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Capítulo 30
Un mes más tarde la temporada mundana londinense estaba en su apogeo. Bailes y soireés tenían ocupadas las horas, de otro modo ociosas, de la alta sociedad y abastecían de escándalos y chismes, subsistencia diaria del "beau monde", hambriento de lo fugaz.
Entre un té y una invitación se murmuraba que el Duque de Grandchester estaba destruido por la desaparición de su esposa y que hablaba con las floristas apostadas en las esquinas de las calles.
¡Él, el Duque de Grandchester!
Pero en esa semana los chismes tenían un nuevo interés: la fiesta del príncipe, el evento más importante de la temporada, que había tenido lugar esa noche.
Las damas pasaban horas delante del espejo, probando vestidos, joyas y abanicos. Los músicos de la corte afinaban los instrumentos y las mejores floristas de Londres entregaban centenares de plantas de limón importadas, el último grito de Londres.
Habían rodeado la sala de baile, como el año anterior, y parecía que hubieran costado un centenar de libras esterlinas.
El carruaje de Grandchester era uno de las tantos que ocupaban el camino hacia Carlton House. El regente había encontrado a Terry y a su hermano en el parque en la mañana y le había tomado simpatía a Jimmy, que había demostrado un gran conocimiento de plantas y flores. El argumento era de mucho interés para el Regente, empeñado en reestructurar su jardín personal, tanto, que había querido otra audiencia con el hermano del Duque.
Y cuando el arzobispo de Canterbury había comentado que el joven Graham era un poco retrasado, el príncipe había contestado que también lo era Moisés, lo que había hecho callar a todos. En un día, Jimmy Graham, se había convertido en uno de los favoritos reales.
—Creo que tardaremos una hora más antes de llegar a los portones. —Charlie miró hosco a Archie que sacaba de su chaqueta una petaca de brandy.
—No es para mí —declaró el conde, y ofreció el licor a Terry.
—Para tí, Grandchester. —El Duque miraba afuera por la ventanilla, la mente hacia el tejado de Grandchester Park, sus sentidos aturdidos por un perfume de rosas.
—¡Grandchester!
Jimmy tocó el brazo del hermano con un dedo.
—¡Terry!
Terry se estremeció.
—¿Qué cosa?
El conde le tendió la petaca:
—Creo que te hará bien.
Terry hizo un gesto de rechazo y se dio la vuelta a tiempo de ver entre la muchedumbre un sombrero rojo descolorido.
—¡Maldición! —Abrió la puerta del carruaje y se levantó de pie, sosteniéndose de la ventana para mantener el equilibrio.
—¡Es aquella que vende las flores! ¡Es ella! —Bajó del vehículo y se entremezcló entre los otros carruajes y la gente. Perdió de vista el sombrero rojo, pero continuó abriéndose camino entre la gente a codazos, sin preocuparse de los gritos de las mujeres y de las imprecaciones de los hombres.
Saltó sobre la calesa de Harbinger y miró alrededor. Vio al sombrero rojo a unos cincuenta metros más adelante.
—¡Detenedla! ¡Detened a esa vieja ¡ —gritó. Pero el sombrero continuaba alejándose y la gente miraba al Duque como si fuera un loco; y era así cómo se sentía.
—¡Grandchester!
Terry se dio la vuelta y vio a Charlie, Jimmy y Henson corriendo hacia él.
—¡Por este lado! —gritó y los incitó a avanzar. Con gran esfuerzo corrió lo más rrapido que podía, esquivando caballos, carruajes y personas.
Un carruaje se desplazó, bloqueándole el camino. Los caballos comenzaron a agitarse, el carruaje se mecía. Fue presa del pánico y de la desesperación. La vieja era su última esperanza. Logró continuar con dificultad, pero había perdido de vista el sombrero rojo. Se encaramó sobre una reja que rodeaba la residencia del príncipe y sosteniéndose de las barras con una mano gritó:
—¡El Duque de Grandchester ofrece mil libras esterlinas a cualquiera que detenga a aquella vieja mujer con el sombrero de paja rojo!
Un murmullo se levantó de entre la muchedumbre. El Duque repitió la oferta y volvió a correr. Hubo otro grito:
—¡Hela ahí, allá está!
Terry siguió la dirección indicada, abriéndose camino con empujones y codazos. Divisó a la vieja. Una treintena de jóvenes de mal aspecto bloquearon la calle por la prisa de alcanzarla.
Como las aguas del mar Rojo la muchedumbre se abrió. Él la alcanzó. La mujer tenía en la mano un ramito de flores y le daba la espalda.
—¡Bellas flores para vuestra dama!
Terry la tomó de los hombros y la hizo girar sobre sí misma.
—¿Dónde está ella? ¿Dónde está mi esposa?
Un par de ojos grises lo miraron.
—¿Quién?
Jadeando, él dijo ronco:
—Lo sabes bien ¡Mi esposa!
—¿Y vos quién sois?
—¡Soy el Duque de Grandchester, maldición!
La vieja mujer lo miró por un largo momento en silencio, luego lo despidió diciendo:
—No sé de qué estáis hablando. —Le dio la espalda y recomenzó:—¡Un bello ramo de flores para vuestra dama!
Aún sin aliento, Terry permaneció parado, frustrado e impotente.
Una mano le tocó el hombro. Se dio la vuelta y vio a Archie, Charlie y Jimmy.
—No me quiere decir nada —dijo, desesperado.
Archie extrajo del bolsillo un monedero. Se dirigió hacia la vieja y le puso el dinero en el canasto.
—Dile dónde está.
La vieja miró al conde, luego a Terry y al monedero.
—¿Su señoría quiere comprar todo mi canasto de flores?
—Dile a Grandchester dónde está su esposa. Le habías predicho que encontraría a su esposa. Sucedió tiempo atrás, en la escalera de White's. ¿Dónde está ahora?
—Yo sólo vendo flores, vuestra señoría.
Charlie dejó caer el monedero en el canasto de flores luego agregó todos los amuletos que tenía encima.
—Hazla volver.
Jimmy miró a la vieja y dijo:
—Terry necesita de Candy. Míralo.
Ella permaneció en silencio.
El Duque gritó:
—¡Maldición, mujer! ¡Dime dónde está! ¿Qué debo hacer? He revisado arriba y abajo todo Londres para buscar una florista con un sombrero rojo. Finalmente te he encontrado y tú no quieres decirme nada. ¿Qué debo hacer?
Ella no habló, pero lo observó con atención.
—He abrazado todos los árboles desde Wiltshire hasta Londres.—Se dio la vuelta y vio un gran abedul a pocos pasos.
Corrió a abrazarlo.
—¿Dónde está la magia? ¿Dónde?
La muchedumbre comenzó a reír. Él la ignoró.
—He comido pan de jengibre, porque me lo había dicho ella. Diablos. ¡Ni siquiera me gusta! He buscado las hadas, he expresado deseos a las estrellas. He dormido con las rosas. Me despierto de noche, llamándola. ¿Qué debo hacer? ¡Dímelo! Te lo ruego… Su voz se quebró y calló. Después de algún segundo dijo:
—Yo la amo.
El silencio era absoluto. La vieja lo clavó con sus ojos grises, luego lentamente se fue declamando:
—¡Un bello ramo de flores para vuestra dama! ¡Un ramo de flores!
Terry la miró alejarse junto con su última esperanza. Se abandonó contra el árbol y miró el terreno. La gente se había quedado helada. Él percibió sus miradas. Pero no le importaba nada de nada.
Después la gente comenzó a disolverse y Archie se le acercó.
—Ven adentro, Grandchester.
Terry lo siguió a casa del príncipe, evitando a propósito la fila de los saludos a los dueños de la casa. No tenía ganas de hablar con nadie. Como un autómata se dirigió hacia las puertas que conducían a la terraza. Necesitaba aire, espacio para aislarse de la muchedumbre. Poco después se sentó en un banco de piedra bajo un árbol, en un rincón oscuro del jardín. Apoyó la cabeza contra el tronco y miró las estrellas a través de las ramas, esas estrellas en las que la pecosa creía.
Sin ella no tenía nada en qué creer, no tenía nada más … nada.
La orquesta tocó un vals. Su vals. Terry sonrió dulcemente y permaneció cabizbajo con las manos en los ojos para revivir en la memoria aquel momento.
¿Qué le había dicho ella, entonces? De crear recuerdos. Ahora los recuerdos eran todo lo que le quedaba.
—Yo la amo —dijo a la tierra. Necesitaba oír decirlo a su propia voz. Le pareció escuchar un ruido y levantó los ojos. El jardín estaba vacío. Suspiró.
—Mi pecosa.
Las ramas de los árboles crujieron al soplo de una brisa ligera que murmuró:
—Terry. —Estaba pronto a jurar que fuera la voz deCandy.
—Terry.
Ceñudo, miró delante de sí. No había nada, sólo un jardín vacío.
—Terry.
Dios... Estaba enloqueciendo. Habría escuchado su voz por toda la vida.
—Mi Terry.
Terry levantó el rostro y se dio vuelta.
Ella estaba allí. La pecosa estaba ahí, con la sonrisa en su rostro maravilloso.
Tres pasos y estaba en sus brazos. Verdadera. Viva. La estrechó tan fuerte de quitarle el aliento.
—Te amo —Hundió el rostro en su cuello suave y murmuró:—Dios, pecosa, cuánto te amo.
Ella le tomó la cabeza entre las manos:
—Mi Terry—murmuró, luego sus labios se tocaron y él tuvo la certeza que todo era real, porque sentía el sabor de aquello que amaba, que era su mundo, su vida, su esposa. Para la eternidad.
Mucho después se separó de ella pero no dejó de mirarla, de tocarla, de tenerla. Temía que si la soltaba se hubiera ido de nuevo.
Cómo si le hubiese leído sus pensamientos, Candy murmuró:
—Esta vez es para siempre.
CONTINUARA
