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Capítulo 25
LA VERDAD El pasado ha revelado los engaños.
W. Shakespeare, Macbeth. Acto V, escena V.
—Sí, sé bien quien es Jimmy. Es vuestro hermano. Vuestro padre me ordenó guiar el carro que se lo llevaba lejos. —Admitió el viejo Jem, mirando al Duque a los ojos.
—¿Cuándo? —La voz de Terry carecía de emoción; cosa sorprendente considerando que estaba al límite de su autocontrol.
El hombre reflexionó por algún segundo.
—Vuestra Gracia debe haber tenido unos tres años. Vuestro padre ya le había hecho cabalgar su primer pony. El pequeño tenía unos pocos meses. Vuestra madre no podía siquiera mirarlo.
Vuestro padre lo había mandado a uno de los cottages de los arrendatarios hasta el momento de alejarlo discretamente.
Terry golpeó el abrecartas contra el borde de cuero del escritorio.
—En todos estos años, nunca lo he sabido. ¿Por qué nunca nadie lo ha nombrado?
—Fue en plena noche. Todos creyeron lo que vuestro padre dijo, que el pequeño había muerto.
Terry, miró el retrato de su padre colgado en la pared del frente.
El decimocuarto Duque de Grandchester estaba en medio de sus perros, la expresión arrogante denotaba su orgullo; un hombre tan frío que fue capaz de enviar lejos a su propio hijo. El mito de los Duques de Grandchester se había destrozado.
Terry cerró los ojos y suspiró profundamente.
—Es todo, Jem. Ensíllame mi nuevo semental y tráelo delante de la casa.
Jem farfulló una repuesta y se levantó lentamente, se dirigió hacia la puerta con los hombros caídos y la cabeza baja.
En ese momento Terry vio en su cuerpo la señal del paso de los años.
Y en ese momento se sintió igualmente viejo, igualmente cansado, como si ya hubiera vivido cincuenta años.
—¿Jem?
El viejo se detuvo, la mano en el pomo de la puerta y se dio la vuelta.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —Sus ojos se encontraron y se desafiaron. Después de un momento de silencio, Jem contestó:
—Vos sois el Duque de Grandchester. Lo sois desde hace muchos años. Aunque no le hubiese dado mi palabra a vuestro padre, en todo caso, no habría estado en la posición de poder decíroslo.
Esas palabras no hacían más que evidenciar una amarga realidad: el abismo existente en las clases sociales inglesas, el sistema que le habían enseñado a respetar.
En ese momento sintió como nunca el peso de su rango y se dio cuenta de cuán ridículo es el concepto que un ser humano es mejor que otro; que un título, es decir, un antiguo trofeo asignado a alguien por el capricho de un rey, y un accidente de la naturaleza, hiciesen de un hombre merecedor del respeto de otro.
Era un concepto insano, lo mismo que el hecho que fuera aceptado por un mundo inmoral.
Y lo máximo de la ironía, era que su padre, el estimado Duque de Grandchester, hombre frío, duro y calculador, tan controlado hasta el punto de ser carente de compasión, fuese un mentiroso, que había escondido un hijo y había pedido al otro hijo servir y reverenciar el nombre de la familia, excluyendo de su vida cualquier otra cosa. Cualquier forma de humanidad. Incluso la compasión.
Terry pensó en su hermano. Escuchó cerrar la puerta y se volvió; su mente estaba sumida en un caos de vergüenza, frustración y rabia. Fue a la ventana y miró afuera. Vio a su esposa y a su hermano juntos. La mujer que nadie sabía que era una bruja. El hombre que todos consideraban un ogro.
Apretó los puños como reacción al pensamiento de haber vivido siempre en una mentira.
Nada era como parecía.
Sintió una necesidad desesperada de golpear algo y romperlo en mil pedazos, porque era así cómo él se sentía. A pedazos.
Terry salió, bajó la escalera y un minuto después no oyó otro ruido que los cascos que golpeaban el terreno.
Galoparon en la hierba, superaron el lago y se lanzaron arriba de la colina, caballo y jinete como una sola cosa, absorbiendo el viento y pisando a muerte un período de vida inútil.
Sentado en la vieja mecedora, Jimmy dijo:
—Esta es mi silla. —Se levantó e indicó una pila de muebles rotos.—Mis cosas. Mis cosas especiales.
Candy sonrió al constatar el orgullo y el placer que el muchacho sentía al poseer aquellos pobres cachivaches, que había insistido para que fueran llevados a su habitación.
Una habitación rica y elegante como todas las demás de Grandchester Park, tapizada de azul, con mármoles y dorados, un lecho imponente sobre una plataforma, lámpara de cristal, alfombras y bajorrelieves en el techo.
Pero a Jimmy no le importaba nada.
Le gustaban la mesa coja, la mecedora astillada y otros míseros objetos que sólo él, en su sencillez, podía considerar tesoros.
Candy notó que su rostro expresaba el mismo orgullo que estaba impreso en el rostro de Terry hasta el día anterior.
Jimmy le mostró una vieja Biblia.
—Este es mi libro. Tiene un título. Como Terry. Él es un Duque. Éste es… —indicó las letras y deletreó: —La Bi…blia.
—Sabes leer —observó Candy tratando de esconder su sorpresa.
El orgullo de los Grandchester iluminó de nuevo el rostro de Jimmy, que asintió con fuerza.
—Quiero ser inteligente. Me he esforzado por aprender las letras. Quien lee es inteligente. Roddy era inteligente. Me ha enseñado él.—De pronto su expresión se hizo lejana, como si el recuerdo del hombre que lo había criado lo llenase de tristeza. Lloró.
Candy no dijo nada, pero esperó. La tristeza de Jimmy pasó pronto, como la de los niños. Luego el muchacho tomó una vieja escoba.
—Esta es mi escoba —dijo, moviéndola de un lado a otro.
—Hago bien mi trabajo. Lo decía Roddy. A veces los hombres en el puerto me decían que fuese con ellos. "Trae tu escoba" me decían. Me llevaban al Empty Net con ellos, como un amigo. Todos los pescadores iban al Empty Net después del trabajo. Y me decían: "Muestra a todos como barres la vereda". Y yo tomaba mi escoba y barría el pavimento de la taberna. Todos reían, se golpeaban las rodillas y decían que era un verdadero Joe Miller.
Candy sintió una angustia al corazón, porque sabía que Joe Miller era el sobrenombre que se le daba a los tontos y a los ingenuos.
—No sé quien era Joe Miller, pero creo que era un gran trabajador. Así que dije que me gustaba ser Joe Miller y todos reían. Yo también reía, porque estaba contento de haber hecho un buen trabajo. Y si lo hago, no me dejan solo.
Candy con la garganta apretada por las lágrimas contenidas, oyó un gemido apenas perceptible. Se dio vuelta. Terry estaba en la puerta con los ojos fijos en la escoba, en las manos grandes de Jimmy.
De su expresión ella se dio cuenta que había que había escuchado la conversación del muchacho y rogó por ambos hermanos para que su rabia no explotase.
Sus ojos se encontraron. Después ella miró a Jimmy, que estaba hurgando en un baúl. Trató de hablar, pero Terry meneó la cabeza; dio una última mirada a su hermano y se fue. Desde aquel día, Candy pasó la mayor parte del tiempo con Jimmy, tratando de divertirlo.
Terry transcurría sus días a caballo, nunca comía con ellos, ni dormía con ella. Candy no lo oía regresar.
A veces el Duque miraba su esposa y su hermano desde lejos. Ella se preguntaba dónde dormía, dónde se escondía.
Dijo a Benson que quería hablar con su marido, pero el criado volvió meneando tristemente la cabeza.
El Duque de Grandchester la había excluido a ella y a todos los demás de su propia vida.
Terry estaba parado arriba de la colina desde donde se gozaba una vista panorámica del ducado. Dejó caer las riendas y permitió al caballo pastar y beber en un arroyo que cruzaba un lado de la cima.
Caminó hasta un conjunto de rocas y se sentó en una piedra plana. En su cabeza sólo había confusión. Continuaba preguntándose cómo sería posible dejar a un lado todo lo que él conocía y en lo que creía.
Era el Duque de Grandchester, caray, ¿Pero qué significado tenía?
Toda su vida estuvo concentrada en el deber. Ese era su rol. Ahora todo estaba claro. Se le había enseñado a dar valor especialmente al orgullo de ser un Duque, a su rol en una sociedad inmoral, establecido por centenares de años de inútiles rituales, y por la rígida y maléfica influencia de su padre, que la había concentrado sobre uno de sus hijos; sobre aquel del cual se sentía padre.
También le habían enseñado a proteger el nombre de Grandchester de cualquier cosa. Se le escapó una risotada sarcástica.
¿Qué honor había en un nombre que anteponía la reputación por encima de una vida humana y el orgullo de los lazos de sangre?
Volvió con la memoria a su propia infancia, solitaria, a las horas largas como los días. Se vio a sí mismo de niño con cuatro o cinco años, pudiendo hablar tan solo con las paredes y las sillas, fingiendo que podían escucharlo. Hasta que su padre lo había descubierto y había explotado en una rabia tan violenta que él no tuvo el valor de hablar en su presencia si no era obligado a hacerlo.
Habría podido ser sordo u mudo, porque era así como había vivido la infancia, en silencioso temor.
Eton había sido una agradable fuga. Ni siquiera la rigidez que escondía la timidez hacia los otros estudiantes, ni siquiera sus fríos silencios, habían desanimado a dos compañeros que fueron sus amigos a pesar de su actitud soberbia.
¿Cómo lo había llamado la pecosa? Un hipócrita presuntuoso. Y tenía razón. Él era digno hijo de su padre.
Él le había recordado que era la Duquesa de Grandchester, su esposa, y que debería comportarse como tal. Pero Candy era una mujer viva, capaz de hacerle olvidar una vida de tristezas, con un par de ojos inocentes que le hablaban de amor.
Esto era lo que necesitaba. Tenía necesidad de ella.
La había visto con su hermano y había notado que parecían gozar de la recíproca compañía, y los había visto reír.
Se preguntó si sería fácil para Jimmy ver las hadas y los diamantes en los copos de nieve. Terry se había sentido tonto sólo con oír hablar de ello. Había gritado que no quería ser tratado como un estúpido, sin embargo, su padre lo había convertido en el más grande de los idiotas.
No obstante, sabía que el orgullo herido no era nada frente comparado a lo que había debido pasar Jimmy en sus veinticinco años de vida.
Habría dado cualquier cosa para poner sus manos encima a esos pescadores. Su crueldad le hacía avergonzarse de ser parte de la raza humana.
Sintió la rabia crecer dentro de él y notó un dolor en el estómago. Respiró profundamente para alejar de la cabeza la imagen de su hermano, un hombre grande, obligado por la naturaleza a recorrer la vida con la cabeza y los hombros encorvados, como con vergüenza.
Un hombre con el físico de los Graham, retorcido y sin embargo reconocible por lo que era.
Levantó los ojos.
Quería enfadarse con Dios que les había creado a él y a Jimmy, y que había creado a su padre. Pero sabía que era inútil. El daño estaba hecho.
Si había algo que había ganado en ese caos, era la determinación de no dejar nunca más que alguien se burlase de Jimny.
CONTINUARA.
