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Capítulo 28
La música de una banda de flautas resonó en el aire primaveral sobre los prados de la villa. Niñas de largos cabellos trenzados con prímulas y muchachitos con sombreros de papel de colores vivos reían sobre los hombros de sus padres, ansiosos de ver el desfile de la fiesta. Los adultos, disfrazados de ladrones, caballos y dragones, bailaban al ritmo de una música de tambores de lata, violines y flautas, delante de ocho bueyes que, adornados con guirnaldas, arrastraban el palo de la fiesta de Mayo.
Provenía del árbol de abedul más alto y derecho, al cual le habían despojado de sus ramas y había sido pintado de blanco; en ese momento estaba avanzando hacia el centro del prado.
—Digo, de veras que es alto —observó Charlie Seymour, levantando el monóculo que tenía colgado al cuello junto con su talismán contra la fiebre y un amuleto vudú de plumas que le fue regalado por Sam.
Archie murmuró algo y se apoyó en el respaldo del landón*.
—¿Quieres mi monóculo? —le preguntó a su amigo.
—Debe ser difícil ver con un ojo solo.
Archie lo miró hosco con el ojo normal y con el que tenía amoratado, y Charlie continuó:
—Cuéntale a Candy y a Terry cómo sucedió y porqué tienes el ojo del color del arco iris.
—Sucedió lo que te sucederá a ti. Sólo que el tuyo no será por casualidad. —Dicho esto, Archie asumió una postura incómoda que denotaba rabia y vergüenza.
—Dicen que la muchacha te golpeó con una pelota de cricket.
Archie apretó la mandíbula y Candy sintió pena por él. Era un hombre tan orgulloso como Terry. Pero se escondía del mundo detrás de una máscara de rabia y cinismo.
Desde que Terry le había contado cómo sus dos amigos estuvieron siempre cerca de él, aún cuando éste los rechazaba, Candy había comenzado a sentir simpatía por el conde. Además, ambos siempre eran muy amables con Jimmy.
Candy por lo tanto disimuló una carcajada y Terry no dijo nada, pero Jimmy no conocía el tacto.
—El conde parece un tejón —observó.
—Creo que tienes razón, Jimmy —rió Charlie, mirando complacido a su amigo. Archie le dio una mirada amenazadora:
—En tres segundos te harán falta todos los talismanes, Charlie.
Candy indicó el prado.
—Miren, han levantado el tronco. —Poco después, desde la cima del palo adornada con un ramo de rododendros, flameaban cintas verdes, azules, rojas y amarillas. Al fondo de las cintas colgaban pelotas de plata y estrellas de oro. Alrededor del tronco se entrelazaban ramos de hiedra y espino blanco, violetas y prímulas amarillas.
—Pronto comenzarán las carreras. Mejor nos vamos. —Terry bajó del carruaje y ayudó a su esposa. Candy lo tomó del brazo y todos se encaminaron hacia la avenida.
—Casi me parece estar en casa. Pero añoro los fuegos.
—Creo que tuvimos bastantes fuegos anoche. —Ella le dio un golpecito con el codo.
—¿Qué fuegos? —preguntó Jimmy, que caminaba delante de ellos y retrocedió.
—Hemos tenido un problema con la chimenea de la salita. Pero no era nada grave. — mintió Candy y cambió de tema.
—Esas guirnaldas sobre las puertas de las casas son muy bellas—dijo y Terry rió. Jimmy explicó a los amigos que ese sonido no eran focas que estaban por ahí, aunque alguno podía creer haber oído una.
—Explica a Candy para qué sirven las guirnaldas en las puertas, Charlie.
—Mantienen lejos a las brujas —contestó Charlie.
Terry murmuró:
—Tal vez debería haberme puesto una guirnalda en la cabeza esa noche en el camino al norte.
—¿Qué prefieres, sapos o furúnculos?
De pronto el sonido de un tambor interrumpió el diálogo.
—Comienza la carrera y yo debo designar al vencedor —dijo Terry.
—Lo sé. Ve, nosotros estaremos muy bien —Candy lo siguió con la mirada hasta que lo vio desaparecer entre el gentío y se quedó con Jimmy, a un lado, mirando a los niños que saltaban y corrían alrededor el tronco.
Luego, bebiendo una limonada, se detuvieron a admirar a los adultos que bailaban. Cuando Jimmy, fue a las carreras con Charlie y Archie, Candy permaneció sola merodeando por la villa.
Después de casi media hora, mientras picoteaba una tartaleta de peras, volvió Terry, que la tomó de la cintura y después de comerse toda la tartaleta que quedaba le preguntó dónde estaba su hermano.
—Fue con Charlie y Archie a las carreras.
Terry miró hacia la muchedumbre.
—Las carreras de caballos han terminado y luego comenzarán las de los carros. Vamos a buscarlos.
Se abrieron camino entre los aldeanos disfrazados para la ocasión; encontraron a Robin Hood y su banda que robaban a los asistentes y a la noche devolvían el botín por unos pocos peniques en una fingida subasta.
Debajo de la pérgola de la Casa de Mayo, un pequeño grupo de músicos tocaba una alegre melodía y Candy movía la cabeza al ritmo, mientras trataba de ubicar la chaqueta verde de Jimmy y su sombrero ancho.
De repente, oyeron un estallido de risas. Provenía de un grupo de hombres que estaban de pie, alrededor de un barril de cerveza.
Candy se levantó en la punta de los pies, tratando de ver el espectáculo, apoyándose en Terry. De pronto lo sintió tensarse, lo miró y notó que tenía la misma expresión que cuando había despedido a la señora Watley.
—Yo hago bien mi trabajo. Soy un verdadero Joe Miller.
Con una angustia en el corazón, Candy se introdujo entre los hombres que se reían. Jimmy estaba al medio del grupo, con la escoba en la mano, y barría con orgullo la acera de piedra.
Lentamente las carcajadas cesaron. Los hombres no miraban más a Jimmy sino al Duque de Grandchester. Su rostro no dejaba dudas sobre el nivel de su rabia. Archie le puso una mano en el brazo.
—Hemos tratado de detenerlo, Grandchester, pero él continuaba diciendo que quería ser su amigo. No me ha querido dejar la escoba. He tratado. —Terry no contestó, permaneció inmóvil mientras el pequeño grupo disminuía. Candy se acercó a Jimmy.
—Ven, ahora debemos irnos.
—Pero son mis amigos. Les estaba mostrando mi trabajo.
—Lo sé, pero es hora de irnos.
Desilusionado, con la cabeza baja, Jimmy se dejó conducir hacia el camino donde se desarrollaba la carrera de los carros.
Miró a Terry, algunos pasos por detrás de ellos, que escuchaba rígido algo que le estaba diciendo Archie.
—¿Tienes hambre? —preguntó al muchacho. Él negó con la cabeza y se inclinó a jugar con un pequeño perro, a pocos pasos de ella.
Terry aceleró el paso para alcanzarla. Su rostro era una máscara de hielo, que ella conocía bien, pero que hacía mucho tiempo que ya no veía. Le tomó la mano.
—Terry.
—¿Dónde está Jimmy?
—Detrás de mí. —Se dio vuelta pero el muchacho no estaba.
—Estaba jugando con un perrito.
—Ahora no está —dijo bruscamente el Duque. Lo buscaron entre el gentío, yendo y viniendo. En vano. Se oyó un disparo que indicaba el comienzo de la carrera de los carros. El terreno retumbaba debajo de ellos por el fragor de los cascos.
Oyeron un grito. Corrieron en aquella dirección. La gente gritaba y se lamentaba. Candy y Terry se unieron a la riada de personas.
Una niña de alrededor de cuatro años se encontraba en el medio del camino y se había detenido a recoger una cinta con una pelota de plata.
Se oyó un grito. El tronar de los cascos. El ruido de las ruedas de un carro.
La gente de la parte opuesta del camino se abrió. Jimmy estaba con ellos y miraba el mujer lanzó un grito terrorífico y desesperado, como si le hubiesen arrancado el corazón. Gritó un nombre.
La niña levantó los ojos. Un carro venía hacia ella. Se vio un relámpago verde; se oyó otro grito, de niña. Luego, un gemido sordo y el ruido del carro pasando sobre carne humana.
Finalmente se escuchó el llanto de la niña asustada. La pequeña yacía a orillas del camino, incólume, apretando en la mano un gran sombrero.
En el camino, el polvo levantado por el carro permaneció un poco suspendido en el aire, hasta que se posó como un sudario en el cuerpo enroscado de Jimmy Graham.
—¿Hay algo que podamos hacer? —preguntó Archie a Candy.
Ella sacudió la cabeza.
—No. Jimmy ha perdido de nuevo la conciencia cuando ha llegado el doctor. —Miró a Archie. Su rostro decía lo que no podía expresar con palabras, es decir, que considerando las heridas de Jimmy, era mejor así.
—Gracias por haber traído inmediatamente al doctor.
El hombre asintió. Se sentía tan impotente como ella. Candy no podía sacarse de la cabeza los lamentos de dolor de Jimmy y su voz afligida que preguntaba si la niña se había salvado. Parecía haberse relajado al saber que se encontraba bien.
Un grito masculino resonó en el aire. Provenía del piso arriba del estudio. Consternada, Candy miró hacia arriba. Charlie y Archie saltaron en pie mirando también el techo. Jimmy lanzó otro grito, el gemido de un agonizante, y Candy sintió sus ojos llenos y la
garganta apretada por las lágrimas, hasta que no logró más contenerlas. Se las secó y dijo:
—Necesito tomar aire.
Archie hizo un gesto de aprobación. Charlie la miró preocupado, luego se le acercó y le puso en la mano todos sus talismanes. Ella lo miró. El hombre que siempre tenía algo que decir, no dijo nada, le dio la espalda y volvió donde el conde.
Candy salió y pocos minutos después abrazaba el olmo, estrechamente, como así de estrechamente apretaba los amuletos de Charlie. Cuando abrió los ojos vio un hombre alto, detrás de la ventana de la casa que miraba el jardín. El hombre permaneció inmóvil un instante, luego cerro la cortina. Candy volvió al estudio.
—¿No se sabe nada? —preguntó a los dos amigos.
—Nada —contestó Archie y en ese momento oyeron una puerta cerrarse en el piso de arriba, luego voces y el doctor salió. Unos pasos se acercaron y entró Terry, la cara impasible e incolora. No dijo nada, no miró a nadie. Candy dio un paso hacia él.
—¿Jimmy?
—Está vivo. Pero no se puede hacer nada por él. El médico dice que probablemente no llegará a mañana.
Sólo se escuchaba el tic tac del reloj. Finalmente, Archie dijo:
—¿Puedo hacer algo por ti?
Terry sacudió la cabeza, después dijo a su esposa:
—Ven conmigo.
Ella lo siguió en silencio a través de la escalera. Terry abrió la puerta de la recámara de Jimmy y ella entró. Las cortinas estaban cerradas y la habitación estaba oscura y húmeda, iluminada sólo por algunas velas. Por primera vez en su vida, ella percibió y olió la muerte. Un escalofrío la recorrió entera.
Al lado del lecho estaba sentada una camarera.
—Déjanos solos —le dijo Terry. La muchacha desapareció y él se acercó a la cama y miró a su hermano.
—Estaba molesto. Ella lo miró, sin entender. —En la feria, cuando lo vi barrer con esa escoba en la mano mientras decía que era un verdadero Joe Miller, he sentido vergüenza. Y ahora míralo. Dios…
La respiración de Jimmy era irregular y esforzada. Su cara roja por las contusiones. Tenía heridas sanguinolentas en la frente y en la mejilla. También los labios estaban edematosos, con algunos cortes. En una oreja le habían puesto unos puntos. Giró la cabeza y gimió.
Candy no podía decir ni hacer nada. Se sentía impotente, pero imaginaba cómo se sentía Terry. Estaba tenso. Le tomó una mano y el marido dijo:
—Hazlo mejorar. Hazlo mejorar con tu magia.
—No puedo.
—Debes hacerlo. Haz algo. —Estaba desesperado.
—Te lo he dicho. La magia no puede…
—¡Por el amor de Dios, está muriendo! Jimmy gimió, se dio la vuelta, se lamentó otra vez y comenzó a agitarse y patalear.
Ambos trataron de calmarlo con palabras. Finalmente se detuvo pero se puso a llorar y lamentarse por el dolor. Terry tenía el rostro de un hombre traicionado.
—Duele… mucho… ayúdenme. —gimió Jimmy, luego perdió la conciencia. Candy tenía el rostro mojado de lágrimas y le temblaban las manos.
Terry se dejó caer en un sillón y pasó las manos sobre la cara demudada por el dolor. Apretó los brazos del sillón hasta tener blancos los nudillos.
—Entonces líbralo de este tormento.
Candy se sintió morir; tenía la cara descompuesta por el horror y por la compasión por lo que él le había pedido. Con calma murmuró:
—Tampoco puedo hacer eso.
Terry miró a su hermano, las manos abandonadas. Soltó una carcajada amarga, sin humor.
—Pensar que fui tan estúpido en creer en tus poderes mágicos. ¿Para qué sirven?
Ella se acercó y le puso las manos en los hombros. Terry cerró los ojos.
—Vete.
—Terry…
—He dicho que te vayas.
—Te lo ruego, déjame estar contigo.
—Vete. —No dijo nada más y miró la cama. Ella trató de decir algo, una frase que pudiese quebrar el muro de hielo que su marido había levantado a su alrededor.
Terry se dio la vuelta y en su mirada había una cólera tan ardiente que ella sintió el calor.
—¡Maldición, estúpida mujer! ¿No entiendes que quiero estar solo? Vete… vete. Déjanos solos. No te necesito.
Candy se sintió envuelta en un vacío oscuro y frío que la estrechaba fuerte y le hacía faltar el aliento. Retrocedió lentamente, hasta que se encontró contra la puerta. Miró el perfil de su marido, duro como aquel de una estatua de mármol, y salió.
Sin darse cuenta bajó de carrera, llorando. Alguien la llamó, pero ella continuó corriendo, chocó con algo que cayó ruidosamente a tierra, siguió hasta la entrada. Abrió la puerta y en ese momento el cielo se abrió y la lluvia estalló. Continuó corriendo rápidamente, cada vez más fuerte. Atravesó la hierba mojada, subió la colina, bajó a la alameda llena de guijarros. Llegó al camino, el viento soplaba y le sacó las horquillas; la lluvia estaba aumentando. El peso de los cabellos que descendían por la espalda en mechones mojados y el viento, casi la hizo detenerse.
El lodo hacía difícil correr, pero estaba arrasada por emociones tan fuertes que nada podía detenerla. Le pareció oír su propio nombre y se dio la vuelta, luego tropezó y cayó. Permaneció en tierra, la cabeza sobre los brazos, sacudida por los sollozos, golpeada por el viento y por la lluvia.
Oyó un silbido. Levantó la mirada y vio a Clint, mojado, empapado, que la miraba a los ojos oscuros llenos de compasión.
—¡Oh, Clint! —Lo abrazó y él le apoyó el hociquito en el cuello.
—No puedo ayudar a Jimmy. Terry tiene razón. ¿De qué sirve la magia si no puedo hacer nada por ellos? Haría cualquier cosa, cualquier cosa… por favor... por favor…
La lluvia y el viento cesaron. Una nube dorada zigzagueó en el cielo y se detuvo un segundo por encima de ella, luego bajó a pocos pasos.
—Tía Andrew —murmuró Candy secándose los ojos con el dorso de la mano.
La tía se materializó con un aura de oro brillante y permaneció de pie en toda su majestuosa belleza.
Miró a Candy y sus ojos se dulcificaron de compasión. Un minuto después se arrodilló al lado de su sobrina y le tendió los brazos.
—¡Candice!
Candy la estrechó fuertemente, llorando.
—No puedo ayudar a Jimmy —sollozó.
—Lo sé, pequeña. —La tía la miraba fijo con sus sabios ojos grises.
—Creía que Terry me necesitaba.
—Si hay un hombre que necesita de la magia éste es Terry Graham.
—¿Pero de qué sirve? No puedo salvar Jimmy. He fallado de nuevo —dijo Candy con el rostro sobre el hombro de la tía.
La maga le acarició la espalda mojada.
—Tú no has fallado. Es Terry quien te ha fallado a tí.
—Él comenzaba a entender. Sólo necesita de más tiempo.
La tía sacudió la cabeza.
—Pero quien sufre es Jimmy. Ha sufrido más de lo que debería sufrir un hombre. Y no puedo ayudarlo.
—Yo puedo salvarlo.
Candy se iluminó de alegría.
—¡Oh, gracias, gracias! —dijo abrazando a la mujer.
—Pero tú debes irte, Candice.
Candy se separó de ella con el ceño fruncido.
—¿Cómo?
—Debes irte. No puedes permanecer con ellos.
—Pero yo lo amo… Los quiero a los dos.
La tía no dijo nada.
—¿Por qué? ¿Por qué debo irme?
—Porque Terry no entiende. No ha aprendido el valor del amor.
—Te lo ruego… No ahora que sufre tanto. Es una crueldad. Yo lo amo. Te lo ruego…
La maga sacudió la cabeza.
—No entiende el amor. No puedo darte a él —dijo mirando Grandchester Park.
—Tienes que escoger, Candice.
Siempre estrechando a Clint contra sí, Candy se volvió una vez más hacia su casa. Un relámpago iluminó por un segundo las estatuas del tejado. Las velas temblaron en algunas ventanas.
Con los ojos de la mente vio a Jimmy, dulce, inocente, que estaba muriendo. Y vio Terry, duro e inflexible, que estaba llegando a ser poco más que una estatua de mármol, una cáscara de hombre; la vida que había encontrado por un breve momento se había esfumado.
Ido. Candy se arrodilló en el lodo, llorando un río de lágrimas. Cerró los ojos y los sintió ardientes. Se mordió el labio, respiró fuerte y levantó los párpados, luego miró Grandchester Park y dijo:
—Salva a Jimmy.
La casa estaba sumida en la oscuridad, sólo una silueta negra en la lejanía. El viento recomenzó, la lluvia estalló más fuerte que antes sobre el camino lodoso.
—Terry. Mi Terry. —dijo en un ronco murmullo.
Y en un soplo de humo dorado, Candy desapareció.
CONTINUARA
Por fin, eso es lo que tenia que haber echo desde hace tiempo, ese déspota e irritable duque tiene que aprender a querer y respetar a la pecas, ella es todo amor y dulzura, no merece ser tratada de esa forma tan horrible.
Bien por la tia.
Abrazos .
Aby.
* Coche de 4 ruedas, tirado por caballos, con capotas delantera y trasera para poder usarlo también descubierto.
