Un dulce aroma llega a mí mientras trato de orientarme en ese lugar. El penetrante perfume floral invade mis fosas nasales con fuerza. Mis ojos permanecen tapados, de nuevo se me impide la visión pero mis otros sentidos se agudizan tratando de contrarrestar la ausencia de vista. Identifico el olor de algunas de las flores que se allí se hallan, rosas y lirios sin lugar a dudas son algunas de estas. Mi primer pensamiento es que me encuentro en medio de un jardín, pero pronto me doy cuenta de que me equivoco. Puedo sentir el suelo bajo mis pies, pues al igual que en la anterior ocasión estoy descalza. Es una superficie lisa y fría, semejante al mármol. Pronto comienzo a oír un leve murmullo de voces, todas se alejan de mí como si abandonaran la estancia donde me hallo. La paz me invade mientras camino con cuidado por ese lugar.

Hija — La voz de un hombre de avanzada edad me habla, pero sé que no se trata de mi padre.

Un pequeño sollozó se escucha a mi lado. Hasta ese momento no había advertido su presencia pero junto a mí se encuentra otra persona.

Es entonces cuando el dolor más intenso me invade, el sufrimiento de esa mujer me sacude haciendo que me incline hasta apoyarme en lo que tengo delante. Alargo mi mano con cautela para palpar la madera lacada que se halla ante mí, con miedo recorro con mis dedos la misma reconociendo algunos adornos metálicos. Después acaricio un forro de tela acolchada y me detengo de inmediato al discernir el objeto que estoy tocando.

Lamento muchísimo su muerte — La voz del anciano me confirma que estoy ante un féretro abierto.

Ahora la rabia de esa mujer se abre paso a través de la aflicción. Noto como su furia va creciendo en su interior hasta quemarme por dentro, sube por mi garganta como si fuesen llamaradas.

Déjame sola — Susurra con una frialdad que hace que me estremezca.

Tras esto sólo puedo escuchar los fatigados pasos de su padre alejándose, cumpliendo así con su petición.

Escucho la puerta cerrarse a nuestras espaldas y es en ese momento cuando el más desesperado llanto brota de esa mujer. Llora sin consuelo ante el ataúd haciendo que por mis mejillas también comiencen a deslizarse las lagrimas.

Me has abandonado — La voz de la dama se entrecorta por el llanto — Eres lo único que tengo. ¿Cómo voy a seguir viendo sin ti?

Reconozco esas palabras pues son las mismas que dijo en el bosque, cuando le suplicó a su misterioso acompañante que no se marchase. Saber que ese hombre ha muerto y la ha dejado sola hace que sienta en mi propio ser la tristeza más profunda, compartiendo ambas un duelo que nos desgarra como nunca antes nada lo ha hecho.

Deseo reconfortarla en esos momentos y por primera vez intento tocarla pero enseguida veo que es inútil, yo no estoy realmente allí. Ella sólo me permite ser una espectadora de la escena, la cual no sé si se sitúa en el pasado o en el futuro.

El tiempo pasa a su lado, obligándome a sufrir con ella esa angustiosa pena durante horas.

Finalmente la escena cambia y se diluye sacándome de ese terrible momento.

Respiro aliviada al notar que estoy en otro sitio. Me encuentro sentada en un cómodo sofá tapizado de terciopelo, pues reconozco ese delicado tejido al pasar la palma de la mano por la tela del mueble.

Tienes que superarlo — La voz del hombre suena muy cerca de mí. Parece cansado, aunque en sus palabras intuyo un velado reproche.

No te atrevas a pedirme tal cosa — Responde la mujer a mi lado de manera cortante.

Hija, no puedes vivir eternamente en este duelo — Añade el anciano sin miramientos.

Duele, duele demasiado.

Tú lo apartaste de mí — La verdad sale de los labios de la joven por primera vez.

Tuve que hacerlo — Objeta el señor sin mostrar compasión.

¡Ha muerto por tu culpa! — Grita la mujer mientras las lágrimas vuelven a hacer acto de presencia.

No, otra vez no, me duele...

No digas sandeces... — Murmura el hombre alejándose de nuevo.

Tú nos separaste — Susurra la mujer llena de odio — Nunca te perdonaré por ello.

No era... — Comienza a replicar el hombre volviéndose de nuevo hacia donde nos encontramos.

¡¿No era qué?! — Pregunta llena de furia la joven mientras se levanta del sofá que compartimos.

Quema, quema demasiado.

Digno — Reconoce finalmente el anciano ante su hija.

Siento el calor dentro de mí y sé lo que va a ocurrir antes de que suceda.

Una gran lengua de fuego sale de sus manos, lo sé porque las mías también arden. Noto como la ráfaga impacta contra el hombre y escucho sus gritos de dolor durante unos instantes, hasta que de nuevo se hace el silencio.

El horror y la culpa me sacuden mientras percibo que las llamas se extienden por toda la estancia.

Ella no quería hacerlo... yo no quería hacerlo.

¿Quién eres y porque me enseñas todo esto?