"Hija de la Tempestad"
Cap. 67: Los errores que nos unen.
Tras aquel encontronazo de semanas atrás con un oficial de la Legión Imperial y con una humana de pelo verde en busca de un edificio ruinoso y abandonado donde encontraron polvo, telarañas y fantasmas a puñados, S'thajj y Ma'drosh habían ido dando de tumbos a lo tonto a lo bailo tras salir del Bosque del Oeste hasta que se habían topado con la ruina Ayleid de Nenyond Twyll.
Nigromantes. Nigromantes y no–muertos por doquier.
Habían escapado por los pelos de la cola, básicamente.
Luego después, con los nervios a flor de piel tras tan poco venturoso encuentro y sin haber sacado ni una mala monedita de la experiencia, habían acabado un par o tres de kilómetros al Norte a las puertas del Fuerte Roebeck.
Conjuradores. Conjuradores que invocaban diversos tipos de daedra, atronach y no-muertos.
Los dos hermanos habían logrado escurrirse también por los pelos de la cola y con unos cuantos mordiscos y arañazos de regalo, cortesía de las criaturas invocadas por los "gentiles" magos.
Y tampoco habían logrado una mala moneda esta vez.
Un par de días dirección Este y racionando las escasas provisiones que la chica del pelo verde les había dado a expensas del furibundo capitán imperial, los hermanos se habían topado con una ermita daédrica.
No se habían interesado mucho por averiguar de qué Daedra se trataba y los seguidores del demonio habían sido bastante amistosos… hasta que la noche había caído.
Entonces sí que les había tocado correr como capullos.
Bajo el influjo de la Sombra del Espectro, gente perfectamente normal habían mutado ante los aterrorizados ojos de los khajiitas en licántropos y, en nombre de Hircine y de la Caza, se habían puesto a perseguirlos como si no hubiera habido un mañana.
Si habían sobrevivido había sido por tener las mismas ventajas que los monstruos al poder ver en la oscuridad y al poseer una velocidad muy superior a la media humana y/o élfica.
Lo demás había sido correr en zigzag por entre la espesura, ir meando de árbol en árbol para confundir el olfato de los hombres-lobo y aguantar el tipo hasta que amaneciera.
Con toda la tontería de ir corriendo y corriendo sin parar incluso cuando había amanecido, habían acabado enfilando por el Camino Verde y, prácticamente en menos de un día habían alcanzado la población de Bravil donde habían ido corriendo a la Capilla, el único edificio en pie tras el desastre, y habían acabado haciendo cola para que les curasen las heridas.
Tras aquello se habían puesto a imitar a los lugareños, todos ellos hacinados en tiendas de campaña, y habían intentado ganarse el pan pescando.
El problema es que se habían aburrido rápido de atrapar apenas uno o dos peces esmirriados al día que, para más inri, tenían que esconder de los lugareños ya que la gente de allí no se cortaba un pelo a la hora de irte pidiendo comida o robarte en plan descarado.
Tras aquello, indagando un poquitín aquí y allá, se habían topado con los antiguos regentes de las destruidas Casas de Skooma de la ciudad y, con mucho sudor y lágrimas, habían intercambiado una bonita ración de pescado atrapado mediante muchas horas improductivas pasando frío a la orilla de la Bahía del Niben… por un preciosísimo alijo de yerba y azúcar lunar.
Los siguientes tres días habían sido… tirando a borrosos. Se habían puesto hasta el culo.
Y habían ido tan ciegos que no se habían percatado de que sus pasos les habían conducido dirección Leyawiin.
Una vez allí, no les había llevado mucho tiempo serenarse cuando una pandilla de argonianos con muy malas pulgas les habían dado de hostias mientras contaban chistes de mal gusto acerca de que los khajiitas se lamían el culo para quitarse el sabor de la comida khajiit de sus bocas, se habían llevado su farlopa y les habían dejado en la puta calle llorando como magdalenas y con un chichón en cada cabeza.
Y todo aquello con la Guardia de la ciudad sudando del tema en todo momento.
Entonces se habían puesto a pedir… y una hermana khajiit, también mendiga, había compartido su pan con ellos.
Ra'dirsha, alias "la Rancia", pues así se llamaba la mujer, los había escuchado pacientemente mientras los dos hermanos le contaban sus desventuras llorando a moco tendido, lamentándose especialmente cuando contaban que se habían quedado sin yerba y que les habían quitado la farlopa.
Teniendo la acostumbrada solidaridad que se daba entre su gente, Ra'dirsha les había remitido inmediatamente dirección Oeste al asentamiento de Las Tierras Grises, a unos pocos kilómetros de Leyawiin, y les había indicado que preguntaran allí por Kylius Lonavo para que les diera trabajo.
No sabiendo muy bien qué pensar de aquello, pero dándole de igual manera las gracias a la mujer, S'thajj y Ma'drosh habían partido diligentemente dirección a Las Tierras Grises.
El lugar era un poblacho más bien modesto donde nadie abría el pico si no les dabas dinero a cambio, y la posada era un local de mala muerte cochambroso donde, a cambio de fregar suelos y platos, el posadero les dio de comer unos bocadillos y les dejó dormir en el suelo.
Anduvieron cosa de tres o cuatro días intentando sacarle información a la gente sin éxito hasta que una noche, mientras andaban acurrucados al amor de la lumbre comiéndose sus bocadillos tras el fregoteo del día, unas botas acorazadas de verde cristal se les pusieron en mitad de su ángulo de visión.
- No sé qué demonios hacéis aquí metiendo los hocicos donde no os llaman, pero os lo advierto: si habéis venido en nombre de ése pelele de Lerexus Callidus de la Legión, podéis daros por muertos. – había sido su carta de presentación, mandoble en mano y con un matón a cada lado – Soy Kylius Lonavo. Y ahora decidme qué cojones queréis.
Tras explicarle la situación, el hombre había vuelto a colgarse el mandoble a las espaldas y había torcido el morro para, tras hacer que sus dos gorilas les cacheasen de arriba abajo, mandarlos dirección a una de las casas más grandes de aquel poblacho gris.
Allí les habían cacheado nuevamente, les habían dado un rastrillo, les habían hecho bajar a una parte subterránea que conectaba con el sótano de la casa y… les habían puesto a arar parcelas de tierra dentro de una gigantesca cueva donde tenían oculta la mayor plantación de yerba que los hermanos khajiit hubieran visto en sus benditas vidas.
Dunmer, armado hasta los dientes y con un aguante más bien escasito hacia todo en general habían sido los tres rasgos principales de su nuevo empleador. El tipo no era agradable y no pagaba lo que se dice gran cosa, pero proveía de techo, comida y fumeque (esto último si renunciabas en su lugar a la paga, claro está) a sus empleados.
Aquella plantación bajo tierra no hubiera podido sostenerse mucho tiempo sin sol, por lo que Lonavo tenía contratado a un mago que distribuía hechizos de luz solar, calor y oxígeno para el producto.
S'thajj y Ma'drosh no habían estado tan felices en sus benditas vidas.
Pero la felicidad les había durado más bien poco cuando, puestísimos de yerba como iban día sí, día también, se habían encontrado con que la Legión Imperial había tomado al asalto Las Tierras Grises y se habían puesto a detener allí a todo dios: resulta que Lonavo, además de dedicarse a su negocio de la yerba, también tenía una red increíblemente extensa que iba desde Leyawiin hasta Cheydinhal de tráfico de skooma y de prostitución. El muy cerdo, cuando sus empleados quedaban invariablemente adictos y para el arrastre, totalmente inservibles para trabajar en la plantación, les ofrecía la alternativa de vender sus cuerpos a cambio de la droga que sus mentes viciadas tanto ansiaban.
Con todo que, pese a ir hasta el culo y estar oficialmente detenidos, los hermanos khajiitas llevaban tantísimo tiempo más ocupados de llenarse la boca de humo que de comida que, afortunadamente, la extrema delgadez de sus muñecas unida a sus pelajes grasientos sin lavar hicieron maravillas a la hora de deslizar las manos fuera de los grilletes con los que los mastuerzos imperiales les habían unido al resto de trabajadores y matones de la banda de Lonavo.
Con su huida, se había montado la de Talos y muy Señor mío con Lonavo y sus gorilas tratando de noquear a Lerexus Callidus y sus hombres mientras otros trabajadores se iban deslizando cuidadosamente del agarre de los grilletes comunes.
El resultado fue una caótica escaramuza donde Lonavo acabó pasado a cuchillo, sus matones inhabilitados gracias a la colaboración de los imperiales con varios trabajadores que, tenían la esperanza, fueran absueltos gracias a su ayuda… mientras que S'thajj y Ma'drosh escurrieron el bulto llevándose consigo nada menos que dos sacas enteras hasta arriba de yerba.
De Las Tierras Grises, habían perdido el culo dirección Elsweyr y luego hacia el Norte para acabar en la ciudad limítrofe de Cerco (Rim'kha en la lengua Ta'agra nativa de los khajiiti) donde se habían encontrado las arenas congeladas, el cielo tormentoso y un Portón de Oblivion abierto frente a las mismísimas puertas de la ciudad Capital donde las barricadas y la protección eran tan bestias ante la amenaza daédrica, que ninguno de los hermanos habían podido acceder a su interior.
De Cerco, tras varios días navegando las tierras limítrofes entre Cyrodiil y Elsweyr mientras evadían como buenamente podían a las patrullas imperiales de las fronteras, sus pasos les habían llevado a la próspera Ríopresa (Rawla-Kei o "Tierra del Río" en Ta'agra), donde habían comerciado con su yerba para conseguir atuendos más decentes, un par de espadas y, cuando la Legión Imperial había ido a por ellos tras un chivatazo, se habían cascado nada menos que cuatro porros por cabeza para salir echando chispas de nuevo al Norte… donde, casi como por arte de magia… o, más bien, de sus alteradas facultades, que no distinguían de tiempo o cansancio o de si era de día o de noche, acabaron en el sector comarcal de Skingrad en frente del viejo Priorato de Los Nueve con la lengua fuera, una saca de yerba menos y varias espadas apuntándoles a los gaznates.
Inmediatamente se habían rendido, habían llorado y suplicado alegando que no eran bandidos que vinieran a robar y, tras cenarse un mendrugo de pan entre hipos, lagrimones y mocos, aquella mujer orsimer a la que llamaban Mazoga la Orca les había puesto a trabajar en la obra de restauración tanto de la capilla como del edificio principal.
Los hermanos khajiitas, muy contentos de tener un techo de lona sobre sus cabezas, una hoguera con la que calentarse el cuerpo y comida con la que llenar sus estómagos, se habían puesto… primero hasta el culo de porros, luego ya, definitivamente, manos a la obra.
Lo bueno era que nadie les censuraba cuando decidían que largarse unos tiritos de canuto de vez en cuando alzaba el espíritu… lo malo era que la mencionada mujer orco no era de las de andarse con chiquitas a la hora de distribuir gritos o collejas.
Y sus collejas escocían un rato largo.
No obstante, con la jornada del día acabada y la atención convenientemente redirigida a los recién llegados, la chica del pelo verde y el madero imperial, nadie reparaba en la cantidad ingente de alcohol en formato de cerveza barata que se estaban pimplando los hermanos a mojamorro limpio mientras chupaban alguna que otra caladita de yerba para amenizar.
Y hablando de morros y de cerveza…
La cara del imperial hosco que venía acompañando a la muchacha y al policía como si de un tercero en discordia se tratara seguía igual de ceñuda e imperturbable tras su sexto botellín de cerveza. El tío se los bebía como si fueran agua al tiempo que su gesto avinagrado se iba exagerando conforme se mantenía en su esquina de sombras con la capucha sobre la cabeza mientras tanto sus ojos oscuros permanecían pegados en todo momento a una muy contenta y sonriente Hija de la Tempestad, quien estaba disfrutando como la que más con aquella comilona (cena) de bienvenida, tragando copiosas cantidades de pan y embutidos como un pavo entretanto iba conversando con la boca llena con las otras únicas dos mujeres presentes en todo aquel amplio círculo de gente.
En el momento en el cual el capitán imperial, todavía engalanado con la armadura blanca símbolo de su cruzada, puso una mano sobre los hombros de la chica, sentada a su vera, y se inclinó sobre ella para decirle algo al oído que propició que ella se girase y le sonriera brevemente, el imperial de la capucha y los botellines acentuó su mueca de asco y hastío.
- ¿Una caladita? – ofreció Ma'drosh amigablemente, sintiendo lástima de aquel tipo solitario y amargado lamiéndose el orgullo herido en un rincón como una fiera apaleada.
Lucien Lachance se quedó mirando largamente aquella mano felina con aquel inesperado ofrecimiento con cara de póker hasta que estiró el brazo y terminó aceptando la extraña invitación.
Si bien era fumador ocasional, el Hombre Oscuro nunca se había fumado un canuto como tal, de modo que, pese a su condición licantrópica, su tolerancia a sustancias alucinógenas era más bien nula y, al cabo de medio porro que compartió entre tirada y tirada con los hermanos, su hondo ceño comenzó a distenderse lentamente.
Al cabo de un porro y medio ya iba contento y la tirantez de hombros se le había pasado.
Al cabo de algo más de dos porros, los hermanos khajiiti ya andaban cantando a voz en cuello "Tres Pajarillos" mientras que a él ya todo se la sudaba muy fuerte.
De hecho, le importaba tantísimo una mierda todo que, levantándose, muy flamenco él, se plantó delante del madero imperial y, con una voz la mar de tranquila, le soltó que tenían una "charla" pendiente y que se fuera con él a "hablar" en privado.
- Jefe. – intervino Tempest agarrándole de la manga de la negra túnica mientras arrugaba la naricilla de duende – Hueles a porro.
- Pfffff… - resopló el aludido con una chufla completamente antinatural en él – No me digas.
- ¿Has fumado yerba? – preguntó ella, incrédula.
A Lucien aquella conversación le estaba sonando tan surrealista dentro de su cabeza que poco le faltó para descojonarse de la risa delante de ella.
- Si te digo que no, ¿me creerías? – preguntó con todo el descaro del mundo.
Tempest entornó la vista.
- No. – replicó muy seria. Como para tragarse las trolas del tío mentiroso este, y más cuando la evidencia era tan escandalosa.
- Y entonces, ¿para qué preguntas, mujer? – fue la contestación caradura de él al tiempo que se batía en retirada fuera del abrigo de la hoguera, desapareciendo en las sombras de la creciente noche.
Quedándose flipada con lo que acababa de suceder sin ton ni son, los niveles de incredulidad en la mente de Tempest alcanzaron cotas superiores cuando Lex se levantó de su taburete de madera y, musitando una suerte de educada disculpa, siguió al otro imperial unos minutos después para integrarse en la penumbra.
Quedándose mirando el punto por donde los dos habían desaparecido de su vista como si su cerebro no pudiera procesar adecuadamente lo que acababa de dar a lugar, Tempest parpadeó varias veces.
- ¿Qué coño acaba de ocurrir? – preguntó al aire.
Mazoga a su izquierda barajaba un par de ideas, pero no creía que hacerle saber a la chica que sus dos presuntos pretendientes (porque es que se veía a la legua que, si no iban marcando territorio a meada limpia, era porque estaba socialmente mal visto) iban, muy posiblemente, o a pegarse entre ellos o a echar un polvo para aliviar tensión, fuera a darle ninguna paz de espíritu.
Así que se calló.
Y Tempest, tras un elocuente "¡Estos dos son retrasados y en sus casas no lo saben!", se embutió lo que le quedaba de cecina de cerdo al gaznate de una sentada, se levantó de su asiento frente al fuego y se metió en una de las tiendas de campaña para desmoronarse sobre un saco de dormir, rendida del viaje y dispuesta a dormir la mala leche que le acababa de entrar.
Por ella, aquel par de mamertos se podían ir a tomar por el mismísimo culo. Tal cual.
Entretanto, con miradas incómodas y/o severamente ebrias entre los presentes más encima la cantinela de los hermanos khajiiti de fondo, que iba subiendo de volumen por momentos, Mazoga se llevó su cerveza a los labios y, tras un largo y gustoso trago, eructó.
- ¿Qué me dices? – preguntó la dunmer Ulene a su lado, bebiendo a sorbos cortos su té de Raíz Canina calentito entre las manos - ¿Resolverán el conflicto con violencia o con sexo desenfrenado?
La orsimer se echó a reír. ¡Por todos los demonios de Oblivion que aquella elfa le caía bien!
- Cara, violencia. – replicó muy ufanamente, sacándose un septim del bolsillo del pantalón – Cruz, sexo.
- Muy bien, me pido cruz.
- Oh, mierda…
Lucien Lachance se sentía en aquellos momentos de puta madre. De repente, como si la bruma de la droga hubiera corrido un tupido velo sobre sus problemas y sus frustraciones, todo aquello que le venía trayendo de cabeza desde hacía algún tiempo le importaba de veras un pito.
No le dolían las posaderas de tanto montar a caballo de seguido, no le estorbaban los músculos de los hombros de tanto encorvarse de frío y de mala hostia en la cena y no le rechinaban los dientes de tanto reprimir basura.
Ya está, le importaba de veras una soberanísima porra todo. De hecho, la situación actual y el hombre que tenía delante contemplándole con ojo crítico le hacían una gracia tremenda.
Sithis bendito, es que le faltaba el pelo de un galgo para echarse a reír como una hiena.
- Señor Lachance. – comenzó el otro muy despacio, tanteando el terreno - ¿Me ha traído usted hasta aquí por lo que creo que me ha traído?
- Oh, sí. – replicó el Hombre Oscuro, inmensamente entretenido.
- ¿Se hace cuenta de que, según me ha parecido ver, usted ya lleva unas cuantas copas de más mientras que yo voy completamente sereno?
- Bah. – desdeñó el imperial de mayor edad retirándose la capucha y remangándose los puños tanto de la túnica como de la camisa que llevaba debajo. Los guantes fueron al suelo sin mayor ceremonia.
Al ver aquello, Hieronymus Lex tomó una honda bocanada de aire.
- ¿Está usted seguro de que puede tenerse en pie en semejantes condiciones?
- Sobradamente. – logró hilar Lucien por no soltar un simple y ridículo "Seh", más propio de chulo barriobajero que de representante de la Hermandad Oscura.
- Muy bien. – concedió Lex desenganchándose los guanteletes y la gola de la armadura, tirando la pechera y demás bártulos innecesarios al suelo – Usted lo ha querido.
Midiendo el lenguaje corporal de su rival, cada hombre se movió en círculos en lenta sincronía con el otro, puños alzados por delante del rostro tanto por ventaja como por defensa. De los dos, Lucien fue el primero en atacar.
Y también fue el primero en recibir cuando el implacable puño del oficial imperial conectó con su mandíbula.
El Hombre Oscuro, al virar el rostro tras el golpe, se echó a reír mientras un fino hilo de sangre discurría por fuera de una de las comisuras de su boca.
Momentáneamente desconcertado por tan inapropiado despliegue, el capitán bajó la guardia un instante y se encontró con un puño encajado a mala baba y a traición entre las costillas en mitad del estómago.
Tras aquel tanteo preliminar, el juego sucio comenzó a calar entre ambos contrincantes cuando, al cabo de poco tiempo, las patadas y los golpes bajos comenzaron a definir el juego seguidamente con placajes, llaves y embestidas.
En tres ocasiones, a lo largo de toda la noche, ambos acabaron en el sueño rodando entre puñetazos, rodillazos y mordiscos. Y, de esas tres veces, las capas de armadura fueron volando para ganar en rapidez y ampliar en rango de movimientos.
Lex era muy dado a usar el antebrazo izquierdo tanto de escudo como de barrera de empuje mientras que, con el brazo libre, limitaba el rango de golpes que el otro podía dispensarle. Por ello, y con este sistema, logró literalmente empotrar a Lachance contra un árbol donde, pese al supremo golpe de nuca que se llevó su rival, éste no hizo sino invertir la maniobra a su favor utilizando los cuerpos de ambos como contrapeso el uno del otro para ganar en impulso y mandar al policía de cara a la rugosa y helada corteza del árbol, donde estampó repetidamente la frente del otro hasta que se encontró con un golpe de talón en mitad de los huevos.
El súbito dolor y las ganas increíbles de vomitar que se le subieron hasta la boca fueron rápidamente sustituidos por desorientación y mareo en el momento en que otro puño le vino por la izquierda directo a la nariz.
Hieronymus Lex disfrutó en el instante en que el familiar crujido y el postrero reguero a caño de sangre que perló los labios y la barbilla de Lachance le informaron de que le había roto la nariz… para, sin embargo, lamentar las postreras consecuencias que le sobrevinieron en forma de rodillazo en los huevos que, al hacerle doblarse sobre sí mismo, facilitó al otro hombre la oportunidad de encajarle un puñetazo tan bestia que, además de tirarle al suelo, le reventó un molar y le hizo morderse la punta de la lengua.
Tras escupir la pieza dental perdida y tomar ambos aire, observándose a la distancia con mutuo desdén… la pelea recomenzó un par de minutos después.
Para detenerse de nuevo tras otros diez minutos y recomenzar.
Y así se tiraron sucesivamente hasta el amanecer.
Para cuando las primeras luces asomaron de entre las copas de los árboles de hoja perenne, ambos imperiales ya jadeaban como perros y la cantidad calórica que habían consumido a base de sudar a caldo por el esfuerzo les estaba propiciando un efecto rebote con el que perdían calor corporal rápidamente y tiritaban de frío ante la humedad expuesta al clima de eterno invierno.
Lex lucía un ojo hinchado, los dos labios partidos e inflamados como pimientos morrones, la frente perlada con varios chichones y un sinfín de hematomas repartidos por todo el cuerpo en diversos estados tanto de expansión epidérmica como de hinchazón.
Lucien, por su parte, tenía los dos ojos negros y apenas si podía ver bien de los propios hematomas; la nariz lucía ligeramente desviada, llena de sangre e inflamada mientras que buena parte de su rostro y estómago eran un lienzo de moratones y chichones en distintos estados de cicatrización, alabada fuera la condición licantrópica por una vez.
Ambos tenían los huevos escocidos tras tanta patada y el miembro completamente insensible debido tanto a los golpes como al frío a partes iguales, la garganta ronca de tanto tragar aire helado, las uñas moradas, los dedos insensibles y los nudillos pelados.
Habían aguantado en pie una cantidad de horas tan increíblemente indecente, tercos en su afán de probarle al otro que podían seguir, que ya los golpes no acertaban ni la mitad de las veces y, cuando impactaban, no hacían ni la cuarta parte de daño del que deberían.
Ambos habían llegado al límite de sus fuerzas.
De tal modo que, cada cual con heridas que lamerse y con el rabo entre las piernas, aquella pelea no trajo ni un vencedor ni un vencido cuando Lucien cayó de espaldas contra un árbol y se deslizó cuesta abajo, raspándose toda la espalda desnuda en el proceso hasta quedar sentado en el suelo nevado, la ceguera y el mareo no permitiéndole convocar ni una sola palabra. Hieronymus Lex, por su parte, cayó abruptamente de culo sobre la nieve y ahí se quedó un buen rato, la cabeza gacha con un hilo de baba y sangre haciendo de conexión entre sus labios y el pequeño charco rojizo formándose en el suelo, incapaz de hablar a su vez.
Ninguno de los dos intercambió una sola palabra en todo el rato que emplearon en llegar a un mudo acuerdo de tácita tregua con el cual el capitán se arrastró por el suelo penosamente recogiendo sus cosas y, una vez se hubo vestido con dolorida lentitud, se marchó renqueando del lugar de los hechos dejando a un pensativo sicario atrás.
Lucien anduvo rumiando una y otra vez la certera probabilidad de que, de no haber sido por el mal llamado "Don de Hircine", seguramente hubiera mordido el polvo frente al maldito madero. Era cierto que, además de ser sustancialmente más joven que él, tenía un excelente entrenamiento y una más que adecuada alimentación que construían un físico de armatoste el cual, si bien no le ganaba en estatura, sí le suplía con creces de mayor grado de masa muscular y, por ende, de mayor fuerza bruta.
Al llegar a esta misma conclusión, Lucien se sintió inmensamente idiota. Así, tal cual.
Acababa de pelearse con un tipo al que le sacaría algo más de una década en edad por el simple hecho de que su ego no admitía que una chica a la que, estaba segurísimo, sacaba mínimo dos décadas en edad, no le hiciera el caso que él buscaba.
Y todo, tras consumir las mismas drogas que una vez juró nunca tocaría.
Se sentía… increíblemente infantil. Y ridículo.
Pero… oh, Sithis de su alma… al mismo tiempo se había quedado tan jodidamente a gusto…
Sintiéndose como nuevo (y esta vez sin drogas de por medio), el Hombre Oscuro se fue levantando a trancas y barrancas hasta que logró ponerse en pie, fue recogiendo sus cosas y vistiéndose en modo tortuga hasta que logró lucir más o menos presentable. Una vez logrado el primer paso, se pellizcó la nariz con fuerza, contuvo la respiración y se la encajó de nuevo en su sitio con un desagradable crujido soltando una retahíla de improperios y coloridas obscenidades que le hicieron sentir mucho mejor. Incluso le entró hambre. Le apetecía meterse entre pecho y espalda un buen desayuno.
Para que luego dijeran que la diplomacia, la paciencia y la buena educación arreglaban las cosas… cuando, a veces, un par de hostias y una tirada de palabrotas después le permitían a uno ver el mundo desde otra perspectiva.
Tempest aquella mañana se izó del saco de dormir un tanto agarrotada. Había hecho un frío de tres pares de narices aquella noche y, entre eso y el mosqueo que se había pillado con el jefe fumando yerba e invitando a Lex a que los dos tuvieran una pequeña charla lejos de oídos indiscretos… pues no había dormido lo que se dice demasiado bien.
Tenía la sensación de que aquellos dos se estaban guardando algo y la estaban excluyendo como si estuviera ciega y no pudiera ver que algo pasaba allí.
Se había levantado básicamente porque no podía estar metida en cama ni un minuto más y porque el pozo sin fondo que tenía gestándose en su vientre comía como una lima y ya le estaba pidiendo que se llenara el buche con algo.
A este paso voy a acabar como un tapón de botellín de cerveza: enana, compacta y redonda. Igualita que un queso, pero sin estar tan buena. – fue su primer pensamiento del día, muy en su línea de ironizar absolutamente todo lo que ocurría en su vida.
Muy ella, muy Tempest.
Salió de la tienda de campaña enfundada en cinco capas de ropa distintas, saludó con la mano a los hermanos nórdicos, Geimund y Gukimir si mal no recordaba, quienes estaban en aquellos instantes pugnando por encender una fogata con la que hacer el desayuno con las pocas ramas secas que habían encontrado.
Observando la dificultad de los hombres a la hora de prender las ramas incluso con un encendedor de yesca, Tempest tomó aire, concentró sus energías arcanas en las puntas de los dedos de ambas manos y, haciendo cuenco con las palmas, invocó una racanísima esfera de fuego que lanzó con quizás demasiado poco tino hacia el montón de ramas que era la hoguera, acertando a medias ya que lograr lo que se dice logró prender las ramas… al menos las que no volaron por el impacto… así como la bota de uno de los hombres.
Sus buenas intenciones quedaron pronto deshechas en un mar de disculpas cuando el norteño, chillando, se sacó la bota en llamas de una patada y esta acabó en mitad de la nieve donde quedó blandurria, húmeda y chamuscada. Totalmente inservible.
- ¡Lo siento, lo siento, lo siento! – exclamó la muchacha alzando ambas manos en señal de disculpa y rendición al ver el gesto entre hosco y horrorizado de los hermanos. No por nada la cultura nórdica tenía bastante demonizado el uso de la magia – M… me lo enseñaron hace unos días y…
- ¿El qué te enseñaron hace unos días, Nirn? – la figura imponente de Mazoga surgió de entre la maleza al tiempo que se abrochaba los pantalones sin pudor, indicando qué había estado haciendo entre los árboles – Joder, la que habéis liado con la leña…
- Ha sido culpa mía. – dijo Tempest tímidamente al observar los gestos ceñudos y acusadores de ambos hombres en su dirección – He puesto en práctica un hechizo de la Escuela de Destrucción que he aprendido hace poco y…
- ¿Tú? – inquirió Mazoga como para cerciorarse de que lo había oído bien - ¿Usando magia de ataque sin pergaminos, Nirn?
- Eeeh… ¿sí?
Inmediatamente los brazos de su amiga la izaron del suelo, Tempest se vio dando vueltas como un trompo en el aire.
- ¡Muy bien, canija, muy bien! – exclamó la mujer orco encantada de la vida - ¡Ya iba siendo hora de que le sacaras algún rendimiento a eso de codearte con magos!
- Mazoga, tía… te quiero y todo eso, pero… - rezongó la chica - … Voy a potarte encima como sigas dándome de vueltas…
- Aish, qué delicadita que me eres… - bromeó la otra, parando y dejándola en el suelo – La princesa y el guisante.
- La princesa y los cojones treinta y tres. – replicó la pequeña imperial, sacudiendo la cabeza hasta que la vista se le enfocó de nuevo – Además, el guisante lo serás tú. Yo tendré el pelo verde, pero tú eres toda verde, titi.
- Calla, acelga pocha. – le devolvió la orsimer con guasa.
- Cabeza de brécol.
- Pelo espinaca.
- Culo de coliflor.
Las dos se echaron a reír. Y los hermanos nórdicos se llevaron al unísono el índice a la sien y lo hicieron girar en elipse, dando a entender lo que pensaban de tan extrañas compañeras.
El resto de los residentes de aquel lugar dejado de la mano de los dioses fueron poco a poco emergiendo de sus respectivas tiendas de campaña conforme el sol se fue posicionando en lo alto.
Al cabo de menos de una hora ya olía a gachas calientes, huevos rotos con chistorra y bacon crujiente entremedias de una tenue pero distinguible estela de porro procedente de dos muy contentos khajiitas.
- ¿Ya van puestos tan temprano? – musitó Tempest entre el calor corporal de Mazoga y el de Ulene, las tres muy juntas saboreando el calórico desayuno, unas con té caliente, la otra con cerveza tibia – Increíble…
- Lo que va a ser increíble es cuando se les acabe la saca que han traído hasta arriba de yerba. – observó la orsimer con su botellín a medio camino de sus labios – Porque, como no peguen un palo al agua, a chupar nieve que los mando. Bastante jodidos andamos ya de provisiones como para alimentar a dos inútiles.
- Tengo reservas de orégano y otras hierbas aromáticas de la zona que voy recogiendo, cortando y secando. – informó la dunmer dándole un largo sorbo a su taza de té como si hablara del tiempo – Baste con que se lo vayamos mezclando con los contenidos del saco para que vayan tirando hasta que se acabe la obra. Con lo fumados que van siempre, aventuro que mucha diferencia no encontrarán entre una cosa y la otra.
Rodando los ojos, Tempest se puso a picar el plato con su tenedor ausentemente, todavía recordando el incidente de la noche anterior.
Le daban unas ganas… de agarrar a aquel par de gatos porreros y de llenarlos de espuma para pasarles la cuchilla de afeitar…
Ni el jefe ni Lex se había presentado a desayunar y Tempest estaba bastante segura de que no estaban durmiendo.
¿Entonces dónde...?
Como en respuesta a su pregunta, la figura acorazada y cubierta por la gruesa capa de pelliza que llevaba ayer por la noche de Hieronymus Lex emergió de entre los árboles y, sin dar los buenos días ni nada, pegó un rodeo a la hoguera y se metió en su tienda de campaña antes de que Tempest pudiera llamarle.
¿Qué coño estaba pasando allí?
Por encima de su cabeza, Mazoga le hizo un gesto de "págame" a Ulene, quien a su vez le hizo saber por medio de señalética que no le había visto la cara, luego no sabía si, efectivamente, aquellos dos se habían dado de hostias o no.
El resto del desayuno discurrió raro y, una vez todo el mundo se puso a recoger y a limpiar cacharros para iniciar la jornada laboral del día, Tempest anduvo molesta y gruñona, refunfuñando entre dientes mientras acometía tareas simples como ayudar a despejar los edificios de escombros, fregar, repartir agua entre los trabajadores y llevar y traer herramientas de un lado a otro según surgiera la necesidad.
Lex no había salido en todo el día de su tienda y del jefe ni rastro.
Aquel pensamiento le trajo a la mente una terrible sospecha.
Akatosh… ¿se lo habría cargado? ¿Al jefe?
- Lex. – llamó a la hora de la comida, esperanzada de que el hombre surgiera de su encierro y le diera algún tipo de explicación – Hay puchero de venado y patatas. ¿Tienes hambre?, ¿te traigo una escudilla?
El hombre tardó un momento en contestar.
- Gracias, Tempest. – fue su apagada réplica sin salir de la tienda - Pero no tengo hambre.
No obstante, ella no quiso darse por vencida tan fácilmente.
- Llevas todo el día sin comer, Lex. – presionó gentilmente, deseosa en el fondo de meterse por la fuerza en su tienda, agarrarle de las solapas de la camisa y sacudirle hasta que le dijera qué había hecho con el jefe. El no saber nada, además de ponerle de mal humor, la estaba volviendo loca – Está caliente. Te entonará el cuerpo.
- Gracias, pero no.
- ¿Te encuentras bien? ¿Estás enfermo?
- Estoy cansado, Tempest. Es todo.
- ¿Vas a dormir?
- Es lo que he estado haciendo hasta ahora.
Maldita sea, el condenado no soltaba prenda.
- ¿Seguro que te encuentras bien, Lex? – insistió, mordiéndose el labio para no pasarse de la raya y que el otro se percatara de que su aparente preocupación por él no era sino flagrante preocupación por el otro. O una mezcla de ambas. A veces el tema de distinguir se acababa haciendo demasiado borroso con estos dos.
- Perfectamente. – replicó el capitán, su voz amortiguada por lo que la muchacha entendió eran las mantas en las que estaba metido vaciló un instante. Tras aquello, simplemente suspiró pesadamente, como si estuviera harto de la presente conversación - Ve a comer, Tempest.
Y aquel intercambio de palabras se dio por finiquitado.
Nerviosa, tras la comida y ayudar a fregar y recoger para seguir trabajando, la chiquilla imperial escurrió el bulto y se dedicó a dar un rodeo por la zona, espada en mano, por si localizaba a la figura encapuchada de Lachance.
Nada.
A media tarde, Tempest ya estaba oficialmente histérica. Y su ánimo no mejoró cuando un tropel de gente encabezados por una mujer imperial de mediana edad se plantó allí con carromatos repletos de utensilios de albañilería y carpintería, provisiones de comida, mantas y jabón como para un regimiento y armando un escándalo, entre las presentaciones y las pertinentes preparaciones para pasar la noche y comenzar mañana con el trabajo serio, de tres pares de narices que, para ser honestos, puso a la joven al borde de un ataque de nervios.
Y no podía hablarlo con nadie ya que Mazoga estaba demasiado ocupada supervisando y ayudando a descargar los carromatos como para ponerse a razonar con ella y Ulene, por lo visto, ahora que la mujer imperial aquella, Avita Vesnia, había regresado, tenía la agenda un tanto… apretada.
Incapaz de pedir ayuda, sin conocer allí a nadie y rodeada de aquel maremágnum de desconocidos que, en su mayoría, eran albañiles y granjeros que habían ido allí a ayudar por fe en vez de por dinero, Tempest se escurrió nuevamente, llamó al unicornio y amplió su radio de búsqueda hasta que se hizo de noche.
Al regresar a lo que, de modesto campamento, se había transformado en una comuna gigantesca donde no podía distinguir su tienda de entre las otras, la muchacha ayudó a preparar la cena y a fregar.
Pero apenas comió.
Y, una vez todo el mundo se retiró a dormir, ella se quedó con la lona de su tienda alzada, oteando la noche hasta que, del margen del bosque, finalmente, emergió la figura encapuchada del Hombre Oscuro quien, encontrándose semejante panorama de revoltijo de tiendas, anduvo un buen rato buscando la suya hasta que la encontró y, sin hacer ningún ruido, se metió en ella y cerró la lona.
Indignada por tamaña falta de consideración por parte del muy cretino, Tempest salió de su tienda encabronadísima y se plantó a la puerta de la de él.
- Abre. – ordenó secamente en voz baja.
Silencio.
- ¿Mujer…? – respondió el hombre en idéntica voz baja - ¿Sabes lo tarde que es?
¡Pero qué huevos tenía el muy capullo! ¡¿Cómo se podía tener tan poca vergüenza?!
- Cierra el pico y abre de una vez. – replicó ella – O cojo un cuchillo y te rajo las cuerdas de la lona hasta que quepa por el hueco.
Otro silencio.
- ¡Que abras, joder!
- Voy, voy…
Desentrelazando con cuidado las correas que evitaban que la puerta de lona se volara con el aire nocturno, Lucien Lachance se tomó su tiempo, preparándose para la bronca que le iba a caer encima. Porque puede que a él los moratones y demás perrerías producto de la pelea con el policía se le hubieran curado durante aquellas horas en las que ya se había cuidado él de buscarse la comida junto a Shadowmere… pero, lo más seguro era que, si ella había visto el estado en el que le había dejado la cara al otro, viniera a coserle a preguntas mientras le soltaba lo sumamente cretino que era.
Y cabreada venía la chica, desde luego, ya que, cuando entró en el reducido espacio de la tienda, aunque no pudiera verle la cara, sabía que él sí podía verla a ella y se le quedó mirando en silencio con furia contenida.
Y él, en vez de hacerse el ofendido y de ponerse desagradable como sabía que podía hacerlo con todo su morro por montera… se limitó a encogerse en el sitio, súbitamente nervioso de lo que ella pudiera decirle.
Lo que no se esperó fue, primero el tortazo que ella le plantó en el hombro, después el abrazo de boa constrictor con el que le estrujó sin piedad.
- ¿Mujer? – musitó, confuso.
- ¡¿Se puede saber dónde coño te has metido todo el día?! – le recriminó ella, pegándole otro palmetazo en mitad del pecho mientras se apartaba de él - ¡¿Qué te has ido, de puta excursión a la frontera con Elsweyr o qué, cojones?!
El hombre estaba que alucinaba en colores. O sea… ¿que el cabreo era porque estaba preocupada? ¿Por él?
- Parece mentira que seas mi jefe, que hagas semejantes gilipolleces y que te tenga que decir yo esto. – siseó ella, apuntándole con un dedo índice al pecho - ¡No vuelvas a fumar porros! – dicho lo cual, se giró sobre sus talones y se preparó para irse cuando el otro la agarró de la mano, pegó un tirón de ella y la envolvió en un abrazo.
Ella se quedó un instante paralizada, temblando aún de la mala hostia, hasta que se fue relajando poco a poco, agarrándole de la túnica como si quisiera sacudirle y hundiéndole la frente en mitad de la clavícula.
- Eres gilipollas. – dijo ella con la voz amortiguada contra su túnica.
A Lucien le dieron ganas de echarse a reír. Cuanto más gordo el insulto, más cerca sentía que la tenía. De algún modo la confianza, eso que tanto le costaba dar, estaba haciendo que se entendieran mejor.
O puede que fuera verdad, después de todo, que Gaharud estuviera en lo cierto.
Los dos tenían sueño, y afuera de la tienda de campaña hacía frío, así que ella acabó metida en el saco de dormir de él mientras el hombre rehacía su trabajo con las correas de la entrada de lona.
Una vez hubo asegurado los nudos bien fuertes, se metió con ella en el saco.
- ¿Vas a decirme qué ha pasado? – inquirió ella tras un rato.
- Es tarde, mujer. Duérmete. – replicó él tranquilamente, acomodándose con ella.
- ¿De qué habéis hablado Lex y tú?
Y nada, que la condenada seguía erre que erre.
- ¿Para qué quieres saberlo, mujer?
- Tú no eres el único que ha tenido hoy un comportamiento de pegarte una patada en el culo.
O sea, que ella no lo sabía. Mejor así.
- Digamos que tu amiguito el Caballero de Brillante Armadura y yo hemos resuelto… nuestras diferencias.
- No es "mi amiguito". – soltó ella de repente – Es mi ex.
Aquella información hizo que Lucien se atragantara con su propia saliva.
- Repite eso. – dijo el hombre muy despacio.
- Pues eso. – ahora la incómoda era ella. ¿Para qué se lo había tenido que decir? – Salimos una temporada, rompimos y hale.
- ¿Y eso cuando fue?
- ¿Y a ti qué te importa?
- Tú responde a la pregunta.
- Estando en el Gremio de Ladrones, antes de la Hermandad.
- ¿Y qué pasó exactamente?
- Vete a dormir, jefe.
- ¿Vas a responderme?
- No. Vete a dormir. Que valiente disgusto me has dado hoy.
- Ah, ahora sí que quieres dormir, ¿no?
- Sí, buenas noches.
Silencio.
- Oye, mujer…
- Hasta mañana.
- ¡¿Quieres hacer el favor de…?!
- No. Buenas noches, desaparecido.
Y, tras aquello, Tempest se abandonó a la inconsciencia mucho más tranquila de lo que había estado en las últimas veinticuatro horas mientras que su acompañante, el Hombre Oscuro, no halló solaz pero sí halló reposo cuando, tras casi dos días seguidos sin dormir, se quedó frito compartiendo calor con aquel elemento rebelde que no dejaba de sorprenderle con una cosa nueva cada vez.
Esa noche descansó y no soñó con nada de nada.
Las semanas se sucedieron rápidamente.
Con la nueva mano de obra profesional y los materiales adecuados, la reconstrucción del Priorato de Los Nueve fue increíblemente celera conforme los edificios recuperaban forma y solidez y la gente comenzó a plantearse el generar cercados con ganado y aprovechar pequeñas parcelas de cultivo para plantar artículos de primera necesidad que, convenientemente, metieron bajo mallas de red, impidiendo a la nieve penetrar hasta que no se derritiera y se transformase en agua para regarlos.
Entre unas cosas y otras, en un mes la comunidad se transformó en una especie de poblado y se habilitaron muchas camas en el interior del edificio principal del Priorato de Los Nueve una vez éste estuvo terminado.
Desde entonces se les había unido mucha más gente deseosa de participar en aquella empresa sagrada para Los Divinos con la esperanza de que éstos levantaran el cerco invernal que, desde Oblivion, les estaba limitando las reservas de comida.
Lex observaba aquella extraña transformación sin entender muy bien por qué a él se le había asignado una habitación particular ni por qué aquella gente a veces se le quedaban mirando como si esperasen algo.
A Hieronymus Lex la mala fama nunca le había supuesto ningún problema, y menos en Waterfront, donde el ser policía era poco menos que ir al nivel de las ratas de cloaca para sus habitantes… pero la fama positiva era una cosa totalmente nueva para él.
Si quisiera ser completamente honesto consigo mismo, la verdad es que aquella fama le daba más miedo que otra cosa.
Y luego estaba Tempest.
Había sido una suerte el tener una reserva secreta de pociones de curación en su petate para que así la chica no hubiera podido verle la cara tras la somanta de hostias que se había dispensado con aquel tiparraco de negro. La humillación de que ella le hubiera podido ver así de jodido había sido más de lo que su orgullo había podido soportar.
No obstante, tras el incidente, Tempest se había vuelto súbitamente muy acomodadiza y solícita e iba alternando sus quehaceres diarios en la restauración de aquel asentamiento con prácticas improvisadas de magia de la Escuela de Destrucción que mantenía lejos de ojos curiosos y con ir pivotando del hombre de negro al capitán y viceversa.
A Lex le ponía de los nervios cada vez que la veía en compañía del otro mentecato y la manera que tenía él de arrimársele… pero luego se le pasaba cuando ella venía a verle y a hablar con él, siempre interesándose por su salud.
Porque, desde que se peleara con Lachance, su fatiga y su eterno cansancio producto de la maldición que había aceptado para sí habían ido degenerando a más en cuestión de días y, pese a los remedios que le recetaran en la Capilla de Stendarr en Chorrol, Lex pronto se había encontrado convaleciente descansando en cama.
Muchas veces evitaba salir, primero de su tienda de campaña, luego de su habitación, para que la gente no le viera hecho polvo y demacrado.
De hecho, apenas si había ayudado con la obra.
Aquella gente tenía esperanza de que una suerte de señal divina le inspirase para saber hacia qué punto del mapa dirigirse y emprender la Última Cruzada final contra Umaril para así acabar con la amenaza que su reaparición representaba para Mundus.
Sin embargo, tras consultarlo con los espectros de los antiguos Caballeros de Los Nueve en la cripta del priorato, Hieronymus Lex no tenía ni la más remota idea del siguiente paso a dar, pues los fantasmas mostraban el mismo desconcierto que él y ni una sola señal divina se le había presentado desde su conversación, meses atrás, con la esencia aetérica de Pelinal "Descarga Blanca".
La Cruzada Divina se había quedado estancada en un punto muerto y la gente de allí, granjeros y camaradas de armas por igual, seguían con aquellas miradas llenas de esperanza en pos de que él les dijera algo.
Y él no tenía nada que decir.
Al menos, no a ellos.
A Tempest, por el contrario, le hubiera querido decir muchas cosas.
Lex tenía días y días, unos mejores que otros, pero siempre con el constante cansancio que le incitaba a dormir de lo que pasaron las seis horas diarias recomendadas a casi más de doce. No obstante, hiciera o no un día propicio para trabajar, quisiera él o no levantarse de la cama, Tempest ahí estaba para traerle las comidas y la ropa limpia y llevarse las bandejas vacías y la ropa sucia sin decir ni pío.
Ahí estaba ella siempre para traerle un libro, para incitarle a que dejase la cama de una bendita vez, a que saliera a tomar el aire y socializase un poco.
No obstante, casi siempre acababan metidos en el habitáculo de él, los dos sentados muy juntos, mientras ella se ponía a parlotear de unas cosas y otras y él la escuchaba con un halo de encandilamiento tan evidente que le sorprendía que ella no hubiera dicho una sola palabra hasta el momento al respecto.
Lo cierto es que, teniendo en cuenta su historia juntos, al capitán se le hacía muy difícil expresar sus intenciones sin pecar de caradura, cosa que al tal Lachance parecía traérsela al pairo cada vez que se arrimaba a la chica y le invadía el espacio personal lo máximo que la situación se lo permitía.
Él no era como aquel tipo y, si bien cuando la conoció se había dejado llevar por la evidente reciprocidad de ella en el momento, la experiencia le había enseñado a ser más cauto. Y más cuando la relación que habían compartido antaño se había roto de aquella forma tan horrible.
Le comía por dentro estar enfermo y actuar de forma tan egoísta, y más con Tempest, que básicamente se las estaba haciendo de niñera en el último mes, pero… Hieronymus Lex no podía parar de darle vueltas al hecho de que Tempest le seguía gustando.
Si antes había estado seguro de quererla, ahora lo estaba aún más.
Oh, bien sabía la clase de encanto rufián y peligroso que el otro tipo presentaba frente a él, plano y someramente adecuado; lo muy domeñadas que el tipo de negro tenía las palabras frente a su recta elocuencia militar… pero Lex aún tenía algo que ofrecer frente a aquel hombre torcido y ciego que perseguía aquello que no lograba aprehender: admiración.
Admiración por ella, por Tempest, que tras casi tres largos años a la sombra de los Portones de Oblivion, aún seguía al pie del cañón.
Admiraba todo lo que ella representaba para la Causa Imperial y, de forma egoísta, lo quería únicamente para sí.
Ella era la realidad de todos esos héroes de leyenda que los libros de su niñez habían engrandecido, la verdad de lo humano frente a las historias.
La consecuencia de lo que se espera de alguien grande en contraposición con las limitaciones de la vida real.
Y él quería esa consecuencia. La quería de nuevo.
Es posible que estuviera enfermo, que todo aquello fuera un acto reflejo de su miedo a morir o a quedarse solo e inválido en la cama. No había simpatía o buenas intenciones en su causa, solo…
Deseo. Simple y llano deseo crudo y sin pulir, pero el primer deseo que experimentaba sin tapujos.
¿Tan malo era acaso desear a alguien para uno mismo? ¿Desear ser la hoja que tapase a ese alguien del sol, el escudo que lo proteja, el techo que lo guarezca?
¿Tan equívoco era desear alejarla de todo aquello y proveer para ella del mismo modo en que ella lo había hecho durante aquellos casi tres años para el resto?
Tal vez él no fuera un buen hombre, como tampoco lo era Lachance, como tampoco lo era el esquivo Gran Maestro Cuchilla que usaba a la gente como peones a su conveniencia… como tampoco lo era el príncipe de ojos azules y alma de dragón que habría de reinar sobre todos ellos.
Pero Hieronymus Lex, a diferencia de todos ellos, era el único que ahora veía tanto a la heroína como a la mujer.
Y admiraba y deseaba a las dos. Sin distinción.
Sus sentimientos podían no ser enteramente puros.
Pero eran sinceros.
Y la sinceridad no tenía por qué ser bonita, sino buena.
Por ello, en cuanto sus manos debilitadas tomaron las falanges de ella habiendo estado ambos sentados en la cama deshecha de él, la cháchara de ella se apagó, observando primero la mano de él tomando la de ella, después sus ojos.
Ahí hubo un extraño y mudo entendimiento entre ambos que propició que él, envalentonado, se inclinara sobre ella mientras las mejillas de la chica se tornaban de un potente color de rosa. Sus ojos eléctricos desprendiendo chispas.
Nada volvería a ser igual como una vez lo fuera… pero la química seguía presente. Lex podía trabajar con eso.
Se habían besado y ambos habían tenido claro lo increíblemente inadecuado que el acto en sí había sido.
Se habían besado y a él le había importado bien poco la manera que había tenido ella de profundizar el beso, una manera que hablaba de un aprendizaje que no había tenido con él.
Se habían besado… y, de pronto, todo había dejado de tener importancia.
Tempest había salido corriendo al momento de haberse separado los dos sin aliento y a él le había dejado aquel agradable y familiar hormigueo grabado en la piel.
Aquella sensación le trajo muy gratos sueños en las horas por venir de inconsciencia.
Horas que, para su mucha desgracia, no fueron todo lo inmediatas que le hubiera gustado.
¿Qué coño haces?, ¿qué coño haces?
Lo primerísimo que había hecho había sido sumergir la cara en uno de los barreños de agua fría de cojones que usaban para dar de beber a los caballos. El animal en cuestión había parecido hasta afrentado de ver a aquel insecto de pelo verde meter los hocicos en su agua.
Pero el agua fría no le había quitado ni el hormigueo en los labios ni las velocidades indecentes a las cuales iba su corazón.
Wabbajack… Wabbajack… Wabbajack…
¿Qué acababa de pasar?
Se te va la olla, ¡se te va la puta olla! – razonó internamente, el pulso a toda leche y las ganas de sumergir la cabeza entera en el agua fría ganando por goleada - ¡No tienes control sobre lo que haces! ¡Por esto acabaste preñada! – se recriminó - ¡Por esto acabaste puto preñada! ¡Porque no controlas tus jodidas hormonas!
Ya está, ataque de ansiedad servido a la carta.
¿Qué cojones te pasa?, ¿es que no has aprendido nada? ¡¿Todavía no te has enterado de que tú estabas mejor SIN TÍOS EN TU MIERDA DE VIDA?!
Y luego decían de las "mujeres de vida alegre"… ¡ellos sí que iban provocando!
Ante aquel pensamiento tan bizarro, la tensión le bajó de un plumazo y se echó a reír como una hiena mientras el caballo previamente afrentado mojaba los morros en el agua, como queriendo cerciorarse de que seguía sabiendo bien tras aquella incursión del insecto verde sentado en el suelo a un par de metros de él.
¡Que sí, hostias, que los caballos tenían sentido de la ironía y del sarcasmo! ¡A ella que no le dijeran lo contrario!
Wabbajack… Wabbajack… Wabbajack…
Echándose a reír de nuevo, esta vez más liberada, ni se dio cuenta del paso del tiempo, de la gente apareciendo y desapareciendo cerca de los caballos viendo a una aparente desquiciada carcajearse a intervalos. La risa la estaba drenando y, cuanto más cansada se sentía, su cabeza iba cada vez más deprisa.
Wabbajack… Wabbajack… Wabbajack…
Todo aquello… desde Mannimarco, desde aquella avalancha de información que no había pedido, se había vuelto una locura.
Y las manos le escocían mientras se seguía riendo.
El movimiento se hizo y deshizo a su alrededor, el caballo se apartó unos pasos de ella y la risa le punzó la caja torácica. Al cabo de un buen rato, sus risotadas cansadas habían guiado a Ulene Hlervu y a su amante bandida, Avita Vesnia, hasta ella.
- Oye, oye… - le dijo la elfa agachándose a su altura y poniéndole una mano sobre el hombro, que le temblaba como la gelatina - ¿Te encuentras bien?
Tempest asintió, muerta de risa y muerta de miedo.
- L… los caballos… - hilvanó a medias, ganándose un gesto de consternación por parte de la mujer - ¡Putos caballos, Ulene, putos caballos! – exclamó para seguirse riendo.
Intercambiando una mirada seria entre la imperial mayor y la dunmer, esta última probó de nuevo.
- El Profeta ha arribado, solo y por su cuenta desde Anvil. Nadie sabe cómo. – expuso despacio, midiendo que sus palabras calaran en el ánimo trastornado de la chica - Está predicando a estos que se hacen llamar "Caballeros" reunidos en la capilla. – añadió sarcásticamente, indicando con la cabeza a Avita, quien no se cortó un pelo y le dispensó un ligero puntapié en el trasero a la elfa - ¡Auch! – exclamó, más contenta que dolorida – ¿Sabes si el… capitán Lex está presentable para reunirse con él?
Las mejillas de Tempest ardieron y la elegante ceja derecha de la dunmer se alzó inmediatamente al compás. Oh, por Sithis, Akatosh y la puta madre que los parió… ¿por qué tenían que pasarle a ella estas cosas, por qué?
- Esto… - comenzó la muchacha, tratando de mantenerse serena sin pensar en besos inadecuados y en caballos ofendidos – Hará cosa de… ¿eh? – se interrumpió, insegura de la posición solar - ¿Una o dos horas a lo mejor? Estaba despierto y acababa de comer… imagino que, si se le avisa, el Profeta podría ir a verle y tal…
- Avísale entonces. – declaró la Hlervu muy ufana, izándose y extendiendo su mano para ayudar a la chica a hacer lo propio – Nosotras iremos a hablar con el Profeta. Por lo visto hay una serie de cosas que los dos tienen que hablar entre ellos sobre la Divina Cruzada. O eso dice el viejo. – tras otro puntapié por parte de Avita, se echó a reír coquetamente – Ay… qué poco sentido del humor tienes, querida.
Por su parte, aceptando la mano que se le ofrecía, una vez Tempest se vio nuevamente sobre sus dos pies y sola, le costó un mundo dar media vuelta y desandar sus pasos. Ni siquiera sabía cómo la recibiría Lex después de… aquello.
Entrar de nuevo por la puerta de la recientemente renovada residencia del Priorato de Los Nueve fue trabajoso. Subir los escalones y girar al Ala Oeste fue una absoluta tortura.
Y llamar de nuevo a la puerta de la habitación de Lex fue… sencillamente agotador.
- Pase. – oyó la voz del capitán al otro lado cuando insistió una segunda vez a golpes cortos espaciados, su código secreto para hacerle saber que era ella.
A Tempest se le hizo un nudo en el estómago al ver cómo se le iluminaban los ojos al hombre.
- Tempest… - comenzó a decir él hasta que ella le cortó en seco. Mejor cortar por lo sano para evitar que determinadas raíces asentaran.
- El Profeta se ha presenciado hace un buen rato en el priorato. – informó ella prontamente – Ha pedido verte.
El gesto de Lex se congeló un instante, casi como si hubiera aguardado aquel momento y ahora lo temiera.
- ¿Te traigo ropa limpia? – preguntó la chica educadamente mientras, en su interior, andaba sudando tinta akaviri – Si necesitas ayuda para hacer la cama para cuando venga y no la vea deshecha…
Parpadeando, el capitán negó con la cabeza, agotado ya con tan solo digerir el hecho de que le iba a tocar atender al buen hombre y no tenía ni un poquito de ganas de mover un dedo.
- Tempest, no es necesario… - comenzó, pero ella volvió a cortarle.
- Te traigo la ropa entonces. – repuso ella como un autómata dwemer hasta que, al ir a salir pitando por la puerta, se encontró con la mano de Lex rodeando su otra muñeca.
Su presa no era ni remotamente fuerte de cómo lo había sido antaño, pero la firmeza en sus dedos era galvánica.
A Tempest le entró un miedo cerval y, por un instante, su mente se autoconvenció de que, si no se giraba, la dejaría ir.
Pero, como tantas otras cosas en esta vida, no funcionó y el truco no coló.
Ella acabó girándose y ambos acabaron cara a cara, muy juntos, aquella tensa atracción circulando entre ellos como la corriente.
Lex lucía agotado. Agotado física y mentalmente. Todos aquellos meses apareciendo y desapareciendo de su lado en el camino pesaban mucho en su semblante.
Porque él, al igual que ella, no estaba preparado para ser un héroe. Para él, más allá de lo que era estrictamente deber, el resto era todo un mundo de desconocida oscuridad.
El hombre necesitaba a alguien que le guiara.
Así pues, haciendo de tripas corazón, la joven relajó su semblante y, llevándole una mano al rostro, sonrió con idéntico cansancio.
- Hablaremos de esto más adelante. – le dijo, insegura de si ésa que hablaba era ella u otra mujer, la heroína que todos necesitaban – Ahora lo que tienes que hacer es vestirte y hablar con el Profeta, ¿vale?
Pero Lex la sorprendió una vez más.
- No tienes por qué hacerlo. – le dijo, su gesto sereno.
- ¿Cómo…? – inquirió ella sin comprender.
- No tienes por qué estar siempre ahí, no tienes que fingir por los demás. – replicó el capitán, buscando con todas sus fuerzas reunir las palabras necesarias para hacerse comprender – No tienes que hacerte indispensable. No tienes por qué ser lo que otros esperan de ti.
Aquello despertó una sensación que había permanecido dormida durante aquellos tres últimos años. Una sensación que aún dolía.
- Ya he sido invisible una vez, Lex. – replicó sin saber todavía si ésa que hablaba seguía siendo ella – Y no puedo esconderme tras muros y puertas para siempre. Y tú tampoco.
La mirada dolida que el hombre le dirigió mientras le tomaba de la mano le hizo daño. Un daño extraño, un daño ajeno.
- Sabes lo que ocurrirá cuando esto acabe. – intentó él una vez más, inseguro a su vez de con quién estaba hablando y por qué – Sabes qué ocurrirá cuando nos enfrentemos contra Umaril. Sabes lo que pasará si salimos vivos de ésta.
A Tempest aquello le dio una pena tremenda. Porque comenzaba a comprender el verdadero significado de aquella charla.
- Si no estás seguro de esto, ¿por qué te metiste en primer lugar? – inquirió.
- Porque, de lo contrario, serías tú la que cargaría ahora con ello. – respondió él.
Los deditos de ella se cerraron sobre los de él y pronto, como si de un punto y seguido a su presente dilema se tratase, una figura solitaria se recortó contra el marco de la puerta.
- ¿Se me permite la entrada? – inquirió la voz débil del Profeta quien tomó las mudas miradas de ambos imperiales como invitación suficiente – Un trabajo hermoso el de restaurar la vieja abadía, vaya. – añadió el hombre con una ligera sonrisa apagada, cerrando la puerta tras de sí suavemente – Antaño refugio de los Caballeros de los Viejos Días, ahora escudo para el que ha de dirigirlos. – y acercándose a paso lento a la pareja, añadió - ¿Qué temes, criatura?
Y ahí ni Tempest ni Lex supieron con cuál de los dos estaba exactamente hablando ahora.
- Has pasado de la humildad de las sombras a convertirte en una leyenda. – prosiguió el anciano, sus palabras demasiado pesadas, demasiado cargadas para un momento tan delicado como aquel - Ninguna de las hazañas que lograste en vida es comparable con aquello en lo que te has convertido.
¿Hazañas? ¿Qué hazañas habían logrado entre los dos sino él ser un mediocre capitán de la Patrulla de Vigilancia Imperial que había pasado a un estado aún más mediocre de vida en una ciudad de la costa, y ella pasando de mendiga a oportunista cuyos logros y crímenes habían sido fruto de su propia cobardía?
Aquel hombre santo no tenía en frente a nadie de valía, sino a un par de casualidades mezquinas en forma de seres humanos.
- Ha llegado el momento de que cumplas tu destino. – prosiguió el hombre izando ambas manos, su gesto instando a Lex a aproximarse mientras que sus ojos de hombre sabio, sus ojos de hombre loco, solo miraban a Tempest - Umaril está escondido en el antiguo templo de Garlas Malatar. Debes ir allí y destruirle.
Lex le dirigió una breve mirada a Tempest. Una mirada que decía mucho más de lo que el hombre hubiera podido reunir en simples palabras.
Porque había miedo en esa mirada.
- ¿Es la hora pues, maese? – preguntó el capitán con voz grave.
- No. – declaró el anciano negando con la cabeza, su respiración cascada - Si te enfrentas a Umaril, correrás la misma suerte que Pelinal. Pero los tiempos cambian, e incluso lo divino debe transformarse también, pues donde antes había Ocho, ahora cuentan con uno más y se han convertido en Los Nueve.
- Talos el Conquistador. – replicó Tempest con una súbita lucidez propia de una persona varias décadas más mayor que ella – Hjalti el Traidor.
Abriendo los ojos con susto, ambos hombres la contemplaron casi con miedo.
- Reconozco el sufrimiento cuando lo veo. – apuntó el anciano asintiendo. Su miedo, lo mismo que su debilidad, patentes en todas y cada una de sus palabras – Pero, para el bien de muchos, siempre se ha requerido hacer algunos sacrificios… que no pueden borrarse. – y, tendiéndole la mano asimismo a ella, añadió – Acércate tú también, que vienes de la tormenta y no sabes vivir fuera de ella. – así, una vez los tuvo juntos, prosiguió – Sí, con la Apoteosis de Tiber Septim se transformó el rostro de lo divino, Talos ascendió y Los Ocho se convirtieron en Nueve. Por eso, aunque uno porte la Armadura de los Dioses, esta está incompleta. Es una reliquia de tiempos pasados, de antiguos dioses.
- Salvo su coraza, ninguna reliquia queda del Conquistador ni de lo que fuere en vida. – repuso Tempest seriamente, dejando que la mano temblorosa, pálida y arrugada del viejo encontrara su coronilla – Y ningún otro, salvo el que porta la Sangre del Dragón, debería de llevarla.
Lex la observaba como hipnotizado. De repente volvían a estar los dos en la guarida de Mannimarco y los ojos de ella volvían a lucir como un rayo en la noche.
De repente, volvía a ser ella la conquistadora de mentes, la extraña.
- Es cierto. – convino el Profeta, aquel hombre anónimo que predicaba grandes nombres – Pero no de espadas se hilan siempre las victorias ni de lo tangible se hace la religión. Y es por eso que el Único concede su Bendición a los que demuestran ser dignos guardianes de Su Reino. – y, con estas palabras, de sus dedos artríticos manó un manto de fuerza que cubrió las cabezas de ambos imperiales, dejando al anciano sin fuerzas.
Por puro reflejo, tanto Lex como Tempest agarraron al hombre por los costados para evitar que se cayera al suelo y, con esta simple acción, Lex descubrió que las manos volvían a responderle.
- ¿Qué…? – musitó, incrédulo, casi dejando caer de nuevo al Profeta.
- L… la Bendición… - jadeó el viejo – Os… permitirá seguir a… Umaril… tras su muerte… hasta el Reino Espiritual y… destruirle… en cuerpo y alma… por siempre jamás…
- Pero… - a Lex todo aquello le parecía que iba demasiado rápido. Su repentina fuerza era completamente antinatural. Ninguna recuperación, ni siquiera con magia de por medio, era tan inmediata – La maldición…
El Profeta se echó a reír. Y su risa era la de un hombre loco. Un hombre sabio en su delirio. Un hombre solo.
- ¿Qué es la… maldición del pecado contra… la redención sino… nula? – jadeó.
Redención. Aquello que Hieronymus Lex llevara buscando desde que descubriera que su padre…
- Primero… - continuó el anciano, ciego y febril entre los brazos de ambos, su cuerpo flácido y quebradizo ante los días de hambre y frío que había pasado predicando frente a la Capilla del Amor, del Amor en nombre del cual había entregado su vida para allanar el camino al heraldo de los dioses – Habréis de dar muerte a su cuerpo… hazaña fuera del alcance de la mano del mortal, pero… dentro de la posibilidad del Caos universal… - y, como si se desmoronara cual puñado de arena entre los dedos de ambos, exhaló - Su naturaleza daédrica permite… a su espíritu… escapar a Oblivion… una vez muerto. Eso fue… lo que descubrió Pelinal cuando… derrotó a… Umaril… la… primera… vez…
Tempest y Lex habían acabado juntos en el suelo, las manos de ambos aún aferrando la figura rígida y helada del anciano y los ojos anegados en lágrimas.
Lágrimas no por aquel viejo al que nadie había conocido y al que nadie lloraría, sino lágrimas porque supieron, con total certeza, que aquellos días de feliz incertidumbre se les habían acabado de golpe.
Nota de la autora: ey, que no me he muerto ni nada de éso. Aquí sigo... divagando más de la cuenta e intentando meter a capón algo de humor antes de que las risas se acaben. Porque se acabarán, que creo que es lo que más miedo me da escribir.
De todas formas el DLC de Knights of The Nine es denso y aburrido donde los haya si te metes bien en la historia, porque el primer walkthrough que tuve con ése DLC fue híper soso: una línea de misiones, recolectar una armadura, oír sandeces de NPCs que parecían fumados y derrotar a un boss dos veces. Fin.
Pero luego me dio por leerme lo que decían todos los NPCs y... joder... telita con la expansión.
Quería sacar al menos un capítulo antes de que se acabara el año y... aquí está. Para los que seguís leyendo desde las sombras :)
