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Capítulo 26

—¡Mira lo que has hecho, estúpido distraído, mira! —La voz dura de la señora Watley resonó en la escalera.

Jimmy retrocedió, la cabeza inclinada por la vergüenza, los pedazos de porcelana crujían debajo de sus pasos.

—Lo siento, no quería romperlo.

—Ese jarrón tenía más de doscientos años y costaba una fortuna. Bah, es verdad que los idiotas no conocen el valor de nada.

Jimmy miró horrorizado los fragmentos del jarrón desparramados sobre el piso de mármol, luego comenzó a recoger los pedazos.

—Ya está —balbuceó, esforzándose porque le salieran las palabras de la boca. —Yo… yo trataré de… de pegarlos.

—¡Estúpido idiota! ¡No puedes arreglarlo!

Él juntó dos pedazos, como en un puzzle, y se acercó de rodillas a la mujer.

—Vea, coinciden.

—¡Márchate! ¡Deberías estar en un manicomio! ¡Mírate, éste no es tu lugar! —exclamó la mujer con las manos levantadas como si estuviera echando a un monstruo, sin ver al grupo de sirvientes horrorizados que sin querer bloqueaban la entrada a Candy.

Jimmy, con los pedazos de porcelana en la mano, comenzó a llorar.

—No lo he hecho a propósito… no lo he hecho a propósito… lo arreglaré.

Furiosa, Candy levantó las manos para despachar al infierno a la mujer con un chasquido de dedos, pero fue interrumpida por la voz de Terry:

—Yo creo que es usted la que está fuera de lugar aquí, señora Watley.

El ama de llaves se dio la vuelta. La expresión de su boca todavía mostraba disgusto y arrogancia, pero los ojos estaban asustados.

—Vuestra Gracia.

—¡Fuera! —El Duque estaba delante la puerta, el brazo tieso.—Le concedo una hora. Si no se ha ido, la echaré con mis propias manos. Y considérese afortunada si no hago algo más.

La mujer echó una mirada de disgusto a Jimmy.

—Con gusto —dijo y subió la escalera con la cabeza alta, ignorando los murmullos de los sirvientes.

Candy corrió donde Jimmy, se inclinó a su lado y le pasó un brazo alrededor de los hombros encorvados, tratando de calmar los sollozos silenciosos.

—Jimmy, todo ha terminado, levántate. Salgamos. Tengo algo especial para mostrarte.

—El muchacho se levantó y con paso arrastrado salió con ella.

Candy había apenas abierto la puertaventana cuando oyó la voz de Terry que decía a los sirvientes:

—Lo mismo vale para ustedes. Jimny es mi hermano y debe ser tratado con respeto por mi personal. ¿He sido claro?

Candy dio un suspiro de alivio y salió al jardín con el muchacho. Caminaron en silencio, luego se sentaron en un banco frente al viejo olmo. Él aún estrechaba en la mano los dos pedazos de porcelana. Le tocó el puño.

—Jimmy, dámelos a mí.

Jimmy abrió la mano. Su rostro expresaba lo que sentía: vergüenza, frustración, incomodidad.

—Los habría arreglado.

Ella tomó los fragmentos y pensó en qué decir para consolarlo. No se le vino a la mente nada, así comenzó a pensar en sus experiencias, de cuan malo era sentirse herida por dentro y qué hacer para sentirse mejor. Cinco minutos después estaban al lado del olmo mirando su copa frondosa.

—Es tan grande —comentó Jimmy.

—Porque es viejo. Pero es mejor, porque cuanto más viejo es el árbol, más fuerte es su magia. Prueba a apoyar la frente contra la corteza, cierra los ojos y respira lento y profundo.

—Hay hormigas en esta parte.

—Oh, lo siento. Ven a este lado. —El muchacho obedeció y ella le colocó los brazos alrededor del árbol, luego fue al otro lado y observó el recorrido de las hormigas. Le dio una ojeada a Jimmy y le preguntó:

—¿Has cerrado los ojos?

—Sí. Muy apretados.

—Bien —Candy miró alrededor y su rostro se iluminó con una sonrisa maligna. Chasqueó los dedos y despidió las hormiga al equipaje de la señora Watley ya cargado en el carro, tambien algunos alacranes y ratones. Luego miró el árbol. Las hormigas habían desaparecido.

—¿Candy?

—Estoy aquí. —Abrazó el árbol y le dijo a Jimmy que hiciera lo mismo. —Ahora relájate y deja que el árbol te haga sentir mejor.

Después de unos momentos, un ruido de pasos sobre las losas del sendero interrumpió su concentración. Candy abrió los ojos. Terry los miraba con una expresión maravillada.

—¿Qué están haciendo ustedes dos?

—Abrazamos el árbol —Fue la respuesta de ambos.

—Entiendo. —Terry permaneció en silencio por algún segundo, luego, no recibiendo otra explicación, preguntó: —¿Puedo saber por qué?

—Le estoy enseñando a Jimmy que es la magia de la naturaleza, es muy fuerte en viejos árboles como este. Si se está triste y se abraza un árbol, uno se siente mucho mejor. —Candy vio la mirada escéptica de su marido y preguntó al muchacho: —¿Te sientes mejor Jimmy?

Él abrió los ojos, se separó del árbol y después de un rato rió y asintió varias veces. Terry observó en silencio a su hermano, luego encontró la mirada de su esposa. Permanecieron así por un buen momento, sin hablar. Luego él le levantó el rostro.

—Gracias, pecosa —dijo y ella le sonrió.

Jimmy indicó el árbol y golpeó con su mano sobre el brazo de su hermano.

—Prueba.

Terry tuvo un ataque de tos.

—Oh, Jimmy, qué idea maravillosa. Que pena que no tengamos árboles de eucaliptos. Hacen milagros con la tos.

Terry miró a Candy con la frente fruncida.

—Yo no necesito abrazar a un árbol.

Jimmy se acercó y lo escrutó.

—Tiene la cara torcida, no fea como la mía, pero se ve mal, ¿Ves? Necesita de un árbol. —Y a su hermano: —Ven. Prueba al lado mío.

Candy notó la emoción en el rostro de su marido; Luego vio que miraba a Jimmy y su rostro se relajaba.

—¿Qué es lo que debo hacer?

—Ven aquí. —Jimmy lo ayudó a poner las manos alrededor del árbol, como había hecho Candy con él, y repitió las mismas palabras.

—¿Has cerrado los ojos? Aprieta las manos alrededor del árbol. Luego relájate y deja que el árbol te haga sentir mejor.

Candy no pudo retener una carcajada. Jimmy la miró, preocupado:

—¿No lo hago bien?

—Estás haciendo un buen trabajo. Eres perfecto.

El muchacho estaba radiante. Terry abrió un ojo y la miró.

Candy no creía que una persona pudiese tener el ceño fruncido con un sólo ojo abierto. Rió aún más fuerte.

—No tienes los ojos cerrados —dijo Jimmy a su hermano.

Terry los cerró y el muchacho fue a sentarse en el banco al lado de Candy.

—Ojalá hubiera conocido antes la magia del árbol. Muchas veces cuando de pequeño me sentía mal, como cuando la señora Watley me ha reprendido —dijo con la cabeza baja.

Candy miró a su marido cerca del olmo. Sabía que Jimny estaba herido desde siempre, y se dio cuenta que Terry se sentía culpable por su hermano.

Habría querido hacer desaparecer con un hechizo el sufrimiento y la desilusión de por largo tiempo en silencio, perdidos en sus pensamientos, luego Jimmy se levantó, inspeccionó el tronco y dijo:

—¿Dónde se fueron las hormigas?

—¿Cuáles hormigas? —preguntó Terry y deprisa se separó del árbol, sacudiendo las mangas con la mano. Sospechoso, se acercó a Candy: —Sí, dinos dónde se han ido.

Jimmy se rascó la cabeza y caminó lentamente alrededor del árbol. Cuando estaba al lado opuesto, Terry se inclinó hacia su mujer y Candy se dio cuenta que había sido atrapada en falta.

—Conozco esa mirada, pecosa. ¿Qué has hecho con las hormigas?

Ella deprisa admitió:

—Las he mandado al equipaje de la señora Watley y alguna sobre su espalda. Junto a arañas, escarabajos, alacranes y mosquitos. Todos negros.

Él miró el carro que comenzaba a bajar por la avenida, se dio la vuelta y rió.

El rostro de Jimmy se iluminó como si le hubieran dado una sorpresa agradable.

—¡Las focas! —dijo, mirando de derecha a izquierda. —He oído a las focas.

Candy se cubrió la sonrisa con la mano. Pero cuando miró a Terry, que había cerrado la boca, se dio cuenta que no la había escondido muy bien.

—Creo que lo que has oído es la carcajada de Terry. Es más rara que las focas en este tiempo.

Los dos hermanos se miraron. Terry tenía la boca cerrada, pero Jimny se acercó a él, casi rozándole la nariz, y lo escrutó como si estuviese convencido que escondía algunas focas. Rió.

—¡Eras tú! —exclamó. Sus ojos pasaron de Terry a Candy y y otra vez a Terry. Ella le tocó el brazo.

—Debes perdonarlo. Es un poco gruñón, pero con la práctica mejorará.

Terry se irguió en toda su estatura y preguntó con afectación:

—¿Qué es lo que no está bien en mi modo de reír?

Candy y Jimmy intercambiaron miradas, Candy contestó con cara de inocente:

—Nada.

—Terry, de nuevo tienes la cara torcida. Necesitas al árbol. Ven.—El muchacho empujó a su hermano hacia el árbol. Candy rió.

—Casi siempre es así.

Su marido se tensó.

—¿Qué quieres decir?

—Que siempre estás enfurruñado, y nunca ríes.

Se le acercó. Su rostro no expresaba un mínimo de alegría.

Parecía un lobo con las mandíbulas apretadas. Lentamente ella le dobló hacia arriba las comisuras de los labios con los dedos.

—¿Qué estás haciendo?

—Experimento —Inclinó la cabeza y lo observó de un lado a otro.

Terry estaba dudoso, y tal vez por eso la dejaba hacer. Hasta que un curioso Jimmy se acercó a mirarlos.

Incapaz de resistir, Candy bajó las comisuras de la boca de su marido.

—¿Qué dices? —preguntó a Jimmy.

El muchacho acercó el rostro al de Terry y después de una larga pausa dijo:

—Mi rostro no es bello como el suyo, pero creo ser el hermano con la sonrisa más simpática. —Después de un segundo su dulce risa se mezcló a la alegre de Candy y a aquella áspera y olvidada durante demasiado tiempo, de Terry. A Grandchester Park había llegado la risa.

—¡Terry! —Candy tropezó y creyó que estaba a punto de caer. El brazo del marido la agarró por la cintura.

—Te he agarrado.

Contenta, ella se aprovechó de la posición para hacer resbalar lentamente las manos sobre su pecho y sus hombros.

—Si quieres que lleve esta venda en los ojos, es mejor que vayas más despacio o que me lleves en brazos.

—En tal caso…

Un segundo después estaba en sus brazos. Como siempre le apoyó la cabeza en el hombro y respiró su perfume.

—¡Oh, Dios mío! Sabes sostenerme tan bien.

—Ya me lo han dicho.

—¿Dónde vamos?

—Sorpresa….

—Ya me lo has dicho. No quiero aburrirte, pero…. Él la interrumpió:

—Créeme, pecosa, desde que te encontré en mi camino nunca me he sentido aburrido.

—Pero yo todavía tengo curiosidad. Podría hacértelo decir con un hechizo.

—Y yo podría hacerte caer por las escaleras.

—Si me dejas caer yo puedo ponerme a salvo con la magia.

Él farfulló algo y después prosiguió:

—A propósito de tus magias, si se te viniera a la mente hacerme levitar otra vez…

—¡Oh! ¿Aún no te he pedido perdón por la última noche en Londres?

—No. Pero tampoco yo… —Candy entendió que pasaban por una puerta y sintió la brisa de la noche en la piel. —Hasta este momento —concluyó Terry, luego la puso con los pies en tierra y le retiró la corbata que había usado para vendarle los ojos. Candy se quedó sin aliento.

—¡Oh, bondad divina!

CONTINUARA