Capítulo 66.- Un atajo demasiado largo

Volvemos un poco con Ernesto e Irene, que estaban muy abandonados.

Mendoza, Provincias Unidas del Río de la Plata.

Anochecer del 8 de abril de 1818.

Y otros sitios y lugares.

"Uno de los asesores políticos del coronel Aureliano Buendía se

apresuró a intervenir.

Es un contrasentido –dijo–. Si estas reformas son buenas, quiere

decir que es bueno el régimen conservador. Si con ellas logramos

ensanchar la base popular de la guerra, como dicen ustedes, quiere

decir que el régimen tiene una amplia base popular. Quiere decir, en

síntesis, que durante casi veinte años hemos estado luchando contra

los sentimientos de la nación.

Iba a seguir, pero el coronel Aureliano Buendía lo interrumpió con una

señal. «No pierda el tiempo, doctor –dijo–. Lo importante es que desde

este momento sólo luchamos por el poder.»

Sin dejar de sonreír, tomó los pliegos que le entregaron los delegados

y se dispuso a firmar."

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez


–¡Menos mal que les encontré! –exclamó el niño–. ¡Vengan, vengan!

Sin mediar explicación el mocoso agarró de la mano a Irene y la obligó a dar dos pasos para no caerse de morros. Había rasgos indios en él y vestía pantalones remendados, una camisa limpia muy holgada y un chaleco. El hijo de unos sirvientes, pensó, con quizás su única ropa elegante. Ante la severa mirada de Ernesto detuvo el intento de llevársela e Irene trató de ofrecer un acento neutro para ver de qué iba todo aquello.

–¿Dondé querés llevarnos? –preguntó.

–¡De vuelta a la hacienda, claro! ¡Llegamos tarde! ¡El ama dijo "andá a buscar a las visitas que ya habrán venido y la cena empezará pronto"! ¡Tienen que venirse conmigo! ¡Si no el ama se enojará!

Fíate de los niños, pensó Irene. Nadie del otro Ministerio debía saber que estaban allí, pero incluso así, ser dos peninsulares en medio de territorio patriota bien podía llevarles a sitios más desagradables que los planes que tuviera Amechunga para ellos. La mirada de alarma de Ernesto, buscando a su alrededor, apoyaba sus reservas. Anochecía en la ciudad de Mendoza y el fusilamiento de los hermanos Carrera había dejado las calles de tierra y piedra de la ciudad casi vacías. El que el niño quisiera llevárselos o era un simple error o una trampa como la copa de un pino. Ernesto intervino finalmente, serio, suavizando el acento con un poco de tonada.

–¿Quiénes creés que somos, pequeño?

Bueno. No le había salido del todo mal.

–¡Pues la señora doña Maria Isabel y el señor don Patricio, claro!

Irene notó cómo Chispitas empezaba a calentarse un poco por debajo de su corsé; siempre lo hacía cuando pensaba y por cómo se estaba poniendo, el pensar era intenso.

–Te equivocás –sonrió dulce Irene–. Nosotros...

Vibró Chispitas, llamando su atención. Irene dirigió una mirada a Ernesto para advertirle y dejó que interrogara al mocoso mientras susurraba a su escote un poco a escondidas.

–Espero que sea importante –gruñó Irene.

–Las inflexiones sintácticas del menor indican que dice la verdad –indicó Chispi–. Cree que sois quienes dice que sois.

–¿Y? No estarás proponiendo que le sigamos, ¿verdad? –gruñó Irene–. Le pueden haber engañado para que nos guíe a una esquina y nos roben. O algo peor.

–Hay altas probabilidades de que los nombres no sean casualidad –explicó Chispitas–. Un matrimonio formado por María Isabel de Zavaleta y Riglos, y Patricio Josse Julián Lynch Roo aparecen en mis bases de datos. No tengo constancia de un viaje a Mendoza, ya que son de Buenos Aires, pero en este año son padres de un hijo de aproximadamente doce meses de edad: Francisco de Paula Eustaquio Lynch y Zavaleta.

Irene suspiró. Conocimiento enciclopédico. Supuso que sería mejor no preguntar por el número exacto de probabilidades. Si la Chispi lo decía, sería aceptablemente alto; lo que no tenía claro era quien era el dueño de tantos apellidos.

–¿Y se puede saber quién es ese Francisco de Paula Eustaquio Lynch y Zavaleta?

–Es el bisabuelo materno de Ernesto Guevara de la Serna –informó diligentemente Chispitas–. Es más conocido por su sobrenombre: el Ché Guevara.


Era día de Reyes en Barcelona y junto al mar, el frío era intenso.

Victoria no halló entre las chabolas de Somorrostro más que miradas esquivas y murmullos entre los hombres que, a la puerta de sus hogares de tableros, telas y cuerda, esperaban el anochecer entre hogueras y chatos de vino; mientras, sus gitanas, tan míseras como orgullosas iban de aquí para allá atareadas con cestas, carbón y ruidosos grupos de niños. Preguntó a docenas de gitanos por la familia Amaya y cuando al fin una muchacha que volvía de una fuente le señaló una choza, mirada seca y desconfiada, sólo encontró a unos primos lejanos. No había rastro del señor Chino. Ni de Carmencita.

"Ezos ya nostán por aquí", le dijó con sequedad un ama de riguroso negro. Pruebe en Madrid. Ahora Carmencita es una estrella y hace películas, dicen.

Dos hombres de malas hechuras y miradas frías la siguieron hasta donde las chabolas acababan del todo en playa. Se conformaron con verla partir y Victoria, una vez llegada de nuevo a Las Ramblas sana y salva, pudo soltar el mango de la daga vizcaína bajo el cinturón, aliviada. Había sido descuidada y muy inocente, comprendió. Padre y sus amigos habíanse ocultado allí hacía demasiado tiempo y sin nadie que diera palabra por ella, era a todos los efectos alguien de quien desconfiar. Pensó qué hacer durante unos momentos delante de un puesto de flores, del cual su dueña bajaba la chapa y cerraba con llave.

Las farolas alumbraban ya el bulevar y por causa del frío había algo de vida dentro de cafetines y restaurantes.

Quizás Padre hubiese acudido allí, pensó entonces. No a los cafetines, sino a Madrid. Si había escapado de su prisión, necesitaría dinero y ayuda. Si era verdad que Carmen Amaya era una estrella, pensó Victoria, quizás habría ido en su busca; sin otra idea mejor decidió meterse en el primer tren que la llevara a Madrid, así que se encaminó hacia la estación del Norte.

Encontró un pasaje en el correo nocturno y durmió algunas horas, la daga presta y oculta, atenta a que las inquietas gallinas de la familia que compartía departamento con ella, la alertaran de cualquier intruso.


–Y... Digame don Aureliano... ¿Estaría dispuesto a invertir? Mire que aunque la empresa no es segura, sí que ofrece alto beneficio y... Bueno, es por la Patria –insistió don Patricio.

Ernesto probó su mejor sonrisa, o al menos la que imaginó que el pequeño propietario de tierras don Aureliano Buendía, su tapadera, habría de poner ante un ofrecimiento tan directo. Don Patricio buscaba inversores para hacerle la puñeta a España vía corsaria y estaba en el pueblo de Mendoza, en el interior de las Provincias, buscando socios. Ya tenía el barco, incluso; sólo le faltaba el capitán y algo de financiación para conseguir una tripulación. Negocio redondo, había explicado en la cena. Se capturan presas y se reparte el botín. Todo legal. Hagame caso, si me permite insistir don Aureliano. No puede ser que el destino nos haya cruzado en Mendoza esta noche para no dejar pasar la oportunidad.

El business pitch lo tenía bien ensayado y seguro que se lo había soltado ya a todos los prohombres de Mendoza que se habían reunido a cenar en la hacienda de los Vélez. Ernesto suspiró aliviado. Tanta hospitalidad no había sido una trampa, después de todo. Bueno, sí lo era. Pero no para ellos, sino para su aspecto de gente de bien en un viaje intermedio hacia ningún lado en particular.

Casi ya sin luz el niño les había llevado a una hacienda un poco apartada del pueblo y cuando Ernesto ya estaba pensando en no hacer ni caso a Chispitas ni a sus ideas de silicio, les había presentado a los dueños de la casa, los Vélez. La hacienda bullía de actividad y preparaba una gran cena con al menos una veintena de invitados. Lo del duelo por el fusilamiento de los hermanos Carrera allí al parecer no se llevaba: el convite llevaba tiempo planificándose y desde luego los invitados no parecían dispuestos a cancelarlo por culpa de una ejecución al atardecer. Eso sí, quitando el goloso ofrecimiento de don Patricio, el dramático evento había sido sin duda el tema central de las conversaciones de la noche, así como las andanzas y rumores acerca de los generales O'Higgins y San Martín.

El niño, el pequeño de los sirvientes, había sido enviado al pueblo en busca de forasteros a los que se esperaba llegaran precisamente ese mismo día. Y habían llegado, pero mientras el niño buscaba en otro lugar. Explicada la confusión a los dueños de la hacienda, una pareja de terratenientes maduros, lejos de molestarse invitaron a cenar a don Aureliano Buendía y a doña Ángela Vicario a una pequeña velada con amigos, quienes habían acudido para conocer a Don Patricio Josse Julian Lynch Roo y señora, naturales de Buenos Aires. Él era al parecer dueño de barcos, emprendedor y, bueno... Tatarabuelo del Ché.

–Tendré que consultarlo con mi administrador –sonrió Ernesto en su mejor papel de don Aureliano–. No es negocio habitual para mí; pero si abre la posibilidad a una reducción en la cuota de participación, creo que en mi próximo viaje a Buenos Aires podríamos cerrar un acuerdo.

–Volveremos dentro de unas semanas allí –sonrió agradado don Patricio–. Le daré las señas de nuestras oficinas. A mi esposa y a mi nos encantará volver a encontrarles.

Volvió la vista hacia ellas, las señoras, y asintió con la cabeza amablemente. Irene, junto a las otras mujeres hacía carantoñas al pequeño Francisco quien en ese momento, aleteando los bracitos como si intentase escapar de allí volando, se había convertido a su pesar en un bebé falsa moneda. Un viaje un poco largo para un pibe tan pequeño, había explicado don Patricio, pero mi señora esposa se negó a dejarme solo. Mujeres. Qué le voy a contar si viaja también con la suya, amigo mío.

–¿Tiene ya un capitán para ese barco? –preguntó Ernesto, por parecer interesado.

–Pues ya que lo dice... No. Al armador y a mi nos cuesta encontrar hombre adecuado. Es empresa con responsabilidad y los marinos patriotas con experiencia y de fiar, no abundan.

–Si me permite la sugerencia, pruebe con un aglosajón –sonrió Ernesto–. Un inglés o un norteamericano. En eso de pirat... De ser corsarios, quiero decir, tengo entendido que hay buenos profesionales.

Aceptó el consejo don Patricio, agradado, y se fue de business pitch a otro sitio. Ernesto se acercó a doña Ángela Vicario (o sea, Irene), quien en ese momento entre faldas y mantillas y luz de velas le había tocado el turno de acunar entre sus brazos al bisabuelo del Ché.

–Qué responsabilidad –murmuró Ernesto tras una carantoña al moco.

–¿Algo de interés? –gruñó Irene antes de pasar el bebé a la ansiosa señora de Vélez.

–Que el tatarabuelo del Ché quiere mi cartera.

–¿Para qué?

–Tiene un barco con patente de corso –explicó Ernesto–. Busca inversores para los primeros gastos.

–Te habrá visto cara de primo –comentó Irene–. O de pirata.

–Muy graciosa –gruñó–. Sea como sea, hemos cumplido aquí. ¿Tenemos que irnos con ellos de vuelta a Buenos Aires? No sé si nuestra tapadera aguantará más de un par de días.

Ernesto vio cómo el corsé de Irene vibraba un poco.

–No hará falta –oyó que contestaba la inteligencia artificial–. Mis sensores indican que se está formando un portal no muy lejos de aquí.

Irene y Ernesto sacaron sus sabonetas. Era verdad. Tras unas breves despedidas y agradecimientos se excusaron y salieron al fresco de la noche austral. Sólo tres saltos más. Colombia, Perú y Carabobo. Y luego una entrada en el laberinto de la Guerra Civil que con un poco de suerte tendría pocos saltos hasta encontrar a Lola Mendieta. Y si los pobres Méndez y Entrerríos seguían capturados, Irene y él (y bueno, Chispitas), eran la única esperanza para deshacer el lío del Ministerio alterno. Al menos, aquella aventura americana les ponía en la delantera.

O eso decía Chispitas.

El portal se hizo presente frente a las caballerizas de la hacienda. Al otro lado era de día en el interior de una casa. La imagen imposible de una habitación se hizo presente con un fogonazo silencioso de luz.

–Es Bogotá –confirmó la inteligencia artificial, ya en la mano de Irene.

–Un salto menos –murmuró Ernesto–. Espero que sea tan intrascendente como este...

–¿Intrascendente?

–No hemos intervenido en ningún acontecimiento histórico y hemos estado aquí de paso –suspiró Ernesto–. Yo diría que ha sido una misión con suerte y bastante limpia.

Fueron en dirección a la habitación al otro lado, por la que se colaba un torrente de sol por un ventanuco. Cuando entraron, Ernesto dio un breve vistazo atrás para asegurarse de que seguía sin haber nadie. Lamentablemente, el niño que les había encontrado en las calles de Mendoza estaba a lo lejos, observándoles entrar, con la boca abierta.

Bueno, una misión no limpia del todo. Pero puestos a no creer en prodigios, mejor que el testigo fuese un niño que no el terrateniente local.

Ernesto se llevó el dedo a los labios y le sonrió, de lejos, antes de desaparecer por el nuevo portal.


NdA: Tras una discusión de importancia con la historia, hemos llegado a varios acuerdos. El primero es que la estructura que he podido entrelazar después de dejarme los ojos leyendo documentación estas Navidades, más o menos se va a mantener. El segundo es que lamentablemente, la historia manda. Esto quiere decir que no sé si podré encajarlo todo en 100 capítulos, como era mi intención. De momento la cosa va para 130 y crecerá con casi seguridad. Intentaré no volver a atascarme y seguir al ritmo de 2 capítulos por semana, pero no prometo nada.

Gracias por la paciencia.

Edit: La estación de Sants se inauguró mucho después. Error mío. Victoria tuvo que encaminarse hacia la estación del Norte, que era la que parece tenía líneas y trenes correo con Madrid. Vergüenza sobre mi casa :)

Edit2: ¿En serio? ¿Escribo pibe con "v" y nadie me dice nada? :)