II

Discutir con Yennefer no tenía sentido. Haber discutido aquel día con Jaskier, tampoco lo había tenido. Pero de eso, habían pasado ya cinco días. No había vuelto a saber del trovador, de los destrozos de la taberna o de la suerte de su llamado "amigo". Aunque ¡mierda que el brujo no se había comportado como un buen amigo!

Geralt suspiró. Le pareció ver a lo lejos una milana negra y su corazón se detuvo en seco. Yen…

Como ella le había contado tiempo atrás, las esquirlas de hielo habían tocado su corazón y él estaba perdido. Sin ella estaba perdido. Yennefer había sido la Reina del Invierno de aquella historia de los elfos: Aedd Gynvael. Había sembrado esquirlas de hielo a su alrededor y había congelado su corazón. Nadie sería capaz de volver a alegrarlo, todo le parecía repugnante, sin sentido. No dormía en paz… la Persecución Salvaje. El brujo suspiró con dolor y se preguntó por qué dolía su corazón y su ausencia… por qué ¿Cuál era la respuesta?

Istredd le había dicho que lo que él sentía era simplemente el reflejo de las emociones de Yen hacia él… pero ella se había ido, lo había dejado, ¿Por qué seguía doliendo? Él sabía que era un mutante, y se creía que una de las características más estables de la mutación de los brujos era la completa carencia de emociones, para poder realizar de manera efectiva su trabajo. Todo lo que tomaba por "sentimientos" no era más que la memoria de sus células, características somáticas. Y eso él ya lo sabía.

Una brisa fresca de aquella mañana pasó sobre su rostro y Geralt acarició a Sardinilla, sobre quien estaba montado. - ¿Crees que he perdido la capacidad de alegrarme? – le dijo a su yegua, que no respondió. Él sonrió, solo para satisfacer a su amiga. – No creas que sonrío con alegría, no. Lo hago para que no te preocupes. Lo hago para fingir que siento algo. Pero no siento nada. – la yegua no estuvo de acuerdo. Relinchó suavemente como respuesta, algo así a los gruñidos de desaprobación que de tanto en tanto el brujo hacía también. - ¿Debería buscar a Jaskier? – Sardinilla no dijo nada. – Mmmrgh… - se quejó él. – Si no tengo sentimientos, si no tengo emociones ¿Por qué no se me quita esta maldita culpa?

- Porque mierda de amigo tienes que ser para dejarme borracho y tirado en la noche quién sabe dónde. – escuchó la voz del bardo a sus espaldas. El brujo se giró con rapidez y bajó de su yegua con una sonrisa de alivio al verlo con vida. No sabía si estrecharle la mano, si abrazarlo o simplemente yacer delante de Jaskier en una situación de tonta de alegría contenida. – Venga que eres idiota… - dijo el trovador y lo abrazó con fuerza a su amigo. – Sé que te cuesta todo lo que sea "sentir" algo, así que te lo facilito. – Geralt lo abrazó. Y una vez más el brujo se preguntó si realmente era tan insensible como había creído, ¿o cómo le habían hecho creer? Lo cierto era que alguien insensible no debiera sentir culpa, pero él no se había podido quitar la culpa desde que lo había dejado abandonado al bardo. Y no se había podido quitar la culpa desde que Nenneke le había hablado de su destino y toda aquella basura… y Renfri había nombrado a la chica del bosque… su destino. La Hija del Destino.

Jaskier se liberó de los brazos de Geralt y lo miró. – Pero yo también debo pedirte disculpas. Ya sabes… me pasé de la raya.

- Mmrgh. Sí. – se limitó a contestar el brujo. – Pero yo también me pasé. Lo que nos deja en empate. – Jaskier sonrió. Sacó de su bolsillo un pan y se lo dio.

- Estoy seguro de que no has comido en estos días. No he escuchado de ningún monstruo por aquí, así que de que hayas comido… nada ¿No? – era como decía el trovador. – Yo me encontré a la moza de la taberna que me ocultó en su casa después de que le cuidara la herida. Y vaya que me ha alimentado. Alimentado en la barriga pero también en lo que todo hombre necesita, Geralt. – el brujo no contestó, tomó el pan y lo comió. – Luego pensé que no estaba bien que dejáramos las cosas entre los dos como habían quedado. Menos aún cuando la discusión había sido cuando yo había estado algo pasado de cerveza.

- Aja… - continuó masticando.

- Porque distinto sería si nos peleamos cuando los dos estamos sobrios. Ahí sí ibas a tener que buscarme para disculparte. Pero esta vez, yo también había tenido culpa. Y bueno, como te conozco de memoria… No quería que siguieras sufriendo por la mala actitud tomada conmigo. Así que te busqué para disminuir tu sentimiento de culpa. Ya sabes, de esos que no deberías tener, según se dice. – Geralt lo miró. Lo miró directo a los ojos y sorprendido de que Jaskier hubiera dado justo en el blanco. Justo en el punto que él venía dando vueltas desde que Yennefer se había ido, lo había dejado… y él a ella por ser incapaz de sentir… Su amigo se limitó a sonreír, simplemente. Sí, Jaskier al parecer… lo conocía más de lo que le gustaría aceptar. Al parecer el trovador era más agudo de pensamientos de lo que había pensado en un primer momento. Pero luego de meses y meses de amistad, Geralt no tenía dudas de que Jaskier era un hombre bien instruido. No que el trovador no lo dijera en cada ocasión que podía, además.

- Sí, bueno… pero soy un mutante. – repitió Geralt aquello que se venía diciendo a sí mismo.

- Sí. Un mutante. Eso te da derecho a ser mutante incluso entre los brujos, ¿no? – levantó sus hombros Jaskier. – Quizás eres un brujo con capacidad de sentir.

- No. – negó con un movimiento de cabeza el brujo. – No. No de sentir, Jaskier. – le explicó como Istredd lo había hecho con él, tiempo atrás. – Lo que pasa es que las células de mi cuerpo me permiten reflejar lo que otros sienten hacia mí. Restos atávicos de sentimientos en un mutante al que le han quitado las emociones. – esta vez Jaskier no dijo nada, lo dejó hablar. – Querido Jaskier. – Geralt terminó de comer el panecillo duro que su amigo le había dado. – A mí me hicieron para entrar en la inmundicia que a otros colma de asco. Me han privado de la capacidad de sentir para que no sea capaz de sentir cuán monstruosamente asquerosa es esa inmundicia, para que no retroceda, no huya ante ella, lleno de pavor. – el trovador lo miraba. Geralt le decía aquello que ya le había dicho a Yennefer en el pasado. Aquello que él se aferraba a creer.

- Vaya… - susurró el trovador. - ¿Me dejas escribir un romance trágico con esas palabras? – Geralt no pudo evitar sonreír ante la picardía de Jaskier. El trovador pensó que después de aquellas palabras comprendía cómo era que el brujo se había enamorado de la hechicera: "la inmundicia que a otros colma de asco" … O al menos colmaba a Jaskier. No podía negar el atractivo físico de la muchacha, pero la locura que llevaba encima era algo que no se podía pasar por alto.

- Haz lo que quieras. – le dijo y subió a Sardinilla. Luego miró al bardo. – Y ¿no vienes? – Jaskier sonrió con alegría.

- ¡Por supuesto! ¡Vamos por aventuras que tengo que inspirarme para mi próximo romance!

Ya por la noche los tres se detuvieron en el interior del bosque que bordeaba el camino que transitaban y se sentaron frente a una fogata miserable que Geralt había encendido, pero con el deseo de apagarla cuánto antes. Solo con el objetivo de cocer unos pescados que había comprado Jaskier a un mercader ambulante por la tarde.

El brujo se mantuvo concentrado en los pescados, sostenidos por palitos recogidos del suelo, y Jaskier decidió que entonaría un tema en el que había estado trabajando durante estos días de ausencia de su amigo. Por algún motivo que al trovador se le escapaba, la pena que rodeaba al brujo desde que Yennefer se había ido o él la había dejado, (Jaskier no lo tenía tan claro porque Geralt no había hablado casi nada del tema) era tan tangible que parecía incapaz de abandonarlo y había servido como musa inspiradora para el siguiente romance.

(La canción que entona Jaskier, por si quieren se llama "Mujer Amante" de Rata Blanca. Lo escribí con el tema de fondo, así que es lo que recomiendo )

Los dedos gráciles del trovador comenzaron a construir la melodía melancólica del tema que Geralt había inspirado... el brujo permaneció estático con los pescados sostenidos desde sus manos y un fino temblor pareció recorrerlo, como si el ambiente se hubiera encantado de pronto. No fue capaz de solicitar al bardo que no abriera el pico, a pesar de lo inadecuado que sería mantener un canto bello en plena noche, con la posibilidad de atraer cualquier tipo de amenaza. Por alguna razón que a Geralt se le escapaba, no pudo ser sensato.

La razón que al brujo se le escapaba, era que su amigo había escrito esta melodía pensando en el dolor que Geralt transmitía por extrañar a Yennefer. Claro que no sería tan tonto como para decírselo, no hasta tener un final apropiado, y ni siquiera en ese momento sabía si se lo diría, pues él ya le había advertido que no quería ser protagonista de sus canciones.

- Siento el calor de toda tu piel en mi cuerpo otra vez. Estrella fugaz enciende mi sed, misteriosa mujer. Con tu amor sensual ¡cuánto me das! - la voz de Jaskier inundó la noche. El tono fue melancólico, triste, pero hermoso. - Haz que mi sueño sea una verdad. Dame tu alma hoy, haz el ritual. Llévame al mundo donde pueda soñar. - Lo que el brujo escuchó, le pareció hermoso. - Oh, debo saber si en verdad en algún lado estás. Voy a buscar una señal, una canción. Oh, debo saber si en verdad en algún lado estás. Solo el amor que tu me das, me ayudará. – Jaskier notó que Geralt no le había pedido que cerrara el pico, que estaban en el interior de un bosque, que era peligroso. Eso sacó una sonrisa de sus labios, y continuó la bella melodía con su gran talento y dejó que su voz inundara la noche, una vez más:

- Al amanecer tu imagen se va, misteriosa mujer. Dejaste en mí lujuria total, hermosa y sensual. Corazón sin dios, dame un lugar en ese mundo tibio, casi irreal. Deberé buscar una señal en aquel camino por el que vas. – El trovador cerró sus ojos y entonó con sentimientos: - Oh, debo saber si en verdad en algún lado estás. Voy a buscar una señal, una canción. Oh, debo saber si en verdad en algún lado estás. Solo el amor que tu me das, me ayudará. - Continuó rasgueando las cuerdas del laúd, absorto en la melodía, envuelto en el dolor que sentía del querido brujo. Y de pronto todo se hizo real para el trovador. De pronto comprendió el gran error que había cometido la noche que habían discutido con Geralt. El brujo amaba a la hechicera, si fuera eso posible en los de su clase, y allí, frente a él, estaba el mayor de los romances que podría alguna vez registrar: el romance de Geralt de Rivia y Yennefer de Vengerberg. Apasionado y doloroso, como todo buen romance debiera ser.

Jaskier había tenido la melodía pensada hasta aquella estrofa, pero por el ambiente que los rodeaba y la aceptación de su protagonista sobre la canción, el bardo encontró el modo de darle fin al romance: - Tu presencia marcó en mi vida el amor, ¡lo sé! Es difícil pensar en vivir ya sin vos. Corazón sin dios, dame un lugar en ese mundo tibio, casi irreal. Oh, debo saber si en verdad en algún lado estás. Voy a buscar una señal, una canción. Oh, debo saber si en verdad en algún lado estás. Solo el amor que tu me das, me ayudará. – su voz calló, pero sus dedos continuaron rasgueando las cuerdas. Geralt de espalda al bardo se mantuvo inmóvil, conmovido. Jaskier sentado, con sus piernas cruzadas y sus ojos cerrados, inspirado en la música, en el momento, comprendiendo por primera vez que el dolor del brujo era abismal. Finalmente, abrió sus ojos, entonó los últimos suspiros y esperó, nervioso, la reacción del brujo.

Geralt tenía sus ojos puestos sobre las brazas que ardían débilmente. No dijo nada, no lo miró. Quizás incluso supo que aquel tema era un regalo que le había hecho, pero Jaskier sabía muy bien que el brujo se enojaría sobremanera si era inspiración para sus romances, así que decidió no confesarlo. – Es bonito lo que acabas de cantar. – fue todo lo que Geralt expresó. Pero había sido suficiente. Ambos sabían quién había inspirado aquel tema, y que lo aprobara, era un modo de volver a hacer las paces entre los dos, definitivamente. Jaskier decidió que no volvería a insultar a Yennefer, a menos que fuera realmente necesario, pues al brujo le dolía mucho la ausencia de la mujer.

El ambiente que los rodeaba parecía haber tirado un hechizo sobre los tres. Los árboles parecieron oír la voz de Jaskier e inclinarse sobre ellos, cerrándolos, incluso el viento suavizó su recorrido para que pudiera ser entonado aquel romance. Geralt también sintió el cambio en la atmósfera del bosque que los abrazaba, pero a diferencia de Jaskier, no pensó en un cuento de hadas, ni en la magia del amor. No. Su collar había temblado y eso solo podía significar una cosa…


- Es bonito lo que acabas de cantar. – Había dicho el brujo cuando Jaskier supo que tenía aprobado el romance por su protagonista, sin embargo, justo en ese instante, todo cambió.

Los árboles que los rodeaban de pronto parecieron abrazarse en torno a la pareja, las largas hojas de los sauces llorones bailaron en la atmósfera romántica del momento y el viento saltó alegre frente a ambos. El trovador notó el cambio a su alrededor y se hinchó de orgullo, pues la misma naturaleza había caído rendida a su talento, pero Geralt no creyó en bobadas y comprendió que algo más estaba sucediendo. Así lo confirmó, además, su collar.

De repente un pájaro regordete y casi pelado revoloteó por sus cabezas. Sardinilla relinchó y Geralt aguzó sus ojos para ver el ave que se había acercado. Le pareció de los más raro, hasta que acomodó su cristalino y sus pupilas ayudaron: se encontró con un ser que antes no había visto. Un bebé, un niño en pañales de tela, piernas y brazos por demás regordetes, con alas como Pegaso y arco y flecha. Pero la flecha no terminaba en una punta asesina, sino en un corazón ¿Por qué demonios tenía un corazón? Éste era rojo intenso, casi molesto a la vista. En la región del glúteo del bebé Geralt observó una coloración algo amarronada y supo de inmediato que el gordito no era de los más limpitos, que digamos.

De pronto, aquel niño diabólico apuntó al pecho del trovador con su flecha y disparó sin esperar nada. Jaskier ni siquiera se había percatado de lo que sucedía. Geralt se giró rápidamente, dejando caer los pescados sobre el fuego que ardía con marcada dificultad (casi a punto de apagarse), y saltó sobre el trovador, estampándolo y aplastándolo bruscamente sobre la tierra. Escuchó la queja de su amigo, el ruido del laúd al caer (otra maldita vez) y Sardinilla que dio unos serenos pasos hacia atrás, para no aplastarlos. - ¡Eh! ¡Geralt! ¿Qué bicho te ha picado? – dijo Jaskier, con el brujo encima. - ¡Me has aplastado!

- El bichito del amor. – contestó la voz de un niño de pañal sucio que de ningún modo debiera emitir palabras a la corta edad que presentaba (ni siquiera sabía limpiarse el culo). Jaskier llevó sus azules ojos en dirección a aquella voz y se encontró con un ser repugnante, que no solo era un niño del demonio, sino que le recordaba su pánico por ser padre (ser padre y tener que hacerse responsable del crío, claro). El brujo se puso de pie de inmediato y miró al extraño ser que les volaba por los aires.

- ¿Pero qué demonios es eso? – dijo Jaskier poniéndose de pie también. – Eres un torpe ¡Mi laúd! ¡Y los pescados!

- Oh, la parejilla… - suspiró el bebé con alas. Geralt levantó su mano, dibujo la señal de Aard y el bebé voló lejos del alcance psicoquinético de la magia brujeril. - ¡No nieguen que se aman! ¡Lo he notado en la entonación del trovador! – Jaskier miró al bebé. El niño volador pasó por al lado de los dos y se tiró un pedo oloroso, el trovador comenzó a toser indignado y Geralt apoyó su mano sobre su espada… ¿la de plata?

- Oye, asqueroso ser ¿¡Qué mierda!? ¿Acaso te pudres por dentro? – dijo Jaskier.

- Exactamente eso, Jaskier… mierda. – dijo Geralt.

- Mierda y poca capacidad de razonamiento. – se molestó el trovador. – No has sabido interpretar mis palabras en el hermoso romance que he compuesto ¡Bien idiota que eres! – el bebé volvió a apuntar sobre el pecho de Jaskier, éste comenzó a preguntarse si, a pesar de su apariencia, no se trataría de un ser diabólico. – Eh, Geralt… parece agresivo. – el cupido disparó.

- ¡Córrete, idiota! – gritó el brujo y saltó sobre el trovador una vez más y, aunque no llegó a tiempo, la flecha estuvo a punto de tocarlo, pero Sardinilla decidió adelantar su cabeza y recibió ella el disparo. El brujo casi dejó escapar un grito de rabia al notar que aquel corazón rojo intenso alcanzaba el pómulo de su gran amiga, pero en ese instante, el suspiro de ira le quedó dentro de la garganta, porque el corazón rojo de la punta de flecha se deshizo como si de un polvo mágico se tratara.

Sardinilla de golpe mostró una dilatación anormal de su pupila, su ojo se volvió completamente negro y el marrón del iris se perdió por completo. El corazón del brujo (ahora el del brujo) se detuvo, aquel efecto era el que ocasionaba la muerte… y en ese instante, sucedió: la yegua sacudió su cabeza y se encontró con los brazos de Jaskier que le abrazó de forma instintiva cuando notó que había recibido el daño. Y fue en ese momento, que el hechizo del bebé regordete tuvo efecto: la yegua se enamoró perdidamente del trovador.

Sardinilla le dio un fuerte cabezazo a Jaskier sobre el pecho, pero terminó haciendo que la mandíbula se golpeara, el trovador se mordió la lengua y sintió algo de sangre. Los belfos superior e inferior del gran hocico del animal se abrieron y su lengua enorme acarició el cuello del trovador, los dientes amarillos por pastar y cortar hierbas, rozaron su piel. La sensación fue desagradable, incluso se sentía como enfermiza. Jaskier intentó alejarse y la expresión de rechazo en su rostro dejó al brujo boquiabierto por el asombro y al poco tiempo, unas ganas casi incontenibles de reír lo atraparon. Pero luego, el cuerpo gigante de la yegua buscó las partes traseras de Jaskier y fue ahí cuando el trovador pegó un salto aterrado por la insistencia de Sardinilla.

Las carcajadas del bebé volador no se hicieron esperar y Jaskier tuvo que dar un salto sobre Geralt, para que el cuerpo ancho del brujo lo separara de la yegua. - Eeh… Geralt, tu yegua está en celo. – le dijo. El brujo quiso contestarle algo inteligente, pero no pudo evitar comenzar a reír, mientras la yegua le daba cabezazos sobre el pecho para que se quitara del medio y pudiera buscar a su amado trovador. – Ja, ja. Gracioso. Porque no es a ti a quien quiere montar, ¿no? – pero Geralt no podía responder.

- Oh, Jaskier. Has enamorado, nada más y nada menos, que a una yegua… Seguro no es la primera vez que te pasa. – se burló entre risas. Sintió el golpe que el bardo le dio sobre la cabeza.

- Que no es gracioso, idiota. – pero Geralt pensaba lo contrario.

- Oh… - continuó el brujo entre carcajadas – me apiado de ti, Sardinilla. – acarició a su amiga cuando ésta le dio otro cabezazo para que se quitara del medio - Pero ¡qué mal gusto tienes! - Jaskier se molestó un poco, pero más aún cuando fue consciente del gordito volador que no paraba de reír y tirar un pedo que otro, de tanto en tanto, con las carcajadas.

Geralt, por pura maldad, se quitó del medio y la yegua trotó hasta Jaskier, quien con un grito de asombro volvió a correr detrás del brujo, más veloz que nunca, haciendo que Geralt estallara entre risas una vez más. - ¡Que no es gracioso! ¡Haz algo! – empujó al peloblanco. - ¡Oye tú, rollizo de mierda! – Sardinilla golpeó indignada una vez más el torso de su amo, quien comenzaba a componerse después de tanto reír. – Deja en paz a la yegua ¡Eh! ¡Bebé gordo! – Jaskier miró con rabia al brujo. - ¡Pañal de mierda! ¡Devuélvele el sentido a este brujo borracho que tengo enfrente y la filiación por los de su especie a la yegua!

- Tienes razón trovador. El hechizo estuvo destinado a ti, no a la yegua. – contestó el bebé y le disparó una vez más. Geralt se giró con la rapidez brujeril que lo caracterizaba y tomó al bardo, una vez más por los brazos, lo giró con celeridad y se lo estampó de frente a Sardinilla, que lo lamió otra vez, desesperada.

La flecha destinada a Jaskier casi alcanzó el cuerpo de Geralt, así que se abalanzó sobre los enamorados y los dos hombres terminaron una vez más en el suelo, mientras las largas patas del caballo se interponían entre ellos. Una de las patas delanteras aplastó la espalda al brujo, que se quejó notoriamente (incluso su rostro empalideció un poco), pues su amiga tenía un buen peso. Si había alguien que no pasaba hambre en aquel grupo, pues esa era ella.

Geralt, aún tomado de Jaskier se giró sobre el suelo, quedando ahora el trovador por encima de él y expuesto a las patas de la yegua. – Hijo de puta. – escuchó la queja de Jaskier.

- Tu madre será puta. – le dijo Geralt, mientras Jaskier lo enfrentaba molesto desde encima del abdomen del brujo. - ¡Sardinilla acaba de aplastarme sobre mi región lumbar!, me duele como el demonio, y ¡tú te quejas! – era como el brujo decía. El peso de la yegua se había localizado sobre sus vértebras lumbares, provocándole un atrapamiento del nervio en aquella región y provocándole un dolor tan intenso, que el brujo había quedado fuera de combate sin el que trovador, siquiera lo supiera. La cintura y pierna derecha de Geralt quemaban por la sensación hiriente de la lesión. Jaskier notó el dolor en la expresión del brujo, quien había dejado de reírse.

- Oh, así me gusta, sí… sin burlarte de mí… ¿Ves? El destino te es cruel, porque tú lo has sido conmigo- estaba diciendo cuando notó que Sardinilla había aprovechado la discusión para situarse justo por detrás del bardo, que ahora tenía sus partes traseras expuestas a ella. - ¡Oh, madre mía! – gritó el trovador y agarró ahora él al brujo, rodó sobre el suelo y volvió a la posición inicial, no sin oír la queja de Geralt por el dolor agudo. No va que Jaskier había tenido tanta mala suerte, que cayó sobre las brazas de lo que quedaba del fuego que había encendido Geralt, aplastando la única comida que habrían comido aquella noche. El olor a pescado lo inundó sobre su espalda y el grito que se oyó, fue difícil de describir.

El trovador pegó un salto por el dolor e, instintivamente, se sentó, colocando el rostro del brujo casi encima de sus partes pudorosas, pero Geralt se encontraba tan dolorido, que no había sido capaz de moverse con rapidez. Al grito del trovador, se unió el del brujo que sintió arder su columna cuando sus vértebras apretaron aún más el nervio lumbociático y una sensación de hormigueo se apoderó de toda la pierda derecha de Geralt, a quien no le importó si su rostro descansaba encima de los huevos de Jaskier o sobre otro ¿lado?

… y en ese momento se dio cuenta de lo que había sucedido.

Geralt le dio una trompada a Jaskier para alejarlo, la nariz del trovador comenzó a sangrar, su cuerpo herido por la quemadura reciente, cayó unos centímetros más lejos, lo que generó que los labios del brujo descansaran ahora sobre los muslos de su amigo. El trovador se quejó por el dolor tanto de su nariz, como de la piel quemada de su espalda. Ambos estuvieron a punto de comenzar a discutir pero una carcajada femenina por detrás de ambos dio por empatada la discusión que ni siquiera había comenzado.

- ¡Basta ya, Ken! – dijo una jovencita de aspecto salvaje que no tendría más de quince o dieciséis años. Ken, el bebé regordete, revoloteó a su lado y Geralt sintió las manos de Jaskier que le dieron vuelta, colocando la espalda sobre el suelo (y mucho dolor como consecuencia), y dejó al brujo boca arriba, pero recostado sobre la pelvis del trovador. Su pierna casi no tenía movilidad y el dolor lo estaba carcomiendo ¡Vaya que Sardinilla tendría que adelgazar en los próximos días! – Saca ese hechizo a la yegua. Ya nos hemos divertido lo suficiente. – dijo la jovencita con lágrimas en sus ojos y sus manos apoyadas sobre su abdomen en claro signo de que no había parado de reír desde su escondite desde que todo había sucedido, mientras Sardinilla estaba preparada para acosar, una vez más, a Jaskier, quien sostenía a Geralt como escudo encima de él. "Ken, ¡qué nombre de mierda!", pensó el trovador mientras el gordito culo sucio levantaba su manita gorda y tiraba una flecha con punta blanca sobre la yegua en celo.