Todos los personajes y la historia pertenecen a JK Rowling.
POV TAURUS MALFOY 25
EN EL CAPÍTULO ANTERIOR
—¿Quién cojones eres tú? —pregunté al joven que parecía tener 16 o 17 años.
UNOS MINUTOS ANTES
—¿Y ahora qué? —me preguntó desesperada Violet —. No podemos pasar donde está mi hermano. Nos llevaría una eternidad...—
—¡Es muy posible que la comadrejita esté en peligro, así que adelántate, cara rajada! —grité para que me escuchara cara rajada. —¡Encontraré una forma de llegar hasta allí y te alcanzaré! ¡Si encuentras a la serpiente, no la mates! ¡La tengo que matar yo! —le ordené.
—¡Hasta dentro de un rato! —oí la voz temblorosa del cuatro ojos y luego sus pasos hacia la dirección opuesta en la que nos encontrábamos.
Me toqué la herida de la ceja. Mi herida no era tan grave como la de Ron, pero sería mejor detener la hemorragia. No requeriría de un hechizo tan potente como Vulnera Sanetur para curarme, con un simple Episkey bastaría.
—Lo primero, es lo primero. ¡EPISKEY! —me apunté con la varita a mi ceja partida. Cicatrizó al instante. —Ahora lo complicado, como aparto estas rocas sin provocar un derrumbe —murmuré pensativo.
—¡Gracias! —oí a Violet.
—¡Nada de gracias! Me debes una. —dije para posteriormente concentrarme en el problema de las rocas. Se me ocurrió una idea algo descabellada—Mmm, esto puede ser peligroso. Lockhart, carga en brazos a la comadreja inconsciente.—
—¿Quién es Lockhart? —dijo Lockhart mirando a todos lados.
—¡Tú, subnormal! —dije apretándome las sienes para calmarme.
—Pues te advierto que soy alérgico a la mayoría de mamíferos. Así que no voy a llevar a cuestas a una comadreja. —dijo cruzándose.
—Grrrr . —gruñí cabreado. Recogí a la comadreja del suelo. —¡Extiende los brazos! —ordené a Lockhart. Por suerte me obedeció sin hacerme preguntas. —¡Toma! —le entregué el cuerpo inconsciente de Weasley. —Violet, es muy posible que se derrumbe más el techo con lo que voy a hacer, pero no se me ocurre otra forma para llegar a tu hermano. Quiero que guíes al imbécil ese a donde caímos de culo por la tubería. No llegará hasta ahí la explosión.—
—¡No me puedes dejar atrás! ¡Quiero luchar contigo y con Harry! —reprochó molesta Violet.
No tenía tiempo ni ganas para sus pataletas
—¡Escúchame! ¡Si vienes conmigo, la comadreja inconsciente estará a solas con este descerebrado! Si los dejamos solos, seguro que acaban muertos. Así que tendrás que jugar el papel de madre y asegurarte que Lockhart no la siga cagando. Cuando acabe con el monstruo, vendré con cara rajada y la mini comadreja al punto que te he indicado. —dije.
—Pero ... —dijo Violet, entristecida.
—¡Nada de peros! ¡Guía al anormal de Lockhart adonde te he dicho! Cuanto más tardes más feas se pondrán las cosas para tu hermano. —dije empezando a impacientarme.
—Está bien. —dijo Violet disgustada. —¡No dejes que mi hermano muera! ¡Y ...!—su cara empezaba a volverse roja.
—Vamos que no tenemos todo el día. —dije apunto de perder la paciencia. Me dio un beso en la mejilla.
—¡NO MUERAS! —gritó Violet cerrando los ojos con fuerza. Rápidamente se giró y se marchó con Lockhart del lugar.
Que rara es. Esperé casi un minuto asegurándome que el trío estuviera ya bastante lejos de mi posición.
—¡BOMBARDA MÁXIMA! —una luz salió de mi varita impactando en el muro de rocas que se había formado delante de mí.
El impacto provocó una gran explosión, las rocas salieron disparadas en todas direcciones. Una me pasó rozando la cabeza. El techo volvió a temblar, corrí como si mi vida dependiera de ello, aunque ciertamente mi vida dependía de ello. Rocas del tamaño de mi cabeza caían por doquier. No sé cómo logré que no me golpeara ninguna, pero lo logré. El único daño recibido, fueron los destrozos a mi túnica.
—Por poco. —suspiré aliviado. El hechizo me agotó más de lo que pensé que lo haría.
Caminé con brío para alcanzar a Potter cuanto antes. Llegué a una sala con dos serpientes talladas con esmeraldas en los ojos. Avancé sin detenerme demasiado a maravillarme por la preciosidad de esas esculturas. La siguiente sala era enorme y apenas iluminada. Altísimas columnas de piedra talladas con serpientes sostenían el techo. Al final de la sala estaba una estatua, tan alta como la misma cámara, que surgía imponente, adosada al muro del fondo. A los pies de la estatua vi tres figuras humanas. Reconocí a Potter y a la mini comadreja, que estaba tumbada y parecía inconsciente. A la tercera figura no la reconocí.
Saqué mi varita y me acerqué a ellos.
—He esperado este momento durante mucho tiempo, Harry Potter —oí a la tercera figura—. Quería verte. Y hablarte.—
—Mira —era la voz de Potter, esta vez—, me parece que no lo has entendido. Estamos en la Cámara de los Secretos. Ya tendremos tiempo de hablar luego.—
—Vamos a hablar ahora —volvió a hablar la tercera figura, y vi como se guardaba en el bolsillo de la túnica una varita.
Perfecto para mi que la haya guardado, si la volvía a sacar le atacaría.
—¿Quién cojones eres tú? —grité desvelando mi posición, con la varita levantada apuntando al extraño adolescente. —¿No querías hablar ahora? ¡Pues habla! —ordené.
—Bueno, ésa es una cuestión interesante —dijo el extraño adolescente con una sonrisa amplia.
Me situé a la altura de Potter
—¿Dónde están mi hermana y Ron? —me preguntó asustado.
—A salvo, no te preocupes. —observé a la mini comadreja que yacía en el suelo, parecía que estaba muerta. —¿Está viva, Potter? —pregunté en un susurro sin dejar de apuntar con la varita al adolescente de 16 o 17 años.
—Sí, pero no por mucho tiempo. O eso ha dicho Tom. —me respondió Potter.
—¿Tom? ¿Quién es Tom?— volví a preguntar.
—Yo soy Tom. Tom Marvolo Riddle. —dijo Tom mirándome con una sonrisa siniestra, parecida a la que me gustaba hacer a mí para intimidar a mis enemigos.
—Ese es el nombre de muggle de Voldemort. —dije pensativo. Potter me miró con los ojos abiertos como platos. El extraño adolescente también me miraba sorprendido. ¿Quién eres? ¿El hijo de Voldemort? ¿Su nieto? ¿Un fan?—le pregunté.
—Antes de contestarte. ¿Quién eres tú? —preguntó Tom mirándome de reojo y a mi varita.
—Aquí las preguntas las hago yo que soy el que está empuñando una varita. Y ni se te ocurra sacar la varita que tienes en el bolsillo de la túnica. O si no lo lamentarás. —le amenacé.
Tom se rió con una risa potente y fría que parecía ajena. Tengo que reconocer que se me erizaron los vellos de los brazos. Tenía una risa aterradora.
