Tengo el HONOR de que Stacy_Adler me haya obsequiado este epílogo para cerrar definitivamente la historia. Si, lloré como nena chiquita leyendolo. Espero que cause exactamente el mismo efecto en todos ustedes.

¡Gracias querida Stacy! Y seguiremos haciendo cosas juntas. Siempre podemos romper cosas lado a lado XD

¡Disfruten! Y hasta muy pronto en otra historia ;)


Vivir en Estados Unidos no era cosa fácil. Al principio, Kazuki se preguntaba cómo fue que Akira logró sobrevivir un año en completa soledad con un estado anímico deplorable, siendo que ella pasó las de Caín adaptándose a las costumbres extranjeras, el idioma, y ese horroroso hábito de saludarte como si te conocieran de toda la vida. Lo peor era cuando había latinos cerca, pues ellos osaban besarte en el rostro nada más conocerte. ¡Fatal!

Desde que aceptó irse a vivir con Akira Sendoh, su esposo (aunque ella se negara a llamarlo de esa forma, y por lo cual recibía infinitas burlas), ambos experimentaron un giro de 180º en sus vidas, y no solo por haber atravesado medio mundo al formar un nuevo hogar en el «país de la libertad». Habituarse a vivir juntos les resultó bastante sencillo, atravesando con éxito una de las mayores pruebas de fuego que enfrentan las parejas. Ambos eran relajados con el otro, y pasaban gran parte del día sin comunicarse, puesto que Kazuki solía tener las manos ocupadas en su trabajo como fisiatra en una clínica deportiva, y Sendoh, constantemente jugando o practicando baloncesto, tampoco tenía muchos momentos libres en los cuales revisar su teléfono móvil. Pero aquello no representaba ningún problema. Se encontraban a la hora de la cena, alrededor de las ocho y media de la noche, y entre bromas y comida compensaban la distancia física contándose los altibajos de la jornada.

La percepción que tenían los jugadores de Los Ángeles Lakers sobre Akira era muy buena, puesto que el japonés rendía a tope como base del equipo. Jugaba con la mesura que le caracterizaba desde la secundaria, más la calidad adquirida en preparatoria, y la genialidad que terminó por pulir en el país de las grandes estrellas. Todos estaban muy contentos con él, ganaba dinero por montones, y pudiendo tener una casa enorme en la que se perdiera para llegar al baño se conformó con un departamento amplio en el que él y Kazuki se sentían muy cómodos, pues ambos eran de aspiraciones materiales sencillas. También eso los unía.

A sus veinticuatro años, Kazuki Sendoh se había convertido en una atractiva mujer japonesa de belleza bastante tradicional. Mantuvo el cabello largo hasta que perdió una extraña apuesta en el trabajo (no blasfemar ni en inglés, ni japonés, por todo un día), entonces se sometió a una peluquera que le recomendó llevarlo corto. El resultado fue incluso más corto de lo que tenía en preparatoria, con el cabello cubriéndole un poco más abajo que la altura de sus lóbulos; al mirarse en el espejo, Kazuki se sintió revitalizada y decidió que aquel era su corte definitivo, y así lo mantuvo por muchos años más.

Encontrándose ya cerca de empezar a vivir un nuevo milenio, Kazuki llegó a su departamento descalzándose por mera costumbre, puesto que en Estados Unidos no era necesario. Con sorpresa, descubrió que Akira ya se encontraba allí, y por el delicioso aroma que se percibía en el ambiente, estaba preparando la cena.

—¡Ya ven a la mesa, Gata idiota! —vociferó su mejor amigo, Hanamichi Sakuragi.

Acto seguido, las risas de Akira llenaron el ambiente con su melodía síncopa y agradable, a pesar de lo extraño que resultaba, pues su voz sonaba a veces como la de una persona mucho mayor de lo que era.

—¡Qué bienvenida tan cálida! —exclamó Kazuki al pasar por detrás de Hanamichi. Le dio un golpecito en el hombro a modo de saludo, que él contestó sacudiéndose como si tuviera epilepsia—. Seguimos pagando karma con esta garrapata, ¿a que sí? —murmuró entre risas, señalando al pelirrojo con el pulgar.

Akira se dio la vuelta y le rodeó la cintura con uno de sus largos brazos para darle un beso, completamente ajenos a la corrida de insultos que todavía estaba profiriendo Hanamichi.

—¡Me muero de hambre, Sendoh! —Si no hacía algo, la parejita feliz iba a continuar en su propio mundo y a la mierda con la comida. Los conocía muy bien—. Necesito comida. Urgente.

Como reafirmando sus palabras, Hanamichi cogió el tenedor con una mano y el cuchillo con la otra, dispuesto a ejercer su derecho constitucional de recibir alimentos antes de morir de inanición por medio de golpear la mesa una y otra vez hasta que le prestaran atención.

—Por favor, métele sake en la comida, así le dará sueño temprano y nos dejará en paz —susurró Kazuki en el oído de su marido.

Akira desvió la mirada hacia el rincón de bebidas japonesas que conservaban siempre bien surtido.

—La otra vez se quedó hablando tonterías por horas —apuntó serio—. ¿Y si probamos con vino?

—¡No hablen como si no estuviera aquí!

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La cena transcurrió sin novedades. Hacia un par de meses que compartía techo con ambos, y es que los drafts de la NBA comenzarían pronto. Tenía que ahorrar lo más posible y el hecho de tener hospedaje y comida le alivianaba mucho las cosas. Siempre que Sendoh pudiera, practicaba con él y contaba con su consejo para cuando tuviera que probarse a sí mismo y entrar a un equipo reconocido. Desde que Hanamichi llegó a vivir con el joven matrimonio, los gritos y juramentos estaban a la orden del día puesto que era una de las bases que componían esa extraña relación. Sin embargo, Sendoh no dejaba de apreciar la evolución que habían experimentado. Eran adultos, finalmente, aunque Hanamichi no lo pareciera la mayor parte del tiempo. Aquello constituía una buena parte de su encanto, tanto como su incapacidad de hablar en un tono moderado.

Esa noche, por ejemplo, se le escuchaba claramente hablar por teléfono desde su habitación con Yohei, sin lugar a dudas, por la cantidad de exabruptos y exclamaciones que adornaban sus relatos.

Muerto de risa, Akira llegó al sofá de tres cuerpos instalado frente al televisor con un vaso de agua para Kazuki. Tomó asiento junto a ella, y cumplió su vieja costumbre de pasarle un brazo por encima de los hombros.

—Gracias —murmuró la mujer al tiempo que daba un sorbo. El clima de Los Ángeles la hacía desear agua con mayor frecuencia que en su país natal, por alguna razón desconocida.

—¿Qué estás viendo? —le preguntó Akira fijándose en la pantalla encendida.

—Eh, no sé. Me puse a hacer zapping y todavía no encuentro nada bueno.

Con veinticinco años a su haber, Akira Sendoh desprendía un magnetismo peculiar que no se limitaba a su altura, sus ojos rasgados y su cabello, el cual llevaba un poco más corto que en la preparatoria, completamente libre de gel. No, lo de él venía directo de su interior, pues su voz tranquila, sus palabras amables y aquella distracción que mantenía desde su infancia lo convertían en un tipo confiable. Alguien que buscarías para solicitar consejo o guía, pues jamás convertiría una conversación en chisme. Su mujer descansaba en él infinidad de pequeños problemas, con la seguridad de que siempre estaría ahí para darle soluciones, o una palabra de aliento al menos. Y Akira, por su lado, confiaba por completo en Kazuki y la dejaba a sus anchas. Aquellas bases tan sólidas de la relación, que se vieron reforzadas durante el año que tuvieron un noviazgo a distancia, facilitaron mucho la convivencia y vivir juntos era casi un juego. Algo así les dio a entender Hanamichi al poco tiempo de su llegada: «¡Puaj! Parecen un matrimonio de ancianos. Solo les falta llenarse de hijos», frase con la cual se ganó un palmetazo en la nuca por parte de su mejor amiga.

Y así pasó el tiempo, no entre algodones, mas sí en tierra firme, sólida. Segura.

Kazuki continuó haciendo zapping con aire distraído. Se sentía muy cómoda acunada por el cuerpo de Sendoh, que era pétreo y suave al mismo tiempo, por lo que sin darse cuenta terminó reclinando la cabeza en su hombro. Ambos se quedaron quietos, dormitando por un rato, hasta que el control remoto —que sostenía Kazuki— casi se le cayó de las manos, pero los impecables reflejos de Akira impidieron que terminara en pedazos. No sería el primer control que debían reemplazar por estamparse en el suelo debido a un descuido.

Tras dejarlo a un costado del sofá, apartó el flequillo que cubría la frente de Kazuki para depositarle un suave beso en su piel blanca y tersa, un gesto que le hacía rememorar mucho a su primer año de relación. Muchas cosas habían cambiado, tanto como otras se mantenían incólumes. El amor que compartían era una de ellas, grabado en piedra, a prueba de cualquier tempestad.

—Sigues aprovechándote de mí cuando estoy inconsciente —bromeó Kazuki. Su voz, ligera como una pluma, pareció flotar en el espacio hasta llegar a oídos del afortunado receptor.

—Debes estar media dormida, porque en realidad has sido la que me ataca inconsciente —retrucó mordiéndose la boca para no echarse a reír.

Pero Kazuki sí lo hizo, y las burbujas de sus carcajadas resonaron con fuerza en el espacioso salón.

—Cállate, Akira. —A esas alturas, la frase era más un mote cariñoso que otra cosa. Equivalía al «amor» o «cariño» que utilizaban las parejas convencionales.

Pero claro, que nada en Akira o Kazuki Sendoh podía calificarse de convencional.

El hombre no dejó de sonreír cuando se inclinó para besarla en la boca con dedicación, saboreándola con cada lamida, y también con la manera en que le jalaba delicadamente el labio inferior. Todo en él gritaba deseo, tanto como Kazuki respondía reflejando la misma ansia en sus propias acciones, pues sus manos cobraron vida propia y se enredaron en su cabello para atraerlo hacia sí y besarlo con mayor profundidad.

Así partía siempre. Desde el principio de todo, esa fue la forma en que descubrieron la pasión que los unió inexorablemente con un lazo irrompible: sus cuerpos eran compatibles, sus respiraciones, su forma de aproximarse el uno al otro robándose el aliento con besos húmedos de saliva y deseo, abrazos tan apretados que parecían dejarte sin respiración, y luego sentir el milagro de la piel sobre piel cuando la ropa empezaba a estorbar...

Un ronquido a la distancia los sobresaltó. ¿Cuánto rato habían estado jugando tras dormitar?

—Siempre se me olvida que ese idiota está a metros de distancia. —Se quejó Kazuki apartando el rostro—. Mejor lo dejamos para...

—¿Crees que un simple ronquido me va a distraer? —Chasqueó la lengua y volvió a abrazarla—. No pienso dejarte escapar.

—Tirano.

—Puede ser. Pero así me quieres —afirmó con el rostro iluminado.

—Siempre que no lo digas en voz alta... —dijo en broma. Luego, su expresión se tornó seria—. Es mi secreto. Nadie sabe cuánto te amo, excepto yo.

—Señora Sendoh, qué cliché puede llegar a sonar.

Kazuki sacudió la cabeza. Su felicidad era indestructible.

—Mira quién lo dice, señor «cásate conmigo y crucemos el mundo».

Tras lo cual, se movió en el sofá para echarle los brazos al cuello. Aquel era su lugar favorito en el mundo, el único con aroma y sabor a hogar.

A lo lejos, los ronquidos continuaron adornando el sonido ambiente. Akira hundió la cara en el pecho de Kazuki para ahogar sus risas.

—Podemos fingir que estamos a bordo de un tren —manifestó divertido.

Y así, jugando a que viajaban en un Shinkansen, retomaron las caricias justo en donde las habían dejado.