Por fin silencio.

Las ruedas de los carruajes repiquetean sobre la grava del camino, alejándose, y Lizzy da la bienvenida a la calma de una casa en la que solo quedan Tommy y ella. La vieja Hills huyó de Longbourn, poco después del almuerzo, a ayudar con los refrigerios que sirve el ayuntamiento durante el baile —y a comadrear los más recientes chismes, sin duda—, y la pobre Betsy, en cuanto hubo prendido el último alfiler y dispuesto el último rizo, corrió a ponerse el vestido nuevo que le había regalado la señora Collins y se subió al pescante con una emoción que apenas podía disimular. El baile municipal de Meryton era abierto a toda la vecindad y no hace distinciones de clases. Y menos aquí, en el campo, donde todos conocen a todos... Lizzy sonríe, a su pesar, porque añoraba esa anticipación, esa nerviosa locura de preparativos, de pasos rápidos de una habitación a otra, las órdenes presurosas de su madre, y las risas. Por más que en esta ocasión ella no haya participado de ese frufrú incesante de muselinas negras, del revoloteo de encajes de luto entre risas y alegría.

Lizzy revisa a Tommy, que duerme feliz en la habitación de su madre —ajeno a que rompe así otra de las convenciones sociales de su clase—, y remueve con cuidado el carbón encendido de la chimenea, a punto de extinguirse. Baja luego las escaleras, maravillándose de la extraña quietud de la casa vacía, y entra en su gabinete con la intención de responder a una carta de su tía Gardiner. Pero su cabeza no está donde debe estar y por más que lo intenta, es en vano, porque no consigue escribir más de dos líneas. Así que deja la pluma, dándose por vencida, y sale al jardín, que reverdece poco a poco, salpicado de blanco aquí y allá. Secretamente anhela poder haber visto la sorpresa en la cara de Jane cuando viese al señor Bingley. ¿Se habría ruborizado ella? Sí, con toda certeza. ¿Se habría ruborizado él? Lo más probable. Ah, quiera el cielo que esos dos encuentren su camino juntos...

Es una fría noche de finales de marzo, despejada y llena de estrellas, y Lizzy se arrebuja en su chal de lana. Está bastante segura de que habrá ciertos comentarios a la presencia de su familia en el baile. Pero son inevitables... Aunque también sabe que ninguna matrona podrá reprocharle muy seriamente a su madre una oportunidad como esta para lucir a sus hijas no casadas. Y menos aún, si trae consigo tan buenos especímenes masculinos, para hacer las delicias de sus comadres y afilar sus colmillos. Lizzy sonríe, sabiendo que Jacob habría de sufrir las atenciones no deseadas de más de una matrona, ahora que había ascendido en reputación, salario e interés casadero, y que ya no tenía las manos manchadas perpetuamente de tierra; el coronel hará babear a más de una, con su sonrisa franca y su casaca roja, deslumbrante de charreteras y cordones dorados; el señor Bingley bailará toda la noche, siempre tan afable y cercano con todos, aunque solo tendrá ojos para Jane. Y el señor Darcy...

Ah, el señor Darcy...

Un enigma. Siempre un enigma...

O quizás no.

Quizás una parte de ella siempre ha sabido que esa amistad, esos lazos firmes que ha formado con él, siempre han estado teñidos de algo más. Que sus ojos profundos, insondables, hablan de historias que quisieran ser, y que sus sonrisas brillan más cuando está con ella.

Lizzy se obliga a reconocerse —al menos ante sí misma— que realmente lo ve. Que ve la forma en que él la mira, y que cada una de sus atenciones para con ella van mucho más allá de la amistad que han construido. Pero Lizzy no sabe qué hacer. De no haber sido por Charlotte, no tendría ninguna duda: se mantendría a un lado, y jamás accedería a venderse de nuevo, ni siquiera por esta inquieta zozobra que le crece más y más cada día y que hace vacilar su determinación. Pero sabe, de veras lo sabe, que las letras de su amiga son honestas, verdaderas, y que ella jamás le mentiría.

En fin —Lizzy suspira, y su aliento dibuja una nubecilla frente a su rostro—, que las matronas estarán contentas esta noche. Tendrán de qué hablar y chismosear. Valorarán posibles partidos, esfuerzos e intereses, y especularán sobre cuál de ellos será el más adecuado para sus jóvenes hijas e intentarán metérselas por los ojos. —Con un poco de más disimulo que su madre, sería de esperar...

Y su madre se pavoneará como una gallina clueca, las plumas desplegadas y el pecho hinchado de orgullo y pompa.

El aire limpio de la noche le trae los ecos lejanos de la música. Lizzy extiende los brazos y su chal resbala, cayendo blandamente al suelo. Y entonces baila, Lizzy baila bajo las estrellas, dejándose mecer por la brisa nocturna de marzo, como si aún fuera una doncella inocente que espera a aquel que haga latir su corazón.

Y por supuesto, los dioses del destino no la defraudan.