Capítulo 70

"Los Clérigos"

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En aquel gris amanecer, la caverna estaba fría y sombría a pesar del trepidante fuego, Aldebarán avisó que la lluvia había cesado a lo largo de su guardia; pero cuando Shura asomó la cabeza por la grieta advirtió que la niebla formaba un manto gris sobre el paisaje.

-Lo siento, pero queda muy poca comida- dijo Aioros echando los últimos cereales de la bolsa de Saga dentro de una olla de agua hirviendo.

-No esperábamos hacer otra parada-añadió Saga disculpándose, -Habríamos guardado algo de carne

El joven Tauro devoró su porción y se dispuso a observar la de los demás.

-¿Vas a comerte eso?- preguntó señalando la rebanada de pan que correspondía a Aioria. El niño suspiró y le extendió su porción. Milo, viendo que la mirada de Aldebarán comenzaba a rondar su plato, se tragó su cereal, atragantándose por la prisa.

-Por lo menos eso le mantiene callado- pensó Aioros, gozoso de descansar de la voz del chico durante un rato. Desde que se habían despertado, Milo no había dejado de tomarle el pelo a Aioria sin piedad alguna, llamándole "capitán" y "sirena en apuros", preguntándole el precio del pescado y cuánto costaría transportarlo entre dos de ellos sobre los charcos que se habían formado por la lluvia; al final Aioria le lanzó una piedra y Saga envió a Milo a lavar las cacerolas al lago.

Ya habiendo descansado, acordaron volver de inmediato al Santuario, Shura pidió encarecidamente desacelerar la marcha al cruzar los caminos pavimentados para evitar algún otro acontecimiento como el día anterior y todos estuvieron más que de acuerdo. Después de asegurarse que no dejaban huellas, echaron a correr de nuevo por el escarpado terreno.

-Alguien debería ir por delante- indicó Aioros al tomar la retaguardia, -en caso de que…¡No Aioria, tú no!

Pero el chico ya se adelantaba en heroico intento para recuperar un poco la dignidad que había perdido la noche anterior. Aioros resopló y todos reanudaron la marcha.

-Éste clima me parece inusual- le comentó Saga, -No es común que llueva tanto ya pasado el verano, y ¿qué sucede con ésta niebla?

-Lo sé- contestó su compañero, -Ha llovido lo suficiente para formar una crecida en los ríos y al cruzar el lago anoche, el agua me ha parecido…extraña.

-¿Extraña?

-Sí- dijo Aioros tratando de describir aquella sensación, motes de luz matutina se filtraban por las copas de los árboles, y a pesar de que el rocoso bosque era una mancha verde que se deslizaba con rapidez ante sus ojos debido a correr usando cosmo, las siluetas de los demás eran claras y se movían con normalidad, como si ellos existiesen en un plano diferente. –Como si estuviera muerta.

-¿Cómo describes al agua viva estúpido?- le descalificó Saga.

-No estoy seguro. En fin, tal vez sea mi imaginación.

Shura observó atentamente el camino que estaban recorriendo, percatándose de pronto que seguían un sendero lodoso y que además, éste no llevaba mucho tiempo de haber sido marcado; la hierba no estaba seca al centro ni los arbustos al borde se habían apartado. Delante, Mu y Aldebarán señalaban algo. Junto con Saga y Aioros, Shura echó a correr con renovado ahínco hacia ellos.

-¿Ahora qué sucede?- preguntó Saga.

Mu contestó con suavidad.

-Regresa el explorador.

Aioria corría hacia donde estaban haciéndoles una señal con los brazos.

-¡A la maleza!- ordenó Aioros. A excepción de Saga, todos abandonaron rápidamente el camino y se zambulleron entre los arbustos y matorrales.

-¡Vamos!- Aioros agarró a Saga por el brazo, pero éste se soltó.

-Conociéndonos, no vamos a lograr pasar desapercibidos por más de unos minutos. Si de algún modo podemos mezclarnos mejor con el ambiente, creo que ésta es la manera.

El joven Sagitario apretó los labios y se volvió para esperar a su hermano, en silencio y con expresión seria. La cinta roja de su cabeza parecía una aureola de fuego que jugaba con la luz.

Aioria llegó corriendo hasta donde ellos estaban. Con voz entrecortada dijo:

-¡Clérigos! Un grupo de clérigos. Son ocho.

Saga resopló.

-Creí que se trataba de un batallón de espectros; supongo que sabemos tratar a un grupo de clérigos.

-No lo sé- flotó hasta ellos la voz de Shaka por entre los arbustos del camino. Habiendo escuchado que eran clérigos, a Shaka no se le escapó porqué habría un grupo de ellos merodeando por las montañas a distancia considerable de cualquier ciudad o pueblo a la redonda; en un sendero nuevo que incluso para ellos usando cosmo había sido complicado de hallar en medio del bosque y de acuerdo a Camus, el camino que tenían delante tampoco estaba en ningún mapa. -¿Por qué habría clérigos de cualquier religión en medio de ésta espesura? La carretera pavimentada es mucho mejor si lo que desean es llegar a algún pueblo, y tampoco es que haya algún templo dedicado a otro dios distinto a Atena por ésta región pues seguimos estando muy cerca del Santuario.

Los demás sopesaron sus palabras, Aioria les cortó aún dubitativo

-Hemos visto clérigos de todas las religiones del presente y pasado en los libros de la biblioteca y nunca había visto unos como éstos-. Miró aprensivamente hacia el camino y después levantó la mirada hacia su hermano mayor con una expresión insólita en el rostro. –Van encapuchados y vestidos con pesados ropajes, como si esperaran éste clima tan raro. Y la verdad Aioros, es que me han producido una sensación tenebrosa –el chico se estremeció. –Los verán en un momento.

Aioros miró a Saga y éste arqueó las cejas. Ambos sabían que después del desafortunado incidente en el lago, Aioria jamás habría admitido tan pronto que alguna otra cosa le producía temor de no haber razón poderosa tras ello. De hecho, ninguno de los dos recordaba que la visión de cualquier otra criatura en los libros o no, hubiese provocado en Aioria una "sensación tenebrosa", además por su naturaleza, el joven Santo de Leo era más inmune a la sensación del miedo que cualquiera de ellos.

-Aquí vienen- dijo Saga de pronto. Él, Aioros y Aioria dieron un paso atrás hacia las sombras de los árboles y observaron a los clérigos que lentamente, aparecían por una curva del camino. Se hallaban demasiado lejos para que ninguno de ellos pudiese deducir algo excepto que su paso era muy lento, arrastrando tras ellos una carreta.

-Si no vas a esconderte, tal vez puedas hablar con ellos Saga-dijo Aioros en voz baja- Tal vez puedan informarte sobre lo que sea que haya marcado éste sendero, pero ten mucho cuidado, amigo mío.

-Lo tendré- contestó Saga sonriendo. El chico apretó el brazo de Aioros durante un instante; luego flexionó los brazos para poder moverse con rapidez en caso de necesitarlo. Cruzó al otro lado del camino y se apoyó en el tronco de un árbol con la cabeza gacha y el cabello púrpura meciéndose con el viento. Aioros dudoso, permaneció unos instantes inmóvil y luego se dirigió a la maleza seguido de Aioria.

Por la apariencia de Saga, resultaría evidente que aquel muchacho no era común, sus ropas podrían haber sido de cualquier período helénico antiguo, contemporáneo incluso a la Primera Generación. Pero las túnicas de los clérigos no era mucho más modernas, y todos se preguntaron si se trataría de alguien con quien había que pelear o alguien a quien interrogar.

-¿Qué sucede?-gruñó Ángelo cuando ambos hermanos aparecieron, se había acuclillado tras una roca y no lucía demasiado cómodo. Los demás se hallaban escondidos tras gruesos matorrales, a pesar de los cuales, podían ver claramente el camino.

-¡Shh!- Aioros se agazapó entre Aldebarán y Afrodita que se habían agachado a pocos metros de distancia, -Se acerca un grupo de clérigos por el camino. Saga va a interrogarles.

-¡Clérigos!- resopló Ángelo despreciativo sentándose con pereza sobre la hierba, pero Afrodita se agitó intranquilo.

-Clérigos- murmuró pensativo, -esto no me gusta nada.

-¿Qué quieres decir?- le preguntó Aioros.

El niño le miró, se había atado los cabellos en una coleta y era en esas ocasiones en que su fina estructura facial hacía difícil distinguir si se trataba de un chico o una chica, en sus ojos azules distinguió más que nunca su astucia.

-Venimos caminando por un sendero de difícil acceso, y sin embargo no lleva semanas desde que fue trazado. Y a pesar de todo, nos encontramos con éstas personas transitando por él como si nada, de mañana después de una lluvia torrencial.

-Aioros- dijo Camus desde el otro lado, se había acercado tan sigilosamente que el muchacho se sobresaltó al escucharle, notó su rostro ensombrecido por la preocupación –He leído muchos más libros que ustedes y estudiado religiones que llevan siglos extintas; a pesar de que parezcan clérigos; dudo que en verdad lo sean. El estilo de su vestimenta data de siglos mucho más antiguos que los del Patriarca.

-Silencio- musitó Shaka, tenía los ojos abiertos y todos notaron que no los había cerrado desde el día anterior, -Ya llegan.

Volvieron a mirar hacia el camino y vieron que las figuras encapuchadas seguían avanzando lentamente, tirando de la carreta. Saga continuaba apoyado en el tronco, mirando hacia el cielo.

Mientras los Santos de Oro aguardaban en silencio, el cielo se oscureció, invadido de nubes grises. A los pocos segundos el agua de la lluvia comenzó a filtrarse a través de las ramas de los árboles.

-¡Maldición, está lloviendo!- refunfuñó Milo.-No es suficiente con tener que agacharme tras un matorral como un sapo, sino que además…

Aioros miró al chico, quien farfulló algo más y luego guardó silencio. Pronto no se oía nada más que el repiqueteo de las gotas sobre las mojadas hojas y sobre las piedras. Era una lluvia fina y constante, de esas que empapan hasta las ropas más gruesas. Aioria comenzó a toser, cubriéndose la boca con la mano para amortiguar el sonido, ya que todos le miraron alarmados.

Vittoria miró hacia el camino. Al igual que Camus, en todo lo que le habían hecho estudiar, de contenido mucho más extenso y detallado que sus compañeros, nunca había visto nada comparable a éstos clérigos. Eran altos, debían medir un metro noventa e iban ataviados con largas túnicas y amplias capas con capucha. Sus manos y pies también estaban cubiertos de tela, como los vendajes que ocultan las heridas de los leprosos. A medida que se acercaban a Saga, comenzaron a observar con cautela a su alrededor. Uno miró fijamente hacia los arbustos donde se hallaban escondidos, quienes lo único que podían ver de los recién llegados, a través de una rendija en el embozo, eran unos brillantes ojos oscuros.

Aquellos ojos perturbaron a Niké, eran ojos maliciosos y arteros…ojos que habían visto el lado oscuro del cosmo.

-Salve, joven recluta del Santuario- dijo en griego común el clérigo que iba a la cabeza. Su voz era hueca y sibilante: una voz inhumana. Todos se estremecieron.

-Saludos, hermano- contestó Saga, también en común –Me alegra me hayáis reconocido.

-No es difícil identificar la vestimenta de un habitante de la Montaña Sagrada de Atena.

-Y sin embargo, yo no he podido identificar la vuestra. Hace un día frío y húmedo para viajar sin duda-añadió el chico señalando el cielo, -Pero me temo que vuestros ropajes se me han hecho un tanto extraños. Podría preguntar ¿de dónde venís?

-Originariamente venimos del este- contestó el clérigo misteriosamente -Pero hoy venimos de Anthili. Tienes razón al señalar lo inadecuado de nuestras ropas. De hecho, no realizaríamos éste viaje si no fuera por necesidad ¿te diriges a Delfos, joven guerrero?

Saga asintió y varios de los clérigos situados tras la carreta se miraron unos a otros murmurando entre sí. El que parecía ser el jefe se dirigió hacia ellos en un extraño lenguaje gutural. Aioros miró a sus hermanos de armas. Camus negó con la cabeza y los demás hicieron lo mismo; ninguno reconocía aquel dialecto.

-Tenemos gran curiosidad por las noticias que vengan de Delfos, joven- dijo el clérigo empleando de nuevo el griego común.

-He oído que unos pocos de nuestros camaradas causaron algunos disturbios en la ciudad antigua- contestó Saga sin vacilar, -Viajo hacia allá como explorador de mi orden para saber los sucesos exactos y prestar mi ayuda en la medida de lo posible.

-Nosotros también escuchamos esos rumores joven guerrero- aportó el clérigo, -Hemos oído que se trata nada más y nada menos que de la Orden de Oro, los Santos más importantes al servicio de Atena.

Saga fingió una expresión indiferente aunque los ojos le chispearon.

-Me temo que no tengo autoridad para negar o confirmar tales rumores hermano.

-No es necesario. Si la Montaña Sagrada se encuentra en condiciones de dejar salir a sus guerreros más importantes, entonces se encuentra en condiciones de muchas otras cosas. Como ayudarnos a recuperar algo que nos fue robado hace mucho tiempo.

-Si es tan importante, -Saga arqueó las cejas, -como para que salgáis de vuestro templo en tan deplorables condiciones ¿cómo es que hasta ahora pensáis en recuperarlo? ¿o perder siquiera un objeto tan valioso?

-¡No lo perdimos!-contestó el clérigo furioso. –Le fue robado a nuestra sagrada orden. Nuestro jefe requirió mucho tiempo para rastrear el robo y ubicarlo en vuestro Santuario, largos años han pasado y…de todas formas, nuestro oráculo nos indica que importantes sucesos que involucran las reliquias que nos fueron robadas están por acaecer en la montaña de Atena y hacia allí nos dirigimos- señaló la parte trasera de la carreta –Para nosotros este viaje incómodo, comparado con el dolor y la agonía que sufre nuestro dirigente por tamaña vejación, no es sino un pequeño sacrificio.

-Me temo que no puedo ayud…-comenzó a decir Saga cuando de pronto, de la carreta cubierta comenzaron a sonar extraños lloriqueos.

-¿Qué es eso?- preguntó.

-Nada joven guerrero, es el pago por la devolución de nuestras reliquias- contestó el clérigo indicando a sus compañeros que era momento de reanudar la marcha.

La pesada carreta comenzó a avanzar, pero Saga no estaba dispuesto a dejarlos pasar ahora. No después de saber que acusaban al Santuario de un robo y no conocer lo que contenía la carreta.

-¡Alto ahí!- gritó Vittoria. Aldebarán trató de sujetarla pero ya era tarde; se había levantado y se dirigía decidida hacia los clérigos, comparada con ellos Vitt no era más que una diminuta maraña de rojo. Aldebarán se irguió y la siguió a través de los arbustos.

-¡Vitt!- Aioros arriesgó un agudo susurro.

-¡Tenemos que saber!- fue todo lo que ella contestó usando la variación antigua del griego, vernáculo en el Santuario. Aioros presintió el peligro, pero antes de que pudiese hacer nada, Shura se puso de pie.

-¡Esos dos no pueden ir solos!- declaró surgiendo del seto tras Aldebarán.

-¿Se han vuelto todos locos?- gruño Aioros y, agarrando a Milo por el cuello de la camisa, lo arrastró de vuelta cuando ya estaba dispuesto a correr alegremente tras Shura. –Camus, vigila a éste bicho. Afrodita y Ángelo…

-No hay necesidad que te preocupes por nosotros Aioros- susurró Ángelo, -No tenemos intención de movernos de aquí.

-Bien, así es mejor. Mu y Shaka, manténganse cerca por si requerimos sus técnicas.

Aioros se puso en pie y se dirigió al camino mientras sentía la mirada atenta de su hermano menor clavarse en su espalda; pero no pudo por menos que notar que al acercarse a los clérigos, le invadía de nuevo aquella "sensación tenebrosa"

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-Saludos, hermanos- dijo Vittoria. Su voz clara tintineó como una campanilla y sus ojos del color gris de las nubes sobre aquella lluvia tenían una expresión indescifrable. La niña reparó en el rostro de sorpresa de Saga, y comprendió el aviso de Aioros.

Pero la actitud de Vitt no era la de una niña malcriada; ella no era así. Había aprendido el papel que le correspondía en la vida de los Santos de Oro, se lo habían repetido hasta el cansancio y entrenaba duramente para ser digna de desempeñarlo. No era su destino guiarlos tanto como ayudarles, y ahora mismo era extremadamente consciente de estar haciendo algo peligroso, y además, aunque esos extraños clérigos la llenaban de repugnancia, evidentemente sabían mucho más sobre el Santuario de lo que era conveniente para cualquiera en la montaña, y para protegerlos a todos como era su deber, ella necesitaba averiguarlo.

-Soy la guardiana de los secretos del Santuario- dijo, no era verdad pero tampoco podía decirse que fuese mentira y a pesar de la diferencia de tamaños, Vitt se plantó con seguridad frente al jefe clérigo, había algo en la carreta que tiraba de su alma como si fuese un suspiro de lejana añoranza -Y nunca he sabido que hayamos robado nada. Por lo que os ruego me aclaréis el asunto.

Shura y Aldebarán se situaron uno a cada lado de ella y Saga se colocó por detrás, con los puños crispados y una expresión de impaciencia en el rostro.

-Eso es lo que tú crees- contestó el clérigo con voz suave y burlona. Se quedó mirando con ojos ávidos, oscuros y brillantes a la niña y alargó su envuelta mano para acariciarle la cabeza. Rápidamente Vittoria se apartó.

-La Montaña es custodia de innumerables secretos a través de los siglos, algunos terribles y otros que sería mejor olvidar. Si como dices, les hemos robado algo, haré lo que esté en mi mano para devolvéroslo, pero no entregaré nada ni a ti ni a nadie hasta que esté firmemente convencida de que tenéis derecho a reclamar.

El clérigo titubeó y miró a sus compañeros. Shaka, desde los matorrales, vió como señalaban nerviosos las extrañas fajas de tela que llevaban atadas alrededor de sus ondeantes túnicas. Las fajas eran curiosamente anchas y tenían unas raras protuberancias en la parte inferior que evidentemente no estaban hechas para los libros de oraciones. Resopló de frustración, confiando en que Aioros o los demás que se hallaban cerca hubiesen prestado atención a esos detalles, pero Saga estaba distraído y Aioros se acercaba con cautela por el otro lado. Shaka, con cuidado removió a Mu para susurrarle lo que había visto.

Al final, el clérigo asintió sumisamente con la cabeza, cruzando los brazos bajo las mangas de su túnica.

-Nuestro jefe fue el primer fabricante de Armaduras Sagradas desde tiempos inmemoriales- murmuró procurando controlar la ira, el grupo del Santuario no pudo evitar un respingo, -Y vuestro Santuario, en lugar de pagar lo acordado, selló su espíritu y robó las Armaduras. La prueba está en la carreta.- dijo con un hilo de voz, -Una vez halláis visto su interior, os aseguro que quedaréis convencidos que los Mantos Sagrados no os pertenecen. Y espero consideréis acompañarnos a vuestro hogar para…

-Iremos a donde creamos oportuno, hermano- gruñó Vitt.

"¡Qué pandilla de estúpidos!" pensó Aioros, pero decidió guardar silencio en caso de que no se cumplieran sus sospechas.

La pertinaz lluvia había cesado, las ropas de todos estaban empapadas dificultando su movimiento. Vittoria y el jefe de los encapuchados se dirigieron hacia la carreta seguidos de Saga. Shura y Aldebarán se quedaron donde estaban, observando con interés. Cuando llegaron a la parte trasera, el clérigo hizo ademán de cargar a Vitt para que viera, pero ella se apartó de nuevo acercándose por sí misma. El sujeto bajó de nuevo la cabeza y apartó la tela que cubría la carreta. Vittoria se asomó al interior.

De pronto se originó una gran confusión. Vittoria gritó, hubo un intenso destello de luz blanca y el aire se llenó de flores de cosmo que volaron de golpe hacia la carreta, Vitt saltó hacia atrás mientras Saga levantaba los puños en gesto protector. El clérigo se llevó un cuerno a los labios y se oyó un sonido largo y quejumbroso.

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-¡Shura! ¡Aldebarán!- chilló Aioros, -Es una tramp…

Algo muy pesado cayó sobre el chico derribándolo al suelo. Unas manos fuertes buscaron su garganta empujándole el rostro contra el barro y las hojas mojadas. Los dedos de su atacante se cerraron en torno a su tráquea. Aioros intentó respirar pero su nariz y boca estaban llenos de lodo, por lo que casi sin respiración, tiró frenéticamente de las manos que intentaban estrangularle pero el apretón era increíblemente fuerte y Aioros sintió que perdía la consciencia. De pronto escuchó un sonido ronco y un crujido de huesos rotos. La presión fue cediendo y alguien le quitó de encima aquel pesado cuerpo.

Aioros consiguió ponerse de rodillas y, jadeando dolorosamente recuperó la respiración, levantó la mirada y vio a Milo y Camus, uno con un leño en la mano, ambos con el cosmo activado y mirando fijamente el cuerpo que yacía a sus pies.

El joven Sagitario se sobrecogió horrorizado. Aquel cuerpo no era el de un hombre; de la espalda le salían una especie de alas como de murciélago, las largas manos y pies acababan en garras, pero como ellos, caminaba sobre los pies. Su rostro era el más terrorífico que ni aún las descripciones de las más cruentas batallas de sus vidas pasadas podrían alcanzar a evocar. Sus facciones eran de hombre, pero era como si, mediante algún ritual maligno se las hubiese deformado hasta darle el aspecto de un reptil.

-¡Por todos los dioses!-exclamó Ángelo acercándose, -¿qué es ésta extraña criatura?

Antes de que Aioros pudiese contestarle, vio un resplandor de luz blanca y oyó que Vittoria gritaba.

Mientras Aioros era agredido, Vittoria había mirado al interior de la carreta y se preguntaba qué probaba el robo por parte del Santuario si quienes estaban allí eran un grupo de personas enfermas con la piel escamada y el rostro deformado. Se había extrañado casi tanto como aquellos seres que se dieron cuenta que era un enemigo y trataron de ocultar entre ellos a dos niños amordazados; llevada por la curiosidad espontánea, Vitt se había acercado para luego saltar hacia atrás en el momento en que dos de aquellas criaturas se le abalanzaban, Niké en gesto reflejo se defendió y su cosmo al salir produjo un enceguecedor estallido de luz blanca mientras el aire se llenaba con sus flores; ambos seres chillaron de dolor y cayeron hacia tras retorciéndose con los brazos chamuscados. Saga se aproximó en su ayuda pero cuando vio a los dos niños llorando al interior de la carreta cayó en un estupor que le dejó momentáneamente inmóvil.

Niké sabía que ninguno de ellos podría usar sus ataques reales por miedo a partir la tierra en dos; por lo normal luchaban en el Santuario o en algún otro sitio imbuido con el cosmo de un dios; razón por la que el lugar soportaba las bestiales descargas de cosmo y técnicas diseñadas para hacer caer las estrellas. Pero en aquel senderillo, se arriesgaban a provocar una catástrofe, como la que sacudió a Elvetia la noche en que Saga y Aioros despertaron su cosmo. Ni siquiera sería posible para ella utilizar su lanza de Libra a máxima potencia.

Era sucio y ella lo sabía, pero tomó la espada de uno de los seres que había caído al suelo retorciéndose de dolor y la usó para abrirse paso de nuevo hacia el interior de la carreta.

-¡Saga!

El grito de Vittoria sacó a Saga de su estupor. Éste se giró para ver como la niña se encaramaba al lado de la carreta para obstruir la rueda y evitar que se la llevasen como estaba viendo que intentaban hacer otros dos de esos repugnantes clérigos. Agarró a uno de ellos por detrás mientras los otros salían de la carreta, tres de los que salían por delante se internaron en la espesura, un segundo ser ya sin vendajes se dirigió hacia él, era la criatura más horrible que Saga hubiese visto nunca, su verde piel viscosa estaba cubierta de escamas y cuando lo golpeó con el puño desnudo se percató que les hizo el mismo efecto que la picadura de un mosquito.

Tendrían que usar cosmo.

Shura ya se había dado cuenta que los clérigos les habían tendido una trampa y había levantado el brazo para usar Excalibur, pero se dio cuenta que podría herir a sus compañeros que se movían por la pelea y decidió usar una variación de su técnica, la cual había perfeccionado con gran esfuerzo. De la misma manera en que el cosmo de Aioria podía comunicar descargas eléctricas o el de Camus un frío congelante; Shura tajaba la superficie de las cosas; pero hasta ahora nunca lo había probado con un ser vivo. A través de los maderos de la vieja carreta, había visto unas manos garrudas tratando de atacar a Vittoria y a Saga. Al abalanzarse para cubrirlo, le sorprendió ver la reacción del muchacho que retrocedía mientras una de las criaturas tomaba una enorme hacha de batalla y la agitaba en su dirección, luego pareció reaccionar y tomó a uno de los enemigos que intentaba tirar de la carreta en medio de los gritos de órdenes y maldiciones en aquel extraño lenguaje; Saga le tiró un puñetazo que sólo llamó la atención de la criatura hasta que Shura corrió hasta ellos y le propinaba una descarga de su cosmo tan potente que el hombre reptil se deshizo en decenas de cortes al tiempo que Saga soltaba un grito de dolor, cayendo hacia atrás mientras se sujetaba la pierna, en ella había varios cortes de los que manaba sangre. Shura contempló horrorizado como su ataque había alcanzado a su amigo pero al acercarse para ayudarle, los trozos del enemigo que había derrotado explotaron con violencia como si se tratase de pólvora, enviándolos a ambos a varios metros de distancia.

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Cuando Aioria vio las flores de cosmo de Vittoria supo que los habían emboscado, por lo que resolvió de inmediato atacar usando sus propias técnicas. Era consciente de que los ataques de Leo estaban fuera de discusión pero una o dos descargas eléctricas y esas criaturas no se moverían más. Sin percatarse del ataque a Aioros, se arrastró por debajo de los matorrales para salir al sendero al mismo tiempo en que Aldebarán usaba sus poderosos puños imbuidos en cosmo para noquear a uno de los clérigos, cuyos vendajes ardieron al contacto con la energía del santo de Tauro revelando al caer un rostro de pesadilla. Aioria y Aldebarán se miraron sobrecogidos pero el grupo que salió de la carreta se dividió para tratar de empujarla, era evidente que trataban de huir con su contenido. Ambos Santos se dirigieron hacia ellos y las criaturas de la derecha se volvieron para hacerles frente.

Desde donde estaban no podían ver a ninguno de sus compañeros, así que Aioria se deslizó con la agilidad de un gato entre dos de sus oponentes dándoles una potente descarga de miles de voltios que les calcinó por dentro. Sin embargo, antes de que éstos cayeran al suelo, sus cuerpos explotaron con tal intensidad que le envolvieron en una llamarada.

Oyó gritar a Saga mientras Aldebarán le empujaba hacia fuera del súbito incendio.

-Me parece que estallan al morir, he visto otra explosión del otro lado de la carreta- jadeó. Por el rabillo del ojo vieron llegar a Mu y a Shaka, éste último había cerrado los ojos.

-No los maten- avisó, -Detonan una explosión.

-Lo hemos visto- dijo Aldebarán.

-Me parece que debemos evitar que se lleven la carreta- observó Mu ayudándoles a ponerse en pie.

Los cuatro se dirigieron hacia ella y ya más cerca se percataron que Vittoria estaba rodeada y más allá a Saga y Shura que no estaban luchando.

Se disponían a dividirse cuando Ángelo y Aioros les alcanzaron.

-¡Quédense con Vittoria!- les gritó Aioros al pasar. Desde lejos, con una admirable puntería; Afrodita se puso a tirar afilados pedruscos a las criaturas que se acercaban demasiado a Saga que luchaba por no desmayarse mientras Shura le hacía un improvisado torniquete con la camisa. Ángelo y Aioros comenzaron a pelear con uñas y dientes para llegar junto a ellos y reagruparse.

En la carreta, Shaka protegía a Mu que requería toda su concentración para mantener el Muro de Cristal levantado y guardar el interior mientras Vittoria defendía un lado y Aioria y Aldebarán el otro. Haciendo una maniobra, éste último sintió como perdía el control del cosmo usado en uno de sus puñetazos, acercándolo demasiado a la potencia del Gran Cuerno. El suelo se salvó de partirse, pero la criatura se giró y lo golpeó babeando y aullando de rabia en su agonía, el ser lo rodeó con sus brazos y lo empujó contra el lodoso suelo. Aldebarán sabía que la criatura estaba muriendo por lo que se esforzó en controlar el terror y el asco que le producía el contacto contra esa piel viscosa. Cuando dejó de forcejear supo que sólo tenía unos pocos momentos para lanzar el cuerpo antes de que éste explotara; se acostó a velocidad vertiginosa transversalmente y lanzó de una patada al cadáver contra los árboles, que gracias a la humedad del ambiente, no ardieron en fuego. Pero se había distraído queriendo evitar que la explosión le alcanzase a él o a sus hermanos de armas que luchaban cerca. Así que al ponerse de pie sintió un dolor cortante, perdiendo la visión pues los ojos se le llenaron de sangre. Completamente cegado, dio un traspié y a continuación sintió un peso aplastante que lo derribó de bruces contra el suelo.

Aioria gritó.

-¡Aldebarán! ¡No!- oyó la voz de Shaka, escuchó un forcejeo seguido de una especie de estallido distinto al de las temidas explosiones; pero el dolor de su herida le rebasó y ya no escuchó nada más.

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Milo y Camus se aterrorizaron tanto como Aioros cuando vieron el rostro de su atacante sobre la hierba junto al camino, y cuando oyeron a Vitt gritar se aproximaron hacia ella antes que Aioria; pero cuando el ambiente se aclaró después del estallido de luz blanca, Milo vio como tres de los que salían por delante de la carreta se dirigían a los árboles, uno de ellos portando una especie de uniforme que le distinguía del resto. Suponiendo alarmado que irían a alertar a más enemigos en algún lugar del bosque, el chico exclamó:

-¡Vamos!- agarrando a Camus por el brazo, lo arrastró consigo.

Se internaban en los matorrales cuando oyeron las explosiones y las flores de cosmo de Niké flotaban hacia la carreta.

Corrieron unos cuantos metros antes de que las criaturas se dieran cuenta que eran seguidas, se detuvieron para encararlos, el que parecía el jefe emitió una risa estridente y cruel. Luego se quedó muy quieto y levantó las manos en su dirección, cerrando los ojos con lentitud comenzó a recitar palabras, no en el abyecto lenguaje que les habían oído, sino en el clásico griego antiguo que ellos entendían a la perfección.

Camus levantó las cejas.

-Yo invoco a la tierra…

El Santo de Acuario era probablemente la persona menos supersticiosa en toda la Montaña de Atena, pero aquellas palabras le helaron la sangre; tal vez porque eran pronunciadas por un ser de pesadilla con aspecto de larva de dragón o porque la criatura misma parecía haber salido como producto de un ritual maligno.

Eran palabras mágicas, de encantamientos oscuros en la antigua Grecia. Katares les llamaban. Pronunciados por un mago de renombre, los hechizos eran con frecuencia bastante útiles en la Edad Oscura. Camus no creía en la magia pues tenía el cosmo, pero no iba a quedarse quieto para averiguar si los poderes de antaño habían regresado.

-Tenemos que matarlo

-¿Qué?- se anonadó Milo, las palabras de boca de su amigo habían sonado tan oscuras como el contenido de lo que aquel ser estaba diciendo.

Camus sabía que las consecuencias de interrumpir el hechizo de un mago podían ser tan catastróficas como las de interferir con el ataque de un Santo en entrenamiento, pero no tenían opción.

-¡Ahora!

Ambos Santos se lanzaron hacia delante con los puños crispados llenos de cosmo, pero las otras dos criaturas se apresuraron a su encuentro.

-Yo me encargo- gritó Milo contagiado por el pánico que había visto en Camus, -¡Ve!

El chico tomó impulso para saltar por encima de la criatura que le cortaba el paso, hizo una maroma para apoyarse sobre su cráneo y llegar directamente a donde estaba el mago; al tocar al primer enemigo, le congeló la cabeza y éste cayó sobre una roca, muerto. El chico se disponía a soltar una patada sobre el estómago del hechicero cuando una explosión envolvió a Milo y al otro hombre reptil engarzados en una pelea a puñetazos. Camus se desconcentró por un segundo y de los dedos garrudos de la criatura que formulaba el encantamiento salieron dardos de ácido líquido. En acto reflejo, cuando cruzaron su espacio vital, el niño los congeló. El vacío creado por su onda congelante en choque contra la fuerza de lanzamiento de los dardos lanzó al mago reptil hacia atrás, el chico aprovechó para saltarle sobre el pecho y congelarle la tráquea. Se oyó otro estallido tras él pero no prestó atención, se sabía más fuerte cuando en el ambiente había agua.

-¿Quiénes sóis? ¿Quién os manda?

El ser sabía que disponía de unos momentos antes de ahogarse, pero sólo soltó una carcajada maquiavélica. Camus suspiró y luego notó que en milésimas de segundo, el cuerpo bajo sus grebas se calentaba para luego-

-¡Apártate!- Milo lo agarró de la cintura y se lanzaron tras una roca. Se oyó una intensa combustión.

-Explotan al morir, fue eso lo que oímos antes de dejar el sendero. Los otros dos también estallaron- explicó una vez que todo hubo terminado. -¿Eso era un katare?- preguntó incrédulo viendo el uniforme que el extraño nigromante había dejado atrás.

-Eso parece, no sé si hubiese funcionado pero era evidente que no era la primera vez que lo hacía- respondió Camus, examinando junto con Milo, los chamuscados restos del uniforme; era una túnica de largo medio, color negro con dorado y sobre la pechera llevaba la insignia de un dragón sujetando un cordero con sus enormes alas de murciélago.

-¿Qué eran esas cosas Camus?

-No lo sé, pero hasta que no sepamos lo que quieren en verdad, es mejor evitarles.

Su compañero asintió, luego se quedó mirando el uniforme y aferró la insignia del dragón entre los dedos, doblándola con cuidado.

-Nos será útil cuando contemos al Patriarca todo éste lío.

-¡Shh!- dijo Camus mirando con atención hacia los bosques que se extendían sobre ellos. Se oyeron aullidos y chillidos, sonidos de pisadas y revoloteos desordenados. Ambos Santos se miraron levantando las cejas con expresión de alarma.

-¡Vámonos de aquí!

Explotaron su cosmo y corrían tan rápido que apenas tocaban el suelo, el camino que habían recorrido con anterioridad se volvió una madeja húmeda y verdosa. En pocos segundos llegaron al sendero donde habían dejado al resto del grupo, habiendo derrotado a su enemigo todos lucían agotados y con la cara llena de tiznones.

-¡Hemos de salir de aquí!

-¿Por qué? ¿Qué han hecho?- resopló Ángelo que terminaba de reparar la rueda de la carreta para echarla a andar de nuevo.

-¡Hay más!- gritó Camus mirándolos con urgencia. -¡Muchos más!

-¡Estarán aquí en un momento!- chilló Milo apenas mirando los restos de la batalla que sus compañeros habían librado.

Ángelo y Afrodita miraron hacia los bosques de donde habían salido y perdieron su expresión relajada. Milo y Camus les pasaron de largo.

Cuando escucharon la advertencia, Shura y Aioros estaban subiendo a Saga, completamente inconsciente a la carreta; el joven Capricornio tenía huellas de haber estado llorando. Aldebarán y Aioria, desmayados también, ya se encontraban en el interior junto con dos niños a los que nunca habían visto, demasiado pequeños aún para hacer otra cosa que mirar asombrados lo que ocurría a su alrededor. Había también un largo pergamino sellado.

-No podemos llevar la carreta- resolvió Aioros, pensando a toda velocidad depositando a Saga en el suelo.

-Puedo transportar a Saga y Aldebarán- dijo Mu apresuradamente, aún se veía débil por usar el Muro de Cristal tanto tiempo, -pero me temo que una tercera persona me resultará imposible.

-Milo y Camus, envuelvan a Saga y Aldebarán en las capas ¡deprisa!- indicó levantando a su hermano para echárselo a la espalda. –Afrodita, Ángelo…

-Los tenemos Aioros- respondió Ángelo, tomando en brazos a uno de los niños que había sobre la carreta mientras Afrodita tomaba al otro. Ya se escuchaban a las otras criaturas llegar.

-¡Vámonos!

-¡Larguémonos!

Vittoria había apilado los cuerpos de los enemigos inconscientes cerca de la vacía carreta, la chica tomó el pergamino e hizo un saludo marcial y sacando la lanza de Libra de su mano, cercenó la cabeza a todos los hombres reptil que había sobre el suelo de un solo tajo. La serie de explosiones se produjo al mismo tiempo que volvía a guardar la lanza, la carreta se incendió y el humo ayudó a cubrir el tramo de sendero en donde estaban.

El grupo miró a ambos lados del camino, y les recorrió un escalofrío al ver oscuras formas aladas. El sendero estaba cortado en ambas direcciones por lo que, a no ser que escaparan inmediatamente por el bosque, quedarían atrapados.

Con tres de ellos inconscientes, no sería fácil deslizarse por las colinas pero no tenían más remedio; se adentraron por los árboles agradeciendo que el humo aunque sofocante los ocultara.

El Santuario era el único refugio seguro, pero dando aquel rodeo, les tomaría aún más tiempo llegar a la montaña. El día anterior Delfos les había parecido cercano, pero ahora, en el camino de vuelta, daba la impresión que hacía mucho tiempo habían abandonado las Doce Casas.

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Aunque se sentían totalmente extenuados después de la lucha en la que habían participado, el grupo atravesó el frondoso bosque tan rápido como pudieron, y pronto alcanzaron las viejas vías romanas. Milo y Camus iban a la cabeza, los puños preparados y expectantes ante cada sombra, seguidos de Shaka y Mu, tras el joven Aries venían flotando los dos heridos envueltos en las mantas de cuero para protegerles de arañazos o golpes infligidos por las rocas. Luego estaban Ángelo y Afrodita cargando a los niños que habían rescatado, los chiquillos tal vez sintiendo el peligro no lloraban ni proferían sonido alguno, limitándose a observar todo con ojos muy abiertos, Aioros iba detrás con su hermano a cuestas y al último estaban Shura y Vittoria, escuchando atentamente.

-¿Por qué no nos siguen?- preguntó cuando llevaban más de una hora avanzando.

Aioros lo pensó un momento, había estado preguntándose lo mismo.

-No necesitan hacerlo, estamos atrapados. Seguramente habrán cortado todas las salidas del bosque y las colinas.

-De cualquier modo ellos también han de tener cuidado- dijo Ángelo, -Unas criaturas con ese aspecto no pueden simplemente caminar por ahí. Quiero decir ¿cómo se abastecen? ¿qué es lo que buscan?

"¿Habrán muchas más?" se preguntó Aioros. De pronto todos se detuvieron al escuchar gritar a Shaka. Shura corrió hacia él y encontró a Mu desfallecido.

-Me pondré bien- musitó, -pero debo descansar.

-A todos nos haría bien descansar un rato.

Nadie dijo nada y todos se dejaron caer agotados tratando de recuperar las fuerzas. Mu depositó a Aldebarán y Saga con cuidado sobre las hojas. Shaka le imbuyó un poco de su cosmo a Aioria para reanimarle y el chico abrió los ojos.

-Deja que yo lo intente- dijo Shura, -Necesitamos despertar a tres personas y no creo que dispongas de tanto cosmo.

-Transvasar cosmo no es tan sencillo Shura- le explicó Shaka poniéndole una mano para detenerle antes de que tocara a Aldebarán, -Debes hacerlo muy despacio, adaptando tu energía a la de otra persona para que el traspaso no se convierta en un ataque- el niño iba haciéndolo conforme lo explicaba. –Tienes que visualizar cada fibra de músculo llenándose de energía, sin empujarla o forzarla sólo dejándola ahí.

Aldebarán movió los músculos del rostro, comenzaba a despertar. La herida de su frente era un corte irregular que poco a poco iba tornándose morado.

-Ya lo hago yo Shaka- se acercó Vittoria, -He perfeccionado una técnica que creo ahora mismo nos será útil. Es mejor que ayudes a Mu a recuperarse.- el niño asintió e incorporándose fue a situarse junto a su amigo para pasarle cosmo. –Puedes practicar conmigo en cuanto termine con Aldebarán y Saga- añadió guiñando un ojo a Shura, sentado junto a ella sobre un tronco.

-No creo que sea buena idea.

-Claro que sí, de hecho es mejor que practiques pasar cosmo conmigo- descartó ella poniendo la mano sobre la herida de Aldebarán. –Mi cosmoenergía está hecha para sintonizar con la suya ¿sabes?- susurró en tono misterioso mientras el aire alrededor del chico herido se llenaba de sus flores de cosmo.

Shura se quedó mirándola. Era indudable que Vittoria era Niké, pero hasta ese momento realmente no la había considerado como una deidad; era en muchos sentidos como ellos, estudiaba y se metía en problemas, sacando de quicio a sus cuidadoras y practicando en el gimnasio; robaba comida de las cocinas con Milo y Aioria, y se entristeció cuando supo que ya no volverían a dormir en las cabañas de la Villa. Viendo el vientecillo de su cosmo removerle el largo pelo rojo y sus ojos grises expidiendo la luz blanca que ardía en su interior hizo en Shura el efecto de una aparición.

Vittoria era una diosa, y estaba allí, con ellos. De hecho, había visto lo que se vio obligada a hacer antes de dejar el sendero, matando a aquellas criaturas inconscientes y la inquietud de no saber si estaba bien o mal lo llenaba de confusión. Las batallas eran terribles y si uno quería ganarlas también debía volverse terrible, ¿tenía cabida el honor en todo eso? El honor y el orgullo eran muy importantes para él, estaba escrito en sus estrellas. Pero temía el día en que eso no fuera suficiente; ellos no eran normales, sólo volvían a la tierra cada dos siglos para pelear la misma guerra, una guerra que podían ganar gracias a su cosmo. La gente común no era así.

La gente común no tenía cosmoenergía. La gente común solo se preocupaba de sus cosechas y del precio del pescado. La gente común no sabía de aquella guerra que a ellos tanto les ocupaba y si la gente común se topaba con aquellos hombres reptil, perderían si ellos no estaban cerca. La gente común moriría si de pronto ellos se volvían villanos. La vida de la gente común lo único que probaba era que ellos no podían estar allí todo el tiempo, y que los monstruos ganaban.

-¿Estás bien Shura?- oyó la voz de Vittoria, había sanado la herida de Aldebarán y se encontraba tratando a Saga, cuya pierna estaba cubierta de heridas. El joven Tauro estaba pálido pero sereno, el corte en su frente había desaparecido y sólo permanecían las manchas de sangre en su rostro.

-Ehm, si.

-Estás llorando

Shura se sobresaltó y se tocó las mejillas, hasta ahora no sabía lo calientes que podían ser las lágrimas.

-Vitt, ¿realmente crees que el amor es la respuesta a todo?- le preguntó.

Ninguno de los dos se había dado cuenta que todos se habían callado, pendientes de la conversación. Las copas de los árboles formaban una tupida sombra sobre ellos, habrían tenido frío de no ser por las relucientes flores de cosmo, que flotando lentamente entre el grupo, les confortaban proveyéndoles luz y calor.

-No Shura, no lo creo.

El silencio que le siguió fue sepulcral.

-No puedes comer amor o comprar un caballo con él. El amor no calienta las chimeneas ni llena los pozos- respondió ella, Aldebarán ya había abierto los ojos pero no decía nada.

-Pero- continuó Vitt, -En ocasiones llegan a mi mente recuerdos de todas mis vidas pasadas; cosas que no he visto con éstos ojos pero que son claras- afirmó colocando un improvisado sostén con palos para la pierna de Saga, -Dime ¿qué es el honor comparado al amor de una mujer?- preguntó mirando deliberadamente a uno de los niños recién llegados, como si ella supiese algo que él no; el niño tenía el cabello y los ojos del mismo tono azul celeste. –Qué es el deber contra el sentimiento de un recién nacido en los brazos…-sus ojos acerados abarcaron al grupo completo, -¿o el recuerdo de la sonrisa de un hermano? Sólo viento y palabras. Sólo somos humanos y los dioses nos han formado para amar. He ahí nuestra mayor nobleza y de donde salen todas nuestras catástrofes.

Saga despertó de golpe y se miró la pierna, sorprendido de aún encontrarla en su sitio.

-Lo siento mucho Saga- se disculpó Shura, -Sé que-

-Oh, por Atena- resopló el muchacho mirando al cielo, -juro que fueron tus repetidas disculpas las que acabaron aturdiéndome ¿quieres calmarte de una vez?

A Shura le tembló el mentón mientras miraba al suelo y Saga rectificó.

-A cualquiera le podía haber ocurrido, no sabemos el verdadero alcance de lo que podemos hacer ahora y para colmo esas cosas aparecieron sumándose a toda la presión que ya sentías.

-Por suerte, aquí está la diosa de la Victoria- dijo Ángelo dándole unas palmaditas a Vitt que se había recargado sobre una roca pero aún tenía sus flores flotando entre ellos. –Para componernos cuando nos arranquen un brazo ¿no es cierto?

Ella emitió una risita

-No te acostumbres- resolló, -ésta técnica es agotadora. Además, no puedo regenerar extremidades u órganos vitales. Considérenlo un servicio de primeros auxilios.

-Tenemos que planear lo que vamos a hacer ahora- terció Camus poniéndose de pie y mirando a su alrededor, -Si esas criaturas han sellado todos los accesos, hemos de crear uno por nuestra cuenta. Y… dos cosas más- anunció, su calma en ése momento no dejaba de contrastar con la terrible sensación de alarma que había transmitido en el sendero. –Esas criaturas pueden usar magia y además, tengo una corazonada por quienes pueden ser éstos niños así como me parece que también todos ustedes junto con la razón de porqué esos seres los tenían presos, ¿hay algo que lo confirme?

-¿Qué quieres decir con que usan magia?

-Emplearon katares para atacarnos- contestó Milo.

En pocos minutos les contaron lo ocurrido en el bosque antes de que se dieran cuenta que venían refuerzos de los hombres reptil en camino.

-La magia real no está presente en la tierra desde la Edad Oscura- dijo Afrodita pensativo.

-Tal vez las mismas criaturas provengan de algún encantamiento que nunca se puso en práctica. Magia muy poderosa.

-Vitt, tú-

-No lo sé, ni siquiera yo tengo recuerdos de tiempos tan antiguos. La Edad Oscura fue antes de la Primera Generación; Niké ni siquiera había nacido.

El grupo guardó silencio un momento, algunos aún miraban el escudo del uniforme que Milo había traído consigo.

-Por lo menos sabemos que en verdad esas cosas guardan relación con un dragón- apostilló Mu y los demás asintieron.

-Camus- dijo Aioros mirando al chico del otro lado de donde él estaba, -¿tú qué opinas?

La pasión del Santo de Acuario por la lectura les había enseñado cosas olvidadas en más de una ocasión.

-La única historia igual de vieja que la magia que recuerdo ahora, y que además tenga que ver con un dragón y un cordero es la del Vellocino de Oro. Y me parece que es lo más factible por ahora.

-Jasón fue quien derrotó al dragón por el Vellocino…-reflexionó Saga en una de las pocas ocasiones en que recordaba sus lecciones escolares.

-Y también fue el primer Santo de Aries- dijo Mu, -y el fabricante de las primeras Armaduras Sagradas…

-¿Y si el Vellocino no era la piel de un cordero, sino en realidad una armadura?

-¿Y Jasón la hurtó?

-Eso explicaría el robo del que hablaba esa especie de dragón repugnante.

-Pero entonces ¿por qué ahora?

-No nos precipitemos, debemos volver al Santuario y discutir esto con el Patriarca antes de cualquier otra decisión.

-Y la otra cosa-interrumpió Áfrodita, -Camus ¿quién crees que son éstos niños?- preguntó señalándolos, uno era rubio con los ojos de un azul profundo y el otro tenía el cabello de un exótico color entre celeste y azul.

-Verán- comenzó el joven Acuario, -No se asustaron a nuestra llegada, las flores de Niké parecen tener el mismo efecto tranquilizador sobre ellos y además…-dijo acercándose para tocarles con un dedo imbuido en cosmo. Los chiquillos tocaron su dedo sin más. –Eso debió de por lo menos, noquearles.

Por la mirada de los demás, dedujo que la única que había compartido su presentimiento había sido Vitt. Resopló frustrado.

-¿No es obvio? Son Santos de Plata.

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Shion despertó aquella mañana con la brisa invernal que entraba por los ventanales anunciándole la hora de las oraciones matutinas. Después de sus deberes religiosos se dirigió a la Sala del Trono donde recibió a la comandante de las amazonas, Talina, y al de los guerreros, Leandro, para indicaciones que pensó nunca llegarían; pero había esperado 243 años para darlas:

-Mañana se celebrarán los Juegos de la Coraza de la constelación de Sagitario. Den aviso a los Adoratorios de todo el mundo, la prensa tiene permiso para la cobertura internacional. Nosotros y la Orden de Oro permaneceremos en el Coliseo, es demasiado peligroso para dejar entrar a civiles- Shion habría muerto antes de ver ricachones civiles extranjeros tomando fotografías de la galería de pinturas o colándose para posar frente a la Gran Estatua de Piedra de Atena. –Yo mismo conectaré a la Sala de las Tormentas con el Coliseo para la gran batalla por el Manto de Sagitario. Debemos estar preparados para cualquier eventualidad, quiero que demos prioridad a la seguridad del Santuario; es posible que alguien espere que estemos distraídos en los Juegos para atacar. Asegúrense de rotar turnos entre los guerreros y las amazonas, de manera que por lo menos todos lleguen a ver un Juego de los once que habrá en los próximos meses.

-¿Meses, Su Santidad?- preguntó Leandro sorprendido, -pensé que los Santos de Oro más jóvenes aún tendrían que entrenar años para ganar sus propias Armaduras.

-El mundo no puede esperar tanto querido Leandro- respondió el papa con aplomo, por dentro ya tendría tiempo de ponerse sentimental. –Al concluir los Juegos de Sagitario y Géminis, los Santos de Capricornio, Cáncer y Piscis serán enviados a España, Sicilia y Groenlandia respectivamente para su entrenamiento. ¿Qué ha sucedido con los maestros de Sagitario y Géminis? Los que fueron heridos en Elvetia.

-Gesphare ha despertado Su Santidad, -respondió Talina resueltamente, -Y todo indica que se repondrá. Pero el doctor teme por la vida de Dhenes, no responde adecuadamente a los tratamientos y no le conceden mucho tiempo más de vida.

Shion disimuló aquel nuevo dolor, una nueva aguja en su corazón.

-Ya veo. Iré yo mismo a verle más tarde. Eso es todo soldados.

Leandro y Talina hicieron un saludo y se retiraron; a ninguno se le escapó el ademán de pena en el semblante del Sumo Sacerdote y sintieron con él su dolor.

-Una cosa más- dijo, su voz aunque queda, era magnificada por la arquitectura de la Sala, no importaba donde uno estuviese, oírle no era problema, -Preparen una despedida para Eko y los gemelos Febo y Daphne. Se marcharán con los Santos a los que han cuidado.

Talina se inclinó y Leandro asintió, al cerrar la puerta ninguno dijo nada. Ya sabían que el Santuario estaba cambiando, sólo que nadie imaginó que el tiempo para que sucediese transcurriría tan rápido.

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a/N - Continuación en nuevo fic en mi perfil "Por las Armaduras" - abarcando todos los Juegos de la Coraza :), cuyo primer episodio será publicado en Año Nuevo