Los Guardianes habían llegado a París poco después de la batalla contra Miracle Queen. El maestro Fu les había escrito tras la derrota de Festín y les había contado todo lo sucedido desde su huida del templo, ciento setenta y dos años atrás. En su carta les pedía humildemente disculpas y les informaba de que tenía intención de regresar al templo en cuanto recuperase los prodigios de la mariposa y el pavo real. Entretanto, y mientras Lepidóptero y Mayura no fuesen derrotados, él debía permanecer en París para proteger y guiar a sus elegidos.

De modo que los Guardianes habían decidido acudir a su encuentro. Enviaron, por tanto, una delegación de tres maestros en un largo viaje hasta París.

Fue largo... porque ninguno de los tres se atrevió a subir a un avión.

Por esta razón, cuando por fin alcanzaron su destino, se dieron cuenta de que habían llegado demasiado tarde: Wang Fu ya no era el Guardián de los Prodigios porque había transferido su misión a otra persona. Tampoco seguía viviendo en París: las señas que les había facilitado correspondían a una casa vacía.

Pero eso no detuvo a los Guardianes.


Aquella noche, Marinette estaba repasando los apuntes del maestro Fu una vez más, tratando de encontrar alguna pista que la ayudase a descubrir la manera de vencer a Lepidóptero. Además de sus pendientes, llevaba puesto el brazalete de la serpiente y el collar del perro, para que Sass y Barkk pudiesen salir de la caja de los prodigios. Cada día se ponía una joya diferente, aunque no tuviese intención de utilizar sus poderes, porque quería que todos los kwamis tuviesen la oportunidad de ver mundo de vez en cuando. Sus amigas se habían dado cuenta, de modo que ella se limitaba a decir que se trataba de joyas que había diseñado ella misma, y que se las ponía para probar qué tal le sentaban y si eran cómodas de llevar. Aun así, y teniendo en cuenta que ella no solía llevar ningún tipo de alhaja, salvo sus pendientes, comprendía que quizá se estaba arriesgando demasiado. Pero ya no se sentía únicamente responsable por Tikki, sino también por el resto de los kwamis que el maestro Fu había encomendado a su cuidado.

En aquella época todavía estaba saliendo con Luka. Siguiendo el consejo de Cat Noir, había decidido darle una oportunidad. Sin embargo, todavía existía una gran parte de su vida que no podía compartir con él. Y tenía que mentirle a menudo, y buscar excusas para aplazar citas o dejarlo a solas cuando debía transformarse en Ladybug. No se sentía cómoda con aquella situación, pero no se le ocurría de qué manera podía resolverlo.

A pesar de la compañía de los kwamis, se sentía muy sola. Echaba de menos al maestro Fu, y también a Cat Noir. Le habría encantado poder compartir todo aquello con él.

–Marinette, no te estás concentrando –le dijo Tikki.

Ella volvió a la realidad. Su kwami tenía razón: llevaba un buen rato con la mirada perdida en algún punto de la pantalla, absorta en sus propios pensamientos.

–Lo siento –murmuró–. Me gustaría...

Pero Tikki se tensó de pronto y se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos, como si estuviese escuchando algo con atención.

–¿Tikki? –preguntó Marinette–. ¿Qué es? ¿Qué te pasa?

–¡Ssssh! –dijo Sass–. Sssilencio. Alguien essstá intentando comunicarssse con ella.

De modo que Marinette aguardó, inquieta e intrigada. Cuando por fin Tikki se volvió hacia ella, parecía un poco preocupada.

–Han llegado los Guardianes –informó, y Barkk y Sass cruzaron una mirada.

Marinette se irguió.

–¿Los Guardianes? ¿Te refieres a los del templo de los prodigios? Pero... ¿sabéis si el maestro Fu llegó a hablar con ellos?

–Wayzz nos dijo que les había enviado una carta –explicó Barkk–. Para explicarles que iría a visitarlos en cuanto derrotaseis a Lepidóptero.

–Al parecer no quieren esperar tanto tiempo –murmuró Marinette–. No me extraña, la verdad.

–Buscan al Guardián de la caja de los prodigios de París –explicó Tikki.

Marinette se sobresaltó.

–Pero el maestro Fu ya no...

–Eresss tú, Marinette –interrumpió Sass–. O, mejor, dicho, Ladybug.

Marinette cruzó una mirada con Tikki y asintió.

–Yo te guiaré –le dijo el kwami.


Momentos más tarde, Ladybug corría por los tejados de París. En el GPS de su yoyó había aparecido marcada una dirección, y era allí a donde se dirigía. Antes de transformarse, le había preguntado a Tikki si debía avisar a Cat Noir, pero ella había negado con la cabeza.

–Es un mensaje para la Guardiana.

Y Marinette había suspirado con resignación.

Su yoyó la guió hasta uno de los parques más grandes de París, que ahora, de noche, estaba vacío y silencioso. Ladybug se internó entre los árboles por un estrecho sendero de tierra que la condujo hasta una pequeña plaza con una fuente.

Ante la fuente había tres personas que la aguardaban en silencio. Vestían túnicas rojas y llevaban bastones similares al que ella y Cat Noir habían rescatado del interior del sentimonstruo Festín varias semanas atrás. Cuando avanzó hacia ellos, descubrió que se trataba de dos hombres y una mujer. Los tres tenían rasgos orientales y eran muy ancianos, aunque uno de ellos parecía más joven que los otros dos.

–Buenas noches... –empezó Ladybug, pero súbitamente tres pequeñas criaturas se interpusieron entre ella y los Guardianes.

Eran kwamis, comprobó sorprendida. El que tenía justo frente a ella parecía un ave nocturna de ojos enormes, similar a un búho. Junto a él había un kwami blanco y plateado que se parecía a Kaalki, pero tenía un pequeño cuerno sobre la frente. Y al otro lado flotaba una criatura similar a un pez, de cuya cabeza brotaba un pequeño apéndice rematado en una esfera bioluminiscente que iluminaba suavemente sus rasgos.

–Buenas noches, Ladybug –dijo el búho–. Es así como te llaman, ¿verdad?

–Sí..., así es –respondió ella con timidez–. ¿Quiénes sois vosotros?

–Somos los kwamis de los tres Guardianes enviados a recuperar la caja perdida –respondió el pez–. Ellos no hablan tu idioma, así que nosotros seremos su voz.

Ladybug asintió, conforme, aunque aquello de "recuperar la caja perdida" no sonaba demasiado bien.

–Yo soy Buuhu, el kwami de la Imaginación –se presentó el búho–, y mi portador –añadió, volviéndose hacia uno de los ancianos, que asintió gravemente– es el Guardián Kunzang.

–Yo me llamo Blobb, y soy el kwami de la Inundación –dijo el pez–. Hablo en nombre de mi portador, Ngawang –señaló hacia el Guardián más joven.

–Y yo soy Lunn, el kwami de la Naturaleza –dijo el unicornio–. Mi portadora es la Guardiana Sonam –concluyó, señalando a la mujer.

–Es un honor –respondió Ladybug, inclinándose brevemente ante ellos.

Kunzang habló entonces en un idioma que Ladybug no comprendió. Si era chino, cosa de la que no estaba segura, debía de ser una variante antigua. Pero Buuhu asintió y se volvió hacia ella.

–Mi portador quiere saber –empezó–, por qué no has traído contigo la caja de los prodigios que estaba en manos de Wang Fu.

Ella se mostró sorprendida.

–¿La... caja? Disculpad, no sabía que tenía que traerla. El maestro Fu me dijo que la mantuviera a salvo, así que no suelo sacarla de su escondite.

Los tres kwamis cruzaron una mirada de preocupación. Buuhu se volvió para hablar con los Guardianes y les explicó la situación. Kunzang movió la cabeza disgustado y Sonam frunció el ceño. Ngawang se mostró consternado.

–¿Qué es lo que pasa? –preguntó Ladybug, cada vez más nerviosa–. ¿Qué es lo que he hecho mal?

–Hemos hecho un viaje muy largo para recuperar la caja que se llevó Wang Fu –explicó Blobb–. Debe volver al templo para que los maestros elijan a un Guardián apropiado para ella.

–¿Qué? –se sobresaltó Ladybug–. Pero... yo soy la Guardiana... El maestro Fu me eligió.

–Me temo que ha habido un error –intervino Lunn con gentileza–. Wang Fu se convirtió en Guardián porque no había nadie más que pudiese hacerse cargo de la última caja de los prodigios.

–Pero nunca superó el adiestramiento –añadió Buuhu–. Era un aprendiz cuando... desencadenó la catástrofe que acabó con nuestro templo. Así que no puede llamarse a sí mismo "maestro".

–Y mucho menos escoger a otro Guardián –añadió Blobb.

–Pero... pero... –Ladybug trató de no dejarse llevar por el pánico–. Pero él me ha estado enseñando. Me eligió para ser la Guardiana porque consideró que estaba haciendo un buen trabajo como portadora del prodigio de la mariquita. He estudiado el libro de los hechizos, conozco bien todos los prodigios a mi cargo, sus kwamis, sus poderes...

Buuhu, Blobb y Lunn se volvieron hacia sus portadores para traducirles todo lo que Ladybug estaba diciendo. Los maestros escucharon con atención. Después se agruparon para conferenciar. Ladybug no entendía lo que decían, pero le pareció que Kunzang no estaba de acuerdo, Ngawang trataba de convencerlo de algo y Sonam se mostraba dispuesta a escuchar a todas las partes. Finalmente, Ngawang se volvió hacia Blobb para transmitirle las opiniones de los maestros. El kwami escuchó atentamente, asintió y se dispuso a traducir para Ladybug.

–Todos los aspirantes deben superar la Prueba del Guardián, Ladybug –dijo Blobb–. Es la tradición. Wang Fu ni siquiera tuvo ocasión de presentarse para que los maestros pudiesen evaluar sus conocimientos y capacidades, de modo que no estaba facultado para adiestrar a otros. Tampoco para nombrar nuevos Guardianes.

–Pero él pronunció las palabras del hechizo –insistió Ladybug–. Perdió la memoria para mantenernos a salvo de Lepidóptero.

–Así es como debe hacerse –asintió Buuhu.

Ella tomó aire.

–Y si... os devuelvo la caja de los prodigios... ¿perderé la memoria yo también?

–Así es como debe hacerse –repitió Buuhu.

Ladybug sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Tras haberse despedido del maestro Fu y haber comprobado hasta qué punto ella, Cat Noir y todos los demás habían sido borrados de su memoria... había tardado mucho en asumir que aquel era el destino que le esperaba a ella también, como nueva Guardiana. Lo único que lo hacía más soportable era el hecho de que aún le quedaban muchos años por delante antes de tener que enfrentarse a ello.

Sin embargo, si los Guardianes pretendían que renunciase a su misión de inmediato...

–No puedo hacer eso –respondió en un susurro–. París necesita a Ladybug.

Blobb tradujo sus palabras para los maestros. De nuevo, Kunzang se mostró molesto. Estuvo hablando un buen rato antes de que Buuhu pudiera empezar a traducir.

–París tendrá otros portadores de la mariquita y el gato negro, elegidos por un verdadero Guardián –dijo el kwami–. Unos héroes que, a ser posible, no tarden tanto en derrotar a un par de villanos, a pesar de contar con diecisiete prodigios a su disposición.

Ladybug se sonrojó, avergonzada. Por un lado pensaba que la acusación de los maestros era injusta, porque ella y Cat Noir lo habían dado todo por defender París durante aquel tiempo, y habían vencido en todas las batallas. Por otra, sentía que tenían parte de razón: había pasado un año y no estaban más cerca de vencer a Lepidóptero que cuando empezaron. Sus enemigos, de hecho, les llevaban ventaja: habían descubierto la identidad de todos sus aliados y contaban ahora con una copia descifrada del libro de los hechizos. Si no hubiese sido por la torpeza de Chloé, de hecho, la caja de los prodigios aún seguiría en poder de Lepidóptero.

Bajó la cabeza, abochornada. Después la alzó de nuevo, al empezar a comprender las implicaciones de todo lo que le estaban diciendo.

–Un momento. ¿Cat Noir tendría que renunciar también a su prodigio?

–Por supuesto –asintió Blobb con energía, y la esfera luminosa de su apéndice brincó en torno a su rostro–. El orden debe ser restaurado.

Ladybug estaba asustada, pero empezaba a sentirse molesta también.

–Cat Noir y yo derrotamos al sentimonstruo que destruyó la Orden –les recordó–. Gracias a nosotros se pudo recuperar el templo. Y los maestros fueron liberados.

–No temas –intervino Lunn con una sonrisa–. Si el nuevo Guardián lo considera adecuado, os escogerá de nuevo como portadores de prodigios.

–Pero para entonces lo habré olvidado todo –insistió ella–. Todo lo que he vivido como Ladybug. Y también olvidaré a Cat Noir, y a mis amigos...

–¿Tus amigos? –repitió Blobb sin comprender.

Los tres kwamis cruzaron una mirada.

–¿Quieres decir que has implicado a gente de tu entorno en la sagrada misión del Guardián? –preguntó Buuhu con severidad.

Ladybug vaciló.

–Yo...

–Tanto los portadores de prodigios como los Guardianes deben mantener su vida personal al margen de su misión –explicó Lunn–. Es por eso por lo que los Guardianes nunca escogen a sus seres queridos como portadores. Observan desde lejos a los candidatos y los ponen a prueba, y después les hacen llegar su prodigio sin mantener ningún tipo de relación personal con ellos.

–Es lo que hizo el maestro Fu, al principio –rememoró Ladybug.

–Si te estuvo adiestrando, debió de encargarte que escogieras portadores temporales –dijo Blobb–. Es parte del entrenamiento.

–Sí, lo hizo.

–¿Y no te advirtió de que tenía que ser gente que no tuviese ninguna relación personal contigo?

Ladybug suspiró.

–No, al contrario –confesó, cada vez más preocupada–. Me dio a entender que debía conocer bien a las personas a las que escogía, para asegurarme de que hacía la elección correcta.

Los tres kwamis cruzaron una mirada de circunstancias. Blobb carraspeó.

–Es... otro modo de hacer las cosas. No es el habitual.

–Pone en peligro la identidad secreta del Guardián –protestó Buuhu.

–Y lo peor de todo –añadió Lunn– es que lo obligará a renunciar a sus recuerdos más queridos cuando deba encomendar su tarea a un nuevo Guardián.

Ladybug intentó tragar saliva, porque tenía un nudo en la garganta.

–No lo sabía –susurró–. No sabía que perdería la memoria después.

Buuhu suspiró y sacudió la cabeza con resignación.

–Está claro que tu formación es muy deficiente –comentó.

Blobb se volvió hacia los Guardianes y les explicó lo que Ladybug les había contado. De nuevo, Kunzang se mostró descontento. Sonam le dirigió a la muchacha una mirada apenada, y Ngawang empezó a parlotear con nerviosismo.

Ladybug contempló, con el corazón encogido, cómo los tres maestros debatían acerca de su futuro. Parecía que Ngawang había tenido una idea e intentaba convencer a los otros dos. Sonam había inclinado la cabeza, pensativa. Kunzang no lo veía claro.

Tras unos minutos que a Ladybug se le antojaron eternos, los Guardianes llamaron a los kwamis. Los seis conferenciaron unos instantes más, y por fin las tres criaturas se volvieron de nuevo hacia Ladybug.

–Wang Fu cometió grandes errores –declaró Buuhu por fin–, pero tú no deberías pagar por ellos.

Ladybug se sintió muy aliviada.

–Entonces... ¿puedo seguir siendo la Guardiana?

–No eres la Guardiana –replicó Buuhu.

–No hasta que superes la Prueba del Guardián, al menos –añadió Blobb.

Ella inspiró hondo, comprendiendo.

–Muy bien. ¿En qué consiste la... Prueba del Guardián?

–Es un examen –respondió Blobb–. Los maestros evaluarán tus conocimientos acerca de los prodigios y del libro de los hechizos.

–Si es cierto lo que nos has contado, parece que al menos Wang Fu te enseñó bastante bien en ese sentido –añadió Lunn–. Todo Guardián debe conocer a la perfección el contenido de su libro de hechizos, los poderes de los prodigios que están a su cargo y las particularidades de los kwamis que los habitan.

Ladybug asintió.

–Creo que eso puedo hacerlo.

–Serán los maestros quienes juzguen tal cosa –cortó Buuhu con severidad.

Blobb carraspeó.

–No se trata solo de los conocimientos –añadió–. También deberás demostrar que estás al tanto las normas y los procedimientos...

–...Y que los sigues a rajatabla –añadió Buuhu.

Ladybug empezó a preocuparse otra vez.

–¿Las normas y los procedimientos? –repitió.

–Tu kwami te puede informar al respecto –prosiguió Buuhu–. Tikki siempre ha sido muy formal y sensata.

Ladybug asintió, sintiéndose un poco más segura. Al parecer no tendría que renunciar a Tikki y a la caja de los prodigios de inmediato.

–¿Puedo hablarle de esto a Cat Noir? –preguntó.

–Rotundamente no –respondió Buuhu.

–Pero ¿por qué? –preguntó Ladybug, desolada–. ¡Somos un equipo! Él es mi compañero y mi mayor apoyo, y merece saber lo que está pasando.

De nuevo, los kwamis cruzaron una mirada.

–Parece que te importa mucho ese Cat Noir –comentó Blobb.

–¡Por supuesto! –respondió ella con calor–. Hemos luchado juntos en más de cien batallas. Le confiaría mi vida con los ojos cerrados.

Lunn carraspeó.

–Parece que es para ti algo más que un compañero –dejó caer.

–Somos amigos –aclaró Ladybug–, pero hay ningún tipo de relación sentimental entre nosotros, si es lo que estás insinuando. Además...

Iba a añadir que ella ya tenía novio, y no era Cat Noir, pero se mordió la lengua a tiempo, porque imaginó de pronto a los Guardianes juzgando también aspectos personales de su vida privada, y decidió que no estaba dispuesta a pasar por eso.

Los kwamis parecieron aliviados.

–Eso está bien –aprobó Blobb–, porque de ningún modo podéis conocer vuestras respectivas identidades.

–Conozco esa norma –lo tranquilizó Ladybug–. El maestro Fu nos dijo muy claramente que si revelábamos nuestras identidades tendríamos que dejar de ser Ladybug y Cat Noir. Así que ninguno de los dos sabe quién es el otro.

–Y debéis mantener vuestra relación estrictamente profesional –añadió Buuhu–. Un Guardián debe permanecer alejado de aquellos a los que ama para mantenerlos a salvo. Por eso los maestros separan a los aprendices de sus familias cuando inician el adiestramiento.

Ladybug inspiró hondo.

–No habrá problema con eso. No hay nada entre Cat Noir y yo, y tampoco conocemos nuestras identidades. Pero eso no significa que no lo valore como compañero. Y pienso que debería poder hablarle de todo esto.

Los kwamis intercambiaron nuevas miradas.

–Cat Noir está a prueba también –le explicó Lunn–. Si tú fallas y debes devolver la caja de los prodigios, él tampoco volverá a ser Cat Noir, a no ser que el siguiente Guardián decida elegirlo de nuevo.

–Precisamente por eso, ¿no debería saberlo?

–Si va a dejar de ser Cat Noir, no resultará prudente compartir con él esta información –objetó Buuhu.

–Él no va a dejar de ser Cat Noir –replicó Ladybug con obstinación–. Y yo seguiré siendo Ladybug.

–La perseverancia es una gran cualidad en un Guardián –aprobó Blobb, complacido–. Pero me temo que eso no depende de ti.

–Voy a superar la Prueba del Guardián –insistió ella.

–Eso es algo que todavía tienes que demostrar –le recordó Buuhu–. Entretanto, no debes olvidar que otra de las cualidades más valoradas en un Guardián es la discreción.

Ladybug resopló, pero no dijo nada.

–Los maestros te darán un tiempo para prepararte –anunció Lunn–. Te informaremos pronto de cuándo deberás presentarte a la Prueba del Guardián. Hasta ese momento, Ladybug, los Guardianes te estarán observando.

–Te recordamos que no debes revelar a nadie tu identidad secreta. Ni siquiera a nosotros –dijo Blobb.

–Te recordamos también –añadió Buuhu– que debes mantener separadas tu vida privada y tu identidad como Guardiana y superheroína. Cat Noir será solo tu compañero de equipo y nada más.

–Te recordamos, por último –dijo Lunn– que mientras estés a prueba no te está permitido elegir a otros portadores de prodigios. Eso es una prerrogativa de un verdadero Guardián, y tú todavía no lo eres.

Ladybug inspiró hondo varias veces.

–De acuerdo –murmuró–. De acuerdo. Puedo hacerlo.

Lunn le sonrió con simpatía.

–Esperemos que sí, Ladybug –dijo.

–Si no superas la Prueba del Guardián –concluyó Buuhu–, deberás devolvernos la caja con todos los prodigios que estén a tu cargo, incluyendo el tuyo y el de Cat Noir, y renunciar a tu misión de Guardiana y a todos tus recuerdos sobre la magia de los prodigios y sus portadores.

–Lo he entendido –asintió Ladybug–. Y, si decido no presentarme al examen, también deberé devolver la caja de inmediato.

–Eso es –confirmó Buuhu.

Ella sonrió con tristeza.

–Parece que no tengo otra opción –murmuró en voz baja.

–Lo parece –respondió Buuhu en el mismo tono–. Pero la hay. Siempre hay otra opción.

Ladybug lo miró, sorprendida. Él le guiñó un ojo, y ella sonrió.

–Muy bien –anunció, decidida–. Estoy dispuesta. Me presentaré a la Prueba del Guardián.

Los tres kwamis asintieron y regresaron junto a sus portadores. Los maestros avanzaron unos pasos hasta situarse ante Ladybug. Uno tras otro, pronunciaron unas breves palabras.

–Los Guardianes de los Prodigios te desean suerte en la prueba que has de afrontar, Ladybug –tradujo Blobb.

–Muchas gracias –respondió ella–. Lo haré lo mejor que pueda.

"Por la cuenta que me trae", pensó.

Los tres maestros se despidieron con una inclinación de cabeza, dieron media vuelta y se perdieron en la noche, acompañados de sus kwamis.

Ladybug se quedó un momento de pie, sola en el parque. Resultaba fácil fingir aplomo cuando llevaba la máscara de superheroína, pero por dentro estaba aterrorizada.

Y no había dejado de estarlo desde entonces.


NOTA 1: Si el abuelo de Marinette es un hombre chapado a la antigua, imaginaos estos señores que vienen literalmente del siglo XIX.

NOTA 2. Los kwamis Blobb, Lunn y Buuhu los inventamos mi hijo, mi amiga Mara y yo hace tiempo, y he decidido incluirlos en el fanfic como homenaje (con su permiso, claro) :D.

NOTA 3: Aunque el maestro Fu es chino, el templo está en el Tíbet, así que estos tres maestros son tibetanos y tienen nombres tibetanos. Por eso tampoco hablan chino mandarín.