Capítulo 67.- Caminos que se cruzan

Estación de Atocha, Madrid.

Mañana del 7 de enero de 1936

Y otros tiempos y lugares.

"Disueltas, por otro de esta fecha,

las primeras Cortes ordinarias de la República,

como consecuencia de ello (…),

vengo en decretar lo siguiente:

Artículo 1.° Las elecciones generales para

Diputados a Cortes se celebrarán en toda España

el domingo 16 de Febrero. (…)

Artículo 2.° Las Cortes se reunirán el día 16 de Marzo de 1936.

Artículo 3.° Por los Ministerios de Justicia y Trabajo

y de Gobernación se dictarán las disposiciones necesarias

para el cumplimiento de las leyes y la garantía

más eficaz de los derechos de cada elector y candidato.

Dado en Madrid a siete de Enero de mil novecientos treinta y seis.

NICETO ALCALA-ZAMORA Y TORRES

El Presidente del Consejo de Ministros, Manuel Pórtela Valladarés"

Gaceta de Madrid, num 8

8 de enero de 1936


Victoria soportó con calma la prolongada mirada del taxista. Por el largo tiempo que le dedicó supuso que además de la guasa, adivinar intentaba curvas bajo de su abrigo de viaje. Aquesas miradas ya las traía sabidas de sus últimos meses en Cabra; habitar lugar donde todo era igual día tras día habíale dado buena certeza de en qué se fijaban los hombres.

–¿Es que quieres ser ac-triz, gua-pa?

Las palabras del taxista no contenían burla, mas no pudo evitar sentirse molesta por el tono chulapo y las inflexiones en el "actriz" y en el "guapa". El hombre enjuto, con una colilla de cigarrillo pegada en los labios, tenía la gorra de chófer ladeada como un galán a pesar de ser más feo que un amanecer sin sol. En Madrid deben hablar así, supuso Victoria: como si esperaran que al final de cada palabra les sonara el timbre de un organillo para darles el ritmo; la verdad era que un organillo si que andaba por allí, no muy lejos, dando cantarín acompañamiento a un puesto de trileros cerca de una de las entradas de la estación de Atocha.

Frío. Frío y humedad de mañana de enero.

Y coches y carros y gente de un lado a otro con mucha prisa. No era lo más agradable para encontrarse después de una noche de viaje desde Barcelona, mas Victoria concluyó que con escaso descanso había pocas cosas que resultaran agradables. Durante la prisión de Cabra, y con Padre aquella vez que conocieron a Jose Antonio y a su hermana Pilar, ya había estado antes en Madrid, mas pocas veces. Sin él, sin Padre, aquella nueva ciudad con calles sin fin parecía más peligrosa y extraña que Barcelona: un monstruo que se comiera a muchachas como ella, recién llegadas del pueblo. Comprobó de nuevo, sintiéndose mejor, que sobre su bolsa de viaje seguía la espada escondida en la manta enrollada, y en su cinto la vizcaína. Padre sólo habíala enseñado a pelear y aunque durante los últimos años había estado más despegada de él valiéndose por sí misma en Cabra, allí había aprendido a base de repetir el mismo día dónde y qué hacía cada persona en todo momento, en una sinfonía de orden tan cómoda como predecible.

Con tanta gente nueva y desconcertante, lejos de una sinfonía de orden, aquello se le antojaba un desconcierto de caos.

–¿Puede llevarme a los estudios cinematográficos sí o no? –se hartó Victoria.

–Es que en Madrid hay varios, ri-cu-ra.

–Pues lléveme al más grande y luego vemos desde allí.


–¿Se va a ir ahora que hemos parado a los moros, hombre?

–Marcho a Barcelona a buscar a mi hija –explicó Alonso de nuevo, harto–. Me dicen que la carretera de Zaragoza no es camino y que la única forma de llegar es subir desde Valencia. Y he oído que van ustedes a Valencia.

Frío. Frío de noviembre en Madrid. Alonso había localizado los camiones de suministros en el lugar que el hombre de confianza de Schlayer le había indicado, mas no iba a ser tan fácil subirse a uno. Tras pasar la noche en la legación le habían informado de que a veces había camiones de suministro que llegaban desde Valencia cerca del paseo de la Castellana. Volvían el mismo día repletos de gente que trataba a toda costa salir de Madrid.

El oficial miliciano puso sus ojos primero en él y luego en los papeles que tenía en la mano; luego de nuevo los puso en él. A fe cierta que Alonso no sabía si era oficial, mas los milicianos de mono azul lo trataban como un mando llamándole "camarada delegado". Un hombre de manos callosas y mirar intenso. Negras uñas de grasa de motor. El rostro, cuadriculado y flaco parecía haber visto mucho sol. Mientras revisaba los papeles del consulado, sus hombres bajaban suministros de los camiones, por turnos, frente a la puerta de un edificio público en el paseo; entretanto, otro grupo llenaba los depósitos de combustible del futuro convoy.

Suspiró el delegado sacudiendo aún los papeles. Tras unos momentos y por su mirada confusa, Alonso comprendió que no debía saber leer. Las primeras mujeres y los niños comenzaron entonces a subir a los cajones de los vehículos.

–No le veo hechuras de cobarde –comentó el delegado, por fin, práctico.

–Es porque no lo soy.

–¿Sabe manejar un arma?

–Fui soldado.

La mirada confusa del miliciano se tornó en una mueca de sorpresa; le devolvió los papeles tras doblarlos de mala manera.

–Te propongo algo, soldado –ofreció pasando al tuteo–. Se me han llevado a diez hombres a defender Ciudad Universitaria y ando falto de brazos. Si los moros están ya en la Casa de Campo, con mi suerte igual nos los encontramos pasada Arganda. Te llevo a Valencia si vas en el camión de delante ayudándonos a escoltar el convoy. Dale tu nombre al camarada de ahí para cogerle la filiación, ponte un mono y toma un fusil. Eres parte de mi pelotón ahora. Al menos hasta Valencia.

Alonso se extrañó ante ofrecimiento tal, mas había de reconocer que en verdad le beneficiaba.

–No soy comunista –fue lo primero que dijo, casi sin pensar.

–¡No me insultes, cojones! –contestó el delegado, de mal carácter, señalando las letras pintadas en la puerta del camión más cercano–. Formamos parte de una centuria de la CNT. Ahora muévete, camarada. Tengo cosas que hacer.


El sol en Madrid acabó por salir entre una niebla que Victoria no supo muy bien si venía de la humedad o del humo de las chimeneas. El taxista la llevó primero en su destartalado Ford-T a los estudios CEA y luego a los Roptence, mientras comentaba alegre que si el gobierno por aquí, que si el gobierno por ahí. No le gustaba el gobierno; todos los políticos eran al parecer unos ladrones. Aunque no le caían tan mal como los sindicalistas.

Preguntando en los dos estudios cinematográficos a trabajadores que pudo hallar y tras algunas evasivas, no consiguió saber con seguridad si Carmencita andaba por ellos, mas algo le decía por las caras de extrañeza que no debía ser así. A media mañana y harta de dar vueltas, le pagó al taxista los tres viajes, ya que se había ofrecido a ser su chófer a condición de subir bandera mientras ella hacía averiguaciones. La había llevado en el viaje final al norte de la villa, a unos edificios todavía en construcción con un elegante y recargado cartel sobre la puerta en donde se leía "Estudios Chamartín". El taxista le dedicó una última mirada después de sacar su bolsa de viaje del maletero.

–¿No quieres que sigamos buscando, co-ra-zón?

–No tengo el suficiente dinero para pagarle más viajes, gra-cias.

Sonrió el chófer, alegre. No. Alegre, no. Pícaro.

–Yo podría llevarte a un sitio donde una chica tan guapa como tú no tendría problemas en conseguir dinero. Ya sabes. Si tienes problemas en la e-co-no-mí-a.

Victoria comprendió que probablemente refería a recibir dinero a cambio de ofrecer su cuerpo a hombres con propósito carnal. Tomó nota de la idea, porque a fe cierta que tan repugnante opción no se le había aún ocurrido; llegada la necesidad, asumió, quizás podría considerarlo. No obstante aún le quedaba bastante dinero y existían otras opciones menos desagradables.

–Hasta ahora siempre sirviome trabajar –pensó en voz alta–. O robar... Ahora que lo dice... ¿Dónde puedo encontrar en aquesta villa a la gente con dineros?

El taxista se la quedó mirando, esta vez extrañado, ya desde dentro del vehículo.

–¿Qué eres? ¿Sin-di-ca-lis-ta?

–No tengo inclinaciones políticas.

Se la quedó mirando el otro unos segundos, y se metió un palillo en la boca, silencioso.

–Guapa, los ricos por aquí andan en el barrio de Sa-la-man-ca –informó al fin.

–Barrio de Salamanca. Entendido. Gracias.

Con la mirada confusa y sin decir más, el hombre se rascó la frente para luego arrancar su vehículo y dejarla frente a la valla. El edificio de los estudios parecía cerrado, así que como no había ningún guardia a la vista ni nadie a quien preguntar, Victoria se echó la bolsa de viaje a la espalda, asegurando manta y espada, y trepó la verja.


Salieron de Madrid poco antes del mediodía.

El convoy tenía que dar un importante rodeo para llegar hasta la nacional III, ya que al sur de Madrid, decían, podían encontrarse tropas rebeldes tomando posiciones en las cercanías del Jarama. Primero había de llegar hasta Alcalá de Henares, en un trayecto que a Alonso le heló la sangre. Menos de un día hacía, ¿cómo era posible?, que había recorrido aquese mismo camino en dirección a la muerte. Volvió a recobrar el ánimo hasta que, pasado el Henares, comenzaron a subir las lomas que llevaban al sur al pueblo de Loeches y al de Arganda del Rey.

Más bien, Arganda.

El "del Rey", sus nuevos camaradas lo obviaban, así que Alonso juzgó que mejor seguir la corriente. Eran dos los que compartían con él la cabina del camión Citröen U35, el primero de un convoy de seis. El conductor, un chófer con barba de varios días, comentaba que a pesar de ser vehículos nuevos las cuestas seguían subiéndolas despacio. El que se sentaba en el centro, el camarada Ramón, miraba a Alonso con algo en los ojos que se parecía mucho a la desconfianza.

–¿Y dices que no has estado en el frente, camarada?

–No.

–¿Casi un mes de combates en Madrid y no has estado ni en la Casa de Campo? –insistió. Era joven. Si llegaba a los veinte años en pocos los sobrepasaba–. ¿Ni en el puente de los franceses? ¿Ni en la carretera de Toledo?

–No.

–¿Qué hacías entonces? ¿Esconderte?

Alonso dejó de mirar el camino, su prestado Mauser apoyado entre las piernas, y observó al muchacho con toda la calma que pudo reunir.

–Los comunistas me tenían preso –informó, calmo.

Se produjo un largo silencio, sólo interrumpido por el rugido del motor y los cambios de marcha.

–Pues... ¿Qué hiciste? –preguntó el conductor, sin entender.

–Algo que no les gustó, supongo –murmuró Alonso, sin conceder amabilidad. Luego, relajó el tono. No era menester enfrentarse con los que debían ser sus nuevos compañeros–. Vosotros haced lo que queráis, camaradas, pero yo no pienso fiarme nunca de un comunista.

Subieron entonces la última cuesta y siguieron por una carretera sinuosa. Al girar pronunciada curva, en el cruce de un camino de tierra, un control les ordenó detenerse.

–Pues ya sabemos que no te gustan los comunistas –sonrió el conductor–. ¿Y qué opinas de los compañeros de la UGT?

Alonso no entendió la pregunta, hasta que vio las siglas escritas torpemente con pintura blanca en el portón del vehículo del control. Allí dos milicianos vestidos de paisano y fusiles al hombro, les dieron el alto. La UGT era un sindicato, recordó; lo había podido descubrir junto con algunas otras cosas de aquel tiempo en los periódicos y los libros de la casa del maestro Orsa, en Cabra. Aquel control de carreteras, comprendió, era guardado por sindicalistas. Tras detenerse, consultar papeles y hablar con el delegado, les informaron de que la carretera estaba mal, un desprendimiento, pero que podrían continuar por un desvío y llegar a Arganda por caminos transitables. Aceptó el delegado y el convoy se desvió.

Alonso sintió entonces un estremecimiento y comprendió, al ver de cerca a los hombres del control, que aquellos no eran sindicalistas y que iban directos a otra trampa del Ministerio futuro.