Aunque una parte de Darcy (una pequeñita, e inesperadamente muy conservadora, que él se esforzaba por acallar) no comulgaba con la idea de jovencitas asistiendo a un baile sin haber debutado ni haber sido debidamente presentadas en sociedad, su parte racional también entendía la necesidad de esparcimiento y de tentar sus alas. Así era cómo se hacían las cosas (aparentemente) en la campiña, entre gentes más libres de las rígidas y encorsetadas formalidades de su clase social. Y mentiría si dijera que no adoraba ver las mejillas de Georgiana encendidas de expectante anticipación. Además, en el peor de los casos, este baile cumpliría las funciones de entrenamiento en sociedad (a una escala menor, obviamente, y en un entorno controlado), y como era lo esperable, de mera diversión.
Debía admitir que este baile se sentía completamente diferente a aquel otro de hace dos octubres (¿casi año y medio ya?), cuando llegó a la comarca y conoció a los Bennet. Poco sabía él entonces cuánto le cambiaría la vida tan simple evento… Es cierto que con la ausencia de la menor, Lydia Wickham (incluso en su pensamiento, el apellido dejó un regusto amargo en su boca), la señora Bennet parecía haber alcanzado por fin cierto grado de decoro y sensatez. No como para ser recomendada a las damas patronas de Almack's y sus altos estándares, eso es cierto, pero sin duda había una sensible mejora en su comportamiento público.
La señora Bennet, cual luctuosa Mamá Ganso seguida de sus polluelos, se abrió paso entre las filas de asistentes con una soltura y dignidad más propias de condesa que de esposa de caballero rural. La espalda recta, el mentón alto y la nerviosa sonrisa presta, firme, saludaba a propios y extraños, y cualquier cuchicheo que suscitara su presencia era prontamente silenciado con un movimiento seco de su abanico de blondas negras.
Cuando la pequeña orquesta reanudó su música, Fitzwilliam Darcy, como hermano mayor, solicitó de Georgiana su primer baile con la solemnidad y formalidad debidas, que ella aceptó con una sonrisa radiante y los ojos brillantes.
Y mientras bailaba con su hermana, resignándose de mala gana a la inevitabilidad de que un día ella habrá de casarse y dejarlo atrás a él y a Pemberley, Darcy recuerda aquel reproche que le hiciera Elizabeth sobre no bailar en un baile con las jóvenes damas. Así pues, se promete no cometer hoy el mismo error y bailar también con las más jóvenes Bennet, y quizás con la señorita María Lucas. No con la señorita Jane Bennet, por supuesto (no quería morir joven a manos de un amigo…). Ella tendría que esperar aún por su pareja sorpresa. Y en cuanto a Mary Bennet, casi le daba lástima Stitson, allí parado, con su copa intacta en la mano, sin reunir el valor para pedirle un baile a la muchacha…
Pero sus nuevas ocupaciones como compañero de baile no le evitaban cierto sentimiento de incomodidad… Darcy estaba acostumbrado a sentir sobre su persona las miradas codiciosas y evaluadoras de madres e hijas casaderas por igual. Por fortuna, Richard, más versado en estas lides, atraía sobre sí la mayor parte de aquellas, liberándolo de atenciones no deseadas (gracias sean dadas a los cielos por su inmarcesible encanto…), y se encontró más o menos disfrutando del evento. No del todo. Se encontraba entre gentes que conocía y apreciaba, y en cierto modo, era una de las veladas de Longbourn expandida. Y mucho más ruidosa, sin duda.
Pero ella no estaba aquí.
Y él podría decir con certeza que notaba su ausencia. Era como una inquietante sensación de falta, un vacío ansioso, y sus ojos se movían inevitablemente buscándola, a pesar de saberla en Longbourn.
Así que, cuando ya no pudo más, y habiendo ya cumplido con su presencia y deberes fraternos y sociales, encomendó a su hermana al cuidado de la señora Annesley, de las Bennet y de su primo (unas palabras susurradas solo a Richard), y Fitzwilliam Darcy se escabulló en cuanto Charles Bingley entró por la puerta principal y atrajo sobre sí todas las miradas. —Aunque a Charles solo le importaba la de una persona, por supuesto.
Darcy despide a su carruaje en cuanto llegan al conocido sendero de grava de Longbourn, y algo —¿quizás el destino?— encamina sus pasos hacia el jardín en vez de la entrada principal.
Darcy la ve danzar bajo las estrellas y su sola visión le arrebata el aliento. Porque él no ve a Elizabeth. O no ve solo a Elizabeth Collins. El recuerdo de haberla llamado alguna vez en broma diosa pagana retorna veloz a su pensamiento y se crece en la contemplación de su silueta, iluminada a contraluz por las mil estrellas de nieve, tornadas en pequeños diamantes de luz que parecen creados desde ella, en torno a ella, irradiando una magia de antaño, mientras se mece suavemente en una danza inefable, grácil y mística, con los brazos abiertos, como si fuera una ninfa de los bosques, o una de esas hechiceras que lanzan sus encantos de amor en el plenilunio.
Así la mira Darcy.
Hasta que ella advierte su presencia y su danza se detiene, aguardando en silencio.
Y él, pobre enamorado, no puede evitar que sus piernas recorran la distancia que los separa.
—Señora Collins —saluda él con la acostumbrada inclinación, sin apartar sus ojos de los suyos.
Y ella no pregunta por qué está aquí y no en el baile. Tampoco pregunta por Jane y Bingley, ni por su familia.
—Señor Darcy —responde tan solo, con una breve reverencia que hizo que sus faldas susurraran contra el suelo y un brillo juguetón en el castaño de sus ojos. Darcy está seguro de que no era la luna. No podía ser la luna.
—¿Me concederá usted este baile? —pregunta él, con la voz enronquecida.
—Será un honor, caballero —responde ella, alzando su mano que él toma en la suya.
Y entonces danzan.
Y a ellos no les importa la música. La escuchan, alto y claro, retumbando contra el pecho, los oídos llenos de aquella pieza, la única, que tiempo atrás bailaron juntos.
Manos que se tocan y se sueltan, se giran y se vuelven a encontrar, ojos que se buscan, dedos que dibujan filigranas de promesas en otra piel, que se mueven contra dedos ajenos como un espejo, reflejos de carne, hasta que se enredan y se entrelazan...
—¿Hoy no me pedirá conversación, señora Collins? —pregunta él, deteniéndose, sus manos aún en las suyas.
—Me gustaría creer que en esta ocasión las palabras sobran, señor Darcy —responde ella, mirando esos ojos azules, llenos de estrellas, y da entonces un paso leve, pero inmenso, hacia él.
—Sobran, en efecto... —concuerda él, sintiendo que puede perderse en el misterio de la luna en sus ojos.
Se miran, los torsos demasiado cerca, las respiraciones mezcladas, las manos entrelazadas, decidiendo si saltar al abismo de los que tienen esperanza. Y por fin, una eternidad después, o quizás tan solo un instante, Darcy se inclina y la besa.
Y ella le devuelve el beso.
Lizzy instintivamente libera sus manos de las suyas y las alza para rodearle el cuello con sus brazos, y las de él erran por su cintura y espalda, atrayéndola hacia él, negándose a que haya espacio alguno que los separe, sí, y todo él, rodeándola por completo.
Por un instante, breve y fugaz, Lizzy recuerda aquellos besos burdos, invasivos y toscos, de su difunto esposo. Este, en cambio, era un beso que no obligaba ni exigía, que no imponía, y que le cedía la iniciativa de continuarlo, de explorarlo. Un beso que le dejaba a ella la decisión de continuarlo o ponerle fin.
Y que le dejaba las rodillas y la voluntad reducidas a mantequilla al sol del verano…
Un beso tal como soñaba la jovencita que una vez fue…
Un beso del hombre al que amaba…
Sí, lo ama.
La música sigue sonando en sus corazones.
