Extra. Séptimo mes
Víspera de Navidad. Apuesto a que todas las familias estaban inmersas en esa sincronía de los preparativos de la cena. A mí ya me dolía la cabeza solo de pensar en cómo Regina estaría lidiando con mi madre que estaría empeñada en prepararles platos saludables para ella y para Eva. Podría apostar que ya habrían discutido de lo lindo.
Llegué a casa cargada de bolsas y ya podía escuchar la discusión.
―No voy a comer eso, punto y final―la voz de Regina sonó alta y clara ―¡No quiero nada de eso para la cena!
―Eva lo necesita, Regina, la comida sana no es ruin.
―Si no es ruin, cómetela tú
Cerré los ojos brevemente y respiré hondo antes de entrar en la cocina.
Regina estaba con cara de pocos amigos en una esquina de la cocina y mi madre en otra.
Mi madre se pasaba de los límites en cuanto a alimentación sana se refería, lo duro era hacer que Regina no se pusiera a discutir por eso. Estos últimos días su humor no era de los mejores, sin contar que cinco minutos a solas con ella se resumían en sexo. No sabía dónde esconderme cuando fuimos a la visita con la doctora y esta preguntó sobre la rutina sexual. Regina fue demasiado detallista y mi única reacción fue ponerme roja como un tomate.
―Buenas tardes, familia―saludé cuando entré en la cocina y ya comenzaban a discutir sobre quién contaba primero lo sucedido.
Dejé las bolsas sobre la mesa y me quedé mirando alternativamente a una y otra hasta que entendiera que yo no iba a hacer ni a decir nada.
―¡No es necesario que digas nada, ya entendí de qué lado estás!―Regina salió de la cocina golpeando fuertemente el suelo
Miré a mi madre, reprendiéndola.
―¿Qué? Es por el bien de Eva, Emma
―Al menos podías relajarte la víspera de Navidad, Regina siempre ha sido cuidadosa con las comidas, y lo sabes.
Mary movió la cabeza concordando.
―Voy a disculparme
Extendía el brazo para impedir que se moviera.
―Hablo yo con ella y la sacó a dar una vuelta.
Subí cautelosamente las escaleras, pensando en la mejor manera de comenzar la conversación con Regina. Sus hormonas la transformaban y cualquier palabra malinterpretada sería una ducha de agua fría en la cena de Navidad.
Entré en el cuarto y vi a Regina acostada de espaldas a la puerta. Antes de poder entrar, la cabeza de Henry asomando por la puerta de su habitación me detuvo.
―¿Mamá está bien?―preguntó susurrando y yo asentí ―¿Papá Noel vendrá todavía después de tantas peleas?
Sonreí y dije que sí
―Claro que sí, Henry, quédate tranquilo―me acerqué a él y le di un beso en la cabeza ―Voy a llevar a mamá a pasear un poquito, ¿puedo contar contigo para recibir a tía Zel y tía Ruby?―él dijo que sí con la cabeza ―¿Y nada de trampas con Anna en los videojuegos, entendido?
―Yo no hago trampas, lo que ocurre es que ella no es igual de buena que yo―intentó justificarse, pero lo miré con los ojos entrecerrados, y se dio por vencido ―Está bien, sin trampas.
―¡Buen chico!―zarandeé su cabello antes de volver con Regina, que seguía en la misma posición.
Me senté en la parte baja de la cama, esperando a que Regina dejara de prestar atención al punto del cuarto donde tenía centrada su mirada, pero nada pasó.
―¿Vamos a dar un vuelta?
―No hay mucho que hacer hoy, está todo cerrado.
―¿Vamos a dar una vuelta?―repetí
Regina finalmente me miró sin entender qué era lo que yo pretendía.
Incluso sin decir nada, se levantó, se puso algo más abrigado y me siguió hasta el coche.
Las calles estaban casi desiertas, poco movimiento de coches y alguna que otra persona por las aceras.
―¿Por qué estamos haciendo esto?
―¿Aún estás nerviosa?
―No
―Entonces está funcionando
Regina esbozó una sonrisa y movió la cabeza de un lado a otro.
Paré el coche frente a una exposición navideña de miniaturas robotizadas.
―¿No hemos traído ya a Henry aquí, no sé, unas diez veces esta semana?―preguntó
―¿Una última vez antes de Navidad, te parece?
Por ser la última noche de exposición, el artista había distribuido pequeños personajes de películas famosas por el escenario, esa era la diferencia con respecto a otras noches.
Fue muy divertido, incluso nos encontramos con Han Solo y la Princesa Leia, una señal de que he hecho lo correcto al traerla aquí, ya que nuestra relación se construyó sobre las famosas frases de la película.
―¿Y? ¿Ha sido tan malo?―pregunté mientras nos dirigíamos de vuelta al coche.
―Ha estado genial, gracias, amor. Lo necesitaba.
Llevé su mano a mis labios y deposité un lento beso.
―Te amo
Regina esbozó una sonrisa.
―Lo sé―respondió con nuestra eterna frase cliché y me dio un beso en la mejilla.
Regina sintonizó en la radio una emisora de música navideña y volvimos a casa cantando al unísono.
Tenía miedo de que mi madre volviera a insistir en la comida saludable cuando llegáramos, pero Mary me sorprendió hasta en eso.
Entramos en la cocina donde todos estaban reunidos y Mary se acercó a Regina llevando en las manos un hermoso pastel de chocolate con una vela del número siete, señalando el séptimo mes de gestación, y el nombre de Eva escrito con fresas.
―Sé que no puedo comprar un pedido de disculpas, pero he hecho un rápido pastel para ayudar―Regina intentó decir algo, pero mi madre se anticipó ―Discúlpame por exagerar, os amo, sois mi familia y…
―Está todo bien, yo también soy testaruda y con estas hormonas a mil, ni se hable―Regina cogió el pastel y lo llevó a la mesa, volvió hacia donde estaba mi madre y cogió su mano, depositándola sobre la barriga ―Eva también agradece el pastel de chocolate, abuela.
No solo mi madre estaba llorando, creo que todos lo hacían, menos Henry y Anna que no entendían nada de todo este batiburrillo de emociones. La armonía prevaleció hasta el punto de que las dos no se despegaron la una de la otra, fue como si Mary se hubiese vuelto la guardiana de Eva y se derretía cuando la notaba moverse. Era imposible no enamorarse de nuestra familia.
