Nappa
Mi mente no paraba de dar vueltas una y otra vez volviendo siempre sobre lo mismo. Era como una letanía… eterna y repetitiva, que me taladraba la cabeza y me impedía realizar con normalidad hasta la más mínima de mis tareas diarias. Por mucho que me esforzase era incapaz de concentrarme. Había momentos durante los entrenamientos en los que sin apenas ser consciente, me veía completamente inmóvil dejando divagar mis pensamientos con la mirada perdida.
Habían transcurrido apenas dos días desde el entierro de Bergine, pero el parsimonioso pasar de las horas durante ese tiempo se me había hecho interminable. Quizá era demasiado optimista al decir aquello, pero parecía que poco a poco la vida en la Corte volvía a regresar a su cauce.
Las personas encargadas de distribuir la carne en las cocinas de palacio, hoy habían terminado su última ronda matutina. El mercado ambulante de telas y puestos de comida situado en la parte baja del castillo volvía a abrir sus puertas, registrando bastante afluencia de gente en lo que llevaba de día.
Se reanudaron las misiones de conquista que habían sido momentáneamente suspendidas, y el Consejo del rey se volvió a reunir de nuevo aunque esta vez con dos grandes ausencias. El coronel Paragus, y por supuesto Su Majestad.
La robusta silla de antigua madera negra se mantenía vacía y solitaria presidiendo uno de los extremos de la larga mesa. El tenso silencio se podía cortar con un cuchillo. Parecía imposible que aquello estuviese ocurriendo. Ahora mismo éramos un pueblo desgobernado sin ningún guía ni cabeza visible. ¿De qué servíamos nosotros, los consejeros, si no existía un monarca al que aconsejar?.
- Es… entendible… la difícil situación por la que está pasando ahora mismo nuestro rey… - había dicho con cautela uno de los miembros más veteranos. Se atusó la espesa barba blanca con una mano mientras recorría lentamente nuestros rostros con la mirada – muchas veces Su Majestad se ha tenido que ausentar del planeta para combatir en una misión, y nosotros nos hemos encargado de todo sin problema…
- ¡Aun así… ahora es diferente! – exclamó el hombre sentado a su lado - ¡el rey está aquí… en el palacio! ¡no puede desaparecer de repente y pretender que nos encarguemos de todo!
- No será sencillo, pero tampoco imposible…
- ¿En serio lo crees?. El pueblo está empezando a requerir su presencia. ¿Qué les vamos a decir?. Las malas lenguas comentan que se ha vuelto completamente loco. No podemos arriesgarnos a que nos lidere un hombre con la mente trastornada.
- ¡Cállate Naeb! – le dije frunciendo el ceño – o yo mismo te sacaré de la sala…
- ¡¿Acaso me estás amenazando?! – gritó poniéndose de pie apoyando las manos sobre la mesa.
- No… simplemente te estoy advirtiendo… - contesté con tranquilidad – siéntate…
Su rostro adoptó una tonalidad purpúrea y la profunda cicatriz que le atravesaba el ojo hasta la comisura de la boca se contrajo de forma grotesca. Aquella falta de contención delataba la excesiva juventud del guerrero, pero no por ello iba a permitir que me hablase de esa forma. Y mucho menos que se expresase del rey en aquellos términos.
- Decía… - carraspeó el anciano – que quizás lo más sensato sea redactar un comunicado en nombre de Su Majestad haciendo ver que se encuentra perfectamente y que ha decido partir de misión de forma apresurada bajo la orden directa del Emperador Freezer.
- Precisamente corre el rumor que el mismísimo tirano en persona va a venir a mostrar sus… "condolencias" por la muerte de Bergine…
- Perfecto… y nuestro rey encerrado bajo llave llorando en sus aposentos – dijo Naeb con una sonrisa sardónica - ¡es para morirse! ¡cómo si no hubiese en toda la Corte otro coñito joven y fresco con el que poder consolarse! ¡la solución es bien fácil…!
- ¡YA BASTA! – ahora fui yo el que me puse en pie con un rugido de ira.
Nunca antes había sentido tantas ganas de partirle la cara a alguien. Sujeté a aquel imbécil por el cuello de la armadura y lo acerqué hacia mi rostro con tanta rabia que le rechinaron los dientes.
- ¡Nadie va a hacer nada de eso!. En el caso improbable de que Freezer se presente aquí, yo mismo lo recibiré junto con el joven príncipe. Lleva toda su vida preparándose para un momento como este y sabrá a la perfección estar a la altura de las circunstancias.
Nadie se atrevió a discrepar, pero rogué en mi fuero interno que esa situación no llegara nunca a darse. El tirano era un ser totalmente impredecible. No quería arriesgarme a que se "molestase" al no haber sido recibido por el propio rey tal y como dictaba el protocolo.
- "¡Maldita sea Vegeta…! – mascullé mentalmente - en menudo lío más absurdo estamos metidos por culpa de tus celos incontrolables. Si Bergine siguiese con vida nada de esto estaría ocurriendo…"
- Teniendo en cuenta lo atípico de esta situación … ¿creéis que quizás Su Majestad aceptaría abdicar en favor del príncipe?.
- No creo que lo más sensato en estos momentos sea que nos gobierne un rey niño. Hay muchas familias poderosas en la Corte que ansían sentarse en el trono. Un muchacho de tan corta edad es más fácil de manipular para beneficio propio. Lo que más nos conviene evitar ahora mismo es una guerra entre nosotros. Además parecéis olvidar que es su propia madre la que acaba de fallecer. Gobernar en estos momentos es una situación que le viene grande.
Todo eran problemas. Todo eran dificultades…
El sonido de los rápidos pasos de un soldado me sacó por completo de mi ensimismamiento. Alcé la vista del suelo de un blanco impoluto apartándome de su trayectoria y emití un gruñido de fastidio. Con la prisa que parecía tener juraría que no me había visto si quiera. Desapareció al doblar una esquina del largo pasillo de techos abovedados y parpadeé perplejo intentando recordar aquella cara…
Esa forma del cabello… me resultaba muy característica…
- ¿A dónde demonios va a ese loco, doctor?
Abrí la puerta de la sala de la clínica donde un médico de orejas puntiagudas y barba blanca observaba la pequeña pantalla de una de las máquinas de recuperación con gesto pensativo. Su ayudante, un ser con aspecto de reptil y cresta naranja se inclinó al verme para después seguir escribiendo no sé qué en un cuaderno.
- ¿Quién? ¿Bardock? – dijo el hombrecillo lanzando un suspiro - ese muchacho es un imprudente. Lo trajeron aquí hace tres días totalmente inconsciente, y en mi humilde opinión creo que todavía no está del todo recuperado.
- Sinceramente, no sé cuáles pueden ser las causas de esos extraños mareos que dice experimentar – comentó el lagarto rascándose la cabeza con una de sus afiladas garras mientras con la otra mano tecleaba rápidamente sobre la pantalla de un aparato electrónico que no había visto en mi vida. Estaba claro que la mayoría de los adelantos tecnológicos descubiertos en otros planetas se destinaban sobre todo al campo sanitario – el escáner revela sutilmente una lesión en el lóbulo occipital del cerebro. Quizá por eso aquel malestar le afectaba a la visión…
- Pues aun así ya has visto cómo ha salido corriendo para alcanzar a sus compañeros en el planeta Meat.
- ¿El planeta Meat…? – pregunté haciendo memoria frotándome la barbilla – no tardará mucho entonces. Creo recordar que ese lugar está más o menos a un día y medio de viaje. Sus habitantes son extremadamente débiles y los recursos escasos. ¿Para qué querría el tirano Freezer un planeta miserable cómo ese?.
- No lo sé… pero su escuadrón partió ayer por la mañana, no creo que le cueste mucho alcanzarlos.
- Se quedó bastante conmocionado cuando le contamos acerca de la muerte de nuestra joven reina – muy a mi pesar intuí que el doctor tenía ganas de conversación - ¡por todos los dioses… pobre muchacha… tan hermosa y con toda una vida por delante!.
Claro… Bergine y aquel guerrero de clase baja habían tenido mucho trato cuando ella todavía vivía en la casa familiar. Recordé que su hermana Raina me había dicho que tanto él como Toma estaban en el planeta Kanassa cuando sucedió todo aquello. ¿Qué es lo que habría sentido al escuchar una noticia tan repentina?. Seguramente le costaría bastante asimilarlo… habían pasado ya varios días desde que enterramos el cuerpo de Bergine, y yo a pesar de todo aún estaba en proceso de asumirlo.
- ¿Sabes Nappa…? Es curioso pero… todavía puedo escuchar su risa…
Los labios del rey se curvaron ligeramente mientras observaba a través de las ventanas como las pequeñas nubes se movían con lentitud dando paso a los perezosos rayos del sol de la mañana.
- A veces pienso que va a aparecer por esa puerta llevando uno de sus preciosos vestidos… y pedirme permiso para organizar alguna de sus bulliciosas fiestas. Seguramente después frunciría el ceño y me miraría enfadada con esos bonitos ojos avellana que tanto me hipnotizaban. ¡Cómo me costaba tener que decirle que "no"… cómo me costaba tener que negarle algo a esa mujer…!.
- Debéis salir de esta habitación Majestad… no podéis permanecer encerrado eternamente. Vuestro pueblo os necesita… la gente se hace preguntas…
- Todavía no he tenido la oportunidad de hablar con mi hijo – dijo interrumpiéndome como si no me hubiese escuchado. Parecía estar inmerso en una especie de lejana ensoñación, como si se encontrase a cientos de kilómetros de distancia de aquí - … bueno… aunque a ti no te puedo engañar… más bien no he tenido el valor suficiente para verlo.
Se dirigió hacia el aparador que había justo al lado de la cama y del último cajón sacó una de las capas azules forradas en color rojo que solía llevar. Me hizo un gesto con la cabeza para que le ayudase a ponérsela mientras se colocaba el medallón de la familia real alrededor del cuello.
Hacía días que no le veía arreglarse como hoy. Incluso su actitud parecía diferente… todo esto era bastante extraño… muy extraño…
- Debo confesar que estoy asombrado… - dije con perplejidad ajustando la capa con los enganches dorados de las hombreras de la armadura - ¿habéis decidido entonces volver a sentaros de nuevo en vuestro trono?.
- Digamos que tengo otros asuntos que resolver… aunque primero debo ir a ver a mi hijo – contestó lánguidamente con un aura misteriosa – la última vez que conversé con él… le dije varias cosas… de las cuales me arrepiento. No puedo quedarme con esto dentro…
Arqueé una ceja suspicaz intentando averiguar a qué se debería aquel brusco cambio de actitud en la forma de comportarse del rey. Incluso llegué a pensar que quizás había ingerido algún tipo de sedante para mantenerse más calmado y poder soportar el dolor que le producía la pérdida de Bergine.
- ¿No te lo ha contado…? – me preguntó poniéndose los guantes – típico de Vegeta… aunque está claro que eso lo ha sacado de mí…
Cuando hablaba del príncipe los ojos le brillaban de una forma especial. En ellos se veía reflejado el orgullo que sentía por él. El muchacho era su máximo logro, su mayor satisfacción, y aunque a él no se lo demostrase con mucha frecuencia, lo adoraba con cada fibra de su ser.
- Cuando nació el mocoso de Paragus – comenzó con una mueca de rabia al pronunciar aquel nombre – debo confesar que me alteré mucho. No entendía como de un ser tan patético como él podría haber surgido un niño con esa energía tan sorprendente. No lo comprendía… y así se lo hice ver a Vegeta. Yo… le dije… - bajó la mirada hacia el suelo y carraspeó como si quisiera buscar las palabras adecuadas – le reproché… que no fuese aún más fuerte… que aquel crío recién nacido y vástago de un don nadie superase al hijo del rey.
Negué con la cabeza apartando la mirada y me imaginé como habría encajado Vegeta las duras palabras de su padre. Si algo caracterizaba al príncipe era su perseverancia a la hora de conseguir lo que se proponía. Su vitalidad y sus ganas de progresar eran una constante inamovible durante los entrenamientos, y el significado de "rendición" no tenía ningún sentido para él.
- He sido demasiado cruel con mi hijo… lo sé… mis ganas de desquitarme por la rabia que sentía tras enterarme de aquello me hicieron reaccionar así. Sin embargo él se disculpó jurándome por lo más sagrado que de la forma que fuese, iba a convertirse en un guerrero mucho más fuerte. En el Súper Saiyan de la leyenda… y yo estoy seguro que lo conseguirá… Vegeta será temido y respetado en todos los rincones de la galaxia, superando incluso al tirano Freezer…
- Yo también lo creo así… el príncipe es un niño muy inteligente y sabrá sortear cualquier obstáculo que se le interponga en el camino.
- Cuida muy bien de él Nappa… no confío en nadie más que en ti para esta tarea. Sé que mañana a primera hora partís de misión. Vegeta tiende a ser un muchacho razonable, pero en su juventud, a veces no es capaz de ver el peligro como lo hacemos los adultos. Necesito que tú seas esa mano que frene sus impulsos.
Recordé las palabras del rey con una sensación de cierta inquietud. No lograba descifrar por qué me decía esto justo ahora. Le sentía raro… melancólico… como si la partida del niño hacia una misión totalmente rutinaria le produjese angustia. Aquello no era normal…
Intenté no dar más vueltas al asunto y achaqué aquel comportamiento a la dolorosa muerte de Bergine. Demasiado horrible sería ya, tener que sumar la pérdida de su hijo a la de su mujer.
- Por lo que estoy viendo aquí… - comentó el anciano médico acercándose a una pizarra metálica de color blanco anclada a la pared - el príncipe Vegeta y tú partís mañana temprano de misión junto con otros dos soldados…
- Así es… - dije asintiendo con la cabeza – por eso precisamente he venido. Necesito un botiquín lo más completo posible por lo que pudiera suceder.
- Claro, por supuesto. ¡Aunque es extraño…! ¿no sois muy pocos guerreros?
- Es una conquista relativamente fácil. El territorio es extenso pero sus habitantes aunque numerosos no son suficientemente fuertes para nosotros. Incluso el príncipe Vegeta yendo solo no tendría ningún problema.
- Veo que Raditz, el hijo mayor de Bardock también va con vosotros… - se puso de puntillas para coger la hoja del tablón y se la acercó al rostro entrecerrando los ojos - ¡vaya… creo que me estoy equivocando!, el chico también parte mañana pero se trata de otra conquista en un planeta diferente. Discúlpame, con la edad mi vista ya no es la que era.
- Estaremos entonces en contacto a través de los scouters – dije cruzándome de brazos.
- Observo que ese muchacho ha progresado mucho con el paso de los años. Para ser un guerrero de clase baja le encomiendan misiones importantes y bastante a menudo. Nada que ver con su hermano pequeño.
- ¿Raditz tiene un hermano? no lo sabía…– pregunté perplejo mientras observaba con atención como el médico iba rellenando los pequeños maletines con vendas y varios tipos de medicinas.
- Se llama Kakarotto – dijo el ayudante con aspecto de reptil abriendo la compuerta de una de las cápsulas de recuperación – no es más que un recién nacido, pero tiene un poder de pelea sumamente bajo incluso para ser un Saiyan. Dentro de unos días se le enviará a otro lugar dentro de una nave cápsula. Me parece que en la sala de mandos ya tienen un planeta seleccionado para él. Sus habitantes poseen una energía ridícula, así que convirtiéndose en Ohzaru no debería costarle mucho acabar con todos ellos.
"Si es que sobrevive…"
La mayoría de las veces aquellos bebés nunca regresaban. Imperaba la ley del más fuerte en una sociedad como la nuestra. Pero de hacerlo, podría promocionar como soldado del ejército y llegar a convertirse en un valioso guerrero para las tropas Saiyans.
Nunca se sabe… la vida a veces daba muchas vueltas…
Agradecido, cogí el macuto con las medicinas de las manos del médico y los adustos ojos del anciano se cruzaron con los míos. No entendía que era lo que estaba pasando.
Me hizo un leve gesto con la cabeza haciéndome ver que necesitaba hablar conmigo a solas fuera de la sala. Yo le seguí intrigado, y a los pocos pasos se giró con las manos en la espalda mirando intranquilo hacia ambos lados.
- Es bastante delicado lo que te tengo que comentar… y quizás prefieras ser tú el que tome la decisión respecto al rey…
Entrecerré los ojos extrañado sin comprender nada. ¿De qué diablos estaba hablando?.
- Se trata de… algo relacionado con la difunta reina Bergine… algo que… probablemente le cause otro gran dolor a Su Majestad.
Me estaba empezando a poner nervioso. La paciencia nunca había sido mi gran virtud.
- Sea lo que sea estoy seguro que preferirá saberlo… - mascullé entre dientes.
- La muchacha… probablemente ni lo supiese, pero… - chasqueó la lengua mientras negaba con la cabeza tristemente - estaba embarazada cuando murió…
Era noche cerrada. Unas diminutas estrellas lejanas apenas se podían distinguir sobre el oscuro firmamento. El sonido del viento se filtraba a través de las hojas de los árboles haciendo que las finas ramas superiores se mecieran peligrosamente.
El magnífico palacio de la familia real se veía sombrío… mustio… como si la luz que lo hacía resplandecer se hubiese apagado para siempre.
El pequeño príncipe no era capaz de conciliar el sueño. Daba vueltas y vueltas sobre el mullido colchón intentando que el cansancio le venciese de una vez por todas para terminar durmiéndose. Encogió las piernas contra el pecho como si formase un ovillo mientras escuchaba el sonido de su propio corazón martilleando en sus oídos.
Se sentía asfixiado. Agotado. A pesar de la grandiosidad de aquellos magníficos aposentos que nada tenían que envidiar a los de sus padres, las paredes y los altos techos se le venían encima, engulléndole como un horrible monstruo burlándose de su desgracia.
Tenía ganas de gritar. Sentía la garganta atenazada por la ira y también por la tristeza. La soledad era un sentimiento que nunca le había molestado. De hecho en muchas ocasiones era él mismo quien buscaba desesperadamente ese rincón de privacidad tan anhelado. Vegeta siempre había sido un niño muy introspectivo, pero en estos momentos se sentía como el ser más insignificante del planeta.
Ahora ya no tenía madre… en cierta parte era un huérfano, algo normal entre los Saiyans teniendo en cuenta a qué se dedicaban la mayoría de ellos. Pero esas cosas le sucedían a los demás… a personas que no conocía… no a él… no al heredero al trono.
Enterró su rostro infantil contra la blanda almohada de plumas y emitió un gemido ronco a modo de protesta. No supo precisar el tiempo que permaneció en aquella posición.
Un sonido lejano le sacó de su sopor plagado de pesadillas e imágenes confusas y se frotó los ojos con el estómago encogido.
- Lo siento Vegeta… no quería despertarte… - escuchó en un susurro.
El niño se incorporó a duras penas sobre los codos intentando que su mente conectase con el resto de su cuerpo. No sabía si seguiría soñando o si por el contrario era la profunda voz de Su Majestad la que acababa de oír casi a su lado.
- ¿Pa… padre…?
Sintió como el colchón de la enorme cama se hundía levemente bajo su peso. Adormilado parpadeó varias veces y contempló al rey sentado en una esquina con el brazo alrededor de uno de los pilares de madera que sostenían el dosel. La escasa luz que se filtraba a través de las pesadas cortinas de la habitación le permitió atisbar el atuendo formal que vestía su padre. Le extrañó que a esas horas de la noche todavía llevase puesta la armadura y la capa. El medallón de la familia real colgaba de su cuello desprendiendo sutilmente un fugaz destello.
- Solo he pasado… a… a ver qué tal estabas – contestó él a modo de velada disculpa antes de que Vegeta dijese nada.
El niño escudriñó en silencio el rostro del rey todavía sorprendido por su presencia en la habitación. Que él fuese capaz de recordar, nunca antes había recibido una "visita" como aquella. ¿De su padre? Le extrañaba… sin embargo con su madre las cosas eran bastante diferentes.
Otra angustiosa punzada en el corazón al volver a pensar en ella…
- Estoy bien… - contestó con voz débil
- ¿Seguro?
El rey observó con preocupación el rostro cansado de su hijo. Una franja oscura bordeaba la base de sus ojos, y su piel ya no reflejaba aquel brillo propio de la niñez. Nunca antes había presentado ese mal aspecto. Incluso una vez que había amanecido con una fiebre altísima lo encontró así de demacrado.
- Bueno… yo… - dijo dudando – creo que me está costando un poco dormir bien por las noches… es todo...
Esas palabras pronunciadas de aquella forma tan desamparada hicieron que el alma del rey se estremeciera de dolor. Solo él era el causante del sufrimiento de su hijo, solo él era el culpable de que el muchacho pareciese en estos momentos más muerto que vivo.
Apretó los dientes con rabia sintiéndose el ser más despreciable del universo.
- Vegeta… escucha… - comenzó inclinándose hacia él – tienes que ser fuerte. Algún día tú serás el rey de la raza Saiyan. Debes ser un firme apoyo para tu pueblo y un ejemplo a imitar. Un hombre inteligente que gobierne sabiamente y que nunca se deje vencer. No cometas los mismos errores que yo…
El niño asintió levemente sin apartar la mirada del perfil de su padre. Sentía una sensación extraña en el pecho. No sabría explicarlo. Como si todo aquello fuese a suceder ahora, de una manera inminente, y no dentro de muchos años, cuando el rey ya fuese demasiado mayor para gobernar.
Los adultos podían llegar a ser muy complicados. En ocasiones no entendía su manera de comportarse. ¿A qué errores se estaría refiriendo su padre?.
- Ahora debes descansar, no quiero seguir molestándote… intenta dormir lo mejor que puedas… hijo… debes estar preparado para la misión de mañana.
El pequeño cuerpo de Vegeta se encogió de repente al notar sobre su cabeza la cálida mano del rey. En contadas ocasiones había visto a su padre demostrarle ese tipo de cercanía física. Tenía claro que ser su hijo y heredero le llenaba de orgullo. Varias eran las veces que se lo había hecho saber, y que el día de su nacimiento, su esperanza se había convertido en verdadera felicidad. Veía los ojos de su madre brillando por la nostalgia mientras pronunciaba aquellas palabras cargadas de buenos recuerdos.
Un torrente de emociones inundó el corazón del niño y durante un instante sintió la imperiosa necesidad de sacarlas al exterior. La sensación de angustia que le atenazaba la garganta era casi insoportable.
¿Por qué… por qué no era capaz?. No quería mostrarse débil delante de su padre. ¿Pero por qué tenía que seguir fingiendo? ¿por qué no podía confesar al menos ante él ese dolor que le asfixiaba y que le estaba desgarrando por dentro?.
No… ser el príncipe de los Saiyans conllevaba saber disimular, saber ocultar los sentimientos… ningún pueblo quiere ser gobernado por un hombre triste y frágil.
El rey se levantó y contempló en silencio a su hijo envuelto en la penumbra de la noche. Se le veía tan acongojado con su pequeño cuerpo de niño medio oculto entre las sábanas que por un momento dudó de sus propias palabras.
Viéndolo allí sentado, solo ahora fue consciente de su verdadera edad. Solo ahora se dio cuenta que Vegeta no era más que un crío asustado de cinco años que todavía se preguntaba qué le había ocurrido a su madre. ¿Cómo se atrevía a exigirle que mostrase entereza cuando él mismo había permanecido oculto en sus aposentos huyendo de la realidad mientras lloraba la muerte de Bergine?
- Padre…
La voz infantil de su hijo le hizo detenerse justo en el momento en que se disponía a salir de la habitación. Sabía lo que le iba a preguntar… no quería oírlo, no quería escucharlo. Su corazón se paralizó unos segundos esperando aquellas palabras imposibles de revertir.
- Mamá… no se merecía… morir así…
La mano del rey tembló sobre el pomo de la puerta. Una gota de sudor frío se deslizó por su espalda y tragó saliva mientras cerraba los ojos con fuerza.
"No sigas… por favor…no sigas…"
- Ella… era una mujer valiente y luchadora… la… la mejor de las madres… debes encontrar a quiénes hayan hecho esto y hacer que paguen…
No tuvo agallas para darse la vuelta. No tuvo valor para volver a contemplar el rostro de sufrimiento de su hijo. Su mayor pesadilla se estaba haciendo realidad. Vegeta había pronunciado aquellas palabras sin el menor atisbo de pasión. Esta era la prueba irrefutable de que el niño ya sospechaba algo. Ahora mismo se encontraba dividido entre dos lealtades y no se atrevía a preguntar a su padre si las sospechas que tenía sobre él, aunque mínimas… eran ciertas. Aquella sería una acusación terriblemente grave… casi imposible de creer. El rey no podía permitir que su hijo se enterase de la verdad… ninguno de los dos lo soportaría.
- Te lo prometo… Vegeta… el responsable de lo que le ocurrió a tu madre… saldará con su vida semejante pecado…
Giró la cabeza hacia un lado y con una sonrisa lánguida se dirigió por última vez al pequeño príncipe. No quería despedirse de aquella manera… necesitaba abrir su corazón de una vez por todas a la persona que transmitiría su sangre… la persona que mejor reflejaba el orgullo de toda la raza Saiyan.
- Hijo mío… debes saber que... eres lo mejor que me ha pasado en la vida… no lo olvides nunca. Y si alguna vez dije o hice algo que te hiciera dudar de mi aprecio por ti… te pido perdón por ello. No puedo estar más agradecido… por haber sido bendecido con un hijo como tú…
La puerta de los aposentos del príncipe se cerró con un sutil crujido a espaldas del rey. El silencio que envolvía la noche era cada vez más real. Dos personas distintas que compartían el mismo nombre, sufrían a la vez padeciendo el mismo y horrible dolor, separados tan solo por una robusta estructura de madera.
Una lágrima solitaria se deslizó por la suave mejilla del niño, mientras su padre al otro lado, cubría su rostro con la mano sin poder evitar los desgarradores sollozos que sacudían sus hombros.
Escasos habían sido los años que pudieron compartir juntos. Demasiados planes de futuro, truncados por el cruel destino. De haberlo sabido quizás las cosas serían diferentes. Pero de nada servía lamentarse.
Era el fin de una dinastía.
Nunca más se volverían a ver.
Rey Vegeta
Sentía las miradas oscuras y penetrantes de mis mejores hombres posadas fijamente sobre mí. Sus ojos escudriñaban atentos cualquier gesto de mi rostro mientras hablaba con voz clara y firme. Asintieron con energía ante mis palabras y cruzaron el brazo izquierdo sobre su pecho dispuestos a acatar mis órdenes. Dispuestos a luchar a muerte por su rey.
La improvisada audiencia con el tirano Freezer no era más que una excusa. Yo sabía perfectamente a lo que había venido… nunca antes había tenido algo tan claro. No dudé ni un segundo.
Ya no hay vuelta atrás…
Recorrimos apresuradamente los angostos pasillos de la tenebrosa nave mientras nuestros pasos resonaban con fuerza a través de las paredes. El corazón me martilleaba constantemente en el pecho impidiéndome escuchar las voces de mi propia conciencia.
Pero el objetivo era claro. Entre gritos instigué a mis soldados para que me siguiesen. Los esbirros del malnacido lagarto no tardaron en aparecer. Eran más que nosotros, aunque su superioridad numérica no nos iba a amedrentar.
Uno de los soldados nos encañonó con un arma cerrando uno de sus ojos para intentar apuntar mejor, pero yo me lancé contra ellos sin pensarlo dos veces. Aquellos idiotas no eran rivales para los Saiyans.
Un grupo reducido de ellos consiguió esquivar la embestida. Emití un gemido de rabia mientras mi oscura capa ondeaba tras de mí, cuando sentí como un fugaz rayo de energía atravesaba la tela. Me di la vuelta y de una patada arrojé contra la pared al soldado que me había disparado. Era bastante evidente que parecían empeñados en no permitirme llegar hasta su jefe. Pero si con aquellas ridículas pistolas se pensaban que podrían conmigo… es que no me conocían.
De un fuerte puñetazo conseguí hundir la visera del casco de otro de los secuaces de Freezer. El hombre retrocedió asustado gritando improperios mientras se llevaba las manos a la cabeza para intentar quitárselo aunque sin mucho éxito.
El humo de las explosiones apenas me dejaba discernir bien lo que tenía delante de mí. Mientras mi respiración se iba normalizando pude escuchar las voces airadas de mis hombres enfrascados totalmente en la contienda en la cual íbamos ganando terreno.
Uno de los gruesos cables de electricidad que atravesaban el techo comenzó a emitir un sonoro chasquido haciendo que las luces del pasillo se encendiesen y se apagasen de forma intermitente. La pelea había ocasionado un cortocircuito y de seguir así no sería extraño que acabase produciéndose un incendio en el interior de la nave.
Un firme tirón en la parte superior de la capa me pilló totalmente desprevenido haciéndome tropezar. Furioso solté un gruñido de protesta al sentir el peso de aquellos miserables cayendo poco a poco sobre mi cuerpo. Cada vez eran más los que se amontonaban encima de mí y como acto reflejo moví los brazos para intentar desembarazarme de ellos.
Sin conseguirlo caí al suelo de rodillas entrecerrando los ojos para acostumbrar la vista a todo aquel caos.
Malditos imbéciles…
Me puse de pie lo más rápido que pude logrando apartarlos y protegí mi rostro evitando un ataque sorpresivo de dos soldados que me atacaron usando sus armas.
No fue difícil deshacerme de ellos. Elevé el brazo hacia atrás apretando los dientes con fuerza mientras mi puño comenzaba a brillar formando una esfera de energía luminosa. Dando un potente grito extendí la mano liberando mi ataque que hizo temblar la zona de la nave en la que nos encontrábamos. Los secuaces de Freezer aullaron de puro terror al sentir como sus cuerpos se desintegraban poco a poco sin ni siquiera tener la opción de poder escapar.
Un humo oscuro y denso cubrió buena parte del pasillo haciéndome toser y me adelanté unos pasos gritando el nombre del tirano exigiéndole salir de dónde demonios se encontrase.
- ¡Freezer! ¡¿Freezer dónde estás?!
Nunca antes había sentido una inquietud tan grande como en ese momento. Mi pecho subía y bajaba frenético al ritmo de la agitaba respiración a la vez que un fuerte nudo de angustia iba ascendiendo por mi garganta.
La puerta de acero situada a escasos metros de donde nos encontrábamos se abrió de repente con un sonido metálico. La menuda silueta del tirano se materializó justo frente a mí haciéndome retroceder de manera inconsciente.
Tragué saliva intentando permanecer impasible pero una gota de sudor me recorrió la nuca.
Aquellos ojos fríos y sádicos de pupilas diminutas se posaron sobre los míos. Una lenta y calculada sonrisa adornó sus labios oscuros obligándole a entrecerrar poco a poco la mirada. La gruesa cola de anillos rosados se agitó con súbita energía sin que en ningún momento aquel monstruo alterase la posición de las manos tras la espalda. Como si mi presencia no le causase el menor atisbo de alerta… como si yo no valiese nada…
Se limitó a observarme en silencio sin decir ni una palabra. Evaluándome… burlándose… divirtiéndose mientras comprobaba como su simple presencia me intimidaba hasta los límites más extremos.
Este era su territorio… eran sus dominios… y yo no era más que un invitado molesto del que podía deshacerse sin el menor esfuerzo con solo levantar un dedo.
Mi mente se nubló por completo.
No había venido hasta aquí solo para quedarme callado temblando como un cobarde. Entré en la estancia como impulsado por un resorte sin detenerme a pensar en las consecuencias que supondría aquello para todos nosotros.
Pero… ¿y si realmente aquel malnacido no era tan poderoso como se decía? ¿y si no eran más que habladurías e historias para darse notoriedad?. Yo nunca le había visto en acción… sin embargo los rumores aseguraban que el tirano era mucho más fuerte y cruel incluso que su padre, el rey Cold, al que yo sí había tenido la oportunidad de tratar más estrechamente.
Zarbon y Dodoria, los inseparables secuaces de Freezer, se mantenían tras su jefe a cierta distancia observándome con una sonrisa de suficiencia. No parecían tener ninguna intención de intervenir en mi pleito con el tirano. Sabían perfectamente que no hacía falta… y eso… no podía evitar irritarme…
- ¡Freezer escúchame… cuando acabe contigo dominaré todo el universo! – grité señalándole con el dedo.
Palabras manidas para una frase manida…
Casi me entró la risa solo de escucharme…
- Mmmmm… ¿no me digas…? – contestó pausadamente sin alterarse ni un ápice - ¿y vas a hacerlo tú solo… o con la ayuda de tus hombres…? ¡por favor mírales… si están muertos de miedo…!
Su carcajada burlona me hizo apretar la mandíbula con rabia al ver que decía la verdad. Varios de los soldados que habían venido conmigo permanecían inmóviles justo detrás de mí con el rostro ceniciento por el terror. Pero no podía reprocharles nada… enfrentarse cara a cara con aquel monstruo era una auténtica locura.
El frío rostro de la muerte acababa de sentenciarme cruelmente con la mirada.
- Muy bien… - mascullé entre dientes.
Me abalancé sobre él soltando un grito de furia contenida.
Elevé el brazo impulsándome hacia atrás irguiéndome en toda mi estatura que era casi el doble de la de aquel miserable. Mi puño pasó rozando a escasos centímetros de su cabeza y las comisuras de sus labios se elevaron sutilmente evidenciando mi torpeza. Ni siquiera le había hecho falta moverse de donde estaba. Un leve gesto de su cuello fue suficiente para impedir mi ataque.
Sentí su mirada fija sobre mi rostro con aquellas pupilas rojas burlándose de mi desgracia, anticipando un final que era más que inevitable. Casi podía percibir su tranquila respiración sobre mi piel. Me molestaba tanta serenidad… me enfurecía saber que aunque yo había venido aquí para morir, no mostrase la más mínima sensación de sobresalto al verme irrumpir de aquella forma en su nave.
Aunque quizás él ya se había dado cuenta de mis intenciones…
A lo mejor lo había visto reflejado en mis ojos nada más verme…
Yo no tenía el suficiente valor para colgarme de una soga en la penumbra de mis aposentos… tampoco era capaz de arrojarme al vacío desde lo más alto de la torre de mi palacio. Al final el nudo de la cuerda se rompería… al final habría optado por alzar el vuelo en el último segundo.
Era mejor así. Después de todo… no iba a morir a manos de cualquiera. El ser más poderoso de todo el universo iba a ayudarme a cumplir con mi propósito…
Lo único que podía preocuparme era la seguridad de mi hijo, pero él se encontraba en un planeta lejano, a mucha distancia de aquí, custodiado en todo momento por mi fiel Nappa. Solo a él sería capaz de confiarle lo que yo más apreciaba en la vida.
Vegeta estaba en buenas manos.
Sabía perfectamente que Freezer ansiaba tenerlo entre sus tropas, por lo tanto estaba seguro que en cuanto diese con él lo mantendría a su lado. Ya se inventaría una excusa para justificar mi muerte.
- Pronto… te reunirás con ella… - dijo sin despegar apenas los labios – la hermosa y encantadora Bergine…
Abrí los ojos con total sorpresa al oír aquel nombre. No soportaba que alguien como ese monstruo la mencionase si quiera.
Su semblante había cambiado… la burlona sonrisa se había esfumado de su rostro. Me miró por última vez a los ojos con penetrante intensidad. Parecía molesto…
No me importó…
Me eché hacia atrás dando un salto volviendo a elevar el puño una vez más. Sabía que conseguiría esquivarlo de nuevo.
Un penetrante dolor agudo me recorrió el cuello haciendo que una repentina descarga eléctrica estallara en mi cerebro.
Se esfumó tan rápidamente como había llegado. Y entonces la vi…
Llevaba un sencillo vestido blanco de manga larga que parecía flotar a su alrededor. El cabello oscuro con reflejos cobrizos caía libre por su espalda enmarcando con gracia su precioso rostro. Estaba tan bella… ya nunca jamás sería un recuerdo etéreo en mi memoria.
Me sonrió, y yo alargué una mano para poder tocarla… para percibir su calor…
Pronunció mi nombre, como solo ella sabía hacerlo… haciéndome sentir único…
La estreché entre mis brazos con fuerza dispuesto a no soltarla jamás. Su suave cuerpo se amoldó a la perfección contra el mío inundándome de recuerdos que daba ya por perdidos.
Quizás la eternidad no fuese suficiente para pedirle perdón. Para implorarle una segunda oportunidad por todo el daño y el sufrimiento que le había causado. Por nuestro hijo no nacido, y también por el que estúpidamente había apartado de su lado…
Pero este era ahora mi lugar. Siempre junto a mi reina.
Caí hacia atrás logrando por fin la paz que nunca había llegado a alcanzar en vida, y mi último pensamiento le perteneció solo a ella…
El medallón de la familia real cayó a los pies del tirano emitiendo un sonido enlatado antes de dejar de girar.
Los guerreros Saiyans que permanecían inmóviles frente a la puerta de la sala observaron horrorizados el cuerpo inerte de su soberano tendido en el suelo con el rostro ensangrentado. Sus ojos totalmente en blanco evidenciaban sin lugar a dudas el resultado del certero ataque de Freezer.
- ¡Ha matado a nuestro rey!
El monstruo adelantó una pierna y aplastó con saña el llamativo medallón intentando borrar todo rastro de su orgulloso portador.
Contempló con desprecio a aquellos hombres a los que él consideraba poco más que una panda de monos estúpidos, y sintió una ira inmensa al recordar cuanto los odiaba.
- ¡¿Alguno de vosotros se atreve a enfrentarse conmigo después de lo que acabáis de ver?! – exclamó al observar cómo se arrodillaban para intentar incorporar el cuerpo del rey Vegeta.
Ninguno de ellos tuvo el valor de articular una sola palabra. Estaban demasiado asustados para intentar reaccionar y también sabían que aquel tirano no mostraría piedad alguna.
Freezer apretó los dientes y se quitó el scouter con una mano mientras sus ojos comenzaron a brillar con un destello cegador. Una luz rojiza inundó la estancia y los gritos de terror de los soldados resonaron con fuerza a través de las paredes de la oscura sala mientras sus cuerpos se desintegraron como por arte de magia.
Allí donde habían estado antes, ahora solo quedaba una tenue mancha de color gris ceniza.
Freezer se dio la vuelta con una sonrisa en los labios y permaneció impasible como si nada de todo aquello hubiese sucedido. Quizás había sido demasiado rápido… la diversión apenas acababa de empezar.
- ¡Nadie puede contra mí… soy sencillamente invencible!
- Señor… ¿os encontráis bien…? – quiso saber Zarbon con la voz algo temblorosa.
Hasta ahora ni él ni Dodoria habían intervenido en ningún momento. Su maestro se bastaba solo para acabar con todos ellos.
- Cómo puedes ver ni siquiera me ha rozado. Ese estúpido de Vegeta… me queda claro que había venido aquí solo para morir. Desde que puso un pie en mi nave su sentencia de muerte estaba firmada. Yo simplemente me he limitado a darle lo que andaba buscando.
- ¿De verdad cree que…?
- Habría sido muy divertido… verle la cara, en cuanto se enterase que su querida mujercita se había largado del planeta aceptando mi oferta de… protección…
Apretó los puños con fuerza y su mirada se ensombreció mientras contemplaba la oscuridad del espacio exterior desde la abovedada ventana circular de la sala.
- No soporto que mis planes se frustren… - masculló con voz peligrosa – no concibo un "no" por respuesta. La muerte de esa muchacha desde luego no entraba en mis cálculos… sin embargo el mocoso…
Se cruzó de brazos y alzó la barbilla con gesto soberbio mientras sus hombros se sacudían en una breve carcajada. Balanceó la cola con impaciencia y observó la sombra de su silueta reflejada en el cristal.
- Si la memoria no me falla… esa rata miserable de Paragus me confió las fechas exactas en las que el principito tenía programadas las misiones de conquista. Espero que tras la muerte de su madre dichas misiones no se hayan visto alteradas.
- Tengo entendido que el rey Vegeta se deshizo de él. Supongo que al final terminó descubriendo el gran… anhelo… que profesaba por su bella mujer – Zarbon se encogió de hombros y bajó la vista hacia un punto indefinido del suelo – la lujuria puede ser un delirio muy peligroso…
Murmuró aquellas palabras sintiendo una leve agitación en su interior, recordando el bonito rostro de sorpresa de Bergine cuando posó sus labios sobre los de la joven. Habría sido divertido tenerla por allí, pero por caprichos del destino ese deseo ahora era imposible.
- Todos debemos luchar cada día contra nuestros más profundos demonios… para llegar a ser más astutos que ellos. Paragus no lo consiguió… y esa ha debido ser su perdición. Pobre iluso… habría hecho lo que fuera por ofrecerme en bandeja de plata al hijo de su peor enemigo.
- ¿Y qué es lo que pensáis hacer ahora, mi Señor?
Una perversa sonrisa torció los oscuros labios del tirano que de un salto se encaramó sobre su silla flotante la cual permanecía inmóvil en el centro de la habitación. Sus ojos brillaron cuando se posaron fijamente sobre el rojizo planeta que poco a poco se iba aproximando dentro de su campo de visión. Sintió la excitación recorrer su espina dorsal mientras fantaseaba con la idea de ejecutar de una vez por todas el plan que llevaba tiempo fraguando en su retorcida cabeza.
- Mmmm… después del "pequeño" desliz de Dodoria por dejar escapar con vida a uno de esos sucios simios en el planeta Meat… - el aludido tragó saliva inclinando la cabeza intentando ocultar su nerviosismo. Su Señor debía de estar de buen humor, o de lo contrario ya se lo habría hecho pagar de alguna forma – creo que ya va siendo hora de acabar por fin con todos ellos. Mi alianza con los Saiyans era un mal necesario para alcanzar más rápido mis objetivos de conquista. Pero cada vez se hacen más fuertes… cada vez son más inteligentes… y eso no lo pienso consentir.
- ¿Realmente creéis en la leyenda del Súper Saiyan, maestro Freezer?
- ¡No seas estúpido Zarbon… no se trata de lo que yo crea o no! ¡sino de la ínfima posibilidad de que eso llegase a ocurrir!. No tengo ninguna intención de arriesgarme para averiguarlo. Por eso… pienso destruir por completo el planeta Vegeta. ¡No hay razón para que exista!.
Cerrando los ojos se recostó levemente en la silla apoyando los codos en los extremos y los volvió a abrir contemplando el techo de la sala durante unos segundos. Sus dos esbirros lo observaron en silencio y se intercambiaron una breve mirada entre ellos. Entendían a la perfección las motivaciones de su señor, pero también eran conscientes de que con aquellas muertes, perderían una buena parte de los efectivos bajo sus órdenes, y también mano de obra "barata" para llevar a cabo las misiones de conquista.
Solo uno de ellos despertaba el interés de su jefe… y ese era el pequeño príncipe.
- Ese niño engreído me será de gran utilidad para agilizar mi ansiada conquista de todo el universo. Puede que su arrogancia al principio solo me dé problemas… pero con un poco de astucia conseguiré moldearlo a mi antojo. Será como arcilla entre mis dedos. Un solo Saiyan por muy poderoso que se vuelva nunca supondrá amenaza alguna para mí. ¡Pienso desquitarme con él por todo el odio que siento hacia su maldita raza!
El tirano chasqueó los dedos posando su intimidante mirada sobre su secuaz de piel rosada. Dodoria realizó una apresurada reverencia antes de dirigirse a buscar la mejor botella de vino que agradara a su señor.
Había que estar preparados.
El espectáculo pronto iba a comenzar.
Zira3000: muchas gracias por leer!
Desde que empecé este fanfic siempre tuve claras dos cosas. La primera, que Bergine moriría a manos del rey, y que él se enfrentaría a Freezer a modo de "redención" para morir también. Su suicidio indirecto sería su forma de terminar con ese dolor que le impediría seguir viviendo.
El pequeño Vegeta empieza a intuir que quizás el rey esté implicado en la muerte de su madre. Pero no se atreve a preguntárselo. No quise opacar los buenos recuerdos que el niño pudiese tener de su padre.
El final que todos conocemos poco a poco se va acercando, y he recreado algunas escenas (como el combate dentro la nave de Freezer) visionando fotograma a fotograma el capítulo del anime en el que se muestra el recuerdo del tirano enfrentándose al rey Vegeta.
El siguiente capítulo todavía no lo tengo terminado, pero espero hacerlo pronto.
Se agradecen los reviews!
