La música en el alma
Capítulo 99: Entrometimiento no deseado
Christine estaba ocupada en la habitación que ahora compartíamos, acomodándose para pasar la noche. Había tardado casi una hora cuando se preparó para salir, por lo que sospechaba que ahora tenía más o menos el mismo tiempo hasta que saliese y aceptase la copa de licor a la cual le había invitado.
Las ropas de las mujeres eran mucho más complicadas que las de los hombres y, por lo que podía deducir, sus pieles y cabello también eran cosas a las que prestaban mucha atención. Podría gruñir y decir que desperdiciaban el tiempo, pero lo cierto era que cuidándose como lo hacían, conseguían verse muy bonitas.
Con tan solo recordar la suavidad de la piel de Christine la noche anterior, toda queja salía lejos de mi mente.
Di un gruñido, descruzando las piernas en el sillón frente al fuego. Sin apenas cuidado golpeé la botella de brandy contra el vaso, llenándolo de un solo movimiento. Estaba nervioso; las intenciones de la noche pasada fueron claras, pero las de esta no lo eran. Y sería considerado; haría lo que Christine me propusiese, habiéndome convertido en su perro fiel. Ella era todo sonrisas y arrullos, palabras dulces y miradas soñadoras; se merecía el cielo.
El regalo de bodas fue el ideal; a pesar de lo que pude suponer en un principio, la mujer había terminado emocionándose, arrastrándome con ella en su ilusión. No podía expresar el calor que eso generó en mi cuerpo, y menos aún podía esperar para comenzar con las obras para transformar la vieja casa en nuestro nuevo hogar.
Nunca antes me había sentido tan vivo. En Persia creí llegar a la cúspide emocional de mi vida; en los primeros años que viví en aquella tierra maldita, me sentí como un rey. Podía hacer lo que quisiese, ganaba dinero de manera más o menos honrosa y no tenía que dar explicaciones a nadie. Luego, por supuesto, todo decayó, arrastrándome a un mar de horrores junto con sangre.
En ocasiones creía que lo que tenía con Christine haría lo mismo; habíamos llegado al pico más alto de la felicidad compartida, ahora solo tenía que contemplar el trágico descenso, aterrado porque en esta ocasión no encontraría las ganas para continuar existiendo, a diferencia de las esperanzas que me surgieron muchas veces antes, tras la inminente colisión.
Estaba nervioso, ese era el motivo por el cual me encontraba contemplando escenarios torturadores. Me llevé el vaso que tenía entre los dedos a la boca, dando un trago largo para drenarlo, sintiendo el alcohol calentarme desde dentro cuando llegó al estómago.
Había algo más que me estaba molestando. Como si se tratase de un insecto mordiéndome la parte de atrás del cuello. Se sentía como picotazos contra la piel, tirones en el pelo. No paraba de rascarme aquella zona por algo de alivio.
Aunque mi verdadero problema estaba sobre la mesita de café, frente a los sofás. Desde allí se reía de mi de manera silenciosa, burlona. La carta que me había dado Amir la noche anterior, antes de desaparecer con mi esposa, había sido una vergüenza de leer. Me pidió que no la abriese hasta por la mañana, y tonto de mí le hice caso. Si la hubiese leído poco después del festejo, habría regresado a él para golpearlo, sin dar ninguna explicación a nadie. Y sabría por qué recibía aquello.
Pero no, preferí esperar, y Christine me había visto tenerla entre las manos. Incluso se había atrevido a pasar uno de sus delicados dedos rosados sobre las palabras escritas en un idioma que desconocía totalmente. ¡Y gracias a mi suerte por eso! No quería esconder nada de ella.
No obstante, esas mismas palabras ahora me servían de ayuda, siendo aquello lo peor de todo. Había vuelto a releer la cuartilla más lentamente cuando mi esposa desapareció al aseo después de cenar; me ardieron las mejillas, el pecho. Me temblaron las rodillas por el bochorno y tuve agitarlas. ¡Dichoso Daroga y su facilidad de expresión! Por supuesto que para él era algo normal charlar sobre las delicadezas del sexo —en el país que él nació había pocas cosas tabúes respecto a ese tema—, pero no hacía falta que viniese a mí, regodeándose en conocimiento, extendiéndolo para enseñarme.
La carta resumía a la perfección cómo ofrecer placer a mi esposa, habiendo supuesto que nuestra primera noche juntos no sería la ideal del todo. Me prometía que, desde que fuese consciente de un par de cosas, todo iría a mejor.
Estuve a punto de lanzar el vaso contra una de las paredes recubiertas, absteniéndome a ello con el brazo en alto al pensar que asustaría a Christine. Y lo menos que deseaba ahora mismo era dar explicaciones a nadie.
Los gatos me miraron extrañados, tumbados juntos sobre la alfombra bien decorada frente al fuego. Agitaban las colas, y poco después comenzaron a mordisquearse el pelo hasta que Bajtiar salió huyendo de su compañera, quien le había terminado por quitar el sitio y ahora se estaba en el espacio más cómodamente.
Los animales lo tenían más fácil que nosotros. Había algo en ellos que les hacía actuar de manera natural, sin cuestionarse nada más allá que el peligro. Muy a diferencia de los humanos, los cuales nos movíamos en un baile delicado creado de manera social, donde cualquier cosa fuera de contexto era considerada como deshonrosa o ignorante.
La noche anterior fue difícil, incómoda de muchas maneras, pero conveniente. O al menos eso es lo que había estimado en un principio. La mujer no parecía entristecida o preocupada, tan amable como siempre en su comportamiento, y tampoco dijo nada. No lo hablamos. Y yo quería, pero no sabía cómo.
Sentí el corazón subirme a la garganta, las tripas se me anudaron con fuerza. Me llevé una mano bajo la máscara para rascarme la cara. Ahora no podía comportarme como un joven descuidado; estaba cada vez más cerca de los cuarenta, podría superar este pequeño bache que me agitaba el pecho.
Me dediqué a preparar una copa con licor dulce para Christine, intentado calmarme los nervios. A la mujer le gustaban las cosas dulces, hechas con frutas y que burbujeasen en vez de quemar. Prefería las golosinas simples a las complejas; pastas de almendras o chocolates puros. Apreciaba los pequeños detalles; adoraba las cosas feas.
Me senté de nuevo en el sofá tras regresar de la despensa, recogiendo la carta con las dos manos, atrapándola entre los dedos con fuerza, al igual que si fuese a escapar. Muy a mi pesar, lo que había escrito en ella era mi salvación. Por supuesto, podría extender sin ayuda las exploraciones en lo que se refiere a la búsqueda del placer con mi esposa, y sería algo maravilloso que ir descubriendo. No obstante, podría provechar el auxilio que se me ofrecía. Y sería lo que fuese a hacer antes de dormir. Si tenía la aceptación de Christine, obviamente.
¿Se negaría, aburrida por mi falta de experiencia y miedos que compartir?
Gruñí, teniendo que leer dos veces el primer párrafo por distraerme. Intenté quedarme con los aspectos clave que allí se describían y, para adulación del Persa, tenía que admitir que había manifestado de manera muy específica y técnica cada una de las cosas que necesitaba conocer. Jamás se lo haría saber, pero ahí estaba mi buena crítica.
Las bromas que rozaban lo humillante era algo que prefería pasar por alto, y es que todo no podía ser un camino de rosas.
Mi mente comenzaba a considerar todas las opciones a una velocidad poco recomendable. Me imaginaba escenarios para cuando terminásemos de beber; desde el peor de ellos, hasta el mejor. E iba ganando el buen humor, por lo que no me revolqué demasiado en la degradación. Aunque la última palabra a considerar siempre sería la de mi esposa.
Esposa que canturreaba ahora en la habitación que compartíamos. Me distraje con la melodía delicada que salía de sus pulmones, y me di cuenta de que cantaba en su idioma natal, pellizcando las sílabas de una manera muy diferente al francés.
La voz de Christine era hermosa, y era capaz de transmitir con facilidad lo que sentía con tan solo un par de acordes y gestos. Arrugaría el ceño al expresar tristeza, sus ojos se abrirían para mostrar sorpresa, redondearía más los labios para demostrar amor.
Cuando la puerta se abrió, entrando ella al salón, escondí la carta bajo el sofá con el pavor pegado a los talones, girándome para recibirla entre respiraciones cortas que intenté disimular. Su boca se estiró cuando nuestras miradas se cruzaron, caminando ella con pasos saltarines hasta colocarse a mi lado, pasándome los brazos alrededor de la cintura en un abrazo cálido que no esperé.
Rogaba a mi corazón porque fuese a una velocidad normal, sintiéndolo saltar casi fuera de mi pecho.
—Es extraño verte sin chaleco —comentó ella, depositando un beso encima de mi esternón cuando respondí a su agarre, atrapándola entre los brazos.
—Es extraño verte solo con una bata por encima —dije de manera un poco tajante, pero no se trataba de una queja, más bien de una demostración de alegría. Se veía preciosa, rodeada de blanco, con el rostro limpio, el pelo extremadamente rizado suelto y los ojos y mejillas felices.
Se rio con carcajadas grandes, apretándome un poco más fuerte para después soltarme y mirar las copas que teníamos delante.
—Me lo tomaré como un cumplido —se burló.
—Lo es —mascullé, extrañando ya el calor de su cuerpo en contra del mío. Me dedicó otra pequeña sonrisa y, para distraernos, le señalé las bebidas—. Se trata de licor de fresas: Estoy seguro de que no ofenderá tu paladar, mon ange.
—Siempre tan atento —dijo mientras tomaba una de las finas copas entre los dedos y se la llevaba a los labios, besando el borde para probar el líquido claro. Se los lamió con deleite, dando un segundo sorbo más grande—. Es delicioso, Erik.
Continuamos charlando, o más bien era Christine quien hablaba, pues yo me mantuve generando pequeños sonidos que le hiciesen saber que me encontraba siguiendo el ritmo y sentido de sus palabras. Mas, en mi cabeza, no cesaba de dar vueltas a una idea que se había acomodado en mis profundidades, y que en algún momento quería llevar a la vida. Y cuando el reloj dio las doce, fue el momento oportuno.
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Gracias por los comentarios, son siempre un buen impulso para seguir escribiendo.
¡Un besazo y hasta el próximo capítulo!
