Capítulo 72.- El frente del agua

Buitrago de Lozoya, Madrid.

1 de agosto de 1936 (*ver NdA al final)

Y otros sitios y lugares.

«Aquella posición [Cabeza Velayos] era conocida

entre quienes la defendían como "la Peña del Alemán"

(...)

Tomaba su nombre en honor del antifascista alemán Max Solomón,

que había caído gravemente herido en su defensa. La importancia de aquella posición era tal

que si en un mes se habían duplicado los efectivos republicanos en la zona,

hasta sobrepasar los cinco mil hombres, un tercio la guarnecía

(...)

Los fascistas llamaban a su avanzadilla

"el Parapeto de la Muerte"»

«Rosario Dinamitera: una mujer en el frente»

Carlos Fonseca


Victoria decidió recuperar su espada aquesa misma noche, por lo que esperó a más tarde y tras breve sueño se dirigió a la casa del pueblo donde sabía se encontraba el grupo del «guapo con poco pelo». No encontró guardias en la entrada, ni a nadie despierto. Las casas requisadas para los milicianos quedaban francas y Victoria pudo entrar y encontrarse, peste a hombre y ronquidos pausados, a los veinte muchachos del pelotón y a su mando compartiendo suelo de lo que en tiempos habría sido un comedor.

Tardó en la búsqueda entre los bultos pues hubo de indagar despacio y en silencio, hasta hallar la espada no muy lejos de su ladrón. La recuperó entonces cambiándosela por un alargado petate, la tenía liada con una manta y abrazada el muy ladino, y pudo llevársela sin demasiado alboroto; sólo tuvo que enseñar la vizcaína a uno de los muchachos que, desvelado, había abierto los ojos con la mala suerte de hacerlo justo cuando ella pasaba delante. Asintió el joven para volver a cerrarlos sin ganas de problemas, y volvió Victoria a donde su pelotón finalmente a descansar.

A la mañana siguiente, como temían, las llevaban al frente y cuando ya disponían a todos en filas para hacer marcha hasta las trincheras, el ladrón de la espada, picado y al verla, apareció en la plaza y entre las columnas de hombres demandó lo que no era suyo. Victoria así se lo dijo, mas él delante de todos señaló que el mando era él y que no valía réplica. Victoria contestó entonces, alzando más fuerte la voz, que en lo suyo no mandaba nadie y como respuesta, impaciente y rabioso por el atrevimiento, el jefe de pelotón le cruzó la cara con el revés de la mano. Victoria, sin pensar, un huracán en el pecho de fuego y furia, le respondió aplastándole la nariz con la cazoleta de la espada, tirándole por el suelo del golpe.

Durante unos momentos, el silencio entre los milicianos se le hizo eterno y supo, condenado impulso, que había cometido terrible error.

Victoria negó con la cabeza impidiéndoselo cuando vio que Chacha se iba para allá y aguantó firme, esperando empezar pelea con él cuando el guapo con poco pelo se levantó iracundo limpiándose la sangre. Mas no se fue a por ella.

En vez de eso, dos veteranos la agarraron de los brazos y la sacaron de su pelotón.


Siguiendo el plan de Julián, Pacino se pasó por la puerta del Florida a la mañana siguiente. Con algo más de luz y al llegar a Callao pudo ver que (vaya desastre) la Gran Vía estaba jodida no, lo siguiente. Si de obras o no puta idea, pero de boquetes de obús y de cascotes amontonados alrededor de los cráteres estaba a reventar. Daban un poco más de cosa las manchas de sangre por aquí y por allí que un par de tíos con mangueras intentaban hacer desaparecer, colillas de algo parecido a cigarritos en los labios.

Se oyeron entonces una ristra de tiros y explosiones, muy lejanos, que desaparecieron tan rápido como habían venido. Se preguntó, no pudo evitarlo, qué pasaría con la misioncita de los cojones si sus sesos acababan hechos papilla por un obús, para luego apartar el escalofrío decidiéndose a esperar un rato en el hall del hotel, echándose un piti y de paso revisar cómo estaba el ambiente en plan portera. Le pasó unos centimos al repartidor, agarró un ABC para hacer de espía cutre, y lo flipó al descubrir que se había convertido en un «diario republicano de izquierdas». «Un nuevo deber de guerra» se leía tras las primeras páginas de fotografías que destacaban los episodios posteriores a la victoria de Guadalajara. Noticias sobre los distintos frentes... Ostras... En el Doré ponían una peli llamada «Zombie». ¿Ya había pelis de zombies en el 37? (*1)

Revisó apoyado contra una pared cómo estaba el ambiente en el hall. Un par de sillones, mucha conversación... Mucha peña entraba, poca salía. Un par de pilinguis... Otro par. Más pilinguis. Mucho uniforme con una estrella roja en la gorra de plato...

Suspiró con alivio. Nadie se le había quedado mirando, así que si había gente del otro Ministerio debían de esconderse muy bien.

Look what the cat just dragged in...! (*2) –oyó por encima del papel.

Un dedo le bajó el ABC abierto por la mitad para descubrir una sonrisa divertida observándole.

Era la rubia de la noche anterior.

Pero sin Hemingway.

Pacino aprovechó el momento para escanearla sin esconder el gesto, en plan te miro y sabes que te miro. No era un pibón, francamente, pero tenía su aquel; en la cara le recordó un poco a Barbara Stanwick y supuso que aquella pinta de estrella de cine rubia venida de fuera rompería corazones en la España del 37. En fin. Teatrillo tocaba. Lando Caricias, Lando Caricias... Él era Lando Caricias.

La clave del acento güey, le había recordado Julián, era empezar a pensar con el acento.

–¡Qué onda! –contestó Pacino, en su mejor versión del compañero periodista Lando Caricias–. Perdone el quilombo de anoche –prosiguió–. Recién aparecimos en la villa, ¿sabe?

Sonrisa incómoda de ella, y suspiro interior de alivio de Pacino porque podría abandonar la tonada, ¿viste? Iban a tener que chamullar en inglés, porque a la hembra le faltaban idiomas. Llevaba menos de dos semanas en el país, se disculpó ella, y sólo conocía palabras sueltas. Fingió Pacino que le daba cancha y chapurreó un par de frases corteses, a lo que la sonrisa de poco cómoda se convirtió en otra cosa más agradable.

El señor Caricias comenzó entonces el teatrillo. Quería buscar al señor Hemingway para preguntarle dónde estaría luego. Su compañero el señor Cholo quería platicarle; dejarlo suave todo. Asuntos de hombres, vos me entendés. La rubia dijo que el flaco estaba a otros business, pero que le podrían ver más a la tarde. Le preguntó si era de México y él le aclaró que no. Rieron. Argentino trabajando para diario mexicano, comprensible error. Lo del Universal era una changa, nada más, para asistir a su amigo Cholo. Él era de Buenos Aires, che. Su River. Su River que no se lo tocaran.

A esto apareció la otra parejita de morenos de la noche pasada. La rubia se los presentó. Él se llamaba Endre (Andrés, si le costaba) y ella Gerda, aunque a la luz a Pacino ya no le pareció morena. De noche los gatos, que decían. Los pibes llevaban al cuello un par de cámaras de fotos cada uno. Les costó reconocerle, pero cortesmente le saludaron. Parecían nerviosos.

Algo se estaba cociendo, comprendió Pacino, pero no sabía el qué.

Finalmente, acabado el laburo, hizo el gesto de tomársela y así, de casual viste, fingió que se acordaba.

–No me quedé with your name, señorita...

–Gellhorn. Martha Gellhorn.

Gellhorn... No le sonaba. Cuando salió del hotel de vuelta a encontrarse con Julián, Pacino vio a Hemingway meterse en un coche con un militar de barba negra y pinta de ser más cazurro que los quintos del pueblo de Gila.

Entonces volvieron a oírse tiros y explosiones.

Aún lejos, pero más cerca.


(*1) NdA: Debe tratarse de la peli «White Zombie», del año 32. En España al parecer se tituló «La Legión de los hombres sin alma»

(*2) «¡Mira quién está aquí!»


Cuando Victoria ya planeaba cómo quitarse de encima a los mastuerzos que la arrastraban, se encontró que la habían llevado a un despacho en el ayuntamiento, frente al escritorio de un hombre de rasgos redondeados y oscuros cabellos también entre las cejas. Sentado en el quicio de la mesa y junto a él, otro de cerrada barba y gesto más hosco todavía la observaba cruzado de brazos. Tenía en la frente una venda un poco sucia y parecía sacado directamente de una trinchera. Los veteranos dejaron a los tres a solas tras intercambiar palabras con los mandos, y Victoria empezó a planear cómo salir de allí, porque tenía claro que la iban a quitar la espada o a fusilar, sin ser cosas excluyentes. Había una ventana baja tras el escritorio del de una sola ceja; podría intentar saltar por ahí, mas no tenía claro de hacerlo cuánto tardarían en atraparla los cientos de milicianos que andaban por fuera.

–Aquí en el Quinto Rehimiento la dizciplina ez lo primero, compañera. No ze va por ahí atizando a los mandoh –dijo entonces bruscamente el de la venda.

¿Una vista? Un juicio. Una corte marcial, quizás. Padre habíale hablado de ellas como si no guardara grato recuerdo.

–Él empezó –se defendió Victoria.

–Aún azí mal, Hitana –respondió el otro–. Aunque no pareceh hitana –comentó entonces tras mirarla de arriba a abajo.

–No lo soy.

–Te paza como a mí, entonceh. No zoy campecino, pero mira me lo llaman.

Victoria trató de mantener el temple y de ponerse un poco más firme. El de una sola ceja no sabía quien era, pero al Campesino lo conocían todos. Mandaba mucho, decían. Y tenía un carácter de mil demonios, eso también. Era grueso, bajo y fornido y la falta de palabras y las trabas al hablar, aunque sin duda venían de poca lectura, no le quitaban un brillo en los ojos que a Victoria ciertamente intimidó.

–¿Me van a fusilar? –se atrevió a preguntar, por fin, armándose de valor.

El sentado entonces levantó la mirada de un papel y el Campesino parpadeó.

Parecían sorprendidos.

–El veterano de tu pelotón dice que no ha visto a nadie tirar como tú –señaló el de la ceja en un papel–. Ni siquiera en el frente. En tu último día, diez blancos de diez. A trescientos pasos. ¿Quién te enseñó a disparar?

–Mi padre.

–Ah, sí. Tu padre. Tu veterano también dice que no haces más que preguntar por él –añadió–. José Jiménez, ¿verdad? De esos tenemos más de un par, pero no con la edad de ser tu padre... Dime... ¿Por qué te has alistado? ¿Para encontrarle?

Victoria quedose mirándole unos momentos, evaluando decirle o no la verdad. Finalmente decidió que no: los comisarios políticos habían dejado clara la respuesta adecuada a esa pregunta y con ellos también Chacha. Decir que estaba allí con la secreta esperanza de hallar a Padre, no la sacaría del lío.

–Me alisté para defender a la República matando fascistas –contestó con firmeza.

El de la ceja compartió entonces una mirada con el Campesino y le preguntaron entonces que si era comunista o de las juventudes. Ahí Victoria fue sincera y explicó que de ninguna. El Campesino fue entonces al grano.

–Al que hah zumbado eh idiota, compañera. Como tú con eza tontería de ezpada –gruñó–. Pero mira me caeh bien, Hitana. Yo también le zumbé a un sargento en el tersio que me cruzó la cara. Tu edah tendría. Era un poco bruto de hoven.

–¿Un poco bruto? Me dijero que le mataste –recordó el de la ceja, casi con guasa.

–No te creah to lo que oigah, Enrique –puntualizó el Campesino, molesto. Suspiró, quizás picado por la burlona mirada del otro. Luego volvió la vista a Victoria–. A lo que voy... Tirah mu bien p'a ser tan guapa. Pero eze idiota tiene amigoh arriba. Tú me entiendeh. Ademáh, te tenemoh que cahtigah, para que no le dé a todoh loh hombreh por pegarle a loh mandoh porque lo hah esho tú.

–¿Cuál será mi castigo? –comprendió Victoria.

–Puedes elegir. O te quedas aquí comiendo calabozo un mes y luego preparando ranchos –resumió el tal Enrique, práctico–, o te vas a Cabeza Velayos. Aún no hemos subido allí a una mujer, pero nos vendría bien tu puntería. Mata a diez fascistas y lo que acaba de pasar en la plaza se olvida.

Victoria se encontró a la salida del despacho con Chacha.

Su columna había salido ya, mas habíala esperado para asegurarse de su suerte pues, como ella, temía que la hubieran llevado a fusilar.

–Voy a una posición llamada Cabeza Velayos –le informó.

Chacha la abrazó antes de despedirse y desearle suerte.

Había oído que era el parapeto más peligroso de toda la sierra, le dijo.

Al ver a Rosario irse a toda prisa para alcanzar a su columna, Victoria no supo si la volvería a encontrar. Guardó dentro de sí la emoción y se fue con la orden escrita de Enrique Líster a buscar a su nuevo pelotón.


NdA: No he conseguido confirmación de fechas. El libro de Fonseca cuenta que cinco días después de alistarse Rosario se va al frente y deja caer la fecha de alistamiento en torno al 26 de julio (que es cuando el convento de los salesianos al parecer empieza a funcionar como centro de reclutamiento). Ya mencioné que Rosario se alista en el centro de la JSU «Aída LaFuente» y que había modificado un poco las condiciones. En este caso, entiendo que ningún acontecimiento histórico de importancia se ve afectado. No como cuando la cagué vilmente con las fechas de las sacas de Paracuellos en la Cárcel Modelo.

Sólo quiero mencionar que el libro de Fonseca es entretenido (está novelado), pero encuentro que es una fuente de datos terriblemente mala. Me agarro a mis axiomas y a que no he encontrado fuentes que lo contradigan. Más o menos lo que pasó y las fechas están por ahí, pero es todo muy difuso y me falta tiempo para confirmar detalles.