Yu-Gi-Oh! NO me pertenece ni sus personajes; es de la propiedad de Kazuki Takahashi. La ideología de esta historia, al igual que los O.C's de mi autoría, SI me pertenecen.
Curiosidades: La moneda fue inventada por los romanos, por lo que antes de ello los egipcios ejercían su pago mediante trueques (ejemplo: una gallina equivalía a dos bolsas de trigo; una oveja a cuatro... etcétera)
Capítulo II: Valorada en veinticinco ~Passé
Oía voces.
Bueno... más que voces eran ecos perdidos, como si un conjunto de personas se hubieran puesto a discutir en las profundidades de alguna enorme gruta, generando un ruido lastímero que perforaba sus oídos. Aunque no podía ver nada, tenía la sensación de que todo le daba vueltas al igual que aquella vez que subió a uno de esos juegos del parque de diversiones que te hacía girar sobre tu mismo eje una y otra vez, hasta confundir el suelo del piso.
Era desagradable.
Hizo un esfuerzo por despegar sus párpados, queriendo hacer uso de otro de sus sentidos además de la audición. Sin embargo, el minúsculo movimiento de sus músculos faciales trabajando en equipo para abrir sus ojos, le arrancó un quejido de dolor.
―Creo que está funcionando...
«¿Qué...?»
Apenas si pudo entender esa oración perdida entre tanto palabrerío sin sentido de fondo, cuando de la nada una ténue luz amarillenta comenzó a nacer en la lejanía, como si la llamara. El vaivén inconfundible del mareo aumentó, lo que le generó las inconfundibles náuseas que darían paso al vómito.
Y de pronto, un choque helado sacudió su cuerpo entero abruptamente, lo que la hizo jadear hasta el punto de romper en fuertes tosidas.
―¡¿Estás loco?
―Era eso o que siguiera inconsciente. ¿Acaso despertó gracias a tus hierbas aromáticas?
Anzu se había erguido sobre el suave montón de fardo. Entre lágrimas de irritación, trató de controlar la impulsiva tos que no le permitía respirar más que entre hipidos perdidos, obnubilando su mirada. Todas las sensaciones anteriores habían desaparecido, dejando a su paso la abrupta realidad: un ambiente caliente y seco.
―Regresaste su alma al cuerpo de una manera que hasta los dioses hubieran considerado insultante. ―replicó la voz femenina del principio. Unos golpes algo bruscos en su espalda calmaron un poco la agonía de la castaña ―Ya está, fue sólo un baño instantáneo.
Fue entonces cuando sus iris hicieron el primer contacto visual desde su despertar, con un par de orbes doradas acunándola con precisión. Una capa gruesa de pestañas oscuras y curvas combinanaban con la piel arena de su rostro redondeado, agrandando su mirada curiosa y jovial. Anzu se quedó sin aliento en cuanto su examen pasó desde sus perfiladas cejas hacia arriba: su pelo ceniza era tan corto que se adhería a su cuero cabelludo en la danza característica de las ondas, dándole un aire duro a aquella muchacha de ceño fruncido y facciones dulces; una contradicción de lo más peculiar.
Abrió la boca para hacer su primera pregunta, todavía bajo el encantamiento de la genuina belleza poco femenina de su acompañante, pero una segunda voz se le adelantó.
―Bien, ¿y ahora qué?
La chica se giró con cara de pocos amigos hasta el hombre de complexión pequeña, y después se puso de pie. Le sacaba una cabeza de alto.
―Y ahora hay que acondicionarla para llevarla hasta donde Belalí, y que la vea. ―dejó a un lado un plato con varias hojas encendidas que aparentemente tenía en su mano desde antes de su despertar, y la miró ―Niña, ¿dónde está tu marca?
Anzu entreabrió sus labios, sintiéndose atontada y perdida: ¿en dónde diablos estaba? Hizo un esfuerzo por rememorar sus últimos instantes consciente, sin tener tiempo a ubicarse en ningún sitio pues rápidamente fue interrumpida.
―Te hicieron una pregunta, estúpida. ―a la castaña le resultó de lo más irritante la voz rasposa de aquel sujeto. Apretó los dientes tras el claro insulto.
―Cierra la boca Dimitri, o juro que te arrancaré la lengua. ―En ese momento, Anzu cayó en cuenta de la diferencia de tamaño entre el pobre diablo a su izquierda, y la espalda, brazos y manos grandes de la chica a su derecha. Si bien él parecía de verdadera clase alta vestido con aquellos ropajes visiblemente caros, los trapos sucios que la fémina traía puestos no eran de trascendencia alguna debido a su porte fuerte e intimidante ―No tengo todo el día. Tu marca y tu nombre.
Aquello no pintaba bien... nada bien. De hecho, ella sospechaba que estaba metida en un apuro, y lo peor era que no tenía idea de cómo salir de allí. No conocía a esas personas, no había pista alguna del sitio en el que se encontraba, no podía entender cómo despertó en esas circunstancias y no en la habitación de su piso en Nueva York.
«Nueva York...»
Un flash que sacudió su centro de equilibrio, la ubicó en su apartamento manteniendo una conmovedora conversación telefónica con su viejo amigo Yugi. Habían charlado sobre la vida, sobre sus verdaderos sentimientos... sobre el faraón. Ella sabía que en algún punto se había dirigido a su comedor y, como si se tratara de un recuerdo perdido, la aparición de aquella ente se materializó en sus memorias, acelerando su corazon.
Le habían ofrecido un trato.. y ella había aceptado, con condición incluída.
«Dios mío...» Se llevó una mano a la cabeza, impactada como nunca antes lo había estado. Una puntada digna de compararse con un fierro hirviente golpeándola de lleno en la frente, le arrebató un gemido doliente y sorprendido. Bajó su palma, valorando el líquido tibio y escarlata que quedó sobre su piel.
Sangre.
Una segunda mano la tomó con brutalidad y tira de ella, cosa que la asusta. La mujer de pelo ceniza se queda boquiabierta admirando sus dedos manchados.
―P-Pero qué... ―no demoró en sujetar su barbilla e inclinarla sin permiso ni delicadeza, contemplando un punto de su cuero cabelludo ―¡¿Por qué tiene eso?
Miró de tal manera al único hombre en el cuartucho, que Anzu creyó que en cualquier momento caería un rayo sobre su cabeza y lo partiría en dos. Traga saliva con dificultad, claramente nerviosa... a ella la violencia no le gustaba en lo absoluto, y era partidaria de evitarla a toda costa siempre que pudiera elegir.
No era el caso.
―¿Eso importa, Neith? ―casi que escupió él. Una sensación de pura alarma asaltó a Anzu cuando una risotada para nada divertida cayó desde la boca de la aludida.
―¿Que si eso importa, preguntas? ―sonriendo de forma macabra, miró a la castaña ―Él pregunta si eso importa, ¿lo escuchaste? ―No le dijo nada a cambio, comenzando a sentir que le costaba respirar... no tenía más opción que sentarse a contemplar el desarrollo de la situación; de su situación. La previa tomada de pelo se terminó en cuanto la curvatura de labios de Neith desaparece, otorgando el lugar a un gesto de lo más severo ―¿No te parece que importa si va a servir en el hogar de nuestro rey, Dimitri?
Masticó el nombre como si estuviera a punto de saltarle encima. Dimitri, por su parte, casi que rechina los dientes antes de hablar.
―Estaba herida cuando la encontré. De hecho, es la primera vez en dos días que parece lúcida. ―hizo una pausa, aparentemente asqueado con el hecho de siquiera tener que dirigirle la mirada a Anzu ―La hallé tirada a su suerte, abandonada al final del valle. Durante los dos jornales próximos a ello, mis subordinados han podido administrarle alimento y agua durante los breves períodos de tiempo en que se intentaba mantener despierta.
La cara de la mujer fue un poema de lo más excepcional, pero no se comparó en absoluto con el semblante de tétrico pasmo que puso Anzu: ¿casi dos días inconsciente?...
―¿Tirada? ―repite atónita la joven en pie ―¿Al final del valle? ―su rostro se tiñó de rojo hasta la punta de las orejas ―¡¿Cómo te atreves a pretender ingresar a una completa extraña al palacio? ¡No sabes ni si tiene familia! ―cinchó del brazo de la mencionada, levantándolo por encima de su cabeza. Sus ojos se desorbitaron ―¡Ni siquiera tiene la maldita marca de esclavo!
Si no hubiera estado ciertamente confundida debido a la mala iluminación de las velas, Anzu hubiera jurado que él temblaba. Aún así le ve levantar la barbilla con altanería, los puños apretados y la mandíbula tensa.
―No dejaré que una mocosa insolente dude de mi trabajo de alta estima. Mi servicio es incuestionable, y mi señor jamás he recibido queja alguna del faraón. ―le echó un vistazo de arriba a abajo ―Ustedes me pidieron una esclava, eso es lo que te traje, y déjame decirte que para el presupuesto inicial que me entregaste, fui muy endeble contigo y esa anciana. Es jóven y además de piel blanca, más que digna para servir a la realeza.
«¿Realeza?... ¿Esclava?» A la ojiazul se le secó la garganta «¿Faraón?...»
―No sabemos siquiera si es una encubierta de parte del enemigo, estúpido.
Hubo un silencio sumamente incómodo, en el que predominó una guerra muda de miradas que lo decían todo. Ya estaba dictado que ella no tenía especial afecto por él y que ,de hecho, la única cosa que sentía eran ganas de estrangularlo... o cortarlo en pequeños trozos. Él aparentaba tener un orgullo inmenso, mas no parecía ser muy valiente.
―No siento más que desprecio al tener que hacer negocios con una... ―la escaneó con arrogancia por tercera vez ―, "mujer". O la aceptas, o me la llevo para someterla a otros... servicios. ―un brillo malicioso relució sobre sus orbes carbón, erizando la piel de Anzu. Eso no le gustó para nada, incluso hasta había gestado una mínima cuota de miedo en su interior.
Neith apretó los labios y posó sus ojos dorados sobre la mojada adolescente de largos cabellos castaños, hundida en el montón de fardo. Barrió su anatomía en un parpadeo, imaginando a qué se refería Dimitri con aquellos "otros servicios": la prostitución. Después de todo, sí... era un ejemplar de lo más peculiar, por no decir que era una muchacha hermosa. Su mano acarició con anhelo el mango de una cuchilla que traía colgada de la cinta que rodeaba su cintura; se reprendió a sí misma por ser tan voluble.
―Tú, ¿cuál es tu nombre?
Anzu pasó a ser el lugar en donde los dos pares de ojos fueron a parar, inquisidores. La tela de la ropa que traía puesta se había pegado a su piel luego del baldazo de agua fría que le habían lanzado, y ahora se sentía asquerosamente caliente.
―Mi... ―se ve obligada a carraspear, con la voz rota por la sequedad. ―, ¿mi nombre?
«Mi nombre es Anzu Mazaki» se dice. Asiente convencida, como si eso le brindara fuerzas.
―Mi nombre es...
Y entonces, se detuvo.
«Mi nombre... mi nombre es Anzu Mazaki» enfatiza por segunda vez, frunciendo el ceño. Abre la boca para enunciarlo, mas las palabras jamás llegan a modularse. Cerró los labios, confusa: sabía su nombre a la perfección -sería una locura pensar que no-, pero era como si su lengua se desconectara de su cerebro en cuanto quería transmitir el mensaje.
Neith se llevó las manos a la cara, ahogando un suspiro frustrado.
―Válgame Ra y todo su séquito. ―murmuró contra la piel de sus palmas ―¿Cómo te hiciste esa herida en la cabeza? ―finalmente agregó ―¿De dónde eres?
Las grandes iris zafiro de Anzu brillaban con el vaivén de la luz amarilla de las velas encendidas, en medio del silencio.
«Soy de Japón... soy de Ciudad Dominó»
Y, como era de esperarse, de su garganta no salió sonido alguno para dar a conocer su respuesta. Las pulsaciones de su corazón de pronto se escuchaban amplificadas en sus oídos, y un sudor nada saludable le perló la espalda erizada.
¿Qué... significaba aquello?
―Yo... no lo sé. ―murmuró, casi que avergonzada con lo inverosímil de la situación. Dimitri torció la boca en un gesto huraño.
―Parece ser que el golpe le arrebató sus memorias. ―cogió el puño de cada una de sus mangas y tiró de ellas, dándole más importancia a las arrugas de sus ropajes que a su veredicto ―Ahora que lo pienso mejor, tienes razón. Sería imprudente vender semejante misterio al cuerpo de esclavos del rey ―Dimitri se relamió ―Te ofreceré otro ejemplar.
Un silbido chilló entre sus dientes delanteros, y rápidamente ingresó un sujeto muy dotado y armado, ubicándose a sus espaldas. Su rostro estaba cubierto por una máscara un poco extraña, lo que restringía el acceso a sus gestos faciales.
―¿Señor?
―Llévatela, Oreth...
―No tan rápido. ―siseó la joven erguida ―¿Cuánto por ella?
Casi que al instante de haber abierto su boca, la mujer supo que entró en un terreno poco seguro para ella: Dimitri sonrió hasta tal punto que se le podía ver uno de sus repugnantes dientes de oro.
―Treinta sacos de trigo. ―Anzu pudo ver el rostro de la otra muchacha empalidecer, como si en vez de eso le hubiera dicho que tenía que viajar al infierno ―¿Qué pasa? ¿Acaso es un costo demasiado elevado para la hija de un mediocre soldado muerto en batalla?
«Oh...» La castaña asumió que una fibra sensible había salido a la luz, y más cuando el guardaespaldas del hombre echó una carcajada. Preocupada sin saber exactamente por qué, esperó la reacción de su receptora, sin éxito alguno; si él buscaba molestarla, había fracasado.
―Hecho.
Dimitri, en cambio, fue quien enfureció hasta calentar la piel de su cuello. Él evidentemente no se esperaba eso.
―¡Ja! Como si tuvieras en tu poder riquezas de tal magnitud. ―Fue el turno de Neith para sonreír socorronamente.
―¿Nos olvidamos de que trabajo para Belalí, y que ella trabaja directamente para nuestro rey, idiota? ―disfruta el insulto zigzagueando en su lengua. Luego añade ―Aunque debo exigir la baja de tu oferta a veinticinco bolsas, debido a que una esclava herida en los próximos días no me servirá de nada.
Él chasqueó la lengua, todavía iracundo.
―Lo mantengo en treinta. Ella aparenta ser extranjera, y los de más allá del valle son más valiosos. ―su sonrisa maliciosa sale a flote ―Esos ojos azules no son muy típicos de apreciar en estas tierras.
¿De verdad estaban negociando para comprarla a ella?
Anzu apretó los puños y se mordió los labios, contando hasta diez ida y vuelta: si empezaba a despotricar ante lo injusto y poco ético de esa... puja sin sentido, sin dudas que Neith le daría la espalda y la dejaría en manos de aquel viejo depravado. Y ella no quería irse con él.
―Vuelvo a rebajarlo a veinticinco... no tiene la marca de esclavo oficial, y tú quisiste vendérmela como tal. ―levantó el mentón con altanería, cruzando los brazos ―Me has dado a una muchacha herida y sin experiencia alguna en nada, Dimitri, y aún y todo me ahorraré la visita de aprobación de Belalí. Es mi última oferta.
El aire en la estancia se sentía tan denso que casi todos contuvieron la respiración, aunque por diferentes motivos: Neith ante la espera, Anzu por la inquietud, y Dimitri de rabia. Él no concebía que una sabandija de veinticinco años estuviese saboteando sus planes, y se sentía insultado.
Ella se las iba a pagar.
―Bien. Quiero mi paga de inmediato.
Ambas féminas soltaron el aire que retenían en sus pulmones luego de que él se girara sobre sus propios talones y saliera de forma aireada de aquella casucha, escoltado por su soldado.
Una vez afuera, Dimitri se acercó a su acomedido y, bajando la voz lo suficiente sólo para que le escuchara él, dijo:
―Manda a dos de tus hombres tan pronto lleguemos al castillo, y que traigan de regreso a esa mujerzuela de piel blanca. ―después añade, casi que con deleite ―Y asegúrate de que desaparezcan de esta vida a la maldita de Neith.
―Levántate. Hay que largarnos de aquí.
Anzu -que tenía la mirada clavada en los tablones de madera que hacían de puerta, por la cual Dimitri había salido segundos antes- se sobresaltó al verse de regreso a la... ¿realidad?
Parpadeó con pesadez, sintiéndose débil y enferma.
―Yo... ¿dónde estoy? ―modula, con la piel de los labios tan tirante y reseca que le duele. Oye a su única acompañante acomodando algunas cosas derredor, claramente concentrada.
―Estamos en Egipto.
Esas palabras... esas tres sencillas y, hasta cierto punto, estúpidas palabras, lograron desatar un conjunto de sensaciones tan aplastantes dentro de sí que por un momento creyó que su estómago había subido hasta su boca, y que su corazón -dicho sea de paso- tomó alojamiento dentro de su cráneo, detrás de su perdido cerebro.
«Estamos en Egipto... estamos en Egipto... en Egipto... Egipto...»
Las manos le tiemblan. Insegura, toma un poco de los hilos secos del pajar en el que su cuerpo se mantuvo apoyado desde que despertó, comprobando que eso no era una proyección... no era como aquella vez que recorrió las calles de los recuerdos perdidos del otro Yugi, en donde ningún aldeano pudo verla ni a ella ni a sus amigos. En resumidas cuentas, para aquel caso ellos podrían haber sido considerados sencillamente como tristes fantasmas, que la gente atravesaba sin problemas y no escuchaba aún si se les gritaba en el oído.
«Pero... aquí puedo sentir la textura de las cosas... puedo sentir el realismo del ambiente...»
El pastizal reseco enredado entre sus dedos se quiebra, raspándole los nudillos. El calor del lugar se pega a ella a través de su húmeda ropa, y Anzu se siente sucia y con la urgencia de tomar una ducha. Era demasiado real como para ser un recuerdo, de eso no cabían dudas.
Sin olvidar el detalle más importante: tres personas le habían dirigido la mirada y hasta incluso dos la palabra; sería estúpido creer que para ellos ella no estaba ahí.
―¿Tengo cara de tener todo el día? ―Neith se había postrado al lado de la puerta, con gesto de pocos amigos. Su poco tacto tambaleó la seguridad de Anzu en cuanto a cómo proseguir, mas juntó fuerzas e intentó ponerse en pie por primera vez.
Para dos segundos después terminar dándose de bruces contra el piso de tierra. El golpe que se dió en el mentón al rebotar le arrebató un gritito doliente: se sentía demasiado endeble para siquiera permanecer erguida.
―Oh, que los dioses me ayuden... ―murmuró la de ojos dorados antes de agacharse a su lado, arrastrando consigo un ruido tintineante que se asimilaba a metal chocando. Pasó su mano por la frente de la joven para barrer el cabello que graciosamente le había tapado el rostro en la caída, y su entrecejo se arrugó: estaba muy caliente ―Estás ardiendo... espectacular. Es claro que no llegaremos al palacio por la mañana, no con esa horrible herida en tu cabeza y tu claro estado de moribunda. ―La sujetó con cero sutileza, pasando uno de sus brazos por debajo de sus hombros, y la alzó hasta situarla en pie. La agónica era un par de pulgadas más baja. ―Ni pienses que haré todo el trabajo. Camina.
Anzu se limita a obedecer. Después de todo, no tiene ganas ni tampoco fuerzas para llevarle la contraria. Da unos perdidos pasos en la dirección que toma Neith, sintiendo la tierra metiéndosele entre los dedos: no traía calzado. En cuanto salen al exterior tras el crujido añejo de la puerta abriéndose, una brisa de noche de verano seco la golpea de lleno. Sus dientes empiezan a castañear, con la ropa fría pegándose a su espalda.
―¿Montas? ―gruñó con esfuerzo su compañera, caminando casi que a tientas. La noche era abismal, y de no verse impedida por su estado físico, a Anzu le hubiera gustado levantar su rostro hacia el cielo nocturno y apreciarlo. A su mente le cuesta procesar la pregunta.
―Quieres decir... ¿a caballo?
Rodó los ojos.
―No, en dragón. ―ironiza entonces, deteniendo su andar frente a un precioso ejemplar blanco de grandes manchas amarillas. Es la primera vez que la muchacha tiene la oportunidad de ver tan de cerca a uno, por lo que se tensa al escucharlo relinchar ―De todas maneras da igual, tenemos sólo uno así que yo seré quien lo dirija.
Dejó que Anzu se apoyara en la pared de madera de la cabaña en la que habían estado previamente y, de un brinco habilidoso, se sentó en la falda del animal. Tras balancear su peso y tomar las correas para manipular a su transportador, extendió su mano libre hacia la chica de los ojos grandes -así es como la había bautizado en su cabeza-.
―Arriba niña, tenemos un buen trecho por recorrer.
No tiene idea de cuánto tiempo pasa desde que dejaron atrás aquella choza, pero para aquel entonces Anzu siente que se había vuelto una dolorosa eternidad. Por cada trote dado sobre las larguísimas dunas -las cuales parecían no tener final-, sus muslos acalambrados suplican piedad. No hubiera imaginado que montar a caballo fuera tan duro.
Por su lado, Neith se concentraba solo en seguir una dirección guiada por el manto de estrellas de la noche, espoleando de vez en cuando a su ejemplar para que no bajase su ritmo de viaje. La castaña estaba tiritando de tal manera que ya le estaba costando mantener los ojos abiertos; cualquiera pensaría que en Egipto el calor reinaría a cualquier hora, y más en medio de sus desiertos... nada tan lejos de la realidad. Fue a abrir su boca para preguntar cuánto faltaba, cuando a lo lejos un resplandor empezó a emerger de entre las montañas de arena. Un par de minutos más tarde, el suelo se volvió más rocoso y un sendero las recibió junto con el eco de las pezuñas apresuradas de su caballo. Una a una, las casas iluminadas por las antorchas externas se dibujaron como manchas poco detalladas que se perdían a sus espaldas, y aunque Anzu de seguro hubiera preferido contemplar sus estructuras antiquísimas, su malestar no hacía más que aumentar.
Entonces, se detuvieron.
Neith brincó al suelo en un golpe seco, sujetando al animal a un poste con una cuerda. Anzu la siguió, trastabillando un par de pasos antes de recomponerse con pocas esperanzas de seguir erguida. Un pitido nace en su oído izquierdo.
―Andando.
No recuerda cuando, pero de pronto se ve apoyando parte de su peso sobre uno de los costados de su nueva compañera, ayudándola a caminar hasta una de las muchas entradas. El zumbido se mete muy dentro de su cerebro, atontándola.
Lo último que guarda en su memoria antes de caer en estado de inconsciencia, es a un rostro femenino poco definido asomándose a la abertura de la puerta que la rubia previamente aporreó. Luego, todo se vuelve negro.
Deja salir de entre sus labios un gemido doliente, antes de probar develar trabajosamente sus iris al exterior.
La luz era demasiada.
Anzu parpadea confundida, tratando de adaptarse al casi que doloroso brillo que ingresaba por la ventana cerrada que se situaba en la pared a su derecha; afuera llovía, pero no era un día oscuro. Poco a poco, detalló cada objeto de la habitación, armando el escenario en su cabeza: paredes de barro poco cuidadas, variados estantes repartidos de aquí a allá, brindándole soporte a un buen número de tarrinas de vidrio con contenido desconocido y algún que otro cachivache... ramas de diferentes plantas colgadas de las vigas que sostenían al techo, algunas secas y otras verdes como lechuga. Un espejo roto se ofrecía al abandono en una esquina, sucio y empañado; se motivó para plantar cara a la realidad, y trabajó para ponerse en pie, sintiéndose mucho más recompuesta que la última vez que había tenido la oportunidad de caminar. Sus pies desnudos se dejaron abrazar por la frialdad del piso de piedra, llevándola hasta detenerse frente a su propio reflejo.
Ahoga un jadeo de absoluto pasmo, alzando su mano para cubrir su boca.
―Oh, Dios...
Nunca había estado tan delgada en su vida. Un triste trozo de tela gris funcionaba como sencillo vestido que cubría su cuerpo, dejando sus brazos y piernas a la vista. Su piel se adhería con tirantez a sus pómulos levemente hundidos, oscureciendo a la altura de sus globos oculares como si estuviera enferma. Estaba segura de que había bajado más de cinco kilos y, sumando a la lista, también parecía deshidratada. Pálida como nunca y con el pelo tan largo que le llegaba hasta el nacimiento de los glúteos. Frunció el ceño, dando un paso hacia adelante y fijando la vista en una parte de su cuero cabelludo que no se veía igual de parejo. Un rejunte de hierbas humedecidas con un líquido marrón, se posaban sobre la herida que había tenido el "placer" de descubrir la noche anterior.
―A mamá no le gustará saber que te tocaste.
Dió un saltito de sorpresa, girando sobre sí misma y llevándose la mano que estaba destinada a rozar con sus dedos la pasta en su cabeza directo al pecho. Lo primero que reconoció Anzu, fue a un par de enormes ojos amarillos asomándose desde el marco de la entrada -no parecía que la habitación tuviera puerta, más que un trozo dorado de tela raída que funcionaba como tal-. Entreabrió los labios absolutamente impactada, apreciando al niño de piel trigueña y cabello azabache y desordenado que había decidido espiarla.
«¿Mokuba...?»
Bueno, era evidente que aquel "mini-Mokuba" de no más de ocho años en realidad no podía ser el Mokuba adolescente que ella conocía. Recordó aquella ocasión en la que viajó dentro de los recuerdos del otro Yugi: habían muchos que en apariencia eran idénticos a las personas que conocía en su realidad, pero que nada tenían que ver con el presente en Japón.
―H-Hola.
Eso había sonado patético... y ella lo sabía. Él incluso hasta arqueó una ceja, con gesto de asco.
―Eres rara. ―murmuró, más para sí que para ella. Luego tomó aire hasta inflar sus pequeños pulmones ―¡MAMÁAAA! ¡LA BRUJA DESPERTÓ!
A Anzu le dió la sensación de que un tic iba a aparecer sobre su ojo -producto de la impresión de la frase-, pero no tuvo oportunidad para analizarlo.
―¡Vaikiro! ¡Baja inmediatamente!
Él se tapó la boca con ambas manos manchadas de tierra intentando ahogar su risa, y salió corriendo de allí como un torbellino, al tiempo en que una mujer de gesto duro hacía acto de aparición sacudiendo una extraña escoba de puntas de paja desgreñada. En cuanto notó en su búsqueda que su inquilina se hallaba en pie a un lado en el cuarto, su semblante cambió, dejando en el olvido su reprimenda hacia el pequeño.
―Oh, buenos días querida. Te ves mucho mejor. ―se paró justo delante, poniendo el dorso de su grotesca mano sobre su frente con poco tacto ―Excelente, tu temperatura está donde tiene que estar.
Saliendo de su impresión, Anzu decidió que era momento de empezar a hacer preguntas... después de todo, seguía sin entender qué estaba haciendo allí exactamente.
―¿Dónde estoy? ―después agregó ―¿Ella... ella se fue?
La mujer de intensos ojos verdes, la tomó por el antebrazo y la arrastró de regreso a los cuatro fardos que funcionaron de cama para la castaña, sacudiendo su mano libre en un gesto desinteresado.
―Neith fue al mercado con Gales. Vete a saber cuánto demoran esos dos en pisar la casa de nuevo. ―obligó a Anzu a tomar asiento, inspeccionando con ojo crítico las hierbas sobre el corte en su cabeza ―Esa herida dejará cicatriz... una lástima, aunque eventualmente será cubierta por tu cabello. ¿Cómo es que te lastimaste así, niña?
La aludida carraspeó incómoda, sin poder evitar pensar que esa mujer la trataría de loca si le contara que ella pertenecía a una realidad en la que los edificios y la tecnología eran potencia mundial. Se resignó a suspirar con cansancio.
―No lo sé. ―se encogió de hombros, un poco avergonzada ―De hecho, no sé nada sobre mi vida aquí.
La veterana apretó los labios con seriedad, sin siquiera parpadear ante su confesión.
―Neith mencionó que perdiste la memoria, sí. Ese... bárbaro de Dimitri, siempre teniendo algo que ver en situaciones de desgracia para los esclavos. ―negó con la cabeza enfadada, y acto seguido rebuscó algo entre las telas de sus ropajes ―Pero tengo una noticia para ti.
Cuando su mano alcanzó la suya, una pulsera de cuero marrón entretejido se enredó entre sus delgados dedos blancos, que contrastaba groseramente con la piel oscura de todos los individuos de allí. Al final de cada extremo, un elegante broche plateado con forma de águila coronaba la atadura. En la cara interna de la hebilla plata del medio, un conjunto de jeroglíficos se alzaban en un relieve poco detallado y desprolijo, cautivándola hasta el punto de hacer brillar sus ojos: ella entendía lo que allí ponía, por más de que el egipcio era una lengua muerta para su época.
«Teana»
―Tu nombre no te ha abandonado, tal parece. Me disculpo por el atrevimiento, pero tuve que quitártela pues estaba hiriendo tu tobillo.
Anzu dejó que sus orbes se posaran sobre dicho sitio de su anatomía, comprobando así que un surco de muy fea pinta le rodeaba el extremo inferior de la pierna izquierda. Regresó la mirada hasta la inocente tobillera, rozando con las yemas la escritura, fascinada.
―No es problema. G-Gracias... ugh, disculpe, ¿cómo se llama usted?
El pelo tan negro como la noche de la mujer se movió con gracia en cuanto hizo un ademán, restándole importancia a su agradecimiento.
―Mi nombre es Gaia. ―unas débiles arrugas aparecieron a los lados de sus orbes esmeralda en cuanto curvó sus labios hacia arriba ―Y respondiendo a tu primera pregunta, estamos en mi casa, en la periferia del centro de Egipto. ―poniéndose en pie, agregó ―Muy bien, Teana, bajemos así comes algo, que lo necesitas.
―¡Mamá! ¡Ya estamos aquí!
Anzu giró la cabeza un poco al escuchar el grito masculino desde la otra habitación, sentada con las piernas cruzadas sobre el suelo cubierto por una enorme alfombra gastada. Masticaba un trozo de pan duro como si se tratara de la mejor hamburguesa que había comido en su vida, y su otra mano aferraba un pocillo añejo y rasgado por un lado con agua helada. No tenía idea del hambre con la que cargaba hasta que empezó a comer.
La cortina que separaba la cocina del recibidor se abrió, revelando con ello a una Neith empapada por la lluvia, trayendo consigo tres canastos llenos de víveres. En cuanto llegó a poner las cosas sobre la mesa ratona, una segunda figura atravesó el umbral del que colgaba el trozo de tela... y a la castaña el corazón se le detuvo.
Porque allí, haciendo esfuerzo por mantener el equilibrio y no dejar caer al piso la mercadería que aferraba en sus brazos, estaba Ryuji Otogi.
O bueno... una versión más infantil de él.
―P-Pero qué... ―las mejillas de la mujer más adulta -que había estado arrodillada frente a una estufa, avivando el fuego-, se inflaron hasta ponerse rojas como manzanas ―¡Gales! ¡Neith! ¡¿De dónde sacaron todo eso?
La chica de cabellos cortos se encoge de hombros, tomando de uno de los canastos un gajo de uvas y llevándose un puñado a la boca. Ryuji deja su parte de la compra en el último espacio disponible del mueble.
―Es lo mínimo por permitirme quedarme la noche de ayer. ―explica, con un tono de voz indiferente. Luego, se gira hacia la muchacha de piel blanca ―¿Ya te sientes mejor? Tenemos que partir en cuanto la lluvia se detenga.
―Neith... ―Gaia, ya en pie, se interpone entre ambas, reclamando atención con el entrecejo arrugado y las manos sobre la cintura. Entretanto, Anzu descubre la mirada curiosa de Ryuji sobre ella, lo que lo obliga a apartar rápidamente los ojos a un lado y sonrojarse de la vergüenza.
―Uhhh... ¡Neith está en problemas, Neith está en problemas! ―La voz infantil del más pequeño hizo acto de aparición bajando por las escaleras a las corridas. En el momento en que visualiza la desmesurada cantidad de comida en la mesada, su actitud cambia radicalmente ―Mph... eso... ¿esas son uvas?
―Las conseguí especialmente para ti, amiguito. ―canturreó la mayor.
―¡Neith!
―Está bien, está bien. ―alzó ambas manos por encima de sus hombros, rindiéndose ―No robé, si es lo que de verdad te preocupa.
La piel del rostro de la señora se calentó tanto, que por un momento Anzu creyó que le saldría humo por las orejas.
―¡Sabes bien que no me refiero a eso! ―su semblante enojado se transfiguró, entristeciendo; lo siguiente lo dijo en un susurro contenido, queriendo evitar que los otros chicos la oyeran ―Ya te he dicho que no debes gastar tu comisión en nosotros cada vez que se te ocurre poner un pie aquí.
Soltó una risita nasal, volviendo a morder una uva. Rodeó el tramo de mesa que la separaba de la adolescente de piel blanca, y le sacó el trozo de pan duro de la mano sin pedir siquiera permiso. En su lugar, le ofreció una enorme manzana roja, humedecida con pequeñas gotas de la lluvia exterior.
―Simplemente comamos. Hoy es un excelente día para hacer guisado, ¿no creen?
―¡Sí! ¡Guisado, guisado, guisado! ―por cada grito emocionado, Vaikiro daba un salto aplaudiendo como si le hubieran dicho que se irían al Mcdonald's. Anzu se sintió muy incómoda, sin poder evitar comparar constantemente la vida lujosa de la que ella provenía con el estilo rústico en el que se veían enfrascadas esas personas. Se miró las uñas cortas sucias de mugre, apenada por su poco conocimiento sobre la cultura en la antigüedad.
Gaia exhaló sin más remedio, frotándose las palmas por encima del delantal que tenía puesto: no parecía gustarle que Neith aportara a los gastos de la casa. Sin embargo, cuando se puso manos a la obra para racionar la comida, para Anzu se movía distinto. Como si un peso tremendo se hubiera ido de sus hombros... el peso de la preocupación al solo tener pan de días atrás para alimentar a sus hijos.
―... ¡Guisado, guisado, guisado...!
―Yo... yo puedo ayudar. ―murmuró con timidez, mas con la mirada firme. Tenía que tomar las riendas de su nueva vida si quería entender su misión allí. El cántico de Vaikiro se detuvo, llevando sus enormes ojos amarillos hacia la invitada.
―¿La bruja sabe hacer guisado? ―inquirió, con la voz juguetona. Anzu se sonrojó, viendo de reojo a Ryuji... o bueno, Gales, llevarse disimuladamente la mano a la boca para tapar una sonrisa, y a Gaia despegando los labios dispuesta a soltarle un buen sermón.
―Vaikiro, no le digas así. ―inesperadamente, el correctivo provino de la joven mayor.
―¿Por qué no? Tiene piel blanca, y es de ojos extranjeros... solo las brujas lucen así. ―el pequeño se cruzó de brazos, como si eso le ayudara a reafirmar su punto. Gales asintió desde el otro lado... Anzu jamás se había sentido tan desubicada en su vida debido a su apariencia.
―Las personas de piel blanca son de alta alcurnia. Se ven así porque la mayoría del tiempo permanecen dentro de sus grandes casas. ―Neith arrugó la nariz, barriendo con la mirada a la castaña ojiazul ―Es una pena para ti que no recuerdes nada, viendo tu aspecto y tu débil complexión, debiste ser una niña mimada.
―¿Acaso eso no es mentira? ―por primera vez, la versión -de no más de catorce años- de Ryuji tomó la palabra ―El rey no es de piel tan blanca como la suya.
La mención del monarca le erizó la piel, profundizando su respiración. Ella tenía muchísimas dudas respecto al actual gobernante de esas tierras... tenía que comprobar, de alguna manera, si se trataba del otro Yugi o de su padre.
―Aún así, su color sigue siendo más claro que el convencional, Gales. ―fue el turno de la fémina de pelo azabache para hablar ―Ellos no permanecen todo el tiempo encerrados, tienen que cumplir con el servicio a nuestros dioses a diario. ―sacó un par de zanahorias desde uno de los cestos, poniéndolas a un lado de la mesada de cerámica que se construía sobre la pared al lado de la estufa. Haciendo alusión al diálogo de Anzu, agregó ―Agradecería tu ayuda, Teana.
―¿Teana? ―repitió Neith, frenando sus movimientos al colgar su tapado humedecido sobre el respaldo de una silla delante de la estufa.
―Traía puesta una tobillera con su nombre. ―explicó sin más Gaia.
Y así fue como terminaron haciendo la cena, con el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre el tejado siendo su acompañante constante. Anzu aprendió entonces que los cubiertos tal como los conocía no existían, y que en esa cultura predominaba el uso de las manos para alimentarse. El pan era una grata ayuda para agarrar el estofado sin ensuciarse y llevárselo a la boca... y la sal como condimento, solo abundaba en la comida de los nobles o los reyes. En la sobremesa, notó la ausencia de una figura de autoridad masculina. No iba a hacer preguntas potencialmente incómodas al respecto, pero por lo que ella tenía entendido, al hombre siempre se lo tomaba por máximo en las familias convencionales.
Comparó a cada uno de ellos. Neith era la única que tenía el cabello rubio, y junto con Vaikiro, eran los únicos con ojos dorados. La gran diferencia entre ambos era que la versión mini de Mokuba portaba un pelo indomable y negro, como Gales y Gaia, y eran estos dos últimos los dos portadores de unas impresionantes orbes verdes. Anzu se preguntó que tan curioso podía ser el destino -o bueno, en este caso el pasado-, que había dispuesto de Ryuji Otogi y Mokuba Kaiba como hermanos de sangre. Eran más pequeños que ella y también muy distintos en su manera de ser: Gales solo hablaba lo justo y cuando lo veía estrictamente necesario, y por otro lado, Vaikiro no paraba de parlotear hasta con las mejillas llenas de comida.
Para cuando terminaron de comer, la noche arribó con una lluvia que no había parado en toda la tarde. Gaia empezó a juntar las cosas y Anzu fue en su ayuda, pero entonces Neith frenó la marcha de los niños hacia el piso superior.
―Si quieren algún día ayudar con el servicio al rey, deben saber que allí tanto hombres como mujeres tenemos las mismas tareas.
Entendieron inmediatamente la referencia, y le brindaron ayuda a su madre sin ningún tipo de resistencia. Sacando sus propias conclusiones, la castaña pensó que en los hogares de los pueblerinos el hombre no tomaba las riendas de ninguna tarea designada para la mujer, y que eso cambiaba radicalmente en la realeza. De hecho, Gaia le explicó -secando los pocillos ya lavados que le iba pasando Gales- que las mujeres habitantes en el palacio, incluso tenían que saber leer la escritura básica de Egipto, cuando en las afueras solo el hombre podía aspirar a tal cosa para llevar adelante la economía de la casa. Los otros tipos de escritura, solo podían ser reconocidas por nobles o los mismos reyes y sus allegados, que usaban esos jeroglíficos para que nadie ajeno a la nobleza pudiera entenderlos.
―Aún no he tenido la oportunidad de mandar a los niños a aprender a leer... no puedo costearlo. Lo poco que sé no es suficiente para que ellos puedan entender el egipcio básico tal y como lo haría cualquier muchacho. ―le había dicho.
Cuando se fueron a dormir, Anzu y Neith quedaron en la planta baja con unas sencillas mantas como protectoras del cruel frío que dejaba el sol al esconderse en el horizonte, arrimadas contra el calor del débil crepitar de las brasas de la estufa a medio apagar. Estaba ingresando al mundo del ensueño, concentrada en el ruido de las gotas chocando contra la estructura de la casa, cuando de la nada un aroma dulzón se adentró por sus fosas nasales, espabilándola.
Narcisos.
―¿Qué ocurre?
La pregunta de su acompañante no fue respondida de inmediato. Se había incorporado con la espalda muy recta y los ojos bien abiertos. Su pulso estaba desenfrenado, y una bilis amarga subió hasta su boca, erizando los vellos de su nuca.
―Algo... no anda bien...
Terminó de murmurar aquello, y el crujido de la puerta de madera de la entrada principal rasgó el aire como un rayo viajando hasta golpearlas directo en el corazón. Neith apenas tuvo el tiempo de llevar la mano hasta su cinturón y sacar de un tirón su cuchilla en cuanto dos figuras enormes apartaron de un sopetón la cortina que separaba el recibidor de la cocina. Anzu sintió el instante preciso en que el color se le iba de la cara.
Al momento siguiente, la rubia ya estaba de pie delante de ella, en una posición defensiva y con gesto iracundo. Sin embargo, la viajera del tiempo pudo ver en la profundidad de sus orbes amarillentas el terrible temor que la embargaba.
―Ahí está la mujer de piel blanca. Que no escape, u Oreth nos cortará la garganta.
Esas palabras enunciadas por una de las dos presencias masculinas, fueron suficiente para hacer brincar a la ojiazul del piso y obligarla a retroceder ahogando un grito aterrado. A su vez, un gruñido adrenalínico zigzagueó entre las rendijas de los dientes apretados de Neith, quien se lanzó de lleno al primer sujeto más cerca. El choque de hierro producido entre la hoja de cada oponente echó chispas, aunque Anzu no vio más de dos segundos antes de que una mano enorme tirara de ella violentamente.
―¡Suéltame!
Lejos de obedecer, el hombre la agarró por el pelo, haciéndola gritar de sorpresa y dolor por su herida en proceso de sanación. Inútilmente llevó ambas palmas hacia el puño del sujeto, lagrimeando.
―Te quedas quieta, o te mueres.
Entre la brecha de sus párpados entrecerrados, visualizó una quinta presencia paralizada a dos escalones de la planta baja.
Vaikiro abrió tanto la boca para gritar que sus ojos se cerraron.
―¡MAMÁAA!
El chillido distrae al contrincante el tiempo suficiente como para darle a Neith una oportunidad provechosa. Un duro golpe en la zona baja lo dobla a la mitad, y entonces, con una precisión temible y feroz, entierra su puñal en el costado izquierdo de su cuello tres veces seguidas, retirándolo tan rápido que unos pintorescos chorros de sangre terminan por decorar la pared y generar un creciente charco carmesí en el piso. De una patada, la fémina se deshace de su peso.
Anzu siente arcadas al escuchar el gemido ahogado que emite el próximamente cadáver al impactar contra el suelo: era la primera vez en su vida que presenciaba un asesinato a sangre fría. Ni siquiera nota que su opresor la había soltado, y que en su lugar había tomado carrera para sacar una espada enorme y blandirla hacia la muchacha manchada de plasma ajeno. Era una desventaja muy grande para un facón tan corto.
―¡NO! ―El clamor de Gaia saca a Anzu de su estupor. Antes de recibir un puño en el rostro que la tumba, Neith logra clamar:
―¡Salgan de aquí! ¡Corran!
A Gaia le cuesta cinchar de los brazos de sus hijos, con Vaikiro llorando y llamando a su hermana, y Gales en estado de shock sin poder mover su mirada del cuerpo sin vida del primer intruso. El individuo restante se interpone entre ellos y la salida, apuntándolos con la afilada hoja.
―¡ATRÁS!
Haciendo absolutamente lo opuesto a la orden, el más pequeño se zafa de la temblorosa mano de su madre, empujando un triste centímetro al imponente hombre de la espada. Gaia cree que se le va el alma del cuerpo cuando su hijo es revolcado en el suelo de una cruel patada, y ve el brillo de la cuchilla brillar antes de bajar hasta su diminuto cuerpo.
La castaña ni siquiera sabe lo que hace hasta que su propia integridad se extiende hasta un sollozante Vaikiro, cubriéndolo ante cualquier tipo de daño. El sonido de la cerámica rompiéndose en cientos de pedazos es lo último que puede escuchar antes de que un dolor punzante le rasgue el muslo, lo que la hace apretar los dientes para contener un alarido.
Neith se había recompuesto, lanzando un jarrón a la cabeza del maldito que se había atrevido a intentar asesinar a su hermano. Envenenada por vengarse, un corte certero en la garganta lo deja fuera de combate, derribándolo.
―Púdrete en el inframundo, hijo de perra. ―le dió un escupitajo, decidida a dejarlo desangrándose, y se giró tambaleante hacia su familia ―¿Todos están bien?
Gaia asintió, de rodillas sobre el charco de sangre que estaba dejando el primer cadáver, apretando tan fuerte el antebrazo de su hijo mayor que los nudillos se le habían puesto blancos. La rubia rengueó hasta el bulto tembloroso en el que se habían convertido la muchacha de cabellos chocolate y su lloroso hermano. La adrenalina que le había propiciado la escena la inhabilitó de tacto cuando tomó por el hombro a Anzu y la apartó.
―¡Hermana! ―Vaikiro no nota que su desesperado abrazo lo deja lleno de manchas rojas, o quizás ni siquiera le importa. Neith exhala el aire que había estado conteniendo en sus pulmones, y acaricia el pelo húmedo del pequeño.
―Hay que largarnos de aquí. Carguemos todo lo que podamos, no sé hasta qué punto por ahora estemos a salvo.
Anzu logra sentarse, con la piel de la frente humedecida por el sudor y los labios temblorosos: había estado a punto de perder la vida. Jamás, en todos sus años de existencia, sintió tan cerca el aliento de la muerte como lo había sentido en esa oportunidad, ni siquiera cuando Marik la había atado a una silla debajo de un container enorme, en el puerto de Ciudad Dominó.
Se pone de pie, con las piernas débiles como gelatina, y una líquida caricia tibia le roza la parte posterior de su pierna. No se lo tiene que pensar mucho para entender que en su intento por proteger a Mokuba... o bueno, Vaikiro, fue herida.
―Gales, ve a ayudar a tu hermana con los suministros. ―la trémula voz rota de la mayor mueve inmediatamente los pasos de ambos. El niño, al verse alejado de Neith, corre hasta aferrarse a su madre, escondiendo su rostro entre las telas de su falda. De dos grandes zancadas, Gaia toma el rostro de la adolescente de piel pálida con brusquedad y se le acerca hasta que sus alientos se confunden ―Que los dioses te acompañen siempre, muchacha. Gracias... gracias por proteger con tu vida a mi hijo. Jamás lo olvidaré.
Cuando salen, la lluvia ya no es tan fuerte como en las últimas horas. La llovizna se les pega a la ropa nueva -pues por dictamen de Neith, luego de arrastrar los cuerpos junto con Gales hasta un conjunto de rocas que habían a varios metros de la casa, se decidió que todos debían lavarse y acondicionarse para pasar por inadvertidos en el pueblo-, y les humedece las caras. Anzu agradece el gesto que tuvo Gaia para con ella en regalarle un par de zapatillas, no eran muy cómodas pero peor era la gravilla y la arena.
En su previa salida para deshacerse de los cadáveres, la rubia había tenido la idea de que aquellos dos no podían haberla seguido a pie. Así fue como dió con sus dos caballos escondidos al bajar una distancia prudencial del terreno: ahora disponían de tres animales para transportarse.
Nadie dice nada en ningún momento, todo lo que hacían era mirarse y entenderse por medio de gestos. Para cuando montan los animales, Gaia se dispone junto a Vaikiro -que no parecía tener intención alguna de soltarla jamás-, y Neith y Anzu se suben a otro, dejándole a Gales el tercero con la carga de objetos. Partieron del lugar, dejando atrás un hogar roto y varias lágrimas de parte de la mayor, que giró su cabeza por última vez para despedirse del lecho que le brindó refugio a ella y a su familia en los últimos veinte años.
―Eran hombres enviados por Dimitri.
Anzu se sobresalta con la voz ronca de Neith, acostumbrada ya al silencio. Una fogata de fuego débil danzaba con la brisa fresca de la madrugada nublada, ya sin lluvia de por medio. Se habían detenido entre unas rocas al costado del camino que los llevaría al centro de la ciudad, y los dos muchachos dormían abrazados a su madre, envueltos en una frazada de lana para protegerse del frío. Vaikiro extendía su brazo para aferrarse con su pequeño puño a la tela del vestido que ahora tenía puesto Anzu, como si lo tranquilizara saber que ella estaba allí sentada a su lado. De tanto en tanto, un sollozo angustiante cortaba su ténue respiración, producto de su llanto horas antes. Aunque ella se apoyaba con la espalda contra la piedra, su herida en el muslo -ya tratada y vendada por Gaia, quien le dijo que por suerte había sido superficial- le impedía reposar del todo bien.
―¿Cómo sabes eso?
―Uno de ellos mencionó a Oreth, el sujeto que escoltaba a Dimitri cuando te compré. ―acto seguido, se muerde el labio ―Rayos, no quise sonar grosera...
―No tiene importancia. ―la interrumpe la castaña, ciertamente incómoda al recordar que fue vendida como un simple objeto. Honestamente fue lo mejor que le podía haber pasado, en comparación con su oscuro destino de la mano de Dimitri. Traga grueso ―Es la realidad, te costé veinticinco sacos de trigo.
Neith gruñe, masajeándose las sienes.
―Dioses... ni siquiera me lo recuerdes, mi cabeza tendrá precio para Belalí en cuanto llegue con esa excelente noticia para ella. Debes ser la esclava más cara de todo Egipto. ―se frota las palmas, en un gesto ansioso.
―¿Quién es Belalí? ―pregunta, frunciendo el ceño. Nota que la postura de la rubia se tensa hasta enderezar casi que imperceptiblemente su espalda.
―Es la matriarca del palacio real. Ella está a cargo de la distribución de los esclavos que ejercen las diferentes tareas domésticas allí adentro. ―tras una pausa, agrega ―Digamos que una vez que pongas un pie allí, estarás bajo sus órdenes.
A Anzu le da un vuelco en el estómago, incapaz de imaginarse a sí misma acatando cada cosa que diga una persona desconocida. No estábamos hablando de su antiguo trabajo en Burger World: era, literalmente, la esclavitud.
―¿También trabajas para ella?
―Yo trabajo en la carga de cosechas, trasladando bolsas de grano y alimentos. De vez en cuando, le hago este tipo de favores a Belalí... esta vez necesitaba algunas manos extra debido a que la fiesta de bailarinas reales se acerca. ―sus orbes doradas brillan ante el crepitar de la leña ―Cada vez que un rey asciende al trono, la cultura le exije escoger de entre las mejores bailarinas de Egipto a dos ejemplares, quienes danzarán para él en cada fiesta venidera. Ni siquiera pasó una semana desde el día en que se festejó su coronación, en donde ocurrió esa... horrible escena. ―sacude la cabeza, como si con esa acción pudiera borrar de su mente un mal recuerdo ―Solo debes hacer lo que Belalí te diga.
«¿Coronación?... ¿Horrible escena?»
La frecuencia cardíaca de Anzu aumenta, tomando esas dos pistas como un gran dato para saber en qué espacio temporal se hallaba. ¿Podría ser que se tratase de la coronación de...?
―Daré mi mejor esfuerzo. ―dictamina entonces, con el burbujeo de la determinación llenando cada espacio de su cuerpo y alma. La oye soltar una risita nasal.
―Me parece bien. ―Neith se gira en su dirección, haciendo contacto visual. De pronto, su mano se apoya bruscamente sobre su hombro, clavándole el pulgar justo por encima de la clavícula―Te debo la vida por haber salvado a mi hermano de la muerte, y aunque te lo agradeceré por siempre, jamás podré devolverte el favor. Con lo que hiciste te ganaste a una seguidora leal y devota a ti. Gracias, Teana.
Aquellas palabras la toman por inadvertida, pero le regalan una calidez inusual que llega a abrazar su corazón. Un sentimiento de añoranza la recoge, lo que la hace sonreír con completa honestidad como no lo hacía en varios años.
―Gracias a ti por darme cobijo en lo de tu madre, y lamento mucho lo ocurrido. ―juguetea distraídamente con su tobillera suelta, incapaz de sostenerle la mirada al rememorar tanta sangre. Sentía una morbosa curiosidad por preguntarle en dónde aprendió todos esos movimientos para pelear, siendo solo una joven que cargaba mercadería en el palacio del faraón. Por su parte, la chica de cabellos cortos carraspea, volviendo a admirar el fuego.
―Gaia no es mi madre. Pero Gales y Vaikiro sí son mis hermanos. ―Queriendo desviar el tema de conversación, se centra en la baratija que se enreda en los dedos de su compañera, y baja su mano hasta tomarla sin preguntar. No la examina ni dos segundos, que entonces sus ojos se abren hasta un punto en el que Anzu cree que sus globos oculares terminarán rodando por el piso.
―¿Qué ocurre?
―E-Esto es... ¿tenías esto puesto? ―inquirió, boquiabierta.
―Eso creo... Gaia me dijo que lo tenía adherido a la herida en mi tobillo. ―le explica brevemente. Neith abre la boca un par de veces antes de escoger qué decir.
―Estas tobilleras son otorgadas únicamente a las bailarinas de los nobles, pero... ―pasa saliva, humedeciéndose los labios ―, las alas de tu águila están abiertas...
―No estoy comprendiendo. ―murmura en cambio.
―Les dan esto como un distintivo que no les daña la piel... ―detiene su explicación, bajando el tono ―, por eso no tenías la marca del esclavo, una bailarina con la piel marcada o imperfecta genera rechazo―pasa la yema de su índice por encima del animal ―, las águilas de las bailarinas se representan con las alas cerradas, pero la tuya... la tuya tiene las alas desplegadas.
―Y eso... ¿es malo?
―¿Malo? ―repite, conteniendo una carcajada asombrada ―Solo las mujeres de sabiduría, las que saben idiomas, las que conocen todos los tipos de escritura y hasta incluso matemáticas... solo esas, son dignas de llevar esta tobillera. ―después, añade ―Tú no solo sabías bailar... tú fuiste alguien de renombre ante los ojos de un ilustre.
La respiración de la aludida se corta, presa de la fascinación. Era como si se estuviera imaginando una película fantástica en la que de la nada se había vuelto protagonista; Anzu no tenía idea de por qué había aparecido en Egipto cargando con esa pieza, solo podía limitarse a escuchar y digerir la información. Era todo de momento.
―Yo... no recuerdo nada. ―pasa sus brazos alrededor de sus piernas, haciendo una mueca al sentir el tirón de su herida en su extremidad inferior.
―Es una pena. Según esto, tu vida estuvo rodeada de lujos y gloria... eso hasta que Dimitri te encontró. ―Neith le devuelve la baratija con una delicadeza sublime, como si temiera dañarla ―Tu cuerpo está marcado de heridas ahora, y eso no te hace apta para ser considerada bailarina. Sin embargo, deseo de todo corazón que tu conocimiento no se haya disipado de tus memorias, tal y como lo hicieron tus recuerdos del pasado.
La chica de piel blanca asintió, aferrando su única pertenencia en un puño seguro.
―Te lo agradezco. ―Anzu suplica interiormente para que aquello le pueda servir de algo a futuro.
―Ah, y por cierto... jamás menciones que fuiste encontrada al final del valle. ―cuando la encara, su rostro adquiere una seriedad abismal ―Todo ser proveniente del final del valle de Egipto es un posible peligro para nuestro faraón, ya que pueden ser enviados por parte del enemigo desde las afueras de nuestras tierras. De saberse tus orígenes, podrías hasta perder la vida en calidad de protección a nuestro rey... yo en tu lugar omitiría esa información si me lo preguntaran.
Ella no esperó una respuesta cuando se estiró en la superficie del piso, echando un suspiro cansado al aire y finalizando la charla tras cerrar sus ojos y cruzar los brazos sobre su pecho. Su último diálogo había sumado una inquietud desequilibrante al maltrecho estado mental de una cansada adolescente que ni siquiera pertenecía a esa medieval época...
Pero Anzu Mazaki necesitaría muchísimo más que eso para echarse para atrás. Y eso lo tenía muy claro.
Desayunaron, levantaron el improvisado campamento, y recorrieron un larguísimo tramo de sendero arenoso, con el astro de la vida quemando sus pieles y elevando la temperatura a medida que la mañana transcurría. Luego de lo que les pareció horas, las casas y las personas emergieron como el paraíso que tanto necesitaban ver luego de todo lo vivido en las últimas horas.
Sin embargo, lo extraño fue la cantidad de personas que se fueron aglomerando a los alrededores de la calle principal que conducía a la tremenda construcción que conformaba el palacio real, quienes entre gritos alegres y corridas en muchas direcciones, los obligó a bajarse de sus caballos y tener que llevarlos a un lado, manipulándolos con las correas a un lado de sus cabezas.
―¡Ha vuelto!
―¡Todos han regresado!
―¡Él está aquí!
Anzu no entendía de qué se trataba... no lo entendió hasta que lo comprobó con sus propios ojos.
Su caballo era blanco... blanco como la nieve más pura. El sol sin dudas que estaba siendo el acompañante perfecto para brindarle una entrada majestuosa al rey de Egipto, quien era recibido con centenares de reverencias y adoración de parte de su pueblo. El júbilo se podía respirar, la alegría y la dicha se sentía en cada fibra de su ser, todos en aquel territorio avalaban a su monarca con el mayor de los respetos. Ella sabía que el ruido era abrumador... la gente no dejaba de expresar en voz alta lo feliz que se sentía de presenciar a su rey de regreso a su hogar. Aún así y rodeada de una multitud enardecida, para Anzu Mazaki el mundo entero se sumió en el mayor de los silencios, y cada habitante simplemente desapareció.
Porque a la distancia, lo vió.
Vió a aquel muchacho de cabellos tricolor, de mirada decidida, de iris amatista... aquel que se había robado su corazón desde la primera vez en que supo de su existencia, y que había marchado al más allá con ese fragmento de su alma consigo, dejándola rota y desentendida. Aquel que recordaba cada día de su vida, sin importar su rutina... él estaba marchando a veinte metros de ella.
Atem estaba montado en su caballo blanco, con el gesto duro, el porte recto y la mano derecha aferrada a sus correas, ajeno al tumulto desenfrenado de emociones que había despertado en una joven externa a su mundo. El viento cálido de la tarde se enredaba entre las cerdas de su pelo, risueño y ligero, regalándole un ritmo de ensueño a la tela de sus ropajes. Sus ojos eran más fríos de lo que ella recordaba, delineados con una raya oscura que se extendía más allá del término de sus párpados, y su cuerpo entero estaba decorado con pulseras y alhajas doradas que brillaban ante el reflejo de cualquier luz. Él resaltaba con muchísima facilidad de absolutamente todos.
«Atem está aquí... Atem está vivo...»
Su corazón latía tan fuerte contra los huesos de su pecho que por un instante temió por su salud. Era tanta la carga sentimental que sostuvo acumulada durante tantos años en su interior, que su cuerpo apenas si podía tolerarlo; Atem se volvió una mancha borrosa cuando sus ojos ya no contuvieron más las lágrimas que terminaron deslizándose a borbotones por sus mejillas. Sus manos sudadas temblaban de la emoción... estaba que no podía creérselo.
Uno de sus acompañantes se acercó hasta él junto con su caballo, y se inclinó hacia su costado para murmurarle algo que claramente lo incomodó, pues sus pómulos adquirieron una tonalidad carmesí aún si su piel no era tan blanca como lo fue alguna vez en el cuerpo de Yugi. Acto seguido, la tensión de sus hombros se aligeró y levantó su brazo en un cordial saludo a todos los que le recibían, curvando sutilmente la comisura de sus labios hacia arriba. Eso dió por resultado el alboroto aumentado del gentío en el recinto, que sacudió el cuerpo de Anzu entre empujones, logrando sacarla de su ensueño personal parcialmente.
«El rompecabezas del milenio...» Se atascó con su propio jadeo impresionado, admirando la belleza del artefacto ahora no tan antiguo. Mordió su labio inferior con nerviosismo, pensando en las vueltas del destino y el paradero de los objetos en la vida de las personas.
Sus pensamientos acariciaron con delicadeza la imagen de su amigo Yugi, sonriendo feliz en la camilla del hospital tras haber armado el rompecabezas por segunda vez, a mitad de un incendio que podría haberlo matado. Instintivamente, buscó con sus torpes dedos el collar que la acompañó durante los últimos tres años en su solitaria búsqueda de su propio destino, sin éxito.
Claro... era imposible que cargara con el dije, estando a tres mil años de distancia de su verdadera realidad. Negó con la cabeza, parpadeando con fuerza para disipar los restos de agua salina que quedaron atrapados entre sus pestañas húmedas.
Él ya estaba de espaldas a ella, ingresando al palacio, con la clara certeza de que su gente estaba dichosa de verle con vida... pero él nunca sabría lo verdaderamente feliz que había hecho esa tarde a una persona en particular, hasta el punto de hacerle creer que el sentido de la vida había vuelto para ella, luego de tanto esperando su llegada.
¡Buenas noches, queridos lectores!
Ha sido largo, ¿no es así? Lamento mucho la longitud del capitulo, pero es que no encontraba por dónde cortarlo y al final lo dejé hasta el final. En adelante, seguramente los capítulos sean más cortos :) dependiendo de la situación, claro está.
Es importante resaltar la cultura en la que ahora nuestra querida protagonista se verá enfrascada. A medida que vaya avanzando, me tomaré la libertad de explicar ciertas cosas que quizás generen dudas... pero por ahora creo que todo está en orden.
Quiero agradecer a las dos primeras personas que se animaron a dejarme un precioso review, y que me hicieron literalmente saltar de felicidad la primera vez que los leí: Arella96, y Limonam. Gracias por sus bellas palabras :)
Sin más nada para agregar, ¡nos vemos en la próxima!
Mayqui, ¡cambio y fuera!
