Saludos desde Ecuador para mis lectores:

Pasó mucho tiempo desde la publicación del capítulo anterior, pero ahora que tengo un poco más de tiempo, les traigo la continuación del Cataclismo. Antes de comenzar agradezco a quienes leen esta historia y también a las personas que comentaron en el capítulo anterior. Gracias a carlos29, DianaA, val825 y a quienes me han comentado como 'Guest'.

Que disfruten la continuación:


[Saint Seiya/ Los Caballeros del Zodiaco] – Saga: CATACLISMO 2012

Escrito en Ecuador por José-V. Sayago Gallardo


CAPÍTULO 72: SHIZUKA DE SAZAE-ONI: LA VORACIDAD DEL DEMONIO MARINO


La 'caracola demonio' era una criatura con apariencia de molusco, que escondía su forma femenina dentro de una concha espiral. Temida por su ferocidad y astucia, marinos y pescadores se mantenían alertas para evitarla durante sus periplos a través del océano, sabiendo que esta 'Yōkai' solía aparecer en las noches de luna llena, danzando sobre las aguas o fingiendo ser la inocente víctima de un naufragio.


==Maravilla Suprema. Alrededores del Palacio Yahirodono==

La inseguridad embargó a la portadora del Cisne. Las malintencionadas palabras de su contrincante lograron calar profundo en su psiquis, hasta que no soportó más y se dejó invadir por sus más terribles miedos.

—«¿Entonces… ascendimos a esta fortaleza divina para nada? —se preguntó a sí misma la Ateniense. Su pálida cara y sumisa pose exteriorizaban lo vulnerable que se sentía—. ¿Acaso son tan inalcanzables los enemigos a los que nos enfrentamos?»

—Sabía que acertaría en mis suposiciones, pequeña Natassia —se jactó la 'Yōkai', al no escuchar réplica del Santo Femenino. Pero, aunque su dejo era de orgullo por tener la razón, ver a su rival en un estado tan frágil le instó a suavizar su actitud y tener compasión de ella—. No obstante, también entiendo la incertidumbre te agobia, porque la verdad casi siempre es dolorosa para quien no está listo para aceptarla.

Como quien se acerca a un animalito asustado, Fuyumi relajó su instancia de combate y se juntó con la chica que tenía su azul mirada perdida en la nada, abstraída en una vorágine de confusos y dubitativos pensamientos. De a poco se iban derrumbando sus más arraigadas convicciones, ya que para sus adentros, no concebía forma racional de vencer a la Guardiana japonesa y menos a una diosa como Izanami.

—¿La verdad? —soltó con rabia contenida la de cabellos celestes, mientras una mirada suplicante deformaba su faz—. ¡¿Entonces la verdad es que son ustedes quienes pelean por lo que es correcto?!

—Así es —contestó la dama albina, acariciando con ternura la mejilla de su descontrolada interlocutora—. Peleamos por la vida en la Tierra y no solo por la especie que la está destruyendo…

Tan serena sentencia obligó a que Natassia agachara la cabeza en señal de congoja y rendición. A punto estuvo de estallar en llanto, producto de la impotencia y desesperación.

—Yo… ya no sé en qué creer…

—Solo cree en tu fuerza como guerrera de los hielos —le aconsejó Yuki-Onna, sonriendo de modo tranquilizador. Parecía no ser la misma Guardiana aguerrida que luchó por primera vez con Saori y su Santo del Cisne—. He visto en ti el mismo potencial que mi señora Izanami y entiendo por qué deseó que seas nuestra aliada. Sin duda mereces ser salvada de la muerte, a diferencia del resto de los humanos.

—¿A qué… te refieres?

—Únete a nosotros, Natassia. Conviértete en una 'Yōkai' y seamos juntas las doncellas de hielo de Izanami.

Sin que la Amazona de Bronce oponga resistencia, Fuyumi se fundió con ella en un suave abrazo. Aunque esos lívidos brazos le transmitían intenso frío, al mismo tiempo le hacían sentir protegida y sosegada.

—«Esto… ya lo había experimentado antes —reflexionó la vencida Cygnus, dejando escapar un par de lágrimas—. Esta temperatura bajo cero no es como la que estoy acostumbrada a generar con mi cosmos. Este frío, como en aquel entonces, me dice que ya todo terminó».


==Hace ocho años. Asgard==

El invierno se había tornado particularmente más crudo que en temporadas anteriores en el reino que adoraba a Odín. Silbantes vendavales de escarcha azotaban con ímpetu los hogares y negocios de los pobladores nórdicos, quienes a pesar de estar acostumbrados a los climas extremos, fueron tomados por sorpresa por tan temible tempestad que los obligó a dejar a un lado sus rutinas, y correr a refugiarse para salvaguardar sus vidas.

Solo una persona no se resguardaba bajo techo. Era una niñita de no más de siete años, quien tras haber vagado sin rumbo por días, llegó a un callejón en el que se guareció de los vientos helados. Por desgracia, había empleado los últimos rezagos de fuerza que restaban en su cuerpecito para lograr tal proeza. Había caminado por días sin probar bocado, así que el estómago le rugía de hambre. Sus labios estaban amoratados y su ondulada cabellera, de una bella tonalidad celeste, en ese momento era ensuciada por el barro sobre el que se había colapsado de costado, víctima de la debilidad y de la punzante acumulación de frío.

—No… entiendo… —balbuceó la yaciente e inmóvil chiquilla. Su rostro se veía tan blanco como la nieve que empezaba a cubrirla, y sus azules y opacos ojos, perdidos en ninguna parte, dotaban a sus delicadas facciones de una expresión de resignación, de desesperanza—. ¿Qué hice mal para que… mis papás no me quieran con ellos?

De repente, la infante sintió que algo cálido la cobijaba. Alguien acababa de protegerla del frío con un grueso y suave abrigo de piel.

—Estas calles abandonadas no son lugar para una niña —aseveró la reconfortante pero firme voz de un hombre—. No dejaré que mueras en estas condiciones.

La paralizada jovencita apenas se percató del momento en el que fue levantada del lodoso y duro empedrado, para luego ser envuelta en la prenda y acomodada delicadamente entre los brazos de aquel buen samaritano, a quien apenas logró divisar tras alzar con dificultad la cabeza. En su inocente pensamiento, le parecieron atractivas sus suaves facciones, resaltadas por su larga cabellera rubia y claros ojos azulados.

Apenas en ese momento notó que su salvador tenía descubiertos los brazos. Vestía apenas una delgada camiseta desprovista de mangas.

—Perdóneme, señor —se disculpó ella, con una mezcla de timidez y pesar—. Por mi culpa usted ensució su abrigo y… además, está aguantando mucho frío.

—No te preocupes, pequeña —le respondió él, dedicándole una jovial sonrisa—. Créeme que estoy bastante acostumbrado a temperaturas como esta.

La expresión de la chiquilla se ensombreció tras unos minutos en los que ninguno articuló palabra.

—Señor, déjeme, por favor —le pidió de modo súbito. No se dignó a mirarlo nuevamente y sonaba sobremanera incómoda—. A nadie le importa si estoy viva o muerta, así que lo mejor sería que se cubra con su abrigo, si no se quiere resfriar.

—A ti te hace más falta el calor del abrigo —señaló el adulto con la misma cordialidad, evadiendo así la funesta solicitud de su protegida.

A la maltrecha niña le sorprendió el reconfortante candor que le transmitía aquel hombre, aun cuando no estaba resguardado tras gruesas ropas. Y más que aquello, le conmovió que un extraño se preocupara por su bienestar. Era la primera vez en su corta vida que se sintió cuidada y querida, así que se dejó llevar por el momento y aferró sus deditos a la prenda que la cobijaba y que tan agradable sentimiento le producía. A punto estuvo de desvanecerse, cuando el rubio la sacó de su letargo con una duda que le surgió:

—Vaya, con todo el alboroto de la tormenta, no había preguntado tu nombre.

—Me llamo Natassia, señor.

—¡Natassia! —repitió él, alegremente sorprendido—. Para mí es todo un gusto conocer a alguien que comparta el nombre de mi querida madre.

—¿En serio?

—Sí, mi estimada Natassia. Y no me digas "señor". Llámame como lo hacen todos mis amigos. Solo dime Hyôga.

—Está bien, señor Hyôga.

El entonces Cisne rio divertido y abrazó con más firmeza a quien sería su sucesora en el futuro. Una fuerte corriente de viento por poco provoca que la soltara.

—Mi madre era una mujer sabia, ¿sabes? Cuando se sacrificó por mí en ese barco en Siberia, me enseñó una lección que jamás sería capaz de olvidar: Me dijo que si alguna vez un ser humano pudiese elegir el momento exacto del final de su vida, aquel último instante debería dedicarlo a proteger a quienes ama —Las palabras del Santo evocaban añoranza, pero ya no tristeza—. Por eso tienes que vivir, Natassia. Vive al máximo y encuentra a esas personas por las que darías tu vida sin pensarlo dos veces.

La chiquilla no supo cómo reaccionar, ni qué contestar. Estaba conmovida y al mismo tiempo avergonzada por haber deseado la muerte.

—Gracias, señor Hyôga —musitó ella con cierto recelo—. No me rendiré hasta que encuentre a quien querer.

—Así se habla, Natassia —resaltó el Caballero, sonriendo satisfecho mientras seguía avanzando por las heladas y desoladas calles de Asgard—. Y ya que no tienes a donde regresar, ¿qué te parecería acompañarme al Santuario de Atenea en Grecia? Te entrenaré y te convertiré en una mujer de bien que…

El portador de Cygnus calló al percatarse que la jovencita se había quedado dormida entre sus brazos. Le pareció tierna la ligera sonrisa que se dibujó en su carita. Aquella sería la última vez que la vería sonreír.


==Tiempo Presente. Maravilla Suprema. Alrededores del Palacio Yahirodono==

—Lo había olvidado, maestro —admitió con un dejo de arrepentimiento la Guerrera de Atenea, observando las ruinas del Santuario de su diosa, de cabeza en el firmamento—. Olvidé aquello que usted me enseñó cuando salvó mi vida en Asgard.

La piel de Natassia se había tornado tan blanca como la de quien la estaba estrechando con un abrazo tan fuerte, que inclusive empezó a romper su armadura de bronce. Haciendo honor a la 'Yōkai' que representaba, Fuyumi aprovechó la íntima cercanía con la Amazona para transmitirle su energía gélida.

—Eso es… —se emocionó la Guardiana, sabiendo que el proceso de transformación estaba casi completo—. Déjate llevar por el aire congelado de las noches nevadas en Japón y…

Yuki-Onna enmudeció cuando percibió algo que consideró harto desagradable. Natassia se había encomendado a la tarea de hacer arder su poder cósmico, hasta el punto de generar un ligero halo de tibieza.

—Yo… todavía no puedo rendirme…

Por instinto, Fuyumi pegó un gran salto hacia atrás, a fin de alejarse de la joven.

—Tú… ¡¿Cómo te atreves?! —reprochó la mujer albina con sumo rencor—. ¡Aun cuando deseé que ambas seamos como hermanas, te atreviste a mancillarme con ese repugnante calor que me recuerda a Atenea y a su sangre!

—Ya he soportado demasiadas faltas de respeto de tu parte —determinó la Guerrera de Cisne, con una mirada que chispeaba ira. Atrás quedaron sus dudas existenciales y miedos—. Aunque mi naturaleza de Guerrera Azul representa a las tierras heladas de Asgard y Siberia, llevo en mi interior el calor que Atenea y mi maestro compartieron conmigo. ¡Es esa calidez la que me da el impulso para continuar!

—¡No lo concibo! ¡No concibo que algo así de caliente haya hecho contacto conmigo! ¡Te haré pagar por esto!

A pesar de lo herida y entumida que se encontraba, la alumna de Acuario elevó su cosmoenergía como nunca antes. El calor que la rodeaba se convirtió en un violento remolino que se alzó a gran altura, prueba de que había conseguido el prodigio de manifestar su Séptimo Sentido por primera vez.

—¡Esta es la técnica más poderosa que heredé de mi maestro Hyôga! ¡'Kholodniy Smerch'!


==Maravilla Suprema. Torii de Amaterasu==

Aunque Hyôga enfrentó incontables peligros a lo largo de su vida, jamás se había encontrado con algo tan espeluznante como la criatura que permanecía arrinconada a lo alto del 'torii' del que colgaba. Aquella gran araña negra, del tamaño de un adulto promedio, le resultó amenazante y grotesca.

Sabiéndose en serio peligro, el Santo forcejeó con la firme envoltura de seda en la que estaba envuelto hasta el cuello. Debía liberarse lo más pronto posible de esa agobiante atadura, pero por más que empleó su potencia física, sus esfuerzos resultaron infructuosos.

—Es inútil, guerrero de Atenea —le advirtió el arácnido con la voz de una mujer—. Aunque te hayas liberado de mi ken de sueño, no fui tan descuidada como para dejar escapar a un Caballero de Oro, en caso de que despertara. Debes saber que mi tela araña es de uno de los materiales más resistentes que existen.

Al protector de la Onceava Casa le resultó chocante el contraste del sutil tono femenino con el que se comunicaba la araña y su dantesca apariencia, pero más que aquello, le molestó el hecho de haber caído fácilmente en la trampa del enemigo. Debía resarcir su error, así que mantuvo la compostura a pesar de saberse en una clara desventaja. Dejando de luchar con el filamento que no le permitía mover un ápice de su ser, le habló a su captora con total seriedad y calma:

—Supongo que eres una aliada de Morrigan, la diosa que destruyó el Santuario de Atenea.

—Te equivocas —refutó la araña, acercándose un poco a quien veía como su presa—. Soy una 'Yōkai' al servicio de Izanami, la deidad japonesa que rige estas tierras nevadas. Me conocen como Jorōgumo.

—Es un gran problema que existan más dioses sanguinarios además de Morrigan —comentó él, intentando no sonar tan contrariado.

—¿Supones que mi señora es malvada a juzgar por cómo luce de una de sus guerreras? Vaya tonto… Sé que al verme crees que salí del infierno, pero debes saber que aquello no es reflejo de la diosa a la que sirvo. Te aseguro que la crueldad no es su principal característica.

—Si intenta provocar un genocidio, no podría calificar a tu diosa de otro modo —insistió Hyôga, encarando al arácnido con seria determinación.

—Perdería mi tiempo explicándote por qué los humanos merecen desaparecer, pero no tiene sentido discutir ahora. La única orden que se me dio, fue impedir el avance de cualquier Santo de Atenea que se atreva a poner un pie sobre los dominios de Amaterasu, y creo que la estoy acatando con creces.

—También tengo una diosa cuyas órdenes debo cumplir —declaró el otrora Cisne, cerrando los ojos en un gesto de extrema seriedad—. Así que hoy no será el día en el que me convierta en la víctima de una araña…

La temperatura descendió de súbitamente, cuando una ligera aura dorada se formó alrededor del Caballero.

—Los humanos siempre son así de necios. Te dije que nada podría romper el material más duro del mundo.

—'Kol'tso'.

El aire frío alrededor del capullo formó una multitud de anillos flotantes de cristal. Cuando estos cerraron sus circunferencias sobre la tela araña, la congelaron al instante hasta resquebrajarla.

—¡Imposible! —exclamó la criatura con sorpresa—. ¡Suponía que ni el 'Cero Absoluto' sería capaz de contrarrestar mi 'Encantamiento de Jōren'!

—Lo siento, Jorōgumo —expresó el Dorado entre toses, tras retirar de su cloth los gruesos hilos que la seguían cubriendo. Tras liberarse de su prisión, al fin podía respirar con normalidad—, pero al final sí fuiste descuidada y te confiaste de más.

—Insolente… Todavía no te he demostrado de lo que soy capaz.

—Entonces ven y hazlo…

Alzando la guardia en su clásica pose de combate, el rubio esperó atento el primer movimiento de la oponente, que para ese momento había dejado el rincón superior del arco japonéspara colocarse a distancia prudente. Estuvo a punto de abalanzársele como si de una mosca se tratase, pero al escrutarlo con más atención, desistió de su intento de agresión.

—Esa armadura dorada… —señaló un tanto confusa la araña—. Cuando te atrapé en la oscuridad de la caverna no lo había notado, pero ahora que la veo con claridad, me parece haber visto antes su diseño…

—Esta es la cloth que mi querido maestro portó hace años —resaltó Hyôga con una mezcla de orgullo y añoranza—. Para mí es un honor ser su sucesor.

—¿Cuál es el nombre de tu antecesor? —quiso saber ella, impaciente y notoriamente trastornada.

—Mi maestro se llamaba Camus de Acuario.

—Ca… mus…

Algo despertó en el interior de Jorōgumo, tras repetir el nombre del legendario criomante. La imagen de la mencionada armadura evocó en su mente a aquel malherido guerrero que arribó al altar de Susanoo, y por el que intercedió ante su compañero Bake-Kujira de modo telepático. En medio de emociones que le resultaron extrañas y familiares, la 'Yōkai' vio a Camus vistiendo su resplandeciente armadura de oro, mientras su capa era ondeada por las ventiscas glaciares. Le resultó conmovedor contemplar al antiguo custodio del Onceavo Templo, oteando a lo lejos los vastos campos de entrenamiento de Siberia, con esa indescifrable y fría expresión que siempre lo caracterizó.

Tras experimentar tan potentes memorias, Jorōgumo pegó un desgarrador grito que resonó en casi todo el territorio nipón.

Cuando su contendiente se quedó en silencio por un par de minutos, el Caballero esperó atento a que esta realice algún movimiento; por lo tanto no pudo evitar sobresaltarse a causa del potente alarido que golpeó sus oídos de repente.

—Esto no está bien… —se dijo a sí mismo él, observando con el entrecejo fruncido la inquietante manera en la que el arácnido empezó a convulsionar—. Debo detener a esa guerrera antes de que…

Con horror, Hyôga vio como el tórax de la criatura se quebrantaba, como si de una fina cáscara se tratase, y de su interior surgía la silueta de una esbelta mujer de larga y lisa cabellera. Aquella fémina de ominoso aspecto lucía tan oscura como la misma noche, al estar rodeada de una espesa bruma negra que la tapaba desde la cabeza hasta la cintura, la cual se mantenía unida a su abdomen y ocho patas originales. En las facciones oscurecidas de la mitad superior, apenas se podía notar el intenso sufrimiento que le significó la drástica transformación en un extraño híbrido entre una mujer sombra y un arácnido.

Al Acuariano le resultó aún más espantosa esa nueva apariencia que la anterior. Para él, ese era un ser salido directamente de una horrible pesadilla.

—Provocaste… algo en mi interior —acusó con rencor la nueva Guardiana al Caballero. Hablaba de manera errática y jadeaba tras la metamorfosis—. Despertaste en mí un recuerdo que… no sabía que albergaba… ¡Y con mi segunda forma te haré pagar por ello!

La cosmoenergía de la 'Yōkai' se encendió a niveles increíbles, emanando una nociva aura de tonalidad azul oscuro, que pronto se diseminó a lo ancho del 'torii' de Amaterasu. El poder de la mujer-araña se había desatado a su peligroso máximo.


==Maravilla Suprema. Monumento a Tsukuyomi==

La estatua del dios japonés lunar era mudo testigo del feroz enfrentamiento entre Generales Marinos. Ante el claro dominio de Sorrento, Jakov decidió que había llegado el momento de sacar a relucir su mejor arsenal.

—¡'La Reivindicación de Atlas'! —bramó el Dragón Marino a toda voz, al tiempo que enviaba toda su potencia cósmica a su brazos levantados. Enseguida, sobre sus palmas abiertas empezó a nacer una enorme e irregular esfera compuesta de agua salada, arena y roca. A su estupefacto oponente le pareció que un planeta a escala fue convocado, cuando la espectacular masa descansó sobre los hombros de su creador, cuyo rostro era claro reflejo del esfuerzo titánico que realizaba por aguantar y no soltar tan extremo peso.

Nada mal, aspirante a Santo de Atenea —habló Sirena directo al cerebro su contraparte. A pesar de intuir lo que se le vendría a continuación, permaneció calmado y no dejó de entonar su flauta. Debía detener al guardián del Atlántico Norte como sea—. Admito que toda esa parafernalia es impresionante, pero ya que tanto trabajo te está costando soportarla, no me será nada difícil retirarme de su trayectoria si decides arrojármela.

No supongas que mi técnica es algo tan simple —le advirtió de la misma forma telepática su colega, para luego pegar un grito y dirigir hacia él la masiva mole—. Lo siento, pero nuestro combate ha terminado.

El de escama deteriorada sonrió confiado al ver que el ken rival se le acercaba a muy lenta velocidad. Unos pocos pasos a un lado le bastarían para apartarse de su camino, pero cuando quiso mover los pies, le fue imposible.

—«¿Pero, qué es esto? —pensó Sorrento, sobremanera nervioso—. Este sentimiento de indefensión… Ya lo había experimentado cuando el Caballero de Andrómeda me atrapó en su 'Tormenta Nebular', solo que en esta ocasión temo aún más por lo que podría pasarme si no hago algo al respecto».

El descomunal objeto arrojado por Jakov poseía gravedad propia, con la cual atraía a su víctima de modo inexorable. Parecía ser que la 'Reivindicación de Atlas' estaba viva e intentaba devorar sin piedad todo lo que se le atraviese.

El atacado se vio obligado a dejar a un lado su instrumento musical, para extender los brazos hacia adelante y expulsar de golpe todo su poder. Guiado por su instinto de supervivencia, contuvo la mortal masa de agua y tierra con ambas manos. Tan brutal fue el impacto, que poco a poco su escama empezó a exhibir todavía más grietas de las que ya poseía.

—Ríndete, Sorrento —le instó Dragón de los Mares con un hablar solemne. Había relajado su postura, ya que su contrincante lo dejó libre de su tortura musical—. Aunque seas un General Marino, no podrás de contener la fuerza acumulada del Océano Atlántico.

—¡Te equivocas! —renegó con brío el aludido en medio de su suplicio—. ¡Te recuerdo que también llevé sobre mis hombros el peso del Atlántico Sur, cuando custodie su pilar!

Sorrento hizo respetar su alto rango dentro del ejército de Poseidón, al emplear su energía para hacer estallar la peligrosa técnica. Ante la incredulidad de su ejecutor, amasijos de arena y agua salada fueron esparcidos alrededor del monumento de Tsukuyomi.

Varios minutos pasaron para que la calma vuelva al escenario blanqueado por la nieve. Tras su colosal resistencia, Sirena se había hincado sobre una rodilla y respiraba agitado, sin dejar de observar a su contendiente. Por su parte, el Marina aún en pies alzó la guardia, atento a continuar con la lucha, aunque muy en el fondo no sabía qué hacer para vencer a su colega.

—Ya es… suficiente —manifestó Sorrento, reincorporándose y recuperando su clásico talante calmado y elegante. Acto seguido, le dio las espaldas a Jakov y emprendió lenta marcha para alejarse del escenario nevado—. He visto lo que tenía que ver…

—Espera —lo atajó confundido el castaño—. ¿Terminarás así nuestro combate, sin decirme si me consideras o no como tu igual?

—Aún no eres digno de pertenecer al ejército del señor Poseidón —sentenció tajante el custodio del Atlántico Sur, sin permitirse hacerle frente—. Cuando me mostraste tu poder, clamaste el nombre de Atenea y del Santo de Acuario. Sigues aferrándote tu pasado y no puedes negarlo.

Incómodo, el más reciente General calló al no saber cómo refutar lo aseverado.

—Sin embargo, también hiciste gala de extraordinaria fuerza con ese ken inédito —convino el regente del Atlántico Sur, girando el rostro sobre su agrietada hombrera—. Si continuábamos peleando, quizás habríamos desencadenado un 'Ennosigeo'.

—El 'Ennosigeo'… La batalla interminable entre dos Generales Marinos, que no solo es capaz de estremecer los océanos, sino también la tierra.

—En efecto, aprendiz a Santo de Atenea.

—Soy más que eso ahora —repuso su interlocutor, contrariado—. La técnica que he dominado es prueba de ello.

—Esa técnica te ha servido únicamente para lastimar a alguien que te enfrentó con su escama destruida… ¿O acaso has derrotado ya a alguno de los enemigos de la humanidad? Solo te llamaré Dragón Marino cuando en verdad lo merezcas.


==Japón. Fundación Graad==

El desconcierto destacó en la cara de Thetis cuando se desplomó secamente sobre sus espaldas. Aunque Shizuka de Sazae-Oni había fallado en arrancarle el corazón con sus afilados dientes, sí consiguió perforar el peto de su armadura, y al mismo tiempo desgarrarle la piel de un atroz mordisco. Aunque tan terrible herida no fue suficiente para matar a la Sirena Menor, sí lo fue para infligirle una seria hemorragia que la incapacitó, manteniéndola recostada en el piso.

—¿Sabes algo, sirenita? —cuestionó de manera retórica la agresora, con marcada ironía—. La comida sabe mejor cuando aún está viva…

La Marina apenas se recuperó del shock cuando escuchó los metálicos pasos de la Guardiana, acercándosele sin prisa. Sabiéndose a la completa merced enemiga, palideció aún más cuando contempló la siniestra imagen que se presentó ante ella: La japonesa masticaba, demente, la mezcla de carne y metal que de modo tan violento le había arrebatado, provocando que sangre chorree entre las comisuras de sus sonrientes labios.

—Aléjate de mí… demonio —le increpó con rencor la rubia, apenas pudiendo arrastrase hacia el lado contrario.

—Por supuesto que no. Ahora que he probado tu sangre, sé bien lo deliciosa que eres. No sabes lo mucho que disfrutaré devorando hasta el último de tus cabellos.

—¡No permitiré que le sigas haciendo daño! —amenazó Julián, colocándose frente a la yaciente guerrera. Aunque lucía asustado, no podía quedarse impávido ante tal carnicería y, armándose de valor, se interpuso entre las dos antagonistas, extendiendo los brazos en actitud protectora—. ¡Ella salvó mi vida y ahora le devolveré el favor!

—Aunque sea solo un niño rico y mimado, tiene razón —añadió el repuesto mayordomo, colocándose hombro con hombro junto al heredero de los Solo—. Esta valiente mujer evitó la invasión de las instalaciones de los Kido. ¡Así que la cuidaré como si se tratara de la señorita Saori, aunque ya no posea mi espada!

—Bien dicho, Tatsumi —aportó Seika, posando su mano sobre el hombro del aludido. Se había sobrepuesto al temor para juntarse con él—. Si algo me enseñó mi hermano, es a jamás rendirnos a pesar de lo difícil que parezca la situación.

—Protegeremos a la señorita Thetis con nuestras vidas de ser necesario —concluyó muy seria Miho. Aunque apenas se recuperó del pánico que le provocaron los recientes acontecimientos, el valor de sus compañeros la inspiró a apoyarlos—. No podría encarar nuevamente a Seiya y a la señorita Saori, si les dijera que permití que alguien fue asesinado dentro de la Fundación.

—¡No sean ingenuos! —les gritó la todavía vulnerable Thetis con desesperación—. ¡Huyan de este lugar, mientras esa mujer se entretiene devorándome! ¡En especial usted, señor Solo! ¡Debe vivir y cumplir con su destino!

—Pero qué gente tan impaciente —se quejó la de armadura celeste con un burlón suspiro—. Ustedes serán el "postre" cuando acabe con la sirenita, así que manténganse quietos y callados con la técnica que bauticé como 'Piel de Nácar'.

Pronunciado el nombre de su arte, Sazae-Oni hizo el ademán de soplar sobre la palma de su mano, para enviar un nocivo vapor hacia el cuarteto que se había plantado ante ella. Notando el inminente peligro, los excepcionales reflejos de kendoka de Tatsumi le permitieron ser el primero en reaccionar y, en un acto de bravura y desinterés, se colocó frente el vaho rosa para recibirlo de lleno.

—¡Tatsumi! —exclamaron aterradas Miho y Seika, al ver que su protector estaba siendo petrificado de pies a cabeza. Gradualmente, su cuerpo entero fue reemplazado por una dura y brillante materia, como la que se produce en el interior de las conchas marinas.

Viendo que todo lo que quedó del horrorizado mayordomo fue una estatua de perla de sí mismo, sus dos compañeras se le acercaron para auxiliarlo de alguna forma, pero apenas lo tocaron, sufrieron el mismo pavoroso destino.

—Esto… no puede estar pasando —musitó el magnate, presa de la incredulidad y el desasosiego. Contemplar ese trío las bellas figuras de perla que antes fueron seres humanos, fue demasiado para él—. Solo un milagro podría sacarnos de esta situación…

—Los milagros no existen, mi señor —comentó con dificultad la mensajera del dios de los mares, quien ya se había puesto en pies para continuar con su misión. Las piernas le temblaban, pero aun así se mantuvo firme al lado de Julián—. Seguro no lo recuerda pero… usted salvó mi vida dos veces… Es hora de pagar mi deuda con usted…

—También me salvaste en un par de ocasiones, Thetis —contestó él con una portentosa voz, muy diferente a la suya—. No me debes nada.

La Sirena Menor supo que había algo diferente en Julián. Sus ojos, encendidos con la misma furia de los océanos, estaban clavados sobre la 'Yōkai' que lo escrutaba con curiosidad. Ella también se había percatado del drástico cambio en el porte de aquel hombre que hace poco lució atemorizado. Su postura se había tornado altiva, digna, casi divina; y su naciente aura inspiraba no solo respeto, sino también miedo abrumador.

—Por fin ha despertado… mi señor Poseidón…

Continuará…


Qué bien se siente volver a hacer lo que más me gusta. Gracias nuevamente a quienes continúan pendientes de la historia. Un abrazo desde Ecuador.