No puedo, no puedo hacerlo. — Dijo mientras oía de fondo el teléfono sonar una y otra vez.
La angustia lo consumía, sabía que lo que hacía estaba probablemente mal, pero no podía arriesgarse a perder el poco equilibrio que habían logrado en los últimos meses. Tsuki estaba a punto de cumplir un año, en pocos meses Kagome podría comenzar con su tratamiento y en un abrir y cerrar de ojos madre e hija estarían juntas nuevamente. No arriesgaría un futuro tan prometedor por culpa de una persona. Hana lo miraba con frustración desde el otro lado de la habitación. No podía disimular la decepción de sus ojos y al mismo tiempo no se atrevía a interferir en las decisiones de Miroku. No era quién para juzgarlo y no lo haría. Lo amaba y aconsejaba en cuanto pudiera pero sentía que no tenía derecho a interferir en su relación con Kagome.
Finamente desconectó el teléfono para que dejara de sonar e intentó dormir, sin éxito, pensando en la decisión que había tomado.
— Maldito. —Dijo entre dientes el platinado al darse cuenta de que sería imposible hablar con Kagome con Miroku en medio.
Era obvio que mentía, era tan evidente. Lo conocía hace mucho tiempo, el suficiente como para darse cuenta de la falsedad en su voz. No se demoraría ni un segundo más, le pediría un último favor a sus contactos amigos.
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— Podrías alcanzarse los globos Pedro, por favor. — Pidió Hana con su usual tono de voz calmado. — Miroku dijo que llegaría en cualquier momento.
— ¿Crees que es buena idea que la señorita Kagome asista a la fiesta?
— Claro que sí. Es el cumpleaños de Tsuki, es su hija.
— Pero ella no se encuentra del todo bien aún. —Inhaló una profunda bocanada de aire y comenzó a inflar un globo. —Nada bien a decir verdad.
— Ya ha comenzado con un tratamiento leve. Miroku no hubiera insistido en la idea si ella no se hallara bien. En todo caso... no nos corresponde a nosotros opinar sobre el tema.
— Oye... desde cuando eras tan filosa con las palabras. Solo estoy preocupado, es todo.
— Pues ya te pareces a la señora Susan, preocupado por todo.
— Dudo que eso sea un cumplido. — Sonrió y prosiguió a seguir inflando el globo.
La fiesta sería al aire libre. Todo estaba perfectamente decorado en tonos violeta y verde pastel. La alegría invadía todo el jardín. Al centro una fuente de chocolate y una mesa repleta de fruta en brocheta.
La música, los globos por doquier y el océano de fondo. Esa era la panorámica del atardecer. Sin duda inolvidable para los pocos presente. Era una fiesta íntima. Miroku no era particularmente sociable con los vecinos y con Kagome internada hacía casi un año era poco probable conocer nuevas amistades. Y sin embargo eran suficientes.
El auto se detuve en frente de la casa y Kagome entró al jardín del brazo de Miroku. La señora Susan estaba de espalda a ellos con Tsuki en brazos. No se dio cuenta de la presencia de la azabache. Ella, sin embargo, palideció de repente. Hana y Pedro compartieron una mirada inquieta. Miroku se acercó a la señora Susan que seguía jugando con la niña y un oso de peluche. Tocó su hombro suavemente y al verlo Tsuki huyó a sus brazos. Kagome había comenzado a llorar mientras le sonreía a la niña. Sin duda desde el nuevo tratamiento era una persona mucho más lúcida. Al menos ya podía reconocer a su propia hija. Miroku había estado hablándole de ella durante todo el trayecto en auto. La había puesto al tanto de todo, aunque ya lo hubiera hecho antes. La niña la conocía y como era su habitual personalidad hizo morisquetas ante su madre que la veía feliz y asombrada por lo grande que estaba.
Susan, Hana y Pedro se acercaron a saludarla una vez que logró recomponerse del encuentro inicial con su hija. La azabache estaba sumamente feliz de volver a verlos, los había echado de menos. Les dio las gracias por haber cuidado tan bien de su pequeña y haberla llenado de amor y risas. Ellos la pusieron al tanto de todas las travesuras y experiencias de Tsuki. Miroku se mantuvo cerca a cada momento. Kagome estaba estable pero podía recaer, era una posibilidad baja pero real.
La azabache se dedicó por completo a pasar tiempo con la niña de cabellos plateados. Ni un segundo se distanció de ella. Ambas disfrutaban de su mutua compañía.
— Sé que es su madre y estoy feliz por ella... pero me pone un poco celosa. —dijo Hana mientras sentía los brazos de Miroku abrazarla por la espalda desde la cintura.
— Has cuidado bien de Tsuki todo este tiempo, es normal que te hayas encariñado, yo también lo he hecho. A veces he llegado a pensar que era nuestra hija. Era una fantasía tonta pero parecía tan real.
— ¿Te gustaría tener hijos Miroku? —Se dio la vuelta aun entre sus brazos y lo miró directo a los ojos.
— Claro. No ahora, creo que es suficiente con Tsuki por el momento...pero me encantaría. ¿Y tú? —Redobló la apuesta.
Sonrió. —No lo había pensado antes, pero siento que sería abrumador y muy emocionante al mismo tiempo. — Sonrió. Enredó sus brazos alrededor del cuello de Miroku y lo atrajo a ella robándole un beso.
— Iré por el pastel. —Dijo la señora Susan sonriendo.
— Déjeme hacerlo. —Dijo Kagome emocionada con la idea.
— Está bien, señorita. —Le devolvió la sonrisa. —Está sobre la isla de la cocina y las velas en la mesa de la sala.
— Muy bien, espérenme aquí. —dejó a Tsuki en brazos de la señora Susan y marchó rumbo a la casa.
Entró por la puerta trasera que daba directo a la cocina, ahí vio el pastel. Gigante y colorido, estaba segura de que era de chocolate y vainilla, su favorito. Miroku la consentía hasta en tonterías como esas. Siguió su camino a la sala en busca de las velas, en el camino se detuvo a observar los cuadro sobre el marco de la ventana. Había cinco fotos, todas eran de Tsuki, Miroku y ella antes y después del embarazo. Tomó entre sus manos el cuadro a contraluz de la ventana y sin querer por el rabillo del ojo lo vio. Tan impetuoso y elegante como siempre, con su perfil griego y piel morena. El cuadro cayó al suelo haciendo trizas el vidrio. — ¡Miroku! —Gritó aterrada. Era frustrante, por qué tenía que atormentarla su paranoia el día del cumpleaños de su hija. Fue imposible apartar la mirada del ventanal, él seguía ahí, avanzando con paso firme y decidido hacia donde ella estaba.
— ¿Qué ocurre? —Dijo el ojiazul sacándola del trance.
— Tengo que irme. Debo volver a la clínica. —Se sujetó con desesperación a los brazos de Miroku dándole la espalda a la ventana.
— ¿Por qué? ¿Qué sucedió? Todo estaba marchando muy bien.
— ¡No es real, no es real, no es real! —Sujetaba su cabeza con ambas manos a los lados. —Él volvió, está aquí. —Dijo con los ojos a punto de estallar en lágrimas. —Lo siento tanto, volví a arruinarlo.
— ¡Claro que no! —La abrazó.
Hana que acababa de atravesar la puerta de la sala se petrificó al ver la escena. —¡Miroku!
— No es momento Hana. Hablaremos de esto luego ¿Sí?
— Pero...
— Dije que luego. —Sentenció.
— ¡Mira la ventana idiota!
Y entonces levantó la vista y allí estaba. No era una alucinación. — Inuyasha... —Dijo en un susurro que Kagome escuchó a la perfección. —Imposible... ¿Cómo llegó aquí?
— ¿Ustedes también lo ven? —Preguntó la azabache desconfiando de su propia cordura.
— Por dios... —Dijo Pedro entrando a la habitación justo detrás de Hana. El cabello plateado delataba su identidad. No lo conocían, pero sencillo inferir que era el padre de Tsuki.
— ¿Están todos bien? —Interrogó la señora Susan con Tsuki en brazos.
Tres golpes fuertes y severos se escucharon en la puerta de roble. Todos voltearon la mirada hacia allá.
— Sí es él... —Nada del rencor de los años anteriores quedaba en su corazón solo anhelo y desazón. su primer impulso fue salir corriendo al encuentro con el platinado pero Miroku la contuvo entre sus brazos sin dejarla escapar. — ¡Suéltame!
— Kagome...por favor escúchame...—Suplicó Miroku. —Cálmate, te lastimaré si sigues forcejando.
— ¿Por qué me detienes? —Interrogó un poco más calmada.
— ¿Realmente piensas que sería bueno volver a verlo? Después de todo lo que hemos vivido aquí. Después de todo el progreso que hemos conseguido.
— Yo...yo...—Temblaba.
— Señora Susan, llévese a Tsuki de aquí ahora. —Ordenó con voz imponente Miroku como nunca antes. Los golpes en la puerta se repitieron con mayor intensidad.
— Sí señor. —Obedeció y se llevó a la niña a su habitación lejos del bullicio.
— ¡Miroku! Una puerta no va a detenerme. No puedes impedir que vea a Kagome. —Sentenció el platinado.
La azabache se detuvo en seco. Después de años volvía a escuchar su voz. Su dulce y embriagadora voz.
— Tengo que verlo Miroku, por favor. —Ya no forcejaba, pero su mirada seguía clavada en la de Miroku.
— Miroku... —Suplicó Hana. —Déjala.
— Hana no creo que debamos meternos en esto. —Le susurró Pedro al oído.
— ¡Miroku! —Repitió Inuyasha.
— Por favor... no puedes encerrarme aquí para siempre, ni evitar que Inuyasha entre. Entiendo que estás preocupado por nosotras pero estaré bien, lo prometo. Solo necesito hacerlo, el pecho me duele... —llevó su mano hasta ese lugar. —...cada vez que pienso en todo lo que sucedió. Hay una herida que no sana Miroku...y tampoco podrá borrarse a menos que haga algo. Ese algo es ahora.
— Hana vámonos. —Pedro sujetó a la menuda mujer por los hombros y la direccionó a la cocina sin que ella apartara la vista de Miroku.
— Tú ganas...—Sus manos liberaron a la azabache y a cambio ella lo acobijó en un abrazo fugaz. —Confía en mí, no te decepcionaré...
Corrió hacia la puerta, quitó el seguro y giró la llave. El tiempo se detuvo, el aire se hizo denso y su ansiedad entorpeció sus manos. Tomó el picaporte y abrió con violencia la puerta chocando con ese par de ojos dorados. Podía sentir el galope de su inquieto corazón en su boca, las lágrimas guardianas de sus ojos como trincheras. — Kagome... — El platinado dio un paso hacia adelante recortando la distancia entre ambos, abriendo sus brazos y atrapándola en ellos con desesperación. El agua salada recorría sus mejillas. Cayeron al suelo de rodillas, ella se hizo pequeña contra su pecho, sin terminar de creerlo posible. Aferrándose con fuerza a su existencia mundana.
— Lo siento tanto Kagome.
— Yo lo siento. —sujetó entre sus manos su rostro. — Las cosas que dije y que te hice en Italia. Fui tan idiota.
— Ya no importa, todo eso quedó atrás hace mucho tiempo. —La abrazó con más fuerza. —Dios te extrañé tanto...cada día. —Podía sentir la fragancia de su piel al igual que años atrás.
— ¿Qué sucedió contigo? ¿Dónde fuiste durante todo este tiempo?
— Te lo explicaré...lo prometo.
— Inuyasha... —Dijo Miroku interrumpiendo la escena. El platinado se puso de pie y ayudó a Kagome a incorporarse.
— Debería golpearte por lo que hiciste.
— Considera que ahora estamos a mano por los inconvenientes del pasado.
— ¿Tú sabías donde estaba? —Interrogó la azabache a Miroku.
— No exactamente. Es largo de explicar.
— Pues qué bueno que tengamos tiempo entonces, porque creo que todos nos debemos una explicación. — De repente el llanto de Tsuki se hizo oír por todos en la habitación.
— Lo siento señor, intenté calmar a la niña pero no deja de llorar. —La señora Susan acababa de entra a la sala con Tsuki llorando.
— Yo me haré cargo, gracias. —Miroku se acercó y tomó a la niña en brazos tranquilizándola.
— Inuyasha... —Dijo Kagome tomando su mano y volteando a ver su reacción preocupada.
— Es niña...—Sonrió como un tonto inocente Inuyasha. Apretó la mano de la azabache con seguridad. —Esperaba que tuviera tus ojos... simplemente hermosos. —Dijo contemplando la mirada de Tsuki.
— ¿No estás sorprendido?
— Por supuesto, pero ya me había hecho a la idea desde hace un tiempo. De hecho fue Rin quien sembró la duda.
— ¿Rin? Por dios, no he sabido de ella en mucho tiempo.
— Ella y mi hermano se casaron, ahora están esperando un hijo.
— ¡Qué alegría!
— ¿Quieres cargarla? Pero te advierto, no le agradan los desconocidos. —Comentó Miroku en tono serio y un poco en broma.
— Hoy es su cumpleaños. —Dijo con una sonrisa Kagome.
— Un año...Nos hemos perdido de mucho, pequeña. —Extendió los brazos cargándola. Tsuki se quedó viéndolo un momento y luego sujetó entre sus manos el rostro de Inuyasha, apretando sus mejillas. —Pues parece que le simpatizo. —Dijo emocionado. Kagome que puse detrás de él apoyándose en su espalda y acercando el rostro a Tsuki para darle un beso.
Continuará...
