La jovencita de aspecto salvaje que se había burlado de ellos había mostrado una belleza indiscutible. A pesar de la juventud que su aterciopelada piel delataba y las formas joviales de su cuerpo, se podía apreciar con facilidad que los años serían gratos con sus formas femeninas, provocando lujuria en cualquier hombre, como incluso lo había hecho a pesar de su corta edad en aquellos momentos. O al menos eso había pensado Jaskier.

Luego de que el gordito culo sucio con alas desencantara a Sardinilla, había huido con una rapidez innecesaria. Innecesaria porque de ningún modo Geralt habría sido capaz de moverse de encima del trovador por el dolor de la región lumbosacra y el entumecimiento de su pierna derecha, y de igual manera, Jaskier sentía que la espalda se le quemaba inhumanamente.

La oscuridad de la noche cerrada se había cernido sobre ellos, el débil fuego que no solo había cocido los pescados, sino también la piel del trovador, yacía frío hacía tiempo. El silencio del brujo era signo de alarma, y para ese instante, Jaskier ya estaba nervioso y olvidándose por poco del dolor propio. – Oye, ¿hay algo que pueda hacer contra el dolor que sientes? – le preguntó, incapaz de seguir guardando silencio, pues el brujo comenzaba a sudar. La sangre que había brotado por su nariz luego del golpe que había recibido, ya se había secado.

- Dos cosas… - salió una queja de sus labios. – Busca entre mis pertenencias, Jaskier… encontrarás mis elíxires, el de color verde muslo, ese alcánzame. – el trovador asintió con movimiento de cabeza. – Y un ungüento, con la tapa de color similar… ese también. – Jaskier asintió una vez más. – Y si varios colores te resultan similares, tráelos a todos. O huélelos, el de hedor más fuerte… esos.

- Aja.

- Y vuelve aquí… - se quejó suavemente. – Por favor. – Jaskier lo quitó con suavidad de encima de él y lo dejó con la espalda rectificada sobre el suelo duro. El brujo se quejó suavemente, pues la leve inclinación en la que, sin saberlo, el trovador lo había puesto, había sido una posición antiálgica.

Volvió al poco tiempo con siete frasquitos y cuatro ungüentos. – Ni idea. – le dijo, Geralt miró, refunfuñó y le señaló los adecuados. El trovador abrió el elixir elegido, volvió a sentarlo por encima de él en 45° y Geralt lo bebió. Sus ojos parecieron oscurecerse y al poco tiempo fue capaz de moverse una vez más.

- Argh. Mierda. – escupió en el suelo el brujo. Jaskier sonrió.

- Aja ¿Y qué es lo segundo que puedo hacer por ti? – Geralt sonrió y su mirada oscura lo alcanzó.

- Poner a dieta a Sardinilla, sin dudas. – Jaskier rio, la yegua relinchó y movió hacia arriba y abajo su cabeza, en clara desaprobación.

- Sardinilla, tienes excelente gusto en humanos. Si tan solo fueras una hembra de mi raza, tendríamos un romance. – la elogió Jaskier. Tomó el ungüento que también le había pedido y se lo dio.

- Oh, eso es para ti. Frótalo en tu espalda. Sanará más rápido. – le dijo.

- Oh, ¡excelente! – se alegró Jaskier. – Solo que tendrás que hacerlo tú, porque no tengo ojos en mi espalda. – el brujo se quejó. – Vamos, no tengas miedo a enamorarte tú también, - guiñó un ojo – sé que soy irresistible, con o sin gordito culo sucio…

- Cierra el pico. – dijo Geralt. – Y quítate el jubón.

- Oh, vaya. – bromeó el Jaskier. - ¿Directo al grano?

- No seas idiota. – el trovador rio y se quitó el jubón. La quemadura no era para nada alarmante, pero Jaskier era un humano quejoso y no estaba acostumbrado al dolor físico, eso Geralt lo sabía. Así que le permitió las quejas de dolor cuando lo embadurnó de ungüento. Finalmente, el brujo se puso de pie, realizó unos movimientos por demás extraños para el trovador, quien oyó cómo los huesos crujían y estuvo seguro de que se acomodó bruscamente las vértebras en su sitio.

El estómago de Jaskier crujió, pero aún así, aquella noche, no tendrían comida. Suspiró, buscó el laúd, comprobó que funcionara, y se acostó finalmente sobre el duro suelo y la tierra, protegiendo su instrumento en un abrazo, mientras el sueño se le caía encima.

Duró lo que le parecieron dos minutos. Al poquísimo tiempo de sentir seguridad en la madera del laúd escuchó unos pasos acelerados aplastar las hojas de alrededor y casi de un salto se sentó, dejando caer (pero esta vez suavemente) el instrumento. Geralt ya estaba con una pierna izquierda adelantada y el peso sobre ésta, posición ventajosa para comenzar un ataque, Jaskier ya lo había notado con anterioridad.

De pronto una mujer con aspecto de campesina, bañada en sangre, se tambaleó delante de ellos. Los vio y gritó despavorida, intentó correr por el camino contrario, pero cayó, claramente muy herida para intentar una huida efectiva. Llevaba las ropas desgarradas, un pecho salía a la vista, la pollera de tela liviana tenía grandes tajos que dejaban ver su ropa interior. Jaskier no estuvo seguro si no había sufrido algún agravio del tipo sexual. Rápidamente tomó su jubón y se lo puso, para no incomodar más a la mujer. Geralt avanzó con pasos ligeros sobre ella y la tomó en brazos. El alarido despavorido que dio alertó a metros a la redonda. - ¡NOOOO! – aulló. - ¡Por favor, no!

- Tranquila. – dijo el brujo. - ¿Qué te ha sucedido? No te haremos daño – Jaskier corrió sobre ellos y Geralt se giró al notar que el trovador se adelantaba, levantaba sus manos y frenaba un ataque salido desde detrás de un gran árbol, destinado a la cabeza de la mujer, con un gran palo. – Mmmrgh… - observó a la recién llegada, otra mujer en las mismas condiciones.

- Hija de puta… - decía la nueva, pero ésta estaba descolocada por la ira. Esta vez le tocó a Jaskier sostenerla. La mujer en brazos de Geralt gritó y rasguñó al brujo en el rostro, intentó correr, pero se encontró con la resistencia de los brazos de hierro de él. - ¡Te voy a matar! – saltó la recién llegada, Jaskier no tenía brazos férreos, así que con el ataque, ambos avanzaron sobre Geralt y la otra mujer, y la del trovador la agarró por los cabellos a la de Geralt, la acercó a su rostro y le brindó un mordisco en la mejilla, que le hizo perder parte de la carne.

- ¡Eh! ¿Tú has hecho todo esto? Oh, claramente has sido tú... – Jaskier la soltó asustado, Geralt lo miró con reproche, con un rápido movimiento intercambió lugares, ahora los brazos del trovador rodeaban a la mujer que lloraba después del mordisco y el brujo sostenía a la agresiva. Una vez más le sorprendió la velocidad de su amigo.

- ¡Estate quieta, maldición! – el brujo la abrazó con fuerza desde la espalda de la mujer desquiciada y apresó sus brazos, así que ella se limitó a patear en dirección a la otra, que no hacía más que llorar. Jaskier se alejó.

- ¿Qué sucede, Geralt? ¿Están hechizadas? – miró a su amigo.

- ¡Qué va! Ni rastro de magia. – dijo él.

- Esta puta que se ha calentoneao con mi marido. Se han hecho todo eso, ya saen... lo que se hace solo con amor. Los puercos. – gritó la loca. - ¡Delante de mis chavales! ¡Y es mi hermana! Sangre de mi sangre. Si nuestra adorada madre supeira. – ahora comenzó a llorar la que acababa de morder a su hermana. Jaskier miró a la que sostenía, quien seguía llorando.

- Es que le amo. Le quiero de verdad. Se me revolven las tripas cuando lo tengo al lao. Le amo como nunca he amao a naide… - sus lamentos fueron tan sentidos que hasta el trovador se apiadó. Geralt, por su parte, se arrepintió de haberse involucrado en tamaña estupidez... Recordó las palabras de Vesemir: "Los brujos no debemos jugar a ser caballeros blancos." – Es el hombre que queiro conmigo - interrumpió sus pensamientos - daría mi vida con él (por él, pensó Geralt) ¡Te entregaría a ti y tus malditos críos! – gritó a su hermana. - ¡Él me ama a mí! Será que contio no encontró el calor que un buen machote neceita, tenelo en cuenta, zorra vieja. - las mujeres emitían palabras con tanta velocidad, que muchas letras parecían ser tragas por el aire. O es que quizás, simplemente, hablaban así.

- ¡No te ama, yegua en celo! ¡Solo te zarandea ahí abajo! - gritó y se sacudió con rabia.

- Pero de bien zarandea... que no te da idea, pue.

- ¿Pero cómo es eso? – preguntó Jaskier. – Joder, que respeto por la familia uno tiene. – dijo.

- Te lo dice el galancete, tenlo en consideración. – sentenció el brujo.

- No pueo explicar simplemente lo amo más que a na ¡Y naide me lo sacará! ¡Ni siquiera tú, zorra apestosa! – de pronto Jaskier y Geralt se miraron en el mismo instante… No sabía explicar cómo se había enamorado... del mismo modo en el que sería imposible explicar cómo fue que Sardinilla se enamoró de Jaskier.

- ¿Desde cuándo lo amas, exactamente? – preguntó el brujo, interrumpiendo los insultos que vinieron desde la mujer que él sostenía. La mujer con la mejilla destrozada lo miró de golpe, pensó…

- Desde siempre, qué te crees, pue. – dijo, para nada convencida. Jaskier miró a la que sostenía Geralt esperando mayor aclaración.

- No sé. Hoy los he visto antes. Lo de hoy sucedió como por arte de magia. - sus labios temblaron. - Pero no sé si no venían cochineando en mi casa cuando ella cuidaa a los niños. – lloró de nuevo. – Es mi hermana, siempre me ayudaba. He tenido muchos hijos. Naide más estaba conmigo para cuidarlos. – Por eso no hay que tenerlos. Jaskier asintió, pero nada dijo.

- ¿Podría ser que hoy ha sido un día de revelación, en el que te has dado cuenta de que tu corazón siempre ha pertenecido al hombre que te ha dado sobrinos? – preguntó el trovador, la mujer mordida lo miró y pareció que encontró lógica en las palabras de él, así que asintió desesperada. Jaskier miró a Geralt. – Culito sucio ha estado jugando, ¿no lo crees? – el brujo gruñó y asintió. Bien, o culito sucio había hechizado a los dos, o el marido era un maldito hijo de puta que se había acostado con la hermana de su señora por puro placer, pero Jaskier sabía que esos detalles, a Geralt no le interesaban...

Geralt estuvo a punto de abrir la boca, pero Jaskier se adelantó. – Ah, ah. Iremos a la aldea, averiguaremos qué pasó y solo si pareciera que hay "algo" anormal, entonces esperaremos que nos contraten para trabajar. – guiñó un ojo a su amigo. Geralt estuvo de acuerdo.

No debemos hacer cumplir la ley. No alardeamos. Nos pagan con dinero. Las palabras de Vesemir resonaron en los pensamientos de Geralt y, al mismo tiempo, la voz de Jaskier estuvo presente: Lanza una moneda a tu brujo ¡Oh! Valle de la abundancia...

Mmmrr... El trovador ya me ha jodido la cabeza.


Geralt de Rivia había sido contratado.

Ciertamente los acontecimientos provocados por las travesuras de "culito sucio", fueron más siniestros de lo que habían esperado. La mujer descolocada, la que le había mordido la mejilla a su hermana, había matado también a su marido. Y su marido había sido, nada más y nada menos, que uno de los guardias que se habían encontrado a las trompadas con Geralt y Jaskier cinco noches atrás. Por lo tanto, contratar al brujo había costado. Pero finalmente, gracias a su labia, Jaskier había logrado que a su brujo le tiraran unas monedas.

Las cosas estaban fuera de control en los alrededores, con rumores de los nilfgaardianos atacando el norte sin piedad, incluso se decía que Cintra había caído en el ataque y había rumores sobre el ejército en Sodden, la Segunda Batalla de Sodden, le decían, y se rumoreaba que había resistido gracias a un fuerte contraataque arcano.

Geralt se mostraba bastante reacio a continuar avanzando con Jaskier a su lado, le repetía una y otra vez que no era coherente, que tenía que empezar a entrenar si quería seguir acompañándolo, a lo que el trovador le explicaba que él no había sido confeccionado para matar, sino para buscar aventuras y escribir sobre ellas, a lo que el brujo le respondía que entonces se quedara en la aldea y lo dejara seguir solo, porque tenía un mal presentimiento, sin dudas, aunque esto último no se lo había dicho, pero el trovador ya lo conocía de memoria y cuando el brujo cambiaba el semblante, pues era que realmente algo se estaba cociendo en la atmósfera, porque Geralt pocas veces se equivocaba.

Por insistencia de Jaskier, finalmente habían decidido ir a hacer el trabajo, ¡esto era una aldea olvidada en Temeria, joder! Tampoco estaban combatiendo en los vestigios de Cintra o algo por el estilo. Durante toda aquella mañana buscaron al bebé endemoniado, sin rastros de éste, así que decidieron que lo mejor sería hacerlo por la noche, como había sucedido anteriormente. Jaskier entonaría un romance y esperarían que apareciera. Sin embargo, todo cambió repentinamente:

Bien entrada la noche, Geralt y Jaskier iban montados sobre Sardinilla cuando se encontraron con un mercader al otro lado de un puente que gimió atemorizado al oírlos llegar y se tiró sobre el barro y estiércol que lo rodeaba, en un intento fallido de esconderse. Tenía un carromato que se había trancado entre el barro del lugar y sus ruedas traseras se habían hundido sin consideración, imposibilitándole el avance. Geralt gruñó. – Sal de ahí paisano, no te haré daño. – dijo el brujo con voz siniestra.

- Eh, no creo que con ese tono te lo crea. – le comentó Jaskier. Mmmrr… oyó la respuesta del brujo. El hombre los miró, dudó, volvió a mirar su carromato, luego a ellos, dudó una vez más y finalmente habló.

- No se queden viéndome. Ayúdenme por favor. – rogó, señalando las ruedas traseras del carro. – No puedo solo y los cagones de mis criados han huido.

- Cagones, no. Sensatos. – sentenció Geralt. – Deberías hacer lo mismo. Nosotros también seguiremos nuestro camino. – y fue en ese momento en el que Jaskier se dio cuenta de su entorno: montón de cráneos, costillas y tibias desparramados por doquier, los rodeaban.

- ¿Qué es este lugar? – susurró el trovador.

- Basurero de cadáveres después de una matanza, Jaskier. – le dijo Geralt. – Demasiadas muertes, demasiado dolor concentrado en un solo sitio… Mmmrrr…

- Oh, ¿podría haber ghules? – se estremeció Jaskier.

- Claro que podría. Y lo habrá. – miró al mercader. - ¿A qué esperas? ¿A formar parte de este paisaje? ¡Vete de aquí, te digo! Monta a caballo detrás de nosotros. Vayámonos de aquí.

- ¿Y el carro, señores? – fue la respuesta del mercader. - ¿Y las mercaderías? ¿Todo un año de trabajo? ¡Antes reviento! ¡No las dejaré!

- Y reventarás, te lo aseguro. – dijo Geralt. – No seas insensato ¡Vamos! Ven detrás de nosotros.

- ¡Por favor! ¡Ayúdenme, se los suplico! – el hombre se acercó a los dos y juntó sus manos. - ¡Por favor! Te daré lo que sea. – miró a Geralt.

Jaskier sintió que un escalofrío le recorrió la espina dorsal y se preguntó por qué. Miró a su alrededor y notó que de las tinieblas, al borde cubierto por matorrales del abismo fueron surgiendo unas pequeñas y deformes siluetas. El corazón se le aceleró, quiso decir algo a Geralt, pero las palabras se le atragantaron. Jamás le había pasado quedarse sin palabras. Eran demasiadas las miradas siniestras que la luz de la luna reveló. No eran mayores de cuatro codos, terriblemente delgadas como esqueletos. Salieron al puente con un extraño paso de garza, levantaban muy alto unas rodillas huesudas, con fuertes y violentos movimientos. Bajo unas frentes planas y angulosas brillaban unos ojos amarillos, en unas anchas mandibulillas de rana relucían blancos y agudos colmillos. "Mmrr", escuchó la queja del brujo, luego su mano se dirigió a su espalda y sacó la espada de plata. Jaskier empalideció. Geralt descendió de Sardinilla. – Sal de aquí Jaskier. Me encargaré de los ghules, luego seguiré tu rastro. Llévate a mi yegua. – el brujo acarició a Sardinilla, quien relinchó, no se quejó, estuvo de acuerdo en salvar la vida del trovador.

- ¡Estás loco ahora tú! – se molestó el trovador. - ¿De verdad crees que te dejaré con todo esto? – señaló los cadáveres acercándose y al volver a verlos pensó en la muerte. Y tuvo miedo a la muerte. Y se preguntó qué mierda podría hacer él. Se lamentó por no haber entrenado cuando Geralt se lo proponía, comprendió que el brujo había tenido razón todo el tiempo. Si iba a estar metido en el medio de sus aventuras, tenía que aprender a defenderse. No para sobrevivir, no, iba más allá de eso. Sino para ayudarlo. Para no ser una molestia o una preocupación. Porque pensar en huir y dejar a su amigo allí, le partía el corazón.

- ¿¡Qué harás, Jaskier!? ¿Cantar hasta que mueran? – respondió Geralt. – Vete de aquí. Serás una distracción para mí. No quiero que te suceda algo por estar a mi lado ¡Te vas y no se discute más, joder! – el brujo adoptó posición de combate. El mercader dio un alarido casi inaudible, pues la situación le había robado el aliento, y corrió a esconderse. – Estaré bien. Nos volveremos a ver. – sonrió levemente. – Ya lo verás. Ahora, ¡vamos Sardilla! Vete de aquí con Jaskier. – el trovador no tuvo que hacer nada más, la yegua salió al galope, obligándolo a prenderse de sus largos pelos para no caer.

- ¡Mierda, no! – dijo Jaskier, pero ya fue demasiado tarde. La yegua se alejaba y lo único que podría hacer sería confiar en la promesa de Geralt. Estaba seguro de que se volverían a ver, unos cuantos ghules no podrían contra él, pero la sensación de haberlo dejado, no era de las más placenteras.


El día anterior habían dejado atrás Tras Ríos, entre rumores de que Sodden había contenido el ataque de Nilfgaard. Sardinilla había viajado casi incansable durante días con Jaskier sobre su lomo, reacia al descanso, el trovador había tenido que dormir sobre su lomo en varias ocasiones. El animal parecía tan mágico como su amo, pensó Jaskier, mientras la yegua se dirigía los dioses sabían dónde, inagotable.

Esta guerra no era como otras, pensó el bardo. No. Era Nilfgaard contra todos, una guerra de exterminio. No querían tierras, no quería títulos. No… mataban, avanzaban dejando cenizas, ¿buscando qué? Jaskier solo había encontrado durante la huida sobre la yegua campos enteros de cadáveres que le habían revuelto las tripas, humo que cubría el cielo, estacas y horcas. Guerra de exterminio, estaba seguro. Destruir el mundo, pero ¿a quién podía interesar destruir el mundo?

De golpe, absorto en sus pensamiento, el trovador no se había dado cuenta de que la yegua se había detenido a poca distancia de una casita bien posicionada, rodeada de árboles y en pie, a pesar del caos alrededor. – Sardinilla, ¿qué sitio es éste? – preguntó Jaskier. – Oh, pero no importa. Tengo demasiada sed, hace dos días no pruebo gota alguna de agua. Mis piernas están entumecidas por estar sobre tu lomo. – bajó con dificultad. – Necesito estirar las piernas, beber agua… algo. Lo que sea. – la yegua relinchó.

El bardo le pidió que lo esperara, que iría a pedir algo para beber y volvería. Ella comprendió, estaba seguro. Avanzó con dificultad por los músculos entumecidos y justo en ese momento un golpe seco lo tiró al suelo, robándole el aliento, y sintió brazos que lo atacaban, uñas que lo herían en la piel del cuello. Se prendió al monstruo que no había visto venir y abrió sus ojos para encontrarse con una niña delgada de ojos celeste-verdosos que recordaban la primavera, cabello rubio casi ceniciento y con leves ondas y miedo en su mirada. Una niña, una niña que corría y se había topado con él de pura casualidad, pero ahora peleaba como un demonio porque la dejara ir. – Eh, eh. Tranquila. – dijo Jaskier apretando con fuerzas los brazos de la jovencita y sosteniéndola encima de él. - ¿Quién eres? – la niña miró la casa a la que él habría ido a pedir agua. - ¿Vives allí? – señaló, ella lo miró, miró una vez más la casita y luego asintió. Mintió, lo supo de inmediato. – Bueno, pues qué suerte tengo. Porque me detuve a pedir agua, ¿podrías compartir un jarrón, niña?

- Pídeselo a Doradita. – dijo rápidamente. – O a Nadbor o Sulik.

- ¿Y quiénes son esos? – dijo Jaskier algo molesto. Ella miró de nuevo la casa, claramente estaba huyendo de aquel sitio.

- Mis hermanos. – mintió otra vez. – Y mi… emm… madre.

- Aja. Y ¿no sería más cortés que tú les pidieras? – insistió el trovador.

- Déjame en paz. – se sacudió. – Doradita me pidió que buscara leña y eso haré.

- Aja. Doradita, tu madre, ¿no? – la niña mentirosa asintió. – Y dime, ¿cuándo dejaste de llamarla "mamá"? – los dos se miraron de frente. Ella lo supo, él sabía que mentía. La rubiecita se sacudió como un demonio, dio un pequeño alarido, intentó zafarse de su agarre, pero no tuvo éxito. Y había sido demasiado tarde: oyeron el ruido de un carromato que se acercaba por el camino a la casita y ambos llevaron las miradas hacia los recién llegados.

"Yurga", Jaskier oyó la voz de una mujer que abrió la puerta de la casa y salió corriendo con una sonrisa y felicidad que se reconocía, incluso en la distancia. "Doradita", oyó la voz del hombre recién llegado. "Estoy aquí, Doradita. Torné a casa. Oh, Doradita, ¿cómo están los niños?" los dos conocidos se abrazaron. "Los tres están bien", contestó ella. Jaskier miró a la rubia que sostenía, ella ocultó sus ojos con pena. Al parecer no le había mentido, realmente eran "tres" niños, pero entonces ¿se había equivocado en su clara percepción de que la niña se escabullía de aquel sitio? "¿Los tres? ¿Qué es eso, Doradita? Acaso…", escuchó al recién llegado, Jaskier miró a su niña. Entonces ella sí huía, pero de la guerra, y la tal Doradita le había dado asilo. "No… pero he de decirte algo. Amparé a una moza, Yurga. De los druidas la tomé", escuchó la respuesta. Jaskier la miró otra vez, la niña se sacudió, pero sin fuerzas. "¿Quién es ese, Yurga?", escuchó la pregunta que había hecho Doradita. Jaskier se giró y notó, por primera vez, que detrás del carromato un hombre corpulento de cabellos blancos yacía con la pierna derecha vendada ¡Geralt!

Jaskier se puso de pie de inmediato, miró a Sardinilla con una amplia sonrisa en el rostro, tomó la mano de la niña y la obligó a correr en aquella dirección. - ¡Oh! Por los dioses ¡Geralt! – gritó el trovador, saliendo de su escondite.

- ¿Geralt de Rivia? – murmuró al jovencita que Jaskier sostenía por la mano. No le importó, corrió hacia su amigo. Geralt se giró hacia el par que venía desde un costado, como un relámpago, con un hábil movimiento y corrió al encuentro de ellos.

Se encontraron en el centro del corral. La muchacha de cabellos cenicientos vestida con un trajecillo gris, sostenida de la mano de su gran amigo, Jaskier. Y el brujo de cabello blanco con una espada sobre la espalda, vestido en cuero negro con brillos de plata. El brujo con paso ligero, la muchacha a trompicones, sostenida por Jaskier, avanzaron. Sin saber por qué, el trovador se dejó caer al suelo, alcanzando la altura de la niña, Geralt se puso de rodillas, los brazos de la jovencita lo rodearon al cuello, al mismo tiempo que Jaskier hacía lo mismo, por la alegría. El brujo los contuvo a ambos, en un fuerte abrazo.

Se habían reencontrado, tal como Geralt le había prometido.