Capítulo 73.- Una cuestión de censura
10 de abril de 1937
Madrid.
Y otros tiempos y lugares.
«Llegó Ernest Hemingway; Hans Kahle, de las Brigadas Internacionales,
le llevó a los campos de batalla de Guadalajara;
con Joris Ivens se lanzó a producir la película Spanish Earh (sic), su secretario,
el ex torero Sidney Franklin, aparecía en todas las oficinas pidiendo permisos,
salvoconductos, gasolina y charlando incansable.
Llegó Martha Gellhorn y Hemingway la presentó en laTelefónica.»
«La forja de un rebelde: La Llama»
Arturo Barea
–¿Dónde fan ustedess? ¿No les había fissto nunca?
Les había detenido una mujer en mitad de un pasillo de la planta cuarta. Acento alemán, pero entonación rara. Era menuda y a pesar de una reciente pérdida de peso que se adivinaba en sus mejillas, aún conservaba aspecto de trincamiento compulsivo de pretzels. Tenía el pelo recogido en un moño y un vestido oscuro bajo la chaqueta de cuero la cual, Julián la había visto otras veces, indicaba relación de algún tipo con militares o milicias. No se le ocurrió otra cosa que hacer, así que se detuvo frente a ella con el papel de su crónica falsa en la mano; antes de que pudiera decir nada, la tipa se la quitó con un gesto brusco.
Mierda, pensó Julián. Primero nos perdemos en el puto edificio de la Telefónica y ahora nos piden los papeles. Al menos tengo a mi lado a Lando Caricias. Juan Cholo no sale de esta con una sonrisa. Sí tío, sí, que dijo Julián sin palabras cuando el Largo le preguntó con la mirada.
Poderío ligón, actívate.
A su lado, Lando Caricias pasó del gesto de qué coño hacemos tío a, che doña... Vamonos a tomar mate vos y yo.
–Este... Buscábamos donde se ponen los cables, relinda –intentó Pacino–. ¿Nos podés indicar? Sería extraordinario.
Una extraña expresión de entre incredulidad y guasa invadió el rostro de la mujer, aunque Julián no supo si era por haber ojeado la crónica o por el intento trasnochado del señor Caricias, al que sólo le había faltado levantar las cejas varias veces y cucar un ojo. Ella no era mayor ni joven y quitando que de estrella de cine poquito, a Julián le recordó un huevo en la forma de mirar a Frau Blücher, de la peli del Jovencito Frankenstein.
Órale. Nos tocó doña bien estirada...
–Ja. Perro ess que essta crrónica no tiene el vissado del sensorr –informó Frau Blücher. Ordenó, más bien. Os falta el sellito, pendejones. No tenéis pinche idea de cómo va esto.
Luego arrebató la crónica que Pacino tenía en la mano y la leyó de pasada, sin cambiar la expresión de desconcierto.
Julián suspiró. El censor. Con eso no contaba. La idea había sido pasarse en la mañana por la Telefónica con crónicas falsas, que les vieran el pelo y, por supuesto, con una excusa u otra acabar no poniendo ningún cable al periódico «el Universal». El problema era que el puto edificio tenía trece plantas más dos de sótano y aquello, con la ofensiva cercana –a la República le había dado por atacar posiciones nacionales en la Casa de Campo, fíjese usted, qué oportuno–, era la pinche Castañeda. Como ya se habían dejado ver entre varios corresponsales y el personal, buscando la salida les había pillado Frau Blücher y aquella sonrisita no indicaba que tuviese ganas de dejarles escapar.
–¿Parra quién disen que esscrriben? Hablan usstedess casstellano.
–Pues somos corresponsales extranjeros, no más. Argentino mi compadre, de México el que le habla. Andábamos, como dicen ustedes por aquí... Despitados. Con todo el lío fuera –se excusó Julián–. Íbamos a darle que es mole de olla, ya me entiende.
Asintió la tipa, con un brillo extraño en los ojos.
–Fengan conmigo. Como sson nuevoss, less prresentarré al senssor.
–¿Cómo te llamas? –le preguntó el mando.
–Victoria. Pero me llaman «Gitana».
Victoria esperó paciente bajo la luz del atardecer, espada y petate a la espalda, Mauser en el hombro, a que el hombre leyera las órdenes de Líster. Había tomado Victoria la precaución de leerlas primero, no fuera a ser que su fusilamiento ordenaran, mas no lo hacían. Pedían su incorporación bajo las órdenes de un tal Max Solomón. «Tirador experto», anotaba como última frase por encima de su firma. A su alrededor los hombres se movían deprisa y con la cabeza baja. Había muchísimos. Monos de miliciano se confundían con ropas de paisano, chaquetas de pana y boinas manchadas de tierra y barro. Rostros cansados y barbas de varios días se la quedaban mirando, sorprendidos ante la recluta recién llegada sin compañía ni pelotón.
–Yo me llamo Max –dijo el mando, seco, con algo de acento en cada «r», pero muy suave–. A mí me llaman «Alemán». Ven.
Victoria le siguió. Solomón era nombre judío y Padre decía a veces, también lo había dicho la pobre Madre en vida, que los judíos mataron a Cristo. Sabía por los comisarios, además, que los alemanes ayudaban al otro bando. ¿Qué hacía un alemán entonces en el suyo? ¿Sería un espía? De serlo muy necios debían ser los jefes del Quinto Regimiento, así que Victoria desechó la idea.
Cabeza Velayos era un cerro coronado en piedra. De la ladera del otro lado, le explicó el Alemán, los fascistas se hacían fuertes y les disparaban fuego de artillería y fusilería. En el promontorio sólo sacos terreros e improvisados muretes de piedra protegían a los que cavaban y a los que con cemento intentaban construir una defensa más sólida. Bajando la loma, una doble línea de trincheras y agujeros de vigía cavados en el suelo, eran lo único que protegía de lo que hubiera loma abajo, entre el bajo monte y sus propios parapetos. El Alemán la llevó hasta un murete, un puesto de tirador, y antes de ordenar a un muchacho dejar libre el puesto, le pidió que indicara la última posición conocida. Señaló entonces una piedra plana que sobresalía un poco de un muro del lado del enemigo y le ordenó a Victoria que disparase a aquesa piedra.
Victoria cargó cartucho y apuntó.
Su vetusto Mauser se iba de izquierdas, así que estimó trescientos pasos, ajustó la mira y tras compensar a derecha, disparó. Aliviada vio como una nubecilla de polvo salió de la piedra; mas el orgullo por no haber fallado de desvaneció pronto ya que, casi inmediatamente, una lluvia de disparos como respuesta les llegó del otro lado haciendo saltar polvo, tierra y esquirlas de grava. El primer impulso de Victoria fue bajar la cabeza, mas el Alemán, sus rectos rasgos impávidos junto a ella, puso mano en su hombro.
–Dispara otra vez.
Comprendió Victoria que comprobar quería si podía hacer lo mismo bajo fuego. Padre prevenídola había muchas veces de que una cosa era disparar tranquila y otra en una batalla, así que tomó aire, como había aprendido, levantó el Mauser y entre las esquirlas de piedra y zumbidos de plomo a su alrededor, con toda la calma que pudo reunir, volvió a apretar el gatillo.
Hizo blanco, mas muy desviado del centro.
Las balas del otro lado, pararon ya que Victoria oyó claramente la voz del enemigo ordenando alto el fuego. ¡Pardiez! ¡Les oía! ¿Pues cuán de cerca estaban?
–No está mal, Gitana. Ve a que te expliquen como van los turnos y descansa –ordenó el Alemán, palmeando su hombro–. Harás guardia esta noche.
–¿De noche? –preguntó Victoria.
–Siempre vienen de noche –repuso taciturno el Alemán–. Casi siempre.
Pacino comprobó al llegar que el censor tenía pinta de beber únicamente café y comer sólo cigarrillos. Su cuello de lápiz parecía demasiado débil para aguantar su cabeza, lo que junto con las ojeras que parecían tirar de él hacia la mesa repleta de legajos, carpetas, informes y ceniceros a rebosar, le daban una pintilla guapa de supertacañón recién afeitado. Después de mirarles en la puerta como si hubiesen insultado a su vieja, che, qué malcriado, su gesto se puso un poco más suave cuando vió con ellos a la alemana. Decía llamarse sseñorra Ilsa.
–¡Qué! –espetó el censor.
–Los caballerross quierren un fissado.
–Que se encargue Luis. O Miguelín. Yo tengo lío.
–Penssé que te gustarría haserrlo a tí –dijo Ilsa, fría.
Y sin darle tiempo a réplica, le puso los papeles delante.
El censor los revisó suspirando hartito, primero uno, después otro. Miró a Ilsa. Ilsa le miró. Miró a Ilsa otra vez, como sin creérselo. Ilsa le devolvió la mirada. Crréetelo chafal. Con la punta del cigarrillo en los labios el pibe dio una larga calada, para luego aplastar la colilla en el cenicero. Luego vino un siseo suave, casi ronco, y el careto de mal café se convirtió en una risotada sincera y descarada, su puta madre, que compartió la Ilsa a su lado mientras se doblaba por la cintura partiéndose el ojete la grandísima cabrona.
Les había traído allí para descojonarse, la hija de la gran puta.
Compartió mirada con Julián, molesto como él, sin acabar de pillar la coña.
–A ver –dijo Juan Cholo, un poco picado–... ¿Pues qué les causó tanto jolgorio?
El censor retomó un poco la compostura, la sonrisa aún en sus labios, y se secó las lágrimas. Ilsa fue a sentarse en el quicio de la mesa a su lado y se encendió un cigarrillo que acto seguido le puso en los labios al jefe. Luego se encendió ella uno subiendo y bajando el pecho un poco, aún descojonándose en silencio, como acordándose de que algo era la monda. Pacino se fijó en que llevaba marca del anillo de casada, pero nada de anillos.
Al pibe risueño, comprobó, con los dedos amarillos de nicotina le pasaba exactamente lo mismo.
«Por dónde empezar», que dijo el censor. Este son una ristra de frases de cuatro palabras separadas por puntos, sonrió. Es como si a un médico se le ocurriese dar la crónica poniendo recetas de medicamentos una delante de otra. Es buenísmo, continuó ante la cara de mal café que se le estaba poniendo a Juan Cholo.
Casi una obra de arte, señaló.
–De cada cinco frases, una empieza con «Y entonces». Hasta ha escrito «balacera» con «v» –alucinó.
Nuevas risas entre la parejita. Pacino movió la cabeza reprobatorio hacia Julián. Balacera con «v», che... Qué patada al diccionario, loco...
«Y este... ¡Oh, este...! », señaló al de Pacino.
Mierda, pensó. Ese es el mío.
–Lo de que no haya una tilde en su sitio, bueno... En un cable, pase. ¡Pero es que todas las formas verbales menos la última están escritas en gerundio! –señaló–. ¿Qué fue antes de periodista? ¿Gendarme en su tierra? ¿Esperan de verdad que en su país publiquen esto?
Y más risas.
Cachondeito entonces con las reiteraciones. De los signos de puntuación, ni hablamos. Estructura estilística... En fin, Pilarín. Se calmó un poco la parejita, para luego Ilsa levantarse y abrirles la puerta.
–Para ser alemana tenés mucha retranca –gruñó Pacino.
–SSoy ausstrriaca –puntualizó Ilsa–. En Ausstrria exisste el ssentido del humorr.
Les sacó hasta la puerta.
–Entonces pasan la censura o no –preguntó picado Julián, dándose media vuelta.
Suspiró el censor.
–No –dijo por fin–. Y créanme. Les hago un favor. Aprendan a escribir primero y luego hablen sólo de los éxitos de la República y de la crueldad de los rebeldes –añadió, como cansado de repente–. Y ni se les ocurra mencionar movimientos de tropas o preparativos que vean. Pueden encontrarse con que en vez de darles un visado, tenemos que llamar para que los detengan.
Ilsa les acompañó a la puerta y dejaron al censor en su despacho de cafés y nicotina. Cuando la cerraron, oyeron otra carcajada detrás. Julián podría haber producido diamantes si le hubiesen puesto una mina de lápiz entre las muelas y en cuanto a él... En fin. Acababa de descubrir que no soportaba nada bien la crítica literaria.
–Debo pedirrless dissculpass –dijo Ilsa acompañándoles por el pasillo, media sonrisa aún–. Arrturro ha tenido díass muy durross y necessitaba algo como essto.
–Ya. La vida del censor debe ser rechingada de compleja –musitó Julián, a malas.
Ilsa le agarró del brazo, el gesto endurecido.
–¡Puess no lo ssabe ussted bien! Cuando de Falencia dan insstrruccioness y la Yunta de Madrid da otrrass opuesstass... Cuando essoss malditoss ssofiéticoss llaman amenasando farriass fecess al día con conssejoss de guerrra como si essto ess ssuyo... ¿Crree que trrabajarr aquí es fásil? –gruñó. Pacino vió cómo los ojos se le encharcaban a la austriaca. No sólo tenía sentido del humor. También algo de sangre–. ¡Tenemoss órrdeness de no rrevelarr cómo esstán de mal las cossass! ¡Tendrríamos que estarr grritando pidiendo ayuda y en ves de esso ssólo podemoss dejarr pasarr notisiass que hablen de trriunfantess fictoriass! ¡Cada ves que Arrturro deja passarr notisia sobrre lo que sse ha sufrrido aquí de verrdad, amenasan con fussilarrle! ¡Si ssólo ssupieran como esstaban de mal las cossas hase ssólo unoss messess...!
Ilsa se calmó y se recompuso el moño. Suspiró. Sacó un papel y escribió una dirección a vuelapluma.
–En esste tallerr de fotogrrafía deben quedarr Leicass empeñadass. Cámarras de fotoss –les aclaró–. Si de verrdad quierren contarr lo que passa aquí, cómprrensse una y hágansse el faforr de dejarr la literraturra parra loss que la ssaben manejarr mejorr. O aprrendan. Tanto me da.
Luego les llevó al ascensor y la muchacha que daba a los botones de las plantas les llevó a la puerta. Allí, en la salida del edificio de la Telefónica, aturrdidoss, se encontraron con dos figuras. Una enorme y otra más flaca y baja, a su lado.
–You! –exclamó Hemingway con una sonrisa bajo el bigote–. You both are coming with me! (*1)
(*1) «¡Vosotros! ¡Vosotros dos venís conmigo!»
NdA: Sí, lo sé. El diario sonoro de Julián Martínez en «Tiempo de valientes» no refleja lo mal que este Julián escribe. Pido paciencia en esto. En «Futuros» mencioné que Amelia escribía los informes porque Pacino y Julián eran un horror redactando. Sigo con ese headcanon, aunque prometo aclararar en el capítulo siguiente el por qué de las diferencias.
NdA2: Arturo Barea e Ilsa Kulcsar en estos meses probablemente hablaban entre ellos en francés o inglés, pero me tomo la licencia de darrle esste asento. Me quedo con las ganas de leer su novela "Telefónica", que no he podido encontrar. Sigo adelante.
