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Capítulo 27
Sobre los oscuros techos de Grandchester Park, las luces fulgurantes de centenares de candelabros brillaban como una cascada de polvo dorado. Cerca de las estatuas, las antorchas otorgaban un resplandor ambarino al ángel, al unicornio y al caballero que se recortaban contra el cielo como guardianes dorados. Jarrones altos hasta la cintura, llenos de flores del invernadero, bordeaban un sendero que conducía al majestuoso comedor con el tejado de cúpula.
Las puertas abiertas daban la bienvenida a los huéspedes. En el cielo, la luna llena relucía en su luminiscencia perlada.
Ni el sueño, ni el deseo, ni la fantasía más elaborada podían competir con aquella visión.
—Oh, Terry… —murmuró Candy con un estupor encantado. Él la miró, lo que la sorprendió. Parecía ansioso, como si no estuviera seguro de la reacción de ella. Candy le tocó la mano y sonrió.—Gracias.
Terry hizo un breve suspiro de alivio y le tomó la mano.
—Ven.
Caminaron a través del comedor, envueltos en la cálida luminosidad de las velas y rodeados por el dulce perfume de violetas, jacintos y malvarrosas.
Ella miró la mano grande que estrechaba la suya, al mismo tiempo casual y posesivo, y sintió que entre ambos se había producido un cambio, que existía algo más profundo que el deseo de Terry o del amor de ella, un misterio más grande y atemporal que la simple unión existente entre un hombre y una mujer.
Como en un sueño, Candy caminó al lado de su marido. Él la tomó de la cintura y la guió en la gran sala.
Candy murmuró su nombre y por toda respuesta Terry la tomó de los hombros y le hizo dar un medio giro, de modo que ella se encontró frente a una pequeña mesa preparada para dos con los cristales, las porcelanas ribeteadas de oro y la platería de los Grandchester alrededor de un florero de rosas rosadas.
Candy puso los brazos alrededor de su amado y apoyó la cabeza en aquel lugar especial sobre su hombro.
—Es el regalo más bello que yo jamás haya recibido —murmuró y sintió el pecho de él dilatarse.
—Esto no se puede comparar con lo que tú le has dado a Jimmy. Y a mí. Gracias, pecosa. —Terry bajó la cabeza y le cubrió los labios con los propios. Su gemido de puro placer masculino le suscitó sensaciones deliciosas. Le hundió las manos en los cabellos, le rozó la boca con la lengua y profundizó el beso, recordándole así, que el mundo estaba en sus brazos.
Candy se colocó entre sus piernas abiertas y movió ligeramente el pecho contra el de él, que respondió presionándole los glúteos para atraerla hacia sí.
Ella gimió de deseo, un deseo tan fuerte que disolvió en la nada todo lo que la rodeaba.
Terry le rozó la oreja con la boca y murmuró su nombre, con un tono que era de plegaria y de ruego juntos; parecía encontrar placer en tocarla, como ella en su sabor, en su lengua y en sus manos, que la atraían irremediablemente hacia su cuerpo.
En un momento, Terry se separó e indicó con un gesto a la mesa cuadrada con bandejas y calientaplatos de plata.
—La cena se enfría.
Los dedos de Candy maniobraban con los botoncitos de su camisa hasta que los abrió todos.
—No ahora. Bésame, Terry, te lo ruego, no quiero otra cosa. —Le acarició el pecho, pero él le aferró las muñecas.
—Espera —dijo y fue a cerrar la puerta con el cerrojo, luego se le acercó de nuevo, le puso una mano alrededor de los hombros y ordenó: —Date la vuelta.
Candy obedeció. Terry le acarició el cuello tiernamente, luego le abrió el cierre del vestido, interrumpiéndose para besarle la suave piel, hasta que el liviano tejido de la camisa le bloqueó los labios.
Sin dejar de tocarle el cuello con la boca, le deslizó el vestido dejándolo caer sobre el piso; después, la hizo girar sobre sí misma y se arrodilló delante de ella. Le deslizó lentamente las medias, lamiéndole al mismo tiempo los muslos a través del tejido de la camisa.
Candy le tomó la cabeza entre sus manos y levantó sus ojos y se sobresaltó cuando sintió su boca en su intimidad.
Él se dio cuenta y levantó los ojos encendidos por el deseo. Candy era consciente de tener la lujuria pintada en la cara, pero no le importó. El deseo era más fuerte que el miedo y el orgullo.
Lentamente, Terry se levantó, le retiró las horquillas del pelo, su melena descendió inmediatamente más allá de los muslos; permaneció inmóvil como si le bastase con sólo mirarla. Terry le había encendido el orgullo de su propia femineidad, y la conciencia de su poder de mujer, cosa que ignoraba.
Ansiaba ser tocada. Desató la cinta de su camisa y dejó caer a tierra la prenda. Permaneció desnuda delante de él.
—Te lo ruego —murmuró, y Terry reaccionó a su ruego ronco sacándose la camisa y tirándola a un lado. La tomó en brazos y la recostó en un diván.
Ella abrió los ojos y por un momento sólo vio la luna y el cielo, luego sintió sus labios trazarle la línea de la pantorrilla y subir recorriendo el interior del muslo.
Sintió sus manos deslizarse por sus rodillas y fluir hacia arriba, hasta hacerle levantar las piernas abiertas y apoyarlas en sus hombros.
Hecho esto, le cogió las nalgas. Le acarició suavemente sobre la parte más íntima; un beso en el mismo lugar le eliminó la capacidad de pensar. Candy gritó su nombre, a cada pincelada de su lengua, gemía y movía la cabeza, abandonándose a sus caricias. Él la llevó cada vez más alto, a un lugar conocido sólo por los enamorados. Terry se detuvo, y también la respiración de Candy.
—Ven hacia mi boca, pecosa. Quiero saborear el placer que te provoco.
Cegada por las lágrimas de pasión, Candy vivía sólo para este momento, por la sensación íntima de sus labios, sabiendo que habría muerto si él se hubiese detenido.
En el momento que sintió su lengua dentro de ella, el placer fue tan intenso que hizo temblar sus piernas. Una lluvia de rosas acompañó el sordo gemido de Terry y la cubrió completamente.
La fragancia del sexo satisfecho unida a la de las rosas envolvió a Candy hasta que el temblor disminuyó y luego cesó. Él la besaba todavía, pero levemente. Luego le bajó las caderas y, delicadamente, le retiró las piernas de sus hombros.
Abriendo los ojos, Candy vio a Terry soplar de su cuerpo los pétalos, del vientre al pecho. Luego él le tomó la punta de un seno entre los labios: ella le hundió las manos en el cabello y lo atrajo hacia sí.
Terry se retrajo un poco, tomó un puñado de pétalos y los frotó sobre los labios de ella y en los propios. Cuando sus bocas se encontraron, Candy advirtió el sabor de musgo y rosas.
Sintió que Terry quería penetrarla y le dio la bienvenida levantando las rodillas. Él entró, se retrajo, se impulsó dentro con fuerza y ella se sobresaltó con un gemido.
—Tu pequeño gemido me hace sentirme bien. —Terry se detuvo un poco para saborear el momento mágico y le rozó la boca.
—Dime qué sientes.
Ella murmuró:
—Te siento sólo a ti. Mi Terry. —Sus palabras encendieron en él la sed de posesión. La estrechó hacia sí y rodaron juntos. Le hundió las manos en el cabello. Luego, desde atrás, le levantó las piernas de modo que le aprisionaran las caderas y la masajeó en los pliegues más íntimos.
Mientras con una mano continuaba el delicioso tormento, con la otra le sostenía la cabeza y la besaba.
Girando las caderas, su sexo tocó el núcleo más profundo de la esencia de ella una, dos veces; lentamente continuó el movimiento hasta que su propio cuerpo se unió en espléndido éxtasis con el de ella.
Los segundos se volvieron minutos, y éstos se tornaron eternos en una unión larga y corazones latían al unísono. Entre ellos, las gotas de rocío de la epidermis, dentro de ella su húmeda viscosidad, el vuelo, el esplendor de la felicidad, las ondas de satisfacción cada vez más frecuentes, al mismo ritmo de las caderas de él.
Candy gritó fuerte, Terry pronunció su nombre innumerables veces, sin dejar nunca de cogerla y de darse.
Le murmuró al oído:
—Es maravilloso pecosa —Candy permaneció por un momento sin aliento por la alegría y después se vio arrollada por una corriente de placer. Cayó el primero de una nueva ducha de pétalos. Ella gritó el nombre de su amado, como una última débil imploración, antes de ser arrastrada hacia el huracán del extremo éxtasis.
—Todavía tengo hambre.
Terry observó a su esposa que, dejando el diván, se acercó a la mesa pasando sobre una espesa alfombra de pétalos de rosa; llevaba puesta la camisa de él.
Los cabellos espolvoreados de rosas le caían hasta detrás de las rodillas. La vio llenar el plato, por segunda vez aquella noche, y volver hacia él.
La camisa le llegaba a los pies pero cubría poco, ya que no había logrado encontrar los botones, y a cada paso que daba se abría a la altura de sus muslos.
Pero la imagen que se le grabó en la mente y alimentó su orgullo fue la expresión de delicia, de pura alegría y amor ingenuo que manaba de sus ojos.
Candy volvió a la cama, tomó un muslo de pollo del plato, desprendió un bocado y lo masticó como si fuera manjar de los dioses.
—Dale un mordisco —le dijo, poniéndole el muslo debajo de la nariz.
Él le miró el seno.
—Prefiero la pechuga. Candy dejó a un lado el plato.
—Oh, Terry, después de todo, tú también tienes un poco de humor. —Pero antes que el marido pudiese responder, trató de cerrar la camisa con las manos.
—No logro imaginar dónde se habrán metido los botones. Es extraño que haya encontrado sólo uno. ¿Cuántos eran?
—Ocho —Terry se le acercó, le puso una mano alrededor de la cintura, la atrajo arriba de él y le cogió entre los labios un pezón.
—Mmm… no está para nada frío. —Y pasó al otro para confrontar la temperatura. Ella lo envolvió en su carcajada y en sus brazos.
Poco después Terry abrió la mano más allá del borde de la cama y siete botones cayeron al suelo.
En poquísimo tiempo Grandchester se transformó en un manantial de vida, como si un calor mágico y la vitalidad de las risas lo hubieran despertado de un sortilegio maligno.
Siempre había un canto, una melodía del Caribe o un estribillo escocés que hacía repiquetear los pies a los sirvientes y oscilar las cabezas y las faldas.
Forbes tenía la tarea de supervisar la platería, y canturreaba a boca cerrada, siempre fuera de ritmo, completamente desafinado.
La piel de Clint estaba asumiendo el color rojizo de la primavera.
Los cabellos de Henson habían crecido.
La trenza de Sam se había acortado. Tres gatos en el establo eran calvos. Pero la señal de mayor cambio, había sorprendido también a la servidumbre.
Una mañana habían visto a Su Gracia recorrer el corredor silbando y cada tanto se detenía delante de un doméstico para preguntarle su nombre.
Tal diversidad de comportamiento había causado muchos chismes por varios días. Alguno había llegado a pensar que el Duque hubiese caído golpeándose la cabeza durante una de sus cabalgadas.
La opinión general era que toda aquella sangre azul hacía a los aristócratas tipos extravagantes e incomprensibles.
Arrodillada al lado de Jimmy, Candy levantó los ojos del parterre.
—¡Oh, Candy, finalmente estás aquí! ¡Ven a ver!. —Lo miró acercarse. Cada vez que lo veía le latía fuerte el corazón, como la primera vez. El Duque era siempre el mismo, con su orgullo, un matiz de arrogancia que era parte de su naturaleza y el aura de autoridad.
Pero ahora su rostro revelaba el placer de verla y cuando, como en aquel momento, la miraba desde arriba, notaba lo que había visto el primer día que lo había encontrado, la parte de él que necesitaba de los otros, pero que nunca habría admitido.
La frialdad y el desapego que siempre había adoptado para mantener lejos a las personas.
Este era su Terry. Le sonrió.
—Jimmy está tratando de entender qué cosa es esto. ¿Tú lo sabes?
—Nunca me he interesado mucho por los jardines.
Candy le puso debajo de la nariz un ramito.
—Esto, huele aquí.
Él obedeció.
—Ahora bien, ¿No reconoces el aroma? —preguntó ella, impaciente.
—Me recuerda al cordero asado.
Candy rió.
—Efectivamente, se usa para el cordero asado. Es romero. El romero significa recuerdo. ¡Oh, pero miren! No había notado estos. —Los dos hombres siguieron con la mirada el dedo de Candy, que apuntaba un manojo de flores blancas y azules.—¡Pervincas! —exclamó e hizo muchos ¡ah! y ¡oh! sobre las primeras flores que habían brotado en el jardín.—Vengan a ver. Pervinca significa amistad reciente.
Jimmy cogió un ramito de pervincas y lo repartió entre Candy y Terry diciendo:
—Mis amigos. —Candy le dio un pequeño beso en la mejilla áspera y le ofreció algunas pervincas blancas, diciendo:
—La pervincas blancas significan recuerdos agradables.
Jimmy las cogió y ella le ofreció algunas también a Terry. Él las aceptó y miró a su mujer a los ojos, diciendo:
—Las únicas flores que me recuerdan momentos agradables son las rosas rosa. —Se inclinó hacia ella y la besó en la boca.
—Berenjenas —murmuró Jimmy.
CONTINUARA
