Capítulo 68.- No hay que dejar rastros (I)
Camino entre Alcalá de Henares y Arganda, Madrid.
21 de Noviembre de 1936
Y otros tiempos y lugares.
«En la barraca mía, en la choza mía, allí en el Somorrostro,
en las piedras había hecho un agujero en la pared.
El agujero ese era para guardar mis zapatos.
Porque yo aguantaba mis zapatos para salir a bailar.
Pero cuando llegaba a mi Somorrostro, namás entrar por allí,
charca tras charca, con la arena de la casa, corriendo
y como un galgo siempre, ¿sabes?
Así tengo "malbien" los pies, aparte de bailar,
los tengo abiertos de la arena de mi casa»
Camen Amaya
Documental «Carmen Amaya, la Capitana» (2013)
–¿Una emboscada? ¿Por qué piensas eso camarada?
Pardiez... ¿Cómo explicarlo?, pensó. Alonso intentó a toda prisa que algo se le ocurriera mas nada podía decir que no revelara en el fondo su situación. Aquellos hombres, los del control, no pertenecían a ese tiempo; era un instinto que no podía explicar. Una sensación cierta. Echó de menos a sus compañeros de patrulla, siempre con una idea al punto o una frase ocurrente que decir.
Él era un soldado.
No sabía mentir.
Pasado el control había logrado detener el convoy en un intento de convencer al delegado; todos los camiones se encontraban con el motor en marcha en medio del camino de tierra, mas detenidos. Los hombres, mosquetones Mauser entre las manos, observaban el páramo descubierto a su alrededor con desconfianza. Páramo había allí, más las curvas y una arboleda un poco más adelante eran el lugar que él hubiera elegido para una celada. ¿Cómo avisarles de que los del control eran hombres del futuro y que la trampa iba para él? No habría más cárceles ni prisiones si la otra Amelia Folch andaba muerta. Sólo balas. Y no estaba seguro Alonso de cuántas de aquellas personas en el convoy los del otro Ministerio estaban dispuestos a llevarse por delante para darle caza. Desconcertadas por la parada, mujeres y niños en las cajas de los camiones comenzaban a cuchichear e inquietarse.
Nada de aqueso pasaba desapercibido para el delegado y sus hombres. Quizás, explicándoles media verdad...
–Vi las manos de los del control –se justificó Alonso–. No eran de trabajadores. Buena manicura, falta de cayos... Explícame camarada por qué nos han desviado cuando tú mismo recorriste la carretera ayer.
–Hay tramos donde la roca y la tierra pueden bloquear el camino si llueve fuerte –objetó el delegado.
–¿Y crees que ha llovido hace poco?
La tierra estaba seca, así como el camino. Gruñó el delegado, pateando un guijarro, mientras pensaba con los brazos en jarras. Algo iba mal y no sólo él lo había notado, comprendió Alonso. Sería hombre poco instruido, pero el jefe del pelotón de milicianos no era un necio.
–Pues yo creo que este "camarada" lo que es de verdad es un fachista –intervino el camarada Ramón–. Y que el que nos está preparando la trampa es él.
El delegado le miró muy enfadado.
–¡Ya sé que es un condenado fachista, niñato! –rugió–. ¡Por eso lo traigo, idiota! ¡Para que nos avise como está haciendo ahora! ¿Crees que me chupo el dedo?
Alonso observó al camarada delegado con atención y algo de alarma. Los hombres a su alrededor se habían puesto tensos con la mención de aquel adjetivo: fachista; mas explicarles que él no era seguidor del fascio, como lo denominaban los libros del maestro Orsa, estaba fuera de lugar. Sabía el delegado que no era uno de sus camaradas y eso bastaba para ganarse el calificativo.
–Muy bien, camarada soldado. Tú ganas –gruñó–. Supón que te creo y que ahí adelante hay moros. ¿Qué propones?
–Que pase un camión, vacío de gente. Yo iré en él. En las puertas haremos parapeto con las planchas de hierro que llevamos en el último camión. Si algo raro sucede, o si hay tiros, volvéis con el resto a Madrid o al control, lo que prefiráis. Algo me dice que no estarán allí ya los que se hacen pasar por sindicalistas. Si no, si todo va bien, seguimos camino.
El delegado asintió, mirándole fijo.
–Me parece bien. Pero tú no lo conducirás solo. No quiero que te subas al camión para no volver.
–Arriesgas la vida –objetó Alonso– de quien venga conmigo, camarada.
El conductor de su camión se acabó de liar otro cigarrillo, con aire tranquilo.
–Y tú también la arriesgas, fachista. Nos toca al camarada Ramón y a mí –comentó encendiéndoselo con un chisquero, como el que reparte un turno de trabajo en el taller–. El primer camión es el nuestro, oye. Y lo tengo nuevecito.
Algunos de los edificios del estudio de cine estaban vacíos, o a falta de terminar una pared, o una puerta o un tejado. No obstante, dentro del parque que formaban Victoria vio algunos coches aparcados frente a uno que parecía completo, así que sin hallar de camino a nadie entró. Un calor inesperado la golpeó al atravesar la puerta y pudo dejar detrás de una columna bolsa de viaje y abrigo.
Aquello era un estudio de cine, descubrió. Calentado con estufas y hogueras dentro de bidones de metal.
En el centro de la nave descubrió enormes focos que apuntaban a una tarima con un decorado de un paisaje pintado con gran contraste y un grupo de hombres detrás de lo que parecía una compleja máquina de fotografiar sobre un trípode, ajustaban algo en ella ante la exasperación y los ademanes inquietos de un señor con un megáfono y una boina que parecía francesa. En el tablao una joven gitana con un vestido flamenco verde muy exagerado, parecía esperar mientras daba palmas suaves a dos guitarras que la seguían; se le antojó a Victoria el taconeo suave y el palmeo como un run-run tranquilo, un motor en marcha quizás, de algo a punto de ser acelerado. ¿Sería aquella la niña de la que le habló Padre? ¿Carmen Amaya? De improviso los hombres acabaron de ajustar la cámara y el del megáfono de lata avisó de que ya estaban listos. Apareció otro con un cartel que Victoria creyó roto, porque la parte de abajo se movía. «Don Viudo de Rodríguez», se leía en él. Y unos números que no entendió pintados con tiza.
–Carmen, niña. ¿Estás lista? –dijo el de la boina.
¡Era la niña! Convertida, comprendió Victoria, en una muchacha no mucho más joven que ella.
–Ziempre –contestó Carmencita–. ¿Dezde dónde don Herónimo?
–Desde el principio. Dale.
Y le dio.
Victoria observó el número que arrancó con un taconeo, tacata-tacata-tacata-tacata-tá, para a los pocos segundos encenderse, guitarras y palmas al compás, un mar de llamas verdes a cada vuelta del vestido flamenco. Brazos arriba, brazos abajo, contorsionado el baile en un encaje de fuerza que, de súbito y fiero, irreal parecía. En las fiestas de Cabra había visto bailar muchas veces, a la noche, a las muchachas del pueblo siempre igual, siempre lo mismo, mecánicos braceos y taconeos que de harto repetidos ella misma había logrado aprender.
Carmen Amaya no bailaba así.
Lo que hacía, pensó, no podría haberlo hecho igual ni habiéndolo visto mil veces. Su rostro se contraía en miradas duras, que acababan en un golpe de cadera vibrante y recio. De repente variaba el ritmo. O saltaba, sin que aquesa precisión imposible de imparable fuerza, pareciera salirse un milímetro de las figuras que se proponía hacer. Admiró Victoria el baile, un trance de movimiento largo tiempo filmado por la cámara hasta que, no supo cuánto había pasado, el del megáfono ordenó «corten».
–¿Quién ereh tú?
La pregunta se la formulaba un gitano mayor, algo entrado en carnes, que acompañado por otros dos más jóvenes la observaba con cara de pocos amigos. Ropa negra de domingo. Miradas frías. Victoria parpadeó un par de veces; había bajado la guardia hasta permitir que se la acercaran sin más. Se encontró cerrando la boca, para poder empezar a hablar.
–Busco al Chino o a Micaela Amaya –pudo explicar Victoria saliendo del trance.
–¿Pa qué?
–Busco noticias de un hombre que ellos conocieron hace unos años. Tenía la esperanza de que habría contactado con ellos. ¿Conocen al señor Chino? ¿Está aquí? –preguntó Victoria. Ante la mirada impasible de los gitanos frente a ella, trató de ofrecer alternativas–. ¿Cree que doña Carmen puede decirme...?
–Carmensita no te pué decir ná –la interrumpió el gitano mayor–. ¿A qué hombre buhcah?
–A mi padre. Alonso de Entrerríos.
La imperturbable mirada del gitano cambió en un segundo de fría a furiosa, y con una señal de cabeza los dos jóvenes la agarraron de los brazos y la llevaron a la puerta, casi llevándola en volandas. Victoria comprendió que si la sacaban de allí perdería la oportunidad y el viaje, así que antes de que llegaran a la entrada del estudio, puso la zancadilla al más joven y se hizo a la idea de que tendría que pelear contra los dos si quería tener siquiera la posibilidad de hallar el paradero de Padre.
Despacio, el camión avanzó por el recodo de los árboles, los matojos en las cunetas. La grava y la tierra sonaban bajo las ruedas con el ronroneo del motor suave matando el incómodo silencio dentro de la cabina.
–Como intentes algo, fachista –dijo el camarada Ramón desde el centro de la cabina–, te pego un tiro.
Alonso siguió buscando con la vista señales entre la maleza, tras los árboles, mas nada vio. Ni fusiles. Ni hombres apostados. Más temía que a aquel exaltado muchacho se le disparase la pistola con la que le encañonaba por la espalda a causa de un bache, que porque tuviera quizás el valor de apretar el gatillo. Ya casi en el final de la arboleda, el conductor se quitó el cigarrillo de la boca visiblemente aliviado.
–Pues parece que no...
Un estampido. Un volantazo. Un árbol cayó frente a ellos bloqueando el camino, con un frenazo, un huracán de hojas y ramas rompiéndose frente a ellos. Alonso se apartó el arma de atrás antes de que la bala se le metiera por la espalda y logró, por poco, que la pistola se le disparara al camarada Ramón contra el parabrisas. El tiro los dejó sordos unos segundos, mirando los tres el agujero que había hecho el proyectil en el cristal.
–¡Joder! –exclamó el conductor.
Un árbol en mitad del camino. Tirado. Alonso miró por las ventanillas. «¡Han disparado!», oyó desde los setos.
–¡Agachaos! –advirtió.
Las ráfagas de metralleta les llegaron entonces, rebotando por la cabina y el metal del camión como granizo, mezclándose el sonido con una sucesión de tableteos de metal.
Al que había logrado tirar por el suelo, lo dejó en él de una patada y retorció el brazo del otro, el que parecía más recio, hasta que logró que la soltara del todo. Le tiró entonces el gitano una patada a la pierna que Victoria pudo esquivar soltándole del todo, mas aprovechó el desequilibrio para recortar y lanzarle un puño a la nariz, que le hizo al joven dar tres pasos atrás.
«¿Qué está pasando ahí?», se oyó.
El gitano joven, una mirada de fuego tras limpiarse la sangre con el puño, sacó de su bolsillo una navaja automática, la abrió, clic-clac, y se fue por ella. No iban las cuchilladas al cuerpo, a herirla o matarla, sino a la cara, comprendió, para hacerle un chirlo. Esquivó el rápido movimiento de la cuchilla, una, otra vez, mientras veía que la gente del estudio se arremolinaba en torno a la refriega. «¿Qué pasa?», «¿Quién es», oía. «¡Basta, basta!».
Puso cebo al gitano fingiendo tropezar para atraerle y picó, así que Victoria pudo agarrarle de la muñeca, brazo de la navaja extendido retorciéndole hacia abajo la palma; al punto se sacó del cinto la vizcaína para ponérsela al cuello antes de que el otro pudiera evitarlo.
El otro se paró con la amenaza con fuego en los ojos.
–¡Miren que no busco hacer mal! –pudo decir, jadeante Victoria–. ¡Sólo busco noticias de mi padre!
Apareció de entre el corro Carmencita, que al ver al gitano con la daga al cuello soltó un alarido.
–¡Ay, por la Virgen! ¡Francizco!
–¡Quieta paya! –rogó el gitano mayor–. ¡Dese que diceh no sabemoh ná! ¡No sabemoh quién eh!
–¿Pos a quién buhca? –preguntó Carmen llevándose la mano al pecho, el rostro desencajado.
–¡Dise que Alonso de Entrerríoh es su padre! –explicó el gitano viejo.
Carmen entonces se acercó a ella, para pasmo general, y puso lentamente sus manos en el brazo en el que Victoria sostenía su daga. Ella lo bajó, lentamente, y el gitano de la navaja se alejó unos pasos, respirando profundo. Luego Carmen pasó las manos del brazo a las mejillas de Victoria y la miró fijo desde sus oscuros ojos, ante el silencio general. Era joven menuda, no mayor que ella, mas la miraba tan dentro que Victoria sintiose perdida por unos instantes.
–Vos le llamábais Sargento Mayor –pudo decir Victoria, atrapada por aquellos oscuros ojos–. Y él os llamaba...
–Capitana –completó Carmen Amaya, los ojos de repente húmedos y su morena piel sostenida en los labios por una leve sonrisa–... ¡Mira que fueron zolo zemanah y aún me enrecuerdo dél! ¡No te le pareceh, pero tieneh su mirar, niña!
–Me encontró en el camino. Me crió. Nos separaron. Ahora le busco.
Apareció de entre el corro el que los demás llamaban don Jerónimo, el de la boina y el megáfono.
–¿Qué es esto? ¡Julito, venga! ¡Llama a la policia o a los guardias o a quien sea!
–¡No! –ordenó Carmen, firme–. ¡La paya ze viene al hotel con nozotroh!
–¡Iha! –exclamó el gitano viejo. Victoria entonces comprendió: él debía ser el que llamaban el Chino y lo había tenido delante todo el tiempo–. ¡De ezo nah!
–¡Ni iha, ni iho! –sentenció Carmen–. ¡Ella eh quien dise que eh!
NdA: Primero fueron los guiones largos «–» y ahora me he pasado a la secta de las comillas angulares. Miedo me da qué será lo siguiente. A este paso acabaré aprendiendo a escribir propiamente...
