iCapítulo 12

Debilidad/i

A la mañana siguiente, Enkidu, con la mente clara y la decisión en su lengua, se presentó en el desayuno, vestido acorde a un consejero real.

—Gilgamesh, debo hablarte—dijo, en un tono suave, sentándose a su lado. Nidasag acompañaba al rey y la cortesana bajó la vista, sintiéndose incómoda por la noche que pasó con él—. Por favor, escúchame, como tu amigo que soy.

—No quiero hablar—dijo Gilgamesh con voz suave, sin dirigirle la mirada—. Vete.

—No, no me iré—dijo Enkidu, sin alzar la voz—. Por favor.

Gilgamesh suspiró y miró a Enkidu con algo de rabia, pero esta se desvaneció rápidamente al ver los ojos suplicantes de él. Nidasag, en silencio, se incorporó y dejó a ambos a solas.

—¿Qué quieres decirme? —comenzó Gilgamesh, mordiendo una manzana que se veía tentadora.

—No quiero que vayamos por Humbaba—pidió, sin ser agresivo ni imperativo—. No vale la pena. Pronto se calmará con sus rondadas por los límites del bosque de los cedros. Podríamos asustarlo y ya.

Gilgamesh dejó la manzana aparte y masticó más tiempo de lo estipulado el último bocado que tomó. Frunció los labios e hizo una mueca de desagrado.

—No comprendo por qué te preocupa tanto que vayamos por Humbaba. Debe ser una bestia realmente fiera, pero me decepciona el hecho de que no confíes en mi fuerza. Dime qué es lo que temes—dijo Gilgamesh, hablando con firmeza.

Enkidu se acomodó a un lado de Gilgamesh, suspiró derrotado y comenzó a relatar:

—Quisiera que me hicieras caso, pero sé que no podré convencerte de lo contrario, por lo que he decidido ir contigo a la caza de Humbaba, sin embargo, quiero que sepas una cosa antes de que te alegres por esto—Enkidu le detuvo alzando una mano—: mi miedo es tan grande que sólo iré para protegerte de él, porque sé de qué es capaz. Debes prometerme que si las cosas se salen de control, volveremos a Uruk y nos olvidaremos del asunto, además de prometerme que no harás tonterías en aquel bosque, por favor.

Gilgamesh sonrió al escuchar la aprobación de Enkidu y río contento.

—No se a qué te refieres con hacer tonterías, pero me alegra mucho que mi amigo me acompañe en una aventura, ¡Es exactamente lo que quería! —Gilgamesh se sirvió zumo en su copa y brindó en dirección de Enkidu.

—No se trata de ir de excursión y divertirnos, Gilgamesh—regañó Enkidu—, debemos ser cautelosos y hacer lo que te propones y ya. No pretendo hacer nada más en las tierras de Enlil. Ya es muy peligroso que acepte ir contigo, pero no puedo dejarte solo. Debo vigilar tus acciones, como te dije hace mucho tiempo atrás.

Gilgamesh asintió distraído, alzando una mano como si apartara mosquitos invisibles. Su rostro pintaba una sonrisa de alivio, relajado y contento, como si su disputa del día anterior fuese un mal sueño. Enkidu no podía compartir la misma alegría: pensar que la vida de ambos corría peligro, más aún la de Gilgamesh, le causaba ansiedad.

—Me alegro mucho de que aceptes esta aventura—dijo Gilgamesh, con cierto tono altanero—. Tendremos que llevar las mejores armaduras y las mejores provisiones. Pediré caballos y…

—Gil—dijo Enkidu, interrumpiéndolo—, te voy a enseñar a abrir portales.

Gilgamesh posó sus ojos en Enkidu con dudas y alzó las cejas, en gesto de pregunta. Enkidu levantó una de sus manos y un círculo plateado se abrió en el aire, en donde salió un vaso de oro, que estaba dispuesto en la mesa. Gilgamesh recibió aquel vaso en sus manos y miró a Enkidu.

—¿Qué es esto? ¿Cómo demonios lo haces? Recuerdo el día que llegaste a Uruk, hiciste lo mismo con tus lanzas —señaló Gilgamesh, dando énfasis a sus palabras, mirando la copa brillar—. Vaya, puede ser muy útil. Podríamos… —Gilgamesh meditó un momento.

—Mi intensión con enseñarse a abrir portales es que dispongas de tu arsenal de armas sin llevarlas hasta Humbaba. Podemos ir ligeros en el viaje, sin necesidad de llevar nada. Con estos portales podemos obtener armas, ropa, comida y medicina. Debes estar dispuesto a utilizar tu tesoro para atacar a Humbaba, porque de lo contrario, estaremos perdidos.

Gilgamesh torció el gesto y luego se encogió de hombros, asintió victorioso.

—Hay suficientes armas de baja categoría como para acabar con toda la peste de este mundo si es necesario.

Enkidu no se encontró más tranquilo luego de que Gilgamesh dijera eso, pero él sonrió con arrogancia, como si lo hubiesen elogiado.

El resto del día estuvieron en los jardines del palacio y lo dedicaron a aprender a abrir dichos portales.

—Mira—comenzó Enkidu, abriendo un portal y sacando sus propias cadenas—, los objetos provienen del centro del halo y pueden ser disparados.

Dicho esto, la cadena se internó en el jardín, enterrándose en la madera de un árbol. Enkidu fue hasta allá y colocó una mano sobre la superficie dañada, como si reflexionara. Luego de eso, volvió con Gilgamesh.

—¿Cómo se supone que yo haré eso? —preguntó con petulancia Gilgamesh, cruzándose de brazos.

—Tienes en tu sangre la energía de un dios. Puedes crear magia y usar aquello a tu favor. No lo has desarrollado porque te has dedicado a vivir entre riquezas y mujeres—reprochó Enkidu, casi con ironía.

Gilgamesh alzó la cabeza rápidamente y perforó con la mirada a Enkidu, como si hubiese dicho algo ofensivo.

—No creí que te importaran mis mujeres—respondió Gilgamesh, mientras Enkidu abría otro portal y sacaba de su interior otra cadena.

—Cállate—dijo Enkidu con suavidad y Gilgamesh alzó una ceja.

Estuvieron un momento en silencio, mientras Enkidu guiaba las manos de Gilgamesh para que su energía mágica fluyera a través de sus brazos y se materializara como un portal. Para ello demoró toda una tarde y con resultados casi inútiles.

Para cuando el sol acariciaba las plantas con sus últimos rayos, Gilgamesh perdió la paciencia.

—Ya basta—dijo Gilgamesh molesto, desprendiéndose de la mano de Enkidu en un ademán violento—, si tú puedes hacer estos portales, ¿Por qué demonios quieres enseñarme a hacerlos?

—Porque no es algo que pueda hacer normalmente, sirven para mis armas, sacar algo diferente es algo difícil más si no tengo tu permiso. Traspasaré esta habilidad a ti, Gil, me parece interesante que manejes algo como esto. Tengo un presentimiento—contestó Enkidu, contrariado por la reacción del rey—¿Qué pasó? hace un momento estábamos bien.

—Me molesta tu maldita actitud, Enkidu—admitió, tomando los pequeños objetos que logró hacer aparecer por portales diminutos.

Enkidu se quedó de pie, sin encontrar sentido a sus palabras.

—¿Qué actitudes? —preguntó completamente desconcertado.

—¿Por qué te preocupan las mujeres que pasan por mi cama?

Enkidu volvió a guardar silencio. Fue inesperado aquel comentario. Llevaban literalmente horas sin hablar sobre algo que salió de los labios de Enkidu sin ninguna intención.

—Me quedo pensando en qué ocurre las noches en las que me echas de tu habitación. Yo duermo contigo porque fue decisión tuya Gil.

—O sea que ¿No quieres realmente dormir conmigo? —comenzó Gilgamesh, casi bramando.

—No he dicho eso—dijo tranquilamente Enkidu, sentándose en un taburete—, solo que… me gustaría saber por qué haces eso.

Gilgamesh lo juzgó duramente con la mirada y habló:

—Porque no me eres suficiente, Enkidu.

Enkidu alzó la mirada rápidamente. Tragó con dificultad y su corazón se aceleró.

—Eh… —comenzó Enkidu, pero su voz dudó.

—A ver… —dijo Gilgamesh, colocando las manos en su cintura— Siempre tengo que recordarte cual es la posición que debes tomar con respecto a mí, Enkidu. No tienes derecho a cuestionar mis decisiones.

—No las he cuestionado, puedes decidir lo que quieras Gil, pero no por ello me quedaré tranquilo—contestó Enkidu.

—Es lo mismo que juzgarme. Si quieres que cambie de opinión, demuéstrame que eres apto para mí, estoy harto de tus malditos comentarios, noto la ponzoña en ellos.
—Yo no tengo deseos de que cambies de parecer. No tengo ninguna mala intención, no creas algo que jamás haré contigo.

Gilgamesh resopló con rabia. Se cruzó de brazos y miró el fondo del jardín con el ceño fruncido.

—Enkidu. Tienes una última oportunidad de demostrarme que eres digno de mí.

—No quiero demostrarte nada—dijo Enkidu—. Yo…

Sin saber qué hacer, Enkidu se levantó del taburete, decidido a salir de ahí, pero Gilgamesh le atrapó por un brazo con violencia.

—Te quiero desnudo sobre mi cama, ahora. Yo iré enseguida.

—No quiero—dijo Enkidu, utilizando la misma fuerza para desprenderse de los dedos de Gilgamesh—, déjame en paz.

Gilgamesh lo tiró con violencia y alzó un dedo amenazador.

—No eres tú quién decide qué hacer. Es una orden, ¿Has entendido?, Ve a mi habitación y si no te veo ahí, vas a sufrir.

Enkidu frunció el ceño y finalmente se soltó del amarre del Gilgamesh, quien salió del jardín hecho una furia.

Mucho más tarde, entrada la noche, Gilgamesh llegó a su habitación, Enkidu no se hallaba desnudo en su cama como lo ordenó, si no que estaba sentado, con los brazos cruzados y una expresión de descontento en el rostro. Gilgamesh frunció el entrecejo e iba a alzar la voz, pero Enkidu le detuvo.

—No sé qué te ocurre, pero no permitiré que descargues tus frustraciones conmigo—dijo, levantándose de su asiento.

—Sólo quiero saber qué tan capaz eres de superar a Nidasag, por ejemplo.

Enkidu se quedó anonadado. Nunca se sintió comparado con su amiga, menos en el ámbito sexual. Es más, dentro de su leve egocentrismo que logró forjar con el tiempo, nunca creyó que alguien más era mejor en el sexo con Gilgamesh que él mismo. Eso lo consternó enormemente. Se llevó una mano al pecho y frunció su ceño, dejando que una cortina de cabello ocultara su rostro.

Gilgamesh, algo impulsivo, tomó uno de los brazos de Enkidu y se lo llevó entre forcejeos a la habitación. Estaba ebrio, Enkidu lo notó en el aroma a alcohol que traía encima. Nunca creyó que unas simples palabras calaran profundo en la consciencia de Gilgamesh. Con rabia, comenzó a desnudar a Enkidu y él intentaba resistirse ante aquella agresión, hasta que tuvo que recurrir a un golpe en el vientre para inmovilizar a Gilgamesh un momento.

—¡¿Qué es lo que te pasa?! —preguntó Enkidu enojado, con su túnica semi rasgada— Tú no eres así.

—No sabes nada de mí—dijo Gilgamesh, sorteando el golpe, con la respiración entrecortada—. Últimamente tu actitud ha cambiado y detesto que me contraríes, que me cuestiones. No tienes permiso para eso.

—Sólo te expreso mis preocupaciones y mi opinión, ¿Acaso no puedes tolerar que piense diferente a ti?

—Cállate Enkidu.

Gilgamesh se abalanzó sobre Enkidu y lo obligó a besarlo. Enkidu intentó poner resistencia, pero finalmente, después de limitarse, comenzó a ceder y aquel beso se convirtió en un desenfreno de sensaciones y violencia. El labio de Enkidu comenzó a sangrar producto de la fuerza con la que Gilgamesh lo besaba. Tomó los brazos de Enkidu y lo zamarreó, produciendo un gemido.

—¿Qué es lo que haces? —preguntó Enkidu en un susurro, agitado por las sensaciones que recorrían su cuerpo.

—Usarte, ¿No es eso lo que te gusta tanto? Voy a usar como la cosa que eres, como la cosa que me sirve cada noche y cuando me aburra de ti te voy a desechar.

—Gil…—Enkidu apretó sus labios sanguinolentos en un intento por no estallar. Él si quisiera podría inmovilizar a Gilgamesh en ese mismo lugar, pero la debilidad hedonista de su cuerpo iba mucho más allá de su fuerza.

—Cállate—dijo Gil y comenzó a romper las ropas de Enkidu.

Cuando lo tuvo completamente desnudo, se dedicó a acariciarlo con violencia, marcando su cuerpo con tantas fuerzas que muchas de las mordidas sangraban. Enkidu entró en un estado febril. No estaba completamente de acuerdo con todo eso, pero algo dentro de si gozaba ese momento. Era un gusto culposo sentirse una cosa, que lo utilizaran, que hicieran de su cuerpo lo que el otro deseara.

Gilgamesh estaba muy ebrio. Varias veces se tambaleaba sobre Enkidu y muchas otras ahogó arcadas. Sostenía las muñecas de Enkidu con violencia y se deleitaba con la expresión de desconcierto de él, riéndose en su cara de lo que él creía que era debilidad. Buscando azarosamente entre sus cosas y botando algunas al suelo, Gilgamesh dio con la típica botella de aceite que destapó con los dientes, para luego desnudarse rápidamente y verter el contenido entre las piernas de Enkidu, quien alzó las manos para detenerlo. Gilgamesh agarró los cabellos de Enkidu y lo tiró hasta acercar su cara a su entrepierna.

—Adelante—dijo Gilgamesh de mala gana, enterrando la cabeza de Enkidu entre sus piernas—. Hazlo.

Enkidu estaba consternado. Jamás pensó que Gilgamesh llegase a hacer así de violento con él. Seguramente con sus palabras tocó una de sus mayores inseguridades y él no se dio por enterado. Apoyó ambas manos temblorosas sobre las caderas de Gilgamesh y le habló desde aquella altura.

—Gil, cálmate, no quiero qu…

Gilgamesh le propició una enorme cachetada que provocó que Enkidu cayera en la cama, con toda la maraña de cabello verde tras de él. Acto seguido, volvió a levantarlo de la cabellera y lo posicionó cerca de su entrepierna.

—Obedece Enkidu—dijo Gilgamesh, con el ceño fruncido.

Enkidu frunció el ceño y tiritó de rabia unos segundos, pero luego de suspirar y calmarse, finalmente cedió y comenzó a introducir el sexo de Gilgamesh en su boca. Colocó sus manos en los muslos y el latir de su corazón le indicaban que su mente iba a mil por hora. Empezó a moverse con lentitud, hasta que Gilgamesh comenzó a acariciar su nuca con sus dedos temblorosos, en movimientos aleatorios y poco coordinados. A veces su boca babeaba demasiado, lo que le molestaba, pero él continuó con su labor. Cuando Gilgamesh tuvo suficiente, tendió a Enkidu sobre su lecho y le abrió las piernas.

Enkidu soltó un quejido de dolor ya que no estaba completamente preparado. Gilgamesh respiraba entrecortado en su oído, mientras le susurraba cosas.

—Hazlo bien porque o si no llamaré a una de mis putas del harem y lo haré frente a ti, para que veas lo buenas que son…

—Gil… —Enkidu tiritaba producto del desorden de sensaciones que su cuerpo sufría— ¿Por qué?

—¿Por qué? —Repitió, deteniendo sus movimientos—Porque has dudado de mi, Enkidu, tú lo pones en duda sólo por un montón de mujeres sin gracia. Juzgas lo que he forjado por ti, aquello que me atormenta por tus malditos encantos que detesto.

Ambos se quedaron paralizados. Gilgamesh respiraba agitado, arrepentido de lo que acababa de decir. Se salió del cuerpo de Enkidu y se sentó en la cama, ofuscado, lidiando con sus propios sentimientos.

Por otro lado, Enkidu miraba el techo, inanimado. Cerró los ojos y algunas lágrimas de placer abandonaron su rostro.

Después de eso, sonrió.

Se llevó ambas manos a su pecho y sintió como su corazón latía fuerte. Pequeños temblores abordaban su piel y sus poros sobre reaccionaban a la brisa nocturna que lograba colarse por las ventanas. Se sentó en el lecho y vio la expresión de desagrado de Gil.

Lo abrazó por la espalda y apoyó su rostro en el hombro.

—Gil, quizás es algo mutuo, entiendo lo que sientes—susurró ya calmado, acariciando el abdomen esculpido de Gilgamesh.

—Cállate, estoy harto de oírte.

Pasado algunos minutos, Gilgamesh acarició suavemente los antebrazos de Enkidu mientras sopesaba las acciones que había cometido. Se volteó y tomó el rostro de Enkidu entre ambas manos y lo besó, ya sin violencia, si no que con la suavidad de una pluma caer a través de la tela. Ambos terminaron acostados sobre el lecho y volvieron a excitarse, en completo silencio, sólo roto por los jadeos de Enkidu, cuando las manos de Gilgamesh tocaban su intimidad.

Finalmente, Gilgamesh volvió a penetrarle y se arrodilló en la cama, para sentar a Enkidu sobre él. Lo abrazó por la espalda y lo obligó a que se moviera, mientras la cortina de cabellos verdes aislaba sus rostros del exterior. Se unieron en un beso largo y placentero, lleno de gemidos y de bailes húmedos entre sus lenguas. Las manos de Gilgamesh acariciaban los muslos que se encontraban a sus costados y ascendía por su cintura delgada y contorneada.

Así continuaron, en silencio, hasta que una sustancia blanquecina salía del interior de un agotadísimo Enkidu.

Ambos se encontraban tendidos sobre el lecho de Gilgamesh sin romper ese silencio perpetuo de las confesiones. Nunca se habían dicho algo parecido, a pesar de todas las noches desenfrenadas. Gilgamesh reflexionaba, ya calmados sus mareos, sobre las palabras que dijo. Efectivamente forjó algo por él, era un sentimiento fuera de este mundo. Trascendía la amistad, el amor hacia una esposa, el amor hacia un hermano. Era eso y mucho más. Algo que nadie más en todo el mundo experimentaría, porque dos almas unidas debían encontrarse y ser capaces de superar los límites de todo lo creado para perpetuarse uno al otro. Ese era el tipo de sensación que Gilgamesh sentía por Enkidu… y lo detestaba.

La dicha Enkidu fue tal que sintió regocijo ante las palabras de Gil y algo se trascribió en su pecho, como de un arcano sagrado, de las enseñanzas ocultas que los dioses guardaban para quienes eran dignos de tal precioso poder. Sonrió ensoñado y cerró los ojos para dormirse en la calma de un cuerpo complacido.