La joven se sacudió las manos mientras se sentaba en el suelo de la casita donde vivía con sus padres, viendo como su padre ponía un hato de plantas secasy y otro de frescas delante de ella para que pudiera comenzar a armar los paquetitos que vendía en la ciudad.

- Tenemos que hacer las bolsitas de chilco para doña Fernanda, se las acabó todas en la semana y necesita más. – Dijo la joven mientras su madre entraba con ramas de oloroso ajenjo.

- Esas mujeres de la ciudad…hasta tragan natre para no quedar preñadas de sus amantes. – Gruñó la mujer, poniendo las manos en la cadera. – No quiero ni saber que tú te estés juntando con esas señoras, escuchaste Carmela.

- No, mamita, pero debe ver que tan bien se venden estas yerbas, esas mujeres son perezosas y no tienen buena mano para esto, además, no saben que tomar y cada cuanto deben hacerlo. – Contestó Carmela, atando unas ramitas coloridas de culle colorado, algunas florecillas violetas cayendo al suelo de tierra. – Mi mamita Soledad me enseñó bien. – Murmuró.

- No se te vaya a olvidar las achicorias.

- No, taitita. – Levantó los ojos de su tarea, sonriendo suavemente mientras su madre le acercaba las bolsitas de tejido bruto para echar los ramos, algunos listos para ser vendidos.

- Termina eso y te vas a acostar, mañana sales temprano a vender eso para que regreses a ayudarme con los remedios para nuestra gente. – Carmela asintió, sonriendo cuando su madre le tomó una mano cuando terminaron de llenar las bolsitas.

- Anda a descansar, niña, yo pongo esto en el fresquito para que no se echen a perder.

- Gracias, mamita. – Se puso de pie para pedir la bendición de su padre, persignándose antes de irse a su habitación, un pequeño cuartucho lateral a la casa de adobe.

Se lavó y se cambió de ropa, calzándose su camisón antes de acostarse y taparse hasta las orejas, sabiendo que el día siguiente debía levantarse con el primer canto del gallo.

Ese sería un día muy largo.


Se sumergió en el agua tibia, escuchando como el agua se desbordaba y caía en el suelo marmolado, sin embargo, se quedó bajo el agua hasta que sintió que el aire comenzaba a faltar en sus pulmones, emergiendo y respirando a resuellos.

Su pelo había perdido su tono dorado brillante, convirtiéndose en una paleta de amarillos y ocres, con agua deslizándose por los mechones empapados hasta la superficie del agua de donde estelas de oloroso vapor se levantaban hacia la habitación.

No quería salir de allí, sabía que afuera la esperaría André con el vino que había pedido junto con años de deseos reprimidos y su propia lengua floja que había pedido algo lejos de los territorios de un coronel como era ella.

Su corazón latió con fuerza, como el de una adolescente, mientras agachaba la cabeza y sentía el calor impreso de los labios del profesor sobre los suyos, una sensación agradable que abría un portal desconocido para ella.

Meditó un par de minutos que parecieron horas, pensando, recordando. Alzó su mano izquierda, observándola, mirando fijamente el dedo que había cobijado el anillo de la madre de André, ese mismo anillo que tantas veces había besado durante su estadía en España, tratando de empaparse con la fuerza de su mejor amigo, intentando acortar la distancia con lo que ella conocía como su hogar.

- Hogar. – Apenas murmuró, cerrando los ojos, el rostro juvenil y risueño de André apareciendo desde la oscuridad de sus pensamientos. Él era hogar, su hogar, uno que defendería con uñas y dientes, pues sabía que alguien más querría ocupar su lugar en el corazón masculino. No lo permitiría, André era suyo, tanto como ella era de él, hasta la muerte.

No era una concepción del amor dulce y tierno, de amantes amorosos que desenvuelven a sus doncellas con ternura, no. La posesividad había despertado en su interior cuando esa puta había puesto los ojos sobre André, los celos habían emergido como un volcán. No podía dejar que nadie le quitara lo que era suyo, necesitaba marcarlo, romper su piel con los dientes, dejar cardenales por toda su piel morena, nacidos por saciar sus deseos, necesitaba que jamás quisiera ver o tocar a otra mujer, que fuese totalmente adicto a ella.

Con eso en mente, salió de la tina, alcanzando la suave toalla de lino preparada a un lado, secándose con premura mientras veía las simples prendas que su nana había dejado para que se cambiase de ropa.

Solo necesitaba la camisa y el pantalón, el resto era innecesario.

El abrigo de esa noche se lo dejaba a André.


- ¿Los viste salir de aquí? – Dijo burlón José, bebiendo vino mientras Manuel sonreía. – Esta es la noche de suerte para nuestro André, amigo mío, esta es la noche que Oscar entiende que lo ama.

- O la noche en que él vuelve como perro regañado a las faldas de Gema. – Carrera hizo un gesto, encogiéndose de hombros.

- No, Oscar podría destriparlo como a un pescado si a él se le ocurriese volver, ya sabes, es su André y nadie más puede tocarlo.

- Por lo menos sería un poco feliz antes de la turbulencia que se nos avecina. – Dijo Manuel. – Los españoles pronto mandarán su ofensiva y tratarán de recuperar a la capitanía rebelde.

- Y nos encontrarán aquí, armados hasta los dientes, listos para dar la pelea. – Miró a su amigo. – Ahora brindemos por Oscar y André, que sus hijos gigantes puedan heredar esta tierra y que la protejan con su sangre. – Alzó su vaso, esperando que Manuel hiciera lo mismo, haciendo un gesto cuando lo hizo para luego vaciar el contenido de su vaso de un solo trago.


Entró en la habitación con paso tembloroso, mirando el suelo delante de ella antes de levantar la vista y mirar al hombre sentado cerca de la ventana, un par de copas encima de la mesa en compañía de una botella de vino.

- Lo estuve pensando y…y creo que lo mejor es que me vaya a mi cuarto. – él apenas le dio un vistazo, empecinándose en concentrarse en la botella de vino.

- ¿Por qué? – André tragó grueso, abriendo la botella para poder llenar una copa con vino y beber un sorbo para refrescar su garganta, pensando las palabras precisas que quería decir, su corazón ya había sido expuesto ante la mujer que era su vida entera.

- No puedo quedarme, Oscar, no puedo hacerlo sabiendo que tú no sientes lo mismo por mí.

- ¿Y qué es exactamente lo que sientes tú por mí? – Preguntó ella, apretando sus puños. – Me dijiste que estabas enamorado de mí, pero ¿qué significa eso? ¿acaso significa que vas a desperdiciar la oportunidad que te estoy ofreciendo? – Bufó sin pensar realmente en lo que decía.

- ¿Acaso me deseas? – Se puso de pie, mirándola con el ceño fruncido. - ¿Tu cuerpo siente necesidad por el mío? ¿Tú corazón quiere pertenecerme? – Dio una honda inspiración, dándole la espalda para ver un muro blanco adornado con una pintura dedicada a una escena de alguna guerra ocurrida en un pasado distante.

- ¿Acaso tú deseabas a Gema?

- Eso fue diferente. – Siguió en su posición de forma obstinada.

- Entonces quieres decir que no te atraigo lo suficiente. – Musitó, apretando los puños. – Dices que me amas, pero ¿qué significa eso si no me deseas?

- Antes de que salieras de esta habitación te di una prueba de mi deseo por ti. – Ella miró al suelo, suspirando quedamente. – Te amo, Oscar, te amo tanto que cada vez que respiro lejos de ti es una agonía. – Se pasó una mano por el pelo, respirando entrecortadamente. – No sabes que tan terrible para mí fue el que te marcharas a España, yo…yo pude sentir como mi corazón era arrancado cuando el barco se alejaba.

- Mi corazón se quedó aquí.

- Junto a Manuel. – Oscar levantó la mirada, su ceño frunciéndose mientras trataba de entender lo que él había dicho. – Creo que mejor me voy a dormir, mañana tengo clase, debo descansar.

- ¡No!¡Tú no te mueves hasta que me expliques que demonios tiene que ver Manuel con todo esto!

- Tengo que descansar, es enserio Oscar. – Dijo con voz titubeante, girándose, pero evitando mirar a la rubia.

- No vengas con idioteces, no tienes que descansar, mañana es domingo, no tienes que ir a la universidad. – Bufó con molestia. – Ya te dije, no sé lo que me provocas, pero sí sé que ahora estoy furiosa con la idea de que salgas de esta habitación y me dejes sola. – Se pasó una mano por la cara. – Me desconozco, yo no soy así.

- Oscar, yo…

- Eres la mayor influencia en mi vida, solo tú eres capaz de entenderme sin siquiera proponérselo. – No despegó su mirada de la masculina, tratando de que él comprendiera tormenta que no podía controlar, esa sensación que le inundaba el cuerpo completo.

- Solo soy un sirviente. – Levantó una mano, tocándole una mejilla. – Vivo para cumplir tus deseos.

- No eres un sirviente, estudiaste, tienes una profesión. – Dio un par de zancadas hasta la puerta, tomando la manija para abrirla. – Eres libre de rechazarme, puedo aceptarlo, tú quieres amor y yo realmente no sé qué es lo que siento por ti, solo sé que va mucho más allá de lo que he escuchado que es el amor.

André cerró los ojos un segundo, abriéndolos para ver a la mujer parada frente a él, sosteniendo la puerta abierta para que decidiera.

Tragó lentamente, pensando muy bien su siguiente paso.

Uno que lo convertiría en un tonto afortunado o en un cobarde sin remedio.

Apretó los labios antes de repetir los pasos de Oscar, parándose frente a ella, saboreando la diferencia de alturas, viéndola hacia abajo, encontrándose con sus brillantes ojos como zafiros.

Puso su mano derecha sobre la femenina que sostenía la manija.

Él ya había hecho su elección.


01 de Junio, 1812

Luis le tendió la mano para ayudarla a bajar del caballo, sin embargo, la mujer rubia la rechazó, bajando con elegancia.

- Por más que trato de ser un caballero contigo, siento que a ti no te importa.

- No soy una dama, deja tus atenciones para Diane. – Respondió Oscar con el ceño fruncido, agarrando las riendas de Cesar para llevarlo a las caballerizas del Palacio, siendo imitada por el Carrera menor.

- Creí que José exageraba al decir que eres diferente a las otras mujeres, pero, ahora que te conozco bien, puedo decir que es la verdad, tú me recuerdas a esas leyendas de mujeres guerreras, de esas mujeres salvajes que atacaban a los hombres sin temor. – El joven se detuvo, mirando la espalda estrecha de la mujer. – Hasta fuiste a la guerra, casi sacrificas tu vida por un rey que no merece ni una sola gota de nuestra sangre.

- Pero regresé y nadie me podrá obligar a volver a servir a ese ejército. – Le dio un vistazo al artillero, sonriendo levemente. – Parece que andan vendiendo algo. – Señaló con la cabeza a la joven mujer con pelo suelto y falda amplia, que sostenía un canasto al lado de su cadera.

- Carmelita debe estar vendiendo sus yerbas o quizá quiera ver a Alain. – La muchacha hizo un gesto con la mano apenas vio a los dos militares, quienes le sonrieron galantemente.

Ella se acercó rápidamente a los dos, parándose derecha cuando Cesar relinchó.

- Buen día, señorita. – Saludó Oscar, la joven correspondiendo.

- Supongo que anda con sus ventas. – Carmela asintió. - ¿Después irá a ver a Diane?

- Por supuesto, Dianita me encargó unos tecitos para su maire, además de irla a saludar. – Contestó la muchacha.

- La saluda de mi parte y le dice que más tarde iré a verla.

- Como su mercé diga, Luchito. – Oscar desvió la mirada, sintiéndose tentada por alejarse y llevar a su caballo de una vez por todas a las caballerizas.

- ¿Y que anda vendiendo? – Preguntó Carrera.

- Chilco, culle colorado, achicoria…se venden bien en las chinganas.

- ¿Por qué? – Intervino curiosa Oscar.

- Además de servir para la fiebre, también sirven para que las mujeres no traigan más cristianos al mundo, las mujeres de la vida alegre, como dice mi taita, pagan bien por ellas, como no tienen tiempo de nadar buscando y tampoco conocen de plantas. – Respondió Carmela, moviendo las bolsitas de tela. – Unas sirven para regular el cuerpo femenino y para el hígado.

- Véndame una bolsa. – Dijo rápido Oscar, buscando una bolsita en las alforjas de Cesar, un monedero que había aprendido a llevar después de que André dejara de ser su sombra día y noche.

- ¿A su mercé? – Luis también se sorprendió, mirando a Oscar con una ceja enarcada.

- Si, a mí, estos días no me he sentido muy bien, creo que me voy a resfriar y usted dijo que esas plantas servían para la fiebre.

- Si su mercé lo dice, le creo. – La miró a los ojos, sosteniendo con firmeza la canasta. - ¿Qué quiere?

- Chilco. – Carmela asintió, buscando entre las bolsitas, tomando una y alcanzando otra, dándoselas a Oscar, quien le dio una brillante moneda de oro.

- No tengo cambio para esto. – Susurró la muchacha.

- Quédeselo, Considérelo un regalo o un pago para el futuro.

- Le di ruda también, recuerde tomarse un tecito de las dos todos los días, va a ver como surte efecto. – La militar la miró como si no entendiera, Carmela asintiendo con suavidad.

Sin siquiera decir otra palabra, Oscar se alejó de los dos jóvenes, apresurándose para entregar a Cesar a un mozo de cuadra para luego ir a su oficina, apretando con fuerza las bolsitas con las yerbas.


Junio, 1812

Le sonrió a su hermano, sin embargo, él se limitó a hacer una mueca, mirándose los pies.

- ¿Sucede algo, Juan? – Preguntó, sentándose en la amplia silla, descansando sus brazos sobre el escritorio, pareciéndole a Juan uno de esos políticos añosos que buscaban su propio bien sin importarle nadie.

- He escuchado unos rumores.

- ¿Rumores? – La voz de José sonó divertida, cosa que irritó profundamente al Carrera mayor, apretando los puños a los lados de su cuerpo, manteniéndose de pie, como un subordinado. - ¿Qué clase de rumores?

- Tú estás intentando apropiarte de todo el poder. – José lo miró incrédulo antes de comenzar a reír, como si las palabras de su hermano fuesen una broma.

- ¿Qué imbecilidades estás diciendo? – Dijo sin parar de reír.

- ¡No es una broma! Te estas convirtiendo en un dictador y yo…yo no dejaré que lo hagas. – La risa de José se apagó, él tratando de comprender las intenciones de su hermano mayor.

- ¿Qué mierda estás diciendo?

- Acusaste a Rozas de ser un megalómano y tú…tú estás siguiendo sus pasos. – José se puso de pie, golpeando con fuerza la madera del escritorio.

- ¿Quién? ¿Quién te metió esas ideas en la cabeza? – Lo vio como si fuese un desconocido, respirando rápidamente. - ¿Acaso te juntaste con esa alimaña de Rozas? ¿Estás tratando de levantarte en mi contra?

- Yo solo dijo lo que he escuchado y visto, no eres el único que quiere la independencia y solo te has concentrado en ver por tus propios intereses.

- Esas no son tus palabras. – Bufó, alzando una mano, intentando calmarse. - ¿La familia de tu mujer nos quiere poner en contra?

- No metas a Ana en esto. – Se paro derecho, como si estuviese listo para asestarle un golpe a su hermano menor. – Si vas a ser un tirano, ¡yo mismo te voy a detener!

- No sabes lo que estas diciendo. – Bufó con rabia contenida. - ¡Sal de aquí, mierda! ¡No te quiero volver a ver nunca más! – Juan solo lo miró fijamente antes de asentir y girarse hacia la puerta, saliendo de la oficina de su hermano sin detenerse.

En su corazón, sabía que estaba en lo cierto y no quería hundirse junto con José.

Oscar corrió a la oficina de Carrera cuando escuchó como los muebles dentro eran tirados con violencia, algunos crujiendo como si se rompieran.

Temiendo lo peor, empujó la puerta, encontrándose con su amigo fuera de sí, pateando una pequeña silla lateral con violencia.

- ¿Qué se supone que haces? – No se acercó, pensando que era demasiado riesgoso para ella enfrentarse a Carrera en ese estado, sin embargo, José se detuvo, dándole la espalda, aunque para Oscar se hizo visible el como los hombros del joven sargento temblaban. - ¿José?

- ¿Querer lo mejor para mi nación es ser un megalómano? Quité a Rozas porque era una escoria, alejé a los Larraín porque deseaban todo el poder para ellos… ¿eso me hace un tirano?

- ¿De qué hablas?

- Mi propia sangre me acusa de querer dominar, de querer tener el poder total en mis manos, ¿acaso no soy quien está promoviendo el periódico y la propagación de las ideas republicanas entre el pueblo? – Se acercó a la ventana, observando la calle que daba directo a la plaza. – Quiero que todos participen, que el país que sueño se establezca con el esfuerzo de todos, con el amor de todos.

- ¿Fue Juan quien vino?

- Mi hermano mayor, el menos inteligente de los cuatro, tan cortas son sus luces que ni siquiera puede pensar por sí mismo; esos que se llaman su familia política lo están poniendo en contra mía, casi puedo adivinar sus deseos, enemistar a los hermanos para dar el golpe de gracia y quedar ellos con el poder, hacer que los hijos de esclavos vuelvan a ser propiedades, que las personas no puedan pensar por sí mismas, que no puedan leer e informarse. – La luz de sol entró de lleno cuando movió las cortinas, iluminando todo. – Mis enemigos trataran de todas formas que Luis también crea esas mentiras y que la gente piense lo peor de mí.

- Pueden desearlo, pero tú debes ser más inteligente, no puedes dejar que vengan y destruyan lo poco que hemos logrado en este tiempo. – Dijo Oscar, acercándose un par de pasos a su amigo. – El sol está demasiado brillante, cierra un poco la cortina, que está iluminando todo y molesta un poco. – José levantó la barbilla, girándose para mirar a la coronel.

- El sol lo ilumina todo. – Dijo. - ¡El sol lo ilumina todo! ¡Eso es, Oscar! ¡Si André no me matase, te besaría, amiga mía!

- ¿De qué hablas? – Se asustó un poco al ver el cambio de ánimo tan extremo de Carrera.

- El sol lo ilumina todo, ricos y pobres, nos hace iguales ¿Qué otra cosa nos hace iguales? – No esperó que Oscar contestase. – El conocimiento, eso hace que hasta el más pobre pueda pensar por sí mismo, eso es lo que haré, hombres y mujeres, sin distinción, educándose, aprendiendo, sabiendo que todos somos iguales, que nadie esta por sobre el otro, para luchar por lo que es justo. – Sus ojos brillaron casi tanto como el sol, recordándole a la militar vagamente al niño que hacía tantos años él había sido. – La luz del conocimiento iluminara a todos y espantara a las tinieblas.

- José…

- Haré lo que dijiste, seré más inteligente que ellos y, de paso, le demostraré a Juan que está equivocado.

Sin decir más, salió de la oficina, dejando a Oscar sola en medio del desastre que él había hecho en un estallido de ira.


Los cinco hombres entraron en la casucha, tan silenciosos como el diablo mismo, observando el interior pobremente iluminado por la luz de la luna llena. Los ojos de Neira brillaron con luz propia al ver la mesita pobremente adornada y el Cristo crucificado de fina manufactura colgado en un muro bruto, desnudo de cualquier pintura o cal.

Hizo una seña para que uno de los hombres, Hilario Rojas, se acercara a la puerta entreabierta que separaba el único dormitorio del resto de la casa. Rojas se acercó en silencio, casi caminando en puntillas, pero cuando al fin pudo entrar en el cuarto, un fuerte golpe en su pierna derecha le dio la bienvenida, rompiendo el hueso de la tibia.

Rojas chilló antes de desmayarse por el dolor, Neira mismo acercándose para darse cuenta de que el dueño de casa estaba de pie, bien despierto, con un garrote en una mano y un chuzo de hierro forjado en la otra, ambas armas siendo empuñadas con fuerza.

- ¿Quién mierda se creen para venir sin invitación? – Reclamó el dueño de casa, tirando el garrote al suelo para agarrar con las dos manos el chuzo, levantando la pesada herramienta por sobre su cabeza.

- Que diosito lo pille confesao, porque aquí usté se murió. – Dijo amenazador Miguel, sacando de su cinto su pistola, sin embargo, el otro hombre se adelantó, dándole un golpe en la cabeza al bandolero, escuchándose el crujido del hueso al romperse gracias al canto del chuzo, una herida profunda abriéndose en la testa de Neira, él cayendo desmayado al lado de Rojas, su cara manchándose con el rojo de su propia sangre.

- ¡Mejor se van de aquí o los mato a toitos! ¡¿Me escucharon hijos de puta?! ¡O los mato! – Volvió a blandir el chuzo, los otros dos hombres sanos apresurándose a entrar y arrastrar a los desmayados fuera, jurando entre dientes volver a matar al valiente e idiota dueño de casa.

Casi una hora después, el grupo logró llegar a donde los bandoleros estaban acampando, Illanes separándose de la fogata que los iluminaba de golpe.

- ¡¿Qué mierda pasó?! – Preguntó mientras ayudaba a bajar a Miguel del caballo.

- El cristiano que tratamos de asaltar casi nos mata, iñor. – Gruñó uno de los sanos, mientras Rojas resollaba en el suelo y Miguel balbuceaba ordenes en medio de su inconciencia.

- ¡Chemimaire! ¡Manden llamar a Rioverde, que venga con toito para coserle la cabeza a Neira y para curarle la pata a este otro imbécil! – Medio gritoneó, un par de mulatos asintiendo para emprender una loca carrera a la casa del curandero que muchos tenían por brujo, uno de los tantos que atendían a los bandoleros sin importar la hora que fuese.

Braulio bufó con rabia.

Apenas Neira se recuperará, él mismo mataría al temerario que no había respetado su autoridad.

Los días de ese cristiano estaban contados.

Después de un largo tiempo, regrese con esto (no es lo que quería, pero estoy satisfecha)

Ahora les dejo para que hagan sus predicciones ¿Oscar logró su cometido? ¿Carmela adivinó? ¿Qué pasará más adelante?

Dejen sus comentarios.

Nos leemos en el próximo capítulo.

(Feliz cumpleaños para Oscarita y feliz Navidad para todos quienes lean esta historia)