Sirius olvidó a cualquiera que en ese momento estuviera hablándole, solo tenía atención para el chico que acaba de llegar y llevaba meses sin ver.
Estaba distinto y a la vez, igual, Severus. Quizás fuera que aquel chico que poblaba sus fantasías, el que le gritaba que le dejara en paz, que nunca más se acercara. Aquel que gemía debajo de su cuerpo, el que le miraba con la sonrisa triste que ahora también era tímida.
Dudaba que algo hubiera podido pararlo hasta llegar a él, y como si no hubiera nadie más, se encontraron.
—Estás aquí—dijo estúpidamente, pero si Severus supiera cuántas veces en esos meses le había creído ver en mil rostros, no le parecería tan obvio. Pero el chico tan solo asintió.
—Regulus me invitó.—Lo hubiera hecho él mismo si con eso hubiera podido volverlo a atraer a su vida, pero siempre pensó que Severus no querría nada más de él.
—Yo…—Verlo allí había hecho que sus fantasías resurgieran de la caja minúscula donde las había recluido, quizás Severus aún lo quisiera lejos. No estaba allí por él.
—Me alegro de verte.—Y le brindó de nuevo su sonrisa, la triste, la tímida, la de Severus, la que tanto le gustaba.
Sirius no era alguien inseguro, no era alguien que dudaba en tomar algo que consideraba suyo, que quería que fuera suyo. Pero había tenido tantos reveses con Severus que ya no sabía ni qué pensar.
¿Era una invitación a algo más? ¿Era solo la cortesía de dos viejos conocidos?
Y Sirius, después de tantos meses tomó una determinación, no era feliz viviendo a medias.
—¿Quieres una copa?—le preguntó, y Severus asintió, no contemplaba la opción de despegarse ni un segundo de él, no mientras este no le dijera que lo quería lejos, no más.
Llamó a un camarero que llevaba largas copas llenas de esposo champange, tomó dos, y le ofreció una a Severus.
Vio como los finos labios del menor acariciaban los bordes delgados de la copa y se humedecían con el licor. La pálida lengua salió para recoger una pequeña gota burbujeante de sus labios.
Severus no era el chico más espectacular que había conocido, tenido, pero sí era quien le robaba el aliento, desde el primer día en el que le conoció. La mezcla inocente, la leve tristeza que le envolvía, la determinación de alguien duro bajo la apariencia de fragilidad.
Severus era único, siempre lo había sido, y él no lo había sabido tratar, hacía tiempo que lo había entendido.
Pero estaba allí, estaba a su lado, bebiendo, en silencio pero junto a él. Y aunque se sentía nervioso de que aquella burbuja se rompiera, estaba feliz, feliz de tenerle cerca, de que sus ojos negros que lo registraban todo le miraran y sonrieran.
Sus manos picaban por tocarle, por sentirlo aún más cerca, pegado a él, por lamer el labio húmedo con regusto a champange. Como si nunca se hubiera ido, como si nunca hubiera estado más presente como en ese momento.
Y fue su mano la que le acarició la mejilla, como si tuviera vida propia, con el corazón encogido, no debería hacerlo, no todavía.
Tenía miedo, un miedo diferente a cualquier otro que hubiera sentido.
Le acarició la mejilla, deslizándose demasiado cerca de sus labios, haciendo que Severus le mirara, con los ojos negros llenos de algo que él conocía, de algo que había tenido hace demasiado tiempo.
—Te he echado tanto de menos—confesó Sirius, allí no había nadie, solo ellos dos, solo su corazón abierto de par en par.
—Yo también.—Nunca una palabras habían sonado tan dulces en sus oídos.
—Lo siento mucho, Severus.
Por haberlo tratado como un mero juguete; por hacerle cumplir con sus caprichos egoístas; por haberse aprovechado de su necesidad; por lo que le había hecho a su hermano. Por no haber reconocido los síntomas de algo más, porque nunca lo había sentido antes.
Pero fueron los labios de Severus sobre sus dedos los que le dieron la paz que no encontraba desde que se separaron en Edimburgo.
—Vámonos de aquí—le pidió Sirius, porque todo lo que quería decir, hacer, no era algo que necesitara espectadores.
Le tendió la mano, grande, fuerte y Severus se la agarró, haciéndolo sentir seguro por primera vez de algo en su vida. No iba a soltarle, nunca más, pero el sostén nunca más sería rígido, sino flexible como Severus le había mostrado podía llegar a ser.
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Severus no miró atrás, había ido allí por Sirius, y salir con él de la mano era cuanto quería. No vio como sus amigos, su hermano, los miraban a ambos. Como Regulus iba a asumir un papel anfitrión en aquella reunión junto a Remus una vez atendiera las necesidades que él y su pareja necesitaban saciar en aquel peculiar aniversario.
Severus no lo vio porque solo veía a Sirius, por fin, suspiró. Por fin se entregaba a algo que llevaba deseando tanto tiempo.
La mano de Sirius le llevó a un lugar que le hizo sonreír, aquel coche negro que tan bien había conocido. En la puerta el chofer, Steve, fumaba mientras navegaba en su teléfono móvil.
Sirius se giró mirándolo.
—¿Quieres entrar?—le preguntó, sabía que era el último lugar donde ambos estuvieron juntos, donde tuvieron aquella discusión seguida del sexo posesivo de Sirius del que él se había sabido desligar.
Aquel coche había sido testigo de muchos encuentros, quizás lo fuera de uno más. Porque Severus asintió, el olor le trajo los recuerdos de besos, de demandas, de sus propios gemidos y las palabras calientes de Sirius.
Pero cuando Sirius entró detrás de él, ambos solo se miraron.
—Solo quería un lugar para hablar, solos, no tiene que…
Pero Severus tenía que, necesitaba que estuvieran juntos, y habérselo negado tanto tiempo le había hecho daño.
Ante la sorprendida mirada de Sirius, Severus se colocó en su regazo atrapando sus labios. Pero si aquello le había sorprendido se sobrepuso y le devolvió el beso, mientras le agarraba con fuerza de las caderas sobre él.
El sabor de Sirius era el mismo, delicioso, embriagador, aquel que le hacía derretirse. Su lengua, cálida le devolvía cada una de sus caricias yendo un poco más allá cada vez.
Sus manos le acariciaban incendiando su piel tal y como recordaba, como si su cuerpo hubiera estado adormecido todos esos meses y él lo hubiera despertado.
—Severus—gimió Sirius, su nombre en sus labios, reclamándolo, deseándolo como la erección sobre la que estaba sentado le mostraba—. Bebé.
Nadie le había vuelto a llamar así, y se derretía por volver a ser aquello que Sirius hacía de él.
—Daddy.
—Quiero devorarte, y si no me dices que pare no lo haré—le confesó Sirius, que comenzaba a clavarse contra él.—Estás aquí.
—Estoy aquí, y quiero tenerte dentro, cómeme.
Sirius sonrió del modo más sensual que había visto Severus, borrando todos aquellos meses de angustia, de lamentar tomar la decisión correcta. De mantenerse lejos de él por pura fuerza de voluntad, cuando entre sus manos, su boca, era feliz como no lo había sido nunca.
Sirius cumplió con lo que Severus pedía, le comió: los labios, el cuello, abriendo su camisa devoró sus pezones sensibles.
Descendió por su abdomen, haciéndole enloquecer hasta llegar a su entrepierna, abriéndose paso entre la tela de aquel caro pantalón liberó su polla lamiéndole, deleitándose y haciendo enloquecer a Severus de placer.
Desnudo, sobre el cuero negro notó como el coche se movía, y como Sirius lamía todo lo que encontraba de él hasta introducir su lengua en su interior haciéndolo hervir.
—Más—pidió, y no solo la lengua de Sirius estaba en su interior, sus dedos le dilataban, Severus no contuvo sus gemidos, y Sirius cada vez parecía más decidido a abrirle rápidamente.
Cuando le vio aparecer entre sus piernas, los ojos grises de Sirius estaban llenos de lujuria, los labios hinchados de lamerle y un enorme bulto entre las piernas que no veía la hora de que le llenara.
—Fóllame.—Severus pidió, suplicó, retorciéndose sobre el cuero debajo de él.
—Haré todo lo que tú quieras—le prometió Sirius, desabrochándose su olvidado pantalón.
Verlo acariciando su propia polla, dura, gruesa, húmeda hizo que Severus se abriera un poco más, con las rodillas contra su pecho ofreciéndose deliberadamente.
La mirada complacida, hambrienta de Sirius era cuanto había deseado, allí, juntos. Quizás no fuera el mejor lugar, ni el más correcto, de hecho ni siquiera estaban solos. Aunque silencioso el chófer de Sirius los estaba alejando de la fiesta.
Pero esta vez no era porque Sirius se lo hubiera pedido, esta vez, él lo deseaba. Quería estar con Sirius, allí, gimiendo su nombre, pidiéndole todo. Y así hizo.
Cuando Sirius se fue introduciendo dentro de él, se sintió completo. Severus era alguien práctico, equilibrado, o eso pensaba, ahora se sentía en una nube, con Sirius que comenzaba un suave vaivén en su interior. Que le susurraba promesas, deseos, que le miraba vaciando su interior en él.
Y Severus abrazó todo aquello, a Sirius, apretando en su interior su polla caliente, sus deseos necesitados de estar juntos. Aquellas promesas, tontas, a medio decir. Porque quería todo aquello, desde la primera vez lo había querido, y quería darse la oportunidad.
¿Por qué no? ¿Por qué no podrían estar juntos? ¿Por qué no podría también poner él sus reglas? ¿Por qué sintiendo como se sentía a su lado aquello no iba a poder ser posible?
En el culmen de su éxtasis, sintió algo que jamás había sentido y que era completamente cierto.
"Te quiero" pensó mientras Sirius se corría en su interior absorbiendo los gemidos que Severus soltaba, como si fueran todo.
El coche estaba parado, ellos estaban saciados, y el silencio en el coche lleno de su calor, los envolvía.
Sirius tomó a Severus entre sus brazos, cargándolo de nuevo en su regazo, abrazándolo. Enterrando su cara en su cuello acariciándolo suavemente.
—No sé si voy a ser capaz de soltarte—le dijo Sirius, y no solo notaba la desesperación en su voz, también su mirada estaba llena de ese sentimiento.
Y se dio cuenta de que no había sido Sirius el único que había herido, abusado de la relación que ambos habían creado. Severus le había apartado, le había rechazado, manteniéndose inalcanzable mucho antes de que se separaran, y mucho más después.
—No me sueltes, quiero estar a tu lado—confesó.
Sirius le miraba, sin soltarle, como Severus había pedido. Y una suave sonrisa se quedó en sus labios, Severus la acarició.
Sirius le ayudó a vestirse, con calma, no tenían prisa, pero se miraban cada poco comprobando que aquello era verdad.
Cuando miró el exterior no se sorprendió estar en la casa de Sirius, le gustaba aquel lugar. Sirius salió y le dio la mano, Severus la tomó.
No volvió a la residencia a partir de ese día. No había acuerdos, ni contratos, no había demandas ni deudas, solo ellos dos sin querer separarse nunca más.
Y aquello estaba bien, muy bien.
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Por fin llegamos a este punto, después de mil vueltas siempre íbamos a llegar a este punto. Porque la historia es de ellos y lo demás, circunstancial.
Me gustan estos Sirius y Severus, son diferentes a los que he escrito hasta el momento, y les voy a echar de menos, parece que siempre digo lo mismo, pero al final después de tanto tiempo "viviendo" con ellos se me hace duro despedirme.
El próximo capítulo será un curioso desenlace final y el último capítulo un epílogo.
De mi viaje a Berlín, traje mil ideas, y mil experiencias. Si no conocéis la ciudad y tenéis la posibilidad de ir, no dudéis, merece la pena.
Nos leemos.
Besos, Shimi.
