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Capítulo 29

LA MAGIA Pobre naturaleza humana Así dotada de nervios y angustia Así espléndidamente hecha

por pena y dolor Y solamente, modestamente dotada para la alegría.

George Du Maurier.

En la recámara de Jimmy un ruido de cascos rompió el silencio. Terry lo ignoró. Resonó otra vez. Él levantó los ojos sin ver nada.

—¡Grandchester, abre la puerta! —gritó alguien y se oyó golpear.

Terry se levantó, abrió y no dijo nada. Archie estaba delante de él, los cabellos descompuestos por el viento y la ropa mojada.

—Tu mujer corrió afuera bajo el temporal. He tratado de seguirla, pero la he perdido.

¿Qué diablos ha sucedido?

Terry sacudió la cabeza y miró el lecho donde yacía Jimmy. Fue invadido por una sensación de culpa tan fuerte que le restó la capacidad de pensar.

—¿Maldición, Grandchester, quieres perder a ambos?

Terry no lograba moverse. Archie lo aferró por la chaqueta y lo hizo girar sobre sí mismo.

—¡Grandchester!

Terry lo oyó, sintió sus manos pero no hizo nada. Archie lo sacudió. Nada.

—¡Ah, diablos! —El conde lo golpeó en la mandíbula con un puño.

El dolor fue inmediato y le pasó de los dientes al cuello.

Terry se tambaleó hacia atrás, la mano en la mejilla, luego sacudió la cabeza y aturdido pero consciente miró al amigo.

—Condenado estúpido idiota, tu mujer se ha ido.

—¿Ido?

—Sí, se ha ido.

—Caray. —Terry tiró del cordón de la campanilla. Dos segundos después entró Henson.

—Haz ensillar tres caballos. Después, quédate con mi hermano.—Henson salió.

—A veces sabes ser un testarudo asno, Terry. Tú la has empujado a abandonarte.

Él no contestó, pero sabía que era verdad. Henson volvió casi inmediatamente y le ahorró la obligación de contestar.

Él y Archie bajaron la escalera a la carrera y salieron de la casa. Charlie los esperaba. La lluvia caía en estruendos. Terry se detuvo en los peldaños, desorientado, luego vio los caballos, montó su semental y permaneció un momento mirando el cielo negro.

Cuando la pecosa lloraba, descendía la lluvia. Terry siguió a Archie, que después de poco se volvió y gritó:

—La perdí de vista allá arriba —e indicó la colina delante de ellos.

Se dividieron y se fueron en direcciones distintas peinando la zona. Terry con las manos en embudo, gritó:

—¡Pecosa! —La única respuesta que recibió fue el ulular del viento. Continuó buscando.

—¡Allá arriba! —le gritó Charlie.

Terry forzó a su caballo en un largo salto y vio a sus dos amigos en la cima de la segunda colina. Los alcanzó y desmontó. Charlie estaba inclinado y Terry pasó a su lado, avanzando algunos pasos.

La pecosa, no estaba. No había nada. Se dio vuelta. Charlie le mostró en la palma enlodada una pata de conejo, un diente de marfil y un amuleto de plumas.

—¿Me has hecho venir hasta acá para mostrarme esos condenados amuletos? —gritó Terry y se arrojó contra el amigo.

Archie lo detuvo.

—Se los había dado a Candy antes que se fuera.

Terry miró los objetos y dijo:

—Entonces debe estar por aquí en alguna parte. Con las manos alrededor de la boca gritó: —¡Pecosa!

Se oyó sólo la lluvia.

—¡Pecosa! Nada.

El reloj dio las cuatro de la mañana y Terry interrumpió su desvelo. En las últimas tres horas Jimmy no había llorado, ni se había despertado, y él necesitaba estar unos momentos solo. Hizo sonar la campanilla y entró Henson.

—Voy a mi recámara, después estaré en el estudio. Avísame si hay algún cambio. Cuando llegue Archie yo saldré de nuevo.

Terry fue a su habitación, se acercó a la ventana y miró las colinas punteadas del resplandor de las linternas de las cuadrillas que buscaban a Candy.

Tuvo un estremecimiento en el estómago. Había pasado horas buscándola, luego había vuelto para ver a Jimmy y sólo por la insistencia de los amigos había aceptado hacer turnos.

La búsqueda continuaba siendo infructuosa. De seguro que Candy no estaba allá.

Por enésima vez se hizo la pregunta que había evitado hacerse en las últimas horas:

—¿Dónde había ido? ¿Dónde estaba?

Podía haberse transferido a cualquier parte con su magia. ¿Pero dónde? Cerró los ojos. ¿Qué diablos había hecho?

—Pecosa —murmuró mirando la nada. Tragó y sintió un nudo en la garganta. — Perdóname —murmuró.

—Te lo ruego, tía, déjamelos ver sólo por pocos minutos. Por favor.

La maga Andrew estaba de pie en la parte opuesta de la habitación, los brazos cruzados. Thomas, sentado a sus pies, la miraba con sus claros ojos azules.

—Por favor —murmuró Candy. Acarició la cabeza de Clint y después lo puso en tierra.

—Sólo por esta vez, Candice, —La tía levantó los brazos y Thomas curvó la espalda. Desde la ventana entró un flash de luz dorada. La luz se agrandó y formó la imagen de la habitación de Jimmy. Al lado de su cama el médico sacudía la cabeza.

—Nunca he visto nada igual. Habría jurado que tenía los pulmones perforados. —Se inclinó sobre el paciente y dijo:

—Relajados.

—Esto siempre quiere decir que duele —refunfuñó Jimmy ceñudo y se retrajo. Candy sonrió, oyendo a Terry que lo confortaba con dulzura.

Poco después de un minuto, el médico se alejó del lecho diciendo:

—Excepto por aquella abrasión y los cortes en la cara, parece que está bien.

—Se lo había dicho —refunfuñó Jimmy, y mirando alrededor preguntó: —¿Por qué hay toda esta gente?

—Estaban preocupados por ti.

—¿Dónde está Candy?

Candy sintió un dolor en el corazón. Jimmy miró más allá de Archie, Charlie y Henson, detuvo sus ojos en Terry.

Él le dijo la verdad:

—No lo sé.

—Me gusta Candy. Cree que soy inteligente. —Después de una pausa, Jimmy preguntó:

—¿No estaba preocupada por mí?

—Estaba muy preocupada y no quería moverse del lado de tu lecho, pero yo estaba muy enojado. Le he dicho muchas cosas crueles.

—Has hecho una cosa estúpida.

Terry miró a Jimmy a los ojos.

—Es verdad. Pero la encontraré. Te lo prometo.

"Nunca me encontrará" pensó Candy. El dolor era tan grande que cayó de rodillas, se cubrió el rostro con las manos y lloró. Con la expresión implorante y la angustia en la voz, le dijo a su tía:

—Yo lo amo, te lo ruego. Me necesita.

La tía miró primero a ella y luego a la ventana. Un momento después, meneó la cabeza, giró y dejó la habitación.

Los días se arrastraban lentos, silenciosos y carentes de magia. Jimmy ya recuperado, pasaba la mayor parte del tiempo en el jardín, ocupándose de las flores y las plantas, como le había enseñado Candy. Con su fe simple e inquebrantable se decía que Candy volvería pronto. Terry lo había prometido.

Pero la fe de Terry se había debilitado. Había recorrido a caballo cada acre de Grandchester Park. Se quedaba sentado por horas en su habitación. Como un castigo, se había rodeado de los recuerdos de Candy. Comía sólo muslos de pollo, nabos y pan de jengibre. En todas las habitaciones había jarrones de rosas rosa.

Un día llegó un carro desde Londres lleno de baúles pesados. Fueron necesarios tres hombres para llevar las pilas de novelas góticas a la habitación de la Duquesa.

El Duque aprendió los nombres de los sirvientes y los volvió locos ordenándoles colocar los relojes a distintas horas; paseaba por el jardín buscando pajaritos y primeros brotes; caminaba por el tejado de noche mirando las estrellas y se preguntaba si las vería alguna vez en los ojos de su esposa. Rogaba para que nevara; recogía ramitos de romero y los olía. Y de noche lloraba.

Ella se había insertado en su vida. ¿Pero cuál vida? No había tenido ninguna antes de la pecosa.

Había tenido orgullo y el nombre, cosas que no le importaban nada.

Ahora tenía un hermano que amaba, sin embargo, la casa estaba vacía, fría y solitaria. No encontraba paz.

Se sentía herido y estaba seguro que sin ella nunca se recobraría.

Terry miró la invitación del rey a la fiesta en honor del Duque de Wellington, y la tiró a un lado.

—Me importa un bledo a quien quiere honrar el príncipe. No volveré a Londres hasta que no la encuentre.

—Creo entender que tú no has tenido notícias de ella. —Archie se sentó e hizo girar su bastón de paseo. —Terry negó con la cabeza.

—Nada. Desde hace dos meses. He recibido el informe de Surrey la semana pasada. Ella no está. Los Locksley no saben nada. He encargado buscarla a todos aquellos que podía y han escarbado toda Inglaterra. Sus informes son idénticos. No se encuentra. Me falta sólo el de James y Fitzwater, que están peinando la isla de Mull.

Terry se apoyó en el respaldo y sacudió la cabeza, derrotado.

—Se ha ido. Creo que nunca la encontraré. —Miró a los amigos.—¿Dónde puedo buscarla? Debe haber algún indicio, algo se me debe haber escapado.

—¿Esos dos sirvientes han vuelto? —preguntó Archie —¿Cómo se llamaban? — Sam y Forbes.

—¿Crees que tengan que ver con la desaparición de Candy?

Terry movió la cabeza. Pensaba que sí, pero mintió y dijo que había hecho algunos sondeos. Cruzó las manos detrás de la cabeza y miró al techo. ¿Dónde puede ir una bruja?

Mientras catalogaba mentalmente las varias posibilidades, la habitación se hizo silenciosa, demasiado. Terry desvió la mirada del techo para mirar a sus amigos.

Archie parecía preso por la sorpresa y Charlie estaba con la boca abierta. Pero la cerró de inmediato y dijo tomando la defensiva:

—Me parece un poco fuera de lugar definir a Candy como una bruja. —Terry se dio cuenta que había pensado en voz alta.

Estaba enloqueciendo. Charlie continuó:

—Candy no es una bruja. Todos saben que las brujas tienen el aspecto de aquella vieja que habló de ella antes que la encontrásemos.

Terry golpeó las manos sobre la mesa y saltó en pie.

—¡Diablos! ¡He ahí quien lo sabe! Esa vieja. Me había olvidado. ¡Pero es así! — Atravesó la habitación, tocó la campanilla y volvió donde sus amigos le esperaban ya en pie, listos para seguirlo.

—Rastrearé cada rincón de la ciudad hasta que lo encuentre.—Abrió la puerta y gritó: —¡Henson! ¡Prepárame el equipaje! Nos vamos a Londres.

Su voz profunda resonó en el vestíbulo y tres camareras miraron asustadas al Duque que avanzaba hacia ellas.

—Mary Clais, Mary Jones y Mary Brown —dijo el Duque.

Las muchachas hicieron una reverencia y asintieron.

Él sonrió.

—Bien muchachas, apúrense. Corran donde Jimmy y díganle que nos vamos a Londres.

CONTINUARA