Capítulo 71.- Más periodismo.
8 al 9 de abril de 1937
Inmediaciones del hotel Florida, Madrid.
«La cobardía... Es casi siempre la simple
falta de habilidad para detener el funcionamiento de la imaginación.»
Ernest Hemingway
–I'm starting to think you are not a coward, spaniard –jadeó Hemingway–. You punch like a woman, but you are not a coward. (*1)
Julián fingió intentar levantarse por tercera vez del suelo. Un poco de teatrillo hacía, porque tan fuerte con tantas copas Ernestito no pegaba, pero las mejillas ardían de todos modos por las guascas; aunque casi que prefería que le siguiese calentando, porque darle un puño a aquel bicho le dejaba los nudillos finos a uno. Puta cara de hormigón armado que tenía el hijo de...
–So you are twice wrong then, gringo –sonrió Julián, forzando acento de Monterrey–. I'm not a coward and I'm not a spaniard. (*2)
Julián miró a Pacino y Pacino miró a Julián. El largo, en la oscuridad, se le quedó con gesto de «esto se avisa, hombre», pero oyes. Las oportunidades había que pillarlas al vuelo. Si algo recordaba de su charla con Hemingway en San Fermines era que a Ernestito, como en el chiste, le gustaban los hombres muy hombres, y relacionarse con él algo le decía que les iba a abrir más puertas que un salvoconducto de la misma Junta de Defensa. Por otro lado mejor no pensar demasiado en la posibilidad de que le fuera a recordar, porque en San Fermines desde luego no parecía que lo hubiese hecho; las paradojas temporales no molaban y prefería pensar que después de tantas borracheras el careto de un tío más, pues como que acabaría dándole una verga, güey.
Sobre poner pie en el Florida, ahí ya no había cojones a liarla; mejor no tentar a la suerte.
Ante la mirada sorprendida de Hemingway y sus puños bajados, Julián decidió acabar con el teatrillo. O continuarlo, pero en la siguiente fase.
–Me llamo Juan Cholo y este es mi compañero del Universal, Lando Caricias –resopló, tras escupir algo de sangre–. Somos periodistas, gringo.
Julián sonrió, encontrando que el regusto metálico del labio partido valía la pena ante la mirada asesina de Pacino. Poner como nombre una referencia pop a tu compañero de patrulla, sólo requería un momento de inspiración; tocarle los cojones de manera propia durante el resto de la misión, no tenía precio.
–¿Periodistas? –se sorprendió Hemingway sacándose las gafas.
Luego le tendió la mano y le ayudó a levantarse. Julián se la estrechó, en plan digno.
–Americanos, como usted. Pero nomás que más para el Sur.
Hemingway, divertido y todavía con los ojos rezumando vodka, puso los brazos jamoneros en jarras y empezó a reírse; sus colegas se le acercaron, aliviados quizás con que la paliza terminara.
–¿Señor Caricias? Serás cabronazo –gruñó Pacino por lo bajo mientras los guiris platicaban.
–Aguante vara, largo –gruñó Julián, también en susurros–. Así se recuerda de nosotros y con que nos vean quienes mandan con él mañana o al siguiente, pues como que ya no tenemos que ir mostrando documentos a diestra y siniestra.
–Será «a diestro y siniestro».
–Trabájese más el acento, compadre.
Pacino bufó una vez más y la rubia, visiblemente aliviada porque todo hubiera acabado más o menos bien, invitó a los compañeros periodistas a que se pasaran por el Florida.
Julián observó que al hacerlo, la última mirada había ido dirigida hacia el señor Caricias.
(*1) «Empiezo a pensar que no eres un cobarde, español. Pegas como una mujer, pero no eres un cobarde»
(*2) «Entonces estás equivocado dos veces, gringo. No soy un cobarde y tampoco soy un español»
Se vio sentada dentro de la caja de un camión, rodeada de muchachos.
Frente a ella, animada mas nerviosa, Chacha se frotaba las manos y Victoria no pudo evitar preguntarse los motivos por los que se habría alistado. Se habían interesado en sus nombres ya varios del camión y como no se lo habían preguntado entre ellos, Victoria supuso que la camaradería sería un interés más entre varios. Decidió ser cortés, mas distante, siguiendo el ejemplo de Chacha.
–¿Qué es eso? –le preguntó cabeceando hacia su espada el que se llamaba Andrés.
–Una manta –contestó Victoria.
–Ya sé que es una manta. Me refiero a lo que hay dentro.
–Una espada.
Un par de muchachos del banco de enfrente sonrieron en clara burla.
Victoria bien sabía que una espada no era arma de aquel tiempo. Tal así Padre se lo había ya prevenido; llevarla, además, la ponía en clara diferencia con los otros quienes, antes de subir al camión se las habían requisado, entregado habían las armas de fuego que portaban so pretexto de no poder municionarlas por igual. Sobresalir y además por dos cosas (mujer y espada) no era la mejor manera de empezar con quienes debían, suponía, ser sus iguales; mas que el infierno la llevara si la lograban separar de la espada que le había regalado Padre. Por haberla perdido habían quedado separados. No volvería a ocurrir.
–Si te la ven cuando lleguemos te la van a quitar –previno el chico.
–Tendré que volver a recuperarla entonces.
–No te dejarán.
Victoria se quedó mirando al tal Andrés unos segundos. Las palabras hubiesen sido advertencia y hasta buen consejo si no hubiesen sido dichas con aquel tono aleccionador y presuntuoso. «Yo sé más que tú», decían sin decir. Aunque a Victoria no le gustó, templó su ánimo y se encogió de hombros. Debía tratar de encajar y no buscar pendencias.
–Ya lo veremos.
Al llegar a un pueblo llamado Buitrago de Lozoya, les entregaron mono como uniforme, correajes y un mosquetón. Y a Victoria, mal rayo le partiese al veterano que iba a ser su jefe de pelotón, al vérsela le requisaron la espada.
–No, no, no. No mames. Bájale madre. El Florida no es opción.
Pacino trató de encontrar calma apretándose los ojos con las palmas. No sabía qué le tocaba los cojones más, si el acentito que la enfermera se había sacado de la manga o tener que soportarle en plan jefe-jefazo, órale. O el nombre. Lo del nombre fijo que se lo iba a acabar devolviendo.
Habían encontrado una habitación de hostal cuca (dos camas, tocador con palangana y jarra de loza), no muy lejos de la plaza de Callao donde estaba el Florida y, fíjese usted quién se lo iba a imaginar, la idea de la enfermera después de la pelea no era irse con los guiris sin más. Se estaba limpiando las guasquis de la geta en la palangana con agua y aunque tenía arañazos en una mejilla y el otro pómulo amoratado, la carita de guapo la iba a seguir teniendo por la mañana.
–Dirás que no es opción para tí, que ya has estado –señaló Pacino–. O estarás. A mí no me conoce nadie. Y si no es una opción no veo a qué ha venido la peleilla con John Wayne. Ya has conseguido que la rubia nos invite. Igual ni se acuerdan de nosotros mañana.
Julián se secó y se tragó una pasti en plan tío duro.
–Te invitó más a tí que a mí, güey –señaló. Luego pilló la bolsa de Mary Poppins de donde ya había sacado la pistola futurista y los prismáticos detecta-hombres-invisibles; sacó lo que parecía otra pitillera plateada –. Con la pelea, Ernestito nos ha fichado y no se olvida. Mañana nos dejamos ver como colegas del gremio, pero no por el Florida, no aún –señaló Julián–. Eso para tí, y luego. Antes tenemos que encontrar una manera de avisarnos cuando el relojito nos diga que ha aparecido un portal, porque te recuerdo que el tuyo se lo diste a Alonso.
Pacino asintió. En eso no había caído. Si Julián no podía ir al Florida, quedarían separados. Mierda.
Se acabaron sus esperanzas de cagar sentado.
–La buena noticia –continuó Julián–, es que para el próximo portal deben quedar por los menos un par de días, así que vamos a tener tiempo de maniobra. La mala es que nos va a tocar movernos rápido, por si aca.
–¿Cómo sabes...?
–Porque es lo que me ha venido pasando desde que entré. Dos portales rápidos y uno lento. El más lento me ha llevado diez días. Los rápidos están entre uno y dos. Apuesto por los diez días para este, pero no parecen llevar un orden.
Luego Pacino vio cómo manipulaba la nueva pitillera plateada y le apuntaba con ella. Tras un flash de foto que le dejó medio lelo, siguio tocándola con el dedo.
–Te voy a poner en la documentación que naciste en Monterrey, como yo.
–Ni hablar –protestó Pacino–. El acento mexicano no me sale. Ponme Buenos Aires.
Julián se le quedó mirando como pidiéndole explicaciones y Pacino se encogió de hombros: lo que hay es lo que hay, barbas.
–Bueno, vale –gruñó Julián–. Que luego decís que tengo algo contra los argentinos. Pero atente a las consecuencias.
Entonces le dio a una lucecita en ella y la pitillera escupió un papel largo de la hostia en la que se leía «cédula de nacionalidad». Puta idea de cómo eran las cédulas argentinas en el año 36, pero aquella tenía hasta sellos y firmas de personal consular sobre la cartulina... La pera limonera.
–¿No se suponía que no tenías más chismes de James Bond del futuro dentro de esa puta bolsa, tío? –alucinó Pacino.
–Creo que sé dónde está tu espada –sonrió Chacha.
–Dónde –se animó Victoria.
–Un veterano que es jefe de pelotón, el guapo con poco pelo, me han dicho que se la ha quedado para él.
Asintió Victoria. Conocía de vista al truhán. Tenía que encontrar la manera de quitársela antes de que las llevaran al frente, y ambas sabían que para eso quedaba poco.
A pesar de ser verano las noches en Buitrago eran frías y Victoria se calentó las manos cerca de la estufa encendida. Su unidad, veinte muchachos, tenía asignada una casa vacía donde pernoctaban; mas antes de hacerlo Chacha y ella habían tomado la costumbre de verse en otra que se usaba para reuniones por el día, donde al anochecer nadie quedaba y la estufa de carbón resultaba fácil de encender.
Durante cinco días las habían sometido a algo parecido a una instrucción militar.
Padre habíale explicado muchas veces que el éxito de cualquier ejército se debía en gran parte a la disciplina y a que muchos hombres actuaran como uno sólo; para aquesas milicias la disciplina era inculcada, eso intentaban los mandos, mediante horas y horas de hacerles desfilar bajo el sol y de marchar, mosquetón Mauser al hombro y alpargatas como calzado. Buitrago era pueblo de la sierra con cuestas, repechos y mucho risco y llegado el anochecer Victoria estaba tan cansada y le dolían tanto los pies que apenas era capaz de preocuparse por recuperar su espada. A Chacha y a ella no las habían puesto en el mismo pelotón, mas encontraba Victoria mejor pasar aquellos ratos las dos solas que con los hombres de su unidad; con aquesos, entre los que eran amables pero sobreprotectores, y los que dijeran lo que dijesen sabía no la veían como a una igual, no encontraba paciencia para soportar su compañía durante demasiado tiempo.
Victoria notaba el respeto que se tenían los unos a los otros, incluída a ella; y cierto era que haberse ofrecido voluntarios para arriesgar la vida y ver el momento de hacerlo cada vez más cercano producía alguna vez, comentario o mirada sincera, hermanamiento cierto. Mas Victoria veía morir esos instantes de camaradería cada vez que, sin necesidad, alguno se ofrecía a desatascarle el cerrojo de su vetusto fusil o se quedaba mirando cómo le apretaba en las caderas el mono de miliciana durante las prácticas de tiro.
–No te metas en líos con ese –aconsejó Chacha. Le pasó un trozo de pan–. Un mando es un mando. Y ya te llaman Gitana, ¿lo sabías?
–Dije que venía de Somorrostro –sonrió–. Será por eso.
Ponerle la vizcaína al cuello a un botarate que había intentado esconderle los cartuchos de la práctica de tiro por hacer la gracia, supuso Victoria, quizás también había ayudado al mote.
–No eres de allí, ¿verdad?
–No –aceptó Victoria–, mas ruego no lo comentes. Con Padre viví tiempo en Córdoba. Antes de eso, con Madre en Asturias.
Chacha se la quedó mirando fijamente, a la escasa luz de la estufa. Era Chacha joven morena y de rasgos aniñados y dulces; su sonrisa era sincera y tras la apariencia de fragilidad, ya la había visto reaccionar encendidamente ante algún muchacho demasiado burlón o de pretenciosa actitud. Tras varias conversaciones habíase hecho a la idea Victoria de que la política era importante para su compañera, siendo aquesa la causa de que se hubiese alistado sin dudar. Política...
Los ratos que les dedicaban los comisarios políticos a darles arengas acerca de lo malos que eran los requetés, los soldados y los falangistas del otro lado del frente, fascistas todos, y el necesario papel de las milicias allí para impedirles robar el agua de Madrid, acababan haciendo referencia de manera inevitable a lo que había pasado en Asturias y a sus «mártires», dos años antes.
Más de siete para ella.
Y no parecían, no pudo evitar pensar con un nudo en la garganta, ni siquiera dos.
Antes de poder darse cuenta, entre mordisco y mordisco de pan, Victoria encontrose con los ojos encharcados.
–Por eso estás aquí, ¿verdad? –afirmó Chacha, suavemente–. ¿Qué le pasó a tu madre en Asturias?
–No... Quiero... Hablar de ello...
Antes de que pudiera evitarlo se encontró llorando sobre el hombro de Rosario, pudiendo únicamente pensar en cómo era el rostro de Madre.
NdA: Este finde me temo que sólo dos capítulos.
