Capítulo 74.- La peña del Alemán (I)
4 de agosto de 1936
Cabeza Velayos, frente del agua.
Norte de Madrid.
Y otros sitios y lugares.
«Now wait a minute, wait a minute, I'm not mad. But I've lived in these islands for a good many years. And I've seen things with my eyes that made me think I was crazy. There's superstition in Haiti that the natives brought here from Africa. Some can be traced back as far as ancient Egypt. And beyond that yet in the countries that were old when Egypt was young»
«White Zombie (1932)»
La primera noche de guardia, aturdida por la responsabilidad de su nuevo puesto, Victoria creyó ver en todo momento encamisada, razia o asalto donde sólo había malas sombras de luna. Por Padre sabía de historias cruentísimas de sus tiempos en Flandes y aunque dudaba de que los hombres al otro lado portaran dagas y estuviesen dispuestos a degollar con la noche, peligro le habían dicho que había y peligro debía esperar. Fue a la segunda noche cuando ella misma se detuvo a pensar si aqueso, degollar, acabaría siendo algo que tuviere que hacer en la guerra. Alistádose había para encontrar a Padre, y aunque encontraba causa justa en los hombres que a su alrededor guardaban puesto –más justa al menos que la de los mismos que habían entrado en Asturias–, matar sólo lo había hecho una vez y llevada por el miedo durante el ataque en el tren que habíales llevado a Cabra hacía muchos años. Pelear bien sabía. Y conocía por Padre por dónde se moría un hombre mas, ¿reuniría el valor para hacerlo de nuevo?
La segunda noche extraña fue. Hubo tiroteo mas no ataque. Un fascista había desertado y los disparos del otro lado habían ido para matarle. Había ocurrido de la otra falda de la loma y Victoria, nadie se lo había dicho, no sabía que se pudiera cambiar de bando de aquesa manera; de haber sido ella quien lo viera, había concluído, ciertamente le hubiese disparado.
La tercera noche estaba siendo de más tranquilidad a pesar de que, en el aire y el silencio, Victoria no podía dejar de pensar que algo grave iba a ocurrir.
–¡Gitana! –susurró el vigía de unos pasos más allá. Mateo se llamaba el joven. O Juan. Un evangelista, en todo caso.
Victoria afinó la vista sin ver. El campo estaba tranquilo.
–¿Dónde? –dijo apuntando el arma.
–¡No! –contestó el otro, sin alzar al voz–. Yo... Quería saber... Si tenías novio.
Victoria aflojó el agarre del arma y recuperada del susto volvió a observar el campo.
–No quiero ser novia tuya.
Había aprendido a ser brusca desde la primera vez que había dicho que no tenía, para luego tener que apartarse al moscón a palos. Mejor dejar las cosas claras. Muchachos bien parecidos había entre los milicianos, mas no encontraba apropiados amoríos cuando lo que había que hacer eran guardias.
–Niña, qué siesa.
–¡Sieso el enemigo! –señaló–. ¡Vigila bien tu sector no vaya a ser que nos degüellen por estar tú pingado!
El otro gruñó algo que a Victoria no le importó porque al poco apareció por detrás, avisando, un camarada del pelotón. El Alemán quería verla abajo en la tienda, le dijo. Victoria asintió, sin comprender.
En la tienda era donde decían que estaban interrogando al desertor.
En la puerta de la Telefónica, Hemingway puso sus brazos en jarras una vez más y tras estrecharles la mano, les presentó a su colega Sydney. Un tío flaco, con la piel alrededor de los ojos tan negra que Julián creyó primero que los tenía morados y luego se le ocurrió que a lo mejor era maquillaje. Pero no. Al parecer era torero y yanki –¿lo qué?–, y los tenía así de fábrica. Julián había esperado irse a un aparte con Hemingway para dejar las cosas como más platicadas, güey, pero el muy cabrón ya había dado el tema de la peleilla por zanjado con la confianza propia de quien, Sydney necesita que le echeis una mano colegas, buscaba mano de obra por la puta cara.
Echadle una mano a Sydney con las cajas y luego os lleva al Old Homestead, que dijo. Y os presento a la pandi, tíos. Me piro que he quedado con un brigadista y luego estoy rodando para un documental. Paz.
Total, que se encontraron Pacino y él en la puerta del Florida junto a un coche cargado de cajas de bebida y, comprobó Julián, papeo. Sydney les dijo entonces –era americano pero le daba al pico que parecía un peluquero–, que el plan era que uno se quedara en el coche siempre, mientras él y el otro iban y volvían a la habitación de Mr. Hemingway para llenarla de supplies. Julián iba a apostar por quedarse en el coche cuando vio que una de las cajas era de la marca de tequila con la que en el 39 iba a ponerse un café con piquete con Julián Besteiro.
Putos viajes en el tiempo de los cojones.
–Quédate en el coche –le pidió a Pacino mientras Sydney iba a hablar con el de recepción.
–Creí que el plan era que no te vieran en el Florida.
–Y lo es. Pero creo que estas botellas las tengo que colocar yo. Tú no sabes dónde las encontraré en 1939.
Lando Caricias asintió y le agarró del brazo antes de que saliera.
–En el baño hay un falso techo –susurró–. Irene escondió allí hace unos años dinero y divisas. Nos vendría bien.
Cuando a través de noche y sombra Victoria entró a la tienda, encontró al Alemán y a cuatro mandos más alrededor del desertor. Tenían al muchacho atado al maśtil central y aunque no tenía marcas de golpes, asustado parecía; una triste vela alumbraba todo con danzantes sombras y bajo ellas observó que los rostros eran graves.
–Dile lo que nos has contado –ordenó el Alemán
–¿Otra vez?
–Las veces que hagan falta.
El muchacho contó que él no era falangista. Que se había afiliado en su pueblo pues su padre andaba en líos con sindicatos. Había visto a otros ser apresados para no volver por menos, así que para que no fueran a por él también se hizo de la Falange en cuanto pudo. A los pocos días le llevaron al frente.
–Cuenta lo del hombre fornido –ordenó el Alemán.
–Hace pocos días vino un jefe de centuria –explicó–. Trajo con él suministros y una ametralladora. Los mandos nos dijeron que buscaba a un hombre. Un tal Jiménez. José Jiménez.
Victoria soportó las miradas de los mandos a su alrededor y quedose frente al muchacho. ¡Padre estaba libre!, fue lo primero que pensó. ¡No era inútil el buscarle si los que los habían encerrado en Cabra le andaban buscando también! Pues... ¿Quién podía buscarle sino los hombres de la bruja? ¿Quizás alguno de sus amigos, como ella? De Padre había oído historias de Irene Larra, de Ernesto Jiménez, Julián Martínez y de ese tal... Pacino. Aunque nunca había descrito a ninguno como hombre fornido.
–¿Lo encontró? ¿Está allí? –preguntó.
Negó el muchacho con la cabeza. Había un Jiménez, pero no era José. El hombre fornido dijo que no era el que buscaba.
–¿Cómo era? –pudo preguntar Victoria antes de que Solomón la sacara de la tienda–. El jefe de centuria. El hombre fornido. ¿Cómo era?
El muchacho se estremeció en un visible escalofrío.
Era alto. Moreno. El pelo con pomada brillante hacia atrás, uniforme impecable. Sus ojos, dijo. Había algo en sus ojos...
–Cada vez que le mirabas a los ojos –explicó–, parecía no tener alma. Daba miedo –confesó–, y no creo ser cobarde. Fue al verle cuando supe que debía irme.
Julián acabó de colocar la última caja dentro de la habitación 109 del Florida. El resultado del curre fue una mezcla entre piso a puntito para mudanza y el estudio bohemio de un escritor, maquina portátil incluida sobre la cómoda para escribir de pie; eso sí, con alcohol y comida suficientes como para aguantar el apocalipsis zombie. Uno que no requería de ritos haitianos ni de burundanga, como el de la peli del día anterior por la tarde.
Aunque la verdad, los pajeros que se habían estado preparando para la gratuita escena en la que la rubia salía en ropa interior, habían sido bastante más rayantes que la trama.
–Pues ya acabamos no más –sonrió amistoso hacia Sydney–. ¿Puedo...? –señaló al aseo.
Sydney se encogió de hombros y se sentó en la cama mientras, sin disimulo, abría una botella de vino y le daba un buen tiento. Una vez dentro, Julián aprovechó la visita para revisar el falso techo del baño y tras un tablón mohoso sacó dos fajos de billetes de cuatro, dejando los otros dos por si aca para luego. Tras comprobar que todo había quedado como estaba, tiró de la cadena y salió con cara de aliviado para darle envidia al torero.
Con media botella de vino ya terminada, el otro se la pasó y se metió a su vez en el aseo.
Julián entonces empezó a abrir cajas y a llenar escondites.
Lo más gracioso de todo era que encontró que no tenía que pensar demasiado en dónde metía cada cosa: lo que dejara era lo que iba a encontrar; lo que ya había encontrado. O no. Igual con las prisas creaba alguna paradoja. A lo mejor, pensó, tenía que haber dejado colocar todo aquello a Pacino. En fin, todo sea por...
… Al dejar la última botella de tequila, encontró en el escondite la nota manuscrita de Irene.
Aquello no lo había encontrado en el año 39.
Durante los segundos en los que Sydney estaba a punto de salir, tras tirar de la cadena, se preguntó, un puto nudo en la garganta, si todas las decisiones trascendentales del puto destino siempre se tenían que tomar con apenas los segundos entre que tarda en oírse la cadena de un water y el instante en el que el tipo de dentro abre la puerta.
–¿Quién es tu padre? ¿Por qué lo buscan del otro lado?
Solomón y otros dos mandos se la quedaron mirando en la oscuridad de fuera de la tienda. Victoria trató de pensar. Lo de los ojos sin alma ya se lo había dicho doña Micaela y descartaba por tanto que el hombre fornido fuera amigo de Padre. Con respecto al Alemán, la anécdota de ese extraño jefe de centuria encerraba algo más que no le habían dicho; o quizás temían que si se buscaba a Padre del otro lado, era porque estaba en el otro bando. Eso la convertía en hija de un fascista, o peor aún, se le ocurrió. En una espía.
Por eso la habían traído allí, comprendió. Querían ver cómo reaccionaba.
–Mi padre no es un fascista. No sé por qué ese jefe de Falange le busca.
Se la quedó mirando Solomón, a los ojos, unos instantes.
–Nadie ha dicho que lo sea, camarada.
–Pero me traen a oír la historia, a ver qué cara pongo. Para ver si soy una espía –respondió veloz Victoria–. No lo soy.
Los mandos se miraron, sorprendidos.
–Y a la vez, algo te escondes –dijo el Alemán–. No sé de la historia de ese jefe de centuria, pero ni me gustan los secretos ni creo en las casualidades. ¿Por qué tu padre es tan importante, niña? ¿Qué puede querer de él la Falange?
Calló Victoria, pues supo que aquel hombre descubriría mentira en ella si acaso la decía. ¿Podría contarle media verdad, acaso? Lo más sensato, concluyó, era nada decir. Solomón en cambio sí fue a ordenar algo; arrestarla quizás o atarla al mástil para interrogarla, mas entonces los primeros tiros se oyeron y los guardias dieron alarma.
Se les venía encima asalto.
NdA: Prometí dar explicación sobre la mala redacción de Pacino y Julián y una explicación os debo... Que no me entra en este capítulo, lo siento. En el siguiente.
