Capítulo 69.- No hay que dejar rastros (II)

Camino entre Alcalá de Henares y Arganda, Madrid.

21 de Noviembre de 1936

Y otros tiempos y lugares.

«La llegada de las columnas confederales de Barcelona

en los primeros días de la Guerra Civil

no hizo más que reforzar una voluntad revolucionaria

que ya estaba extendida de antemano

entre las clases populares aragonesas.

Aquellos que aún siguen considerando que

la colectivización del campo en Aragón fue forzada

a punta de fusil por las milicias anarquistas catalanas

desconocen estos datos o desprecian

la capacidad de esos 17.000 cenetistas

del medio rural aragonés para hacer

por sí mismos la revolución social»

«Vísperas de la Revolución. El congreso de la CNT (1936)»

Juan Pablo Calero


–¿Dónde está? ¡Dónde! ¡Esto es una cagada!

Alonso permaneció acurrucado en el suelo de la cabina del camión, atento a los gritos de sus atacantes. Un vistazo arriba le mostró un hilo de sangre en la sien del conductor. Muerto, sin duda, el cigarrillo encendido aún entre los dedos sobre el volante. A su lado, mal doblado entre los asientos, el camarada Ramón respiraba deprisa con un tiro en el hombro. Alonso púsose el dedo en los labios y le ordenó silencio.

–¡Tiene que estar delante!

Alonso agarró la pistola del conductor y echó atrás la corredera. Una Astra. Por el peso, seis balas. Tres voces. Siempre eran tres. Esperó a que los pasos sobre el camino a la puerta llegaran. Cuando oyó la manija abrirse, dio una patada con todas sus fuerzas a las placas de metal y soltó dos tiros. Disparos torpes de respuesta. Alonso se lanzó afuera y le acertó en la frente al del subfusil, al caer a tierra. Al de la puerta, aturdido por el golpe, le dio tiempo a tirar una bala desviada. Alonso le pudo apartar arma y mano y le descerrajó un tiro a quemarropa, en el corazón.

Dos tiros le vinieron entonces del otro lado del motor. El segundo le zumbó cerca de la sien, y Alonso pudo volver a tirarse por tierra. Allí, viole al tercero los pies del otro lado de la rueda y de un tiro le abrió el tobillo derecho. De otro, cuando cayó, le atravesó el cuello.

Cuando volvió de los matojos tras comprobar que no había nadie más, encontró al camarada Ramón apoyado contra la rueda derecha, al lado de uno de los cadáveres. Llevaban monos azules oscuros, con el emblema del yugo y las flechas en la solapa. Correajes de cuero negro, tan brillantes como las botas. Alonso no había visto falangistas vestidos así nunca; así y todo, le pareció que alguien en el vestuario del otro Ministerio esmerádose había en vestir de gala a agentes con un sucio trabajo de campo.

–Ha faltado poco –pudo murmurar Ramón–. Perros de la falange...

Alonso asintió, notando cómo la sangre dejaba de hervirle. Se sacó un pañuelo y taponó la herida del muchacho. Los otros milicianos llegaron al poco.

El delegado no había querido irse tras escuchar los tiros.


–No hemoh sabío de él, desde hase máh de dies añoh, iha –parecía lamentarse doña Micaela–. Ni dél, ni de la IreneLarra, la Virgen la ponga en el sielo por traerme al mundo mi Carmensita.

–Yo... Gracias –pudo decir Victoria, decepcionada–. Siento haber provocado tanto alboroto.

Era una habitación de hotel grande, no muy lejos de los estudios Chamartín; en la estancia contigua, abierta de par en par una puerta corredera de biombo, Carmen daba alegre palmas a dos primas pequeñas que, retorciendo las manos y taconeando, seguían los compases que marcaba el señor Chino junto a un nutrido grupo de familiares de al menos doce personas. Celebraban que, al parecer, Carmencita había acabado de rodar. Le habían pedido repetir unos bailes, le habían explicado, que habían rodado hacía ya unos meses. La película se estrenaría pronto, les habían dicho, mas después de ver algunos diálogos sin pies ni cabeza en un olvidado guión, Victoria no estaba segura de qué tipo de historia trataba.

Entre los invitados al hotel se encontraban también los dos gitanos con los que había tenido que enfrentarse. «No zabía quién erah y me dehé llevar por la sirla, perdona. Zin rencoreh», le había estrechado la mano el de la nariz morada. Hechas las paces doña Micaela había accedido a hablar con ella después de que, como Carmen, le hubiera analizado los ojos con las manos en las mejillas.

Tiéh que perdoná al Chino y al Paquito –suspiró doña Micaela–. Creían que podíah zer como loz otroz que andaban buhcándoleh.

–¿Qué quiere decir?

Doña Micaela contó cómo a lo largo de aquellos años varios payos habían pasado por Somorrostro buscándoles, a veces a ellos, a los Amaya, a veces a otros gitanos que estuvieran dispuestos a hablar sobre Padre y sus extraños amigos. Ellos, acordes al trato con IreneLarra, jamás habían revelado ni cuándo habían estado ni cuánto tiempo habían pasado en Somorrostro. «Cuando un gitano dise que cumple, cumple. Y ademáh la IreneLarra bien que meresía el favó».

–Vino una vez una paya mu guapa. Mu lista. Bien leía, bien zeñora. Diho que ze llamaba Amelia Folch. Nora mala. Pero tampoco era güena, ¿mentiendeh?... No le dihimoh , como a loh otroh. El último payo que vino fue hase poco, me contó una prima mía –explicó doña Micaela–. Alto, bien paresío, esho un toro. No ze canzó de preguntá. Me diheron quen loh ohos loh tenía raroh... Que no era como tú ni como yo –se interrumpió para santigüarse–. Eze payo era mu malo, mu malo, mu malo...

–¿Qué quiere decir, doña Micaela?

Loh ohos, siquilla. Mi prima me lo diho. Aquel payo no tenía arma.

Victoria trató de asimilar la información. ¡La mismísima bruja Folch habíalos buscado en Somorrostro! ¿Y qué significaba lo que había dicho del otro hombre? Aquel hombre no tenía alma, había dicho. La gitana sonrió al verla pensativa y le dijo que no pensara tanto, que no podía zer güeno. Que podía quedarse aquella noche con ellos si le placía, y que era hora de alegrarse un poco, pues estaban celebrando. Le ofreció un vaso de vino y tras un rato y llegado el momento Victoria trató de excusarse mas, sintiendo las mejillas encendidas en llamas, la obligaron a bailar cuando le tocó el turno delante de todos mientras le daban palmas.


La noche les había encontrado en el camino un poco antes de Requena. Sin el sexto camión del grupo la gente había tenido que repartirse en los demás, sobrecargándolos; el resultado fue que dos de los vehícullos habían tenido que detenerse para enfriar el motor cada pocos kilómetros y para colmo de males, otros dos habían pinchado tres veces antes siquiera de llegar a Motilla del Palancar. Entre reparaciones y paradas, habían decidido hacer noche en los camiones, sin alejarse demasiado de la carretera nacional. Frente a la hoguera, milicianos y refugiados, pocos varones, muchas mujeres y niños, se repartían en corros o en conversaciones antes de irse a dormir.

El delegado se acercó a Alonso con una taza de caldo el cuál aceptó, pues hacía frío y tenía hambre. Su mirada era tranquila, como las de los otros después de que el camarada Ramón (convertido en héroe con el brazo en cabestrillo) les hubiere contado lo que había hecho en la celada el camarada Jiménez. Si considerábanle fachista o no, no sabía, mas algo le decía que ya no desconfiaban tanto de él.

–Hubieran matado a todos los del cajón –dijo el delegado–. Perros...

En verdad lo hubieran hecho, juzgó Alonso. Agujereado en las lonas, ruedas y ventanas, en todo lo que no habían tomado la precaución de proteger el camión había quedado inservible. Habían dejado los cuerpos desnudos de los asesinos en una cuneta y con manta alrededor hicieron mortaja para llevar al desdichado conductor a Valencia.

Alonso nunca supo su nombre.

Trató de recordar los rostros de los tres hombres del otro Ministerio que había matado.

No pudo.

–¿Puedo preguntarte cómo es tu hija, camarada? –preguntó el delegado.

Alonso se lo quedó mirando sin comprender. El caldo le quemó la lengua y dudó antes de atreverse a contestar.

–No llega a veinte años –resumió–. Morena. Ojos verdes. Muy guapa. Su nombre es Victoria, aunque puede viajar con otro.

–¿Victoria Jiménez?

–Sí.

Se le quedó mirando el delegado un momento, intrigado. Ven camarada, le dijo. Entonces lo llevó a un corro donde otro miliciano con pocos dientes y brazos fibrosos, una manta sobre los hombros, se les quedó mirando antes de acabarse su caldo.

–Dile lo que me has contado, Manuel.

–No pue ser que sea su hija, camarada delegado –protestó el otro.

–Tú díselo, cojones.

Manuel era hombre que venía de Cataluña. Tras pasar tiempo en unidad llamada «columna Durruti», había sido trasladado a acompañar convoyes de abastecimiento por la nacional III a Madrid. No te ofendas camarada, empezó.

–Hay muchachas muy guapas entre los nuestros en la lucha, no muchas, por eso uno se fija, ¿entiendes? En Barcelona, en agosto, aquello era una fiesta... Los rebeldes... Goded, ya sabes, estaban vencidos. Toda la ciudad era nuestra y un grupo de camaradas y yo... Pues íbamos a ver qué se podía conocer... Tú me entiendes...

Alonso se pasó la mano por el bigote, pensativo. El gesto no pasó inadvertido al delegado, que le puso una mano en el hombro. Tranquilo, dijo. Y atento.

–Fuimos a hablar con una muchacha que resultó francesa. Tenía gafas. Se había afiliado a la CNT y llevaba los colores, ¿sabes? Iba con un hombre, pero eso lo supimos después porque al verla la vimos sola. Te juro que no intentábamos nada malo. Sólo fumar unos cigarrillos... Conocernos –explicó el tal Manuel–... El caso es que llegó la otra, la amiga. Y no le gustó. Me dijo que dejáramos a la francesa en paz. Le dije que era una siesa y que todos éramos camaradas y que no íbamos a hacer nada malo. Total que... Discutimos un poco... Y yo le puse la mano en el hombro, para que se calmara... ¡Cálmate niña!, le dije. Y antes de que pudiese darme cuenta... Me había tirado al suelo con la muñeca rota, ¿sabes?

Señaló la muñeca, ya sanada, mientras los otros alrededor se rieron un poco, harta conocida la historia al parecer.

–Mi hija no es francesa, camarada.

–La que me rompió la mano, me dijeron que se llamaba Victoria –explicó el camarada Manuel–. Victoria Jiménez. Era camarada; de la CNT también. Días después nos pedimos disculpas y quedamos en paz, pero han pasao unos meses hasta que se me ha curado la mano. Por eso acabé en los convoyes. Hasta hace poco no podía ni coger un fusil.

Alonso se acercó al tal Manuel y le estudió despacio a la luz y la sombra que daba la hoguera para ver mentira en él. No parecía en verdad ningún agente del otro Ministerio mas, ¿era posible tamaña casualidad? ¿Habíase encontrado a su hija? Aqueso había sucedido en agosto, apenas unos meses atrás... Por lo que le dijeron, los hombres de aquella unidad de la CNT habían quedado apostados en lugar llamado Pina de Ebro, cerca de la Zaragoza tomada por los rebeldes: no habían bajado con el resto de la columna a defender Madrid.

Alonso habíale enseñado a la niña muchas formas de quitarse hombre de encima, entre ellas varias llaves de muñeca. ¿Podría ser ella? Había oído en la Cárcel Modelo que muchas mujeres se habían unido a las milicias, aunque para los presos la explicación era que acababan de meretrices. Amor libre entre comunistas y rojos. Apartó aquesa desagradable idea de su mente.

–¿Cómo era la muchacha que visteis?

Manuel entonces la describió, poniendo especial cuidado en ser respetuoso. Morena, joven, guapa. No me acuerdo de los ojos, pero no eran oscuros.

–Hay algo más –dijo cuando Alonso se alejó de él, en silencio, todavía sin saber si creerle o no–. Cuando me tiró al suelo... Liada con la manta me pareció ver...

–¿Qué?

–Una espada, camarada. La muchacha llevaba una espada con ella. De esas como de las películas de espadachines.


Victoria no pudo dormir aquella noche.

Los Amaya la habían invitado a quedarse en el hotel y ella, agradecida, había aceptado. Al día siguiente marcharía, les informó; no sabía a dónde, pero a encontrar a Padre. Durante horas, en su camastro cerca del de Carmen, dio vueltas y vueltas intentando recordar cada historia, cada recuerdo que Padre había compartido con ella mas, no supo. ¿Dónde hallarle? ¿Dónde? ¿Dónde empezar a buscar?

Entonces se le ocurrió.

El día que conocieron a Jose Antonio y a su hermana Pilar, cuando prometió enseñarla a pelear aún de niña, Padre había dicho que se venía una guerra y que él iba a ella. A la muerte. Que no había lugar seguro y que ella debía alejarse de él.

Quizás, se le ocurrió, para encontrarle debía ir a aquella guerra.


Alonso no pudo dormir aquella noche.

¡Una espada! ¡La espada de Toledo! ¡Tenía que ser ella, Victoria! Mas... ¿Estaría todavía en aquese lugar, Pina de Ebro cuando llegara? El delegado había dicho que no era mal sitio para pasar la guerra. Había mucho refresco en las milicias y la retaguardia quedaba cerca; poca acción y mucha espera.

Mas Victoria no solo enfrentaba a la guerra, maldijo, sino a los hombres que como a él seguro que la buscaban para darle muerte. Había comprendido tarde, después del caldo, por qué el otro Ministerio habíale encontrado en el camino: en la filiación había escrito su nombre falso, José Jiménez, mas... ¡Necio había sido! ¿Cuánto tiempo llevaba sin cambiarlo? ¡Desde antes de la prisión de Cabra! Los hombres de la bruja Folch habrían encontrado en el futuro aquel nombre y... ¡Debía ser más precavido con enemigo tan artero!

No había que dejar rastro. Más espía pensó, debía ser, y menos soldado.

Se lamentó por un momento de que Julián o Pacino no estuvieran con él. O Amelia. La buena Amelia; ella hubiera sabido qué hacer o qué decir. Mas ellos no estaban y a su misión debían aplicarse... Hallábase sólo... Y por mucho que se lamentara de sus errores por lo menos debía aprender de ellos: había de cambiar de nombre y ser más cuidadoso. Antes de dormir concluyó que debía ir a aquese lugar, Pina de Ebro, mas debía hacerlo solo, para no volver a ponerse, ni a él ni a nadie que se encontrara, en peligro de muerte.

Un último pensamiento fue para el pobre conductor, el tiro en la sien, un cigarrillo humeante todavía en sus dedos. No sería, pensó con un escalofrío, el último que moriría en aquella guerra diferente a la que todos estaban ya viviendo.


NdA: Me estoy pasando de la extensión en estos capítulos. A ver si consigo ser más reducido.

Edit: Artero va sin «h». Lo marco en negrita para hacer evidente mi vergüenza :(