Lakewood Parte I

Candy le había hablado alguna vez de Lakewood, en sus relatos solía describirlo como un lugar de una belleza que solo se encontraba en las pinturas de los museos y ni hablar de su opulencia, era el sitio perfecto para retozar y soñar hasta cansarse. También era la imagen de la abundancia americana; sin embargo había algo en Lakewood que le había sido posible reconocer.

Desde el portal de las rosas de Anthony Brown, hasta la puerta de piedra y los vastos jardines, a Terry le provocaba una terrible sensación de perdida, algo que no podía describir pero sabia que estaba ahí. Lo mismo le pasaba con las propiedades de los Grandchester, era el vacío de generaciones perdidas, de los rencores y la desdichas que provocaba la muerte.

Candy no era una Ardlay, pero no importaba pues era casi imperceptible que ella no llevara la misma sangre, pues ademas de la semejanza física, también parecía como si perteneciera a ese lugar, como si su adopción hubiese sido una mera equivocación, una formalidad, cada detalle, cada pequeña historia que Candy tenia para contarle de su familia adoptiva lo hacia con ese candor en su voz que le hacia notar como la chica vivía para atesorar aquellos días.

Por ahora permanecían en el recibidor, decidiendo si cruzar el umbral o esperar a que William Albert Ardlay se reuniera con ellos.

Terry estaba inquieto, ahora que había terminado la gira de la compañía Stratford, les habían dejado unos cuantos días libres para que todos descansaran, naturalmente, Albert se había ofrecido a que lo acompañaran en su gran casa, y Candy había aceptado a un antes de consultarle, algo que no admitiría pero le irritaba de sobre manera.

Era una verdadera suerte que coincidieran para volverse a ver, con lo ocupado que Albert estaba, según había comentado Candy.

Terry por otro lado hubiera preferido desistir.

Por lo que ahora cada uno cargaba un veliz, apenas con las ropas que traían en la gira, Terry había cargado las dos valijas desde que caminaran por la verja de rosas que abría el camino a Lakewood, pues el carruaje que rentaron no podía entrar a la propiedad y era un camino largo, aunque agradable, probablemente había sido diseñado por un paisajista.

Con sus perfectos arbustos y sus dulces Candy floreciendo a su paso.

La maleta de Candy era mas pesada que la suya y no es que trajera muchos vestidos, todo lo contrario, Candy la había llenado prácticamente con presentes para los niños del hogar de Pony, también echo algunos en la maleta del muchacho. Terry no se quejaba, le agradaba la buena voluntad que tenia Candy con el prójimo, ella era una persona muy buena.

Y Terry no estaba muy seguro de conocer mucha gente buena.

Ahora bajo el candelabro que estaba sobre sus cabezas inquietas y con valijas en mano, Candy miraba ansiosa a su alrededor, tratando de suprimir la sonrisa que le causaba volver.

Terry advirtió el gesto en Candy y se sintió mal consigo mismo por negarle un retorno mas inmediato. Tal vez era ahí donde ella pertenecía.

Se sentía como su carcelero, el carcelero de una paloma que ansiaba volar, la pobre viva abrumada en los traumas ajenos, en desgracias que solo le pasaban a un tonto como el.

— Albert seguramente esta ocupado, tiene tantas obligaciones porque ahora es la cabeza de la familia Ardlay— le comento Candy con una sonrisa nerviosa en vista de que habían estado parados esperándole por mas de veinte minutos.

Terry asintio, no podría decir que estaba muy entusiasmado por ver a Albert, y no era porque tuviera algo en contra de el, pues también eran amigos, pero no estaba de humor para charlas con nadie, no cuando tenia tantas cosas en que pensar, la nota en su chaqueta no le ha dejado disfrutar del trayecto a Lakewood,

ni siquiera ha notado cuando Candy a tratado de tomarle de la mano, pero no va a arruinar esto para ella, se comportara lo mas neutral posible y dejara que Candy disfrute.

Y justo cuando se decide por anunciarle a la rubia que esperara sentado en el porche, los pasos de otra persona resuenan muy cerca.

— ¡Candy!

Los ojos de la rubia brillan al encuentro de su amigo, producto de la adoración y el anhelo, a estado anticipando estas cortas vacaciones para visitarle, la muchacha se arroja a sus brazos y se funden en un abrazo por un momento, Terry les observa en silencio. Como un espectador en la función, odiaría interrumpir aquel momento tan emotivo pues sabe bien que su amigo Albert no tiene malas intenciones y Candy es una sentimental.

Se le ve diferente a el Albert del zoo de Londres, eso si, mas joven y con ese aire sofisticado, sin lentes o barbas que oculten el rostro del heredero Ardlay, Candy le ha dicho que cuando era niña le conoció en una ocasión que no podía parar de llorar, el era un chico en ese entonces con su kilt y gaita, le entretuvo hasta hacerla sonreír, también le comento del impresionante parecido que tenia con Anthony, así que probablemente esta viendo en persona el como seria Anthony de haber crecido, de no haber muerto...

— Terry, que gusto volver a verte.— Dice Albert después de que la emoción de ese encuentro con su pupila se denote en su rostro, el rubio no duda en tratar de darle un abrazo aunque no con la misma efusividad que a Candy pero Terry opta por un simple saludo de manos.

— Lo mismo digo, cuando Candy me contó toda la historia no le podía creer.

Albert asiente, mientras les muestra el camino al salón de invitados, al principio se le ve algo incomodo temiendo que alguien comente su nuevo estatus, pero después se le pasa, pues es el mismo quien comienza una charla animada con Candy. Terry solo asiente mientras finge escuchar.

— George, me ha simplificado todo.— Confiesa el joven heredero con algo de rubor en las mejillas.— sin su ayuda estaría mas que perdido.

Y así es, aun se siente extraño sabiendo que ahora será el quien manejara la fortuna de los Ardlay, toda su vida siendo un tanto diferente...

Desde su infancia viéndose entre adultos, alejado de los juegos de los chicos de su edad porque tenia mucho que estudiar, el consejo esperaba tanto de el, la tía Elroy esperaba tanto de el...

Se la ha vivido aislado de sus familiares y amigos potenciales, que esta vez que ha vuelto para quedarse no es mas que un extraño para todos, sus sobrinos le desconocen y su tía sigue pensando en el como aquel niño retraído que se asía a las faldas de su hermana mayor, su pobre y enferma hermana mayor, ni siquiera tuvo la oportunidad de convivir con su sobrino Anthony.

Dejándole en una posición por demás incomoda, frente a una familia de la que solo atina con sus nombres, nadie le conoce realmente, a excepción tal vez de...

Candy.

— Seguro lo harás muy bien. — dice la chica poniendo una mano sobre la suya para infundir en el algo de confianza mientras sus ojos verdes brillan como dos piedras preciosas, como esmeraldas.

— Si, bueno, he estado fuera del radar de la familia por un tiempo, ahora solo me toca remediar eso, el consejo esta algo molesto conmigo en este momento.— se sonríe el joven apenado. — Creo que ya me agote las vacaciones de toda mi vida.

Los tres ríen ante aquel comentario, de repente la atmósfera se torna mas ligera, tal vez Albert Ardlay ahora vista trajes de tres piezas y lleve el cabello recortado dando una imagen pulcra y seria, pero sigue siendo el mismo joven que trabajara en un zoo, el vagabundo trotamundos que oculta sus orígenes porque siente que se asfixia con la presión sobre sus hombros.

El hombre solitario que no ve clases sociales, solo personas. El mismo hombre que después de huir de su vida ahora le hace frente, a renunciado a sus sueños para que su familia duerma tranquila, para no manchar el buen nombre de los Ardlay y que su padre, donde quiera que este, le mire orgulloso.

Toman té y pastas, a la vista de Terry puede ver perfectamente el gabinete con licor, las copas de cristal colgando del mueble de caoba, pero su anfitrión ni siquiera se ha molestado en ofrecerles un trago, probablemente por la edad.

La sala es amplia y de sus paredes decoradas en tapiz color menta cuelgan diferentes pinturas, en los muebles descansan piezas de colección y marcos con retratos de diferentes miembros Ardlay, las dulces Candy dan un aroma aun mas dulce en los discretos floreros que descansan en las mesitas.

Terry esta comenzando a odiar las rosas, no importa el color... Inclusive si se trata de las flores de Candy.

Aprieta los párpados y trata de calmarse.

Aun tiene las manos algo rasguñadas de los espinazos que se ha dado cuando destrozo todo esos arreglos florales.

Mira a otra parte para no pensar, no quiere ver nada que le recuerde a lo que le agobia y es que no es algo pueda estar contando, ya ni siquiera a Candy.

Es algo que le ha quitado el sueño toda la noche y que le ha hecho pensar durante el trayecto a Lakewood, quien haya dicho alguna vez que la vida era sencilla, no conocía la suya.

Mira con desesperación el reloj de pared y desea que el tiempo deje de correr, mira a Candy quien esta riendo de algo que ha dicho Albert y se siente ajeno a esa dicha. Se siente ajeno a muchas cosas, es un intruso con invitación.

Sabe que es el final, que el resto lo debe enfrentar el mismo, es algo que tiene que hacer sin ayuda si es que quiere seguir guardando algo de estima hacia su propia persona.

Si es que es capaz de mantener la cabeza en alto.

— ¿Pero que mal anfitrión soy!— Dice Albert Ardlay mirando su reloj de pulsera y haciendo una mueca de horror. — ¡Ya es muy tarde!

Y Efectivamente, se les ha ido el tiempo volando entre anécdotas burdas y recuerdos compartidos, es casi medianoche y Albert Ardlay aun les debe una invitación al comedor de la mansion. El heredero toma asiento en la cabecera mientras Candy y Terry se sientan a un lado de el pero en lugares contrarios.

Se sirve cordero con ensalada, un aderezo de vinagre y patatas al horno, Candy come con avidez, la comida esta mucho mejor que en muchos lugares a los que han ido estos últimos meses y que decir de los alimentos preparados por la chica.

Se atreve a bromear que esa es la razón por la que ahora este tan delgada, se burla de sus dotes culinarios y los tres se sonríen escondiendo su incomodidad, Terry mira su plato sabiendo desde un principio que nunca tuvo apetito, pero no le queda mas que comer pues no esta en el hacer la grosería en casa ajena.

— Me he tomado la libertad de pedirle al ama de llaves que arregle sus habitaciones— comenta Albert con su copa de vino a rebosar— Terry, tu dormirás en el ala oeste y tú Candy en el ala este.

—Gracias.— dice Candy sin pensarlo mucho con una sonrisa ancha.

Terry quiere reír y bromear con el hecho de que ha estado compartiendo el mismo lecho con Candy por mas de un año, un colchón viejo e infestado con insectos que tuvieron que lavar en un principio, los mismos cobertores y las mismas almohadas, no hay mucho de Candy que no haya visto ya. Sabe cuantos vestidos hay en su armario y tiene memorizados los colores de las tres enaguas con las que se pasea en su hogar cuando hace demasiado calor, sabe que su jabón favorito es aquel de esencia de rosas y que cuando no pueden costearlo se pone un poco de colonia lavanda suya, conoce lo mucho que Candy se remueve en la cama cuando esta teniendo un mal sueño y que habla sin sentidos en las primeras horas de la mañana.

Podría reírse en la cara del heredero Ardlay, pero la verdad es que ni para eso tiene ánimos.

— ¿Terry? — Le llama Candy— ¿Te sientes bien?

— No como me gustaría— El joven se pone de pie y acomoda la silla, mirando al heredero Ardlay con ojos de disculpa. — ¿Podria el ama de llaves mostrarme ahora mi habitación?

Albert asiente de inmediato, se apresura a incorporarse y llama a la señora del servicio, una mujer de color, rechoncha y de mirada afable, llamada Donna, Candy no le ha reconocido, probablemente se debe a que no trabajaba con la familia cuando ella se encontraba en Lakewood y es que Candy es amiga de todo el personal de la servidumbre.

La mucama dirige a ambos hombres hacia las escaleras a lo que Candy solo les sigue con la mirada, el ala oeste es donde estaba la habitación de Anthony, Candy les deja de seguir y sigue devorando su cena sin pensar tanto en eso, esta tan feliz de estar en Lakewood y tiene que aprovechar estos días, pues teme que no se vuelvan a repetir, quiere que los tres sean muy felices en lo que resta del tiempo, Albert le ha informado sonriendo que tia Elroy no se encuentra en Lakewood pues esta de visita con unos familiares en Boston.

Lo cierto es que aun no tiene la fuerza para enfrentarla, no tiene idea de que le podría decir, pero su tío abuelo le ha asegurado que ya no le toma tanta importancia al incidente y que la recibirá como a cualquier otro miembro Ardlay.

" Es una mujer difícil, pero con el tiempo cederá."

Candy no se hace muchas ilusiones con eso, pero sonríe para su pesar, mañana sera un día estupendo, mañana tendrán un picnic maravilloso y visitaran los lugares mas recónditos, hará que Terry deje sus miedos a un lado y que vuelva a reír con las mismas ganas que un niño pequeño de cinco años, volverán al hogar de Pony, y serán las mejores vacaciones que recordaran los tres por el resto de sus vidas.

Se siente positiva, ahora que no hay nadie mirándole, gira la delgada banda de oro que le regalo Terry, mira la pequeña piedrita y siente algo de culpa porque dentro de ella ha querido esconder de los demás lo que significa su union.

No esta segura si esta actuando de manera correcta, por suerte Terry no lo ha notado, se le ve distraído como tantas veces, ahora que le comienza a ir bien en el teatro tiene tantas cosas y personas en la mente.

Excepto ella.

— Me alegro tanto de tenerte aquí...— le susurra una voz al oido y unas manos masculinas se posan sobre sus hombros en un gesto cariñoso.

Candy le mira con una sonrisa y Albert extiende los brazos para que ella se refugie en ellos.

Su calor la envuelve y Candy apoya su cabeza sobre su pecho, respira el aroma de su colonia y ambos se sienten tan bien en la mutua compañía que no se dan cuenta que una mirada azul les observa desde lo alto de las escaleras.

Al siguiente día Candy se levanta con la sorpresa de una habitación repleta de regalos, mira curiosa las cajas blancas y pasteles que descansan sobre el piso y otras sobre las mesas y muebles de su alcoba.

La mucama se presenta enseguida y la anima a abrir las cajas, son un regalo del señor Ardlay, según ha dicho.

Se dispone en abrir la primera caja cuando sus ojos ven el vestido mas bonito que jamas ha visto, es de muselina rosa y tiene un corte perfecto, con mangas holgadas y sofisticadas, algunos volantes y Candy se ha metido en el después de bañarse, es tan cómodo y elegante, tan vaporoso que parece que al caminar flota.

También hay sombreros, unos mas formales, otros para el sol de verano, pero su favorito es el sombrero de paja con una banda de seda verde.

La muchacha se pone unos bonitos zapatos de raso también rosados.

En otras de las cajas de regalo encuentra mas de veinte botellas de perfume con letras en francés que no entiende nada.

Pero los frascos son tan delicados que se queda mirándoles embobada y los olores que desprenden son aun mejor.

En una pesada caja de color vino con broches dorados descubre zarcillos y delicadas cadenas de oro, un collar de perlas y otras alhajas mas, cada una dentro de pequeñas cajitas de terciopelo.

Es como un sueño, Candy se esta empezando a abrumar, se dispone en abrir otro de sus presentes pero primero prefiere abrir las ventanas de su habitación de par en par para así sentir los rayos del sol.

Extrañamente el día esta nublado, pero igual es un día hermoso.

Cuando descubre el siguiente presente encuentra una caja llena de chocolates y la confitería mas fina que jamas haya probado o podido costear.

Ese día Candy se ha dispuesto a arreglarse lo mejor que puede, quiere que Albert vea lo mucho que le han gustado sus regalos, y también mostrarle a Terry cada uno de ellos.

La mucama le mira con horror cuando la descubre echándose casi toda las botella de fragancia encima, Candy se cuelga unos zarcillos de esmeraldas y se pone una de las medias de seda que venían empacadas junto a otros regalos.

Después sale de su habitación de lo mas animosa cargando una caja de bombones que quiere compartir con Terry.

Este capitulo se divide en dos partes… Prometo pronto publicar la ultima parte, por lo pronto quiero agradecer a todas las que me han mandado sus mensajes y disculparme por no haber publicado desde hace varios meses cuando prometi terminar esto el año pasado.

Sandy: no se si sigas por aquí pero este capitulo va dedicado a ti, no hay mejor porrista que tu y el ultimo mensaje que me has dejado fue como un regalo de navidad.

Klaudya: que bueno que volviste a la historia, espero que vuelvas una vez mas, en caso de que no espero que te encuentres bien.

Only D: un saludo para ti, pero como que mi terry? Jaj

Jjaammrr: me encanta leer tus comentarios, lo de las 12 rosas solo es el principio… del fin.

Blanca G : Terry tendra que enfrentar sus temores, graciasss

Aminaabud: gracias.

Y gracias a todas las demas chicas que no he respondido pero que no les quepa duda que he leido sus mensajes, de hecho a veces visito los reviews porque me emocionan bastante y los vuelvo a leer.

Por favor disculpen si notan mas errores de ortografia que de costumbre, pero es que no estoy usando el word convencional….