de Kazuki, con el recuerdo de su cumpleaños vivo en la memoria.
Hay cosas que nunca se van de la memoria, buenas o malas. Y en esa ciudad nipona, en ese particular grupo de conocidos y amigos, habían acontecido tantas cosas que podrían llenar tantas páginas como quisieran. Esa noche no fue la excepción, desde los grandes acontecimientos hasta los ínfimos detalles que la hicieron única. Porque tampoco olvidaron, por ejemplo, la minifalda que Ayako exhibía con orgullo, tanto que Ryota aún no podía concebir que fuera su futura esposa. Mucho la borrachera que Hanamichi se llevó a casa de recuerdo, no sin antes vomitar el alma pura en el retrete y quedar dormido en la cama de Kazuki, en su alcoba prácticamente vacía. Shizuoka pensaba convertirla pronto en un estudio para relajarse. Claro que estaba nostálgica de despedir a su única hija. Pero habitación gratis, pensó. Era la madre de su hija, definitivamente.
¡Oh!, cierto. Hubo algo que definitivamente quedó incrustado en el registro de todos: y fue el instante en que la pelinegra y Sendoh revelaron el permiso de matrimonio aprobado hacía solo unos días atrás. Si. Registro de matrimonio. ¡Claro que a ambos les importaba poco y nada la formalidad de un papel que atestiguara su relación! Pero vivir en un país extranjero siempre sería difícil, aún más siendo solteros. Por eso Akira le pidió que contrajeran matrimonio. La forma perfecta de declararse a su ahora esposa. De la manera menos romántica posible, y casándose como cualquiera va a buscar algo al supermercado.
"¡¿Cuál es tu excusa para no haber hecho una fiesta de casamiento?!", gritó la hermosa chica de bucles marcados, sosteniéndola por los hombros y conteniendo las ganas de abofetearla tan fuerte que le revolvería todas las ideas. "Ni siquiera paramos a cenar…", fue la respuesta que obtuvo, los ojos ámbar abiertos y las manos por delante pidiendo disculpas. La sacudida de hombros y gritos desconsolados fue tan épica que agregó más alaridos y risas a la noche bulliciosa. También el abrazo entre ambas.
Muchas cosas acontecieron en las horas que pasaron escuchando música y riendo en la casa que pronto dejaría de ser su residencia. Y fue la misma noche en que Yohei se acercó a Kazuki con una sonrisa para pedirle hablar. La misma sonrisa que siempre le había ofrecido. Esa que marcaba los hoyuelos en sus mejillas y la llevaba a sus años de secundaria, donde todo era más simple y despreocupado.
"Estoy saliendo con alguien", fueron sus palabras. La felicidad en el pecho de su amiga fue única, como un golpe de aire fresco. Como una campanada en sus oídos. Como un bálsamo sanador. Porque todos estaban sanando. Hasta él. Hasta el chico que se hirió una y otra vez por amor, finalmente estaba sonriendo con la sinceridad que merecía. "Ya era hora de que encontraras a tu yamato nadeshiko", respondió ahogando una risa en lo profundo de su garganta. La imitó echando el rostro hacia atrás.
No mucho tiempo después de esa reconciliación el año anterior, Yukari Kinoshida apareció en su vida. Delicada como una flor en invierno, hermosa como nunca imaginó que una chica pudiera ser, y la mujer que siempre quiso a su lado desde que tuvo uso de razón.
Esa que realmente había imaginado de niño, en la misma escena que reflejaba lo que veía en sus padres. Un par de salidas tímidas e incómodas después, Yohei estaba declarando sus sentimientos. Sentimientos que eran totalmente recíprocos. Finalmente, estaba sano.
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El día en que Kazuki y Sendoh abandonaron Japón estaba nublado para ser noviembre. El frío comenzaba a calarles los huesos, y aunque hubieran deseado quedarse hasta después de las fiestas, los entrenamientos de invierno comenzarían pronto y Sendoh debía estar presente desde el primer momento.
Las voces en el aeropuerto retumbaban en sus oídos, como dentro de una enorme caja de cemento hundida en una piscina profunda. Como si todo se acallara menos el latido de su corazón. Como si no quisiera admitir que tenía delante a una de las principales razones por la que su vida se había desarrollado como lo había hecho. Como si quisiera negar que iba a extrañar esos ojos claros y esa voz chillona que gritaba su nombre cada vez que se enfurecía. Como si pudiera evitar sentir sus larguísimas piernas temblar bajo la capa de ropa y no pasar la mano bronceada por las hebras rojas que eran su cabello crecido.
Hanamichi Sakuragi y Kazuki Mizage eran la prueba viviente de que el amor no es poseer algo, sino dejarlo libre. Eran la prueba viviente de que la amistad entre distintos sexos existe y se mantiene en el tiempo. La prueba viviente de que sin palabras, puedes entender a otra persona. De que las almas gemelas no son solo en sentido romántico, sino en fraternidad. Porque separándose estaban arrancando una costra de la piel viva, creando una herida latiendo. Pero cada lamida de sanación era saber que volverían a estar juntos. Eso querían. Eso pensaban.
-No causes alboroto en el extranjero, gata apestosa.- Le dijo, frente a ella. Kazuki había crecido, pensó. Aunque jamás sería tan imponente como él. Eso nunca.
Sendoh sonrió ampliamente, el cabello negro cayendo sobre la frente y una incipiente barba creciendo en su rostro. Esa que aparece cuando no te rasuras unos días. "Te estoy dando ventaja, Puercoespín", le había declarado. "Estoy contando con eso, Sakuragi", fue su respuesta con la sonrisa más sincera que podía darle. Una que el pelirrojo espejó a la perfección como la puerta a la nueva fase de la relación en la que entraban ambos también. Y le tendió la mano. La risa del pelirrojo era una de las cosas que más extrañaría de su propia tierra. Ladeó la cabeza para enfocar a su esposa, de pie a su lado, con la vista fija en los ojos café del genio Sakuragi.
-Trata de no morirte mientras no estoy.- Respondió.
Hanamichi contuvo la risa en su laringe, echando la cabeza hacia atrás. No. No. Nononono. Su mente repetía la negativa como un mantra, rezando que su biología lo escuchara y esas lágrimas no se soltaran mientras ella estuviera viendo. Presionó los puños cuando se acercó a ella. Sus ojos estaban vidriosos.
-Tendrás que enviarme regalos todos los meses.
-No hay chance.
-Gata miserable.
-Encefalograma plano materialista.
El segundo de silencio entre ambos fue eterno. Como si todo desapareciera. Como si no hubiera más que luz y ellos en medio de un enorme vacío. Como si nada más importara. Y no lo hacía.
Los brazos de Kazuki en su cuello fue todo lo que necesitó para que el agua salada de sus lagrimales corriera por las mejillas bronceadas, presionando los dientes y maldiciendo por su interior. Fue todo lo que bastó para que sus grandes manos se aferraran a la chamarra que tenía puesta en su delgado cuerpo y tratara de encerrarla en su pecho, donde pertenecía desde que esa amistad había nacido.
-Te veré pronto.- Le susurró al oído.
-Más te vale.- Respondió. Las lágrimas ahogando su voz, fina como una niña esperando a sus padres en un parque.
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Lo más gracioso del paso del tiempo es ver cuánto puede realmente cambiar el panorama en solo unos meses. Unos muchos meses. Unos años.
Mientras que las estaciones transcurren como una serie de cambios permanentes que inequívocamente se sucederán una a la otra, son las acciones que tomamos en esos lapsos los que cambian la verdadera percepción del tiempo.
Es decir, el otoño que Kazuki y Sendoh partieron a Estados Unidos quedó marcado para Hanamichi como la pérdida de su cercanía física, pero el crecimiento de valerse definitivamente por sus propios medios, aún con Yohei.
Dos otoños después, Yohei estaba conviviendo felizmente, lamentándose que su novia no fuera adepta al matrimonio temprano.
Un otoño más tarde, Ayako supo que esos días en los que "accidentalmente" no había utilizado protección habían resultado en su primer embarazo. Ryota Miyagi supo lo que realmente era la felicidad y el horror al mismo tiempo de enterarse, aún cuando gritara a los cuatro vientos que había nacido preparado para ello.
¿Haruko?, bueno. Haruko y Hanamichi volvieron a hablarse mucho tiempo después. Era claro que ninguno de los dos tendría rencores por el otro. Y quizá, después de tanto de conocerse, una amistad sincera fue posible. Hanamichi por primera vez vio a la más joven de los Akagi como algo más que un interés amoroso. Quizá el mejor rol que ambos podrían cumplir en la vida del otro.
Ese mismo otoño, Mitsui y Kogure mandaron a la mierda todos los prejuicios que pudieran conocer, alquilando un apartamento pequeño y amueblado para ambos. 1997 era un año de cambios, incluso en la sociedad japonesa. Quizá pudieran moverse tantos hilo como fuera posible y que todo fuera para mejor a partir de ahora.
Claro que no todo sugiere una transición. Algunas cosas permanecen quietas, porque son pilares que el agua irá erosionando a un ritmo mucho más pausado. Por eso el grupo más cercano al ex capitán Akagi supo siempre que permanecería soltero y sin interés en una relación romántica hasta entrados los treinta. Era algo que cuando finalmente cambiara, significaría el apocalipsis absoluto. Era broma. O no. Quien sabe.
Algunas cosas no cambian. Como esa amistad que unió por tanto tiempo a los dos imbéciles más enormes de Kanagawa. Los que se llamaban a cualquier hora y se insultaban telefónicamente como si pudieran verse a la cara. Esas conversaciones que el altísimo base de Los Ángeles Lakers disfrutaba ver bebiendo limonada y esquivando los manotazos de su esposa riendo en silencio para no interrumpir la oleada de blasfemias.
Tampoco cambió para Kazuki ese abrazo fraterno, ese que usaba solo con él. Porque el otoño de 1999, cuando Hanamichi Sakuragi bajó del Boing 747 que lo trajo desde Japón luego de dos escalas eternas, volvió a arrojarse a su cuello, casi tirándolo al piso.
Su peinado, ahora con el cabello crecido en puntas y recién teñido. Su altura crecida hasta casi rozar el metro noventa y cuatro. Su pecho más amplio y la espalda mucho más formada.
También se asombró de verla con los mechones de cabello largos por la mitad de su espalda, y la curvatura de su cintura contra sus brazos más formadas de lo que podía recordar. Por fin esa gata escuálida había crecido.
El rostro de Sendoh no hacía más que sonreír un poco más atrás, cruzado de brazos y deseando que ese instante pudiera ser grabado para siempre.
-Bienvenido, pelirrojo idiota.
La vida cambia. Muchas otras cosas, no.
