La música en el alma

Capítulo 98: Abriendo los ojos

Martes, 16 de enero de 1872

Fue una noche sin sueños. La emoción de la boda, la celebración en sí, todos los nuevos sentimientos que me cubrían, nuevos descubrimientos…, consiguieron hacerme descansar plenamente.

Erik fue el primero en quedarse dormido, todavía rodeándome con el brazo derecho debajo de las sábanas. Desprendía calor, y estaba más que satisfecha de poder usarlo como mi calentador personal. Apenas se movía; únicamente cuando se colocó bocabajo, agarrando una de las almohadas con el brazo contrario con el que me sujetaba.

En aquel momento pude estudiarle, y fue extraño verle tan desprotegido, vulnerable. Tenía la boca ligeramente abierta, crenado suaves olas con su aliento. Las mejillas parecían más infladas desde esa posición tumbada, a pesar de las marcas y protuberancias en la carne. La frente lisa, y los ojos cerrados en comodidad. Este era el hombre con el que había intercambiado esperanzas y sueños, con el que me había casado, al que me había unido.

Muchas personas estarían arrepentidas; rogaba al cielo por jamás ser una de ellas.

El cabello le caía sobre los almohadones, juntándose a uno de mis mechones castaños que había llegado hasta casi su rostro. Me ruboricé suavemente; el cómo se encontraba mi aspecto me preocupaba lo suficiente como para avergonzarme. ¿Pero importaba verdaderamente? Adoré el instante en el cual Erik pasó de ser el hombre meticuloso y exigente a la bestia sin reprimir. Y por sus palabras disfrutó todo lo que le pude ofrecer.

Intenté girarme sin apenas moverlo, pasándole los dedos por la cara y la espalda, sintiendo el aleteo de su corazón y el vaivén de la respiración en los pulmones. Tardé poco en cerrar los ojos y ceder a los deseos del sueño. En ese periodo de tiempo, cuando era capaz de rozar la consciencia, algunas cosas se volvieron claras. Abrazos ceñidos, besos como mariposas, el arrastre de las mantas sobre mi piel, exhalaciones cálidas cuando rebotaban contra un pecho duro. Había una intimidad placentera en todo aquello.

No obstante, el despertar se trató de algo más pesado; podría haber estado todo el día durmiendo, realmente. Pero una suave voz comenzó a llamarme, despejando la bruma que era mi mente. Cada vez más cerca, y haciendo hincapié en que abriese los ojos. Al final se estaba enfadando, y aquel fue el momento en el que le hice caso, sacudiendo los párpados cuando la brillantez de las luces me golpeo.

Varias lámparas daban vivacidad a la habitación generalmente oscura. Me froté la cara con las manos, quedando además bocarriba, estirándome sutilmente en el enorme camastro. Sus alrededores estaban fríos si los tocaba.

Erik me miraba desde el lado, de pie, con los brazos cruzados que rápidamente dejó caer con pesadez. Se había vestido; no de la forma meticulosa de siempre, sino algo más casual, más parecido a si se hubiese quedado a medias, teniendo que atender cualquier otra cosa. Una camisa suelta y un par de pantalones grises que se le ajustaban —en lo que debo añadir— de manera provocadora.

Me creció una sonrisa en los labios mientras se me ocurrían varios comentarios que hacerle, pero la gracia se me quedó en la garganta al ver en su rostro una de las máscaras bien colocada, ocultándolo. Los ojos le brillaban de la misma forma que acababa de descubrir la noche anterior, consiguiendo estremecerme.

Aquella extraña magia desapareció igual de rápido que había aparecido.

—Buenos días —dije entonces, queriendo romper lo que nos estaba ahogando. Tenía la voz espesa y el cuerpo todavía suave por las horas de sueño.

—Casi tardes, más bien —contestó rápido, intentando seguir mi buena educación. Pero se quedó en eso, prefiriendo agacharse para recoger algo en el suelo que fue a depositar a una de las sillas que acompañaban a las mesas llenas de diseños. Iba de un lado a otro, sin hacer ruido.

Oh —murmuré a causa de su fría actitud, tomándome el tiempo suficiente para colocarme mejor. Fue entonces cuando me di cuenta que las sábanas y mantas se mantenía casi por encima de mis caderas, pero nada más allá del vientre, dejando en exhibición mi desnudez superior. Un feroz sonrojo me acaloró la piel, sentándome mientras el hombre seguía reuniendo cosas dándome la espalda y me daba tiempo a adecentarme.

Cuando se dio la vuelta tuvo que ver la viva imagen de la modestia, y estaba segura que sus ojos reflejaban algo parecido al fastidio. Me regodeé en eso, orgullosa de la sensualidad que podía ofrecer incluso sin darme cuenta.

Cuando estaba aparentemente satisfecho con lo que había estado haciendo, se acercó de nuevo, con el cuerpo tenso.

—He preparado algo para comer. —Le sonreí—. Había pensado que después podía mostrarte una cosa —comentó inseguro, a pesar de la imagen de control que ofrecía a la vista—. Es fuera de la ópera, no demasiado lejos. —Mi sonrisa se volvió más grande.

—Eso sería perfecto.

Se movió incómodo, cambiando el peso de un pie a otro. Era extraño no poder ver sus expresiones abiertas y claras. La grandeza de sus ojos cuando se sorprendía, el ceño fruncido, el intento de alzar la nariz a pesar del hueco que en realidad tenía en esa zona.

Nos estudiamos durante unos instantes, y cuando no supo continuar, con varias palabras cruzadas intentó marcharse. Mas, fui lo bastante audaz como para llamarle antes de que se alejase demasiado.

—Erik —clamé, extendiendo el brazo para que me tomase de la mano, envalentonada por los pensamientos que jugaban en mi interior.

Dudó en un principio, pero tras dos pestañeos se dignó a cerrar los dedos con los míos, llevándole otra vez a donde se había encontrado cuando me desperté. Fue lo suficientemente inteligente para saber lo que quería, agachándose cuando me acerqué un poco más al borde de la cama con la barbilla en alto.

Que me obligase a besarle con la máscara era una grosería; los besos que compartimos en la noche se habían transformado en la cúspide de mi gozo, pues ningún material absurdo me abstendría a crear los roces que quisiese contra sus labios.

Pero aquel no era el momento, ni la situación, resignándome a lo que me ofrecía. El hombre apasionado se había convertido en el caballero del que me enamoré principalmente, y eso no era algo malo. Aún había muchas facetas que desconocíamos el uno del otro, y estaba deseosa de irlas descubriendo.

—¿Sería demasiado grosero si acudo a la comida cubierta con una bata? —le pregunté, rozándole con las uñas la palma. Me temblaban las palabras, tartamudeando en las más complejas—. Tal vez sea descortés pedírtelo, pero me gustaría poder usar la gran bañera que tienes después de almorzar.

Mientras le había estado ayudando a quitarse la máscara realista la noche anterior, intentando ayudarle a cruzar sus miedos con seguridad, no pude más que pensar brevemente —al igual que la primera vez que la vi— el cómo sería estar rodeada de agua caliente en una tina tan grande. Y ahora era mi oportunidad.

Me sentía descuidada después del día de ayer. Usé lociones, maquillaje, perfume a lo largo de la mañana y tarde, y por la noche todo se volvió lo suficientemente impulsivo como para no preocuparnos en lo que creó nuestra unión.

Pero ahora era diferente, y por lo que podía ver desde la periferia, tenía casi todos los rizos aplastados y en proceso de alisarse.

Erik me sonrió, mostrándome los dientes como un lobo. Pero lo que fuera que estaba pensando no lo dijo, dirigiéndose a un tema mucho más atento.

—Querida, todo lo que hay en esta casa ahora te pertenece. —Depositó un beso sobre mis nudillos—. No hace falta que preguntes, puedes hacer lo que desees.

Volvimos a juntar nuestras bocas, dirigiéndonos a un territorio más ardiente. Pero él se apartó en cuanto comenzamos a escalar en la pasión.

—Colocaré la mesa. —Me avisó, abandonándome en la gran cama—. No tardes demasiado o la comida se enfriará.

Di un gruñido cuando salió por la puerta y la cerró a sus espaldas, enredándome en las sabanas y en su olor otra vez.

~)}O{(~

No me había equivocado: la bañera fue una delicia. Podría ahogarme en ella si quisiese, y era tan suave al tacto a pesar de lo bruta que parecía, que me costó al menos cinco minutos de más terminar de lavarme.

El agua caliente y los aceites habían ayudado a las partes doloridas de mi cuerpo; me temblaban los muslos, y eso se debía a la noche que pasamos, sujetando a Erik más cerca de mí cada vez que podía. Había una incomodidad en mi interior a la que no quería prestar demasiada atención tampoco, pero cada vez que me ponía en pie, tendía a hacer una mueca por los suaves pinchazos que sentía.

Al menos, aquellas dolencias las podía pasar en silencio, lo que en verdad me preocupaban eran las marcas moradas que me cubrían el cuello. Las del pecho no me era tan importantes, fáciles de ocultar, pero las otros eran casi imposibles, y no tenía ningún vestido tan abrigado.

Suspiré, mirando mi reflejo en el espejo. Usaría un pañuelo, no cabía duda.

Creía verme diferente a pesar de ser la misma persona. Como si me hubiesen alisado las arrugas de la frente, o golpeado la nariz para que no fuese tan respingona; no me pesaban tanto los hombros y sentía los pies ligeros. Tenía una sonrisa continua en los labios.

Cuando salí de la habitación, Erik me estaba esperando ya preparado también, con la capa puesta y un sombrero de ala ancha en la mano; sin embargo, se encontraba abstraído leyendo lo que creía que era una carta.

Fruncí el ceño ante eso; parecía nervioso, teniendo además la parte que podía ver de su rostro sonrojado. Se veía casi encogido, y habría considerado esto cómico en otra situación, pero comencé a preocuparme.

Arrastré los pies hasta su lado, haciéndome saber.

—¿Está todo bien? —le pregunté, apretándole ligeramente del brazo.

Se estremeció, mirándome de refilón y asintiendo rápidamente. Tardó unos instantes en contestar a la pregunta que colgaba en mis labios y que nunca hice.

—Una carta del Daroga, nada más. —Me permitió que estudiase las letras, y no fue lo que esperaba; sobre el papel las palabras pertenecían a otro alfabeto que no había visto antes, aunque podía imaginar a cuál pertenecían—. Está escrito en farsi.

Era increíble y hermoso; el ruso no me había parecido tan bonito, con muchos más ángulos rectos, a diferencia del que ahora veía. Líneas curvas, de gruesas a finas, con puntos por todas partes.

El papel que había usado Amir, además, le daba cierto aire envejecido, y todo el conjunto parecía más extraordinario y exótico de lo que ya era.

—¿Cómo se supone que se comienza a estudiar esto? —dije mientras pasaba la punta del dedo sobre la que creía que era su firma.

—Letra por letra, Christine, no con grandes textos. —Apartó mi mano y dobló la carta, caminando a uno de sus escritorios para guardarla, revoloteando la capa a su espalda con majestuosidad.

—¿Ha escrito algo que te haya molestado?

—Todo lo que haga ese hombre me molesta, querida. —Alcé una ceja; le hablaba en serio. Él puso los ojos en blanco, pero era extraño que el rubor continuase en el mismo sitio que cuando había llegado—. No, Christine. Eran… unas palabras acerca de la amistad que compartimos, nada más.

Consiguió distraerme entonces, dándome pequeñas pistas de a dónde nos dirigíamos, pero no lo que habría en aquel lugar. Y lo cierto era que me moría de curiosidad.

Mi corazón volvía a acelerarse mientras cavilaba la posibilidad de que nos viesen juntos de nuevo, pues Erik había decidido ponerse una de sus máscaras más discretas, pero que le hacía parecerse más al Fantasma de la Ópera que al supuesto hombre que conocía repentinamente la sociedad.

César, sin embargo, estaba igual de contento que siempre al vernos, y en esta ocasión le llevaba dos magdalenas para que las engullese y me lamiese las palmas. No había nadie más con él para vigilarlo, y los otros caballos o las tres ovejas que convivían allí, preferían dormitar antes que prestarnos atención.

Erik solo pudo poner los ojos en blanco mientras le murmuraba tonterías al oído y le desenredaba la crin.

—Tienes que admitir que así es más fácil ensillarlo —le dije entre carcajadas, acariciando el suave hocico de la bestia cuando comenzó a olisquearme por más dulces.

—Él hará lo que yo diga, estés tú o no para engordarlo —gruñó mientras le apretaba la silla un poco más y conseguía que el caballo relinchase y menease la cabeza, teniéndome que apartar.

No quise continuar con la conversación, prefiriendo ignorarlo hasta que me llamó explícitamente para que me subiese primero, quedando él detrás de mí, agarrándome de la cintura cuando se situó encima del animal.

Comenzamos entonces el paseo, saliendo a la luz del medio día. El sol se iba ocultando entre las nubes, pero una ligera y fría brisa las apartaba, permitiéndonos disfrutar de un poco de luz.

Recorríamos las calles más tranquilas, con pocos individuos paseando por ellas. Las tiendas se encontraban casi vacías, pero los pocos restaurantes y cafeterías con los que nos cruzamos, parecían estar llenos de un ambiente alegre y hogareño.

Solía creer que el invierno unía a las personas, y no parecía equivocarme.

Tras quince minutos de paseo, terminé girando el rostro por encima del hombro, intentando sonsacarle a mi esposo el a dónde íbamos en realidad.

—¿Está muy lejos el lugar? —comencé esta vez, viéndole crecer una sonrisa en los labios.

—No falta ya mucho, querida. —Arreó las bridas, adquiriendo César un paso más ligero.

—¿Y dónde estamos yendo exactamente?

Nos habíamos comenzado a mover por una zona residencial cerca del Sena. El río tenía un pequeño desbordamiento no muy lejos de allí, y muchas casas se habían edificado a su alrededor, luciendo estas preciosos y brillantes jardines.

Erik pareció dudar, tomándose un tiempo innecesariamente largo para contestarme. Todavía generaba silencios mientras pensaba las cosas, no obstante, no le presionaba y dejaba que mi paciencia fluyese, dándole el tiempo que necesitase.

—Dado que pareces tan ansiosa —comenzó de repente, cuando estaba distraída.

—Pareciera que me estás regañando —declaré, girando el torso para mirar al frente. Él se limitó a pellízcame la cadera por encima de la capa.

—Hace tiempo planeé cual sería tu regalo de bodas, y eso es lo que te voy a enseñar.

Fruncí el ceño, arrugando además la nariz. Yo no le había dado nada; ni si quiera me había preocupado por tal asunto. Además, ¿qué podía ser lo que quisiese darme, en plena calle y tan lejos de la ópera?

—Erik…

—Antes que digas nada: esto es tanto para ti como para mí. Durante toda mi vida he intentado buscar lo que sería considerado normal, habitual. He conseguido un trabajo digno, una esposa, y esto sería lo último…

César se detuvo por una orden clara. Nos encontrábamos delante de un gran seto con casi todas las hojas caídas, pero lo suficientemente tupido como para no dejar ver bien lo que había al otro lado de la vaya que intentaba disimular.

Una puerta de hierro indicaba la entrada, y el sentir a Erik deslizarse por encima del caballo para poner los pies sobre el suelo, solo consiguió que se me atascase el aire en los pulmones.

—No puede ser… —murmuré, atónita.

—Siempre he querido un hogar, y sé que dirás que la casa en las catacumbas de la ópera es apropiada, pero necesitamos mezclarnos con la sociedad.

Sentía que se estaba disculpando, al igual que si hubiese hecho una gran locura sin preguntarme antes y ahora se arrepintiese. No me dirigía la mirada a los ojos, distraído en un punto particular cerca de mi hombro derecho, y no cesaba de mover el peso del cuerpo de un pie a otro.

Me agarró por la cintura y me hizo bajar con cuidado, colocándome a su lado.

—Pareciera que estás dando excusas, Erik. —Atrapé sus manos entre las mías—. ¿Por qué lo has comprado verdaderamente? Y no me digas que deseas ahora compartir tu vida con un gran colectivo, porque por mucho que lo intentes, no te voy a creer. Debe de ser algo mayor lo que te haya impulsado.

Otro silencio, más intenso que el anterior. Pero en esta ocasión, viendo que había transeúntes a nuestro paseando a nuestro alrededor, tomó las bridas de César y nos indicó con un movimiento de cabeza que le siguiésemos.

Abrió la puerta de hierro con una pesada llave, introduciéndonos en los terrenos.

A varios metros, tras tres árboles de hoja perenne y un camino serpenteante grava, se encontraba una vivienda, mostrándose acogedora y temiblemente imponente. Era rectangular, de dos pisos y con el exterior de un color arena descolorido. Grandes ventanales le daban cierto aire victoriano, y las tejas de la parte superior, en su mayoría rojas, parecían haber estado en mejores circunstancias que las actuales.

En su lado izquierdo había también un pequeño establo para meter a los animales que quisiésemos.

—Todo esto nos pertenece —sentenció al fin, con un suspiro—. Hay que reformarla —comentó mientras dejábamos que los sonidos de nuestros pasos nos rodeasen. Paseábamos con lentitud, de la mano, respirando el momento.

Este sería nuestro hogar; apenas podía creerlo.

Cuando llegamos al porche, César ya se encontraba explorando los alrededores, rascándose el lomo contra la corteza de los árboles.

No sabía qué decir; era cierto que Erik tenía dinero, pero el que de repente me mostrase algo tan maravilloso, un incentivo más de lo que sería nuestra vida compartida, me dejaba sin palabras y con los ojos llorosos. Las palabras no saldrían de entre mis labios.

—A tu pregunta anterior —prosiguió, sonando vulnerable. Mas, no me soltó la mano, ni si quiera cuando comenzó una pequeña discusión con la puerta principal para que se abriese—. Quiero compartirlo todo contigo; ya sea lo bueno o lo malo, aunque de eso último hemos tenido ya suficiente. —Le di un pequeño apretón—. La ópera está bien, y sé que seguramente sea más increíble vivir allí que aquí, pero en pocas ocasiones he tenido la oportunidad de levantarme cómodamente rodeado por los rayos del sol.

—No ibas a poder traer el órgano —le hice saber, como si por eso fuese a dudar.

Me miró repentinamente sorprendido, sin pestañear y con algunos mechones cayéndole sobre la frente cubierta.

—Como si eso importase. No digo que no podamos volver abajo, ¡jamás se me ocurriría deshacerme de todo el trabajo que hice allí! Pero aquí, por encima del suelo, podremos tener la vida que siempre he querido. No nos encontramos demasiado lejos del Palais Garnier, el mercado está cerca, y tiendas y restaurantes —comenzó a hablar cada vez más rápido, emocionado, mirando en todas direcciones. Mas, de repente, calló, agachando el rostro para mirarme fijamente—. No volvería a estar escondido nunca más.

Aquel era su secreto; una vida completamente normal, con un cielo azul con el que despertarse y las estrellas para dormir. Veríamos las tormentas, la lluvia en primavera, el calor en verano; sufriríamos el azote del viento en otoño y la nieve en invierno. Podríamos salir a comprar, a pasear. Estaríamos alejados de nuestros amigos, pero siempre podríamos invitarles a pasar veladas con nosotros, porque ahora tendríamos un lugar al que llamar hogar.

Yo quería una casa propia, desde hacía tanto tiempo que no podía recordar cuándo comencé a soñarlo. Un lugar al que volver después de un arduo día de trabajo, donde se encontrase la persona que más quería en el mundo y en la cual podría apoyarme.

Me mordí el interior de las mejillas mientras estudiaba con los ojos atentos el recibidor de la casa. Una escalera subía directamente al segundo piso, y el pasillo donde se encontraba separaba un salón, la cocina y lo que supuse que sería un baño.

La pintura y el papel de las paredes caía sin cuidado sobre el suelo de madera, y los marcos de las puertas se estaban hinchados.

Pero era perfecto.

—Esta es nuestra casa entonces —pronuncié con cuiadado, soltándome de la mano de mi esposo para clavar un pie en la primera sala, caminando sin rumbo aparente por cada una de ellas. Tenían cierta magia, algo especial. Tal vez era el sentimiento de saber que ahora nos pertenecían, pero quería suponer que se trataba de la gran emoción que Erik debió poner a la hora de comprarla, contagiándome su dicha.

Una puerta trasera y una de las grandes ventanas, dejaban ver otro gran jardín sin cuidar, con más árboles y pequeños setos aquí y allá. Además, lo que creía que era una charca se distinguía en la distancia.

Todo se encontraba rodeado por los altos arbustos, cumpliendo fielmente su función de muro contra el mundo exterior.

—¿Te gusta? —me preguntó de repente, llevándome de vuelta a la realidad y a la desesperación que estaba sintiendo el hombre, pellizcándose las palmas de las manos.

Una sonrisa tremenda me estiró los labios y arrugó las mejillas, lanzándome a sus brazos sin avisarle antes, colgándome de su cuello para darle un beso poco ordenado.

—¡Es maravilloso! No creí que… No pensé… —pero no sabía cómo continuar para no hacerle daño.

En algunas ocasiones consideré —y una parte de mí se había resignado— a que viviríamos durante mucho tiempo bajo la ópera; que tendría que convencerlo como había hecho con muchas otras cosas. Pero él mismo había creado la solución a mi ansiedad, y no podía estar más agradecida.

Nos reímos, y comenzamos un parloteo sin sentido actualmente, soñando despiertos. Decíamos lo que queríamos, el cómo íbamos a conseguirlo y lo mucho que tendría que trabajar Erik como albañil para adecentar la casa.

Yo me mostraba dispuesta a todo, pero él era más capacitado que yo para crear un baño funcional y con agua caliente, sin duda. Mas, eso no significaba que me fuese a estar con los brazos cruzados.

Subimos a la segunda planta, la cual no se encontraba mejor que la primera. Tres habitaciones, un estudio y un cuarto de baño más grande que el de abajo.

El conjunto general de la vivienda era bastante grande, y casi me apabullaba. Casi. Porque la emoción que residía en nuestros cuerpos no me dejaba pensar con claridad, dando saltos aquí y allá, señalando todo lo que me parecía curioso o interesante.

Planificamos todo lo que sería nuestra habitación compartida, y lo único que le rogué fue que hubiese una cama tan grande como la que ahora tenía el hombre, con todas sus mantas, sábanas y almohadones. Quería seguir descansando en el camastro de un rey.

—Hay que pensar también en los pequeños detalles. —Hice una mueca mientras me arrastraba para que diese una vuelta sobre mi misma y nos quedásemos con el pecho unido. Se rio con genuina alegría—. No te agobiaré con más datos sobre la construcción, querida, más bien con el color de las paredes, de los muebles, esas cosas. —Algo dentro de sus ojos brilló con picardía, consiguiendo que un cosquilleo me creciese en el estómago—. Habrá que pensar en algo tan elemental como un par de cortinas. Tal vez blancas, de un tejido suave y con flores bordadas.

Dejé que me cayese la boca, abriéndola de par en par. Intenté separarme de su lado, pero me agarró más fuerte, levantándome por encima de él y comenzó a darme besos.

¡Maldito fuese, al igual que Meg!

~)}O{(~

Cuando nos quisimos dar cuenta la noche se iba acercando, oscureciendo cada una de las paredes de la casa, dándole un ambiente mucho más sombrío.

Al salir, el frío nos arañó la piel, siendo ya lo suficientemente incómodo para obligarnos a acelerar el regreso.

César se mostró huraño, haciéndonos darle muchos más mimos por habernos olvidado de él de manera tan impropia; aunque por los cercos que había en el césped, deduje que no se había aburrido demasiado.

Conseguí que Erik se detuviera en una de las pastelerías que había todavía abiertas, a pesar de sus protestas y gruñidos; se mantuvo alerta mientras me ayudaba a poner los pies de nuevo contra el suelo e intentaba ocultar su rostro al mundo, esperando con los hombros y la espalda rectos.

Compré varios dulces que sabía que le gustaban, además de dos tipos de chocolates que no me había molestado en probar antes.

Estaba contenta; casi no cabía en mí de lo satisfecha que me sentía. Al igual que si caminase entre nubes y brisas ligeras, moviéndome de un sitio a otro. En mi cabeza resonaba música, y una expresión suave me relajaba los rasgos.

Hicimos la cena juntos, dándome Erik las ordenes y yo siguiéndolas sin rechistar. Me prometió que podía hacerlo solo, pero me negaba a espérale durante cuarenta y cinco minutos sola en el gran sofá del salón. Aunque encontrarme cerca del fuego no me pareció tan mala idea.

No obstante, se resistió menos cuando me ofrecí a fregar lo que usamos, agregando que quería hacer algo antes de que fuese mucho más tarde y al final no encontrase la fuerza.

Eso le consiguió un arqueo de mis cejas, pero no le presioné mucho más, atareada con lo que me había dispuesto a hacer.

Mas, no tardé demasiado en enterarme con lo que se encontraba absorto. Estaba frente a la chimenea, con un libreto rojo entre las manos, escrito en la portada varias letras que tomaron forma concreta cuando me acerqué: Don Juan Triunfante. En su interior se guardaba un grueso grupo de hojas.

Me acerqué hasta él, agarrándolo por la espalda cuando pude. No se movió, con los ojos clavados en lo que sujetaba. Lo poco que podía ver de su rostro me mostraba una lucha que no podía comprender; daba la impresión de estar hablando consigo mismo, y fue cuando me miró que pareció encontrar una resolución a su problema.

Sin una sola palabra, lanzó lo que sabía que eran partituras al fuego, avivándose las llamas con un odio inesperado.

Nos quedamos allí, en silencio, abrazados y con las respiraciones pesadas. Aunque hubiese querido hablar, o preguntarle, no habría sabido qué decir, temerosa de estallar su ira o tristeza.

Nunca me había dejado escuchar dicha composición, por mucho que se lo hubiese rogado, y no creía que fuese a disfrutarla jamás.

Nos habíamos sentado en el suelo, juntos, viendo danzar las llamas con ojos perezosos, cuando me susurró de repente, sin apartar los ojos de donde los tenía clavados.

—Esa ópera estaba escrita con rabia, con tristeza y desesperación. —Esa había sido la vida de Erik hasta hacia poco—. Tales sentimientos ya no existen, por eso debo olvidarme de ella. Ahora tengo un futuro del que preocuparme; no me revolcaré en el pasado.

Con sumo cuidado alargué el cuello, depositando un beso sobre su barbilla, sintiendo la piel fría bajo mi toque. Me quedé allí unos instantes, aspirando su aroma almizclado, regocijándome en el calor que estaba sintiendo.

—Me alegra que hayas decidido eso —le hice saber, tras sentirle dudar unos instantes, al igual que si estuviese esperando mi veredicto.

Y no podía serle más sincera. Teníamos un nuevo porvenir que ir formando y no había espacio para el dolor en él.

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¡Un besazo y hasta el próximo capítulo!