Preocupación

Resumen: Mando se preocupa por ti.

Advertencias: romance, mucho fluff

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El día de trabajo había sido duro hoy, no porque el niño le diera problemas o porque las manchas del suelo no salían, ni siquiera por estar pilotando durante unas horas para que el mandaloriano durmiera tranquilo. Su vientre se sentía hinchado y los sudores fríos estaban abordando su cuerpo, el temblor de sus piernas también era una causa preocupante. Un pequeño retortijón le invadió desde su centro hasta escocer y creyó saber lo que le pasaba.

"Voy un momento al servicio" avisó Amanda al mandaloriano quien asintió desde su asiento sin decir nada, pero cuando ella se fue, la siguió lentamente con la mirada a la vez que giraba la silla hasta que se cerró en el lavabo.

Amanda se dedica a enseñar a niños pequeños y aceptó ir con él para cuidar al crío a cambio de un tanto por ciento de sus recompensas. Pero ella era especial. En estos meses que llevaban conviviendo había surgido algo entre los dos, y Mando tuvo que preocuparse por otra persona más. Esto no estaba en sus planes, pero… estaba empezando a sentir por Amanda.

El niño lo miraba desde la cuna con las orejas bajadas, preguntando tal vez dónde estaba su cuidadora. Mando también lo hacía. Desde por la mañana la vio pálida y con ojeras y no hacía las cosas con tanta rapidez. Ella no dijo nada, pero sabía que le ocurría algo. Parecía estar en otra parte. Tal vez querría irse en el siguiente planeta. A lo mejor ir en la nave la ponía del revés. Pero eso era imposible, estuvo un par de meses siendo su copiloto y no había presentado síntomas de náuseas. Quería tener una idea para que se sintiera mejor.

Amanda por otra parte vio que le bajó el período y esta vez le vino bastante fuerte. La migraña comenzaba a surgir en el interior de los ojos y las ganas de vomitar aumentaban. Quedaba mucho para que fueran a dormir, ni siquiera había hecho la cena. No quería que el mandaloriano la echara por estar enferma. Este trabajo le hacía olvidar ciertas cosas y separarse ahora de Mando y el bebé sería doloroso para ella. Sentía que era su familia y no que trabajara para ellos. El mandaloriano la hacía sentir algo por dentro y se ponía nerviosa cada vez que lo pensaba. Era un hombre sin rostro, por todas las estrellas. Pero era tan amable y le encantaba escuchar su voz y como trataba al pequeño, sin embargo no sabía cómo abordar el tema, que si por algún casual él quisiera enamorarse, ella querría ser la elegida. Pero al ser él cazarrecompensas le hacía pensar en negativo, también al ser mandaloriano: lo más seguro es que quisiera estar con alguien de su clan que pueda entender mejor las costumbres de Mandalore. El pensar tanto hizo que agachara la cabeza sentada en el retrete, intercalando sus dedos en el cabello y presionando para que el dolor se fuera. No recordaba si quedaban aspirinas, pero todo lo que necesitaba era dormir un rato.

Unos toques en la puerta hicieron que Amanda dejara de pensar.

"Ahora mismo salgo" dijo y se levantó para refrescarse la cara, estuvo demasiado tiempo en el baño y Mando y el niño la necesitaban.

Suspiró y retiró su pelo detrás de las orejas, saliendo del baño y encontrándose con él y su brillante armadura de beskar.

"Lo siento, atenderé al bebé" se disculpó lo más rápido que pudo pero paró al ver todo oscuro y el niño descansando en la cuna, echándose una siesta.

"He apagado la nave en un punto muerto para que podamos descansar" Mando se apartó del camino y Amanda vio la cama de él repleta de almohadas y mantas, tenía un aspecto cómodo y reconfortante cuando siempre la había visto como un camastro incómodo. También vio en una pequeña bandeja un poco de sopa caliente. Arrugó el entrecejo confundida.

"Estoy bien, de verdad" Amanda le restó importancia, pero en realidad era lo que más necesitaba en ese momento. Él mismo la condujo hasta sentarla en la cama y le tendió el cuenco de sopa caliente. Lo miró desde abajo, allí sentada.

"Descansa un poco" se sentó a su lado y acomodó los cojines de su espalda. Mando nunca había sido partidario de demostrar sus sentimientos, ni siquiera de decir más de dos frases seguidas, pero Amanda notó que se estaba preocupando por ella. De repente todos sus temores desaparecieron como el humo en una noche abierta.

Sonrió un poco a la franja de los ojos y tomó un par de cucharadas de la sopa. Estaba buena, era de sobre, de las que preparaban cuando faltaban alimentos, pero ahora mismo no tenía muchas ganas de comer, aun así tomó un poco. Le reconfortó el estómago y dejó el cuenco medio lleno en una mesilla al lado.

"¿Por qué haces esto?" le preguntó. Mando miró al frente un par de segundos y luego agachó la cabeza.

"No lo sé" siguió hablando "Quiero que te sientas bien."

A Amanda se le escapó una pequeña risa de alegría en la frialdad del Razor Crest, que por la calidez del mandaloriano se había vuelto un poco más cálido.

Ella se acercó rápidamente hacia él alzando los brazos hasta el casco: Mando la paró por las muñecas alertado de que pudiera quitárselo, pero nada más lejos de la realidad. Apoyó las manos donde se supone que están sus mejillas y acaricia el beskar con los pulgares suavemente. Amanda lo miraba con una manera tan amorosa. Pareciera que tuviera el universo dentro de sus pupilas. Y dejó de sujetarla.

"No podría amarte si no tuvieras el beskar. Forma parte de ti."

Y estampó un beso en el frío metal que no duró nada, porque sabía que no era besar realmente a Mando, pero también amaba a la armadura: ser mandaloriano era lo que le había hecho ser así, noble, amable, piadoso de sus ajenos. Él era perfecto tal y como era.

La sombra del calor de los labios y de las manos quedó impregnada en él cuando ella lo abandonó, pero no dejó que se fuera. Sin esperarlo, Mando la sostuvo entre sus brazos. Apoyó su cabeza en el pecho y se recostaron juntos en todos esos cojines. Amanda dejó su mano derecha apoyada en el vientre de Mando y cerró los ojos que escocían. Sintió el calor del cuerpo levemente y supo que estaba ahí, en ese momento y para ella, lo que había estado deseando cada vez más.

El silencio entre ambos no era una incomodidad y ni los corazones latían tan fuerte y el beskar no era tan frío. Mando tenía pasado un brazo rodeando sus hombros y con la mano izquierda, aunque enguantada, acariciaba su cabello tan largo y lacio, que le quiso pedir perdón por ser él, por todo. Porque probablemente se mantuviera así por el resto de sus vidas, aunque juntos.

Pero ella ya estaba dormida.