Capítulo 70.- Los que luchan y los que miran

8 de Enero de 1936

Hotel cerca de los estudios Chamartín, Madrid.

Y otro tiempos y lugares.

«Fracasado este primer intento,

su objetivo era avanzar por la izquierda

del puerto de Somosierra para tomar las presas

que abastecían de agua Madrid.

Sin agua, la capital estaba perdida.

Una ciudad de un millón de personas no podría resistir sin suministro.

Tomar las presas era asegurarse su rendición en una semana.»

«Rosario Dinamitera: una mujer en el frente»

Carlos Fonseca


Siquilla. ¿Qué hases que no duermeh?

Era Carmen. La miraba tumbada de lado, desde su camastro al otro lado de la habitación. Hablaba bajito y profundo para no despertar a las demás.

–Tengo que encontrar a mi padre –confió Victoria–, mas no sé dónde buscar.

Carmen se la quedó mirando unos segundos, con fijeza. Victoria no supo durante esos instantes si saltaría de la cama para estrangularla o para únicamente hablar, mas supo que en su cama no permanecería. Al instante y con la agilidad de un gato salió de un salto en silencio y se sentó en la suya. Victoria se incorporó lentamente, un poco intimidada.

–Dame –ordenó Carmen, en un susurro.

–¿El... Qué?

–La mano, paya, la mano –arqueó una ceja como si fuese aquello lo más evidente del mundo–. Ti vi a leer la fortuna a ver ónde pué eztar tu paire, porque como sigah dando vuertas y no te duermah, no me duermo yo tampoco en toa la noshe.

Victoria escondió media sonrisa y le ofreció la mano. Carmen a su vez extendió los dedos y encendió una lamparita para ver mejor. Del otro lado de la habitación, una prima se revolvió en su cama aún dormida. Bajó el tono un poco, para no despertarla.

–¿Sabes leer la fortuna?

–No –respondió Carmen, resuelta–. Me quizo enzeñah una tía mía, pero nunca aprendí. Lo mío eh el baile. Como lo tuyo. Tú peleas mu bien, pero pa bailah te farta una miajica práhtica, no te ofendah.

–No me ofendo... ¿Entonces, si no sabes, por qué quieres...?

Shitón paya –dijo Carmen, le pareció a Victoria, con mucha guasa–. La fortuna no la dise la mano. La dise la gitana.


Pacino se ajustó la chaqueta la cual, tras penal canario, rescate de fusilamiento nocturno y huída de hostal a medianoche necesitaba un paseíto por el tinte. Tras atravesar el portal que les había llevado a la calle Preciados, los ruidos de borrachera detrás les habían adelantado que un grupo de cinco personas volvían de lo que debía haber sido una juerga loca con abundante bebercio. De noche, la calle de adoquines sin luz devolvía sonidos del grupo cuando pasó frente a ellos y la sombra más alta aprovechó la coyuntura para, mira tú un par de idiotas, faltarles en plan «esta noche necesito una pelea».

–¡Asquerosos cowardis! –dijo.

Pacino se sintió inmediatamente empujado hacia atrás por el insoportable alientazo a vodka y vio que a Julián, traje de paisano menos comunista que el que había dejado en el hostal, le pasaba lo mismo. Les señaló el gigantón entonces con el dedo, desafiante y más puesto que el Betis. Debía ser americano, apreció Pacino, porque el «cobardes» le había salido con la «w» en vez de la «b» y a pesar de la falta de luz en la calle Preciados, la enorme sombra del guiri y su insulto fuera de lugar dejaban claro como el mediodía que el tipo quería bronca. Supuso Pacino que en un tiempo de gente flaquita y baja, los noventa kilos largos de la mole le habían acostumbrado a don Bigote el Faltón a que todo el mundo le dijera que sí obediente con la cabeza.

Chill the fuck out, Hem –dijo la rubia a su lado, práctica. Le sujetaba un poco, o más bien le daba un punto de apoyo, porque de tener que sujetarlo sin duda la hubiese aplastado hasta llegar al metro –. Sorry folks... Just passing by (*1).

Pacino notó que a su lado a Julián se le ponían los ojos como platos. El grupito de borrachera estaba compuesto, además de la rubia y el barril de vodka tamaño universitario, por otra pareja de extranjeros más tranquilos y morenos y un tipo calvo con cara redonda que se quedó detrás de todos, con pinta de querer irse ya pasando del tema.

Pacino iba a asentir y a seguir calle abajo para evitar líos (ni puta idea de en qué año estaban y lo último que necesitaban era meterse en una bronca), pero Julián al parecer había pensado algo. O igual le había picado el gringo, vaya usted a saber.

Why cowards, you capitalist pile of shit? (*2) –dijo entonces la enfermera.

Todo un diplomático, suspiró Pacino.

El grandullón que ya se estaba yendo dio entonces media vuelta, torpemente, mientras sus acompañantes se llevaban las manos a la cabeza en plan «para que largas, barbas».

–¿Qué haces? ¿Se puede saber qué haces? –le preguntó Pacino a Julián, viendo lo que se venía.

–A este pájaro lo conozco de más viejo de la despedida de soltero de Ortigosa –le contestó por lo bajo mientras se encaraba con Maguila el Gorila–. Es el puto Ernest Hemingway.

El puto Ernest Hemingway se guardaba en ese momento la gafitas en el bolsillo de la chaqueta de cuero y ante las protestas de la rubia, levantó un poco los puños listo para las guascas. El nombre le sonaba a Pacino. Un escritor o algo. El interés de Julián por zurrarse con él, eso sí, se le escapaba. Capitalist pile of shit, que le había llamado. 10/10 quiero ser tu amigui.

You look like Spanish able men –dijo el otro, la voz grave–. And you should be in the front killing fascists! That's why! (*3)

El puño fue lento, y Julián logró encajarlo sin recibirlo del todo porque lo vio venir y se movió al lado. Se sacudió un poco los rizos para rehacerse y aprovechando que el otro se confiaba, le calzó al americano un derechazo a la mandíbula que le dejó exactamente igual.

Bueno no.

A Julián lo dejó sacundíendose la mano cagándose en la puta y al americano sonriendo y con un hilillo de sangre en la comisura de los labios.


(*1) «Tranquilizate, Hem. Lo siento amigos, sólo pasábamos por aquí» (pero con un enfático poco educado)

(*2) «¿Por qué cobardes, capitalista montón de mierda?»

(*3) «Parecéis hombres españoles y sanos. Y deberías estar en el frente matando fascistas. Por eso.»


Victoria no supo qué pensar, mas suspiró y dejó abierta la palma de la mano izquierda, la del corasón, la de «lo que podía pazah», para contentar a Carmen. Por la guasa supuso que sólo quería tranquilizarla, mas... No supo por qué, mas sintió escalofrío.

–Qué ves –no pudo evitar preguntar tras un rato, ante la mirada felina e intensa.

–Nah toavía. ¿Pueh no te he disho que no desih la fortuna?

–¿Entonces por qué...?

Shitón noia. Déhame haséh.

Victoria bufó y trató de ponerle paciencia. Entonces Carmen cerró los ojos y movió los labios sin pronunciar palabra alguna; luego la miró, una luz extraña en su mirada que dejó a Victoria helada.

–Veo una playa. Me creía quera el Somorrostro, pero no... Veo a tu Paire en ella. Tú vah a matar a otra paya –se santiguó–. ¡Le vah a meteh una puñalá en el pesho!

–Eso es el... Futuro...

–No –negó con la cabeza Carmen, casi en trance–... Eh el pasao... En otra vía...

Victoria fue a decir que no podía ser, que cómo sabía... Qué era... Mas Carmen continuó, casi como si por su boca no hablara ella, sino otra persona...

–La línea del Destino la tieneh enroscá en la de la vía –chascó la lengua varias veces, negando–. Ehto no eh güeno. Ehto eh que no pueh zaber ónde vah a ehtar mañana.

Victoria iba a decir que aquellas formas eran cayos de agarrar espada y vizcaína sin guantes para practicar con Padre, mas se detuvo, pues Carmen levantó la mano libre y le puso el dedo en los labios ordenando silencio.

–Veo un hombre alto. Mu guapo... Eh amigo de tu paire. Dél te vah a enamorah... Pero ya hah eztao enamorá anteh. En otra vía. Y tiene un pedaso de...

Victoria sintió que las mejillas se le enrojecían como brasas y la interrumpió.

–Jesús, Carmen... ¿Se puede saber qué...?

–Y veo –otro santiguarse. Una mirada de pánico, sin teatro aquesta vez–. ¡Paya! ¡Aquí veo una guerra! ¡Gente muriendo!

Se la quedó mirando, alarmada. Victoria cerró la mano entonces, mas Carmen la tomó entre las suyas al tiempo que mantenía grave mirada.

–Cuando lah cosah andan revueltah entre payoh, loh gitanoh siempre pagamoh –murmuró–. ¿Eh verdá? ¿Va a haber guerra? ¿Quién ereh, noia? ¿Qué sabeh?

Victoria se sintió atrapada por aquella mirada oscura y asintió al fin con la cabeza, desarmada. Padre me ordenó irme a América, confío Victoria, para estar segura y evitarla.

–La guerra vendrá pronto –resumió–. Es todo lo que sé. Y será terrible.

Carmen asintió, los ojos agarrados en lágrimas.

–Y tú vah allá. A la guerra... ¿Por qué?

Secó las lágrimas de sus mejillas morenas y trató de animarla.

–Sólo sé que debo encontrar a Padre –se encogió de hombros Victoria–. Una misión le fue encomendada, y sólo sé que debo ayudarle. Que es lo... Lo que tengo que hacer.

Asintió Carmen y Victoria no pudo comprender porqué sin saber decir la fortuna, la pobre había visto lo que había visto. Quizás, se le ocurrió, como don Federico el Tiempo encontraba formas en Carmen de una manera no habitual al resto de personas. No encontró falta, en todo caso, en confirmar lo que ya había visto en su mano; los Amaya habían sido amables con ella y si como decía Padre Irene Larra había ayudado a venir al mundo a Carmen, sin duda era porque para el Ministerio, o para el Tiempo, era persona de importancia con un destino que cumplir.

–Yo zolo quería haserte reíh un poco para dormih tranquila, noia... No decih la fortuna... Pero... Tanto dolóh –murmuró–... Lo ziento aquí en el pesho... La zangre y las lágrimah, aquí... ¿América, dises?


Victoria se despidió de los Amaya aquella misma mañana.

Carmencita y doña Micaela quisieron darle dineros, mas ella reusó, pues ya tenía. Tuvo que aceptar, tras mucho insistir y señalarle que rechazar el regalo de un gitano es un mal gesto, un anillo que como Carmen llevaba ella también se puso en el dedo pulgar derecho. El dinero a dónde vas a lo mejor no vale, le dijo.

El oro no lo rechasó nadie nunca.

Los dejó allí, a la puerta del hotel, mientras se montaban en coches hacia la próxima actuación en otra ciudad. Carmen Amaya le dedicó una última sonrisa y el Chino le deseó suerte en la búsqueda de Padre.

Luego se marcharon y quedose de nuevo sola, sin saber qué hacer.

Victoria agarró su bolsa de viaje y decidió entonces caminar sin rumbo por Madrid, pues no había decidido aún cuál iba a ser su siguiente paso. ¿Quizás permanecer? ¿Encontrar habitación en hostal? Se perdió por las calles entre jóvenes vendiendo periódicos, cafetines, y mujeres portando cestas, saliendo de mercados, con su día a día de un lado a otro, observó, su chulapo acento y actitud saliendo en unos; amables y sinceras sonrisas en otros, inadvertidos todos ellos como Carmen el día anterior de todo el mal que se les venía encima sin que nadie, el Tiempo y sus acciones se le antojaron inmisericordes en ese momento, pudiera algo hacer por evitarlo.

Entonces una sensación extraña le vino al pecho y siguió a sus pies como arrastrados por misteriosa fuerza; bajando al sur por calles estrechas en Chamberí oyó el alboroto y al girar la última esquina vio el nuevo portal delante de un grupo de curiosos. Esférico y brillante, el agujero en el aire devolvía la imagen de otras calles mientras varias docenas de curiosos observaban el prodigio extrañados, entre murmuraciones, persignaciones y sorpresa; algunos hallábanse frente a él, otros asomados desde sus balcones.

–¿Qué es eso? –dijo una mujer santiguándose.

–Eso es –dijo un mozo con un saco a sus pies –... Eso es Cuatro Caminos.

–¿Pues no iban a hacer un tú-nel? Eso se-rá.

–Se-ño-ra... Que los túneles van por debajo del sue-lo. No por en-ci-ma.

Se venía calor desde el portal y Victoria supuso que del otro lado sería verano. Se acercó. No se veía a la gente que se intuía a lo lejos, mas pudo oír... Pudo oír...

–¡Necesitamos gente, camaradas! –oyó–. ¡Mujeres y hombres! ¡Afiliáos! ¡Uníos! ¡Alistaos! ¡A las armas! ¡Vamos al norte, a detenerles!

La guerra, comprendió Victoria.

La guerra por fin, estaba del otro lado.

Ante la algarabía y el desconcierto general devolvió a su tiempo a dos mocosos que se habían atrevido a colarse al otro lado; luego cruzó sin hacer caso a lo que oía detrás y al hacerlo, como si la esperara, la esfera de luz se deshizo a sus espaldas. Se quitó el abrigo y lo guardó en la bolsa. Luego encontró el edificio en cuya puerta, subido al techo de una furgoneta, un joven arengaba a la gente arremolinada alrededor. Victoria se había preguntado muchas veces dónde estaría si la guerra por fin la atrapaba, o qué podría hacer en ella. Padre le había contado que en sus años sirviendo al Rey no había visto mujeres en los tercios, mas del convento donde parecían entrar jóvenes para alistarse, vio salir a varias muchachas.

Paró a la última que vio. Morena. Tan joven como ella.

–¿Ahí dentro te apuntas para la guerra?

La otra la miró extrañada un momento y luego asintió, firme.

–Acabo de hacerlo. Mañana nos llevan al frente, a la sierra, a matar facistas.

Victoria asintió y, sin soltar su bolsa, entró. Cuando llegó a un patio interior se encontró perdida ante la multitud de muchachos y de hombres que sin orden ni concierto daban su nombre a grito pelado frente a varias mesas. Aturdida, descubrió que la muchacha de la puerta la había seguido y agarrado del brazo.

–Ven. Si no, te va a llevar todo el día –le dijo–. ¡Ven por aquí! Conozco a alguien.

La llevó a otra mesa en una habitación cercana al patio y tras saltarse varios turnos, la muchacha habló con el que tomaba nombres.

–Victoria Jiménez –dijo Victoria cuando le pidió el nombre.

–¿De dónde?

Dudó.

–De Barcelona –dijo al fin.

–Victoria. Bonito nombre. Yo me llamo Rosario –se presentó la chica, animosa y firme–. Pero todo el mundo me llama Chacha.


Edit: Detalles, detalles, detalles... Puntualizo. Rosario Sánchez Mora se alistó en un centro de las Joventudes Socialistas Unificadas (JSU), llamado (anda mira, causalidad) Aída Lafuente. No fue en Cuatro Caminos. Lo de Chacha empezaron a llamárselo en el frente, no antes. Espero no meter la zarpa más. :) De momento, ruego lo consideréis una licencia sin ánimo de cambiar la historia.