- Deja de mirar el camino, muchacha, que ese hombre debe haberte olvidado hace tiempecito. – Gema suspiró mientras se acomodaba su asiento improvisado sobre la mesa, cruzando las piernas, levantando levemente su falda.

- Hacia tanto tiempo que no lo veía, sigue igual, tan caballero y fino. – Sus ojos se perdieron por la puerta abierta de la chingana hasta un arbusto que crecía cerca de la calle.

- Pasó una semana, mocosa, ya deberías olvidar a ese hombre, ni siquiera te miró cuando vino, ese soldado rubio fue quien te miró. – Gema sonrió con tristeza, cerrando los ojos.

- Oscar.

- ¿Qué? ¿Quién es ese Oscar?

- No era un soldado, doña Fernanda, era una mujer…una mujer llamada Oscar. – Contestó. – Manuel me habló de ella y Andresito la llamó mientras estuvo conmigo. – Habló con suavidad, moviendo la cabeza para mirar a la dueña de la chingana. – Ella es a quien Andresito esperó, a quien ama.

- Es una mujer muy hermosa. - Dijo doña Fernanda, mirando el suelo mientras reflexionaba sobre el verdadero sexo del soldado rubio que había bebido como en día de asueto. – Pero parece inalcanzable para los hombres, se viste y se llama como un hombre, quizá tengas suerte y ese Andresito se desilusione de la mujer.

- Pero yo no tengo nada que ofrecer. – Murmuró Gema, pasándose una mano por el pelo, escuchando a unas gallinas cacarear en la calle mientras unos perros ladraban a lo lejos. – Soy una puta y no tengo nada que sea solo mío, ni siquiera la ropa.

- ¡Ay, niñita! Nadie te obligo a trabajar en esto, tú misma quisiste venderte a los hombres y no te ha ido nada mal.

- Es porque aquí o me caso con un hombre que no quiero o me vuelvo monja, sirvienta o puta. – Gruñó con rabia. – Así veo como el hombre que deseo se va detrás de otra.

- No te veo como monja, además, para ser monja, hay que tener dinero, una familia respetable…algo que tú no tenías.

- Esa mujer…esa Oscar…hasta un padre loco tiene, uno que la crío como hombre, uno que la hizo volverse militar…que se la metió por los ojos a Andresito.

- Basta de tonterías, cabra lesa, el corazón quiere lo que quiere, tú no te puedes imponer a los deseos de ese hombre. – Replicó doña Fernanda, poniendo una mano en su cadera, dejando la escoba apoyada en una mesa de coligue y mimbre.

- Pero…pero…

- ¡Pero nada! Ahorita anda al mercado y tráeme unos choclos para el almuerzo. – Mandó, la mujer frunciendo el ceño antes de ponerse de pie, tendiendo una mano para que la dueña de la chingana pusiera un par de monedas.

Refunfuñando, salió de la chingana, maldiciendo una vez más el no poder estar con el hombre que deseaba.


Paula Jaraquemada miró a la joven Rosalie bordar entre suspiros, frunciendo el ceño cuando la muchacha se pinchó un dedo.

- ¿Alguna razón para estar tan distraída? No creo que quieras que tus dedos parezcan alfileteros. – Rosalie se sobresaltó, dándole un vistazo rápido a la dueña de casa antes de regresar a su costura.

- No, señora. – Las ricas telas que cosía se retorcieron en sus dedos cuando escuchó un golpe en la puerta, negándose a levantar la mirada cuando el ayudante del hijo de doña Paula entró con una gran sonrisa iluminando su rostro.

- Los muros de la salita de costura nunca le habían parecido tan poco lustrosos en comparación al brillo de los ojos oscuros del joven Chatelet.

- ¿Alguna noticia importante, Bernard? – Preguntó elegantemente doña Paula, Rosalie observando fijamente sus manos, viendo casi con obstinación la aguja entre sus dedos.

- Una muy buena, señora. – Dijo de buen humor. – Conseguí trabajo en el periódico de Don José Miguel Carrera.

- Pero ¿un trabajo de qué?

- Trabajare redactando artículos junto con Fray Camilo Henríquez, artículos variados, pero siempre centrados en los ideales de una republica independiente, textos que hagan que el pueblo pueda darse cuenta de que necesitan decidir sobre su destino sin el yugo de algún rey o dictador. - Doña Paula cruzó las manos sobre su regazo, asintiendo con suavidad.

- Entonces se irá.

- Así es, Don José dijo que podía quedarme en la casa del periódico, queda cerca de la plaza de armas y podré hacer un mejor trabajo, podré ir al antiguo Palacio de la Real Audiecia. – Explicó. – Hay una pequeña habitación para mí, viviré con Fray Camilo y una anciana que hace los quehaceres en el lugar.

- Lo echaré de menos, Bernard. – Dijo la dama, el joven hombre asintiendo.

- Yo también, doña Paula, a usted y la señorita Rosalie, a ambas las echaré de menos. – La rubia apretó los labios antes de ponerse de pie, saliendo de la salita sin decir una palabra.

Caminó con rapidez por entre los pasillos de la casona, queriendo perderse dentro. Agradeció llegar a su habitación, encerrándose para luego lanzarse sobre la cama, abrazando la almohada con fuerza, humedeciendo la tela con sus lagrimas mientras trataba de ahogar sus gemidos con pena.

Le gustaba demasiado hablar con Bernard, había aprendido de su vida y se había sentido bien poder conocer a alguien como él, inteligente, culto y caballeroso. Le recordaba a André, pero también tenía algo de su adorado señor Oscar, el brillo en sus ojos, como un guerrero, solo que Chatelet parecía querer mantener ese fuego en control absoluto.

En vez de felicitarlo y desearle lo mejor, no pudo evitar sentirse traicionada.

No era lo que había sentido por su adorado señor, era un sentimiento más grande, más asfixiante, algo que no la dejaba dormir de noche y que, en ese preciso momento, le estaba amargando el espíritu.

¿Eso sería algún tipo de amor?


Tosió un poco mientras apretaba las riendas de su caballo, mirando fijamente el camino por donde un coche había enfilado a toda la velocidad que los caballos permitían, como si huyeran de un fantasma o de algún demonio entre los espesos matorrales que se levantaban por los lados del camino.

Con el cuidado que lo caracterizaba, silbó una melodía parecida al canto del zorzal, siendo respondida casi de inmediato por otro trino que reconoció, respondiendo con un par de silbidos hasta que escuchó el relinchar brusco de un par de caballos a la lejanía junto con gritos.

Subiéndose a su caballo, cabalgó hasta que llegó donde sus hombres que apuntaban sus armas a los dueños del coche, él desmontando para sacarse la chupalla, mostrando una cicatriz bastante visible en el nacimiento del pelo, una línea recta, aun fresca, rosada, que mostraba el ataque que había sufrido durante un robo con un mal final.

Escupió el suelo, prometiendo por milésima vez encontrar a quien lo había lastimado para matarlo con sus propias manos. Illanes le dio un vistazo antes de sonreír como niño pequeño, levantando un par de cadenas de oro macizo una más delgada que la otra, pero ambas valiosísimas.

- Mira que buen botín, Miguel, y aun nos faltan revisar los cofres, pero por ahora, puedo asegurar que tendremos comida segura hasta el final del invierno.

- No hables tan fino o los otros se van a burlarse de ti.

- Raquelita me está enseñando. – Murmuró el hombretón, rascándose el puente de la nariz. – Ella dice que es bueno que hable bien.

- Ya, ya, mejor revisemos alforjas y demases, y a esos cristianos mándelos con el creador. – Dijo Neira, indicando a los ocupantes del carruaje, dos hombres que parecían ser mercaderes. – Nos vamos para Curicó. – Dijo con simpleza, caminando entre sus hombres para sentarse en un pedrusco, sobándose con la mano derecha la cicatriz, meneando la cabeza, pues, aunque no quisiera admitirlo, se sentía mareado y el lugar donde le había dado el chuzo le escocía.

Tendría que ir a un médico de verdad a que le revisara donde le dolía.


12 de junio, 1812

- Bernard Chatelet. – Presentó con una enorme sonrisa, pasando un brazo por los hombros del joven. – Nos acompañará a mí y a Camilo en el periódico.

- ¿Sigues con esa idea?

- Por supuesto. – Se mordió el labio inferior antes de continuar. – Camilo ya tiene escritos varios ensayos a publicar en próximo número y Bernard escribirá artículos sobre lo que es la libertad.

- Nunca te había visto tan contento, ni cuando regresaste de España. – La sonrisa de José murió por unos segundos antes de regresar con fuerza.

- Ahhhh, pero que en mi regreso no cumplí uno de mis sueños que es este. – Soltó al joven, caminando hasta la imprenta, mirando las letras móviles.

Oscar observó a Chatelet, frunciendo el ceño cuando percibió el parecido que él joven hombre tenía con André.

- No te preocupes, Bernard, ella es así, desconfiada al principio, pero después veras que es una gran amiga con quien puedes contar. – Dijo José, girándose, jugueteando con un par de tipos de hierro forjado, negros por la tinta usada para imprimir los periódicos.

- Me sorprende un poco que, viniendo de tan lejos y con tanta preparación académica, se dedique a solo trabajar en un periódico. – Carrera se carcajeó al escuchar las palabras de la rubia.

- Es como André, también esta bien preparado, pero tú lo tienes apartado desde niña para que sea tu ayudante o…. – Cerró la boca cuando Oscar lo miró, sus ojos brillando con furia asesina.

- Tenemos que irnos, debes volver a firmar documentos.

- Bueno, es mi deber. – Dijo José, aun sonriendo. – Si Dios lo quiere, pronto podremos hacerlo todos, como una verdadera nación, como una verdadera democracia.

Después de despedirse, salieron de la pequeña casa que albergaba a la Aurora de Chile, dejando atrás a Fray Camilo y a Bernard.

- Acostúmbrate, aquí hay de todo, una mujer criada como un hombre, peones educados como grandes señores, los principios de la igualdad que no todos pueden gozar, pero que muchos deseamos que se puedan alcanzar. – Dijo el fraile antes de ir a la sala. – Voy donde doña Berta, ya es hora de almorzar.

- Bernard se quedó en silencio, pensando en las palabras del fraile.

No sabía dónde se había ido a meter.


Tamborileó los dedos sobre la mesa de su escritorio, suspirando antes de tomar los documentos que José le había pedido que revisara, leyendo uno por uno mientras tomaba notas en un cuaderno, tachando líneas completas antes de reescribirlas.

Manuel suspiró, dejando la pluma sobre la mesa y tirando un montón de bolas de papel al suelo. Se sobó los ojos, murmurando un "adelante" cuando escuchó que golpeaban su puerta.

Un hombre de piel extremadamente blanca, con cabello corto y rizado, entró, sonriendo suavemente.

- Hey, my friend, ¿qué haces tú? – Dijo en un español terrible, con un fuerte acento estadounidense.

- Tratando de escribir el prólogo del reglamento constitucional, Joel. – El hombre se acercó, sentándose con porte elegante en la silla frente al escritorio de Rodríguez, observándolo con sus ojos de un profundo azul oscuro. Joel Roberts Poinsett, enviado especial del presidente James Madison, político y botánico, había hallado en José Miguel Carrera y sus cercanos un nicho de verdadera amistad. En su labor de Cónsul estadounidense, se había acercado al trabajo de Manuel con la intención de ayudarlo a redactar una constitución. Su país natal creía fervientemente en la idea de que los países debían ser republicanos, autónomos, cosa que él también pensaba.

- Yo también debería trabajar en eso, pero…pero... ¿cómo lo dicen ustedes? I can't work hungry. – Rodríguez no comprendió, mirándolo fijamente hasta que Joel señaló su estómago. – Hungry, Manuel.

- Hambriento. – Dijo el abogado, riendo antes de ponerse de pie. – Vamos, te llevare a un lugar donde sirven la mejor comida de todo Santiago. – Le dijo, abriendo la puerta de su oficina para dejarlo pasar antes. – Quizá un poco de aire me haga bien para poder escribir lo que necesito.

- I think I should work with you, Manuel, la política no es trabajo para un solo hombre. – Dijo Poinsett, caminando por el pasillo iluminado por la luz del pobre sol de invierno que trataba de sobreponerse a las nubes.

- Lo sé. – Murmuró.

Pasaron frente a unos guardias, quienes hicieron el respectivo saludo militar, correspondido por un asentimiento de parte del norteamericano.

- Deberías aprender mi lengua, Manuel, podrías acompañarme a mi país cuando regrese o ir a England, Scotland or Ireland, they are really beautiful countries.

- Me gustaría, sería algo bueno para mí.

- José sabe algunas palabras. – Dijo con su acento.

Poinsett se subió a su caballo junto con Manuel, su camarada político y amigo guiándolo por entre las calles llenas de hombres, mujeres y niños; vendedores gritando sus productos, guardias nacionales caminando y vigilando a la población. El cónsul estadounidense observó lo diversificada que era la gente que pululaba en las calles, muy diferente a su país; las capitanías españolas lo habían sorprendido en ese aspecto: negros, blancos, indios, mestizos, todos habitando como si fuese lo más natural del mundo, algunos negros, seguramente esclavos, vestidos con trajes elegantes acompañando a sus amos, quienes hablaban con ellos como si fueran personas comunes y corrientes, los indios caminando con niños pequeños y mujeres blancas. Era como si fuese un día cualquiera en un mundo donde lo único realmente diferente era el nivel social de cada uno.

- ¿Acaso tu país no es así? – Se sobresaltó en su caballo cuando escuchó la voz de Manuel, sin embargo, sonrió levemente antes de contestar.

- No, yo no estoy acostumbrado a ver indios entre gente blanca.

- Una de las pocas cosas que el reino español hizo por nosotros, la reina Isabel la católica estipuló que todos los miembros de su reino fueran tratados de forma igual, que se le diera educación y se respetara su posición, siempre y cuando aceptaran a Cristo en sus corazones, es por eso por lo que ves a tantos indios por aquí, también negros y muchos hijos naturales y legítimos mestizos, mulatos, saltatrás, lobos y muchos más.

- Mi gente no se une a ellos, es…es impossible, somos diferentes. – Manuel enarcó una ceja, sin saber si sonreír o fruncir el ceño.

- Supongo que es porque somos diferentes, es decir, incluso tu religión es diferente a la mía, pero eso no es excusa para no considerarte un amigo. – Detuvo a su caballo y desmontó, Poinsett también deteniéndose para seguir a Rodríguez hasta una pequeña casa escondida entre dos casonas enormes. – La comida es buena y no es demasiado costosa.

- Lo que tú digas, amigo.


Se removió entre sueños, estirando un brazo mientras trataba de mover el otro, sonriendo cuando no pudo hacerlo, escuchando un quejido bajo, su acompañante girándose para abrazarse a su pecho e impedir la huida que, inconscientemente, había presentido.

Murmuró algo incomprensible para luego besar el pelo suave, apenas iluminado por la luz pálida de la luna y las estrellas, suspirando al sentir el roce de las sabanas suaves en su piel.

- Ya es hora de que me vaya a mi cuarto, pronto va a amanecer y debo ir a prepararme. – Susurró, riendo levemente cuando ella apretó su agarre, empujándolo hasta que estuvo de espaldas para recostarse sobre él. – No te comportes como una niña, debo irme para disimular un poco.

- ¿No ves lo cansada que me dejaste? No puedo moverme del lugar donde estoy, así que te tienes que quedar aquí hasta que amanezca. – Contestó ella con voz adormilada.

- Claro, y que alguien me descubra aquí, de esta forma, y me desuellen vivo en el patio principal. – Escuchó la femenina risa cantarina, sabiendo que ella no solía reír así, con tanta calma, como si el mundo exterior no existiese. – Oscar…

- Está bien, para que después no digas que no preocupo de tu salud y bienestar. – Se alejó, sentándose sobre sus rodillas sin molestarse en cubrirse. André la observó, detallando el cabello despeinado y las mejillas levemente sonrojadas, mostrado orgullosa la feminidad que durante el día estaba celosamente oculta.

- Me gusta verte así. – Ella cruzó los brazos sobre el pecho, sonriendo como él lo estaba haciendo.

- Pues, profesor Grandier, debo decir que su figura no tiene nada que envidiarle a un dios griego. – Musitó entre risas, alcanzando una sábana para cubrirse cuando él se sentó también, obligándose a salir de la cama para alcanzar su ropa.

- Si tu padre o tu madre escuchasen lo que hacemos…te encerrarían en un convento y a mí me mandarían a Juan Fernández o peor. – Se sentó en la cama para ponerse los zapatos, enderezándose cuando sintió como ella lo abrazaba por la espalda, apoyando la mejilla en la tela de su camisa, sintiendo el calor tranquilizador de su cuerpo.

- No los dejaría. – Oscar masajeó su carne cubierta, suspirando levemente. – Nadie tiene derecho a tocarte ni castigarte, solo yo puedo, eres mío. – Escuchó una leve carcajada, apretando su agarre.

- Es hora de que te duermas, debes descansar, el día será cansador. – Oscar se separó, cayendo de espaldas en la cama, estirando una mano en un vano intento de encontrar alguna cosa con que cubrirse. – Déjame a mí, los días están refrescando y no es bueno que pases frío, puedes enfermarte. -Susurró mientras la arropaba, evitando mirar sus ojos brillantes y emocionados. – Descansa, debes dormir.

- Dormiría muy bien si te quedaras. – Dijo en voz baja, cerrando los ojos. – Me gusta sentirme así.

- ¿Cómo?

P- or unos minutos, puedo olvidar quien soy, lo que mi padre espera de mí, lo que todos esperan de mí. – Sintió un beso en su frente. – Solo somos tú y yo y se siente realmente bien.

- Creo comprender lo que quieres decir. – Se sentó de nuevo en la cama, escuchándola suspirar antes de girarse en la cama y darle la espalda.

- Llevamos tan poco y ya siento que estoy robando tiempo que no tengo. – Murmuró, percibiendo como André se ponía de pie y salía sigilosamente de la habitación.

Observó el lugar iluminado por la luz plateada de la luna, sabiendo que, como cada noche, le costaría volver a dormir sin el joven Grandier al lado.

A veces se quedaba despierta hasta el amanecer, pensando, analizando la situación en la que se había metido junto con André, pero, al mismo tiempo, debía reconocer que, tarde o temprano, algo entre los dos sucedería, aunque a veces se decía que había apresurado las cosas.

Con un suspiro, se giró nuevamente, cerrando los ojos para conciliar el sueño.

En la mañana debía trabajar temprano.


Bernard puso una mano sobre sus ojos mientras escuchaba a Fray Camilo tararear mientras movía su pluma sobre el papel, él mismo bostezando después de terminar un artículo acerca de los derechos de los ciudadanos.

Se puso de pie para dejar el documento en el escritorio del sacerdote, quien apenas levantó la vista de su propio trabajo.

- Ya contamos con el apoyo de la Junta, pronto el Instituto Nacional será un hecho y no un sueño. – Los ojos pequeños y vivaces del fraile brillaron con alegría, garabateando en otro papel un símbolo, las iniciales de la tan añorada escuela. – No solo se educarán los hijos de los terratenientes, todos podrán hacerlo independiente de su posición económica o su origen social, no se discriminará a nadie, hijos de negros, blancos, indios, todos juntos aprendiendo para hacer de este un país mejor.

- Es algo bueno, pero creo que no todos los padres verán el valor de la educación, Fray Camilo.

- Para eso estamos nosotros, muchacho, de a poco, iremos convenciendo a la población, nadie más que un ser humano educado puede decidir por sí mismo. – Dejó la pluma en el tintero, juntando sus manos para mirar bailar la llama de la lámpara. – Solo así todos serán realmente iguales.

- Lo sé, aunque no creo que los terratenientes quieran enviar a sus hijos a la escuela con los hijos de sus propios peones.

- Conozco un ejemplo cercano, André Grandier, es de orígenes humildes, huérfano, su abuela es la niñera de la casa de la comandante de la Guardia del antiguo Congreso y del Junta Nacional, Oscar de Jarjayes; su padre decidió educar a André, pagando hasta su doctorado.

- Quizá sea un hijo no reconocido del buen hombre. – Murmuró mordaz, caminando por la pequeña oficina que era la redacción de la Aurora de Chile. – Muchos hombres ricos cubren su vergüenza con dinero, mandándolos lejos…

- Ojalá fuera eso. – Dijo el fraile. – René de Jarjayes le hizo a André lo que le hizo a su propia sangre, decidir por él. – Tragó antes de continuar. – Por lo que sé, André llegó al servicio de los Jarjayes cuando era un niño, después de que murieron sus padres, pero desde ese minuto, su vida se convirtió en otra pieza del ajedrez del viejo general, todo para mantener su nombre a flote después de solo haber tenido hembras como hijas. – Levantó la vista para mirar un cuadro de San Camilo de Lelis frente al Cristo crucificado. – Pero volviendo al tema, el ejemplo de André me puede servir para aquellos que crean que las clases inferiores a ellos son menos dotadas intelectualmente, en crear el ideal de igualdad que tanto he anhelado. – Se puso de pie y se acercó a la estantería, paseando sus dedos por encima de los lomos de los libros gastados y añosos. – Ha pasado tanto tiempo desde que entre en el seminario, ¡si te contara de todo lo que he hecho desde entonces! Incluso fui acosado por la Inquisición. – Dijo entre risas.

- ¿Cómo es eso?

¿Tienes tiempo para un par de historias? – Preguntó, regresando a su asiento.

- Por supuesto. – También se sentó, mirando al sacerdote con gesto curioso.

Tenía bastante tiempo para escuchar las peripecias de Fray Camilo.

Al fin un capitulo nuevo.

Voy a tratar de concentrarme más para traer el próximo en un tiempo récord.

- Joel Roberts Poinsett: Político y botánico estadounidense, encargado de viajar por Latinoamérica por encargo del presidente de turno, se quedó un tiempo en Chile, haciéndose amigo cercano de José Miguel Carrera. Contribuyó en la escritura de la primera Constitución Chilena, además de colaborar con la bandera. Es quien recibe a José Miguel Carrera cuando este viaja a E.E.U.U. para conseguir apoyo en la guerra de independencia. Es más famoso por ser quien introdujo la flor de nochebuena desde México a E.E.U.U.

- El Instituto Nacional fue, en principio, un proyecto de Fray Camilo Henriquez publicitado a través de la Aurora de Chile. En 1813 comienza la planeación para establecer el Instituto en el antiguo convento Carolino, siendo fundado el mismo año, sin embargo, los realistas, en 1814, lo cerraron por creerlo un invento descarriado de los subversivos. Finalmente, fue reabierto en 1818, bajo la rectoría del presbítero José Manuel Verdugo.