Una gran dicha se sentía por toda la capital del Imperio de Rusia, que disfrutando de la primavera celebraba con una gran fiesta el compromiso de uno de los hijos del Zar. Las calles se encontraban abarrotadas de festivales, las personas bebían y bailaban desde hacía ya algunos días desde que había sido publica la noticia, carrozas provenientes de diferentes países. Las adyacencias del palacio del invierno se encontraban altamente circuladas, miles de personas iba y venían entre nobles, príncipes y reyes extranjeros, sirvientes y la propia familia imperial.

Más alejado de todo ese bullicio, ataviado con los ropajes imperiales correspondiente al zarévich heredero del imperio, Víctor observaba desde uno de los pasillos más altos y poco transitados del castillo lo que ocurría en el jardín principal donde era llevada a cabo los últimos preparativos para la ceremonia de bodas. Con un ademan fastidiado, observo a sus dos padres, el zar y la zarina recibiendo los saludos de los invitados mientras tenían a su lado al rey Bongadesh Altin. Los primeros parecían galardonarse de los comentarios que recibían en relación a la ceremonia, o eso intuía el alfa desde su lugar.

Suspiro, finalmente, aquel momento había llegado para su pesar.

Luego de casi ocho años de compromiso la zarevna Mila Alexevna Nikiforova contraía sagrado matrimonio con el heredero al trono del reino de Kazajistan: Otabek Altin. Sin embargo, el zarévich no se sentía feliz por todo ello. Víctor no podía decir que la situación le desagradase, luego de años conociendo a quien sería el esposo de su única hermana, este le había demostrado que era un hombre de fiar y que tenía la capacidad para proteger a su Milenk, Además, ambos contaban con la edad necesaria para contraer nupcias, aspecto que Víctor celebraba dado que más que un acuerdo entre reinos, había sido también una decisión personal de ambos jóvenes.

Estaba altamente complacido que su amor había nacido a través de la constancia, la maduración emocional y la compañía constante, no estarían destinados a sufrir por un compromiso sin sentimientos, solo atados por los beneficios y responsabilidades que implicaba ser un heredero real, tal como le ocurría a él.

El tiempo había finalmente pasado, la presión aumento sin límites insospechados y su estado emocional caía en picada hacia un agujero sin fondo. La boda de Milenka solo lo había devuelto a una realidad vertiginosa, donde su único emocional durante aquellos años sin Yuuri, partiría durante esa misma primavera al castillo Bayterek de Astana, capital de Kazajistán, haciendo que todo fuera más difícil, dejándolo a la merced de sus obligaciones. Era ya una realidad, Víctor ya no podía alargarlo más.

Aunque por mucho tiempo hubo huido fácilmente del tema, escudado por sus propios sentimientos y los viajes de formación que hubo realizado, tras cumplir sus veinte años todo se volvió más complicado, convirtiéndose en una vertiginosa tormenta de implicaciones sobre él. Se suponía que ahora en adelante, que con sus veintitrés años cumplidos y estando su hermana menor casada el debería seguir sus pasos y desposarse, y recordando las presentaciones y reuniones a las que debió asistir contra su voluntad, finalmente culminaron con un compromiso arreglado con una dama representante de la realeza en el reino occidental Ítalo a la que apenas conocía.

Se sentía ahogado, con una realidad que le azotaba con una lacerante envidia que evito acompañar con el alcohol ese día. Aun recordaba sus noches en vela producto de un sueño que le había trastornado, recodaba verse en medio de un espacio oscuro, nunca en su vida se había visto en algo semejante y no parecía estar asustado, en un principio solo camino por aquella oscuridad infinita hasta que se detuvo de golpe.A la lejanía había encontrado con la persona que más añoraba ver, vistiendo una hermosa túnica color cielo, Yuuri seguía igual que la última vez que le había visto. Con su pecho saltando de jubiló busco acercarse a él, llamando su nombre. El omega pareció escucharlo así que respondió el llamado y escucharlo luego de tanto tiempo, hizo que el corazón del zarévich se removiera como hacía años. Sin embargo, aun cuanto más le llamaba, este no podía escucharlo. Le llamaba y le llamaba, intentando alcanzarlo, rogo porque no le dejara, pero justo cuando estuvo a punto de tomar su mano, el dios se alejó dejándolo completamente solo.

Despertó esa noche envuelto en lágrimas, incapaz de sobrellevar el dolor que aquello le había provocado. Había sido de tal modo, que debió alejarse de su habitación principal para evitar seguir viendo la ventana con vista al pueblo, ya que si la veía inevitablemente sus ojos conectarían hacia el lago y los recuerdos nuevamente querrían hacer estragos en él, junto aquellos sentimientos que, hiciera lo que hiciera para hacerlos desaparecer, le seguían intensamente junto aquel retumbar dentro de él que no iba y le decía que seguía enamorado de él.

Retorno a la realidad al escuchar las campanadas de la iglesia que le alertaban sobre la cercanía con la hora de la ceremonia. El zarévich medito si bajar hacia el jardín, esperando que esta terminara rápido y poder disfrutar algunas copas con Chris en compañía de algunas señoritas de la corte para olvidar solo por unos momentos su terrible la realidad. Chasqueo la lengua por la idea que en si misma le era fastidiosa, pero quería cualquier cosa que pudiera alejar aquel mal sabor de boca que sentía ese día.

Fue sorprendido cuando fue abrazado de repente en sus caderas, y al bajar la mirada se encontró con una mirada turquesa semejante a la suya que le sonreía alegremente.

—¡Te encontré hermano! —exclamo el niño de nueve años, provocando una sonrisa divertida en el zarévich. Este le alzó sobre sus sobre sus hombros.

—Oye Misha ¿Cómo pudiste encontrarme entre tanta gente? —Pregunto mientras subía a su pequeño hermano sobre él, el pequeño niño reía y la sonrisa de Víctor se ensanchaba con ello.

Mijaíl Alexevich Nikiforov o Misha como le decían cariñosamente sus hermanos, era el menor de los hijos del zar Alexei. Con escasos nueve años y con dos hermanos antes de él, no tenía mayores responsabilidades que estudiar, por lo cual, no se encontraba atado a tantas responsabilidades como las que hubo debido aceptar Víctor cuando tenía una edad similar. Con su género secundario como beta, la presión sobre él también era menor y sujeto de alivio para el mayor de sus hermanos, quien lo veía como el gran alivio para su compungido corazón. Ambos eran muy unidos y Misha siempre solía seguir al zarévich a todos lados, este le enseñaba ciertos pasos básicos de lucha y sobre el arte de la cacería en sus ratos libres mientras que en otras ocasiones solo paseaban a caballo o leían cuentos sin nadie más en la biblioteca principal del castillo. Víctor se sentía muy feliz de tener a ese pequeño como hermano, puesto que no pudo disfrutar como hubiese querido de la infancia de su joven hermana al estar está constantemente de viaje al reino del este en los años siguientes de haber sido pronunciado su compromiso. El pasado no podía ser cambiado y Misha jamás repondría su tiempo perdido con Milenka, pero eso no le impedía de ser un excelente hermano para aquel adorable pequeño.

— ¿ý que hacías en este lugar? —pregunto el pequeño con curiosidad.

—Pensaba —respondió, más aquella respuesta no satisfizo al chico.

— ¿Qué pensabas? —volvió a preguntar, provocando una pequeña risa en el zarévich quien ya estaba acostumbrado a las constantes preguntas que le hacia su hermano.

—En muchas cosas —menciono—, estoy algo melancólico porque Milenka se casa hoy ¿No te sientes solo porque ya no vivirá aquí con nosotros?

— Un poco, pero como estarás conmigo no me sentiré tan solo —contesto y Víctor no pudo evitar bajarlo de su espalda para abrazarlo fuertemente mientras este reía gracias a las cosquillas que este también le hacía.

Mas sus risas se detuvieron cuando otra persona llego hasta ellos. Víctor reconoció la figura de su hermana Mila arreglada con su hermoso vestido de novia, sus hermosos cabellos rojos que habían crecido hasta su espalda ahora estaban sostenidos en un delicado moño que mantenía el angelical velo nupcial, se veía completamente hermosa. Pero aun cubierta por el velo, el zarévich noto las lágrimas en sus ojos y el temblor de su cuerpo. Asustado, Víctor dejo a Mijaíl para tomarla entre sus brazos.

— ¿Qué sucede Milenka? ¿Por qué estas llorando? ¿Te paso algo? ¿Otabek te hizo algo? —preguntaba acelerado, la novia pálida y llorosa tardaba para responder hasta que un hilo de voz fue emitido por sus labios.

—Oh Vitya, tengo tanto miedo —revelaba la joven, conteniendo las lágrimas a duras penas—. ¿De verdad soy un buen prospecto de esposa para Otabek? Hay tantas mujeres hermosas y más experimentadas que yo en la corte real de Astana que me hace sentir ansiosa ¿Podre cumplir con las expectativas de Otabek?

Muchas preocupaciones eran soltadas del pecho de la zarevna mientras intentaba no arruinar su hermoso traje, la inquietud le tenía apretado el pecho, pero Víctor simplemente la abrazo protectoramente mientras daba algunas caricias en su espalda para calmarla, deposito un suave beso en su frente para luego elevar el rostro de su amada hermana, aun con lágrimas en sus ojos se veía hermosa, el sueño de cualquier hombre y la más hermosa princesa de ese imperio, Víctor sonrió orgulloso.

—Milenka ¿Tú amas a Otabek? —pregunto el alfa, su hermana le miro confundida en un primer momento, pero recomponiéndose y haciendo un suave puchero, le respondió.

—Sí, le amo.

—Aun estando comprometidos, Otabek fue hasta nuestro padre y ante mi como alfas regentes de esta familia para solicitar formalmente tu mano hace un par de años. Tuvo la valentía de entregar su propio honor si eso le permitía alcanzar tu mano y aun sin haberlo aceptado, tu tomaste su mano en este camino que llamamos vida ¿No es así? —pregunto mientras limpiaba suavemente las lágrimas de los ojos de su hermana uno a uno.

—Si —respondió en un suave murmullo, Víctor ensancho su sonrisa.

—No hay otra mujer en este imperio que después de nuestra madre pueda compararte, tu eres una mujer hermosa, de carácter, que no se detiene ante nada y que tiene la capacidad de ser una reina sin igual. No temas, ninguna mujer de la corte será mejor que tú. Otabek te ama, te escogió por sobre todas las cosas, hoy unirán sus vidas y si aún tienes dudas, siempre podemos huir, yo te protegeré de todo lo que sea necesario—le expreso e inevitablemente los ojos de Mila se aguaron nuevamente ante sus palabras, ambos hermanos no pudieron evitar romper nuevamente en una pequeña pero intensa carcajada.

—Muchas gracias Vitya —le agradeció—, pero no será necesario. Hoy voy a casarme con el hombre que amo

—Esa es la Milenka que conozco —y ambos hermanos se refugiaron en un fraternal hermano en el cual Misha gritaba ser incorporado, con un par de risas más, le incluyeron abrazándose unos minutos entre todos.

Las campanas sonaron indicando que ya era casi hora para que comenzara la ceremonia, los tres hermanos se miraron y decidieron que era momento de salir de su exclusión para tomar sus respectivos lugares. Mila tomo su lugar junto al zar en la entrada del castillo mientras la zarina, Víctor y Misha se encontraban sentados frente a la capilla, observando al sacerdote y al novio que esperaban expectantes la llegada de la novia junto con todos los invitados presentes. Pocos minutos después inicio la marcha nupcial y fue momento del ingreso de Milenka, todos los presentes viraron y quedaron destallados ante su presencia. De la mano del zar Alexei, Mila brillaba, su vestido era demasiado sencillo a comparación de su incomparable belleza que había dejado sin habla a su propio prometido, quien con una sonrisa enamorada y realizando una reverencia de respeto al zar, recibió a su futura esposa para mirar ambos al sacerdote dando inicio a la célebre ceremonia.

Mientras el sacerdote recitaba las palabras sagradas, los pensamientos de Víctor se encaminaban a otro rincón muy lejos de la ceremonia. Aun con sus enfocados en la brillante sonrisa de su amada hermana, su mente imaginaba a unos suaves cabellos negros que viajaban al ritmo del viento y decoraban un delicado rostro pálido, el cual era adornado por un par de ojos color ámbar y un suave sonrojo en sus delicadas mejillas. Podía recordar esa gran sonrisa que podía calentar hasta al más frio de los corazones y alejar todos los temores de su asustada alma, recordaba los bailes, los toques y aquellos temores, aquellas palabras junto a ese acompasado tono. Todos esos recuerdos estaban grabados al fuego vivo dentro del corazón de Víctor, y aun con el paso del tiempo era imposible haberlos olvidado. Los recordaba cada día, cada momento, siendo ya imposible al punto donde la espera era interminable, no había promesas de regreso y el dolor era más intenso de lo que podía soportar.

Vio como su hermana daba el esperado beso que sellaba el compromiso de ella y Otabek que les uniría por el resto de sus vidas. Las ovaciones y aplausos resonaron en el salón, los novios se tomaron de las manos, siendo felicitados por los invitados, mas Víctor seguía inmerso en aquel otro espacio. En ese pequeño lago oculto en el bosque, donde en una humilde cabaña residió por cierto tiempo aquel joven semejante a un dios que lleno su corazón y desapareció hacia un mundo extraño bajo unas circunstancias inesperadas. Con despedidas cortadas, bajo lágrimas y expresándole que no le esperara, los sentimientos de Víctor no fueron aceptados, y todo ese tiempo, cerca de ocho años en los que el alfa había madurado, aquellos sentimientos habían permanecido sin interés de salir de él, carcomiendo sus entrañas y resintiendo su pecho como un cáncer que solo le tenía atado.

Y ya se encontraba cansado.

Una gran dicha se sentía por toda la capital del Imperio de Rusia, que disfrutando de la primavera celebraba con una gran fiesta el compromiso de uno de los hijos del Zar. Las calles se encontraban abarrotadas de festivales, las personas bebían y bailaban desde hacía ya algunos días desde que había sido publica la noticia, carrozas provenientes de diferentes países. Las adyacencias del palacio del invierno se encontraban altamente circuladas, miles de personas iba y venían entre nobles, príncipes y reyes extranjeros, sirvientes y la propia familia imperial.

Más alejado de todo ese bullicio, ataviado con los ropajes imperiales correspondiente al zarévich heredero del imperio, Víctor observaba desde uno de los pasillos más altos y poco transitados del castillo lo que ocurría en el jardín principal donde era llevada a cabo los últimos preparativos para la ceremonia de bodas. Con un ademan fastidiado, observo a sus dos padres, el zar y la zarina recibiendo los saludos de los invitados mientras tenían a su lado al rey Bongadesh Altin. Los primeros parecían galardonarse de los comentarios que recibían en relación a la ceremonia, o eso intuía el alfa desde su lugar.

Suspiro, finalmente, aquel momento había llegado para su pesar.

Luego de casi ocho años de compromiso la zarevna Mila Alexevna Nikiforova contraía sagrado matrimonio con el heredero al trono del reino de Kazajistan: Otabek Altin. Sin embargo, el zarévich no se sentía feliz por todo ello. Víctor no podía decir que la situación le desagradase, luego de años conociendo a quien sería el esposo de su única hermana, este le había demostrado que era un hombre de fiar y que tenía la capacidad para proteger a su Milenk, Además, ambos contaban con la edad necesaria para contraer nupcias, aspecto que Víctor celebraba dado que más que un acuerdo entre reinos, había sido también una decisión personal de ambos jóvenes.

Estaba altamente complacido que su amor había nacido a través de la constancia, la maduración emocional y la compañía constante, no estarían destinados a sufrir por un compromiso sin sentimientos, solo atados por los beneficios y responsabilidades que implicaba ser un heredero real, tal como le ocurría a él.

El tiempo había finalmente pasado, la presión aumento sin límites insospechados y su estado emocional caía en picada hacia un agujero sin fondo. La boda de Milenka solo lo había devuelto a una realidad vertiginosa, donde su único emocional durante aquellos años sin Yuuri, partiría durante esa misma primavera al castillo Bayterek de Astana, capital de Kazajistán, haciendo que todo fuera más difícil, dejándolo a la merced de sus obligaciones. Era ya una realidad, Víctor ya no podía alargarlo más.

Aunque por mucho tiempo hubo huido fácilmente del tema, escudado por sus propios sentimientos y los viajes de formación que hubo realizado, tras cumplir sus veinte años todo se volvió más complicado, convirtiéndose en una vertiginosa tormenta de implicaciones sobre él. Se suponía que ahora en adelante, que con sus veintitrés años cumplidos y estando su hermana menor casada el debería seguir sus pasos y desposarse, y recordando las presentaciones y reuniones a las que debió asistir contra su voluntad, finalmente culminaron con un compromiso arreglado con una dama representante de la realeza en el reino occidental Ítalo a la que apenas conocía.

Se sentía ahogado, con una realidad que le azotaba con una lacerante envidia que evito acompañar con el alcohol ese día. Aun recordaba sus noches en vela producto de un sueño que le había trastornado, recodaba verse en medio de un espacio oscuro, nunca en su vida se había visto en algo semejante y no parecía estar asustado, en un principio solo camino por aquella oscuridad infinita hasta que se detuvo de golpe. A la lejanía había encontrado con la persona que más añoraba ver, vistiendo una hermosa túnica color cielo, Yuuri seguía igual que la última vez que le había visto. Con su pecho saltando de jubiló busco acercarse a él, llamando su nombre. El omega pareció escucharlo así que respondió el llamado y escucharlo luego de tanto tiempo, hizo que el corazón del zarévich se removiera como hacía años. Sin embargo, aun cuanto más le llamaba, este no podía escucharlo. Le llamaba y le llamaba, intentando alcanzarlo, rogo porque no le dejara, pero justo cuando estuvo a punto de tomar su mano, el dios se alejó dejándolo completamente solo.

Despertó esa noche envuelto en lágrimas, incapaz de sobrellevar el dolor que aquello le había provocado. Había sido de tal modo, que debió alejarse de su habitación principal para evitar seguir viendo la ventana con vista al pueblo, ya que si la veía inevitablemente sus ojos conectarían hacia el lago y los recuerdos nuevamente querrían hacer estragos en él, junto aquellos sentimientos que, hiciera lo que hiciera para hacerlos desaparecer, le seguían intensamente junto aquel retumbar dentro de él que no iba y le decía que seguía enamorado de él.

Retorno a la realidad al escuchar las campanadas de la iglesia que le alertaban sobre la cercanía con la hora de la ceremonia. El zarévich medito si bajar hacia el jardín, esperando que esta terminara rápido y poder disfrutar algunas copas con Chris en compañía de algunas señoritas de la corte para olvidar solo por unos momentos su terrible la realidad. Chasqueo la lengua por la idea que en si misma le era fastidiosa, pero quería cualquier cosa que pudiera alejar aquel mal sabor de boca que sentía ese día.

Fue sorprendido cuando fue abrazado de repente en sus caderas, y al bajar la mirada se encontró con una mirada turquesa semejante a la suya que le sonreía alegremente.

—¡Te encontré hermano! —exclamo el niño de nueve años, provocando una sonrisa divertida en el zarévich. Este le alzó sobre sus sobre sus hombros.

—Oye Misha ¿Cómo pudiste encontrarme entre tanta gente? —Pregunto mientras subía a su pequeño hermano sobre él, el pequeño niño reía y la sonrisa de Víctor se ensanchaba con ello.

Mijaíl Alexevich Nikiforov o Misha como le decían cariñosamente sus hermanos, era el menor de los hijos del zar Alexei. Con escasos nueve años y con dos hermanos antes de él, no tenía mayores responsabilidades que estudiar, por lo cual, no se encontraba atado a tantas responsabilidades como las que hubo debido aceptar Víctor cuando tenía una edad similar. Con su género secundario como beta, la presión sobre él también era menor y sujeto de alivio para el mayor de sus hermanos, quien lo veía como el gran alivio para su compungido corazón. Ambos eran muy unidos y Misha siempre solía seguir al zarévich a todos lados, este le enseñaba ciertos pasos básicos de lucha y sobre el arte de la cacería en sus ratos libres mientras que en otras ocasiones solo paseaban a caballo o leían cuentos sin nadie más en la biblioteca principal del castillo. Víctor se sentía muy feliz de tener a ese pequeño como hermano, puesto que no pudo disfrutar como hubiese querido de la infancia de su joven hermana al estar está constantemente de viaje al reino del este en los años siguientes de haber sido pronunciado su compromiso. El pasado no podía ser cambiado y Misha jamás repondría su tiempo perdido con Milenka, pero eso no le impedía de ser un excelente hermano para aquel adorable pequeño.

— ¿ý que hacías en este lugar? —pregunto el pequeño con curiosidad.

—Pensaba —respondió, más aquella respuesta no satisfizo al chico.

— ¿Qué pensabas? —volvió a preguntar, provocando una pequeña risa en el zarévich quien ya estaba acostumbrado a las constantes preguntas que le hacia su hermano.

—En muchas cosas —menciono—, estoy algo melancólico porque Milenka se casa hoy ¿No te sientes solo porque ya no vivirá aquí con nosotros?

— Un poco, pero como estarás conmigo no me sentiré tan solo —contesto y Víctor no pudo evitar bajarlo de su espalda para abrazarlo fuertemente mientras este reía gracias a las cosquillas que este también le hacía.

Mas sus risas se detuvieron cuando otra persona llego hasta ellos. Víctor reconoció la figura de su hermana Mila arreglada con su hermoso vestido de novia, sus hermosos cabellos rojos que habían crecido hasta su espalda ahora estaban sostenidos en un delicado moño que mantenía el angelical velo nupcial, se veía completamente hermosa. Pero aun cubierta por el velo, el zarévich noto las lágrimas en sus ojos y el temblor de su cuerpo. Asustado, Víctor dejo a Mijaíl para tomarla entre sus brazos.

— ¿Qué sucede Milenka? ¿Por qué estas llorando? ¿Te paso algo? ¿Otabek te hizo algo? —preguntaba acelerado, la novia pálida y llorosa tardaba para responder hasta que un hilo de voz fue emitido por sus labios.

—Oh Vitya, tengo tanto miedo —revelaba la joven, conteniendo las lágrimas a duras penas—. ¿De verdad soy un buen prospecto de esposa para Otabek? Hay tantas mujeres hermosas y más experimentadas que yo en la corte real de Astana que me hace sentir ansiosa ¿Podre cumplir con las expectativas de Otabek?

Muchas preocupaciones eran soltadas del pecho de la zarevna mientras intentaba no arruinar su hermoso traje, la inquietud le tenía apretado el pecho, pero Víctor simplemente la abrazo protectoramente mientras daba algunas caricias en su espalda para calmarla, deposito un suave beso en su frente para luego elevar el rostro de su amada hermana, aun con lágrimas en sus ojos se veía hermosa, el sueño de cualquier hombre y la más hermosa princesa de ese imperio, Víctor sonrió orgulloso.

—Milenka ¿Tú amas a Otabek? —pregunto el alfa, su hermana le miro confundida en un primer momento, pero recomponiéndose y haciendo un suave puchero, le respondió.

—Sí, le amo.

—Aun estando comprometidos, Otabek fue hasta nuestro padre y ante mi como alfas regentes de esta familia para solicitar formalmente tu mano hace un par de años. Tuvo la valentía de entregar su propio honor si eso le permitía alcanzar tu mano y aun sin haberlo aceptado, tu tomaste su mano en este camino que llamamos vida ¿No es así? —pregunto mientras limpiaba suavemente las lágrimas de los ojos de su hermana uno a uno.

—Si —respondió en un suave murmullo, Víctor ensancho su sonrisa.

—No hay otra mujer en este imperio que después de nuestra madre pueda compararte, tu eres una mujer hermosa, de carácter, que no se detiene ante nada y que tiene la capacidad de ser una reina sin igual. No temas, ninguna mujer de la corte será mejor que tú. Otabek te ama, te escogió por sobre todas las cosas, hoy unirán sus vidas y si aún tienes dudas, siempre podemos huir, yo te protegeré de todo lo que sea necesario—le expreso e inevitablemente los ojos de Mila se aguaron nuevamente ante sus palabras, ambos hermanos no pudieron evitar romper nuevamente en una pequeña pero intensa carcajada.

—Muchas gracias Vitya —le agradeció—, pero no será necesario. Hoy voy a casarme con el hombre que amo

—Esa es la Milenka que conozco —y ambos hermanos se refugiaron en un fraternal hermano en el cual Misha gritaba ser incorporado, con un par de risas más, le incluyeron abrazándose unos minutos entre todos.

Las campanas sonaron indicando que ya era casi hora para que comenzara la ceremonia, los tres hermanos se miraron y decidieron que era momento de salir de su exclusión para tomar sus respectivos lugares. Mila tomo su lugar junto al zar en la entrada del castillo mientras la zarina, Víctor y Misha se encontraban sentados frente a la capilla, observando al sacerdote y al novio que esperaban expectantes la llegada de la novia junto con todos los invitados presentes. Pocos minutos después inicio la marcha nupcial y fue momento del ingreso de Milenka, todos los presentes viraron y quedaron destallados ante su presencia. De la mano del zar Alexei, Mila brillaba, su vestido era demasiado sencillo a comparación de su incomparable belleza que había dejado sin habla a su propio prometido, quien con una sonrisa enamorada y realizando una reverencia de respeto al zar, recibió a su futura esposa para mirar ambos al sacerdote dando inicio a la célebre ceremonia.

Mientras el sacerdote recitaba las palabras sagradas, los pensamientos de Víctor se encaminaban a otro rincón muy lejos de la ceremonia. Aun con sus enfocados en la brillante sonrisa de su amada hermana, su mente imaginaba a unos suaves cabellos negros que viajaban al ritmo del viento y decoraban un delicado rostro pálido, el cual era adornado por un par de ojos color ámbar y un suave sonrojo en sus delicadas mejillas. Podía recordar esa gran sonrisa que podía calentar hasta al más frio de los corazones y alejar todos los temores de su asustada alma, recordaba los bailes, los toques y aquellos temores, aquellas palabras junto a ese acompasado tono. Todos esos recuerdos estaban grabados al fuego vivo dentro del corazón de Víctor, y aun con el paso del tiempo era imposible haberlos olvidado. Los recordaba cada día, cada momento, siendo ya imposible al punto donde la espera era interminable, no había promesas de regreso y el dolor era más intenso de lo que podía soportar.

Vio como su hermana daba el esperado beso que sellaba el compromiso de ella y Otabek que les uniría por el resto de sus vidas. Las ovaciones y aplausos resonaron en el salón, los novios se tomaron de las manos, siendo felicitados por los invitados, mas Víctor seguía inmerso en aquel otro espacio. En ese pequeño lago oculto en el bosque, donde en una humilde cabaña residió por cierto tiempo aquel joven semejante a un dios que lleno su corazón y desapareció hacia un mundo extraño bajo unas circunstancias inesperadas. Con despedidas cortadas, bajo lágrimas y expresándole que no le esperara, los sentimientos de Víctor no fueron aceptados, y todo ese tiempo, cerca de ocho años en los que el alfa había madurado, aquellos sentimientos habían permanecido sin interés de salir de él, carcomiendo sus entrañas y resintiendo su pecho como un cáncer que solo le tenía atado.

Y ya se encontraba cansado.