.

Capítulo 24

Sobre el tejado de Grandchester Park, una brisa ligera azotaba de vez en cuando las faldas de Candy y los tacones bajos de sus zapatos golpeaban con un ritmo lento sobre el revestimiento de hierro. Habían transcurrido días de silencio y horas solitarias, que parecían haberse fundido unos con otros.

Había pasado sólo una semana desde Macbeth, pero a ella le parecía un mes.

La mañana siguiente de la representación, Polly había despertado a Candy con la bandeja del desayuno, unos polvos para el dolor de cabeza y la noticia que su gracia le ordenaba leer el diario.

Había encontrado un artículo, señalado con un círculo, sobre los maravillosos efectos mecánicos creados sobre el escenario para Macbeth.

Parecía que nadie había querido asumir la responsabilidad del éxito de la representación hasta que el príncipe había expresado su complacencia y el deseo de dar una recompensa al innovador artista. Al final, quince personas se habían presentado para exigir la recompensa.

Candy había cerrado el diario, tomado los polvos para el dolor de cabeza, y se había colocado un vestido de viaje. Después de casi una hora había dejado Londres con Polly y Clint, en carruaje, mientras el Duque había preferido cabalgar un espectacular semental recién adquirido a lord Addersley.

El acostumbrado carro cargado de equipaje y de dos criadas seguía la carroza.

Antes del baile, Terry había consentido llevar Forbes y Sam a Grandchester Park donde siempre había mucho que hacer y donde Forbes habría podido desempeñar un trabajo más adecuado y menos destructivo.

En todo caso, Candy habría aceptado de buen grado cualquier desastre con tal de romper la frialdad de su marido, que le hablaba sólo para darle órdenes que no necesitaban respuestas.

Terry había partido dos días después de su llegada para reunirse con Archie y Charlie en su cottage de caza, dejando su esposa sin nada que hacer a parte de pasear en los jardines y en el tejado.

Candy se apoyó en la balaustrada y miró hacia abajo.

Le llegó la voz profunda de Sam desde el sendero detrás de la cocina. Hungan estaba en medio de un grupo de criados, sobre una leve pendiente del terreno, donde el sendero se ensanchaba y conducía a los grandes establos. Estaba dirigiendo el ensanchamiento y la siembra del huerto.

Candy vio la cabeza blanca de Forbes y no pudo hacer otra cosa que reír. Una ayudante de cocina lo estaba ayudando a darle la vuelta a la chaqueta que se había colocado de revé potros trabajaban al ritmo de un canto del Caribe. Candy miraba con atención lo que sucedía allá abajo. Era extraño, recibía más compañía de los sirvientes que de su marido.

Suspiró preguntándose cuánto tiempo necesitaría para desamorarse de Terry; ciertamente que más tiempo que para enamorarse.

Por enésima vez deseó poder curar con la magia su propio corazón destrozado.

Sabía que sus poderes no eran lo suficiente fuertes para un hechizo de amor, por no hablar de hacer desviar los sentimientos del corazón.

El resultado del sortilegio había sido una gran grieta en la estatua de mármol de Cupido en el ala de música. Todavía no había logrado repararla pero, al menos había hecho desaparecer los centenares de corazones destrozados que revoloteaban por la habitación.

Permaneció apoyada en la balaustrada con el mentón en la mano durante bastante és, al oír el ritmo x por Sam, comenzó a mover la cabeza y a chasquear los dedos al ritmo de la música.

La tibieza del sol y las risas de los criados la llevaron a tomar una decisión.

Desde aquel momento en adelante, no volvería a intentar convertirse en la Duquesa de Grandchester. No le gustaba en lo que se estaba convirtiendo.

Quería ser lo que era, sólo Candice. Con determinación bajó las escaleras y después de diez minutos estaba plantando rabanitos y reía por primera vez después de muchos días.

Después de dos horas y media de trabajo, Candy se limpió las manos sucias en el vestido igualmente sucio, giraba una esquina, canturreando con la boca cerrada y moviendo al compás la cabeza y los pasos.

Cuando sintió el chirrido de un carro diminuyó el paso. Tirado por dos bueyes, el carro avanzaba por la avenida y el conductor, un viejo mal vestido de pescador, gorro de lana, chaqueta de marinero y botas de goma, se detuvo a su lado.

—¿Es esto Grandchester Park?

Ella asintió y se sacó el cabello del rostro con una mano sucia de tierra.

—Tengo algo para el Duque de Grandchester —dijo el hombre yendo hacia atrás del carro.

—Las mercaderías deben pasar por la puerta de servicio—explicó Candy sonriendo.

—Ésta no. Es para el Duque.

—El Duque no está, pero yo soy la Duquesa.

—Y yo soy su majestad el Rey George —dijo el viejo después de haberla mirado de la cabeza a los pies.

Ella rió.

—Le ruego disculpe mi aspecto. He estado trabajando en el jardín. Sígame, por favor. —Candy subió la escalera de la entrada principal seguida por el hombre. Henson abrió la puerta y se inclinó.

—Vuestra Gracia.

Candy oyó al viejo farfullar algo sobre la excentricidad de los aristócratas mientras la seguía a la sala con el sombrero en la mano.

—¿Entonces, qué cosa le ha traído a mi marido? —preguntó, sentándose.

El hombre permaneció de pie y por un instante miró atónito la suntuosa habitación, después hurgó en un bolsillo de sus pantalones y extrajo un sobre arrugado que ofreció a Candy. Ella abrió el sobre y leyó la carta. Sorprendida, miró al hombre.

—Dice que mi marido deberá ser el tutor de alguien llamado Jimmy, según la voluntad expresada en el lecho de muerte de un cierto señor Rodney Kentham.

—Efectivamente. El señor Kentham ha muerto hace dos días.

Preocupada y sin saber cómo comportarse, Candy permaneció en silencio por algún segundo, luego explicó:

—Mi marido se ha ido por algunos días, pero puedo escribirle que vuelva pronto. ¿Quién se ocupa de Jimmy en este momento?

El viejo indicó con el índice hacia sí mismo.

—Está en el carro.

Candy se incorporó, horrorizada al pensar en un pobre niño dejado en el carro lleno de chatarra, muebles y otros cachivaches.

—¿Ha dejado un niño allá fuera solo? —dijo corriendo hacia la puerta de entrada, Bajó la escalera y se acercó al carro.

Cuando vio un joven robusto, de alrededor de veinte años, con la espalda jorobada, se sintió aliviada. El desconocido llevaba un sombrero de ala ancha y un delantal. Y olía profundamente a mar. Estaba sentado sobre una silla de mimbre maltrecha, colocada junto a un par de baúles con una silla mecedora astillada amarrada arriba. Entonces el niño no estaba solo.

—¿Dónde está Jimmy? —preguntó.

El joven no contestó y ella lo observó con atención.

La miraba por debajo del ala del sombrero con los ojos ingenuos de quien ha nacido con la mente herida. Y en aquellos ojos albergaba el miedo. Ella le sonrió y trató de nuevo, hablando más despacio.

—¿Dónde está Jimmy?

Él no contestó. El pescador se le acercó e indicó al joven:

—Vuestra Gracia, Jimmy es él.

Mientras guiaba el semental debajo de la pendiente, Terry se preguntaba por centésima vez, cuál podía ser el problema urgente que lo llamaba de vuelta a Grandchester. Se preguntó si sería mejor ir a Grandchester o huir sin dilación de Inglaterra. Su mente imaginaba desastres, estatuas que bailaban, objetos voladores, relojes rotos que se arreglaban solos, látigos y panderetas.

¿Diablos, y si ella hubiera estornudado algo innombrable? ¿Y si hubiese hecho escupir sapos a alguien?

Sentía el sudor escurrir por su frente, pero aceleró el paso. Quería retorcerle el cuello. Literalmente. Quería llegar a tiempo para cambiar todo. Quería ordenarle ser lo que debía ser, al contrario de lo que era. De improviso asomó a su mente la imagen de Candy que le miraba con ojos llenos de amor, como si él le hubiera dado todas las estrellas del cielo.

Por un breve e insano instante escuchó la voz de ella llamarlo:

Terry, su Terry.

Sintió una puntada en el pecho, como si Candy le hubiese tocado el corazón, ese corazón que nunca había tenido. Hasta ese momento. ¡Maldito el diablo!

—Tengo miedo. —Jimmy estaba sentado al lado a Candy en un banco del jardín Ella observó su cabeza inclinada y le preguntó:

—¿De qué cosa?

Él se retorcía las grandes manos callosas y no levantó la cabeza.

—De este lugar. Quiero ir a casa.

—Ahora tu casa es ésta.

Él sacudió la cabeza con vigor.

—No, no. Ésta no es mi casa. Mi casa está cerca del mar, con Roddy.

—Pero Roddy no se puede ocupar de ti.

—Lo sé. Ha muerto. Antes tenía un perro. Era mi amigo. Me lamía la cara. No pensaba que era malo. Él también ha muerto.

—¿Cómo se llamaba?

—Perro.

Ella sonrió.

—Yo tengo un armiño. Se llama Clinton, pero lo llamo Clint.

Jimmy rió.

—Es un nombre tonto. ¿Por qué no lo llamas armiño?

—No lo sé. Nunca lo he pensado.

—Yo sí. —Después de un minuto de silencio, él preguntó:

—¿Es porque no soy inteligente? Yo quiero ser inteligente, así la gente me quiere.

Candy se inclinó para mirar por debajo del ala del sombrero que Jimmy se ponía siempre llevar que estaba fuera de la casa.

—Yo creo que eres inteligente, y en todo caso, tú me gustas.

Jimmy dejó de retorcerse las manos y las restregó sobre los pantalones.

—Tú también me gustas. No me dices cosas feas y no gritas. Cierta gente me mira, luego gira la cabeza porque soy feo y estúpido. Roddy nunca lo hacía.

—Ni yo tampoco.

Lentamente, él levantó la cabeza y la miró. Candy se esforzó para no demostrar ninguna emoción para no ponerlo incómodo. Se preguntó a quien quería proteger más, si a Jimmy que había sufrido tanto o Terry que iba a sufrir otro tanto.

—¿Crees que soy feo? —le preguntó el muchacho.

—No. ¿Y tú crees que yo lo soy?

Él rió.

—Tú eres muy bella. Y buena. No giras la cabeza y no te asustas. Y no me gritas — Jimmy volvió a retorcerse las manos, pero antes que Candy pudiese decir algo vio a un criado llevar el semental de Terry hacia los establos. "¡Oh, Dios!" Se levantó con un suspiro.

—Terry, mi marido, ha vuelto. Quiero hablarle antes que se encuentren. ¿Quieres quedarte aquí?

Jimmy asintió.

—Me gusta estar aquí. Es tranquilo y nadie me grita. ¿Crees que Terry lo hará?

—Todo irá bien. —Le apretó la mano y sonrió.

No sabía qué cosa sucedería, en todo caso tenía que preparar a su marido. Atravesó el jardín y se dio la vuelta para saludar a Jimmy con la mano. Y se sintió mejor cuando él le contestó.

Pasando por delante de Henson le dijo:

—Busca a Clint y llévalo donde Jimmy. Yo voy hablar con su gracia. Y... Henson, Jimmy está asustado y se siente fuera de lugar.

—Entiendo.

—Gracias. —Candy entró en la biblioteca y se detuvo con la garganta apretada cuando vio a su marido delante de la ventana.

Como si hubiese oído la presencia de ella, Terry se dio vuelta y la miró, sospechoso. Con voz autoritaria preguntó:

—¿Qué has hecho?

Candy cerró los ojos por un momento, imponiéndose contestar con calma.

—No he hecho nada.

—¿Entonces, qué es lo que hay tan urgente como para hacerme volver?

Candy extrajo del bolsillo el sobre y se lo dio. Él lo tomó, lo abrió, leyó la carta y se dejó caer en una silla.

—¿Un niño? Nunca he oído hablar de éste Rodney Kentham.

—No es un niño.

—¿Qué significa, no es un niño? La carta dice que el Duque de Grandchester debe ser contactado y debe asumir la responsabilidad de Jimmy si algo le sucediera a ese tal Kentham. Ciertamente, no puede tratarse de un adulto.

Candy atravesó la habitación y miró afuera de la puertaventana, desde la cual se veía Jimmy sentado en el banco.

—Mira. Está allá afuera.

Terry se acercó y miró.

—Mi Dios…

—Está asustado y confundido. Tiene necesidad de tu comprensión.

—¿Comprensión? Si no sé siquiera quien es…

—¿Podría ser tu primo?

—Mi padre y mi abuelo eran hijos únicos. También mi madre provenía de una familia poco numerosa. Y todos están muertos.

—Es mejor que tú lo veas antes de decidir qué hacer. —Candy abrió la puerta y Terry la siguió hasta el banco.

Jimmy estaba todavía sentado. La joroba de su espalda le daba un aspecto extraño, de derrota. En ese momento, hacía oscilar una cosa brillante delante de Clint, que, sentado sobre sus patas posteriores, trataba de pillarla con las anteriores. Terry despidió a Henson con una inclinación de su cabeza.

—¿Jimmy? —el muchacho levantó la cabeza y, viendo a Terry, abrió los ojos asustados. Candy sintió a su marido retener el aliento y se apresuró con las presentaciones.

—Este es mi marido, Terry, el Duque de Grandchester.

El momento de tensión pareció dilatarse. Jimmy y Terry ambos estaban asombrados, uno por el miedo y tal vez por una suerte de identificación, el otro por la rabia y por un imprevisto conocimiento, que de seguro lo habían trastornado.

Con su instinto animal, Clint reaccionó a la tensión saltando sobre el hombro de Jimmy, haciéndole caer el sombrero. Jimmy tenía cabellos grises. Terry se tensó y maldijo en voz baja. Su cara revelaba emociones contrarias que Candy podía sólo imaginar: su marido tenía delante la versión mal lograda de sí mismo, con los mismos ojos zafiros, si bien desanimados y tristes.

Jimmy era un doble suyo, trágicamente retorcido. Su vínculo familiar no se podía era un Graham.

CONTINUARA