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Capítulo 23
LA ANGUSTIA Nunca por amor; ahora solo siente su título.
W. Shakespeare, Macbeth. Acto V, escena II.
Desde la ventana de la salita, Candy observaba los círculos que la lluvia formaba en los charcos. Llovía desde la noche anterior, esa noche que comenzó con la excitación del entusiasmo y que terminó en vacío absoluto.
Desde el momento que había dejado a lady Susana, Terry había tenido una actitud preocupada, y Candy estaba segura de poder dar un nombre a su preocupación: su esposa no era lady Susana, su amor, sino una bruja escocesa que había hecho de su vida un caos.
Candy se secó de nuevo las lágrimas, maravillándose que aún tuviera alguna, e hizo acopio de su orgullo escocés. Permanecer sentada divagando no servía para nada. Su mirada se posó en los árboles del jardín. La lluvia había cesado pero el cielo estaba gris.
Con la lluvia había llegado la tibieza de la primavera que se estaba acercando, y la nieve y el hielo se habían disuelto cuando el cielo había llorado con ella.
En un rincón del jardín, cerca de un arbusto de flores blancas y de la hiedra que se entrelazaba con la madreselva sobre un muro de piedra, dominaba un gran olmo. Candy apoyó la mejilla surcada por las lágrimas al vidrio de la ventana y miró al cielo.
Las nubes densas de lluvia se estaban retirando. Tomó un chal de un perchero, se lo colocó sobre los hombros y salió por la puertaventana.
Bajó la escalera evitando los charcos y se acercó al árbol.
Los olmos tenían su carácter, aunque fueran ingleses. Apoyó la mano sobre el tronco áspero.
—Soy Csndice y necesito de tu fuerza, de tu vida, porque una parte de mí ha muerto.
Ayúdame, te lo ruego.
Lentamente, hizo resbalar las manos alrededor del grueso tronco y apoyó el rostro contra él. Sintió la áspera corteza rozando su piel suave, pero tenía una desesperada necesidad de aquella cercanía.
Cerró los ojos y se abandonó a la fuerza de la naturaleza.
Sentado en su estudio, Terry miraba el abrecartas que acabada de utilizar para abrir el mensaje del rey, en el que le recordaba su compromiso.
Cómo si hubiera podido olvidar la obligación de pasar otra noche bajo la mirada escrutadora de la alta sociedad. Sin embargo, pretendía volver al campo el día siguiente, independientemente de los deseos de su soberano.
Los sirvientes estaban ya haciendo los preparativos. Esa noche representaba el juicio final. ¡Qué acertada elección de palabras! Le recordaba el proceso de las brujas, cosa que trataba de evitar.
Jugueteó con el abrecartas, consciente del efecto hipnotizante de la luz de la lámpara sobre un pie de bronce.
Estaba casado con una bruja, y nadie lo sabía.
Se preguntó si Susana habría cambiado la idea romántica que se había hecho sobre su matrimonio si supiese la verdad.
Lo había considerado un matrimonio por amor.
Terry dudaba que alguno de los matrimonios Grandchester fuera por amor.
El de sus padres, ciertamente, no. Su padre había demostrado claramente, tal y como había dicho con claridad, que los Grandchester estaban por encima de aquellas tonterías; y que ninguno de sus hijos, y menos aún, el heredero, permitiría que su vida fuese ensuciada por semejante idiotez.
Terry había aprendido que el amor llevaba a la destrucción.
Pero también había aprendido, y deprisa, que el único modo de obtener la aprobación de su padre era pensar como él, vivir como él, comportarse como él. La lección pronto había llegado a ser su estilo de vida. Acabada de comprobar que también su orgullo podía producir resultados desastrosos. Se había dejado arrastrar por las emociones. Su matrimonio apresurado había sido el resultado de su orgullo herido. Había tenido miedo de lo que habría podido decir la gente.
Admitirlo era una debilidad para el Duque de Grandchester. Hacía juego con el hecho de esconder a su mujer.
Siempre con el abrecartas en la mano, trató mentalmente de justificar sus acciones para atenuar su sentimiento de culpa.
Se preguntó si estar casado con una bruja sería su castigo por haberla usado. Desde el primer momento en que ella le había dirigido esa mirada de adoración, se había dado cuenta que su corazón le pertenecía y que podía hacer lo que quisiera.
Y había decido casarse con ella por su propia comodidad, sabiendo a ciencia cierta que ella nunca lo abandonaría.
Era un modo para salvaguardar su orgullo. Y habría guardado este conocimiento hasta la tumba.
No quería que Candy supiese que había sido tan idiota como para haber cedido a la debilidad del orgullo herido.
Le gustaba ser adorado por ella, lo enorgullecía poder realizar los sueños de Candy. No quería su desprecio.
Quería su respeto, tal vez mucho más de cuanto quisiese el de la aristocracia londinense.
Por primera vez en su vida, su nombre, su título, su estatus en la sociedad, no valían nada en comparación con lo que Candy significaba para él.
Ella lo llamaba "mi Terry", no su Duque, no su marido u otro. Sólo su Terry.
No había título para tenerla ligada a él. La riqueza, la dinastía, el ducado, no tenían importancia y extrañamente lo tenían las artes mágicas de ella o sus orígenes.
Ellos estaban unidos por algo más profundo, incontrolable, algo a lo que él no sabía darle nombre, pero que existía.
Y le producía un maldito temor.
Barriga contra barriga, espalda contra espalda, éste es el mejor método para cocinar la en la puerta de la cocina, Candy observaba Sam que daba vuelta a medio cordero en el asador. Luego lo vio dejar el asado e ir de nuevo a la mesa, cantando un estribillo sin sentido. La larga trenza ondulaba detrás de él. Las dos sirvientas habían tomado el ritmo y una batía una montaña de masa para el pan mientras la otra cortaba cebolla marcando el ritmo.
Sam terminó la canción, tomó un largo sorbo de una botella y recomenzó:
—¡Trabajo todo el día con un trago de ron! ¡Da—da—da—da—da—da—dum! — Levantó la botella, pero se detuvo a medio camino viendo a Candy.
—Vuestra Gracia. —Ignorando el gritito de sorpresa de las dos ayudantes, el hombre le hizo una galante reverencia y una gran sonrisa a la Duquesa.
Q—Continúe, se lo ruego, no quiero interrumpir su trabajo. Sólo tengo un poco de apetito. Sam le puso una silla cerca de la mesa y ordenó:
—Vuestra Gracia, siéntese aquí. Sam preparara una buena cosa.
Después de minutos, había tanta comida sobre la mesa como para saciar a toda la casa.
—Bastaba un trozo de pan y mantequilla.
—Vuestra Gracia, come como un pajarito colibrí, pronto será tan pequeña como colibrí. —Le puso delante un vaso que parecía leche. —Beba.
Candy bebió y abrió los ojos
—Esto no es leche.
Él asintió.
—Es leche de coco con ananas y ron. Mágico. —le hizo un guiño y agregó: —Vamos, beba.
La bebida era deliciosa. Candy bebió un vaso, y otros dos más mientras comía.
Una hora después no habría sabido decir si fue la fuerza trasmitida por el olmo o la comida en el estómago lo que le hizo subir la escalera casi volando.
Fue a su recámara canturreando entre dientes una melodía, con un vaso de la mágica poción en la mano.
Polly la vistió con un delicioso vestido de seda azul noche, con guarniciones de perlas y cuentas de vidrio.
En los pies calzaba zapatos del mismo color, con tacón alto. No necesitaba el aro para el vestido de gala. Recién se había puesto los guantes cuando un lacayo tocó la puerta para decir que su gracia y la carroza la esperaban.
Polly le puso el aderezo de zafiros y perlas que Terry le había mandado a su recámara, y luego fue a buscar su cartera.
Candy miró su propia imagen reflejada. Sí, una vez más tenía el aspecto de una Duquesa. Bebió el último sorbo de coco y ron y se dio la vuelta.
La habitación le dio vueltas. Se aferró al respaldo de una silla e hizo dos profundos suspiros.
La habitación se detuvo. Pensó con aprensión que había exagerado con los tres abrazos al olmo. Sacudió la cabeza y se sintió aturdida.
Sus pensamientos se dirigieron hacia el despreciable Terry. Se miró en el espejo y no le gustó la cara que vio reflejada: era triste.
Reaccionó con el orgullo escocés, levantó la barbilla y se miró con altanería. Ahora estaba mucho mejor.
Después de haber pasado tanto tiempo reflexionando sobre su propia situación, era hora de moverse. Se había acabado el tiempo de ser la bruja buena. Con la bondad sólo había conseguido tener el corazón destrozado.
Había sido Terry quien le había pedido matrimonio, ella no lo había forzado. Más bien, había tratado de decir no, pero él había insistido. Pero, ¿Por qué? Estaba decida a descubrirlo, antes de que terminara la noche. Susana poseía su corazón, pero ella era su esposa, una esposa consciente que su marido la había usado.
Había sido penoso constatarlo y ella había atravesado todas las fases del sufrimiento: las lágrimas, el dolor, la vergüenza.
Pero ahora estaba furiosa, porque Terry la había tratado injustamente. Realmente furiosa.
El elegante landó de los Grandchester avanzaba detrás de innumerables carruajes que se agolpaban delante del Royal Opera House en Covent Garden.
Terry observaba pensativo a su mujer. Estaba insólitamente silenciosa.
La noche anterior después de la cena, le había confesado que nunca había ido a un teatro, por lo tanto él esperaba verla curiosa, con el rostro comprimido contra el vidrio, mirando la muchas linternas que iluminaban los jardines, o que estuviese agitada y ansiosa. En cambio estaba sentada rígida, apretando de vez en cuando el brazo del asiento. Esa mujer fría frente a él era una perfecta Duquesa, pero no era su pecosa.
—¿No te sientes muy bien? —le preguntó.
Ella lo miró, parpadeó un par de veces y asintió. Luego hizo un profundo suspiro y giró su rostro hacia el otro lado.
Su rostro aparecía carente de vitalidad, sólo un leve rubor le rozaba las mejillas. Cuando él le preguntaba algo, contestaba con un sí o un no. ¡Y eso no le gustaba!
El carruaje se detuvo y un lacayo abrió la puerta. Terry bajó y ella aceptó su mano sin mirarlo, pero apenas bajó la retiró tan deprisa que perdió el equilibrio y por poco no se cae. Pero no lo miró.
Su comportamiento encendió la curiosidad de Terry. Le tomó el codo y la condujo hacia el interior del teatro.
Había visto un relámpago de cólera en sus ojos sólo dos veces:
Una, cuando le había reprochado por lo que le había hecho a lord Brummel, y la otra, un minuto antes.
Mientras subían la escalera, Candy por poco no se cae y sólo el brazo de Terry lo impidió. Cuando le preguntó por qué, ella levantó la barbilla y siguió como si nada hubiera sucedido.
En el último descanso, él se detuvo y le indicó la estatua de Shakespeare esculpida por Rossi. Ella apenas la miró. Unos minutos después, los Duques de Grandchester saludaban al príncipe y se sentaban en el lugar de honor a su lado. Poco después, Candy se dignó a mirar a su marido y preguntó:
—¿A qué opera vamos a asistir?
Él ni siquiera se había interesado en informarse, así que miró el programa y palideció. Ante sus ojos apareció el título: Macbeth. Confundido, se limitó a contestar:
—Shakespeare.
Candy hizo una mueca y dirigió la mirada al escenario. El príncipe se inclinó hacia ella.
—Milady Duquesa, siendo escocesa sin duda que se divertirá. Hemos persuadido a Sarah Siddons a volver para una representación especial de su rol más aclamado, lady Macbeth.
Después de un segundo, se levantó el telón entre aplausos y aclamaciones del público. Un actor se presentó en el escenario y exclamó:
—¡Escocia! En un espacio abierto.
El Regente sonrió y asintió a Candy, y Terry observó a su esposa esperando su reacción. En una escena de temporal, entre sonar de truenos y flash de relámpagos, entraron las brujas.
Terry gimió. Había olvidado cuan harapientas y horrendas fueron siempre. El príncipe, con su desagradable oportunismo dijo:
—¡Mira! ¡Mira! Las brujas escocesas. Feas como el pecado, ¿cierto? —Alrededor de él todos asintieron. Excepto Candy. Ella examinó las tres brujas en su horrendo aspecto, luego miró a su marido.
Él le murmuró:
—Recuerda quién eres y con quién estás. —Y le hizo un gesto hacia el regente.
Candy siguió el drama durante los actos sucesivos y pareció aceptar la representación, tensándose sólo cuando las brujas lanzaban sus predicciones.
Terry se sintió aliviado, hasta uno de los últimos actos. Habría tenido que considerar al trueno como un aviso.
Cuando las brujas se pusieron a mezclar dentro de un enorme caldero canturreando: "Dobles, dobles desgracias y perdición; quema el fuego en el caldero" el gran caldero atravesó veloz el escenario dejando a las brujas atónitas con sus cucharones en la mano. Terry no podía creer lo que veía con sus propios ojos. Las brujas intercambiaron miradas perplejas, luego corrieron hacia el caldero, declamando los ingredientes que fingían poner adentro.
Otra llamarada se levantó del caldero obligando a las brujas a retroceder gritando. La más valiente continuó con los ingredientes manteniendo la debida distancia, fingiendo arrojar algo dentro del caldero:
—¡Diente de lobo! —exclamó, y se oyó el aullido de un lobo más fuerte que el resonar de un trueno. Terry giró la cabeza hacia su mujer. Candy tenía los ojos fijos en el palco; tenía una expresión inocente, las manos cruzadas sobre la falda. Cuando Terry volvió a mirar el escenario, estaba entrando Macbeth, que dijo:
—¡Vosotras, misteriosas, negras brujas de la medianoche!
El actor dio dos pasos y tropezó, terminando en el suelo con la cara contra el pavimento. Los espectadores se sobresaltaron y Terry apretó la mano de su esposa.
—Para.
Ella le dirigió una fingida sonrisa:
—¿Parar? No entiendo de qué estás hablando.
Macbeth se levantó, se acomodó la ropa y la peluca. Levantó las manos y declamó:
—Aunque los castillos se derrumben…
La escena a su espalda se estrelló en el suelo en una nube de polvo. El público comenzó a reír.
Terry aferró a Candy mientras Macbeth terminaba su oración en un murmullo, lanzando miradas alarmadas a izquierda y derecha. Una bruja exclamó:
—¡Vierte sangre de marrana! —Terry sintió a Candy estremecerse, luego reír. Miró el escenario. Tres cerdos trotaban por el escenario chocando con el caldero y gruñendo alrededor de Macbeth.
—¿Es de esto de lo que estabas hablando? —rió despacio Candy con la cabeza contra su propio pecho.
—Maldición —murmuró el Duque estrechándola contra sí. Luego se dirigió al príncipe: —Mi esposa no se siente bien, Alteza.
El príncipe reía tan fuerte que apenas lo miró.
—Sí, sí, no importa, Grandchester —dijo despidiéndolos con un gesto de la mano.
Terry estaba arrastrando a Candy fuera del palco real, refrenándose de matarla con sus propias manos. Afuera, la empujó contra la estatua de Shakespeare y la sacudió.
—¿Qué diablos creías que hacías?
—Enseñarles algo sobre las brujas escocesas. —Candy sonrió y de golpe le vino un hipo; se cubrió la boca y miró a su marido con expresión maliciosa. Tuvo otro hipo. Él le olió la boca.
—¿Has bebido?
—Leche de coco. Es deliciosa con una pequeña gota de ron.
Estaba ebria. Para confirmarlo llegó otro golpe de hipo. Ella miró a su marido y parpadeó.
Se escuchó otro estallido de risa proveniente del teatro, Candy comentó:
—Parece que se divierten.
Lívido, Terry la levantó en brazos en un gesto que no tenía nada de romántico, sino sólo la urgencia de alejarla de allí. Mientras bajaban la escalera, ella exclamó:
—¡Señor Shakespeare, dobles, dobles desgracias y perdiciones!
—¡Calla! —ordenó Terry, sin notar el guiño en la cara de la estatua.
La puerta de la recámara fue a dar contra la pared haciendo gritar a Polly que dormitaba al lado del fuego.
—Déjanos. Debemos hablar en privado —ordenó Terry, mirando siniestro la habitación. Candy se dirigió a la camarera:
—Debes perdonar a su gracia. Está un poco molesto. —Rió mirando a su marido: — ¿No es cierto?
Terry, con el cuello sonrojado, se dio la vuelta, miró con ojos feroces a la sorprendida Polly y gritó:
—¡Fuera!
Mientras la muchacha se apresuraba a salir, Candy hizo ondular la mano con un gesto teatral:
—¡Fuera, condenado adefesio! ¡Fuera, he dicho!
Con los dientes apretados él murmuró:
—¡Para!
—Siempre sin sentido del humor, Terry. —Ella sacudió la cabeza pero se detuvo cuando vio que la aristocrática nariz de los Grandchester era doble. Entrecerró los ojos buscando enfocar mejor.
—No había absolutamente ningún rastro de humorismo en lo que has hecho esta noche.
—El público pensaba distinto. Recuerdo que se han reído. Pensé que los cerdos se verían graciosos. Mi magia ha funcionado muy bien, ¿no crees? Tal vez ha sido el ron.
Terry la dejó caer sobre la cama.
Ella rebotó un par de veces, riendo. Miraba la cara furiosa de su marido con expresión maliciosa.
—Terry, hagámoslo de nuevo. Tú me arrojas sobre la cama y vemos cuantas veces reboto. Dejo que tú cuentes, visto que tienes mucha práctica. Candy vio su rabia aumentar.
Le temblaban hasta las manos. En silencio él retrocedió y fue a la salita. Después de dos minutos reapareció con un brandy entre sus manos y la miró hostil.
Ella le dirigió una sonrisa melosa. Terry maldijo entre dientes, y esto le hizo querer provocarlo.
—¡Bi—bi—bon! ¡Escucha a Terry, que ahora es un gruñón!
Él se tensó por un segundo, miro a la derecha y a la izquierda, y clavó a Candy con su autoritaria mirada, que fue ignorada. Luego se le acercó, puso el brandy en la mesita de noche al lado del libro y lentamente pasó el puño sobre el colchón y se inclinó hacia ella en pose amenazadora.
Candy no tenía intención de dejarse intimidar. Su marido explotó:
—¿Me has lanzado de nuevo un hechizo?
—No. Si lo hubiera hecho, te habrías dado cuenta.
—¿Qué diablos te ha sucedido?
—Estoy fuera de mí.
—¿Y por qué?
—Tienes que decirme por qué te has casado conmigo.
—¿Y es por esto que esta noche has arruinado una representación pública delante del príncipe? ¿Por qué querías saber por qué me he casado contigo?
—No. Es porque conozco el motivo.
Él la miró por un momento ceñudo; luego la levantó y la estrechó contra sí.
—¿Por esto? —la besó largamente, con pasión. Y fue la ruina de Candy. Toda su audacia se desmoronó. Las lágrimas que había tratado de contener afloraron.
Terry se retrajo un poco para mirarla, ya sin rabia. Vio el llanto de ella y preguntó:
—¿Qué sucede, pecosa? ¿Lágrimas?
Candy lo miró, y tratando de no sofocar con las palabras murmuró:
—Lady Susana debe haberte hecho mucho daño.
Terry maldijo, cerró los ojos por un instante, luego los reabrió. Le posó una mano en el hombro. Ella lo consideró un gesto de piedad y se retrajo.
—¿Qué has oído decir?
—Que debías casarte con ella, pero ella te abandonó por otro. Y esto el día antes de nuestro matrimonio.
—Es cierto.
—¿La amas mucho?
—No.
—Te lo ruego, no mientas.
—No miento. Nunca he amado a Susana. —Le giró la cabeza para que ella lo mirase: — ¿Pero por qué te preocupas? Me he casado contigo, no con Susana.
—Te has casado conmigo, pero tampoco me amas a mí.
—Nunca dije que te amara.
La verdad de sus palabras la indujo a preguntar:
—¿Entonces, por qué te has casado conmigo?
Él se tensó, y se enderezó.
—No tiene importancia. Ahora estamos casados.
—Me importa a mí.
—¿Por qué? Tienes una casa, riqueza, la protección de un título. Son cosas importantes. ¿Qué más quieres aún?
—Quiero el amor.
—El amor no tiene nada que ver. Este es un matrimonio, no una comedia. Nunca te he prometido amarte y nunca lo haré. —Le dio la espalda como si mirarla le fuera difícil.
—Yo quería formar parte de tu corazón —admitió Candy, muy despacio, y no estaba segura que él la hubiese oído.
—¿Es sólo eso en lo que piensan las mujeres? ¿El amor?—Pronunció la palabra amor como una blasfemia. Aferró el libro de la mesita de noche y se lo puso bajo los ojos.
—¿Es de aquí que te vienen esas ideas? ¿De estos malditos libros?—Se lo agitó delante de la cara y lo lanzó al fuego.
Candy se estremeció, atónita. Las llamas devoraron el libro. El fuego crepitó. Luego sobrevino un silencio pleno de tensión.
Terry se miró las manos como si no pudiese creer lo que había hecho.
—Dios Omnipotente, ¿Estoy loco yo o lo estás tú? —dijo colocando las manos entre el lo miró fijo, levantó la cabeza.
—Sí, estoy loca, muy loca. —Levantó una mano y ordenó:
—¡Terry, arriba !
El Duque se elevó de la tierra y permaneció a pocos centímetros del techo.
—¡Maldito el diablo!
—¿Ves? He usado la magia sobre ti y apuesto que te has dado cuenta. —Candy le quería demostrar qué significaba la cólera de una bruja.
Terry la miró como si no pudiese creer lo que le estaba sucediendo. Lentamente cambió de color; del rosa al rojo y luego a púrpura.
—¡Bájame!
—No.
—¡Te he dicho que me bajes!
Ella cruzó los brazos y sacudió la cabeza.
—Soy tu marido. Debes obedecerme. ¡Inmediatamente!
Cansada de sus arrogantes órdenes, movió la mano y él voló hacia un lado.
—¡Maldito el diablo!
Candy lo hizo bajar un poco. Él dijo:
—Necesito un trago.
—Con una sonrisa maligna, Candy le hizo llegar una copa a pocos centímetros de las manos. Cuando su marido hizo por cogerlo, ella lo desplazó.
—No lo encuentro divertido. Hazme bajar. Te advierto…
—¿A quién adviertes, a tu esposa o a la bruja?
El Duque se puso ceñudo, Candy le hizo llegar la copa antes delante la cara, luego sobre la cabeza y dijo:
—Esta es tu esposa. —Luego levantó el índice y la copa vació el brandy sobre la cabeza de su marido. —Y esta es la…
—¡Bruja! —murmuró el Duque con el brandy que le goteaba sobre la cara roja.
—Sí, en efecto, y ahí tienes tu brandy. —Candy flexionó los dedos de la mano derecha.
—¿Prefieres escupir sapos o tener algún forúnculo?
Él la miró con los ojos mojados.
—No te atreverás.
—Dime por qué te has casado conmigo —le preguntó Candy con la más dulce de las sonrisas.
—Maldición, quisiera saberlo yo también.
—Yo creo saber porque lo has hecho, pero tu orgullo tozudo no te permite admitirlo.
—Hazme bajar.
Ella sacudió la cabeza.
—Dilo, Terry. Sólo debes decirlo.
—Bájame.
Le había preguntado por la verdad, pero quería oírle decir que la quería. Las lágrimas le quemaban los ojos. Con un suspiro de derrota bajó el brazo y los pies de Terry tocaron el suelo.
—¡Maldición, soy el Duque de Grandchedter!
—Cómo si no lo supiera. Nadie que te conozca puede dudar de quien eres y qué cosa eres.
—¿Qué diablos debería significar eso?
—Te preocupas tanto con ese propósito, Terry. Créeme, todos saben que tú eres el Duque de Grandchester.
Él se dio vuelta para irse.
—Cobarde —murmuró Candy.
Alec se detuvo de golpe y lentamente se dio la vuelta. Su cara era una máscara roja de rabia.
—¿Quieres saber por qué me he casado contigo? Está bien, te lo diré. ¡Porque Susana me ha plantado, maldición! ¡Se ha reído de mí! Yo no acepto que cualquiera se ría de mí. — Fue hacia la puerta, se dio vuelta y la miró.—Me he casado contigo porque me servía una esposa. Y tú estabas a mano.
Candy necesitó un momento para reencontrar la voz.
—¡Terry! Rechazas que alguien se ría de ti, pero te has reído de mí. Tú me has usado a sabiendas de que lo hacías, ¿No es así?
Antes que él cerrase la puerta, Candy vio un reflejo de culpa en sus ojos. Había obtenido la respuesta que quería.
CONTINUARA
