Zira3000: antes que nada... mil disculpas por tardar tanto, pero esta remesa de capítulos finales me está costando Dios y ayuda. Además de todo, lo estoy pasando fatal con la pérdida de mi personaje principal. El personaje creado enteramente por mí cuyos capítulos me encantaba escribir T_T.

Ya he comentado varias veces que para escribir siempre suelo escuchar alguna canción. En este caso la que más me ha servido es una de la banda sonora de Juego de Tronos (que en general me gustan todas) pero esta en concreto es la que mejor refleja el capítulo, la cual le da nombre "Stay a thousand years". Preciosa.

Prometo que el siguiente lo subiré pronto. Se agradecen los reviews!

Nappa

La Corte entera lloraba la muerte de su joven reina. Incluso el oscuro cielo cubierto de nubes negras parecía haberse puesto de acuerdo con el estado de ánimo de todo el palacio. Un elevado número de personas había acudido desde todas partes del planeta para velar el cuerpo de su soberana.

Tan hermosa… tan llena de vida…

Esas eran las tristes palabras que se susurraban con pesar una y otra vez en todos los rincones del reino.

Y era cierto…

Yo mismo en deferencia a Bergine me había presentado en casa de su hermana mayor para transmitirle la funesta noticia. No había sido agradable, pero no quería que la muchacha se enterase a causa de los rumores.

Sin embargo ella ya lo intuía… yo simplemente se lo confirmé.

- ¡No puede seeeeer! – exclamó Raina llevándose las manos a la cabeza completamente impactada - ¡¿por qué Nappa?! ¡¿por qué!? ¡no tiene sentido! ¿qué es lo que ha sucedido? ¡no entiendo nada! ¡por todos los dioses! ¡es como si esta familia estuviese maldita!

Rompió a llorar entre espasmos de dolor y vi como se aferraba al borde de la robusta mesa del comedor con los brazos temblorosos. Su largo cabello oscuro le ocultó el rostro y las lágrimas le salpicaron el dorso de la mano.

No sabía que más decirle. No sabía cómo cualquier cosa que le dijese iba a aliviar aquel dolor. Torpemente le pregunté si Toma se encontraba en la casa en estos momentos para que se sintiera apoyada y me di cuenta que levantaba la vista mirándome con rabia.

- No está aquí… creo que regresa hoy de una misión de conquista en el planeta Kanassa… ¡pero esa no es la cuestión! – sollozó negando con la cabeza - ¡dime la verdad Nappa por favor! ¿es cierta esa absurda versión que circula por todas partes de que a mi hermana la atacaron unos hombres desconocidos en sus propios aposentos?

Sentí como el corazón se agitaba angustiado en mi pecho y tragué saliva incapaz de decir nada. Maldije en mi interior al no haber sido capaz de prever aquella lógica pregunta. Pero no podía mentirle… a ella no… la muchacha no se merecía vivir en la ignorancia. Pero… ¿acaso decirle la verdad iba a mitigar su pena? Al contrario… se moriría solo de saber que el rey era el culpable de…

- ¡Respóndeme! – chilló nerviosa al ver que no contestaba - ¿ha sido él… verdad…? tu reacción lo dice todo – las palabras salieron temblorosas de su boca como dagas envenenadas.

Posé mis ojos sobre los suyos con lentitud casi sin respirar. Atisbé en ellos una gélida frialdad que me resultó conocida. El mismo gesto… la misma forma de mirar… no en vano aquella mujer era la hermana de Bergine.

- ¡No quería… no debía…!

- ¡MALDITA SEA! ¡YO TENÍA RAZÓN DESDE EL PRINCIPIO! – soltó un bramido tan fuerte que hasta yo mismo me sorprendí - ¡prometió a nuestra madre que cuidaría de ella! ¡¿cómo es que todo esto ha terminado así?! ¡no puede ser verdad, no quiero creerlo!

Se acercó hacia mí totalmente desesperada sujetándome por los brazos mientras su rostro se contraía con un gesto de profunda rabia. Aunque por su comentario estaba claro que la culpabilidad del rey en todo aquello no la cogía por sorpresa.

- ¿Mamá? – la asustada voz infantil de Kauri me hizo voltear la cabeza y vislumbré su pequeña carita redonda asomando desde el marco de la puerta - ¿mamá estás bien?

- S… sí… no ocurre nada… ve a tu habitación – dijo con dureza. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano dándose la vuelta para que su hija no la viese así – necesito hablar con Nappa a solas…

La pequeña asintió suavemente con los labios temblorosos y el sonido de sus pasos se perdió por el pasillo. Me imaginé que un sinfín de preguntas estarían rondando por su mente infantil en aquel momento.

- Le advertí que se alejase de él… - continuó Raina en voz baja dándome la espalda como si intentase asimilar la conmoción – se lo dije una y mil veces… pero Bergine no me hizo caso… siempre ha sido muy testaruda…

Me acerqué hasta ella para mirarla de frente y durante un instante me asusté al ver su rostro mortalmente pálido con los ojos fijos en el vacío.

Raina era una muchacha pacífica… una chica de campo. No estaba acostumbrada a lidiar con la muerte muy al contrario que un guerrero como yo. Pero parecía una mujer fuerte. Bastantes desgracias había tenido que soportar su familia para encima añadir otra más.

- Tengo que ir a la Corte. Quiero ver a su Majestad – dijo decidida con la mirada gélida – ¡necesito hablar con él, necesito comprender…!

- Tus súplicas no van a obtener respuesta, Raina… el rey…

- ¡ESA BESTIA HA MATADO A MI HERMANA! – gritó mientras los puños le temblaban a causa de la rabia que sentía - ¡ella vino a esta casa una noche con el cuerpo quebrado por los golpes y el corazón hecho pedazos!. ¡Toma la cargó entre sus brazos cuando se desmayó ante mi puerta y nosotros le dimos refugio!. ¡Yo curé sus heridas! ¡yo vi las marcas existentes bajo la tela de su vestido hecho jirones! ¡solo yo vi el dolor que revelaban sus ojos cuando le pregunté qué había pasado!. ¡TODOS LOS SABIAIS Y NINGUNO HIZO NADAAA!

Las palabras salían a borbotones de su boca y casi no me daba tiempo a meter baza. Pero tenía razón…

El sufrimiento de Bergine era casi un secreto a voces, al menos para los más cercanos y los que la conocíamos bien. No era justo que una muchacha tan joven hubiese acabado de aquella forma. No podía evitar sentirme como un auténtico cobarde… parte de la responsabilidad pesaría para siempre sobre mi conciencia.

- ¡Maldita sea la hora en la que mi hermana se cruzó en su camino! ¡maldita sea la belleza que sedujo al rey Vegeta y que a ella le causó la muerte!. Sabía que vivir en la Corte no le reportaría nada bueno… pero claro… ¡Bergine era tan terca que seguramente le pareció divertido comprobar hasta donde llegaba el alcance de su juego!. Me imagino que ahora todas las muchachas en edad de merecer estarán frotándose las manos haciendo cola para ver quién es la siguiente afortunada. ¡Pobre ilusas, qué lástima me dan… estúpidas todas!. Pero si es la voluntad del rey… se hará lo que él diga ¿no…?.

Chasqueó la lengua cruzándose de brazos y se acercó a la ventana contemplando un punto indefinido del exterior a través del cristal. Rogué en mi fuero interno que no se atreviese a intentar entrevistarse con Su Majestad en estos momentos. Yo me imaginaba que él no estaría en disposición de atenderla teniendo en cuenta el terrible infierno que estaba pasando. Pero no podía asegurarlo. Ya ni siquiera era capaz de predecir las reacciones de Vegeta. Nunca me imaginé que terminaría haciendo algo como esto.


Nappa

Inspiré profundamente alzando la vista y me di cuenta que la sala del trono cada vez estaba más abarrotada de gente. Todos se arremolinaban unos con otros intentando obtener la mejor visión del ornamentado ataúd de madera gris en el que descansaba para siempre el cuerpo de la joven reina.

Casi dolía contemplarla, casi dolía verla allí tendida… no era más que una niña cuya vida se había visto truncada demasiado pronto de una manera injusta.

La palidez de su bello rostro apenas contrastaba con la blancura del sencillo vestido que llevaba puesto. El cabello le caía suelto en sutiles ondas sobre los hombros y el medallón de la familia real reposaba sobre su pecho.

Parecía como si estuviese dormida… como si de un momento a otro aquellos labios de un tono azulado fueran a curvarse en una coqueta sonrisa para después incorporarse con gesto burlón y preguntarnos qué demonios hacíamos todos allí.

El ataúd se había dispuesto justo en el centro de la estancia en lo alto de una tarima a la que se accedía subiendo unas pocas escaleras cubiertas en su zona central por una elegante moqueta granate. Solo durante los velatorios de la familia real Saiyan era obligatorio prescindir de la tapa para poder comprobar que el cuerpo que se estaba custodiando era efectivamente el del soberano.

Nuestra cultura no se caracterizaba precisamente por honrar a los difuntos. Los guerreros de clase baja cuando morían, eran quemados inmediatamente en piras funerarias sin ningún tipo de acto o ceremonia. Solamente algunos privilegiados o a ciertos guerreros destacados en el campo de batalla se les permitía ser enterrados en algún recinto cerrado cercano a sus casas, y si vivían en la Corte, eran sus allegados los encargados de decidir qué hacer con el cuerpo.

A pesar del gentío el silencio en la sala era apabullante.

Aquel fallecimiento no se trataba de una muerte cualquiera. Las familias más poderosas del reino estarían ahora devanándose la cabeza pensando en cuál sería el siguiente movimiento del rey. Casi podía escuchar sus retorcidas mentes maquinando intrigas para poder sentar a sus jóvenes hijas o incluso sobrinas en el trono vacante.

Cosas como aquellas me hacían preguntarme… ¿hasta qué punto conocían ellos a Bergine? ¿hasta qué punto estas personas sienten lástima por su muerte?. Todos están aquí presentes, casi sin abrir la boca, con caras largas y un aparente gesto de preocupación en el rostro. La muchacha siempre había sido una criatura generosa, compartiendo lo que tenía, organizando fiestas y banquetes haciendo que todos se divirtieran para tratar de suavizar la dura vida que llevábamos entre tanta muerte y destrucción.

¿Qué es lo que perduraría de ella… cuál sería su legado… su nombre se perdería entre tantos otros para ser relegado en el olvido…?.

Un leve sollozo me hizo desviar la mirada hacia la izquierda y pude distinguir el cabello corto de Kale a escasos metros por delante de mí. Un río de lágrimas silenciosas se deslizaba por su rostro aniñado mientras mantenía la cabeza gacha con los ojos fijos en el frío suelo de cerámica oscura.

La muchacha no ponía reparo en intentar ocultar su dolor. Ella había llegado a la Corte con Bergine cuando apenas eran unas adolescentes que nada sabían del mundo más allá del suyo. Era lógico que su muerte la hubiese afectado tanto. Me imaginé que el príncipe Vegeta estaría con ella pero no había rastro del niño por ningún lado.

Raina me había preguntado por él con suma preocupación, diciéndome que necesitaba estar al lado de su sobrino en estos momentos tan difíciles. Todavía era capaz de sentir su firme agarre sobre mi piel…

A pesar del gentío conseguí distinguir su delgada silueta entre la multitud. Estaba sola, y permanecía con el semblante mortalmente serio mientras contemplaba el cuerpo de su hermana tendido en aquel ataúd. Sus ojos oscuros mostraban una tristeza infinita y pude atisbar en ellos toda la rabia que sentía por lo que había hecho el rey.

Durante unos segundos su mirada acusadora se cruzó con la mía y alzó la barbilla apretando los dientes antes de darse la vuelta perdiéndose entre la gente. Cerré los puños con fuerza y no pude evitar que un repentino sentimiento de culpa volviese a invadirme.

- ¿Está verdaderamente hermosa… verdad…? incluso en estas circunstancias…

Levanté la cabeza con brusquedad al reconocer aquella voz y una mano se posó sobre mi hombro dejándome perplejo.

- ¡¿Turles?! – exclamé en voz baja mirando hacia los lados - ¡¿qué es lo que estás haciendo aquí?!

Una leve sonrisa triste adornó su moreno rostro mientras ocultaba su cabello bajo una capa de color oscuro. Por un momento temí que alguien pudiese reconocerle y le indiqué con un sutil gesto que nos apartásemos unos metros de la multitud.

- Sé lo que estás pensando… - me dijo cruzándose de brazos al lado de una de las enormes columnas de mármol de la sala – solo estoy de paso. Mis hombres están esperándome en las montañas del sur con una nave espacial.

- Veo que te va bien…

- Así es… aunque nunca me perdonaría no estar aquí en estos momentos tan… delicados…

Me di cuenta que apenas quedaba rastro de aquel muchacho de carácter cínico y despreocupado de antaño. Su expulsión del planeta Vegeta parecía haberle hecho madurar a marchas forzadas y su rostro se veía diferente.

- ¿Y bien…? ¿dónde se encuentra el responsable de tal abominación…? – preguntó con ironía.

Sentí que los colores se me subían a la cara como si yo fuese el causante de todo esto. Carraspeé poniéndome nervioso y recordé la decidida negativa del rey a aparecer por allí. Estaba completamente destrozado. Se resistía a comer y tampoco quería salir de sus aposentos. No quería ver a nadie y se había encerrado en sí mismo aislándose de todo y de todos. Como aquello continuase el pueblo comenzaría a murmurar. Para ellos era necesario poder contar con su soberano.

- Es… es complicado… - balbuceé entre dientes.

- Por supuesto que lo es. La gente no es tonta, y empezarán a hacerse preguntas. Esa historia de que unos hombres entraron por la ventana para deshacerse de la reina… ¿por qué… con qué motivo…?. No tiene ningún sentido… si hubiese rumores de algún tipo de levantamiento contra el trono para derrocar a la familia real todos lo sabríamos.

En un principio mentir sobre aquello e intentar encubrirlo había sido fácil. La habitación revuelta… las ventanas rotas… los cristales desperdigados por el suelo…Todo parecía indicar que alguien había accedido por la fuerza desde el exterior para atentar contra la vida de Bergine. Pero Turles tenía razón… ¿quién… y para qué…?.

- ¿Dónde está Paragus? – me dijo de repente

- ¿El Coronel Paragus…? – arqueé una ceja extrañado sin saber muy bien por qué me hacía esa pregunta.

- Mis fuentes me han revelado que está muerto… ¿es eso cierto?

- Vaya… para no andar por aquí veo que estás muy bien informado – le contesté con el mismo gesto arrogante.

- Bien… - murmuró cruzándose de brazos con aire misterioso.

Desde luego no estaba entendiendo nada… ¿qué tendría que ver Paragus con toda esta historia…?.

Durante unos minutos permanecimos en silencio observando a lo lejos el ataúd de Bergine. Casi sin darme cuenta se había formado una larga fila donde diferentes personas incluso Saiyans de orígenes bastante humildes se habían desplazado desde lejos para venir a presentar sus respetos a la reina. Kale se adelantó unos pasos del resto de las damas y con las manos temblorosas depositó a sus pies una llamativa flor blanca tras hacer una respetuosa reverencia. Todas llevaban puesto unos vestidos casi idénticos de color negro y la misma expresión de congoja en el rostro. Moses, aquel muchacho de cabellos rubios, comenzó a tocar su inseparable instrumento musical y la triste melodía inundó la estancia. Sus dedos recorrieron las cuerdas con auténtica pasión como si de esta forma expresase su más profundo pesar por la muerte de la joven muchacha.

Nunca antes había percibido una sensación tan intensa como aquella… tan funesta… tan dura…

Ver a una mujer bella y orgullosa como Bergine ahí tendida encogía el alma hasta el más fuerte.

- Está claro… ella era una auténtica reina… - dije en un susurro casi espontáneamente – todos los hombres estaban medio enamorados de ella…

- ¿Y quién no…?

Turles esbozó una lánguida sonrisa con la vista fija al frente y no pude evitar observarle perplejo ante aquella declaración.

Siempre lo había sospechado. El brillo de sus ojos lo delataba cuando la miraba. Pero estaba totalmente seguro que nunca había habido nada impropio entre ellos. Parecía que él se conformaba con estar a su lado aunque no obtuviese nada a cambio. Y eso le bastaba. Era feliz así…

Se ciñó la capucha con firmeza y apenas pude distinguir la expresión de su rostro. Debía estar profundamente afectado aunque intentase disimular. Sabía que la muchacha lo estimaba mucho y también que lo veía como al hermano que había perdido. Tenía que ser muy duro ansiar a una mujer que nunca podría tener.

- A Bergine le costó hasta la vida haberle amado…

Un profundo rencor se podía palpar en sus palabras. Turles debía conocer casi a la perfección el tipo de relación que la muchacha llevaba con Su Majestad, y aunque Vegeta no me había dicho nada, estaba casi seguro que los celos tenían mucho que ver con aquello.

- El rey está tremendamente abatido – dije a modo de patética disculpa - su mente se está volviendo en su contra…

- Puede estar tranquilo… después de todo ya tiene al ansiado hijo varón que tanto necesitaba para continuar su linaje. Hembras bonitas y bien dispuestas en nuestro planeta las hay a montones. No tendrá problema en encontrar pronto a otra sustituta – se encogió de hombros y me miró fijamente a los ojos - aunque en realidad nunca podrá hacerlo, ya que terminará dándose cuenta, que mujer como Bergine… solo existió una…


Turles

Siempre me había jactado de ser capaz de envolver mis comentarios en una fina ironía. La mordacidad es desde luego el mejor recurso para esconder el dolor. Aunque realmente lo que estaba sintiendo ahora era muy difícil de ocultar.

Toda aquella rabia, aquella tristeza… mi corazón irradiaba en estos momentos un odio tan profundo que me quemaba por dentro.

Apreté con fuerza la mandíbula y continué volando a mayor velocidad. Sentir el viento en la cara siempre me despejaba las ideas pero ahora mismo era incapaz de pensar en nada más que no fuese en el hermoso rostro de Bergine, pálido como la muerte, en el interior de aquel siniestro trozo de madera.

La vida podía ser tan despiadada… ¿acaso era una broma cruel del destino el haberse casado con el rey solo por ambición? ¿qué importaba eso?. Él desde luego no era ningún santo, y aunque ella lo dio todo durante su matrimonio, Vegeta la había despreciado en muchas ocasiones humillándola hasta los límites más extremos.

- Hay momentos Turles… en los que siento que ya no puedo con esto…

Bergine había bajado los ojos al suelo mientras intentaba tapar con la manga del vestido la oscura marca de los dedos que llevaba impresa en el brazo.

El nuevo obsequio del rey… el más reciente… ¿cuántos más estaría ocultando debajo de aquella ropa tan costosa y elegante?.

- Nunca pensé que diría algo así… pero muchas veces, desearía con todas mis fuerzas que Vegeta fuese un guerrero normal y corriente. Un soldado más, porque lo amaría con la misma intensidad… aunque no tuviese nada… aunque no fuese nadie. Siento que el peso de la corona en muchas ocasiones le asfixia y le hace comportarse como un hombre diferente. No es culpa suya, solo que…

"El poder cambia a las personas"…

Mentira… aquello no era más que una ridícula excusa. Un burdo intento por disculpar a su Majestad y justificar de esa forma sus horribles abusos. Aunque el rey hubiese sido un campesino muerto de hambre su trato hacia la muchacha no habría sido diferente. Él estaba obsesionado con ella. Enfermo por conservarla a su lado a cualquier precio y luchando día tras día con el fantasma de los celos.

Eso era lo que Bergine provocaba en los hombres. Esa era su maldición.

Me dolía solo pensar en ella. Al imaginarla viva… tan bella y arrebatadora como siempre. Un espíritu libre con esa energía tan grande como si quisiese comerse el mundo.

Me desprendí de la oscura capa que me incomodaba al volar y la dejé caer desde arriba con un furioso ademán. La tela osciló en el aire hasta perderla de vista e intenté mantener la mente en blanco con el único objetivo de llegar a la nave espacial en la que había venido con mis compañeros. No quería permanecer ni un segundo más en aquel planeta que por desgracia, ahora solo me traía malos recuerdos.

Los rayos del sol me cegaron durante unos instantes al descender y entorné los ojos cuando distinguí la fornida silueta de Almond apoyado sobre un árbol. Su serio rostro permanecía imperturbable y alzó la vista emitiendo un gruñido a modo de saludo al verme. Justo en frente sentado en una roca, Rakasei el gemelo, y también una de mis más recientes incorporaciones, mordisqueaba ansioso una especie de galleta con cara de aburrimiento.

La sencilla nave de color azul oscuro con una enorme ventana circular permanecía casi oculta entre unos frondosos árboles a varios metros de distancia de nosotros. Su tamaño era más que suficiente para poder viajar todos juntos y además mi intención era añadir tarde o temprano otro miembro a mi escuadrón.

La compuerta se abrió de pronto con un chasquido metálico y vislumbré el cabello verde oscuro de Daizu mientras yo descendía levitando hasta posarme sobre la firme rampa. Su semblante se veía inusualmente serio y me miró a los ojos con intensidad como si intentase escudriñar mi mente.

En estos momentos sobraban las palabras.

Hice un gesto vago con la mano dándole a entender que no me apetecía hablar mientras entraba en la nave.

¿Para qué? ¿para remover todavía más la desazón que me carcomía? ¿para explicarle que todo este dolor que sentía era solamente culpa del rey Vegeta? ¿de qué serviría?.

Apreté los dientes y maldecí a todos los dioses por no haber sido mucho más fuerte. Solo así podría haberme enfrentado a él en igualdad de condiciones cuando tuve la oportunidad.

Yo sabía de buena mano cómo estaban las cosas con Bergine y no hice nada por ella… ¡nada!. Me odiaba a mí mismo por haber sido tan cobarde y no haberla protegido de él. Ahora era demasiado tarde para eso…

- Solo un idiota se atrevería a desafiar a Su Majestad en un combate a muerte – me había dicho Daizu una noche mientras bebíamos en la taberna – y el mundo ya está lleno de ellos… ¿por qué añadir otro más a la lista?

Tenía razón… ¿a quién quería engañar?. Ni entrenando mil años podría siquiera soñar con igualar el poder de Vegeta. Además, intentar matar al rey era una monstruosa aberración sobre la que no nos estaba permitido pensar.

Me senté en la rígida silla de la sala de mandos completamente a oscuras e introduje las coordenadas del próximo planeta que teníamos pensado conquistar. Mis muchachos entraron en la nave tomando sus respectivas posiciones y despegamos lentamente mientras sentía el leve temblor del suelo bajo mis pies. En dos semanas aproximadamente si todo iba bien llegaríamos a nuestro destino. Necesitaba sentir la adrenalina del combate cuanto antes… no quería pasar más tiempo sumido en mis obsesivos pensamientos…

Oí sin escuchar la intrascendental charla de los dos hermanos de piel violeta y de pronto la imponente infinidad del espacio exterior apareció ante mis ojos. Me incorporé acercándome a la enorme ventana circular cruzándome de brazos mientras contemplaba con sensación extraña el llamativo fulgor rojizo que desprendía el planeta Vegeta.

Un fuerte nudo de angustia comenzó a ascender por mi garganta y sentí unas ganas enormes de gritar. ¿Por qué todo había tenido que terminar de aquella forma?. Mis dedos se curvaron sobre los músculos de los brazos hasta casi hacerme daño y cerré los ojos durante unos segundos intentando tranquilizarme.

La muerte de Bergine no era mi primera pérdida dolorosa. Quizá a estas alturas debería estar acostumbrado al sufrimiento…

Pero nada de eso importaba ya.

Ahora éramos un grupo de hombres libres que no rendían cuentas ante nadie. Un grupo de piratas espaciales que tomaban lo que querían cuando querían y cómo querían. Se terminaron nuestros años de vasallaje… las misiones en las que todo lo que conseguíamos iba a parar a manos del tirano Freezer. No más órdenes… no más reverencias… ahora yo era el dueño de mi propia vida.

Me juré a mí mismo no volver a sufrir por nadie. Esa era la esencia de un verdadero Saiyan. Los combates volverían a ser el centro de mi universo y la razón de mi existencia.

Se acabó volver la vista atrás.

En mi mundo ya no había espacio para el recuerdo.


Nappa

Hacía tanto calor en mi habitación que apenas podía dormir. Me había levantado a regañadientes para abrir las ventanas de par en par pero aun así el ambiente cargado de humedad me impedía conciliar el sueño. Aquel bochorno era insoportable. Sentí unas fuertes punzadas justo en la zona de la sien y solté un resoplido alzando la vista al techo.

Mañana por la mañana enterraríamos a Bergine. Después de un largo y agotador día velando su cuerpo, por fin podría descansar en paz en el suntuoso mausoleo perteneciente a la Familia Real. Era triste pensarlo, pero a pesar de su juventud, la muchacha sería de momento la única persona allí sepultada. Vegeta era el primero de su dinastía y no tenía parientes ni había habido otros reyes antes que él. La monarquía en nuestro planeta, anteriormente llamado Plant, comenzó justo antes de la batalla contra los Tsufurs. Gracias a las increíbles aptitudes de por aquel entonces, un joven Vegeta, conseguimos vencer tras diez largos años. Por lo tanto fue nuestro propio pueblo el que emocionado por la victoria, decidió cambiar el nombre del planeta rebautizándolo en honor al rey.

Cómo cambiaba la vida en tan poco tiempo…

Con un movimiento enérgico me desprendí de las finas sábanas dejándolas caer al suelo a ver si así conseguía refrescarme un poco. Con pasmosa lentitud pasaron los minutos y comencé a agobiarme sin parar de pensar en qué nos depararía el futuro encontrándose el rey en aquel estado totalmente ausente. Después de varias vueltas infructuosas sobre el colchón me incorporé a duras penas mientras me frotaba los ojos con las manos para intentar espabilarme. Era ridículo continuar allí tirado si al final iba a ser incapaz de dormir. Estaba demasiado intranquilo y decidí salir a dar una vuelta aprovechando la oscuridad de la noche para reflexionar con tranquilidad.

Me di una rápida ducha fría y me vestí con un pantalón corto y una camiseta sin mangas de color negro.

Apenas me crucé con nadie durante todo el camino. Los guardias que custodiaban los largos pasillos me saludaron al verme con una inclinación de cabeza mientras que otros pasaban el rato jugando a las cartas o echando los dados.

No parecía que nada hubiese cambiado desde ayer. Todos seguían con sus rutinas diarias sin ser conscientes de que para otros, sus vidas habían cambiado para siempre. Nadie era imprescindible… el mundo seguía girando aunque varios de los nuestros ya no estuviesen con nosotros.

Caminé completamente sumido en mis pensamientos y sin un rumbo fijo. A medida que bajaba hacia los pisos inferiores sentía que el pegajoso calor iba remitiendo.

No sabría muy bien explicar el por qué, pero algo en mi interior hizo que mis piernas parecieran llevarme por iniciativa propia hasta llegar a la solemne sala del trono. El frescor de la atmósfera que rodeaba la estancia me envolvió de repente haciéndome sentir un escalofrío recorriendo mi espina dorsal.

A pesar de que había estado allí infinidad de veces, la altura de las bóvedas todavía me impresionaba. Las velas de la enorme lámpara que colgaba del techo brillaban con escasa intensidad y me vi obligado a agudizar la vista para intentar ver mejor.

El ataúd en el que reposaba el cuerpo de Bergine se encontraba cerrado justo en el centro de la inmensa sala. Su estremecedora presencia obligaba casi a contemplarlo sin poder apartar la mirada. Abrí mucho los ojos con total sorpresa al distinguir una pequeña figura de espaldas a mí arrodillada sobre el frío suelo. Su cabello oscuro de punta estaba tenuemente iluminado por la luz de altos candelabros que crepitaban flanqueando las cuatro esquinas del féretro.

Esta era la primera vez que veía al príncipe Vegeta durante todo el día. Kale me había dicho entre sollozos de angustia que se había negado a ver a nadie y que solamente había abandonado sus aposentos durante unas horas para entrenar en una de las salas privadas.

Me conmovió verlo vestido de arriba abajo con sus mejores ropas, la capa roja y un pequeño medallón con el símbolo real colgado de su cuello. Desde luego aquella era una distinguida forma de expresar sus respetos hacia su venerada madre.

¿Qué es lo que estaría sintiendo?. ¿Qué es lo que estaría rondando por esa mente infantil tan avispada?. ¿Sospecharía que el rey, había tenido que ver con aquella repentina muerte?. Vegeta era un niño muy listo. Seguramente se habría dado cuenta en más de una ocasión que la relación entre sus padres era bastante… turbulenta.

El corazón me dio un vuelco cuando le vi ponerse de pie y con un gesto de pura rabia, desplazó la parte superior de la tapa ataúd dejando al descubierto el rostro de Bergine. El semblante de la muchacha estaba tan sumamente pálido que las piernas comenzaron a temblarle y por un momento pensé que se iba a desmayar.

A pesar de la tenue luz, vi cómo se aferraba al borde de la madera con los nudillos tensos mientras balanceaba de un lado a otro su pequeña cola con angustiosa expectación.

Cuánta tristeza reflejaba su mirada…

El niño observaba el cuerpo de su madre con un dolor tan grande que partía el alma. Unas gruesas lágrimas silenciosas comenzaron a deslizarse poco a poco por sus mejillas y bajó la cabeza hasta rozar su frente con la de Bergine en un gesto de cariño. Permaneció en aquella posición durante unos minutos y me di cuenta que sus hombros subían y bajaban estremecidos por el llanto.

Pocas cosas me impresionaban en esta vida, pero ver al príncipe Vegeta en aquella situación emocionalmente derrotado, desde luego era una de ellas. De repente me sentí violento al observarlo en un momento tan personal para él y casi sin darme cuenta me oculté silenciosamente tras una columna. No quería que sintiera que le estaba espiando, aunque desde luego así lo parecía.

Rápidamente caí en la cuenta de cómo se las habría ingeniado para burlar a los guardias que custodiaban la puerta de su habitación. Me extrañaba mucho que estuviera solo a estas horas o que estos le hubiesen permitido venir hasta aquí sin ninguna escolta. Pero Vegeta siempre se salía con la suya…

Con lentitud, vi cómo se desprendía del medallón que llevaba colgado del cuello y lo depositó suavemente sobre las manos entrelazadas de Bergine que reposaban sobre su pecho. Parecía como si se resistiese a despedirse de ella. Como si por el mero hecho de alejarse del ataúd volviese a perderla de nuevo.

En mi mente, no pude evitar culpar al rey una y mil veces por el horrible sufrimiento que le estaba causando a su hijo.

Todavía no había sido capaz de hablar con él para que me explicase el motivo de aquel repentino ataque. Aunque por supuesto no existiese nada que lo justificase.

Mi larga conversación con Turles aquella misma mañana había arrojado algo de luz sobre todas mis dudas averiguando cosas que hasta ahora desconocía. Puede que el rey tampoco lo supiera…

Ya no tenía sentido permanecer allí durante más tiempo. Vegeta ahora necesitaba estar solo para asumir aquella pérdida. Su orgullo era demasiado grande y desde luego las típicas palabras de consuelo no servirían de nada. Todo estaba demasiado reciente, pero era un niño fuerte y terminaría por superarlo.

Vi cómo se daba la vuelta mientras poco a poco se dejaba caer de espaldas contra la fúnebre caja hasta terminar sentado sobre la tarima cubierta de terciopelo granate.

Parecía sumido en una completa vorágine de sentimientos angustiosos y sobre su rostro infantil titilaban las oscilantes luces de las velas acrecentando la soledad de aquella escena. Encogió sus pequeñas piernas contra el pecho para después rodearlas con los brazos mientras su mirada parecía perderse entre las sombras.

Abandoné la sala del trono con una extraña sensación metida en el cuerpo, y tuvieron que pasar años hasta que por fin comprendí lo que la muerte de Bergine influiría en la vida de Vegeta.

Aquella larga noche comenzó a fraguarse una nueva personalidad en el interior de la atormentada mente del príncipe. Una sombra oscura y feroz que poco a poco iba mostrando su verdadera cara. Un monstruo cruel e implacable que el propio Freezer se encargaría de explotar para su propio beneficio.

Me costó bastante volver a conciliar el sueño.

La triste imagen del rostro de Vegeta oculto entre sus rodillas me persiguió durante horas.


El cuerpo de Bergine descansaba por fin en el impresionante panteón de la familia real. El elemento funerario constaba de un amplio espacio rectangular con un pórtico y dos robustas columnas sobre las que se apoyaban varios arcos que dividían el espacio en tres naves.

Aquel increíble monumento databa por lo menos de doscientos años atrás, y aunque había sido remodelado en más de una ocasión, la estructura principal había conseguido sobrevivir a la larga y feroz guerra de los diez años contra los Tsufurs.

Posteriormente el rey Vegeta ordenó la construcción de su palacio justo en lo alto de los riscos de un escarpado acantilado anexando aquel antiguo panteón a sus posesiones. Sin embargo se había respetado la ubicación del lugar permaneciendo aún a día de hoy en la zona trasera de la cima, donde la afluencia de gente era mínima respirándose un ambiente más tranquilo.

Muchos curiosos seguían llegando a la Corte con el objetivo de poder dar el último adiós a la joven soberana, aunque solo unos pocos pudieron estar presentes durante el entierro.

La precaución en cierto tipo de actos nunca era suficiente, así que los guardias de palacio se habían visto obligados a reforzar la seguridad en numerosos puntos clave alrededor del mausoleo. Las oscuras nubes cubrían el cielo en un día tan gris como perturbador.

El propio Nappa se encargó junto con otros Generales de organizar varias batidas por la zona y apostó a los mejores francotiradores en lo alto de las torres del castillo. Un fortuito atentado sobre algún miembro de la monarquía siempre era una posibilidad, y aunque el rey Vegeta esta vez tampoco había acudido, el pequeño príncipe podía ser un blanco fácil en momentos como aquel.

El niño se mantenía muy erguido en primera fila con el rostro demacrado y unas profundas manchas oscuras bajo los ojos. Se veía a leguas que no había dormido en toda la noche. Aun así, su cara mostraba una expresión altiva un tanto inquietante mientras observaba fijamente el fastuoso monumento de piedra en cuyo interior reposaba el cuerpo de su madre.

En esos momentos muchos eran los ojos que se posaban indiscretos sobre la silueta del joven príncipe. La gente quería ver espectáculo… necesitaban tener un escándalo sobre el que poder hablar y así cotillear. Pero estaba claro que allí no lo iban a tener.

Vegeta se comportó en todo momento como alguien digno de su rango y ni siquiera movió un músculo facial a lo largo de todo el entierro.

Tal estado de frialdad había conseguido preocupar a Kale, que apartándose del resto de las damas permaneció durante el sepelio totalmente pegada al príncipe. Él la miró con indiferencia frunciendo el ceño pero no dijo nada.

Parecía como si se hubiese propuesto ignorar a todos los que le rodeaban, todos los que durante su corta existencia habían permanecido a su lado colmándole de atenciones.

La muchacha lanzó un profundo suspiro y se mordió el labio bajando la vista al suelo. Sentía unas ganas enormes de estrecharlo ente sus brazos, de consolarlo tras esa terrible pérdida y obligarle a que se desahogase pudiendo dar rienda suelta a sus emociones.

Pero no le estaba permitido hacerlo. Ni siquiera podía soñar con pensarlo.

Vegeta no era un niño como los demás. Él era el príncipe de los Saiyans. Un guerrero educado en el arte del combate que debía mostrarse regio y sereno ante cualquier tipo de adversidad. Un muchacho en cuya vida no había sitio para la pena o la lástima. Un modelo a seguir… un ejemplo para su raza. Eso era claramente lo que apreciaban sus súbditos… lo que veían todas aquellas gentes allí reunidas. El envoltorio que encerraba un alma torturada y solitaria.

Pura pose. Pura fachada.

A parte de Kale, solo una persona conocía lo suficiente a Vegeta como para saber el martirio por el que estaba pasando mientras contemplaba el cuerpo de su madre encerrado en una cripta. Una persona que prácticamente lo había visto nacer y que a pesar de cualquier circunstancia por dura que fuese, siempre se había mantenido fiel a la familia real.

Y es que en esos momentos… donde todos los demás veían un príncipe soberbio, Nappa solo podía ver a un niño terriblemente destrozado.


Nappa

- Majestad… Majestad, ¿puedo pasar?

Abrí lentamente la puerta de la antesala que comunicaba con los aposentos del rey y mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a escasa luz de la habitación.

No recibí respuesta alguna por su parte.

Distinguí la silueta de su cabello sobresaliendo por encima del respaldo de una amplia butaca gris mientras el tenue resplandor de la luna se filtraba a través de los ventanales como pequeñas sombras danzantes de color blanco. Uno de ellos se encontraba abierto de par en par facilitando que el gélido frescor de la noche penetrase en la habitación haciendo que un escalofrío recorriese mi espalda.

No entendí como el rey era capaz de soportar aquello. Me sobrecogió enormemente acercarme a él y verlo en ese estado de profundo abatimiento.

Estaba sin camiseta, con una manta de un color marrón oscuro echada de cualquier manera sobre los hombros desnudos. Su barba parecía descuidada, como si llevase meses sin mirarse al espejo, y juraría que su rostro se veía más delgado, con las mejillas ligeramente hundidas.

Era casi imposible imaginar que solo hubiesen pasado tres días desde la muerte de Bergine. El poderosos y altivo rey de todos los Saiyans se había convertido en un simple hombre consumido por la pena.

Me dolía verle así. Pero todo aquello era el resultado de sus propios errores… de una ira desmedida que le había arrastrado hacia los límites más profundos y tenebrosos de la mente humana.

- Majestad… - volví a repetir permaneciendo de pie frente a él – ya me he encargado de todo. Esta misma mañana ha sido el entierro de su… quiero decir… de la reina Bergine…

Sus labios temblaron al oírme pronunciar el nombre de la mujer, como si un mecanismo se hubiese activado en su cerebro. Una máscara de furia adornó su semblante. Alzó la vista para mirarme a la cara y pude ver en sus ojos el color rojo de la sangre inyectados en ellos. No parecía el mismo hombre que había contemplado al entrar en la habitación, lleno de abatimiento medio tirado en una butaca.

- Paragus… - murmuró entre dientes con voz ronca – ese maldito bastardo cobarde y miserable… ¡se acostó con ella! ¡con mi mujer! ¡los dos han estado riéndose de mí! ¡DE MÍ! ¡EL REY DE TODOS LOS SAIYANS!

Curvó los dedos sobre el reposabrazos aterciopelado de la butaca hasta que sus manos comenzaron a temblar por la rabia. Aquella declaración me dejó totalmente desconcertado y recordé al instante las palabras de Turles sobre ese asunto. La versión que yo había escuchado era completamente distinta, y si en algo estaba de acuerdo con el joven soldado, era que Bergine era incapaz de llegar hasta esos extremos. Muchos habían sido los hombres que la miraban embobados cuando la veían, y estaba claro que Paragus tampoco era inmune a esos encantos. Lo que no hubiese imaginado hasta ahora, era que el muy zorro tenía además otras intenciones.

- Majestad… por lo que tengo entendido, Paragus llevaba años obsesionado con vuestra esposa. Desde que ella llegó a la Corte siempre se mantuvo al acecho haciéndole comentarios cargados de insinuaciones. Dudo mucho que ella le haya correspondido…

- ¡Eso es mentira! – exclamó furioso poniéndose de pie. La gruesa capa que llevaba sobre los hombros cayó al suelo arremolinándose a sus pies - ¡yo lo vi, en un maldito vídeo! ¡se estaban besando los muy traidores!

Se llevó la mano a la cabeza haciendo una mueca de dolor y me apartó con el brazo para llegar hasta el buró de madera que había al lado de la chimenea.

Sacó una botella de vino rosado y arrancando el corcho con los dientes dio un largo trago directamente de la boquilla.

- Déjame en paz – me dijo al ver que daba unos pasos hacia él con gesto de alarma - no he bebido nada hasta ahora, si es lo que te preocupa…

- Majestad, debéis creerme. Sé de buena fe que lo que os estoy diciendo es cierto.

- ¡¿Por qué?! ¿acaso la conocías más que yo? ¡Bergine es mi esposa, mi mujer! ¡nadie sabía en realidad como era!

Posó con rabia la botella sobre la mesa y me fulminó con la mirada haciéndome retroceder varios pasos mientras se acercaba hacia mí. Sentí que empezaba a perder la paciencia y un aluvión de argumentos se acumularon en mi garganta luchando por salir al exterior todos a la vez. No se podía razonar con el rey cuando se obcecaba con algo. Era imposible.

- ¡Sé lo que vi! ¡sé lo que percibí cuando aquellos dos estaban juntos o se encontraban supuestamente "por casualidad"!. ¡Mentiras y más mentiras!.

- ¿Y no puede ser que ella se sintiese incómoda porque Paragus la acosaba… o porque la estaba chantajeando o amenazando con algo?

- ¡Sí! ¡con contarme a mí que se revolcaban juntos! – me agarró con fuerza por el cuello de la camiseta y me empujó hacia atrás haciendo que mi espalda chocase contra la pared. Apreté los dientes intentando calmar mi paciencia y le miré a los ojos sin amedrentarme - ¡malditos sean los dos! ¡me arrepiento de no haber rematado a ese idiota con mis propias manos cuando tuve la ocasión!

- ¡El verdadero sufrimiento de Bergine no se lo causaba Paragus, Majestad!. ¡Erais vos… con vuestros engaños con otras mujeres, haciéndola sentir inferior! ¡cuando la menospreciabais… cuando la golpeabais! ¡y por eso… una vez tuve que evitar que saltase al vacío desde lo más alto de una de las torres del palacio!

Abrió la boca con la voz entrecortada mientras me miraba horrorizado.

- Co… ¿cómo…? ¡pero qué estás diciendo!

- Así es… una noche… poco después de que enviaseis a vuestro hijo recién nacido a otro planeta. Fue muy duro. Nunca antes la había visto tan afectada como aquella vez…

Sus ojos se abrieron de par en par mientras contemplaba con horror todas y cada una de las palabras que pronunciaba. En ningún momento había tenido la intención de contarle aquello, pero ahora que Bergine ya no estaba para defenderse, me sentía en la obligación de hacerlo yo.

- No… no te creo – dijo el rey con un deje de duda en la voz – no… no puede ser…

Parecía como si su mente fuese incapaz de conectar con su cuerpo. Como si no fuese capaz de procesar lo que acababa de escuchar y se resistiese a hacerme caso.

- ¡Si hizo eso fue para intentar expiar su pecado! ¡porque se sentía culpable por si yo algún día descubría su vil engaño! ¡PORQUE ESE MOCOSO QUE NUNCA DEBIÓ HABER NACIDO ERA HIJO DE ESE MISERABLE!.

- ¡YA BASTA! – le sujeté con firmeza por las muñecas y lo separé bruscamente de mi cuerpo. Quizás más adelante esto me costase la vida, pero ahora necesitaba hablar. Necesitaba quitarme aquel peso de encima. Tenía que ser ahora o nunca – ¡Bergine te adoraba Vegeta! ¡¿es que no te dabas cuenta?! ¡todos lo veíamos! ¿por qué tú no? ¿por qué te resistes a aceptar la realidad?.

- Suéltame Nappa… o te arrepentirás… - no me acobardé. El rey estaba tan conmocionado que ni siquiera me sonaba a amenaza. Se le veía frágil… más débil que nunca.

- ¡No…! ¡voy a decir lo que tenga de decir de una vez por todas!

Agarré su rostro entre las manos para que pudiera ver la verdad reflejada en mis ojos. Como cuando éramos amigos. Como cuando compartíamos escuadrón en las misiones antes de que se convirtiese en rey… cuando nos podíamos decir las cosas a la cara sin que eso significara mi propia condena.

- No es justo para Bergine. Muchas de estas cosas las supe recientemente, pero sé que se defendió con uñas y dientes cuando Paragus intentó abusar de ella durante una misión. Nunca te engañó con ningún otro hombre, y no fue por falta de oportunidades desde luego, no había más que mirar alrededor y ver como muchos ansiaban meterse en su cama. Ni siquiera el soldado Turles, que tantas horas pasaba con ella, ocupaba ese espacio que Bergine tenía reservado exclusivamente para ti.

Me di cuenta que su rostro iba cambiando a medida que me escuchaba.

Por lo que pude recordar, con el paso de los años, Bergine había comenzado a justificar las acciones violentas del rey para con ella. En ocasiones parecía una mujer resignada, obediente… consciente de que uno de los deberes de una buena reina era mirar para otro lado.

Yo podía entender ciertas cosas… podía intentar ponerme en la piel de Vegeta y experimentar por un momento lo que suponía ser el soberano de todo un planeta. La presión que el malnacido Freezer ejercía sobre él. Las humillaciones que había tenido que soportar, incluso en presencia de nuestros propios soldados. La insistencia del tirano por hacerse con la tutela del joven príncipe… y muchas otras cosas que no terminaría de enumerar.

El rey, en su orgullo, estaba totalmente decidido a disculparse a sí mismo pensando que lo que le había hecho a su esposa tenía una excusa válida. Pero era mentira. En el fondo de su corazón sabía lo mismo que yo le acababa de decir. Que Bergine habría dado lo que fuera por un poco de afecto sincero… por un poco de comprensión… porque la quisiese solo a ella… porque no se enredase con otras mujeres…

Pero el rey era así… y nunca iba a cambiar.

- Lo tenías todo… Vegeta… y no has sabido aprovecharlo. Has dejado a tu hijo sin la mejor de las madres…

"… Y no te haces a la idea cómo lo está pasando…"

Se dejó caer en el fastuoso sillón lentamente, visiblemente derrotado.

En ningún momento se me pasó por la cabeza decirle algo tan duro como aquello, pero no me pude contener. Llevaba muchos años reprimiendo lo que pensaba respecto a este tema. Aunque sobre todo, me sentía furioso… dolido… porque alguien en quien yo confiaba… alguien por quien yo hubiese dado la vida, destrozaba la suya propia de una manera tan horrible… tan absurda…

Observé como las lágrimas acudían rápidamente a sus ojos. Como sus hombros comenzaban a temblar… a estremecerse… igual que en aquel momento, cuando amaneció con el cuerpo de su esposa muerta entre los brazos.

¿De qué servía lamentarse? ¿de qué servía llorar?. La oscura y tenebrosa sombra de los celos había vuelto a ganar.

Y esta vez… era para siempre…


Zira3000: hola de nuevo. Creo que he quedado bastante satisfecha con el resultado. Necesitaba escribir con calma este capítulo en el que por fin estallan los sentimientos a flor de piel.

Aunque creo que estoy poniendo a Nappa demasiado comprensivo y majo en comparación con la serie XD (en la que claramente se le ve mucho más impulsivo y cabeza hueca). Pero es porque me niego a pensar que el rey Vegeta dejase a su hijo en manos de alguien así. Tendría que ser además de un guerrero fuerte, alguien en quien el rey pudiese confiar plenamente.

Pienso que Nappa en la serie se ha usado como un recurso para que Vegeta no fuese solo a la Tierra, y que en ningún momento Toriyama lo consideró como el "niñero" de Vegeta, solo que después en la película de Bardock y en la nueva de Broly lo mantuvieron así.

Pero en fin... ya más adelante intentaré justificar ese cambio de personalidad en función de las circunstancias vividas bajo el yugo de Freezer.